¡Hola chicas!
Si… lo sé, merezco tomatazos, chiflidos y pedradas… y todo lo que termine en adas je, je, je.
En primer lugar, una disculpa muy grande a todas las hermosas chicas que leen y siguen mi historia. He tenido MUCHO trabajo y mi inspiración estaba out, tanto que para salir de una escena tarde muchísimo porque no encontraba las palabras correctas para hacerlo… ja, ja, ja. Quise tirar la toalla y eliminar mi fic para no seguir escribiendo, pero tampoco se me hace justo, solo espero que me tengan paciencia, ya que estos días que vienen van a ser super pesados para mí, y espero poder actualizar sin tardar mucho.
Les doy las gracias a tres amigas especiales por animarme a seguir y sé que puedo contar con ellas, muchas gracias Alejandra, Eva y Marta por estar apoyando mis locuras de "escritora" je, je, je.
Este capítulo lo dedico a mis amigas Amazonas por ser tan lindas conmigo, y especialmente a Nadia Andrew: hermosa, te extraño… espero que estés bien y que pronto puedas volver.
Farii hermosa te extrañamos, espero que te encuentres mejor, besos para ti.
Marcados por el destino.
(Historia Alterna)
Siguió caminando tratando de salir de esa parte del jardín pero se dio cuenta que los arbustos formaban un laberinto y ella estaba exactamente en la entrada de este. Una pequeña luz provenía del interior del laberinto, era muy cálida y sutilmente atractiva… por un instante quiso adentrarse al laberinto pero decidió regresar a la fiesta.
Una ráfaga de viento hizo que su túnica oscilara sobre su cuerpo delineando su esbelta figura…
Con un poco de miedo Candy decidió regresar, pero al dar la vuelta chocho contra unos brazos fuertes, alzando su mirada se perdió en mismo cielo…
-¡Galatea…!
= Capítulo 2 =
Disclaimer: Los personajes de Candy Candy no me pertenecen, pertenecen a Kyoko Mizuki y Yumiko Igarashi, este Fic es de entretenimiento sin fines de lucro.
Albert Andrew se encontraba inmerso en una infinidad de libros. La biblioteca de la mansión Andrew en Inglaterra contenía miles de libros, muchos valiosos y antiguos pero él solo buscaba uno en particular: "Pigmalión de George Bernard Shaw"
Su padre se lo había leído cuando apenas era un niño, más en su mente siempre traía las palabras que su progenitor compartió con él: "No puedes figurarte lo interesante que es tomar a un ser humano y transformarlo en otro ser. Creando para él un nuevo modo de expresarse. Equivale a rellenar el abismo más profundo que separa unas de otras a las diferentes clases de la sociedad y a las diferentes almas" [1]
-¡Aquí esta! – dijo emocionado como si hubiese encontrado un tesoro inconmensurable.
Cuidadosamente fue hojeando cada página hasta que sus dedos llegaron a la imagen de Galatea, comprendiendo perfectamente en ese instante a Pigmalión por haberse enamorado locamente de tan bella mujer.
Con mucho primor, el joven fue recorriendo la imagen de Galatea, haciendo una pausa al llegar al hermoso rostro, acariciando suavemente con la yema de sus dedos cada detalle como si en verdad pudiera palpar su sedosa piel. Albert cerró los ojos al recordar una pequeña estrofa del libro: "Al despertar, Pigmalión se encontró con Afrodita, quien, conmovida por el deseo del rey, le dijo 'mereces la felicidad, una felicidad que tú mismo has plasmado. Aquí tienes a la reina que has buscado. Ámala y defiéndela del mal'. Y así fue como Galatea se convirtió en humana"
-¡Ámala y defiéndela del mal! –murmuró mientras arrancaba la página del libro sin dudarlo. – No sé si existas, pero cuando te encuentre tu mirada será la que hable por ti, y desde ese mismo instante te amare y defenderé para siempre…
Lentamente colocó el libro en su lugar original, guardando el retrato de Galatea en el bolsillo de su saco. Antes de salir de la biblioteca, Albert observo todo detalladamente. En realidad daba gracias de que los Leagan no movieran nada, pues él no estaba de acuerdo de que vivieran en esa mansión ya que era la favorita de su madre en época de vacaciones.
Desde que llego a Inglaterra no quiso hospedarse en la gran mansión porque le parecía muy fría dada la ausencia de sus padres, prefiriendo alojarse en un departamento. Cuando se enteró que los malcriados Leagan se hospedarían en esa casa, fue como si le echaran una cubeta de agua fría… porque para él, la presencia de esos chicos tan groseros profanaba el santuario de su madre. Sin embargo no tuvo mucho que pelear, ya que gracias a la Tía abuela Elroy quien convenció a sus padres en primer lugar para que esos malcriados estuvieran ahí, Albert no tuvo más remedio que acatar la orden de sus padres.
Al salir de la biblioteca, el joven camino hacia el salón de baile. Mentalmente el muchacho se preparó para entrar a una fiesta donde había solo tipos universitarios y seguramente su amigo Terry la estaría pasando muy bien. Él, no era asiduo de ese tipo de fiestas ya que prefería una pequeña reunión íntima con sus pocas amistades para poder llevar una conversación amena sin tanto ruido.
De repente, una voz melosa y chillona a sus espaldas interrumpió su trayecto.
-¡William! ¡Que gusto verte! No sabía que vendrías a la fiesta– dijo Elisa Leagan acercándose al para darle un beso en la mejilla, intentando a la vez rozar la comisura de sus labios con dicho acercamiento.
Albert movió su cara al ver las intenciones de Elisa, ya que no era la primera vez que ella intentaba besarlo 'accidentalmente'. El joven fijo su mirada en la despampanante pelirroja por un momento. Tenía que reconocer que Elisa era una mujer muy bella pero su modo de vestir habitualmente era muy insinuante y el disfraz que traía puesto no dejaba nada a la imaginación.
-Hola Elisa… - contestó fastidiado, dando un paso atrás para lograr separarse de la pelirroja.
-Hola William, la fiesta es en el salón ¿Qué haces aquí? ¿Estás perdido? – preguntó rebozando miel mientras su dedo jugueteaba con la tela de la solapa en el saco del rubio.
-¿Se te olvida que es mi casa? – refuto el rubio, firmemente haciendo a un lado la mano de Elisa.
-¡Que grosero eres William! ¡Claro que no se me olvida que es tu casa! Yo solo dije eso para acompañarte al salón de fiestas y que seas mi pareja de baile- declaró a la vez que intentaba rozar el cabello de Albert con sus manos- no tienes por qué portarte tan malcriado. Y sobre la casa, tú sabes muy bien cuáles fueron las órdenes de la tía abuela: es por mi seguridad que yo viva aquí hasta que termine la universidad.
-¡Me alegra que digas eso! Entonces ya solo te quedan unos cuantos meses para terminar y ya no necesitaras vivir aquí… - replico Albert con una sonrisa sarcástica extendiéndose en sus labios. Desde que los hermanos Leagan llegaron a vivir en la mansión, sus padres ya no iban de vacaciones de verano a Inglaterra.
-¡William…! – balbuceo la pelirroja por unos segundos. – ¡Ya no hablemos de eso! En su tiempo mi padre arreglara donde instalarme, pero mientras tanto vamos a divertirnos. Me encantaría bailar con un chico tan apuesto como tú…
-Lo siento Elisa… no tengo ganas de bailar, pero seguro tendrás muchos chicos a tu alrededor… interesados en bailar contigo o con tu mini disfraz. Así que con tu permiso, tengo otras cosas más importantes que hacer… - declaro secamente, dejando a la pellirroja plantada en el pasillo y con la cara ardiendo de coraje.
Desde que era una jovencita la única intención de Elisa Leagan era convertirse en la Señora Andrew. Aunque no le interesaba para nada el estudio, había decidido estudiar en Inglaterra porque era donde William Andrew se encontraba la mayoría del tiempo, pensando equivocadamente que compartirían la mansión Andrew y siendo así sería más fácil conquistarlo. Sin embargo su juego no resulto como ella pronosticaba. William Andrew era el pez más gordo que podía pescar y muy escurridizo, pero ella no se rendiría fácilmente: con toda la fortuna Andrew ella vería cada uno de sus sueños hechos realidad.
-¡Maldito William! Pero algún día caerás en mis brazos y suplicaras un beso mío… de eso estoy bien segura.
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Albert ya estaba acostumbrado a rechazar muchas veces a Elisa, pues no era estúpido y conocía muy bien las intenciones de ella. Incluso Terry alguna vez le dijo que aprovechara lo que ella le ofrecía descaradamente, pero para él, eso no era de caballeros. Elisa no se respetaba así misma y no iba a caer en su juego: al final de cuentas Elisa no dejaba de ser una mujer y como tal merecía cierto nivel de respeto.
Bajó las escaleras que daban al salón de baile y de reojo vio a Terry rodeado de cinco universitarias guapas. Lentamente recorrió el salón con su mirada y pudo vislumbrar a lindas chicas bailando, bebiendo y platicando, muchas con disfraces muy sugerentes. Alcanzó a ver a Stear y Archie bailando en medio de la pista. Él adorada a sus sobrinos pero aun no quería ser visto por el momento, así que con toda tranquilidad decidió ir al jardín.
Después de salir de toda la muchedumbre, Albert se dirigió a su lugar favorito en el vasto jardín de la mansión Andrew.
'El laberinto' representaba para él algo muy especial ya que cuando era niño, lo diseñó con la ayuda de su hermana Rosemary. Los dos pasaban horas jugando en ese laberinto y él siempre terminaba rescatando a su hermana quien jamás podía encontrar la salida. Cuando su hermana falleció, el joven mando a hacer en el centro del laberinto una hermosa fuente en forma de cascada y a la orilla de la cascada una hermosa ninfa, la cual representaba un santuario en honor a la difunta Rosemary Andrew.
Caminando en el jardín e inmerso en un mar de recuerdos, el rubio vislumbró una sombra a la distancia, cerca de la entrada del laberinto. Sigilosamente se acercó y vio como una fría ráfaga de aire de otoño hacía revolotear una túnica blanca que delineaba un cuerpo escultural. Unos gloriosos rizos dorados se movían acariciados por la tenue briza, el leve movimiento de esos maravillosos hilos de oro iluminando la oscuridad de la noche.
Albert paró en seco, tratando de verificar la imagen frente a él. Esa hermosa figura femenina lo hipnotizó inmediatamente, y en sus adentro se preguntó si era solo su imaginación jugando con su cordura. Se acercó al laberinto un poco más, ya que la necesidad de tocar esa cabellera dorada palpitaba en sus venas con frenesí. En medio de lo que seguramente era solo sueño maravilloso, Albert cerró los ojos, percibiendo en ese instante un suave aroma a rosas proveniente de la hermosa figura.
Cuando abrió sus ojos nuevamente, su mirada azul cielo se encontró cara a cara con un par de esmeraldas que lo veían con un brillo etéreo, su cuerpo súbitamente chocando con el espectro celestial de sus fantasías terrenales. Entre sus brazos la pequeña figura femenina se amoldaba muy bien, como si hubiera sido hecha en la talla perfecta para ser estrechada en sus brazos.
El rubio parpadeó varias veces, recordando claramente las palabras de Afrodita "mereces la felicidad, una felicidad que tú mismo has plasmado. Aquí tienes a la reina que has buscado. Ámala y defiéndela del mal"
-¡Galatea! –declaróel rubio en un susurro mientras se perdida en aquellas esmeraldas brillantes bajo la luz de la luna - Afrodita ¿Me has mandado a mi Galatea? – ese fue el único pensamiento de Albert mientras sus brazos estrechaban pequeño cuerpo de Candy.
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Candy había dejado atrás del bullicio de la fiesta, a ella no le gustaban ese tipo de fiestas más sin embargo asistía por sus amigas, el estar con ellas era en verdad una gran aventura. Ella era más amante de la naturaleza y prefería estar en lugares llenos plantas y árboles a estar llena de universitarios que solo les interesaba divertirse a lo grande y beber hasta quedarse dormidos. Pero en su andar se había internado demasiado en el enorme jardín al grado de sentirse perdida, estaba a punto de regresar cuando sintió que choco con algo y cerró los ojos.
Lentamente fue abriendo los ojos y se preguntó si estaba soñando; el mismo cielo estaba frente a ella, y su cuerpo era protegido por un par de fuertes brazos que se moldaban perfectamente, rodeándola con seguridad. Candy se sentía como en un sueño, parpadeando varias veces para salir de su turbamiento pero el olor a maderas la aturdió sin merced, transportando sus sentidos a un edén de ensueño.
Albert se perdió en las brillantes esmeraldas que tenía frente a él: eran los ojos más hermosos y sinceros que había visto, dos pozos de luz que reflejaban inocencia y belleza a la vez. Recordó la imagen de Galatea que llevaba en el bolsillo de su saco: después de tanto buscar, por fin la había encontrado. Como en medio de un sueño del cual jamás quería despertar, Albert recorrió suavemente con su mano la tersa mejilla de la encarnación de Galatea frente a él. La piel de su diosa era tan suave como la seda, su boca perfecta y su cascada dorada era el complemento perfecto para perderse en un mar de sensaciones desconocidas.
-Galatea… - murmuro anhelante, temiendo que el hechizo se rompiera si decía algo más.
Candy se sonrojo al sentir como la mano de aquel rubio recorría su mejilla con ternura; aquella mano recorría su piel con delicadeza y por primera vez se sentía hermosa y deseada… era la Galatea de un Pigmalión dorado.
-Pigmalión… – respondió en un susurro casi inaudible.
Súbitamente una ráfaga de aire, saco a ambos rubios de su trance; el hechizo roto por el aire casi glacial de la noche.
-¿Es… estas… bien? – indagó Albert nerviosamente, soltando a la rubia con mucho cuidado y sintiendo como sus brazos comenzaban ya a extrañarla.
-Si… - respondió la rubia aún sonrojada, sintiendo un poco de frío al ya no sentirse resguardada por los brazos de su Pigmalión – Dis… disculpa, creo que me perdí.
-Este jardín es muy grande y el laberinto es muy complicado para salir… te puedes perder aún más – confirmo señalando con la mirada el laberinto de setos y arbustos.
-Te confieso que tenía curiosidad por entrar, se ve una luz muy cálida al fondo, pero me dio un poco de miedo… por eso iba a regresar a la fiesta… cuando… cuando… choque contigo – declaró volviéndose a sonrojar al recordar los brazos del rubio estrechando su cuerpo.
Albert sonrió al ver el rubor tiñendo las mejillas de la chica; su piel era mucho más hermosa con ese tono rojizo en su rostro y contrastaba con el hermoso brillo de sus ojos verdes.
-Me da gusto haber chocado contigo, así no te puedes perder en este enorme jardín, y tienes razón. La luz que proviene del laberinto es muy cálida y hermosa como… lo eres tú - una diosa jugando en un paraíso terrenal – pensaba el rubio al ver la belleza de la ojiverde - Si me permites, este simple mortal se ofrece como tu guía personal, hermosa Galatea…
- ¿Acaso no quieres regresar a la fiesta? Hay una cantidad obscena de chicas que se cortarían gustosamente un dedo por bailar contigo… estoy segura que tiene muchas admiradoras.
Albert sonrió abochornado y un leve rubor tiño sus propias mejillas.
-Yo no estoy interesado en admiradoras, mi querida Galatea. Además, prefiero ser yo el admirador… y en estos momentos estoy sumamente ocupado admirando la musa frente a mis ojos…El destino me trajo aquí precisamente en estos momentos. Dejé la fiesta porque estaba destinado a encontrarte.
Candy rió y su risa era como la melodía de un coro de ángeles: pura y divertida.
-Bueno, yo no iría tan lejos… pero si apareciste justo en el momento que yo deseaba entrar al laberinto.
Albert tomó su mano y la dirigió lentamente a sus labios, posando un suave beso en los delicados nudillos de la chica.
-Tan suave como la seda… y si el destino depara que simplemente seré tu guía esta noche… haré todo lo posible para cambiarlo. O por lo menos, trataré de convencerte de que pienses de otra manera.
El delicado roce de esa boca sobre su piel, hizo que Candy se estremeciera de pie a cabeza con la sensación de mil mariposas revoleteando locamente en su estómago.
-¡Qué demonios me sucede! Al sentir el roce de sus labios una corriente recorrió mi cuerpo entero… ¡jamás había sentido algo como esto!- pensó la rubia en sus adentros, tratando de controlar las sensaciones circulando por su cuerpo.
-¡¿Qué estoy pensado?! ¿Qué demonios estoy diciendo? ¡Va a pensar que soy un maniático! Calma… tengo que respirar y pensar… ¡NO PUEDO! Sólo puedo pensar en su piel, en su aroma embriagador… la textura… ¿cómo será besar sus labios? – pensó el joven, deseando que la tierra se lo tragara por atrevido.
-Eh… ¿Qué te parece si comenzamos por el laberinto y luego discutimos los méritos de un destino predeterminado? Muchas personas no creen en eso y simplemente profesan que todo en esta vida es una serie de coincidencias que construye lo que nosotros definimos como nuestras vidas.
Albert sonrió aliviado a no recibir su rechazo… o una buena bofetada.
-Desde que nacemos, nuestro destino ya está deparado… marcando cada faceta de nuestras vidas… - comenzó a decir, a medida que entraba al laberinto con la mano de la chica aún en la suya y el sonido lejano de una fiesta sin encanto flotando en la oscuridad de la noche.
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Al llegar al centro del laberinto, Candy quedo maravillada con tan bella vista a su alrededor. Una hermosa fuente en forma de cascada y en la orilla una ninfa sosteniendo un cántaro en sus caderas… El agua caía de la fuente rompía el silencio de la noche con su canción alegre. Alrededor de ésta, hermosas rosas blancas que eran acariciadas por el rocío la fuente.
Albert observó cómo los ojos de Candy brillaban de felicidad al ver todo el magnífico paisaje que él mismo había construido, sintiendo la necesidad de tenerla nuevamente en sus brazos y poder tocar sus suaves labios – Eres tan hermosa Galatea, nunca había sentido esta sensación, en tan solo un instante has robado mis pensamientos… ¡El destino te ha traído a mí! Eres mi Galatea… - pensaba el rubio mientras se perdía en el brillo de la mirada de Candy, una mirada que le traía paz… y la promesa de un amor inigualado.
Los pensamientos del rubio fueron interrumpidos por la melodiosa voz de su Galatea.
-¡Es maravilloso! ¡Es como un paraíso! ¡Todo está lleno de paz y el aire que se respira es tan puro! – dijo la rubia maravillada. – Y la estatua de a fuente es hermosa… una verdadera obra de arte…
-Sí, la estatua es hermosa… pero más hermosa eres tú… mi querida Galatea, tu belleza no se compara con nada – expresó mientras rozaba la mejilla de Candy y acomodaba un riso detrás de su oreja haciendo que Candy se sonrojara al instante.
-¿Es verdad… lo que dices? ¿Soy… Galatea…? – preguntó un tanto nerviosa, ella sabía que iba vestida de Galatea, pero nadie había reconocido su vestuario…
- Si, eres mi Galatea y no por el disfraz que usas. Eres mi Galatea porque eres mi musa, eres hermosa y tu mirada refleja una paz incomparable. Eres la mujer perfecta… eres un sueño hecho realidad. Y yo soy el hombre más afortunado del mundo al poder estar contigo en este instante.
-Eres… la primera persona que me dice tan hermosas palabras… - balbuceó bajando la mirada para contener las lágrimas que amenazaban por salir. Las palabras del apuesto chico le llegaban al corazón…
-No bajes tu mirada… - indicó Albert mientras tomaba esa pequeña barbilla, levantando el rostro de Candy. – Todo lo que dije es verdad, jamás mentiría al decir todo lo que siento… y esto es lo que estoy sintiendo. Sé que suena raro y más cuando nos acabamos de conocer, pero es la verdad mi hermosa Galatea. ¡Llámame loco, pero eso es precisamente lo que me haces sentir!
- Si… vengo vestida de Galatea, y nadie en la fiesta había descifrado mi disfraz. Y no eres loco, porque yo también… estoy… sintiendo mí mismo… el estar contigo me llena de paz y seguridad. Aunque apenas te vi, siento como si te conociera de toda la vida… y ni siquiera sé tu nombre.
Albert sonrió al escuchar las palabras de su musa. Dándose valor nuevamente, acarició su mejilla y respiró profundamente impregnándose de su aroma, llenando sus sentidos con ese aroma encantador que jamás podría olvidar.
Una fuerza invisible, más fuerte que la lógica acercaba sus rostros poco a poco, como la subida de la marea. Los labios de ella parecían brillar a la luz de la luna; húmedos y expectantes, eran los labios de una virgen consagrada en el altar del amor supremo.
Al ver como esos pequeños labios parecían temblar en anticipación, Albert casi perdió su cordura, ya que su cuerpo parecía reclamarle a gritos saciar esa sed en su alma que siempre mantenía ocultada bajo un manto de sentido común e impecables modales. Mas esos labios de color rosa lo llamaban… proclamando "tú eres el dueño…" y haciendo sus dudas a un lado, tomo el mentón de la chica para depositar un terso beso. Sus labios húmedos y cálidos parecían pétalos de rosa al amanecer… y su aroma embriagador nubló sus sentidos en un instante. Sólo podía sentir esa boca, disfrutando del sabor sutil a menta y chocolate. Sin necesidad de profundizar ese beso, Albert supo el momento que sus labios se encontraron que había perdido su corazón.
-Mi nombre es Albert… y desde ahora tu más ferviente admirador, hermosa Galatea – dijo mientras separaba solo un poco sus labios de los de la rubia, no quería alejarse ni un poco del dulce néctar que emanaba de la boca de su amada.
Los sentidos de Candy aún no regresaban a ella, el maravilloso beso le robo la respiración y hasta la noción del tiempo, pero de algo estaba segura; entre los brazos de ese hombre era el lugar donde quería pasar el resto de su vida.
-Albert… que… hermoso… nombre – al igual que tú…- mi nombre es…
-Shh… no necesito saberlo. Tu mirada y cabello me bastan para reconocerte entre un millón de personas. Eres inolvidable… única y mía… ¡eres mi Galatea! –proclamó tocando su frente suavemente con la de Candy.
-¡Albert!
-Sí, hermosa. Desde el momento que mis labios tocaron los tuyos, te adueñaste de mi corazón… estas aquí – dijo mientras tomaba su mano y la depositaba sobre su pecho fuerte y varonil- Desde ahora ese será tu lugar. ¿Crees en el destino?
-Si…
-Entonces el destino será quien escriba este maravilloso momento, el destino es quien nos guiará… es quien me trajo hacia a ti y será lo que siempre me mantenga a tu lado… y esto que estamos sintiendo los dos es solamente el comienzo, mi amada Galatea… ¿Quieres intentarlo?
-¡Si Albert, si quiero!
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-¿Dónde está Candy? ¿La has visto, Stear? – preguntó Patty muy preocupada por su amiga, ya que sabía que Candy no era asidua a ese tipo de fiestas.
-No Patty, no la he visto para nada. Me habías dicho que estaba con el odioso de Niel.
-Sí, estaba con él… pero al parecer ya no. Mira, Niel esta con Daisy… Me preocupa no ver a Candy…
-Tranquila amor, de seguro Candy anda caminando por el jardín, ya sabes que a ella no le agradan este tipo de fiestas, y no te preocupes, ella estará bien… siempre se ha sabido defender de todo.
-Si lo sé, es algo que admiro de ella, es muy fuerte… No me preocupo por eso; la que me preocupa es Annie… presiento que le va a hacer algo a Elisa. Sabes que no se llevan muy bien y la cara que tiene Annie quiere decir que va a hacer alguna travesura.
-¡Pues yo la veo muy feliz bailando con Archie! Mira, no se dejan de abrazar… pero si le llega a hacer algo a Elisa, eso no me lo pierdo por nada del mundo… - rió muy divertido el pelinegro
-¡Stear! – replicó Patty algo molesta por la broma de su novio.
-Ja, ja, ja, oh vamos Patty, sabes que Elisa se merece eso y más. Candy está bien y Annie sabe lo que hace – añadió Stear abrazando y besando a su novia para tranquilizarla un poco.
-Tienes razón Stear, creo que me estoy preocupando de mas, las chicas estarán bien. Gracias mi amor por comprenderme siempre – profesó la chica besando a su novio apasionadamente.
Stear la recibió gustoso y correspondió al beso apasionado de su novia, perdiéndose en la dulzura de sus labios y deseándola más que nunca. Él siempre admiro a Patricia por ser una hermosa chica, a pesar que en un principio era algo tímida, poco a poco se fueron conociendo y enamorándose más. Patty aun no lo sabía pero Stear decidió desde el primer día que la conoció que ella sería la madre de sus hijos. Era su complemento y nadie lo entendía mejor que su amada…
Terminando el beso, Stear la miró fijamente y sonrió con ternura.
-¡Wow! Creo que voy a hacer que te preocupes más seguido por tus amigas para recibir magníficos besos como este… - expresó mientras le daba un pequeño beso en la punta de la nariz.
-¡Stear, que cosas dices! – pronunció la chica muy apenada por las palabras de su novio.
-Es la verdad amor, besas como una diosa… soy el hombre más afortunado de tener una novia como tú. ¡Te amo Patty!
-Y yo a ti Stear…
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Mientras en la mansión se llevaba a cabo una ruidosa fiesta que parecía no tener fin, en el centro del laberinto una pareja de enamorados era cobijado por resplandor de la luna… que era testigo silenciosa de tiernas miradas de amor. No hacían falta palabras, sus cuerpos se comunicaban a través de la mirada, sus corazones latían en unísono.
Ahí sentados en el pasto ambos enamorados se encontraban abrazados y escuchando el latir de sus corazones. Albert, como buen caballero, protegía a su amada con la firmeza de sus brazos para resguardarla de las ráfagas de viento que ocasionalmente llegaban a ellos.
Candy mantenía su cabeza sobre el pecho de su amado, era una sensación tan maravillosa, que pensaba que ese era su lugar, su refugio… su hogar. Al estar así podía escuchar los latidos del corazón de Albert y estaba segura que su corazón latía al mismo ritmo.
-Si esto es un sueño… no quiero despertar… por favor que no sea un sueño como los muchos que he tenido, en los cuales siempre despierto sola… - eran los pensamientos de la rubia, y cerrando los ojos fuertemente, volvía a abrirlos para poder despertar del supuesto sueño… pero al ver al apuesto rubio de ojos azules, no podía creer que fuera realidad.
-¿En qué piensas, mi amada Galatea? – preguntó el rubio susurrándole al oído.
-Pienso… en que esto puede ser solo un sueño… y puede ser que este momento solo exista en mi imaginación – reiteró la ojiverde un tanto melancólica.
-No es ningún sueño… y si así lo fuera, jamás quisiera despertar, para poder tenerte siempre entre mis brazos.
-Todo lo que dices suena maravilloso Albert… pero apenas y nos conocemos, y no sabes ni mi nombre. Podría ser una asesina o maniática… o tú, podrías estar… comprometido… con alguien – espetó con franqueza la rubia.
-Pues si fueras una asesina, serías la asesina más hermosa del mundo; y maniática no creo que seas, porque aquí el que está loco… soy yo, pero loco por ti. Y en cuanto a algún compromiso – hizo una pequeña pausa y suspiró suavemente- solo puede decirte que mi único compromiso es mi carrera, para poder ayudar a mi padre, y mi corazón solo tiene espacio para una hermosa rubia ojiverde con pecas hermosas.
-¿Te das cuenta lo que es el destino? Nos hace jugadas maravillosas y me mandó a este laberinto para conocerte.
-Así es mi quería Galatea, el destino es algo de lo que no podemos escapar. Sí, es verdad, que cada quien forja su destino pero los hilos invisibles siempre te llevan hacia esa persona a la que estas predestinado. Y es por eso que estoy aquí… a tu lado, y teniéndote entre mis brazos, soy el hombre más afortunado del mundo.
-Albert… ¿puedo… hacerte una pregunta? - dijo un tanto nerviosa.
-Claro que sí, puedes preguntarme lo que quieras, te aseguro que lo que conteste será con honestidad – replicó el ojiazul.
-¿Por qué no quieres saber mi nombre? – hizo su pregunta terminando en un gran suspiro y con los ojos llenos de lágrimas por la expectativa de la respuesta del rubio.
Albert se enterneció por el tono en que la rubia hizo la pregunta, deslizando su mano por su cabello y acariciando su tersa mejilla. Tomó su mentón y lo alzó un poco para que pudiera verlo directo a los ojos, dando otro suspiro antes de contestar.
-No es que no quiera saber tu nombre hermosa… lo que pasa es que quiero saber tu nombre la próxima vez que nos veamos. Por eso no quiero que acabe esta noche- hizo una gran pausa - porque… porque… mañana salgo de viaje a Norteamérica y regresaré hasta dentro de dos meses a Inglaterra – se detuvo un poco y con su dedo recorrió los labios de Candy, tratando de contener su deseo de besarla - Por eso quiero llevarte en mis sueños, quiero que seas mi musa durante todo ese tiempo… quiero que sigas siendo mi Galatea. Y cuando regrese podré verte sin obstáculos y saber tu nombre para… para poder seguir con todo esto que sentimos… para poder tenerte en mi vida y no dejarte nunca más. Por eso te pregunto si crees en el destino; porque sé que nuestro destino es estar juntos, lo siento en mi corazón.
-¡Oh, Albert…! Yo siento lo mismo, sé que nuestro destino es estar juntos… No importa cuán lejos estemos, si nuestras almas siempre estarán juntas. Y me encantaría poder verte nuevamente a tu regreso.
-Es por eso que quiero dejarlo al destino… sé que es muy fácil poder llamarte o mandarte un e-mail, pero no sería lo mismo, no podría tocar tu piel, besar tu boca o impregnarme de tu aroma… pero tampoco me gustaría perderte, mi amada Galatea.
-Pienso lo mismo… y tampoco quiero perderte, pero podemos ayudar un poco al destino ¿No crees?
-¿Ayudar? ¿Cómo? - preguntó sin entender lo que la rubia quería decirle.
Candy, lentamente llevo sus manos a su cuello, desabrochando una pequeña cadena que traía. Cuando se la quitó, la depositó lentamente en las manos del rubio. Era una hermosa cadena con un dije en forma de corazón que tenía la letra C con pequeñas incrustaciones de diamantes. Esa cadena nunca se la quitaba ya que era un regalo de su madre.
-Esta cadena es lo más valioso que tengo en la vida… no por su precio, sino por lo que representa en mi vida. Quiero que a partir de ahora la lleves siempre contigo y veas la forma de devolvérmela – hizo una pausa, no podía contener su nerviosismo. Su labio inferior temblaba, sentía como si estuviera dando sus votos matrimoniales – con ella, te llevas mi corazón, y solo estará a salvo contigo.
Albert sintió un gran nudo en la garganta, esa chica era maravillosa, simplemente estaba perdido ante ella. Todos sus amores pasados se esfumaron sin consideración alguna, todo lo que sufrió en la vida se veía recompensado por este momento. Sin duda había encontrado al amor de su vida.
-Galatea… yo me llevo tu corazón pero tú te quedas con el mío – el rubio llevó sus manos al pecho, y sin que Candy se diera cuenta se quitó el pisa corbata. Era una pequeña A de oro y con un pequeño zafiro en el centro, Albert adoraba ese pin ya que era un regalo de su abuelo. Y con la misma devoción que la rubia había entregado su joya. Él, tomo su delicada mano y lo depositó en ella – Esta es mi joya más preciada, sé que también encontrarás la forma de regresármela y cuando lo hagas sabrás que jamás te dejare ir. Cuando estas dos joyas vuelvan a sus respectivos dueños, nuestro amor será infinito.
-Serán los dos meses más largos de mi vida… - respondió la ojiverde derramando lágrimas.
Albert limpio sus lágrimas y le dio un tierno beso sobre cada una de ellas, tratando de borrar el rastro de tristeza.
-Lo sé… solamente te puedo pedir que me esperes por favor… son solo dos meses mi amor… ¿me esperarás?
-¡Toda la vida!
Sus bocas se unieron deseando que el mañana retrasara su llegada para poder disfrutar de la calidez creciendo en sus corazones. Albert saboreó la boca de la chica con pericia, sus labios y lengua acariciando esa boca virginal que poco a poco lo llevaba a un edén privado, donde sus problemas y cavilaciones se olvidaban, siendo reemplazados un sentimiento de bienestar increíble.
Candy, por su parte, se sorprendió por la respuesta tan fuera de carácter de su propio cuerpo. Su lengua parecía cobrar vida propia, explorando y degustando una boca que le parecía tan familiar como desconocida. ¡Jamás había sentido eso con ningún chico!
-No me olvides...- susurró Albert contra el cálido aliento de la chica.
-No puedo... tengo tu sabor tatuado en mi corazón...- contestó Candy, deseando por la enésima vez que esa noche mágica durara para siempre.
-Te encontraré...- declaró Albert, cerrando sus ojos y topando su frente tiernamente en la frente tersa y despejada de Candy.
-Y yo te estaré esperando... En el museo nacional de Londres...
-Llevare el almuerzo- proclamó Albert
-En dos meses te veré frente al retrato de Galatea... mi Pigmalión
-Ahí estaré, mi diosa... mi musa...
Y con el sonido gentil de la fuente serenado su nuevo amor, los jóvenes rubios disfrutaron de otro tierno beso, a la vez que dos corazones comenzaban a latir en compas como uno solo.
Continuara…
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[1] La obra de teatro Pigmalión fue publicada en 1913 por George Bernard Shaw y está basada en el relato de Ovidio Pigmalión.
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Un agradecimiento muy especial a todas las chicas por sus reviews, cada uno de ellos me saco una sonrisa.
