Hola! Siento mucho no actualizar desde hace raaaaaaato, pero por razones personales no pude. Qué digo, casi me olvidé de la historia, pero un día restauré los más visitados de google chrome y me apareció el Home de Fanfiction, así que decidí venir a echar un vistazo y puff, me encontré con todos los mensajes y los reviews y mi pumpumcito se enterneció. Y bam! decidí continuar esta vaina y en un día escribí veinte páginas. Pero no se pueden quejar, este capi está larguito, 40 páginas de word.

Para los que aún sigan interesados en la historia, le hice varios cambios a capitulos anteriores que, aunque son cortos, ayudan bastante a seguir la trama. Les diré de una los capis que tienen los cambios para que si quieren los lean: 3, 4, 5I, 5II, 14 y creo que 15. No me acuerdo muy bien.

En fin, espero que me perdonen por esta MONUMENTAL TARDANZA, y esta vez sí les seré honesta: como ya sé de qué va el siguiente capítulo, no me demoraré tanto en escribirlo porque ya tengo más o menos la idea de qué carajo escribir.

Borré mi libro. Era una mierda. Sí, una mierda. Pero no abandonaré ese tipo de escritura, no se preocupen. Es más, creo que ahora con esto que estoy escribiendo tengo más libertad para publicar aquí en fanfiction.

Sin más, quiero que sepan que PIDO PERDÓN, que ME ARREPIENTO, que NO DEJARÉ LA PUTA HISTORIA, que QUIERO GANARME SUS CORAZONES DE NUEVO, que ME ENVICIÉ DE NUEVO CON HARRY POTTER, y que AGRADEZCO MUCHO EL APOYO QUE ME HAN BRINDADO HASTA EL MOMENTO.

DE VERAS, GRACIAS. *se arrodilla y besa sus pies*. Disfruten, y ojalá sea de su agrado.


James gimió cuando se sintió alzado por los aires. Abrió los ojos y se encontró cara a cara con una sonrisita de su padre de lo más sospechosa.

—Buenos días, Jamie. ¿Cómo amaneciste? —preguntó, obviamente con un doble sentido.

—Del revés. —masculló, amargado.

—Oh, eso no está bien. ¿Verdad, Lily, Albus? —James giró la mirada hacia ellos y se los encontró, también al revés, de brazos cruzados y con caras asesinas.

—No, no lo está. —dijo Lily.

—Si tuviera nitro ya te hubiera volado los sesos, papá. —dijo Albus.

—Y si yo tuviera acónito ya te estaría viendo retorciéndote en el piso rogando piedad. —acotó Lily.

—Cómo me tratan, hijos míos. —replicó él con sarcasmo.

—Está bien, ¿qué hicimos esta vez? —preguntó James, cruzándose de brazos. La sábana le colgaba sobre la cara.

—Oh, no hicieron nada. Excepto, tal vez… —los miró de reojo. —¿limpiar la cocina? —dijo, aparentando inocencia.

Sirius, la señora Weasley y el mismísimo Harry, Ron, Hermione y los demás hermanos Weasley lo miraban con la boca abierta, sorprendidos por su manera de imponer disciplina.

—¡Mierda! —gritaron los tres, llevándose las manos al rostro.

—Sí, mierda. Mierda es lo que está hecha la maldita cocina que ustedes debían limpiar ayer en la noche.

—Pero papá, entiende, teníamos sueño y… —protestó James.

—Por tu implacable muestra de ánimo para limpiar la cocina, Jamie, ahora tú tendrás que hacer el trabajo duro. —James palideció.

—Oh, no, sacar a las doxys del fregadero… —gimió.

—Ajá…

—Papá, ¿puedes bajarnos? —preguntó Albus. Él se volvió hacia Lily y su hijo y arqueó una ceja.

—Oh, claro. Pero quiero que quede algo claro. —los arrastró por los aires hasta que las caras de sus tres hijos quedaron cerca a la suya. —Hasta que no limpien la cocina, no habrá desayuno.

Todos se quejaron, incluyendo a Fred y George, y Harry les lanzó una mirada asesina.

—¿Algún problema, muchachos? —ellos perdieron el color del rostro.

—No, en absoluto.

Él dejó ir a sus hijos y éstos fueron hacia la cocina, encorvados y frotándose los ojos.

Al pasar al lado de Molly, ésta los animó palmeándole los hombros.

—Ánimo, nietos míos. Esta noche habrá pastel de melaza si terminan rápido. —le susurró, y éstos se paralizaron al escuchar a su abuela. ¿Ella ya lo sabía? Molly les frunció el ceño.

—No me tomen por ciega, niños. —y se fue a leer el periódico matutino.

Y cuando los tres llegaron a la cocina, Lily le lanzó pirañas rabiosas a su hermano en la cara.

Evans-Weasley Mode ON.

—¡Me importa un carajo si tu cara se estropea o no, Jamie, pero por tu culpa ahora no hay desayuno! —chilló, pateando el suelo.

Albus movió peligrosamente su varita entre sus dedos, como un villano que se prepara a matar al bueno de la película.

—Oh, Jamie, Jamie, Jamie, ¿en qué… —se acercó a su hermano, que luchaba por sacarse de encima a las pirañas —… estabas pensando al convencernos de ir a dormir y que en la madrugada limpiáramos la cocina?

—¡Yo qué sé, Al, estaba medio sonámbulo! —gruñó James, y gritó cuando una piraña le mordió la nariz.

—¿Sabes que sólo hace falta una pizca de cianuro para matarte? Y conseguir cianuro es muy fácil. —murmuró Albus a su oído, y su plantel de malo se jodió parcialmente cuando una piraña le mordió la oreja.

—¿Sabes que sólo hace falta menos de medio gramo de extracto de acónito para matarte, Jamie? —preguntó Lily, acercándose lentamente a él.

James estaba aterrado.

—¿Me van a matar?

—¡No, cómo crees, tú serás el que limpie la cocina! —gritó Albus.

—Sí, como dijo Al. —Lily se cruzó de brazos, y aunque llevaba una bata larga con bolitas de algodón, por alguna razón parecía lista para asesinar a alguien.

—¿Qué? ¡No! Esperen un momento, brutas sanguijuelas, si creen que… —James se quitó a las pirañas de encima con un simple hechizo y apuntó a sus dos hermanos con mala cara.

De pronto, Harry apareció por la puerta de la cocina con una sonrisa.

—Accio. —dijo, y las varitas de sus hijos volaron a su mano extendida en contra de las voluntades de éstos. Se cuidó que éstas no cambiaran de dueño al poseerlas él, y con otra sonrisa desapareció.

—Oh, genial, ¡ahora no tengo de dónde carajo sacar el puto cianuro! —exclamó Albus.

—Cálmate, Al, cálmate. Mejor limpiemos esto. Me muero de hambre. —dijo Lily, y luego se volvió hacia la cocina echa un caos. —Está bien, estableceremos una cadena de producción y aquí se hará lo que yo diga… —empezó, y sus hermanos agradecieron que tomara el mando.

Evans-Weasley Mode OFF.

Lily era una excelente líder.

Qué lástima que sólo lo fuera con ellos.

Hermione observó dormir a Rose y Hugo y una melancólica sonrisa adornó su rostro.

Hugo era tan guapo con sus ojos azules y su cabello castaño rojizo, con ligeras pecas cubriendo su rostro y los dientes blancos brillando al sol cada vez que sonreía… cuando leía algo gracioso.

Sólo había pasado una noche de estar allí y el muchacho ya iba por su segundo libro.

Qué envidia.

Mientras tanto, a Rose le fascinaba comentar con él sobre lo que estaba leyendo y darle su opinión, porque no había libro que Hugo conociera que ella no.

Y Rose también era hermosa. Con ese cabello largo que caía en rizadas ondas por su espalda, con esos ojos azulosos que tanto se parecían a los de su padre y ese talante de los Weasley…

Ambos eran altos como su padre.

Y, sin embargo, no era capaz de disfrutar de la futura felicidad de Ron a pesar de lo mucho que lo amaba. ¿Por qué? Porque era egoísta y no soportaba pensar que el hombre al que más quería vivía una vida feliz con alguien que no era ella.

Observó a Ron y se dijo que la edad no lo había tratado en absoluto mal. Era muy alto… y muy pelirrojo. Y, además, muy maduro.

Se notaba con cada acción que hacía. Aparentaba poca responsabilidad con las atrocidades que le hacía al "hereje" de su yerno y con las atragantadas que se daba, pero, detrás de todo, yacía una carga que sólo ella podía ver.

Y no podía evitar sentirse especial por ello. Sobre todo cuando su madre o Ginny lo regañaban diciéndole que la edad no lo había ayudado a mejorar. Pero ella sabía que sí lo había ayudado, y mucho.

Él, que estaba sentado en un diván al lado de la ventana viendo los autos muggles pasar, a la espera de que sus sobrinos terminaran con la cocina para así poder desayunar, al parecer se sintió observado y volvió su cabeza hacia Hermione.

Ella se sonrojó fuertemente y bajó la mirada, simulando estar concentrada en su libro sobre la historia de los squibs (que por cierto, no informaba una mierda).

Pero, por algún motivo, decidió alzar la mirada y se encontró con que él seguía mirándola. Ella, sin saber muy bien por qué, se dejó llevar por el capricho de olvidarse de su libro y permaneció mirándolo largo tiempo, igual que él a ella.

Y Hermione vio culpa en sus ojos, dolor, así como un sentimiento que ella no supo cómo interpretar.

Ron observó a la linda chica que, sonrojada, intentaba disimular fallidamente lo mucho que lo quería. ¡Por Merlín, ¿cómo pudo ser tan ciego?! ¿Acaso Hermione llevaba puesta la capa de la invisibilidad en la adolescencia o qué? Pero no. Sabía que no debía culparla a ella cuando el del problema siempre fue él.

Rose y Hugo dijeron alguna estupidez para seguir fingiendo que discutían acerca de un libro y analizaron el intercambio de miradas que sucedía entre sus padres.

—¿Crees que debamos hacer algo? —dijo Rose.

—No. No sabemos en qué medida podría afectarnos. Es mejor dejarlos estar, Rosie. —murmuró Hugo, metiendo la cara en el tomo sobre historia de la magia en Bangladesh.

—¡Hermione! —gritó Ron, sentándose al lado de ella. Y Hermione, antes de volverse hacia el pelirrojo menor, notó una expresión de molesta exasperación en cara del pelirrojo mayor.

Como si los dos hubieran estado haciendo algo muy importante y a algún imbécil se le hubiera ocurrido interrumpirlos.

Él le dedicó una sonrisa cómplice y le guiñó un ojo, y ella se sonrojó antes de salir de la sala junto a Ron, para hablar con Harry al parecer de algo muy importante.

Todos los miembros de la casa se sentaron a desayunar en sumo silencio.

Molly miraba de hito en hito a sus nietos, preocupada.

Se los veía más separados que nunca.

Lily estaba desayunando lejos de sus hermanos, contraria a su hábito de sentarse en medio de los dos, y James y Albus no proferían palabra alguna.

Fred y George habían olvidado su avena al ver cómo Albus conseguía que sus arenques cambiaran de color con sólo tocar el plato.

James tenía la cabeza gacha y, de nuevo, parecía estar culpándose por algo.

Los únicos que hacían una gran diferencia eran Rose y Hugo, quienes comían bastante juntos y hablando entre susurros y risitas.

Scorpius, lamentablemente, estaba al lado de su suegro, y éste más que prestarle atención a su desayuno, solo se limitaba a murmurar hereje con inmensa cara de fastidio.

Harry estaba untando un bollo con jalea cuando notó el raro comportamiento de sus hijos.

Oh, no.

—Chicos, ¿sucede algo malo? Si es por lo de esta mañana, quisiera disculparme… —empezó, sintiéndose muy responsable por el incómodo silencio que reinaba en la mesa.

Sirius dejó de masticar su bollo y miró a sus dos ahijados, arqueando una ceja. Luego miró a Ginny. Y luego sonrió.

Oh, sí.

James volvió la cabeza hacia otro lado, ignorando a su padre, con una lágrima resbalando de su mejilla. Se sentía tan culpable, tan imbécil, tan irresponsable por haber llevado a sus hermanitos y a su familia a aquel sitio tan inhóspito. La experiencia al principio le gustó, pero los nervios estaban a punto de volverlo loco. No soportaba las miraditas homicidas que le lanzaban Lily y Albus, sobretodo porque bien merecidas las tenía.

Y tenía que ser muy grave la situación como para que Albus lo mirase así y no precisamente en plantel de broma. Su hermano era la persona más desinteresada que había conocido jamás, el chico más dulce y humilde que pudo engendrar jamás la familia Potter. Y él lo había transformado en una víbora asesina.

Y Lily… él la amaba. Más que a su propia vida. Y estaba seguro que ella estaba bien cabreada.

Su padre los miró a los tres y sonrió afablemente.

—Chicos, sé que precisamente esta no es una situación en donde deba decirlo, pero deben verle el lado positivo a las cosas.

Su progenie lo miró con una ceja arqueada y él trago en seco. Vaya que sacaron el carácter de su madre.

—No tiene caso intentar alegrarlos si no van a sostener este sentimiento con fuerza. Hagan cosas, así sea aquí en la casa, diviértanse, hagan anécdotas y hazañas para que cuando lleguen donde sus amigos, las cuenten y sean unas leyendas. Vivan su vida. —los instruyó, y con una sonrisa y un toque de su varita por debajo de la mesa, hizo que la avena de sus hijos adoptara su color favorito.

Los demás miraron inquisitivamente a los tres Potter, como esperando una respuesta por parte de ellos.

—Gracias, papá. —dijo Lily, con voz apagada. En realidad, en lo único en lo que pensaba era: ¿Para qué hacer algo, si no tengo amigas o amigos a los cuales mostrárselo?

Katherine y Emmeline Dursley cada vez se alejaban más de ella, en vista de lo adorable que había resultado ser Xing Chang, una jovencita de Ravenclaw de la que Lily jamás había oído hablar. Lily estaba muerta de los celos, Katherine y Emmeline, ¡sus primas!, no hablaban ya casi con ella, y lo único de lo que querían charlar era de la genialidad de Xing, de que a ella no le gustaba hacer pociones, de que era más delicada, de que tenía muchos novios, de que era muy buena en clase de transformaciones, de que nunca estaba llena de pus de bubotubérculo…

Lily quería llorar.

—Gracias, papá. —dijo James, con el ánimo un poco más mejorado. Haría caso de las palabras de sus hermanos y regularía más su comportamiento para que así Polly Kingsbridge aceptara casarse con él. No más sexo esporádico con chicas en los baños ni en la Sala de Menesteres, así como tampoco fiestas grandes en Hogsmeade o jueguitos con chicas de las otras casas.

A partir de ahora, se dedicaría sólo a conquistar a Polly Kingsbridge, porque si lo que ella quería era un hombre más maduro, un hombre más maduro tendría.

Polly Kingsbridge era el amor de su vida. Era la joven pelirroja más bella que jamás pudo pisar la tierra. Con sus pómulos altos y hoyuelos colorados, dientes como perlas y ojos violetas preciosos, y cómo no, con un cuerpo precioso.

Ella era la prefecta perfecta que siempre quiso y siempre querría.

Por otro lado, Zane y Ralph definitivamente disfrutarían mucho al escuchar sus "anécdotas" en aquel tiempo. Sonrió. Por lo menos ya tenía algo qué hacer.

—Gracias, papá. —murmuró Albus. No se sentía en absoluto bien. Era como si le hiciera falta algo, como si… se sonrojó.

Le hacía falta Gwendolyn. Le hacía falta verla todos los días, desayunando en silencio en la mesa de Slytherin, mandándose notitas esporádicas con su hermanita menor de Hufflepuff a través de memos voladores. Gwendolyn era una de las tantas razones que tenía para levantarse todos los días.

Qué lástima que ella no profesara los mismos sentimientos hacia él.

Porque le importaba un carajo si ella era Slytherin o no, lo único que quería era estar con ella. Entonces tuvo una epifanía, y decidió que buscaría la manera de hacerle saber a Gwendolyn que le gustaba. Si ella lo quería igual, pues sería el hombre más feliz del mundo, si no, pues bien se tiraría de un risco. Sin problemas.

Terminaron de desayunar, y cada uno partió a hacer lo suyo. Tal vez su estancia allí sí sirviera para algo después de todo.

Hermione le dio un pequeño codazo a Ron y éste a su vez tocó a Harry en el hombro, estupefacto. Él se volvió hacia los dos y los tres contemplaron en marginal silencio a James y a Albus, quienes más que odiarse estaban compartiendo el placer de bailar una canción totalmente desconocida para ellos.

Los Potter siempre habían tenido dos pies izquierdos, pero esos dos parecían ser una abrumadora excepción.

Pero más que la cadenciosa lentitud con la que se movían, más sorprendente era el pequeño aparato del cual salía la música. Era más pequeño que la palma de una mano promedio.

Y no parecía tener nada que ver con la magia, en absoluto.

What's your name? Girl, what's your number? —era evidente que aquella era una composición americana. Los ingleses siempre se habían jactado de poseer más creatividad a la hora de escribir canciones.

Harry observó a sus dos hijos y les agradeció el no estar jodiendo a esas horas de la tarde.

Quería estar tranquilo.

Quería llorar.

Quería que su familia volviera a estar completa, quería que sus hijos jamás se enteraran de lo que estaba sucediendo, quería que Ginny los consolara a todos y les dijera que todo iba a estar bien, quería que la pelirroja de catorce años que estaba allí de pronto creciera, se acercara a él y lo ayudara a salir del atolladero.

Hugo estaba acostado abrazando a Lily, mientras ella sollozaba ininteligibles palabras a su oído, aferrándose de su camisa como si ésta fuera el único barco de remos en medio de una tormenta marítima.

Fred y George iban repartiendo entre ellos sospechosas píldoras y turrones, que a más de uno le provocaba repelús incluso tocar. Eso sí, cada vez que su madre asomaba la cabeza hacían como si les interesara lo que Albus estaba memorizando.

Ginny tenía la mirada puesta en Lily, fantaseando en cómo sería la vida como capitana del equipo de Quidditch de las Arpías, y en cómo de feliz iba a ser viviendo al lado de Harry, con una familia tan hermosa como la suya. Sin embargo, una muy importante pregunta reinaba en su cabeza, ¿cómo se había dado él cuenta de sus sentimientos? ¿Ella se le habría declarado, desesperada y patética? Las cómplices sonrisitas que le regalaba el Harry adulto, más que trastornarla, la intrigaban. A veces, después del almuerzo, él cruzaba dedos con ella cuando creía que nadie los veía y le preguntaba cómo le había ido el día encerrada en su habitación.

Merlín, se le subían los colores al rostro al recordar la mañana en la que, antes de desayunar, había bajado a la cocina para prepararse un pocillo de leche con jugo de calabaza y se lo había encontrado apoyado en la mesa bebiendo una taza de café, sin camisa, gritándole algo a Ron, que al parecer estaba en la cocina.

Le había sonreído de una manera… y con una cara… ¡Oh, por Azkaban y todos sus reos!

Teddy y Victoire estaban jugando naipes explosivos en medio de fuertes insultos y besos ocasionales, como una pareja recién salida de los audiolibros mágicos franceses que llegaban al Callejón Diagon cada verano.

—Por las barbas de Merlín, es cierto. —murmuró Minerva McGonagall, medio oculta tras el marco de la puerta, y su normalmente fuerte corazón de maestra se trasladó a sus sienes con la rapidez de acción de una maldición imperdonable.

—Luego de todo lo que he vivido en mi condición de maestro y director, nada me parece ya imposible, Minerva. —declaró Albus Dumbledore, y sus perspicaces ojos azules se dirigieron al hombre pelinegro de treinta y tantos años que sostenía en sus manos un grueso libro de portada colorida que rezaba "Pociones de Lily Luna Potter. Abstenerse personas de estómago sensible" mientras cruzaba las piernas sobre el diván de terciopelo carmín de la salita de estar.

Como si se supiera observado, él izó sus ojos verdes hacia la entrada a la sala de estar y su alma bajó a la alfombra al ver, a su vez, unos brillantes ojos azules tras unas gafas de media luna a penas sujetas por una nariz que daba aires de haber sido partida. Los latidos de su corazón de repente se hicieron más fuertes al reconocer la presencia de aquel que lo había ayudado cientos de veces a sobrevivir.

Turn me on, my baby don't you cut me out. —canturrearon dos muchachitos pelinegros y McGonagall y Snape dirigieron sus miradas hacia ellos, atónitos.

Dumbledore se estremeció cuando una feroz oleada de ansiedad y, curiosamente, odio, golpeó su mente.

Ron siguió la mirada de Harry y se quedó boquiabierto. Cruzó miradas con su mejor amigo y ambos se levantaron de sus lugares y caminaron con pasmosa y segura lentitud hacia ellos, sin necesidad de expresar palabras para comunicar sus turbulentos pensamientos.

Tiempos de guerra.

Albus Dumbledore era la viva imagen de ello.

Y el verlo les removía las entrañas, ya calmadas por la tranquila vida de la familia posconflicto.

Harry se mantuvo impertérrito al entrar a la habitación, y tanto él como Ron ignoraron las penetrantes miradas tanto de Lupin como McGonagall, Snape y demás personas de la orden.

Kingsley Shacklebolt tomó asiento en un sofá cuando los hostiles ojos verdes de aquel hombre pelinegro taladraron su consciencia de forma inclemente.

Dumbledore se sentó tras un escritorio dispuesto para las reuniones de emergencia que podría tener la orden.

—Señor Potter. —concedió Dumbledore. —Señor Weasley —Ron, ecuánime, asintió con la cabeza mientras un cúmulo de emociones se arremolinaban en su sensible mente.

Todos guardaban cierta distancia con ellos dos, alertas. Casi se podría creer que los consideraban mortífagos bajo una muy potente y corregida poción multijugos.

—Remus me contó acerca de… su travesía. Dígame, ¿ha resultado placentera para alguno de los dos? —inquirió. Harry y Ron se miraron y bufaron. El pelinegro abrió la boca y todos contuvieron la respiración, confiando en que todo fuese apenas una ilusión.

—No lo creo, profesor, debido a que estoy estancado con mis hijos en un año que particularmente encuentro letal mientras que mi esposa en el futuro está, probablemente, sumida en un estado de desesperación del que no la podrá sacar nada y, considerando lo ineficiente que es la jefatura de los aurores en el futuro, estaremos aquí por un buen tiempo. No, no la he pasado bien.

—¿Y usted, señor Weasley?

—Profesor, cada vez que me levanto lo hago con un nudo en la garganta al saber que posiblemente no veré a mi familia en un buen tiempo, y muchas noches he tenido que consolar a mi hija porque sabe que en casa estarán preocupados por nosotros y eso la deprime. Y mi sobrina no está mejor que ella. Tiene pánico de lo que pueda pasar con todos. Admito que esto al principio me divirtió, pero como cabeza de familia no me puedo permitir faltar a mis responsabilidades de ningún modo.

Todos soltaron el aire y McGonagall arqueó una ceja, incapaz de creer que Ronald Bilius Weasley hubiese dicho algo tan cargado de madurez.

Dumbledore se mesó la barba, pensativo.

—Ya veo. Tomen asiento, señores. Hay mucho de qué hablar.

—Así que no tiene idea de qué hacer. —concluyó Ron.

—Eso veía venirse. —murmuró Harry, molesto. Molesto porque se hubiera demorado tanto en acercarse a ayudar.

¡Por Merlín, era el año 1996 y había cinco jóvenes indefensos que podrían ser atacados en cualquier momento por mortífagos!

—Perdóneme por nuestra ineficiencia, señor Potter, pero lo hemos intentado e investigado todo. Este comportamiento es muy raro en los giratiempos. Jamás se había sabido de algo así. —comentó McGonagall, y su letal mirada, como de costumbre, amedrentó a Harry.

—Es como si el bastardo tuviera vida propia —acotó Alastor "Ojo Loco" Moody.

—Efectivamente, Alastor. ¿Dicen ustedes que el giratiempo se acercó a ustedes y que, al tocarlo, vinieron aquí?

Como por arte de magia —mascullaron los dos, gesticulando exageradamente.

Snape hizo un gesto de asco.

Ver a aquel Potter era como estar en presencia del mismísimo James. Ninguna de sus facciones había cambiado con la edad, y lo único que lo distinguía de su irritante padre era la cicatriz en su frente y los preciosos, adorables, ojos verdes de su amada Lily Evans.

Saber que el linaje Potter había sobrevivido tanto, precisamente gracias a ella, le revolvía la comida en el estómago.

—No nos hace gracia. —dijo McGonagall.

—Pues vuelva usted de un país en paz, sin guerra, donde la única preocupación es tener con qué alimentar a sus hijos, a uno donde el peligro se cuece a fuego lento en los adoquines de las calles. —respondió Harry, y el peso de su réplica cayó sobre todos como una maldición imperdonable.

—¿Cómo acabó la guerra, Harry? —inquirió Dumbledore, sin poder contenerse. Él de primera mano sabía lo peligrosos que eran los viajes en el tiempo, y que probablemente ya se habían alterado millones de vidas con la presencia de ellos allí. Pero la curiosidad y el afán de alivio lo impelieron a comportarse de manera tan despreocupada.

Él deslizó sus ojos hacia él con aquella lentitud tan aparentemente característica en él, pero nueva para todos, y Dumbledore pudo ver, en su mente, cómo Lord Voldemort perdía la vida.

La tranquilidad se apoderó de su ya anciano cuerpo y él se recostó sobre el espaldar de la silla. Alzó los ojos al techo y, en silencio, agradeció a su hermosa Ariana por tal bendición.

Miró a Harry y Ron y supo que ellos estaban heridos. No el por qué, pero sí que lo estaban.

Sus flemáticos ánimos no habían cambiado en absoluto a lo largo de la charla con la orden, y todos y cada uno de sus integrantes percibían el poder de ellos dos. Eran magos que, de lejos, se notaba que debían ser respetados.

—Díganme, muchachos, ¿es así como se comportan cada vez que van a una misión? —preguntó Dumbledore.

Harry y Ron se miraron y encogieron los hombros.

—¿Cómo lo supo? —inquirió el pelinegro.

—Por tu respuesta deduzco que así es, pero para complacerte te diré que todavía tienen que aprender mucho sobre la legeremancia. Pero volviendo al tema, sus enemigos deben temerles mucho. Por lo que he podido averiguar, Azkaban está al tope y han tenido que hacinar a los prisioneros.

—Ellos se lo buscaron. —dijo Ron, para nada contento. Cada vez que oía el nombre Azkaban, creía que le daría un infarto.

—Ahora, para solucionar este catastrófico problema, sugiero que esperemos. Los giratiempos ya no existen, no hay libros que daten sobre ellos, y lo único que se sabe es que pueden retroceder hasta el inicio del día. No sé si hay pociones que los envíen de vuelta al futuro, pero de lo que sí estoy seguro es que una fuerza se contrarresta con ella misma. La clave aquí es atrapar ese objeto. El cómo es lo que nos debe preocupar.

—Le pido que halle el cómo rápido, profesor, porque casi toda nuestra familia está aquí. —comentó Harry.

—Maldigo al que se le ocurrió inventar los giratiempos. Ojalá esté pudriéndose bajo los cimientos de Azkaban… —murmuró Ron. Harry le dio toda la razón.

—Comparto su odio, señor Weasley, pero no hay nada que se pueda hacer. —los miró de reojo. —Entonces, en vista de que esto ha empezado a ser prácticamente una pérdida de tiempo, ¿sería mucho pedir, señores, que nos hablaran un poco del futuro?

Todos en la orden se tensaron, a la espera de nuevas noticias. La presencia de ellos ahí era un punto de anclaje a la esperanza, a la realidad de un mundo sin mortífagos.

—Me extraña que sea usted el que lo pida, profesor, considerando que es muy cauto con estas situaciones. —se burló Harry, y nadie entendió el porqué de su cínico carácter.

Pero en el fondo, Harry gritaba. Gritaba por decirle a todos lo que iba a pasar, gritaba por decirles qué hacer para sobrevivir, gritaba por revelarles de una vez a los traidores que se ocultaban entre ellos. Gritaba por ayudarlos.

Y estaba seguro que Dumbledore y Snape lo sabían.

—Me temo que no me he expresado bien. Sólo buscamos generalidades, como el estado de Hogwarts, o el del Ministerio.

—Oh. Entonces creo que sí podremos hablar. —concedió Harry, y tanto él como Ron se relajaron.

Visiblemente.

—En cuanto a Hogwarts, creemos que lo más relevante es que ya hay un profesor estable de Defensa Contra las Artes Oscuras hasta quinto curso. Isaac Macmillan, primo o hermano o pariente de Ernie, la verdad es que aún no lo sé. Es un hombre de carácter. Las clases de los dos últimos cursos las impartimos Ron y yo, así como los exámenes de todos los grados. El profesor Slughorn sigue coordinando la Casa de Slytherin —el rostro de Snape no pudo a haber denotado más sorpresa, así como el de Dumbledore —, así como el área de Pociones. —cantó Harry.

—Neville Longbottom es profesor de Herbología, y a parte de él, casi todo sigue igual. —Ron procuró no darle mucha importancia al "casi todo", repentinamente nervioso.

—Kingsley es el nuevo Ministro de Magia. —continuó Harry. Ron siguió con la perorata, sin darle tiempo a Kingsley para poder reaccionar como era debido.

—Hermione volvió oficial la P.E.D.D.O., la Plataforma Élfica de Defensa de los Derechos Obreros, incluso tiene oficina en el Ministerio, y Harry aquí presente es el secretario. Felicidades, amigo. —se burló, codeándolo.

—Cállate. —respondió él, pero de pronto, su rostro se tornó serio. —La guerra lo destruyó todo: Hogwarts, el Ministerio, el Callejón Diagon y tomó muchas más vidas que la vez anterior. Hay personas que incluso después de estos veintidos años no lo superan.

—¿Hogwarts… destruido? —a McGonagall casi le da un infarto. Todos se removieron en sus asientos, preocupados. Snape perdió el color del rostro y le dio una rápida mirada a Dumbledore, pidiendo algún tipo de explicación.

—Por completo. La infraestructura colapsó debido a los hechizos y el ataque de los aliados de Voldemort. —de nuevo, todos se agitaron. El nombre, más que escalofríos, les provocaba un pavor atroz. Harry los observó por el rabillo del ojo. —Y el nombre Voldemort, en el futuro, no es más que un mal recuerdo y un juego entre los niños pequeños.

—Moldy-Voldy es el mote más usado en estos días —acotó Ron—. Le dicen así a los chicos escrupulosos, pusilánimes y cobardes. Todos lo odian.

—¿Ya ven? Les dije que en algún momento resultaría gracioso. —opinó Sirius. McGonagall hizo aparecer un pergamino y lo golpeó en la nuca, indignada por su falta de compromiso para con la situación.

—Oiga, Minnie, eso no era necesario… —se quejó, moralmente dolido. ¡A todo el mundo le importaba una mierda lo que él dijera!

Nadie encontró gracioso aquel comentario debido a la tensión que seguía produciendo la presencia de aquellos dos hombres en la habitación.

De pronto, la puerta se abrió y Ted Lupin, con el cabello del color del arco iris, se dirigió directamente a Harry, ignorando olímpicamente a todos los demás presentes.

—Harry, ¿le diste permiso a Lily para preparar pociones? —preguntó, visiblemente preocupado. Snape arqueó una ceja, un gesto muy estirado, y centró toda su atención en el joven de pelo multicolor que sólo parecía obedecerle a Potter.

—Sí, ¿por qué?

—Porque se ve realmente letal lo que está haciendo.

—Déjala estar. Siempre y cuando no hiera a nadie con eso está bien. —le dijo Harry, y todos percibieron cómo su rígida expresión se relajó un poco.

—Oh, está bien. Personalmente no confío en tu decisión, pero… —Ted procedió a retirarse, cuando de pronto, antes de cerrar la puerta, se encontró de lleno con unos curiosos ojos azules, escudados tras unas gafas de medialuna.

Casi se pudo escuchar a su quijada golpear el suelo.

—¿Usted…? ¿E-es usted…? ¿Estoy soñando? —tartamudeó, contemplando a Dumbledore de la manera en la que se hace con un dios.

Harry y Ron se prepararon psicológicamente para lo que venía.

—No, Ted, no estás soñando. —suspiró Ron.

—Profesor Dumbledore, le presento a mi ahijado Ted Remus Lupin. Teddy, el profesor Albus Dumbledore. —dijo Harry, visiblemente nervioso.

El rostro de Teddy se iluminó y su cabello pasó a ser de un rojo brillante. Igual que su cara.

—¿Puedo estrechar su mano? —preguntó, repentinamente ansioso.

Todos se quedaron pasmados cuando Dumbledore asintió y el joven corrió hacia él, con la intención de tomar su mano. El joven estrujó los dedos con evidente devoción, y Snape bufó, incapaz de creer que tal comportamiento fuese digno de un hombre que se jactaba de tener amor propio.

—¿Ted Remus Lupin? ¿Eres algo de nuestro amigo Remus? —inquirió Dumbledore, más por cortesía que por otra cosa. Él ya sabía la respuesta.

—Soy su hijo. —el profesor leyó todo el sufrimiento y la incertidumbre que rodeaban al muchacho. Un profundo dolor desgarró su alma al saber que el joven jamás había conocido a sus padres. —Y usted… usted… no puedo creer que esté estrechando su mano. —una lágrima brotó de su ojo derecho y sus irises se tornaron de un vívido color negro.

Dumbledore quiso saber el porqué de su reacción, pero lamentablemente, algo se lo impidió. Viró la cabeza hacia sus dos "invitados" y se dio cuenta que éstos le dirigían miradas penetrantes mientras negaban suavemente con las cabezas.

—Cuidado, Teddy. No queremos dejar sin mano al profesor. —advirtió Harry, más como una burla que un consejo. Teddy se volvió hacia él y se encontró con los guasones ojos de los demás miembros de la orden.

Hombres mayores, ya hechos de derechos, de expresión controlada, mujeres de ojos taciturnos y afectados. Todos, burlándose de él.

Su pelo se volvió rojo como un tomate.

—Oh, lo siento. Yo, ehm, lo siento, yo… —miró a su padre y se dio cuenta que éste le sonreía afablemente. —Hola, papá. —corrió hacia la puerta. —Adiós, papá. —tartamudeó, y desapareció tras la puerta con un grito.

¡Lily, Harry dice que no puedes hacer pociones!

¿Qué? ¡Claro que puedo! —respondió una aguda voz femenina.

Ya déjalo, Lily, no puedes —se escuchó una hastiada voz masculina y juvenil, y un gruñido de Teddy.

James Sirius Potter, esta conversación no es contigo, así que vuelve a lo que estabas haciendo y deja de molestar a tu hermana.

—¿Cómo se han sentido sus hijos al respecto de estar aquí, chicos? —sondeó Dumbledore, pero ellos dos sintieron que había algo escondido tras aquella pregunta.

—Tienen miedo. —admitió Harry —Puede que no lo parezca, pero están asustados. Tanto de su madre, como de lo que les pueda pasar aquí. No ignoran el hecho de que están en el año 1996, y tampoco ignoran lo que sucedió por estas fechas.

—Tanto mis hijos como mi sobrina tienen rabia y miedo. La guerra no es algo desconocido para nadie, y temen verse envueltos en algo peligroso.

—Ya veo. Entonces, habrá que ponerse manos a la obra. Por si acaso. —declaró Dumbledore, con una sonrisa que ni a Harry ni a Ron les auguró algo bueno.

Rose, Victoire Hugo estaban leyendo un libro acerca de los giratiempos, con los demás alrededor suyo.

Lo más adecuado para decir acerca del texto es que no decía una mierda. Era muy parecido a los libros de la historia de los squibs, tampoco informaba un carajo.

—¿Es que acaso esperan que la respuesta salga del culo de Merlín? —dijo Victoire, enfadada.

—Al parecer sí, y luego tendremos que procesar la mierda para convertirla en una bonita respuesta a todas nuestras dudas. —concordó Hugo.

—Me hacen falta las cartas de mamá. —suspiró Rose.

—Y a mí los turnos en San Mungo. La señora Blossom siempre espera por mí los miércoles para que le lea cuentos infantiles. Pobre. La torturaron tanto… —dijo Victoire.

—Esto es una mierda. —declaró James. —Extraño las prácticas de Quidditch.

—Yo también. ¡Diablos, si hasta extraño sabotearle las clases a Slughorn! —se quejó Albus. Los demás no pudieron ignorar su protesta. Es que Albus siempre había sido tan callado, y obediente, y tímido, y adorablemente curioso… hasta que conoció a Slughorn y resultó ser su principal conejillo de indias en las clases de pociones, debido a su "incompetencia" para éstas. Oh, Slughorn había marcado una etapa letal en la vida de Albus Severus Potter.

—Y estoy seguro de que los otros chicos también lo extrañan. Yo, por mi parte, extraño las cartas de mis padres. —dijo Scorpius. Su madre, Astoria, era la mujer más maravillosa que jamás pudo existir. Era dulce y cariñosa a pesar de ser una Slytherin, y no usaba su astucia para otra cosa más que conseguir rebajas en las ventas de cosméticos en el Callejón Diagon. Y su padre, oh, su padre también era especial. Tan buenamente estricto, sólo pensando en un buen futuro para él… los adoraba, y no quería perderlos de ningún modo.

—Extraño llegar por las noches a la habitación y encontrar los libros nuevos que me manda mamá. —gimió Hugo, lanzando su largo cuerpo sobre la alfombra de la sala. Quería llorar.

¡Quería a su mamá junto a él de una puta vez!

—Y yo mis implementos de pociones. —susurró Lily. Fue una mentira. Lo que más quería, lo que más añoraba, era ver a su familia junta de nuevo. Deseaba que su madre le acariciara el cabello mientras le contaba los cuentos de Beedle el Bardo, como cuando era una niña que soñaba con ir a Hogwarts y hacer miles de amigas.

—Lo reitero, y esta vez con más fuerza: ¡Esto es una maldita mierda! —gritó James.

—Qué lástima que esto no lo hubiese hecho una persona. De esa manera podía echarle la culpa a alguien de mi desgracia. —se quejó Hugo.

—¡Si tan solo los malditos giratiempos no existieran… —empezó Albus, golpeando el piso. Y todos lo miraron como si estuviera loco. Slughorn sí que había lastimado al lindo borreguito que siempre se escondía bajo el cuerpo del Potter.

—…no estaríamos en esta mierda! —terminó Scorpius.

—Quiero matar a alguien. —murmuró Hugo.

—Cálmate, hermano. Cálmate. —Rose lo abanicó con el libro, igual de fastidiada.

—Si el tío Harry y papá estuvieran de ánimos para hacer otra cosa además de lamentarse, podríamos divertirnos más. Los naipes explosivos, las grageas y los juegos con cromos mágicos ya perdieron el sentido.

—Teddy tampoco quiere hacer nada. Sólo piensa en cómo ayudar, y no en cómo alegrarse en estas circunstancias. —dijo Victoire.

—¿Qué considerarían ustedes entonces, jovencitos, como algo que los ayude a alegrarse en este crudo ambiente? —escucharon una voz en la entrada a la sala de estar y se volvieron hacia ella.

Como pasó con Teddy, sus quijadas cayeron al suelo.

—¿Es Albus Dumbledore? —empezaron a susurrar entre ellos, atónitos.

—¡Es Albus Dumbledore!

—¿Podrá ser real?

—¡Por fin vino!

—¿Nos están tomando el pelo?

—¿Qué crees tú, Vicky?

—Soy real, jóvenes, y no veo por qué no deba serlo. —aclaró él.

Los incrédulos susurros pararon y dieron paso a las muestras de admiración y felicidad.

Uno a uno, se fueron parando e hicieron una pulcra línea frente a él, listos para ir a saludarlo y presentarle sus respetos, como si él fuese algún tipo de rey mítico al que había que rendirle pleitesía.

Albus Dumbledore era una de las mayores leyendas del mundo mágico, absolutamente todos los magos, squibs, monstruos y demás habían escuchado su nombre.

Él era aquel que no le tenía miedo a nada. El mejor director que Hogwarts pudo tener jamás.

Estupefactos todos los miembros de la orden, contemplaron a los chicos y chicas, tan parecidos a los integrantes de la familia Weasley y el Trío de Oro, que a su vez iban a estrecharle la mano al profesor en medio de lágrimas.

El mayor héroe que la guerra pudo tener.

—James Sirius Potter a su servicio, señor.

—Lily Luna Potter, encantada de conocerlo.

—Rose Weasley, profesor. Es un honor estar frente a usted.

—Hugo Weasley, profesor. Como mi hermana, me honra estar en su presencia.

—Victoire Weasley. He leído mucho sobre usted.

Albus vaciló al momento de decirle su nombre y, en vez de decirlo en voz alta, lo masculló avergonzado.

Dumbledore sonrió afablemente.

—¿Cómo dijiste?

—A… Al…

—Habla fuerte, chico.

—Albus Severus Potter a su servicio, profesor. —habló, y su respuesta llegó a los afectados oídos de Severus Snape. Harry, a su vez, se quedó momentáneamente quieto al escuchar el nombre completo de su futuro hijo. Se le congeló el corazón.

—Lo mataste con el nombre. —murmuró Ron, pero a Harry le importaba un carajo el nombre. ¿Por qué se lo había puesto? ¿Por qué lo había llamado como uno de los hombres al que más odiaba en la vida, como el hombre que lo odiaba tanto o más que Voldemort? ¿Por qué, por qué, por qué? Y por la cara de su hijo, se podía deducir claramente que no era una broma.

—¿Albus? —preguntó Dumbledore, mirando a Harry de reojo.

—Mi padre me nombró en honor a usted —su mirada se dirigió a Snape, y los verdes e inocentes ojos de aquel muchacho infectaron una herida amargamente abierta gracias a Harry Potter. —y a usted, señor Snape.

Severus Snape compuso una mueca de indignación y, con un bufido, ignoró a Albus, cuyos ojos estaban impregnados en densas lágrimas de consternación.

La guerra siempre abría heridas, hubieras participado en ella o no.

—Así que… ¿esto será un simulacro? —preguntó James, burlón. Iba muy en serio con eso de madurar. Había practicado toda la mañana para refrenarse cada vez que viera a una chica linda. Sólo guardaría su encantadora personalidad para Polly y su familia.

—Al parecer sí, pero no sé exactamente en qué se están basando para hacerlo —murmuró Albus, y a más de uno le dio la impresión de que él debía ser el que llevara las gafas.

Todos, incluyendo a Teddy y Victoire, estaban dentro de una cámara de simulación creada por Dumbledore, con el fin de que los miembros de la orden conocieran las bases de combate de los jóvenes (las cuales creían nulas) para instruirlos por si acaso atacaban la base.

Pero estaban muy equivocados.

James había empezado a prepararse para sus EXTASIS desde tercer curso, no para sus TIMOs, sino para los últimos exámenes. Él sabía qué hacer con su vida, y nadie le iba a decir qué ritmo iba a llevar.

De tal manera, gracias a la ayuda de su padre, su madre y los horarios extras, había conseguido ganar el premio al Principiante Más Prometedor de Transfiguración, las mejores notas en los TIMOs de Transformación, Encantamientos, Astronomía, Defensa, Pociones y Herbología. Tan bueno era en Transformaciones que, alentado por la profesora Minnie, había conseguido convertirse en animago. Pero aquello era un secreto que no pensaba revelarle a nadie a menos que fuese estrictamente necesario. En cuanto al Quidditch… casi lo expulsan del equipo por ser muy agresivo.

Albus, por otro lado, era diferente. A la hora de pasar por el Sombrero Seleccionador, éste dedicó diez, DIEZ, minutos a examinarlo cabalmente, sin poder decidirse entre Slytherin, Ravenclaw o Gryffindor. Como su padre le aconsejó, Albus le comentó al Sombrero que preferiría ir a la Casa de los Leones y éste, aunque un poco renuente, aceptó. Pero antes de que Albus se lo hubiese quitado, oyó un último susurro en su mente que lo dejaría pensando por el resto de sus días: "Te hubiera ido mejor en Slytherin, muchacho".

En fin, a Albus como Gryffindor siempre le había ido excelentemente. Era el alumno preferido de Filius Flitwick ya que, como genio de los Encantamientos, había pocas cosas que el joven no pudiese hacer. Tanto era así, que hacer que los tapices se dieran la mano los unos a los otros era un juego para él. Y no dejaba Transformaciones atrás. La profesora McGonagall le había propuesto ayudarlo a convertirse en animago, pero él rechazó la propuesta diciéndole que prefería hacerlo terminando ya sexto curso, como su hermano James. En los TIMOs, la única materia que reprobó fue Historia de la Magia ya que era tan patéticamente aburrida que, en vez de ir él a clases, enviaba sus sábanas hechizadas al aula mientras se echaba una buena siesta. El resto de las materias, afortunadamente, las sacó en Extraordinario, incluyendo Pociones (cabe resaltar que todos se quedaron sin quijada al recibir la noticia). Él era uno de los golpeadores del equipo de Quidditch, como su hermano James, porque igual que él, era demasiado agresivo. Odiaba a Slughorn, y odiaba Pociones más que al idiota Gryffindor de séptimo que se le acercaba a Gwen todas las mañanas para coquetear con ella.

Lily tomaba clases de Pociones de séptimo curso, y sólo estaba cursando tercero. Odiaba a Slughorn a muerte, así como su Club de las Eminencias, y era bastante lenta en conjurar hechizos o hacer transfiguraciones, pero no en Aritmancia o Herbología. Y eso la preocupaba. Quería tener los mejores TIMOs, mejores incluso que los de su tía Hermione, y para ello tendría que esforzarse bastante. La habían sacado del equipo de Quidditch por ser una buscadora extremadamente agresiva.

Teddy se había graduado con honores de Hogwarts luego de ser Prefecto y Premio Anual. La única E que había sacado en sus EXTASIS fue la de Defensa Contra las Artes Oscuras, pero no se permitió obtener ningún Aceptable en sus demás notas. Era un excelente Auror, que pensaba trasladarse a la unidad de Magos Golpeadores porque al contrario que su padre, era bastante agresivo a la hora de trabajar.

Rose Weasley era, al igual que su madre, perfecta en todo. Su único punto débil siempre había sido, cómo no, la Adivinación. Y se había encargado de abandonar la materia lo más rápido posible. Sus TIMOs fueron una revolución en casa: su padre se sintió tan orgulloso que salió corriendo a la calle gritando que su hija era una genio.

Hugo, su hermano, cursaba tercero y había inventado, como mínimo, dos hechizos. ¿Por qué? Porque habían muchos chicos que lo querían joder por ser flaco y larguirucho. Pero él no se dejaba joder, ¿por qué? Porque era un prodigio y no permitiría que ningún cabrón lo quisiera joder. Lily le daba clases de Pociones, sí, pero él le daba clases de Encantamientos y Transfiguraciones a ella. Se complementaban absolutamente los dos. Ella estaba que envenenaba a todo el mundo y él consideraba seriamente la idea de derretirle los huesos a sus compañeros de casa.

Victoire era una sanadora experta en Enfermedades Mágicas. Se había graduado con honores de la Academia de Sanadores y, una vez que su jefa se retirase, ella iba a estar al mando de la asignación. Gracias a su madre, consultas de Francia le llegaban a Victoire diariamente, acerca de cómo tratar enfermedades extrañas o incurables. Su padre, Bill, la instruía como podía en el resto de las áreas de la magia, pero Vicky había resultado ser un fiasco para Defensa Contra las Artes Oscuras o Transformaciones.

Y Scorpius… era casi tan bueno como Albus en Encantamientos, pero lo sobrepasaba con creces en Pociones y Herbología. Aunque no tenía la vena asesina de Lily, sí poseía la cómica de los gemelos. Había perfeccionado los turrones sangranarices y ayudó a Fred y George a crear trufas Bocapantano, algo que sin duda "entretuvo" mucho a su abuelo, junto con los infames chicles que se deslizaban a los orificios nasales. A su padre le importaba un carajo lo que él hiciera o no siempre y cuando se estuviera labrando un futuro, igual que su madre, y a Scorpius no era como si le interesara precisamente lo que su familia decía o no de su rendimiento. Las únicas materias que reprobó en los TIMOs fueron Astronomía y Cuidado de Criaturas Mágicas. Era bastante poco agresivo al jugar Quidditch, pero normalmente cuando estaba en las graderías, sus compañeros de casa preferían alejarse un poco de él si algún contrincante anotaba puntos.

—Dudo mucho que esos jovenzuelos sepan cómo defenderse bien. —dijo Snape, pagado de sí mismo.

—Dales una oportunidad, Severus. Por favor. —pidió Dumbledore.

—En todo caso, no estoy de acuerdo con que Potter y Weasley sean los evaluadores. Son familia, y obviamente serán nepotistas.

—Severus, por favor.

—Sí, Snape, por favor. —dijo Harry adrede, impaciente por ver cómo peleaba su yo del futuro, qué tan bien había educado a sus hijos para defenderse, y sin ánimos de pensar en la catastrófica decisión de ponerle el nombre de esa babosa grasienta a su querido, inteligente, curioso y taciturno hijo.

—Es señor Snape, Potter. —aclaró Severus, cuya alma se encontraba en conflicto interior. ¿Por qué le había puesto su nombre a su hijo, por qué? ¿Qué lo había impelido a hacer tal cosa?

Se callaron al escuchar hablar a Lily, la menor Potter.

—Ya sé que de aquí viva no salgo, para lo único que sirvo es para las pociones y precisamente ahora no tengo ninguna a la mano. –se lamentó.

—No tendrás una a la mano, pero en tus venas tienes sangre de murciélago en vez de sangre normal, no hacen falta pociones para que le puedas volar la cabeza a alguien con un hechizo —dijo James.

—Estoy igual que Lily, pero no me preocupo. Total, ya sé que me van a matar aquí, soy un hombre de teoría. —declaró Hugo, con el mismo talante pesimista de su prima.

—Hugo, ser un ravenclaw no te hace hombre de poca práctica.

—Yo fui una ravenclaw, y no me fue precisamente mal en los TIMOs prácticos. —dijo Victoire.

—¿Cuántos gryffindors hay aquí? —Rose, Lily, Albus, Scorpius y él mismo alzaron la mano ante la pregunta de James.

—Bien.

—Espera, espera, ¿vas a ser racista ahora? —preguntó Teddy, fastidiado. —Oye, que te claro que los hufflepuffs somos…

La tensión, la expectación los iba a matar.

—Ya hemos vuelto, mamá. ¿Qué pasa aquí? —preguntaron Fred y George, y Molly Weasley, su madre, frunció el ceño al verles las cejas chamuscadas a sus hijos.

¿Qué estarían haciendo esos dos allí arriba?

—Arréglense y compórtense, muchachos. Se va a hacer un simulacro a los chicos venidos del futuro para evaluar sus conocimientos en caso de un ataque. —les explicó, arreglándoles las chaquetas y el pelo.

Ginny se sentó a propósito junto a Harry, con el fuerte deseo de hablar con él. Ojalá el "genio" de su hermano Ron no interviniera entre los dos.

—Hola, Harry. —dijo, intentando parecer confiada.

—Hola, Ginny. —contestó él, sin prestarle mayor atención.

—¿Ansioso por ver lo que saben tus hijos? —preguntó ella.

Él, de repente, volcó su mirada en ella.

—Absolutamente. —viéndola, pero sin verla bien, Harry no reparó en la alegre sonrisa que se plantó en el rostro de la pelirroja. —¿Y tú? ¿No te emociona ver a tus sobrinos en acción?

La sonrisa de ella se perdió. Sobrinos… sí, la emocionaba, pero no tanto como contemplar a sus hijos. Se sintió herida. "Harry, ¿cómo puedes ser tan ciego?", pensó, consternada.

Él, de milagro, pareció darse cuenta de su cambio de ánimo.

—¿Estás bien? ¿Dije algo que te molestara?

Hermione los miró por el rabillo del ojo y luego centró toda su atención en los hijos de Ron. Ravenclaw… ¿sería la esposa de Ron una mujer inteligente? ¿Sería hermosa? ¿Qué tan inteligente sería? ¿Él la amaría mucho? ¡Por Merlín, qué celos tan enfermizos tenía!

"¿Por qué, Ron? ¿Por qué no puedes darte cuenta de que soy una chica y de que te quiero? ¿Acaso no soy lo suficientemente bonita para ti? ¿Qué tengo que hacer para que me quieras?".

De pronto, Harry y Ron entraron a la cámara de simulación, y todos los miembros de la orden tomaron asiento.

—¿Papá? ¿Tú vas a ser el evaluador? —preguntó James, repentinamente nervioso.

—Sí, ahora, estas son las reglas. Ron. —hizo un gesto a su amigo para que empezara a hablar. Éste lo hizo con un tono monótono, como si ya hubiera dicho eso millones de veces.

—Como solía repetirlo en cada examen trimestral de la academia, no están permitidas las maldiciones imperdonables, las injurias graves al cuerpo del contrincante como daño en los ojos, oídos, extremidades, pecho o cara; cada hechizo que no sea de defensa o ataque restará puntos a su usuario, cada hechizo bien hecho sumará puntos al usuario; los puntos a evaluar son: creatividad, velocidad de reacción, conocimiento en el tema y capacidad de soporte, y esta última vendría siendo qué tanto se pueden soportar los hechizos de los contrincantes.

—Dicho sea de paso, se puede hacer cualquier cosa por sobrevivir. Ustedes jugarán el rol de aurores y nosotros de mortífagos. —codeó a Ron y éste se echó a reír. —Cuando lleguemos a la cuenta de tres, comenzará la simulación. Mientras tanto, les recomendamos posicionarse en algún lado de la sala.

La cámara de simulación era un recinto amplio e iluminado, con césped e incluso grama en el suelo. Había varias piedras grandes que podían servir de refugio y un par de árboles frondosos cerca a cada esquina, junto a unos cuantos arbustos espinosos. Era un ambiente hostil y agreste, diseñado especialmente para aparentar momentos de más necesidad bélica.

—Pero… —dijo Hugo, sin terminar de entender.

—¿Qué tenemos que hacer? —inquirió Rose, desesperada.

—Esto no me parece muy justo… —murmuró Lily.

—Oh, no, devuelta a la academia. —chilló Teddy, sin esperanza alguna de salir con vida de allí.

—No te quejes, tú por lo menos estás entrenado para esto. ¡Yo soy una sanadora! —chilló Victoire.

—Uno. —dijo Harry, subiendo a una piedra de aproximadamente un metro de alto. Ron hizo lo propio con una roca al otro lado de la estancia.

Desde esa posición, ambos estaban en total control del lugar.

—¡No tengo idea de qué hacer! —dijo Scorpius.

—Sobrevivir, Scorpius. —explicó Harry. —A propósito, se nos olvidó decirles algo. A modo de incentivo, para que peleen mejor, si nos ganan, su abu… —se calló para no decir abuela, y se corrigió con un carraspeo bastante exagerado. —la señora Weasley les hará pastel de melaza. Pero si nosotros les ganamos, ustedes harán la cena.

—Dos. —rezó Ron, visiblemente aburrido. No le agradaba en absoluto la idea de atacar a sus hijos. Pero por ellos empezaría. Tenía que estar seguro que ellos podrían sobrevivir bajo cualquier eventualidad.

—Pero papá… —se quejó Albus.

—¿No me dijiste un día que te preguntabas qué sentía ser evaluado por mí? Pues aquí lo tienes, hijo. —contestó Harry, despiadado.

—Tres. —dijeron él y Ron al unísono.

En menos de lo que canta un gallo, los dos alzaron sus varitas y la fuerza de sus hechizos estremeció a los niños.

—¡Expelliarmus! ¡Hipnosis! —gritaron respectivamente, y se armó la de Troya en la cámara de simulación. Patronus, Transfiguraciones, Hechizos avanzados y Pociones letales invadieron la cámara, dejando impactados a los miembros de la orden.

Lily, sin saber muy bien qué hacer, lanzó pirañas rabiosas (cabe decir que muy rabiosas) a la cara de su padre y éste eludió el hechizo sólo con inclinarse unos grados hacia la izquierda.

—¡Te felicito, querida! ¡Me recuerdas a tu madre! —respondió él, burlón. —¡Eres igual de luchadora!

Ella se quedó de piedra cuando de pronto él apareció frente a ella y la punta de su varita tocó su estómago. Percibió un brillo de remordimiento en sus ojos, pero nada más.

—Expeledor. —murmuró su padre, y ella salió disparada hacia la pared.

Rose y Hugo esquivaron el Hipnosis de su padre con dificultad, y jadearon cuando él apareció cerca de ellos, implacable. Lamentablemente, Victoire no corrió la misma suerte y, cuando él apareció a su lado, le tocó la sien y, con un simple Desmaius, logró que ella yaciera inconsciente en el césped.

Definitivamente, el combate activo no era algo precisamente adecuado para las sanadoras encargadas de los enfermos con discapacidades mentales.

—¡Vicky! —chilló Teddy, y una lágrima se derramó de su ojo al ver cómo un pequeño hilillo de sangre se desprendía del pelo de su hermosa prometida al chocar la cabeza de esta con una piedra. —No te preocupes, Vicky, allí voy.

Corrió hacia ella y Ron le frunció el ceño. Estaba muy repelente.

—Oh, no lo creo, Teddy. —lo lanzó lejos sólo con una floritura de su varita y luego se centró en sus hijos.

—Oculo Invilo. —murmuró, y de pronto tanto Rose como Hugo como Scorpius perdieron la vista. Todo era negro, no se podía discernir nada entre tanta penumbra. Era como si alguien hubiera apagado la luz y ellos no pudieran volver a encenderla. Oh, mierda.

—¿Qué diablos…?

—¡No veo nada!

—Inmovilizador —le escucharon decir y, enloquecidos, calcularon la posición de su padre para esquivar el hechizo con un Desvío de Maleficio. Funcionó. Rose se aferró a Scorpius, temerosa de lo que pudiera pasarle.

—¡Expelliarmus! —chilló Rose.

—Impedimenta. —exclamó Hugo. Lamentablemente, su padre era bueno.

—Vamos, chicos. Deshagan mi hechizo. —dijo él, y supo emular muy bien el tonillo malvado de los mortífagos. ¿Por qué no se metía a actor muggle? ¡Le iría malditamente bien al bastardo!

—¿Cómo, maldita sea? ¡Te lo inventaste tú! —gritó Hugo.

—Oh, eso yo no lo sé, piensen. Pero mientras tanto, ¡Incarcerous!

—¡Pero sólo voy a tercero! —exclamó Hugo, buscando alguna excusa para huir del combate. Precisamente por ello el Sombrero lo mandó a Ravenclaw.

—Protego. Oiga, señor Weasley, ya sé que no le caigo bien porque soy el novio de su hija, ¿pero no cree que está siendo un poquito injusto…? —protestó Scorpius, intentando sacarse a Rose de encima para así poder proteger mejor a ambos.

—Pus, hereje, pus. —lo apuntó con la varita y Scorpius, para evitar que su nariz estallara en una cascada de pus, conjuró un Protego el doble de poderoso que el anterior.

Rose y él eran una excelente pareja. Él era experto en hechizos defensivos y ella en ofensivos. Sonrió involuntariamente. Oh, gracias a Merlín que a su querida novia le encantaba hacer el trabajo sucio.

Harry se lanzó contra su primogénito lanzando hechizo tras hechizo y las condiciones del combate no le permitieron detenerse a observar cómo su desesperado y confundido hijo mayor se convertía en un tigre rabioso cuyas zarpas estaban más que listas para atacarlo. Tan rápido se lanzó contra él que Harry no tuvo tiempo de sentirse orgulloso de él.

Mientras su padre se entretenía con James, Albus lanzó un Accio desde su espalda y él lo rechazó con un simple Expulso.

—¿No sabes que atacar por la espalda es de cobardes, hijo? Aguamenti. –le lanzó el hechizo sin mirarlo siquiera.

—¡Flagrate! —gritó Albus. —¡Aguamenti, Glacius! —apuntó a su padre y justo cuando éste iba a tocar a James con la varita, su brazo quedó envuelto en un bloque de hielo. Albus notó cómo su padre tocaba a su hermano con la varita y lo dejaba inconsciente en el piso y, antes de que James se diera contra los arbustos espinosos, Albus lo hizo levitar hasta posicionarlo sobre un campo de césped lejos de su padre.

—¡Ennervate! —le apuntó y James despertó con su forma humana, bastante más enojado que la otra vez.

Ted socorrió a una desorientada Lily y ambos corrieron a refugiarse tras un árbol. Harry los vio de reojo y apuntó el árbol con su varita.

—Bombarda máxima. —el árbol estalló en miles de astillas, y algunas incluso se clavaron la blanquecina y bien cuidada piel de Lily — No tienen donde esconderse, queridos. —canturreó, con una sonrisita. Igual que Ron, era un excelente actor. ¡Malditos muggles! ¿Sería que aceptaban magos como actores potenciales?

—Petrificus totalus. —gritó Ted, apuntándolo con su varita. —¿Por qué haces esto, Harry?

Él no dijo nada y se limitó a centrarse en su hijo mayor, quien estaba que echaba espuma por la boca.

Lily se pegó a lo que quedaba de tronco y Ted hizo un muffliato.

—¿Qué necesitas para hacer una poción que nos ayude, Lils? —preguntó, apurado.

—¿Puedes hacer aparecer los ingredientes de una poción? —inquirió ella, sorprendida.

—¡Siempre y cuando no sean comida, pero habla ya, maldita sea!

—Fluido de Erumpent, sangre de murciélago y cuero de bicornio. Si se puede, fluido de bubotubérculo para incrementar su poder.

—Lo pides, lo tienes. —Ted hizo aparecer los ingredientes e implementos necesarios para hacer la poción y abandonó a Lily con el objetivo de protegerla. —¡Chicos, protejan a Lily! —gritó a James y Albus, y éstos vieron hacia ella en el mismo momento en el cual lo hizo su padre.

—Oh, no lo harás. —gruñó James al verlo apuntarla con su varita. —¡Desmaius!

—Protego. —respondió Harry.

—Expelliarmus. —dijo Albus.

—Ríndete, hijo, no lograrás quitarme mi varita. Langlock. —dijo Harry, pero se encontró con que Albus siguió lanzándole hechizos aún con la lengua pegada al paladar.

—Necesitas más que eso para acabar con nosotros. —dijo James. —¡Oye, Albus! ¿No eras tú el bueno en encantamientos?

Albus creó unas sogas que se dirigieron a su padre a toda velocidad y James las transformó en furiosas serpientes con colmillos llenos de veneno.

Minerva McGonagall jadeó al ver la inmensa capacidad de los jóvenes. Ella, aunque buena, sólo había alcanzado luego de haber terminado Hogwarts.

Hugo, mientras tanto, intentó buscar entre todo su repertorio de hechizos y se le ocurrió algo verdaderamente absurdo.

—Distraigan a papá, Rosie, Scor. —le dijo a su hermana y cuñado, y éstos asintieron mientras trataban de ubicarse en el plano.

—¡Oiga, suegro, aquí! ¿Quiere besarme el culo, suegro? —canturreó Scorpius, moviendo el culo como si fuera un pájaro. Ron enfureció.

—¡Cállate, hereje!

Hugo, mientras tanto, llevó la varita a su sien y, tragando fuerte, pronunció las palabras: —Lux Vilocus.

Y pudo ver de nuevo.

—Ja, ja, ja —rio malvadamente. Vio cómo las serpientes rabiosas atacaban a su tío y le preguntó a Rose. —¿Se puede jugar sucio, hermana?

—¿Qué dices? ¡No puedo ver nada! —él corrió hacia ella y apuntó su sien con la varita. Conjuró el hechizo y Rose, repentinamente segura de sí misma, decidió ser de lo más cruel. —¡Pues claro que sí! ¡Mergunteo! —apuntó a su padre y éste, sin saber la naturaleza del hechizo, no lo esquivó.

Deseó no haberlo hecho.

Sus vías respiratorias se obstruyeron con quién sabe qué y dejó de respirar. Su rostro se tornó violáceo y fue perdiendo fuerzas hasta caer al piso en medio de necesitados espasmos.

Harry lo notó y lo ayudó con un Anapneo, luego de haber hecho volar por los aires a sus dos sobrinos.

—¿Qué sucede? ¡Aún no veo un carajo! —se quejó Scorpius.

—Lux Vilocus, querido. —Rose le apuntó y luego a su padre. —Scor, protégeme. —un escudo impenetrable rodeó a Rose mientras ésta lanzaba letales cuchillos a su padre. Ron hizo todo lo posible por penetrar bajo el escudo, pero fue imposible. Miró la sonrisita satisfecha de su indeseable yerno y se dijo que, literalmente, él sí que protegería a su hija.

—¡Engorgio! —oyó decir Harry a Teddy, y entonces el césped a sus pies empezó a crecer y crecer hasta enredarse en sus pies como algún tipo de hiedra. Él se apartó de allí con un reducto y Teddy chasqueó la lengua, preocupado.

En su examen de la academia, había vencido a su evaluador inmovilizándolo mientras un compañero lo distraía. Pero se habían puesto de acuerdo. Y le quedaba bastante difícil poder comunicarse con James o Albus debido a que los Patronus podían ser fácilmente interceptados. Y también estaba el hecho de que estaba enfrentándose a uno de los mejores aurores del mundo mágico.

Oh, por la mierda de Merlín. Estaban perdidos.

Lily terminó de hacer la poción y, sin dar aviso, la lanzó contra su padre. El viscoso líquido le empezó a quemar la piel y unos raros forúnculos cubrieron su cuerpo. Y eran raros porque, en vez de llenarse de pus, estaban llenos de lava.

E iban a estallar en cualquier momento.

—Lily, ¿qué diablos es esto? Ron, ayuda a las nueve—gritó, y su amigo palideció al verlo en ese precario estado de vida o muerte.

Sacó de un bolsillo de su pantalón una solución de jugo de bezoar con zumo de mandrágora que Hermione siempre le hacía llevar, por si acaso, y se la lanzó a su amigo.

Harry lo atrapó y los forúnculos, en vez de explotar salvajemente, fueron disminuyendo de tamaño hasta desaparecer.

—¿Qué? —chilló Lily, estupefacta. Nadie sabía cómo contrarrestar las pociones de su propia cosecha. Nadie.

Ella era una de las mayores maestras en pociones que jamás hubieran pisado el mundo mágico. ¡Si hasta le daba clases al morsa de su profesor!

Ted corrió hacia ella y le preguntó qué otros ingredientes necesitaba, en vista de que ella aún no era muy versada en encantamientos.

—Veneno de Doxy, corteza de mandrágora, semillas de calabaza, pus de acromántula y bezoar.

—Por Merlín, Lily, ¿qué es eso? —preguntó él, ante lo horrible de los ingredientes.

—Nada —se apresuró a decir ella. De ningún modo admitiría que era un veneno explosivo que suprimía los sentidos durante tres horas. El bezoar sólo era para que la solución no matase a la víctima.

—Confiamos en ti, pero no en que mates a tu padre.

—¡No lo mataré, nos daré tiempo! —protestó ella, y se apuró a conjurar un protego cuando escuchó a su padre lanzar un hechizo hacia ellos.

—Está bien. Rápido.

Teddy se alejó y, junto a sus hermanos políticos, siguió distrayendo a su padrino. Disimuladamente, observó el cuerpo de Victoire, escondido tras una roca y se mordió la lengua al ver que ésta empezaba a despertar otra vez. Él, agobiado, no se cortó al momento de lanzarle otro Desmaius. El consuelo de saber que así estaría más segura le quitaba el complejo de culpa, pero sabía que cuando todo aquello terminara, ella la tomaría bien salvaje con él. Que Dios, no Merlín ni ninguno de esos cabrones, lo ayudase entonces.

Teddy se acercó a sus hermanos y al cabo de unos segundos se alejó aterrorizado cuando los hechizos tanto de Albus como de James se volvieron cada vez más despiadados. Santo Dios, esos chicos parecían, más que estudiantes, mortífagos.

Espadas voladoras, derretimiento de piernas, águilas feroces, cada hechizo era peor que el otro.

—Están siendo muy blandos. —dijo Snape, del otro lado de la cámara, sin dejar de observar a la joven pelirroja llena de escombros que preparaba poción tras poción. Era tan parecida a Lily, y a la vez tan diferente…

—Para serte honesto, Severus, lo dudo. Harry y Ron se ven en verdaderos aprietos.

—¡Estos niños son unos genios! —exclamó McGonagall, incapaz de creer que unos simples adolescentes pudieran defenderse tan bien, que pudieran llevar el miedo a modo de una fuerza que los impulsara a subsistir. —¡Potter es un animago! ¡Un animago! —miró a Dumbledore y éste asintió con una pequeña sonrisa.

—¿Dónde habrán aprendido tanto, por Merlín? —preguntó Kingsley. —Oh, Dios, ¿eso son dagas? —dijo para sí mismo al ver cómo el muchacho que más se parecía a Harry procedía a atacar a su padre con filosos estiletes controlados por su varita.

—Espero que en Hogwarts, porque si es así, el futuro será un paraíso lleno de forsitias. —murmuró Tonks.

—¡Ron, no puedo creer que hayas inventado un hechizo! ¿Sabes todo el trabajo que requiere eso? —dijo Hermione, impresionada.

—¡Lo peor de todo es que en realidad funciona!

—Mis hijos, mis hijos pueden hacer eso y más… —musitó Harry, incrédulo, pero orgulloso. —¡Mi hijo mayor es un animago!

Estaba tan orgulloso que su corazón podría estallar en cualquier momento.

Ginny, mientras tanto, estaba a punto de llorar. Sus hijos eran unos prodigios que podrían subsistir sin problemas en ese ambiente de guerra tan hostil. Una sensación de alivio la inundó y se recostó en la silla, disfrutando del espectáculo. Sonrió al ver a Lily moliendo mezclando quién sabe qué en un caldero, y rio cuando las hojas de los árboles se estiraron como vides y empezaron a jalar el pelo de su hermano Ron, cortesía de Scorpius.

Fred y George, por su lado, no podían confiar en que su hermano mayor en el futuro fuera así de ducho en las artes de la magia. Es decir, lo único especial que sabía hacer era jugar ajedrez.

Obviamente, por ello se podía deducir que en estrategia el condenado debía ser un as, pero ¿magia rápida? ¿Era en serio?

Los miembros de la orden evaluaban cada hechizo y movimiento de los beligerantes. Harry y Ron, indudablemente, eran impecables en todo sentido.

Y los jóvenes no los dejaban para nada atrás.

—Bueno, por lo menos ya sabemos que en este ámbito no hay problemas. Siguen en una pieza. —declaró Dumbledore.

—Teddy, me sorprende que no hayas hecho un carajo en este tiempo que llevamos peleando. Te graduaste de la academia con honores, ¿dónde quedó eso? —preguntó Harry.

—Me acuerdo que durante el último examen trimestral casi me vuelas los sesos y ahora lo único que haces es decir protego, ¿qué te pasa? —siguió Ron.

—¡Es que aquí no se puede jugar sucio! —se quejó Teddy. Miró a sus hermanos jurados y notó que éstos parecían un fuerte cartaginés que lanzaba flecha tras flecha al ejército romano. —¡Braquiam Emendo! —exclamó de manera muy vaga (a propósito), apuntando a Harry. Éste palideció visiblemente y esquivó el hechizo como pudo, con el corazón latiéndole a millón. De ninguna manera se dejaría joder por ese hechizo otra vez.

—Siempre lo supimos un hombre de pocos principios a la hora de pelear, ¿no Ron? —dijo Harry.

—Absolutamente.

—¡Ya está lista! —gritó Lily.

Teddy, que había pasado a atacar a su tío Ron, la escuchó y por medio de un Patronus (cuya forma era la de un lobo) avisó a Hugo, Rose, James y Albus del nuevo plan a seguir.

—Está bien. —accedieron. Así, Teddy, Rose, Hugo y Scorpius apuntaron hacia la izquierda para mover a Ron hacia la derecha mientras los hijos de Harry lo hacían en dirección contraria.

Sólo cuando la espalda de Harry chocó con la de Ron, fue cuando se dieron cuenta de la trampa.

—Engorgio —dijo Teddy, y el césped volvió a convertirse en gruesas enredaderas. —¡Ahora, Al!

—Restringo. —las lianas se enredaron en torno a los dos cuerpos, estrujándolos y ahogándolos.

—Impedimenta. —completó Scorpius, esbozando una sanguinaria sonrisa. Esa era, quizás, la única oportunidad que tendría de someter a su "querido" suegro.

Los nuevos reos intentaron mover las varitas para liberarse y las lianas no cedieron, y no de casualidad, debido a la presión que y Rose y James ejercían sobre éstas.

Harry y Ron se petrificaron al ver un brillo asesino en los ojos de sus hijos. Estaban más que decididos a matarlos, de eso no cabía duda.

—¡Lily, ven rápido!

Harry y Ron tomaron las varitas entre sus manos, listos para salir del lío en cualquier momento, pero lamentablemente la curiosidad por lo que les haría Lily los hizo estarse quietos.

Un líquido frío y nítido como el agua les fue obligado a beber y en menos de un parpadeo ambos se encontraron desconectados totalmente del mundo, sin poder escuchar siquiera sus propios pensamientos.

Cayeron sobre el césped con los ojos idos y abiertos, como si estuvieran muertos. Y, efecto, casi lo estaban.

—¡Oh por Merlín, qué hiciste! —chilló Rose. Teddy intentó levantarlos y tuvo que lidiar con el peso muerto de ambos. Palideció.

—¡Te dije que no los mataras!

—¿Papá…? ¡Papá! —chilló Albus, lanzándose a un lado de su padre. Lo sacudió salvajemente, y gimió cuando la cabeza pelinegra cayó sobre los hombros, inerme. —Oh Merlín, oh Merlín… —sollozó.

—¡Suegro! ¡Despierte, suegro! —dijo Scorpius, alentando a Rose para que le diera "ligeras" bofetadas reanimadoras.

—¡Lily Luna Potter, ¿qué, en nombre de todos los magos, hiciste?! —exclamó James, zarandeando a su hermanita.

Ésta se apartó de él con un empujón y los ojos llorosos.

Dumbledore se levantó de su silla y entró a la cámara junto a Sirius, Remus y la señora Weasley. Snape se rezagó, admirado. La niña pelirroja era más inteligente de lo que creyó.

—Lily, querida, ¿qué acaba de pasar? —preguntó su abuela, cautelosa y con el juicio de no echarle la culpa a la pobre chica.

—Ellos… ellos me dijeron que necesitaban una poción y yo la hice, yo… —balbuceó.

Dumbledore les tomó el pulso y arqueó una ceja al sentirlos latir con fuerza. No estaban dormidos.

—¿Qué efectos tiene su poción, señorita? —ella se sonrojó.

—La llamé poción multisensibus, profesor, porque los priva de todo tipo de sentidos durante tres horas. Incluyendo sus propios pensamientos. —dijo, y sus hermanos se volvieron hacia ella con los ojos fuera de sus órbitas.

—¿Puedo preguntar cómo supo de sus efectos? —preguntó, interesado por el alma investigativa de la joven. Tal como su padre.

—Bueno… —carraspeó y se cuidó de que su padre estuviera bien drogado pateándole ligeramente el cráneo. —Experimenté conmigo misma.

—¡¿Qué hiciste qué?! —chillaron James y Albus, al unísono. —¡Podrías haber muerto! —volvieron a decir. Resultaba más que evidente que eran hermanos.

—Para algo existen los bezoares, idiotas. —respondió ella con una mueca, fastidiada.

¿Por qué siempre tenía que ser ella la idiota vulnerable? ¿Por qué tenía que ser la inofensiva? ¿Por qué tenía que ser siempre la que menos tenía?

En el fondo, muy en el fondo de Lily Luna Potter, se cocinaba un estofado de envidia, tristeza y desolación.

Ella no era una chica propia, no. Era "la única hija del Elegido". Ella nunca había sido simplemente Lily Luna. Todas las que una vez creyó sus amigas sólo se juntaban con ella para conseguir fama o sus deberes y éstas, al darse cuenta que ella era una chica normal, se alejaban y la dejaban en su propia soledad. Así como todos los chicos: no se acercaban a ella porque les pareciera bonita o inteligente, sólo lo hacían porque era la hija de Harry Potter, el héroe del Mundo Mágico. Incluso Katherine y Emmeline lo hacían, pero prefería pensar que no. Prefería pensarlo.

Nunca había tenido amigas verdaderas o un novio a pesar de todos sus esfuerzos. Jamás.

Ella quería ser como sus hermanos. Como James, que con sus travesuras, bromas y popularidad tenía el corazón de todas las chicas y chicos de Hogwarts en sus manos, que tenía dos mejores amigos leales y divertidos. Como Albus, que en su carácter taciturno, atentados contra el aula de Pociones, curiosidad y tranquilidad tenía amigos sinceros y una que otra admiradora.

Pero ella no. Ella no tenía a nadie más que a dos sobreprotectores hermanos y un padre que odiaba su propia celebridad.

Vivía tan amargada… aquella era la razón por la cual aparentaba tanta crueldad, por la que era tan insoportable. Si alguien la toleraba siendo así, entonces toleraría la verdadera ella.

—¿Y hay algún antídoto para esta poción, querida? —preguntó Molly, afable. Su nieta era una genio, sí, y estaba orgullosa de ella, pero no quería precisamente dejar inconsciente a su yerno durante horas.

—Sí, zumo de calabaza con jalea. Nunca supe por qué pero funciona. —concedió ella.

—Oh Dios, Lily, estás en serios problemas, ya verás cuando… —empezó James, y ella lo calló con un potente pisotón.

—¡Cállate, imbécil! ¡Tú eres bueno en transformaciones, y nadie te dice jamás que no conviertas en lechuzas las velas del Gran Comedor! —gritó, furibunda.

Los miembros de la orden palidecieron al ver semejante aura homicida rodear a la chica. El mismo Dumbledore arqueó las cejas. ¿Era posible convertir en lechuzas las velas del Gran Comedor? ¿Éstas no estaban encantadas ya?

Albus fue más suave con su hermana, pero con el mismo efecto.

—Lily, por favor, no te enojes…

—¡Y tú también cállate, Al! ¡Tú eres un experto en encantamientos, y todos celebran cuando destruyes el aula de pociones, te vitorean tanto que hasta la torre de Gryffindor se escucha y ya todos sabemos cuándo es que a Slughorn le da un infarto, y a todos les parece bien! Pero no, a mí no se me vitorea, porque lo que yo hago —miró a todos sus hermanos con los ojos anegados en lágrimas. —Nunca-está-bien. ¿Y sabes qué? Me importa un carajo si piensas que está bien o mal, porque lo que yo hago es mil veces mejor que lo que tú haces. Y ahora, si no te importa, no me molestaré en preparar el jugo porque como lo que yo hago jamás está bien, entonces eso tampoco será algo bueno, ¿no? —Lily escupió fuertemente a los pies de su hermano James, como cualquier otra pueblerina americana de las películas, y salió pisando fuerte de la cámara, directo hacia su habitación. Pero antes de hacerlo, se volvió hacia los demás, que la observaban anonadados, como si no creyeran que una niña tan angelical y hermosa fuera capaz de tal comportamiento.

—Y, ¿saben qué, idiotas? Los odio. A la única que quiero aquí es a mamá, porque ella sí me apoya en todo lo que hago. No como ustedes o papá, que me dicen que mejor me quede quietecita y en silencio, no. ¡Mamá sí me quiere!

James dejó caer los hombros y se quitó las gafas cuando las lágrimas empezaron a salir de sus ojos. Tomó a su hermano menor por los hombros y, sin decir ninguno de los dos una sola palabra, salieron abrazados de la cámara, queriendo creer que sólo había sido un sueño. Lily les había dicho las palabras a modo de broma, sí, pero nunca de verdad.

Y esa vez lo había hecho.

Y les partió el corazón.

¿Tan malos hermanos eran? ¿Acaso nunca le dieron el amor como era debido? ¿No sabían demostrar sus sentimientos por ella? ¡¿Qué?!

Teddy corrió hacia Victoire, se la echó al hombro sin un máximo esfuerzo y, con el mismo silencio de sus hermanos, partió.

Molly y su marido se vieron y luego la puerta, preocupados.

Harry, sin saber muy bien por qué, tomó la mano de Ginny entre las suyas y la apretó con fuerza, con el corazón en un puño.

Su familia acababa de, oficialmente, separarse.

Rose y Scorpius, con un poco más de sentido común, alzaron las varitas y, rogando porque diera resultado, profirieron un leve Levicorpus y levantaron tanto a tío como a suegro en una nebulosa de depresión.

Salieron de la cámara precedidos por los cuerpos y los miembros de la orden se dispersaron entre comentarios censuradores hacia la familia Potter.

Dumbledore miró a sus subordinados McGonagall y Snape y una triste sonrisa iluminó su rostro.

Todo sucedía por una razón, ¿no?

¿Y si acaso aquel caprichoso giratiempo lo único que quería era unir una familia que, por dentro, estaba cayéndose a pedazos? Miró por el rabillo del ojo a Harry y a Ginny tomados de las manos y negó suavemente. Todavía no era tiempo de ellos de aunar sus sentimientos. Harry no era lo suficientemente maduro como para afrontar el peso que una relación amorosa de tal calibre traería para su vida. Y su vista tampoco era lo suficiente buena como para apreciar la belleza que lo rodeaba.

No, Harry tenía un largo camino por recorrer.

Igual que todos allí, al parecer.

Ginny se lanzó sobre el sofá entre desesperados gritos de melancolía a la par que terminaba de zamparse el pote de helado de chocolate más barato que pudo adquirir en la lechería de la esquina. Vio a Hermione dormida sobre un sillón, con los ojos hinchados de tanto llorar, y suspiró.

Kreacher estaba escondido en una esquina esperando a que ella terminara de comer su litro de helado, a sabiendas de que ninguna palabra la tranquilizaría. Después de todo, no existía cosa que no hubiera intentado ya para aliviar a su señora.

Ginny le sonrió afablemente y con un gesto lo llamó para que se acercara.

Llorar era estúpido.

Llorar no le traería a su familia de vuelta.

El departamento de aurores hacía todo lo que podía, así como el resto del Ministerio, pero aún el ritmo cotidiano del mundo mágico no podía ser interrumpido sólo por la ausencia de Harry Potter y su familia, y la de Ron Weasley y su familia.

Una corazonada le decía que sus hijos no estaban bien, pero sí medianamente seguros. Otra, que no se hallaban escondidos en algún lugar donde pudieran encontrarlos voluntariamente.

Y la última, que ¡llorar no le serviría para un carajo!

Así que se levantó.

Y empezó a luchar.

Agarró la varita y con un gemido de alivio revolucionó la sala de estar.

Las sábanas sucias se levantaron, los tazones de helado bailaron por los aires en dirección a la cocina y el sillón donde estaba Hermione volvió a su lugar.

Ésta no se levantó.

Se había tomado unas píldoras antidepresivas muggles, al parecer bastante fuertes.

—Kreacher, ¿Grimmauld Place no te parece ya un lugar muy complicado para nosotros? —preguntó Ginny. Kreacher sonrió.

—¿Lo piensa usted, señora? —estaba feliz de verla otra vez con ese espíritu combativo que tanto la caracterizaba.

—Mi querida familia no está ya para la Gran Ciudad, ¿no lo crees? —se inclinó hacia el elfo y lo abrazó fuertemente. —Ahora, hay que poner todo en su lugar. La señora Black se sentiría decepcionada al ver este lugar en semejante estado, ¿no? —Ginny se llevó sus manos a las caderas y cambió su holgado pijama por unos fuertes pantalones vaqueros y una camisa de franela preparada para todo tipo de trabajo duro.

—¡Claro que sí, señora Potter! —exclamó Kreacher, y se puso manos a la obra.

—Luego de esto, nuestra vida será mejor que antes, Kreacher. No lo dudes. —dijo Ginny, y alzando en el aire a una inconsciente Hermione, limpió el sillón con una sonrisa.

Bailó alrededor de la sala de estar con los ánimos renovados.

Recuperaría a su familia aunque le costara la vida misma.


¿Qué tal? ¡Ginny y Hermione cada vez se acercan más! ¿Les gustó la pelea? ¿Cómo me quedó? ¿Suficientemente largocomo para perdonarme? ¡Manden reviews si les gustó... y si no les gustó!

Acepto críticas de todo tipo. OwOU.

Att: Hinayo.