Este capitulo esta dividido en dos partes.
Disfruten.
Nota: Basado en la historia de Conan Doyle titulada "Silver Blaze"
Parte 1
Nada habría proporcionado más calma al inquieto rizado que un buen caso a las afueras de Londres. Y es que la rabieta que desató al recibir el abrigo de manos de Donovan fue tan avasalladora, que John lo habría creído capaz de escupir fuego por las fosas nasales. En realidad, el detective ni siquiera se atrevió a tocarlo. Sin embargo, su mirada escrutadora captó detalles que para el rubio bloguer eran inexistentes.
La batalla verbal...
No. No fue ninguna batalla.
Sherlock fue tan increíblemente hiriente, que John se sintió terriblemente expuesto al escuchar las crueles deducciones sobre la vida íntima de la sargento, quien después de abrir y cerrar la boca plenamente desarmada, se marchó con los ojos anegados en lágrimas murmurando "monstruo, freak. " alternativamente, entre sollozos.
Aunque el ataque fuese desproporcional a la falta cometida, John no podía abogar mucho por ella puesto que había secundado el comportamiento infantil de Sherlock a sabiendas de que este no ponía límites a sus toscas maneras. Se limitó a gruñir y esconderse tras el periódico. En ese instante, aunque pretendía estudiar minuciosamente los pequeños anuncios en la sección de "se busca", los improperios afilados del detective fueron imposibles de ignorar.
— Oh… — adoptó un tono de voz que sugería sentirse apenado.— desaparece "tormenta de plata"... pobre animal. — señaló, intentando cambiar el tema pero Sherlock prosiguió con su perorata unos segundos más, antes de detenerse en seco.
— ¿El nuevo talento semental? Interesante.
Contento de girar la conversación en torno a otros rumbos, John se dispuso a leer la nota completa pero Sherlock lo interrumpió con unos déspotas "shh". Cuando estaba a punto de señalar malhumorado la descortesía, Sherlock intervino de nuevo.— Dartmoor, 13 de marzo. King's Pyland. — aquellas palabras eran la dirección donde debían entregar información al respecto y la fecha de desaparición. John no pudo evitar componer esa expresión de incredulidad.
— ¿Cómo demonios es posible que sepas eso?
— Porque precisamente el sábado por la tarde recibí dos nuevos mensajes en mi página, uno del "coronel Reed", propietario del caballo (Insiste en permanecer anónimo refiriéndose a sí mismo por ese nombre anticuado. Pude deducir a partir de planteada su situación, la procedencia. Esta desesperado, sin duda). Y de Gavin, que está investigando el caso. En ambos se pedía mi colaboración.
— ¿Sábado por la tarde? Pero hoy es lunes. ¿No lo habías rechazado ya? Si ibas a aceptarlo, ¿Por qué no has ido?— la curiosidad de John finalmente migró a exasperación pues sabía que podría tratarse de algún método extraño para resolver el enigma, como también podría ser simple decidía de Sherlock por un caso sencillo. Se sorprendió al escuchar lo cerca que estaba de la respuesta real, lo que no le impidió sentir que presenciaba algo insólito.
— Porque…— Sherlock pareció dudar un instante, como si estuviera a punto de tragar algo amargo. — Porque el caso parecía, en un principio, demasiado sencillo para dedicarle siquiera un vistazo, en especial cuando se trata de una zona tan pequeña en el país en la que el adiestramiento de potros conforma la principal actividad de comercio. A Lestrade se le da bien distraerse de los hechos esenciales, por lo que decidí esperar y ver como resolvía el asunto por sí mismo. Quienes solo me conocen por tus relatos en el blog, creerían que esto no me ocurre con frecuencia. Así que al no recibir nuevas noticias (exceptuando la publicación del extravió esta mañana), lo conveniente es que comience las investigaciones. Pero, el día de ayer no está del todo perdido.
En respuesta a la mirada que su compañero de piso entornó sin comprenderle del todo, Sherlock le ofreció el portátil que yacía encendido sobre la mesa de caoba. Allí, John leyó el mensaje, mientras el detective continuaba con su monologo.
— La desaparición del corcel y el asesinato de su entrenador es uno de los casos en los que debemos enfocarnos en analizar los hechos conocidos y no en descubrir nuevos, desechando los que son solo especulaciones, conjeturas e hipótesis para llegar a la resolución y no tiene, en ningún momento, otra explicación que lo que yace como resultado y a lo que llamamos escena del crimen.
— En español, Sherlock.— pidió exasperado su compañero, pues cada palabra solo aturdía mas su cerebro que ya hacia un esfuerzo descomunal por seguirle el paso, de modo que ahora detuvo la lectura para prestarle su completa atención.
— Tormenta de plata es un caballo, como pocos, pura sangre. Su historial indica que en su pronta incursión al circuito, va invicto en cada una de sus carreras. Hasta el momento de la catástrofe era el favorito para ganar la copa. No es de extrañarse que últimamente muchos deseen su desaparición. He ahí porque el asunto se me antojaba simple. Mark, su entrenador, era un jockey retirado que tenía a su servicio tres hombres. No se requería de mucho pues Pyland es una cuadrilla que aloja a tan solo 4 corceles, incluyendo a tormenta de plata. Todas las noches uno de los hombres montaba guardia. Aunque en una milla a la redonda no hubiese otra cosa que una vieja gasolinera con un local de paso para los viajeros. Una milla más allá, si no me equivoco, se encuentra una finca mejor abastecida que la de nuestro cliente. El día del infortunio, se montó la guardia y los hombres restantes acudieron a cenar en la mansión. Nail, el chico en turno, recibió de manos de una de las sirvientas, la cena que consistía en cordero con salsa fuerte acompañado por un vaso de agua natural como bebida. La mujer llevaba una linterna de auto-recarga para alumbrarse en el camino puesto que ya era entrada la noche y debía cruzar la mansión hacia la cuadrilla. Estaba a unos metros de cumplir con su tarea, cuando un hombre la asaltó en la oscuridad. Ella, como acto reflejo, lo iluminó para poder ver su rostro. Se arrepintió en el acto porque el extraño, de un manotazo, retiró la linterna haciendo que esta rodara por el suelo. La sirvienta asegura que se trataba de un hombre distinguido, ya que portaba un elegante traje y lo que serian zapatos lustrosos de no ser por las manchas de fango. Después de concientizarse de sus actos, el hombre se disculpó con voz nerviosa. Desorientado, pidió a la mujer que le indicara donde se encontraba, pues al parecer se había perdido. Este le ofreció la suma de dinero que llevaba en sus bolsillos a cambio de que lo acompañara, la cual cabe mencionar, era demasiado para un hombre perdido. Asustada, la sirvienta echó a correr rumbo a la cuadrilla. Dejó la bandeja al chico y le contó lo sucedido antes de volver. Preocupado, él le entregó una navaja que solía usar durante su guardia para que la mujer se sintiese más segura al emprender su camino de vuelta. Como es lógico, Nail no podía abandonar su posición en la cuadrilla. Aun nerviosa, anduvo por el sendero. El camino fue tranquilo hasta que llegó a la mansión, donde encontró al mismo sujeto discutiendo con su esposo, por la ventana de la cocina. Pero al acercarse, el hombre huyó despavorido. Una vez dentro, el esposo le informo a su mujer que aquel tipo pretendía sobornarlo para obtener información acerca de los caballos; Se trataba de un traficante de información para los apostadores de la copa. El esposo había amenazado con llamar a la policía si no se retiraba, fue entonces cuando echó a correr. Confiados de haber ahuyentado al extraño con amenazas, ninguno de los dos decidió llamar a nadie. Sin embargo, el esposo permaneció intranquilo durante la madrugada, por lo que decidieron comentar lo sucedido con el entrenador, quien imperioso, decidió montar guardia junto con el chicuelo que había quedado solo en la cuadrilla. Los otros dos velaron durante una semana completa, por lo que el entrenador decidió dejarlos dormir en la mansión esa noche, que tenían bien merecida. La llovizna pronto se convertía en tormenta, así con el impermeable puesto y con el cuchillo del mozo en manos, el entrenador salió rumbo a la cuadrilla. Al despertar unas horas más tarde, justo antes de que saliera el sol, una de las mujeres de servicio encontró a Nail, el chico de guardia, profundamente dormido y el establo vacio. Intentó despertarlo, pero no hubo respuesta, así que corrió de vuelta para alertar al señor de la casa quien mandó a llamar al médico. Lo extraño, es que el entrenador no estaba allí, así que lo buscaron por un cuarto de milla a la redonda hasta encontrar, en una valla, oscilando, el impermeable del entrenador. A los pies, detrás de unos arbustos, el cadáver del desdichado en el suelo con traumas en el cráneo entre una revoltura de fango. Al parecer, el agresor no se fue limpio de culpas, porque en la mano, sostenía el arma manchada de sangre desde la punta, hasta la empuñadura. En la otra, un trozo de tela sucia. La cual, la cocinera reconoció como parte del traje costoso que portaba el desconocido esa noche. Cuando el guardia volvió en sí, no tenia mas recuerdo que haber terminado su cena y sentirse adormilado, mientras que el resto de quienes cenaron lo mismo esa noche, no se vieron afectados. Un análisis rápido a su condición física, determinó que se había utilizado una fuerte cantidad de somnífero en la comida exclusivamente del mozo.
John solo pudo notar como cerraba su propia boca al escucharle hablar. Y es que si algo tenia Sherlock, era aquel tono grave, hipnótico, impresionante y seductor. No es que en la armada no escuchase voces rudamente varoniles o tonos profundos, si no que el rizado en particular, poseía el acorde perfecto que enviaba señales directas a su libido. — Y… el… uhm…— hizo varios intentos de aclararse la garganta para poder elaborar la pregunta.— ¿Y el caballo?
Si Sherlock notó o no lo que había causado, lo disimuló olímpicamente al acariciar su propio labio inferior antes de proceder a contestar la pregunta.— Por lo que se refiere a él, solo quedaron las huellas revueltas en el lodo, como pruebas de que estuvo allí durante la frenta. Podrás leer en el correo recibido, que el coronel requiere mis servicios porque deseaba a toda costa evitar el escándalo o quedar fuera de la copa. Asumo, que en vista de las fechas y de que Lestrade no ha podido resolver más de lo que ahora te he dicho, ha publicado sus datos para otorgar una recompensa a quien proporcione información acerca de la criatura, sin mencionar, claro está, el asesinato.
— ¿Y el hombre? ¿Han detenido al sujeto extraño?
— John, como recordaras, en un principio te he mencionado que este caso consiste en analizar las pistas que ya se tienen, buscando las posibles ramificaciones en que puede desenvolverse y de todas… ¿Elijes la más obvia?— el semblante del rubio adoptó una mueca de exasperación reprimida. Sherlock era increíblemente brillante, oírle despedir toda esa información en la octava precisa para causar un orgasmo mental, era un completo placer… excepto cuando hacia eso. Precisamente eso; hablarle en el tono que sugería que era el mayor idiota de todos. Así que cruzó los brazos sobre su pecho a los cuales el detective respondió con renovada indiferencia acompañada de ese aire pedante.— Lestrade lo ha capturado, como era de esperarse. Al interrogarle, no negó que hubiesen sucedido las cosas como la servidumbre ha descrito. Además, ha desmentido el hecho de que sus intenciones fuesen siniestras… o tan siniestras como asesinar a alguien. Sin embargo, al confrontarle con la pieza de tela (que en definitiva correspondía con uno de sus trajes), palideció. Argumentó que no tenía idea de cómo pudo llegar allí. Dijo, que quizá al brincar la valla, en su carrera a la salida, sin que se diera cuenta debido a los relámpagos de la tormenta, su traje debió desgarrarse. Y quiero añadir, que ninguna herida hay en su cuerpo como vestigio de pelea. Además, contaba con un pequeño revolver, que de proponérselo, habría aniquilado a su objetivo en la seguridad de la distancia.
El bloguer reflexionó un momento sobre los hechos expuestos mientras Sherlock le analizaba con ese brillo de quien espera un acontecimiento importante a la mira de una lupa.
— Entonces …. Es decir, el estado del cuchillo habla de que al menos, el maleante debió resultar herido.— una mirada penetrante a juego con una mueca maliciosa, se dibujo en el semblante del detective, esa clara expresión en la que John había pensado días atrás, la misma que indica que Sherlock posee información que los demás ignoran y de repente…— ¿No podría ser….— se aventuró a deducir.—… que durante el forcejeo, el jockey se las hiciera por sí mismo? Quizá sufrió una especie de conmoción tras el golpe en la cabeza.
— Es probable.— concedió Sherlock con un ímpetu casi invisible que de no conocerlo bien, el médico lo habría tomado por excitación.— Creo saber la teoría que Lestrade se ha formado al respecto; Después de que el intruso echara a correr, regresó a la cuadra donde se las arregló para suministrar la droga al platillo. Esperó a que surtiera efecto, entró en el establo para raptar al caballo, en su camino estaba a cruzar la verja cuando el entrenador le retuvo. El caballo se encabritó asustado por la lucha e hirió mortalmente al entrenador quien cayó al suelo obteniendo así el derroche de sangre. Momento que el sospechoso aprovechó para huir puesto que perdió de vista al caballo o bien, para calmar a la criatura y esconderlo en algún sitio. Recordemos que tuvo todo el día de ayer para esto.
Ahora el caso sí que se tornaba interesante. Es decir, planteado de esa exquisita manera en que Sherlock tenía para crear expectativa y prendar a cualquiera que le escuchase para llegar a la resolución, John estaba ansioso de comenzar.— ¿Y eso significa?
Tal pregunta solo avivó las facciones del pálido hombre ante sí, quien respondió con la más elocuente de las sonrisas.— Que el juego está por comenzar, John.— Tras ponerse en pie, el detective sopesó un par de segundos cuando estaba a punto de tomar su abrigo, le miro con cierta repulsión y llamó a la señora Hudson para que lo llevara a la tintorería. Su rubio amigo no esperó mucho para unírsele al paso y al poco tiempo, ambos se encontraban camino a King's Pyland.
Tras un largo viaje donde el silencio fue el tema primordial, al fin arribaron a la hacienda, donde dos siluetas les esperaban a en los jardines. Una, era un sujeto (si era posible) más bajito que John y rechoncho, vistiendo (aunque sofisticas), ridículas prendas. A su lado, un hombre de piel morena, de gafas oscuras, cabellos grises tan resplandecientes como la plata a la luz del sol (acomodado de manera rebelde), una chaqueta de cuero a juego, vaqueros y lo que sería su mejor playera de algodón, les esperaba. John solo pudo saber de quién se trabaja al acercase. Era nada más y nada menos que Gregory Lestrade.
¡Pero qué diferente se le veía!
Jamás habría adivinado que detrás de esas enormes y horribles playeras a rayas (las cuales solía usar en horas de oficina), se escondía el cuerpo escultural que ahora la playera verde militar resaltaba. Sus pectorales prominentes, sus torneados brazos y una gruesa cintura delineada solo por las más exquisitas formas de su vientre plano. Tenía que admitirlo; estaba mucho más atractivo que de costumbre.
«"Momento…"»
¿Era colonia el aroma que despedía? ¿Por qué habría de…? Por un momento creyó que podría estar…
«"¡Por todos los cielos!"»
No podía ser que estuviera… Realmente… ¡¿Estaba tratando de cortejar a Sherlock en su nariz?! ¡¿Después de todo lo que le había confiado?! Es decir, ¡No había una maldita manera en que Lestrade no sospechara la atracción que sentía por Sherlock! Le había confesado cada una de sus dudas, de sus vivencias, ¡Por el amor de dios! ¿Cómo podía hacerle esto ahora? Presumir sus músculos, usar colonia, verse descaradamente atractivo de un día para otro… Tenía que tratarse de una broma. ¿Qué demonios había sucedido para que de repente, después del largo periodo (obviamente) evitando a Sherlock, Lestrade se presentara tan galante? «"Rayos"»… sentía hervir la boca del estomago.
« "Tranquilo. Mantén la calma."»
Los puños impacientes, se abrían y cerraban a los costados de su cuerpo. Tenía que agradecer no haber llevado uno de sus jumpers; Tras una de las tantas discusiones en las que John intentaba concientizar a su excéntrico amigo para alimentarse durante un caso, Sherlock hizo como de costumbre, un comentario hiriente acerca de lo escalofriante que estos eran. Desde entonces, John no se atrevía a usar uno frente Sherlock. Ese día, llevaba puesta su camisa de manga larga a rayas en blanco y negro. El detective jamás hizo un comentario positivo sobre ella, pero al menos no la insultaba.
— Sherlock, John.— Saludó Lestrade en tono afable aunque su voz reflejaba una inusitada confianza en sí mismo, que no le habían oído desde antes de su divorcio. Olvidándose de que siquiera el primero le prestara atención, se resolvió a estrechar la mano del médico, que al entrar en contacto con la suya desprendió una sensación de quienes son rivales saludándose cordialmente antes de entrar en el campo de batalla. Corroborando que no era el único con ese sentimiento en la incomodidad del rubio, Lestrade carraspeó volviendo su atención al anfitrión.— Señor Adrew, ellos son Sherlock Holmes y John Watson.— les presentó. El hombrecito hizo una elegante reverencia antes de tomar de la mano al primero por la fuerza.
— Señor Holmes. Es un placer por fin conocerle en persona. Comenzaba a pensar que dejaría pasar mi caso pues el inspector me ha explicado que solo accede a los que bajo su criterio son "interesantes". Además, este hombre.— soltó la mano de su interlocutor para dar un apretón fraternal en aquel torneado antebrazo cubierto de cuero.—Ha hecho lo inimaginable por aquí. Pero no me permitiré renunciar a llevar justicia por el asesinato de mi fiel entrenador ni abandonar la esperanza de que tormenta de plata pueda aparecer. Es usted la última carta por la que me he decidido apostar.
Sherlock hizo una imperceptible muestra de fastidio, misma que hacia cuando se le proporcionaban datos que no eran de ayuda en la resolución de un caso, así que en un intento de no dejarle continuar rumbo al mal humor, Lestrade intervino sin darse por enterado de que John al mismo tiempo, se proponía reprender a Sherlock por su mal comportamiento.— lamento informarte…— comenzó Lestrade mientras John cerraba de vuelta la boca.— que es muy poco lo que hemos adelantado.— el inspector ocultó lo mejor que pudo su nerviosismo al recibir una mirada que le escaneo de pies a cabeza .— Pero como es tu costumbre, quizá quieras analizar la escena en persona, antes de que retiremos las cintas amarillas.
Sherlock no afirmo ni negó, simplemente enarcó una ceja con desdén y fue entonces cuando se pusieron en marcha. Lestrade estaba ansioso por demostrarle al joven detective cuanto empeño había puesto en el caso. Cuanto, de lo poco que había podido aprender tras observarlo en cada escena del crimen, había seguido sus métodos. Estaba decidido a impresionarlo, a decirle con el resultado de su trabajo, que no solo John podría ser un buen compañero. Así que comenzó por soltar todas las observaciones que había hecho desde el inicio. Para su sorpresa, el menor de los Holmes guardaba silencio escuchando todo lo que señalaba (incluso John lo miraba con cierto recelo) , interrumpiendo solo para agregar algo. John escuchaba atento sin poder evitar sentirse como un monigote, como un niño pequeño que observa mientras los adultos hablan. El sentimiento de estar de sobra, el monstruo de los celos, mas lo ridículamente atractivo que el inspector lucia ese día, causaron que para el médico fuese difícil controlar sus emociones. Compuso una mueca que bien podría pasar por concentración, frunció el ceño y tuvo que aceptar que la teoría expuesta por el pelo cano, era idéntica a la que Sherlock predijo en el departamento.— En pocas palabras, todo apunta a Maccoy, el traficante de información.— iba diciendo Lestrade.— Y personalmente, a menos que surja otra evidencia, creo que él es nuestro hombre.
— Olvidas el arma en el cadáver.— señaló John sin poder evitar aportar algo después de un prolongado silencio.
— Hemos llegado a la conclusión de que se hirió a sí mismo.
— Eso mismo me decía John en nuestro trayecto hacia aquí.— intervino Sherlock con tono aburrido provocando en Lestrade una vergüenza tal ante su propia obviedad, que las mejillas amenazaron con prenderle fuego a su rostro. Claro, John… lo había olvidado por completo. Sherlock no iba a ninguna parte sin él.
— Bueno, uhm… si. Pero eso no lo excusaría del todo. Recae sobre él la sospecha de la narcotización del mozo de cuadra y la desaparición de los caballos. Los rastros de humedad indican que todavía andaba por estos rumbos cuando la tormenta alcanzo su punto violento. Portaba consigo un revolver que si bien no acciono para disparar, pudo haber golpeado a la víctima con el mango hasta dejarlo inconsciente, además de encontrar el fragmento de tela en manos del cadáver. La verdad es que creo que eso sería suficiente para llevarlo tras las rejas.
Sherlock separo los carnosos labios para replicar, pero no fue su voz la que puso en duda aquellos argumentos.
— Quizá el hombre estaba perdido por allí — John llevaba una mano a su barbilla con aire dubitativo, que consiguió por primera vez la atención de los tres hombres.— o tratando de averiguar sobre los caballos, o pretendía huir de modo que si la pareja llamara a la policía, no le vieran todavía en los territorios. Si es el revólver el que consiguió dar muerte al sujeto ¿Dónde está? ¿Presenta manchas de sangre o de alguna limpieza especial? ¿Están sus ropas manchadas también? Y si iba a hurtar el caballo, ¿Por qué intentar comprar la información a terceros y no ir directamente a los establos? Además ¿Dónde podría esconder el caballo sin que nadie lo notara? Dudo que un caballo de pelaje exótico, pase desapercibido para cualquiera.
— ¡Eso!— exclamo el señor Andrew como quien no ha sabido como plantear sus dudas y encontrara en ese momento la manera exacta, pero nadie le escuchó. Las mejillas de Lestrade volvieron a encenderse presa de la vergüenza que los huecos en su teoría le ocasionaron. Se negaba a pensar que su malestar se debía a que era precisamente John quien los hacía relucir. No quería verlo como un rival, pero acalorado por la incomodidad, no pudo evitarlo.
— En realidad eso puede responderse con facilidad. He pensado en ello y tal parece, Maccoy no es ajeno a la región. Según registros, se ha hospedado dos veces durante el verano en el hotel de paso más allá de la gasolinera a milla y media al noroeste. He enviado el arma al laboratorio para el análisis así que pronto lo sabremos, lo mismo que sus ropas. Por diminutas que sean, el análisis revelara las salpicaduras. Respecto al caballo, podría ser que intentara averiguar si era posible llevarse al animal sin mayor problema que sobornar a unos cuantos empleados, al darse cuenta que estos no accedían siquiera a revelar información y que incluso llamarían a la policía, desistió. Desde lo sucedido, ha tenido toda la madrugada para arreglárselas y enviar al caballo fuera de aquí. En la gasolinera se detienen cualquier tipo de transporte, bien pudo pagar para trasladar al animal durante la noche y enviarlo lejos, porque, si no lo mencioné antes, mis hombres han registrado todas las cuadras del perímetro aledaño sin rastro del semental.
Ambos, medico e inspector, establecieron un contacto visual penetrante que no se rompió durante varios segundos en que los orbes de Sherlock relucían como dos gemas de zafiro pulidas que pasaron de uno otro. El coronel se limito a mirar a los tres hombres, antojándosele una escena muy extraña. Parecía que ninguno se había dado cuenta de que al fin tenían la escena del crimen delante pero no se atrevió a interrumpir con otra cosa que una tosecilla nerviosa. El inspector y el rubio recompusieron sus posturas un tanto apenados por su conducta al volver a la realidad. John cruzó de nueva cuenta los brazos sobre su pecho observando el lugar donde la tierra removida aun mostraba rastros de sangre, pisadas, hojas y otros restos de intemperie. Lestrade acomodó las manos en su cadera, descubriendo el abdomen definido contra el material de la playera al apartar la chaqueta de cuero. Los tres en espera de que Sherlock hiciera lo suyo.
Varios minutos transcurrieron sin que este hiciese otra cosa que mirar a lo lejos, donde un puñado de ovejas, pastaban. Varias de ellas, parecían malheridas pues caminaban con una cojera. Parecía despreocupado, ausente o quizá ignorante de lo que sucedía o donde estaban, cuando al fin voltearon a verle. Así que John, se acerco para ponerse de puntillas y colocar una mano en su angulosa mejilla de marfil.— ¿Sherlock? ¿Estás bien…?— cuando la pequeña mano del médico entró en contacto con su piel, el detective dio un violento respingo. Centró su mirada en el rostro que le llamaba para posteriormente proferir un distraído "Oh" como si cayera en la cuenta de que ya estaban ahí. La conexión entre sus miradas no fue algo que a Lestrade le gustara mucho. Evitó mirarlos por un instante en que la punta de sus zapatos era todo el panorama que necesitaba para contener la rabia que purgaba en su interior en una creciente que amenazaba con manifestarse en gruñidos. En un esfuerzo sobre humano, estas solo imitaron el intento del cliente por interrumpirles educadamente pero el tosido adquirió un tono amenazador que habría preferido evitar.
Tras hacer unas vagas preguntas al coronel, Sherlock procedió, sin ningún escrúpulo, a tomar la pequeña lente de su bolsillo y agacharse en el fango, con una expresión extasiada en el brillo de sus iris celestes.
— Tiene unos métodos un poquitín extravagantes ¿eh? —el coronel se acercó a ambos, mientras el detective continuaba su búsqueda.— Mira que querer saber hasta el color de la pelusa que el difunto llevaba en el bolsillo es algo…— carraspeó para evitar ponerle un adjetivo.
— Esto es… esplendido.— murmuraba el menor, cada vez en tono mayor mientras el costoso traje italiano iba manchándose con la tierra húmeda. Levantó el pálido rostro provocando que los rizos oscilaran coquetos en dirección al inspector.— ¡Evidencia casi intacta!
—Mandé a cercar el perímetro hasta tu llegada, de modo que solo tú, has tenido acceso a esa área.— respondió Lestrade elevando la voz para que el detective pudiera escucharlo pues se encontraban a un par de metros de distancia. No pudo evitar esbozar una sonrisa. Era como ver a un niño con juguete nuevo. — ¡Ah! Por cierto…— Lestrade se encamino a una camioneta de Scotland donde no lejos de allí, había colocado elementos para vigilar que nadie traspasara el limite. Volvió al poco tiempo con unas bolsas herméticas que acercó tanto como pudo (sin interferir con el trabajo del menor) al área del crimen.— Tengo aquí uno de los zapatos que calzaba Maccoy y el entrenador, ese día.
Apresuradamente, Sherlock corrió para tomar el bolso y comparar las huellas. Ahora en definitiva, su rostro lucia lleno de regocijo y una vez más se agachó, pero ahora, por completo recostado pecho a tierra. Una de sus pálidas manos fue a hundirse en el lodo en busca de algo que solo el sabia.
— ¡¿Pero qué rayos…?!— soltó Andrew al ver al distinguido Sherlock Holmes, jugando cual niño en el fango pero un "¡SHH!" simultaneo por parte del médico y el inspector, le mandó callar. Ambos sabían que había motivos suficientes para que Sherlock actuara de esa manera y no le cuestionaron. Triunfante, este les mostro al fin un encendedor.
— ¡Magnifico!— exclamo el detective poniéndose en pie.
Lestrade llevo una mano a su rostro preguntándose como había podido pasar por alto algo como eso.
— Si yo lo encontré, es porque vine buscándolo.— se explicó Sherlock siguiendo el hilo de sus pensamientos a modo extrañamente tranquilizador para tratarse de él, colocando el objeto en sus manos. Lo que provoco un violento sonrojo en las mejillas del inspector y sorpresa en el semblante de John.— Lo siguiente será, como restante para confirmar lo sucedido, tu veredicto sobre el cadáver y el arma.— dijo para el rubio quien después de balbucear accedió con un asentimiento fugaz.
— Tenemos el cadáver aun por aquí. Decidí no trasladarlo hasta que le echaran un vistazo. Está en la camioneta fría por aquí.— informó Lestrade obligándose a mirar a John.
— ¡Lestrade! — exclamó Sherlock.— Te has superado a ti mismo.— Y sin decir otra palabra, marchó a paso veloz hacia los límites del terreno perdiéndose de vista en la distancia.
