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Tokio Tokyo

Disclaimer: Digimon y sus personajes no me pertenecen


II

El ordenador de Sora se estropeó justo cuando terminó todos sus exámenes. La sincronía fue perfecta. Su plan de pasar la noche poniéndose al día con sus doramas quedó en la lista de pendientes, y teniendo nada que hacer, accedió a la invitación de Taichi, de celebrar el fin del año académico junto con Yamato y Koushiro, en un izakaya barato, ubicado en el centro de Odaiba.

—Puedes elegir todo lo que quieras —Yamato iniciaba tertulias luego de varios vasos de jerez porque era un anciano—, incluso puedes elegir tus amigos, si eso deseas. Sin embargo, siempre habrá en tu lista alguien que no podrás explicar cómo es que están conectados.

—Estábamos hablando de ordenadores —recordó Sora—. Papá me dejó dinero para comprar otro más moderno pero no sé de marcas.

—Por ejemplo, ¿cómo es posible que Koushiro y yo seamos amigos? Tenemos intereses totalmente distintos.

—No estoy tan seguro —intervino Koushiro—. A ambos nos gustan las películas de Marvel—. Y luego se dirigió hacia Sora—. Elige un Pineapple, ¿has visto el video promocional del nuevo diseño del airPineapple?

—Los Pineapple están más allá de mi presupuesto.

—¡Marvel! Las películas de superhéroes no cuentan. —Yamato se aferró a su botella de jerez y cayó dormido sobre las piernas de Koushiro.

—Recuérdame por qué somos amigos de Yamato —pidió Sora.

—Porque secretamente lo amamos. —Taichi se sentó al lado de Sora y dejó un enorme jarro de cerveza en la mesa—. Dime, ¿por qué se emborrachó tan rápido?

Sora se encogió de hombros.

—La crisis de los veintiuno, supongo.

—Vamos cayendo de a uno —dijo Taichi—. Jou, Yamato… Apuesto que Koushiro será el siguiente.

—Definitivamente tú no eres mi amigo —gruñó Koushiro. Taichi le apretó las mejillas y se rio por sobre el volumen de la música. El rostro de Koushiro pedía a gritos que lo mataran.

Koushiro, Taichi, y Yamato, resultaron ser grandes amigos. Jou también era un amigo, pero no venía en el envoltorio. Sora tampoco. Recibía invitaciones de parte de Taichi de forma ocasional. Tenían aquel tipo de amistad que se mantiene pese a temporadas sin saber el uno del otro, pero que apenas se reencuentran, se ponen al día sin cobrarse resentimientos de ausencia. A ratos Sora recordaba los días en que Taichi fue su mejor amigo, y ya no sabía cómo sentirse. No podía afirmar que lo echara en falta, eso era todo.

Si analizaba su amistad con Jou, era aún más confuso. Jou podía desaparecer años, pero Sora, con su carga académica, ya no tenía tiempo de ir a buscarlo cuando se perdía. O no se hacía del tiempo, lo que es peor.

—Hablando de Jou… —comenzó Sora elevando la voz para hacerse oír sobre la risa de Taichi—, ¿han sabido algo de él?

—Mimi dice que perdió una ceja —respondió Koushiro

—Eso ya es información vieja —Taichi estiró los brazo, pasó uno de ellos tras la espalda de Sora, y la observó fíjamente—. Según Mimi, Jou casi muere este San Valentín por un bombón de coco.

—¿Una alergia? —preguntó Koushiro.

—Una alergia —confirmó—. ¿Tienes algo que decir al respecto? ¿Sora?

—¿Por qué tendría que decir algo al respecto?

—Mimi dice que fuiste tú la del bombón.

—Maldición, ¿por qué Mimi siempre sabe? —Sora se alejó de Taichi.

—Porque Mimi es la Matrix —resolvió Koushiro. Los tres que quedaban conscientes brindaron por ello: la respuesta de Koushiro era la respuesta más obvia.

Sora les contó lo sucedido a Koushiro y Taichi, y luego Koushiro volvió a traer el tema de los computadores. Le anotó a Sora en una servilleta, varios modelos, marcas, y tiendas baratas, mientras Taichi picaba a Yamato con mondadientes, intentando despertarlo. No lo consiguió. Entre él y Koushiro cargaron a Yamato hasta un hotel cápsula, y luego acompañaron a Sora hasta su piso.

—Deberíamos tener este tipo de reuniones más a menudo —se despidió Taichi dejando un sonoro beso en la mejilla de Sora. Luego intentó hacer lo mismo con Koushiro, pero Koushiro le evadió—. Suerte con la computa —y salió corriendo.

—Debiste dejar a Taichi con Yamato —susurró Sora a Koushiro.

—Se vuelve en un crío cuando está ebrio.

—Pero tiene razón, deberíamos repetirlo. Gracias por los datos de ordenadores.

—Pídele a Jou que te acompañe. A él le gustaba ir a Akiba. Nos vemos Sora.

Koushiro salió tras Taichi y Sora vio cómo lo reprendía por correr así en su estado. Los espió desde el balcón. Taichi se detuvo frente a un basurero y vació su estómago, y Koushiro lo sostuvo del brazo hasta que terminó. Siguieron caminando por la avenida desierta hasta volverse puntos más en el asfalto, y Sora no los volvería a ver hasta en mucho tiempo.

Observó la servilleta que le rayó Koushiro. Todas las tiendas que apuntó quedaban en Akihabara. Incluso le hizo un mapa, bastante complejo de comprender. Sora lo habría dibujado mejor. Le echó un vistazo a su mesa de dibujo, llena de folios, papeles arrugados, y rotuladores desperdigados. Comenzó a ordenar su habitación a las dos de la mañana, y terminó minutos antes de las tres. Transcribió los datos de la servilleta a un papel autoadhesivo, y durmió seis horas.

Al despertar, luego de la ducha, fue inmediatamente donde Jou. Llegó con dos vasos de cartón, y una bolsa de papel con aburridas galletas de arroz a las cuales Jou no era alérgico. Le abrió la puerta el propio Jou, en pijamas. Seguía sin afeitarse, y su piel lucía cetrina y sin brillo, pero al menos ya caminaba.

—¡Superior Jou! —saludó Sora—. Veo que le está creciendo la ceja.

—No sabía que venías.

—Yo tampoco, ha sido idea de Koushiro, ¿te acuerdas de él?

Jou no respondió a esa pregunta. Recibió uno de los vasos de cartón y dejó la bolsa de papel sobre el mesón de cocina. Sora le explicó lo de los computadores, la noche en el bar en compañía de Koushiro, Taichi, y Yamato, y dudó en un principio, pero al final terminó contándole que Mimi estaba enterada de los últimos antecedentes, y por correlato, también todos.

—¿Por qué sabría? —se preguntó Sora en voz alta—. ¿Has visto a Mimi?

—Mimi siempre lo sabe todo. No, no la he visto.

—¿No te da curiosidad saber por qué siempre lo sabe todo?

—No realmente.

—Quizá fue tu hermano.

—¿A qué has venido, Sora?

Sora dejó su vaso de cartón sobre el mesón. Jou quien siempre le pareció muy alto, quizá debido a su delgadez, ahora se veía disminuido y enclenque. No había probado del café que Sora le trajo, no había sonreído ni una vez, los puños de su pijama estaban arrugados, y hacía una cosa con las manos muy rara. Los dedos de la mano izquierda estaban rígidos y rojos, mientras la derecha lo estrujaba uno por uno, empezando por el índice, llegando al meñique, y saltándose el pulgar para volver a empezar.

Estaba incómodo. Sus ojos, tras sus gafas cuadradas, vagaban por el marco de la ventana.

—Yo… no lo sé Jou. Ahora me parece una tontería.

—Lo siento, esa pregunta fue grosera.

—He estado pensando todo tipo de cosas, mi ordenador de averió, y Koushiro dice que tú conoces Akiba.

—Koushiro siempre dice cosas extrañas. Pero tiene razón.

—¿Le gustaría acompañarme? Lo invitaré a almorzar.

—No hace falta que me invites.

—Vaya a ducharse. Yo le elegiré una ropa que le quede bien. Y recuerde afeitarse.

Subieron al segundo piso. Sora examinó el ropero de Jou. Mimi alguna vez dijo, en una de sus tertulias de bloguera, que se podía juzgar a una persona por su ropero. Sora no sabía de qué forma, y no leyó la enciclopedia que publicó Mimi para comprender las claves. Como fuese, ningún ropero sería tan espectacular como el de Mimi, y seguramente ninguno era tan maniático como el de Jou.

—Eres un enigma —murmuró Sora. Jou guardaba su ropa en bolsas herméticas. Perfectamente dobladas, perfectamente planchadas. A juzgar por el pijamas roñoso que vestía, y la capa de polvo sobre las bolsas herméticas, daba la impresión que Jou no había vestido otra prenda en meses.

Sora se deshizo de ese sentimiento de angustia con un movimiento de cabeza, y eligió una camisa roja que aún conservaba su etiqueta, uno de esos chalecos sin mangas que eran tan típicos en Jou, y unos pantalones negros. Jou se mordió los labios pero no comentó nada. Comparó rápidamente sus ropas elegidas, versus las que usaba Sora, y se resignó.

Sora en ese entonces, usaba una franela verde y vaqueros agujereados. Mimi se habría suicidado.

—¿Estas nervioso?

—¿Por qué habría de estarlo?

—No lo sé. Deja que te ate los zapatos.

Sora tuvo que tomar a Jou de las manos para sacarlo de casa. Desde ese momento, algo cambió en Jou.

Recibió la luz solar directa, sobre su piel que había permanecido resguardada bajo techo desde las vacaciones de invierno, y por un momento Jou se creyó vampiro y se sintió evaporar. Entonces recordó que no lo era, que una mano cálida tomaba la suya, y que había sangre corriendo por sus venas.

Y pensó:

Estoy vivo.

Su piel helada adquirió temperatura, sus dedos rojos volvieron a su irrigación normal, y sus piernas flacuchentas de pronto le pedían correr, y saltar, y moverse, y hacer esas cosas que se supone hacen las piernas normales. Entonces Jou dio un paso fuera de la casa y…

Se cayó de bruces.

—¡Superior! ¿Está bien?

Jou se acomodó las gafas y refunfuñó.

—No creo que sea capaz de llegar a Akiba, Sora. Estoy oxidado.

—¿Hace cuánto que no salías de casa?

—Dos meses, más o menos. Luego de tu visita de febrero, me movía por la casa.

—Lleguemos hasta la plaza.

Sora tiró de Jou y, sin soltarle del brazo, caminaron hasta la plaza. Lo que debería tomarles cinco minutos, lo hicieron en quince. Las mariposas eran más veloces, pero no importaba. Tomarían asiento frente a los juegos infantiles, comerían algunos dulces, quizá gun-gun, quizá nueces, y observarían los árboles que se adelantaban a la temporada y comenzaban a florearse. Entonces, subirían a los columpios, y estarían preparados para caminar por Tokio.

—Iremos a Akiba, y a Shimokita, y a Ikebukuro, e incluso a Tachikawa. Podremos ir a cualquier lado. ¿Qué opinas de eso, Jou?

—Me gusta estar aquí sentado.

—Iremos a Tachikawa —insistió Sora— y arrendaremos bicicletas.

—Pídele a Koushiro que te lleve a Akiba, y luego ponte al día con tus series.

—Quiero que tú me lleves a Akiba. Y luego quiero llevarte yo a todo tipo de lugares.

—¿Por qué?

—No hagas tantas preguntas. Yo nunca podré darte buenas respuestas.

Jou no hizo más preguntas. En silencio observaron a esos árboles de ramas desnudas y llenos de flores, que crujían con el viento. El aire que se entibiaba, el sol dorado, la arenilla bajo sus zapatos, el griterío de los niños que corrían tras un balón de futbol, el olor a algodón de azúcar.

Se sentía bien estar fuera de casa. Y con unas ganas locas, solo quería volver adentro.


Notas: este capítulo es un arrebato.