¡Me disculpo! ¡Me disculpo por completo! Sé que me deben odiar, sé que ya ni quieren leer mi historia y, cuando vean que publiqué, no me van a parar bolas y dirán que no vale la pena.

Les diré el motivo de mi demora (o más bien los motivos): estoy escribiendo un libro, es decir, un libro, libro, que espero sea publicado, lo cual acapara toda mi atención, y la investigación consiguiente también, porque es de época.

Otro motivo es que, bueno, mis estudios no me dejan tiempo para nada. Este año sí que es muy difícil, por la cantidad de materias que veo (y también por lo aburridas que son muchas), así que ando entre tareas y tareas, libro y libro, y además, por mucho que quiera, mi modo de escritura sigue evolucionando, lo que significa que muchas veces borro lo que escribo para corregirlo porque no me gusta el estilo primitivo en el que está escrito.

Tampoco daré excusas absurdas: a veces no se me antoja escribir el fic, porque sé que si lo hago de mala gana, me saldrá horrible, como fueron unos de los primeros capítulos (que me dan pena siquiera leer por los errores de gramática).

Mi tiempo también se lo llevan mis clases de sueco y japonés, las cuales no puedo abandonar por mucho que quiera para abrir word y empezar a escribir.

Reiteradamente: ¡Me disculpo! ¡Gomen! Siento actualizar con poca frecuencia, de veras que sí.

Sin más, espero que disfruten del capítulo.


Su cara era un poema, o por lo menos lo era para Harry Potter y su progenie. No recordaba haber visto a la Auror tan desconcertada como en ése momento. Nuevamente, se repitió que era malo divertirse a costa de los demás, por lo que trató de reprimir la sonrisa que clamaba a gritos plantarse en sus labios. No le parecía correcto sonreír en ése momento. Miró de reojo a su ahijado, y notó que éste no dejaba de ver a Tonks con la boca abierta. Supo que no debía permitir que Teddy se acercara a su madre. No ahora.

—***Tiempo después***—

Tonks no sabía qué pensar al respecto. Molly, Harry, Ron, el señor Weasley, Remus y Sirius se habían encargado de explicarle la situación detalladamente.

Obviamente, no les había creído la primera vez.

Racconto

—Dora, quiero hablar contigo —dijo Remus, tomándola de la mano y haciéndole gestos extraños a Sirius y a Harry para que se acercaran.

Harry se levantó con desgana de la silla donde reposaba tranquilamente y llamó a Ron, quien estaba viendo con curiosidad el libro que estaba leyendo su hija. Al pelinegro no le pareció extraño eso, ya que desde que se había casado con Hermione, le había nacido leer más para que su orgullo como hombre no quedara mancillado por la inteligencia de su mujer.

—¿Sabías que a Rose le gusta el Medioevo? Ya vamos para más de tres meses comprándole libros de ese tema.

—No tenía idea —le respondió el azabache, con una sonrisa. Si alguien le hubiera dicho que su mejor amigo, el vago sin remedio de Ron Weasley, iba a promover la lectura en sus hijos, se había reído en su cara y lo hubiera tirado desde una torre.

—Creo que será porque la quema de brujas le causa gracia. A veces comienza a reírse sin ninguna razón en medio del Gran Comedor mientras está leyendo, según me ha contado Hugo.

—Supongo, ¿no? No me digas que piensas leer al respecto, porque francamente creo que tú sólo lees lo necesario.

—Leo lo que me interesa, y lo que es necesario. Pero de allí a leer compulsivamente como Hermione o Rose o Hugo hay un gran paso.

—¿Hugo? ¿Tu hijo está igual que Hermione? —primera vez que Harry se enteraba.

—La última vez que me escribió me dijo, y cito textualmente: "Estoy un poco amargado porque en ésta semana nada más he leído cinco libros enteros. Creo que debería hacerlo con más frecuencia". Es increíble. Se amarga por eso. —Ron bufó y Harry se carcajeó con ganas.

Cuando entraron al comedor de la casa, Sirius se estaba desternillando de la risa en el suelo y Remus, junto con la señora Weasley, traban de calmar a una furibunda Tonks, que quería abalanzársele al Black encima.

—¡No juegues conmigo! —gritó ella, su cabello rojo como el fuego. El señor Weasley, conocedor de primera mano del carácter susceptible de las mujeres, se mantenía a una distancia prudente de la metamorfomaga.

—No lo hace. No sé qué te habrá dicho, pero ten por seguro que la parte del viaje en el tiempo es cien por ciento cierta. —dijo Ron, con las manos en los bolsillos. Tonks dejó de forcejear y se quedó quieta al ver a un hombre muy parecido al Ron Weasley que ella conocía.

Era exactamente tal como le habían dicho Sirius y Remus. Era como ver a una versión mayor de Harry y Ron. Nunca se había puesto a pensar en eso, pero si algún día visualizaba a Harry como un adulto, la imagen que se le vendría a la cabeza sería la del hombre de cabellos azabaches, gafas redondas y ojos verdes que se encontraba justo delante de ella. Y Ron no se quedaba atrás. Igual de larguirucho, pelirrojo, pecoso, pero aún así de aspecto más maduro.

—¿Chicos? —preguntó, cautelosa. No quería llevarse a la boca el amargo sabor que provocaba una broma de Sirius Black.

—Así es. Disculpa a James y a los demás. No querían asustarte. —respondió Harry, con una sonrisa.

—Ni hacerte enojar. Ni volverte loca. —prosiguió Ron, provocando que las risas de Sirius aumentaran hasta tal punto que éste comenzara a rodar por el suelo mientras soltaba una que otra lagrimita.

Tonks frunció el ceño, y luego se echó a reír ligeramente, pero la felicidad no le duró mucho. La cara de angustia y temor del muchacho con el pelo de varios colores vino a su mente y le cayó como un yunque. Otra vez, en su garganta se formó ese nudo que le impedía hablar y que le daba ganas de vomitar. No le gustaba. No le gustaba cómo la miraba aquel chico. Con esa expresión de abandono y resentimiento, mezclada de manera extraña con ese desconcertante anhelo en sus ojos.

—¿Sucede algo? —indagó Remus, preocupado al ver el característico brillo de la preocupación en su amante.

—¿Qué? ¿Yo? No, no, nada, querido, no te preocupes. —sonrió ella. A Remus no le gustó esa sonrisa. Se había dado cuenta últimamente que ella trataba de esconder sus emociones tras constantes sonrisas, lo cual no ayudaba mucho a su relación, porque al hacer eso, ella tendía a aislarse de él de alguna manera. Y Lupin no estaba dispuesto a que ella fuera la que se alejara después de toda la lata que ella le había dado para que por fin accediera a tener algo con ella. Tonks, mágicamente, le dio a su cabello un color rosado despampanante y se volteó hacia Harry y Ron, quienes miraban mal a Sirius, quien aún seguía riéndose en el piso.

—Cuidado. No vaya a ser que des a luz a un hijo allí debajo. —masculló Ron, dándole un ligero puntapié. Harry se tragó su risa poniéndose una mano en la boca. —¿Qué? Es la verdad. Mira la cara que pone. —se justificó Ron señalando a Sirius, riéndose ligeramente. Su cuñado y mejor amigo se sujetó el estómago con una mano y con la otra se apoyó en el pelirrojo, que lo miraba divertido.

Sirius, fiel a su costumbre, seguía riéndose, esa vez acompañado por su ahijado y el mejor amigo de éste.

Tonks y los demás los miraban divertidos, a excepción de Remus, que lucía una mirada melancólica en su rostro. Era como ver a James riéndose junto con Sirius otra vez. El licántropo se alegró de que la amistad de Harry y Ron no hubiera perecido junto con el paso de los años.

Harry se limpió una lagrimita y miró a Ron con una sonrisa. El pelirrojo, al ver que su mejor amigo se había recuperado, volvió a decir otro comentario y el azabache, a su vez, empezó a reír otra vez. Harry dejó de apoyarse en el hombro de Ron y se encogió mientras se sujetaba el estómago, producto de las risas. Las carcajadas no paraban de salir a borbotones de sus labios. Se volteó hacia la mesa del comedor, que tenía justo frente a él, y le dio unos cuantos golpes, maldiciendo a Ron y a su padrino entre risa y risa.

—Malnacido, que me quedo sin aire por culpa tuya. —se quejó Harry. Sirius, que estaba levantándose, al volver a reírse le flaquearon las rodillas, por lo que cayó bruscamente encima de la mesa de madera.

Tonks, ya harta de todo eso, llamó al que obviamente ella supuso el Harry adulto, para hacerle unas cuantas preguntas.

—Harry, háblame de tu familia —pidió con voz soñadora y las manos cruzadas en un gesto de súplica, haciendo que las risas pararan automáticamente.

Harry, recuperándose, carraspeó graciosamente y se arregló la camisa, como todo un diplomático de alta clase. Esa vez fue el turno de Ron de morirse de la risa. Le fascinaba cuando su amigo hacía eso, especialmente delante de su nuevo jefe, que era totalmente insoportable. Todos los Aurores tenían que hechizar sus bocas para no reírse en frente de su nuevo jefe cuando éste hablaba, porque ya fuera Harry o fuera Ron, alguno de los dos siempre terminaba imitándolo de forma cómica.

—Claro, cómo no. —respondió él con una sonrisa. Tonks miró mal a Ron y Sirius por estarse riendo a costillas suyas, pero aceptó en su fuero interno que el comportamiento de ese nuevo Harry y ese nuevo Ron era difería enormemente del comportamiento que usualmente tenían los verdaderos Harry y Ron. Quién sabría qué diablos había pasado para que Potter tuviera un mejor sentido del humor. —Obviamente ya debes haberlos visto, pero en ese momento te debieron haber sacado de quicio. —continuó él afablemente, acercándose a ella y tomándola por la muñeca para dirigirla hacia el salón.

Harry se presentía que algo bueno no debía estar pasando, a juzgar por los gritos que venían desde la sala de estar. Rogó que James no hubiera hecho alguna estupidez y en consecuencia hubiera provocado el enojo de Lily y Rose. O de Albus. Porque sabía que si había algo que su hijo no soportara era la estupidez humana.

Cuando entró al salón, con lo primero que se encontró fue con un feliz Albus en media arrastrando sus pies sobre la moqueta del lugar. Estaba encantado con su reproductor, al parecer. Sonrió ligeramente y dejó que éste siguiera haciendo ese baile muggle tan extraño que tanto le gustaba. El azabache menor pasó por ahí a su aire, de vez en cuando haciendo una que otra vuelta, sin despegar los pies del piso Saludó a su padre y a la pelirosa con una sonrisa y un asentimiento de cabeza y siguió de largo, abriéndole paso a Harry y Tonks.

—¿Ese es tu hijo? —inquirió ella, sorprendida. Siguió con la mirada a Albus, que movía los brazos y las piernas graciosamente. Lo perfiló. Era idéntico a su padre. La misma nariz, los mismos ojos, pero una boca y un cabello diferente. El cabello de Albus era notoriamente más largo que el de su padre, sobresaliendo el del primero por sobre el cuello de su camisa y cayendo muchos mechones de forma desordenada sobre su frente. Siguiendo con su boca, sus labios eran más carnosos que los de su padre, y se notaba a leguas que el azabache menor era mucho más alto que su padre a esa misma edad. Era menudo, sí, pero con un cuerpo definido y no lánguido como el de Harry. Unas cuantas venas casi imperceptibles se marcaban en sus brazos, pero nada más.

—Sí. Se llama Albus, pero no le digas así. —dijo Harry, mirando a su hijo con una sonrisa.

—¿Por qué?

—Porque detesta su nombre.

—Oh, ya veo. —dijo ella, paseando su vista por el resto del salón, encontrándose primero con un muchacho de cabellos oscuros y gafas barajando unas cartas mientras reía estrepitosamente. Era, en cierto modo, parecido a Harry, pero a todas luces era más atractivo y más alto. Su cabello era de un tono a veces cobrizo, a veces castaño oscuro, totalmente despeinado, pero más corto que el de su hermano. Tenía unos ojos castaños que juraría haberlos visto en otro lado, y unas cuantas pecas en sus mejillas. Sus gafas cuadradas y finas le daban un aire intelectual a pesar de su aspecto desgarbado. Él siguió barajando las cartas, sin parar de reír.

—Me figuro que también será hijo tuyo. —especuló Tonks mirando a Harry de reojo. Éste le sonrió.

—Es mi hijo mayor, James. Sólo Dios sabrá qué hará con esas cartas. Ojalá y no se le ocurra volar el lugar, porque ay de él como lo haga… —la última parte se la murmuró a sí mismo. Tonks lo miró nerviosa. Ya no le traía buena espina el aire intelectual del chico, para nada.

La pelirosa giró la cabeza y se encontró con una bella niña pelirroja dándole unas cuantas collejas a un muchacho de cabellos rubios plata. Al lado de ella estaba otra niña de una espesa melena rizada pelirroja, claramente mayor, riendo escandalosamente ante el espectáculo que ofrecía la menor.

Harry, sabiendo perfectamente que los golpes de Lily a alguien que no fuera James eran en mayor parte de mentiras, le habló a una horrorizada Tonks con la mayor naturalidad del mundo. Mientras, la Auror señalaba con un dedo tembloroso al muchacho rubio, que a partir de ese momento había empezado a considerar un perfecto mártir.

—Ella es Lily, y tranquila, no debes preocuparte por el estado de Scorpius, su agresividad natural se mezcla con su sentido especial para fingir situaciones.

La niña, ya dejando en paz a un sollozante Scorpius que luego se echó a reír con ganas, se ahuecó los pelirrojos y ondulados cabellos y sonrió con suficiencia. Las pequeñas pecas repartidas por el puente de sus mejillas y su nariz respingona sobre la piel color crema le daban un aspecto de irlandesa que no se lo quitaba nadie. Era alta para su edad aparente y de formas definidas, ni muy delgada ni muy gruesa.

—¿Fingir situaciones?

—Es complicado de explicar. —dijo él.

—Sí, sí, no te preocupes —respondió ella, rogando al cielo porque no se le vinieran más sorpresas encima.

Tonks, obviamente, se preguntó quién era la madre de esos chicos. Volvió a mirar a Albus,preguntando para sus adentros cómo podría estar moviendo los pies así. Se veía cómico, pero decidió que más tarde tenía que preguntarle cómo se hacía. Luego miró a James, que, entretenido y con una taimada sonrisa en el rostro, había dispuesto las cartas de forma sospechosa frente a Harry y Ron, éste último mirando con interés todo lo que hacía, y el primero, sabiendo ya lo que iba a hacer, seguía con la vista el movimiento de las manos de James. No encontró ningún parecido lo suficientemente esclarecedor como para saber quién podía ser la madre de ellos de entre las adolescentes estudiantes de Hogwarts que conocía, pero al ver a Lily a conciencia, y al encontrar parecidos sumamente exactos entre ella y Ginny Weasley, se llevó una mano a la boca para ahogar el gritito que pidió salir de su boca.

—***Mientras, en el futuro…***—

Una joven mujer salió del ascensor del ministerio junto con unos pequeños memorándums volando suavemente encima de ella. Entró al departamento de Aurores a paso majestuoso llevándose calurosos saludos de parte de algunas mujeres que trabajaban allí. Los hombres la saludaban respetuosamente, siendo ella todavía la mujer del jefe.

Porque eso era Harry para ellos: su jefe.

No como el tipo insoportable que ahora tenían como director.

Harry se preocupaba por los entrenamientos, él mismo asignaba las misiones a los novatos y se encargaba de infundirles confianza a los recién entrados en la academia, trataba amigablemente a todos allí, independientemente de quién o quiénes fueran y él, junto con Ron Weasley, era el profesor de los estudiantes de último año en la academia.

Obviamente, nada de eso le gustaba a la esposa de Tywysog (N/A: perdón, no me acuerdo si es escribía así, y me dio pereza regresarme a leerlo en otro capítulo), que quería ser tratada con el mismo respeto con el que los subordinados de su marido trataban a la pelirroja.

El cuartel, estando bajo un hechizo de extensión indetectable, era enorme. A demás de contener las instalaciones de la academia al fondo, junto con campos de combate y cuartos de simulación y los salones de clase diseñados para los alumnos pertenecientes a diferentes niveles, y el lugar donde antaño Ron Weasley y uno que otro Auror más se encargaran de evaluar los exámenes trimestrales para subir de nivel, que a su vez estaba hechizado, hacía que a cualquiera le diera la impresión de ser un edificio aparte del Ministerio. Saliendo del ascensor se daba directamente con los primeros cubículos, estando éstos ocupados por los Aurores especializados en la administración del lugar y los de menor rango, que tendían a fallar constantemente en las misiones. Uno que otro muchachito que le lanzaba un hechizo infantil a otro estaba repartidos por el inicio del lugar, algunos mirándola pasar, diciéndose entre ellos que esa era la mujer del jefe. Porque así era como se encargaban los profesores de instruir a los nuevos muchachos: el jefe no era el anciano de Tywysog, el jefe era Harry Potter, el héroe del mundo mágico, más conocido allí simplemente como Harry, Potter o, en el caso de los más jóvenes, Sr. Potter.

Ginny se caló más el abrigo negro que le había regalado su sobrina Victoire y siguió caminando, pasando de largo por los bloques de oficinas que se extendían a lo largo del lugar, pertenecientes a los Aurores ya experimentados, que llevaban tiempo trabajando allí y que rendían más que los demás.

La oficina del jefe, la más grande de todas, se encontraba al fondo, colindando a su vez con la entrada a la academia, de donde a ratos salían unos que otros gritos provenientes de los campos de combate. A Ginny le llegó la exclamación de lo que probablemente fue un joven:

"¡Métete un dedo por el culo y luego derrítete las piernas a ti mismo para que veas que…!" Obviamente, ese grito fue secundado por un coro de carcajadas que luego fueron acalladas por el profesor: "¡Señor Lang, deje ese vocabulario tan vulgar y concéntrese, que a ése paso se quedará sin culo por dónde meterse el dedo como siga así!"

Todo el cuartel prorrumpió en carcajadas y exclamaciones ante lo último dicho. Uno de los Aurores de las oficinas de más al fondo, cerca a la del jefe, se apuntó con su varita su cuello haciendo que automáticamente se amplificara el sonido de su voz.

—¡Joder, Harris, deja a Lang y ve pensando en decirle algo como eso a tu esposa! De seguro que te dejará durmiendo en el sofá durante unas buenas décadas.

—Es verdad. —comentó un Auror que se encontraba por ahí cerca.

—Sí, no importa lo que hagas, en tu casa siempre mandará tu mujer —concordó otro, haciendo sonreír a Ginny.

—Hola, Marcus. Estaba pasando por aquí porque últimamente he tenido deseos de asesinar al jefe de mi marido por ser tan negligente en cuanto a sus empleados. —ella le dedicó la mejor de sus sonrisas afectuosas y él se acercó a ella a palmearle la espalda. Ginny tembló ante el contacto. No podría soportarlo mucho más. Estaba histérica y preocupada. Todos Hogwarts estaba loco, y algunos Aurores y demás trabajadores cercanos a Harry y a Ron, y a sus respectivas familias, se habían molestado en ayudar a buscar mediante trasladores. Todos en el departamento de Aurores sabían que el nuevo "jefe" siempre era renuente a darle misiones a Harry Potter, principalmente por creer que si le daba trabajo a Potter probablemente se creara una revolución el departamento y el azabache terminara derrocándolo; pero cada vez que él o Ron tenían que salir por gajes del oficio, normalmente eran despedidos por algunos de los Aurores más alegres y veteranos del departamento. Uno nunca sabía cuándo se podía regresar vivo o no, a pesar de ser Harry Potter, o Ronald Weasley, así que no estaba de más tomarse unas cuantas botellas de hidromiel antes de la partida de cualquier Auror querido en el departamento.

—Ya hallaremos algo, querida. Mi esposa dice que lo más probable es que él y tus hijos estén juntos, así que no tendrás que preocuparte por ellos.

—No me puedo basar en meras probabilidades, Marcus, pero gracias de todos modos. —volvió a sonreírle a él y a su compañero y se encaminó a paso fuerte hacia la oficina del jefe, siendo vitoreada por algunos trabajadores.

—¡Eso, Potter! Si puedes, antes de irte quítale unos cuantos dedos, o si quieres también desaparécele los huesos. Alzaremos una estatua en el podio en tu honor si lo haces. —exclamó un Auror joven, de no más de veinte años, y que había entrado a trabajar faltándole a Tywysog cinco meses para ocupar el puesto de jefe de departamento.

—Cállate, hijo de puta mal… —gritó otro, e iba a seguir con su sarta de insultos de no ser porque fue abruptamente interrumpido por otro compañero.

—Paix, si le vas a decir a Ginevra que lo asesine, mejor díselo de una buena vez.

—¡Tu vocabulario cada vez empeora más! A ver si tu madre te da unos buenos golpes en los testículos… —habló el compañero que estaba al lado de Paix, el mejor amigo de Teddy.

—No vaya a ser que a Lupin se le pegue tu forma de hablar…

—Asno —le dijo una muchacha que pasaba por allí.

—Eso es mentira. Ella en el fondo te ama. —dijo a Paix su compañero.

Ginny, mientras tanto, sonrió al ver cómo se comportaban todos los Aurores presentes en el departamento. Eran como una gran familia a la que no se podía separar. Un gran clan.

La pelirroja se granjeó unos cuantos aplausos más antes de ir de camino a la oficina del jefe. Si ese tipo no le conseguía a su marido para un plazo máximo de cinco días, iba a saber lo es bueno.

—***Mientras, en 1996, en Grimmauld Place…***—

Harry había tenido una idea. Su inteligente, pero testarudo hijo, ya probaría el sabor de su ingenio. Se le había ocurrido hacía pocos segundos al recordar de repente la conversación que mantuvieron sus hijos junto con su versión pasada y la de sus mejores amigos hacía no mucho.

Ron, mientras tanto estaba feliz de la vida atragantándose de pistachos. Estaba seguro de que eso era lo más delicioso que había probado jamás. Además de haber peleado durante un buen rato con Teddy por el cuenco de frutos secos, se había comportado de manera muy filosófica, por no decir civilizada (optó por darle la mitad) al haberle ganado al muchacho en ajedrez.

Mientras tanto, Albus maravillaba a sus hermanos y a Harry, Ron, Hermione, Teddy, Sirius, Tonks, Lupin y otras personas con su explicación muggle acerca de la combustión y la agitación intermolecular.

Todos, absolutamente todos, estaban con la boca abierta.

De la boca del menor azabache salía fórmula tras fórmula, ecuación tras ecuación, que una tiza mágica se encargaba de copiar en un tablero flotante tras él. Incluso Rose, que se jactaba de saberlo casi todo, estaba perpleja.

Fue increíble como toda esa cátedra nació a partir de un comentario que hizo James acerca de lo inútil de la dinamita muggle, y francamente, nadie se esperó que Albus pudiera defender algo con semejante vehemencia.

La tiza se encargaba de copiar en el tablero todo lo que él decía, y cuando en el tablero no quedaba lugar para más, un borrador de tamaño medio gigante se encargaba de borrar todo lo escrito.

—Así que la temperatura sería muy influyente en el producto de los reactivos, mientras que con la bombarda máxima el producto simplemente dependería de cómo pronunciaras el hechizo o hacia qué tipo de material está dirigido, por lo que la efectividad del TNT sería mayor en una escala de probabilidades del cero al uno…

—Es un pirómano consumado —le susurró Hermione a Ron, que estaba al lado suyo, sin dejar de mirar a Albus. Más de una persona estaba junto a ellos y había escuchado lo que ella había dicho. Ron, Harry, Sirius, Tonks y Lupin asintieron sin mediar palabras.

—Eso no es todo. El otro día me habló acerca de los distintos tipos de bombas, reacciones químicas y enlaces de todo tipo. —dijo Harry, orgulloso de decirle a su padrino y al padre de su ahijado de lo que su hijo era capaz.

—¿Tu hijo qué es? ¿Perfecto? —inquirió Sirius, mirando las distintas letras mezcladas con números en el tablerito a espaldas de Albus. Mientras, Ron y Harry se miraban y a su vez veían como idiotas a Hermione, que se había puesto a tomar apuntes como una loca acerca de todo lo que decía Albus. Es que simplemente ella no podía dejar escapar ni una, ¿verdad?

—¿Por qué lo dices? —preguntó Harry, confundido.

—Vamos, no tengo idea de qué está hablando, pero por la cara de Hermione debe ser muy importante o difícil, no lo sé…

—¿De dónde habrá salido ese 3 que está allí…? —preguntó Lupin, girando la cabeza para poder captar "una mejor perspectiva" del tablero del "profesor".

—Le gusta la música muggle, sabe de ella, no le va mal en ninguna materia (excepto Pociones, claro), sabe demasiado (no me mires así, sabes que es verdad) acerca de matemáticas de estilo "mierda, tenía una x pero ahora tengo una a entre b" (eso otro también es verdad, por eso es que sólo sé dividir, multiplicar, sumar y restar) sabe hacer ese tipo de bailecito (que por cierto, es muy divertido, ya lo he intentado), y ahora, míralo, ¿desde cuándo sabías que existían los enlaces iónicos? Me acabo de enterar apenas de cómo hacer una explosión decente a los vestidores de las chicas (a duras penas pude ver una que otra pierna), y vamos, no sé cómo puede caberle tanta información en esa cabeza que tiene. Es un adicto al quidditch, juega bien e ingresó al equipo en el primer año. Además, conoce a una tal Gwen, así que en cuanto a lo interpersonal estamos bien… —añadió, codeando a su ahijado. Lupin que, al igual que Hermione, lucía extrañamente concentrado en descifrar esa maraña de números y letras mezclados en la pizarrita, sólo meneó la cabeza en signo de resignación. Definitivamente, Sirius no cambiaría su carácter ni con un millón de años. Esos eran los momentos en los que se daba cuenta que su amigo era tan tenaz como para seguir pensando en chicas y poder sonreír a pesar de haber estado metido en una cárcel en la que te quitaban la felicidad cada cinco minutos.

—Sirius, acabas de describir a un buen estudiante con una vida sociable. Eso es todo —dijo Tonks como si nada. Ella ya había desistido hacía ya rato de tratar de entender lo que Albus explicaba. Su mente, en definitiva, no estaba diseñada para los números.

—¿Los buenos estudiantes saben bailar? —inquirió él, ceñudo.

—Las fiestas de Navidad en casa de James, hace dieciocho o quince años, Sirius. No creas que no me acuerdo. Tú y él sacaban a bailar a todas las chicas del lugar, así tuvieran ellas veinte años más que ustedes. "Mientras estén buenas no habrá problema" decías. Todos los años. Y que yo recuerde, no es como si ustedes fueran precisamente malos estudiantes. Incluso tú a veces me sorprendías en clases de Transformaciones. ¡Tú! Eso deja mucho que decir.

Sirius lo miró fatal. —No me hables como si fuera idiota, Lunático —dijo, haciendo énfasis en esa última palabra, no queriendo referirse a su apodo, sino diciéndole lunático en serio.

Harry se rio por el sentido literal. La verdad, era obvio que su padrino exageraba. Siempre había creído que cada uno de sus hijos podía tomar a su provecho las cualidades que tuviera sin que eso afectara su vida de manera negativa. Sí, era una política muy liberal, pero le había resultado. No podía preverles un futuro mejor a sus queridos hijos. Lupin no le prestó ninguna atención y, con un cuadernito sacado de quién sabe dónde, empezó a mirar de reojo los apuntes de Hermione-

—Traidor —susurró Sirius, enfurruñado y cruzándose de brazos, mirando a Lupin como si quisiera matarlo, tirar sus sesos por un conducto de gas y luego incinerar su cuerpo.

—Cállate. He aprendido más con este chico en estos diez minutos que en tres años de amistad con Lily. —Sirius lo fulminó con la mirada.

—En la vida siempre te darás de lleno con cientos de traidores… —murmuró, mirándolo con asco. Lupin lo ignoró, ya que sabía que Sirius a veces… atravesaba ciertas etapas.

—¿Son ideas mías o te estás comportando como un total imbécil? —dijo Tonks con tonillo inocente, pero la verdad es que por dentro se moría de ganas de asesinarlo por su estupidez.

—¿Pero por qué me tratas tan mal? —se quejó él, yendo a recluirse a su oscuro y predilecto rinconcito.

—***Mientras, en Hogwarts, en el futuro…***—

—¡Me jode! —gritó un muchacho de cabellos castaños, pateando una silla. Estaba sudando a mares, su corbata roja estaba deshecha y la camisa blanca bajo su suéter negro sin mangas estaba totalmente desacomodada.

—¿Qué te jode? —inquirió una muchacha de cabellos negros, siendo mágicamente abanicada por un mazo de hojas de papel pulcramente ordenadas.

—¡Me jode esta situación! ¡Me jode esta maldita shit! —efectivamente, Hugo Weasley no sentía dolor. En absoluto. Podría caer una granada cerca de él, su cuerpo quedaría plagado de esquirlas mortales, pero él saldría riéndose (o maldiciendo al desgraciado que se atrevió a molestarlo de ese modo).

—¿Y le dices a Lily que tome clases para el control de la ira? —respondió su prima Roxanne, tan calmada como un río en invierno. Hugo, histérico, cogió por una de las patas una de las sillas del aula abandonada e hizo como si fuera a tirársela. Pero claro, al ser ella una mujer y él un caballero, recuperó la consciencia y la puso en el suelo cuidadosamente.

—¡Cállate!

—¡No me grites! —le espetó Roxanne, cogiendo el mazo de hojas y tirándoselo como si fuera un perro callejero.

—¡Zorra infértil!

—¡Sencilla arrastrada!

—¡Puta barata! —gritó Hugo, haciendo como si quisiera matarla.

—¡Hey! ¿No estábamos en proceso de dejar las malas palabras? –dijo Roxanne.

—¡Ahora me importan un culo las malas palabras! ¡Quiero encontrar a esos malditos bastardos de mis primos y darles una buena paliza! ¡El amistoso de Quidditch del domingo se suspendió! Y ahora tengo que soportar a tres malditos Aurores en mi maldita clase de Transformaciones, y ¡eso me enerva! ¡Son unos…!

—¡Te dije que no dijeras malas palabras!

—¡¿Pero y yo qué he hecho? ¡¿Qué he dicho? ¿Estás loca?

—No te quejes ni hagas pucheros de niña cuando te regale un libro para el control de la ira en tu cumpleaños. Te lo mereces más que Lily.

—¿Qué no lo entiendes? ¡La maldita ira está en mis venas! ¡Sino mira a mi madre, o mira a la tía Ginny! O peor, ¡mira a nuestra abuela!

—Ella tiene sus razones. Cuando se tienen tantos hijos en la vida hay que saber cómo poner todo en orden.

—¡Te estás contradiciendo! ¡Tan sólo escúchate!

—¡Te dije que no me gritaras!

—¡Oye, mira…! —Y Hugo hubiera continuado con sus gritos, de no ser porque una muchacha de sexto año entró inesperadamente al aula.

—¿Está todo bien por aquí? —preguntó, con su acostumbrada voz calmada y sus tirabuzones de cabello rojo fuego cayéndole encima de la cara. Hugo se espantó ante la inesperada intromisión y salió disparado hacia el pupitre más cercano.

—¡Por Merlín, mujer! ¿Quieres que me dé un infarto? —le amonestó, bajándose del pupitre calmadamente y arreglándose la corbata como si nada hubiera pasado.

—Tú tratas de hacerte el macho, pero simplemente no puedes. —le dijo Roxanne, meneando la cabeza. Gwendolyn se los quedó mirando, confundida. En efecto, no le mentían cuando le decían que los Weasley eran extraños.

—Chicos, yo sólo estaba supervisando por aquí… —murmuró, buscando una excusa para irse. Estaba desesperada por encontrar a Albus.

A ese lindo, calmado y muy sexy chico pelinegro de Gryffindor que tan loca la traía desde el primer momento en que lo vio, al hacer la fila antes de ser atendidos por el Sombrero Seleccionador. Y él le había dicho "Hola, ¿no estás nerviosa? Yo quiero morir". Y con esas simples palabras se había robado su corazón, pero toda su ilusión se vio cortada cuando ella fue enviada a Slytherin, lejos de él.

Y, a pesar hija de muggles, ya se habían encargado de contarle la enemistad que los Gryffindors y Slytherins se guardaban entre sí.

Aunque Gwendolyn estaba muy segura de que todo podría ser alguna clase de broma, el pensar que Albus pudiera estar en peligro la asustaba. Por eso se estaba saltando sus clases de Pociones para ayudar a buscarlo, para poder saberlo a salvo.

—Diablos. Parece como si tuvieran malicia indígena corriendo en sus venas —dijo exhausta, luego de revisar todo un corredor vacío, haciendo alusión a los chistes racistas de su abuela paterna, cuyo linaje inglés y su devoción a su monarquía no le permitía pasar del todo a los yankis americanos.

Gwendolyn se arrelgó la corbata verde y siguió caminando por el pasillo, y arqueó una ceja cuando vio algo rodando por el suelo, que se perdió al cruzar la saliente de una pared. No le dio importancia.

Mientras tanto, Hugo se había separado de Roxanne porque no soportaba su crudo sarcasmo y sus comentarios acerca de su control de la ira, así que había decidido dejar de buscar a sus primos y estaba listo para ir a echarse un sueño a la biblioteca mientras fingía leer un libro acerca de la historia de los troles.

Hugo Weasley iba caminando hacia la biblioteca, campante de la vida, cuando de repente sintió que algo le tocó el pie. No le prestó atención y siguió caminando. Empezó a silbar una canción de Elton John alegremente. Otra vez tuvo la certeza de que algo le tocó el pie, pero no quiso agacharse para ver qué era. Ni siquiera bajó la vista. Siguió caminando, sus silbidos llenaban el corredor que a esas horas estaba prácticamente vacío. Otra vez sintió cómo esa cosa molesta le tocaba el pie y, cabreado con el latoso aparatejo que lo importunaba tanto, se decidió a agacharse, cogerlo y tirarlo tan fuerte que llegara al estadio de Quidditch y se hiciera añicos.

Estuvo a punto de hacerlo, de no ser porque de repente sintió cómo su mano era absorbida por una fuerza imposible de evitar, y poco a poco tuvo la sensación de estar siendo metido en un sumidero a la fuerza. Gritó de la rabia y apretó el puño libre al darse cuenta que su cuerpo estaba siendo tragado por el infernal bicho que tanto le había tocado los pies. No tenía la más puta idea de qué era, aunque parecía un pequeño reloj de arena. De lo que sí estaba seguro era de que, cuando encontrara la forma de libarse der aquella fatídica opresión, el bastardo graciosillo que le estuviera haciendo la broma no viviría para contar la historia. (Won't live to tell the tale?). Maldijo al infernal artilugio que le estaba arrebatando el cuerpo y la consciencia y simplemente se dejó llevar, planeando en su mente cómo mataría dolorosamente a la pobre alma desgraciada que creía le estaba jugando una broma épica.

—Cuando salga de aquí, no te librarás, maldito. —murmuró, mirando hacia ambos lados. Sus ojos castaños chispeaban de la cólera.

Resignado a quedar atrapado en lo que él creía una broma, dejó que terminaran de absorberle el cuerpo y se dispuso a esperar a que lo liberaran, pero cuál no fue su sorpresa al sentir como si estuviera cayendo por un despeñadero infinito. Se olvidó rápidamente y se puso a gritar como loco, haciendo todo tipo de piruetas en el aire, imitando a un egipcio, haciendo como si estuviera nadando y sandeces de todo tipo. No supo cuánto tiempo pasó allí, pero estaba seguro de dos cosas: sentía que algo estaba frente a él, quizás fuera el final de ese interminable túnel, y también, tenía la ligera sensación de que iba a chocar con ese algo.

—***Mientras, en 1996, en Grimmauld Place…***—

Lily comía tranquilamente su estofado francés, ignorando las peleas y charlas de los demás. Estaba famélica. Albus y Scorpius habían empezado a murmurar cosas entre dientes, y eso no le dio buena espina.

James, con su plato en una mano, estaba echando unos pulsos con Sirius, quien tenía su plato en la mano libre. Victoire los observaba de reojo, meneando la cabeza. Había tratado de evitarlo, pero su esfuerzo no rindió frutos.

—Ríndete, bastardo. No podrás ganarme. —dijo James. Su padre los miraba a los dos, como reprochándoles su conducta. Harry, en cambio, lucía un poco divertido. Su alter ego del futuro le dirigió una mirada fugaz y pensó que, en definitiva, él hubiera sido el peor padre del mundo de haber tenido hijos en esa época.

—Ustedes dos parecen nenazas. —les dijo Ron, engullendo una cantidad considerable de estofado. Ron, por su parte, había entablado una amena y divertida conversación con Harry. El miedo de éste por el retorno de Voldemort había pasado a segundo plano. Estaba siendo feliz. En esos momentos, junto a sus amigos, su familia, sus futuros hijos y sus amigos, él no cabía en sí de felicidad.

Remus le había comentado a Hermione lo que sabía del viaje en el tiempo de los chicos del futuro, por lo que ésta, con un tremendo libro sacado de quién sabe dónde, había empezado a hacer conjeturas al respecto de cómo llevarlos de vuelta a su tiempo, y Rose se había unido a su conversación, apuntando cosas inteligentes de vez en cuando. Remus les dijo que Dumbledore vendría a resolver el problema, porque algo como eso no podía ser pasado por alto.

Teddy y Tonks no estaban por allí. Remus supuso que ella debía estar tumbada en brazos de su hijo, disculpándose por no poder estar con él en el futuro, como supuso que ya le habría contado. Una punzada le removió el corazón. ¿Por qué no estaría presente él mismo para criar a su propio hijo? No estaba con ellos porque sabía muy bien cuándo Dora se ponía emotiva, y porque quería darles ese momento a solas, sólo madre e hijo, para que se conociesen más. Cuando ellos estuviesen listos para llamarlo, él acudiría con una sonrisa en el rostro y junto con su pareja acribillaría a preguntas al muchacho, preguntándole por su salud, sus condiciones de vida, sus primeros años, todo.

La señora Weasley tenía un tic en el ojo ante el comportamiento de su nieto y del "dueño" de la casa, y su marido, nervioso hasta la médula, trataba de calmarla soltándole lisonjas acerca de lo delicioso de su estofado, y que no podía esperar a probar el postre.

Todos siguieron así, desdeñando los eufóricos gritos de Walburga Black y los insultos racistas de Kreacher, hasta que ocurrió (N/A: sí, me fascina esa frase):

Del techo había caído un cuerpo humano, gritón, además, que se había estrellado de lleno contra la mesa, empapándolos a todos de estofado. Lily aún tenía el tenedor cerca de su boca, y la boca abierta, y su pelo rojo, su chaqueta amarilla y su camisa blanca habían quedado vueltas shit. Sus ojos estaban abiertos como platos y lucía perpleja.

Nadie dijo nada, todos estaban en estado de shock. El tic de la señora Weasley empeoró, pero no dijo nada. Albus y Scorpius, con las cabezas juntas y los rostros y hombros llenos de comida, veían anonadados al inerme cuerpo encima de la mesa. El rubio tenía su propio plato de comida en la cabeza. Victoire, con los hermosos cabellos llenos de comida, la suave y lozana tez manchada con la grasa de la salsa, y la espléndida camisa morada de broches, denotaba en sus profundos ojos azules una ira de la que sólo mujeres como Rose (que estaba en las mismas), Lily, su abuela y su tía Ginny serían capaces de demostrar.

Todos estaban callados, y James y Sirius habían quedado a mitad de su pulso y observaban al aparente cadáver como si éste fuese un trol con forma de princesa. Harry, Harry, Ron, Ron, Hermione y Remus, con los cabellos y la cara llenos de carne, no movían ni un párpado.

Todo el lugar estaba sumido en el más cómico silencio. Nadie se atrevía a romper el hielo, pensando que de repente el cadáver volviera a la vida de forma abrupta.

Cuando se escuchó algo en la estancia, no fue más que un pedazo de carne que se despegó del techo y que fue a parar en los castaños cabellos del nuevo individuo.

Incluso Kreacher se había callado.

Súbitamente, el extraño ente se levantó desde donde estaba y gritó como un animal. Tenía la cara llena de estofado.

—¡Agh! ¡Maldito bastardo! ¡Espera a que te encuentre y verás! ¡Ni la zorra de tu madre podrá salvarte! —hubiera seguido gritando y maldiciendo, de no ser porque reparó en las presencias de las personas de Grimmauld Place, que lo observaban atónitos y sin proferir sonido alguno.

Él se los quedó mirando, sin mover ni un músculo, y con los brazos en alto. De pronto, un pequeño tic surgió en su cara y el muchacho cayó a la mesa, desmayado.

Todos lo estaban viendo y, cuando él cayó, con sus miradas siguieron el trayecto del cuerpo, y todos hicieron gestos de dolor al escuchar cómo el esqueleto del muchacho empapado en estofado chocaba con la madera de la mesa.

Mientras tanto, Teddy y Tonks estaban en una habitación, riendo como locos mientras la última le comentaba alegremente su estadía en Hogwarts cuando era una adolescente. Sus ojos estaban rojos por las lágrimas que había derramado no hace mucho, y su cabello estaba teñido de un color rosa brillante, en contraposición al de su hijo, que estaba azul oscuro.

Teddy no podía creerlo: estaba con su madre. Viva. Su mayor sueño por fin se había realizado. No cabía en sí de la dicha.

Tonks no podía creerlo: estaba con su hijo. Hijo de ella y de Remus. Su sueño se había vuelto realidad. Había podido morir en compañía de su amado, y juntos habían tenido a ese hermoso muchacho. Teddy. Le encantaba la apócope. Su pecho estaba henchido de orgullo ante todas las cosas que su hijo le contaba.

Su hijo se lanzó a sus brazos, y no le importó que ya fuera un adulto, sólo quería estar cerca de su madre, aspirando su aroma, del que tenía memoria por las camisas que le había dado su abuela, pero cuyo olor había ido desapareciendo con el paso de los años. Tonks lo recibió gustosa, feliz de que él siguiera amándola a pesar de no haber estado allí para él.


Bueno, procederé a agradecer los reviews (me disculpo por no haber respondido antes por medio de PM's, me daba pena).

Los que tengan cuentas les respondí por PM's, para no tener que escribir tanto en la hoja del capítulo.

sayurisan: ¡Ya regresé! ¡créate una cuenta, para poder mandarte PM's (qué puedo decir, me quedó gustando). Gracias por tus reviews. Me gusta que te guste y que extrañes el fic. Espero haber hecho el capi gracioso. Me gusta que siempre me mandes reviews, Word y yo nos ponemos felices.

MayLiz Potter de Weasley: Espero que te haya gustado el capi, me disculpo por no poder actualizar seguido. Ojalá sigas con la historia a pesar de mis atrasos y de mi pésimo tiempo de actualización.

Alexandra Lovengood: no te preocupes, todo a su paso. Ya vendrá Ginny, por lo menos ahora ves que ya se están haciendo "los trámites" para ingresarla debidamente en la historia. Me alegra que te guste Scorpius, yo hasta creo que me estoy enamorando de él.


El capítulo no estaba tan largo, pero aún así, creo que estaba bien. Ah, otro motivo para la demora fue que en este tiempo, pues... he sufrido una pequeña obsesión con los libros de Carolina Andújar (Vampyr y Vajda - Príncipe Inmortal). ¡Simplemente los amo! (Esto no es spam, es para que se enteren de la magnífica escritora que es). ¡Es que amo tanto a sus personajes! ¡Son geniales, por eso es que me obsesiono!

Ojalá y el capítulo haya sido del agrado de todos. Mentiría si dijera que no me costó trabajo hacerlo. Unas escenas las borré como dos veces por lo mal que me quedaban.

En fin, vuelvo y me disculpo, sé que no me podrán personar y que quizás quieran matarme, pero espero que el capítulo haya valido la pena.

¿Reviews o tomatazos?