Bom dia. Okey, mucho portugués últimamente (Aunque para mi es boa tarde, pero bueh).

Lamento muchísimo la demora, pero un problema con el cap me hizo atrasarme una enormidad (No quiero culpar a Dexter, ya que si no hubiese tratado de verlo, no habría pisado mi pendrive, pero bueh).

El reescribirlo me hizo inventar cosas demás, que nunca antes se me ocurrieron. Algo bueno, aunque aún no me convence mucho la mezcla de un montón de cosas, subí de 6 mil a 10 mil palabras ¡Woh! Odio los capítulos cortos xD al menos lo míos.

Me vuelvo a disculpar y espero que sea del agrado y espera.


3.- Un Segundo Contigo

En medio del centro de la capital, se hallaba el joven lobo mirando hacia varios lados, en un intento de ver entre tanta multitud, se encontraba perdido en cierto sentido, y ¿cómo no, si ni conocía por donde se dirigía? Trató de cruzar para entrar a un local cualquiera para sacar de su mochila un artefacto metálico, era el comunicador de Peppy aunque no lo fuera a usar para eso.

Colocó el mapa, mirándolo un tiempo para volver a guardarlo y seguir caminando.

Soltó un suspiro.

- ¿Mucho caminar para ti? - Preguntó Gekko desde dentro.

- Nah, sólo que no me gusta mucho perderme. - Dijo importándole nada que alguien le mire raro por hablar "solo" por la calle.

- Por eso tendrías que haber ido en metro.

- No conozco mucho esta zona como para ir en metro. –

De pronto, un grupo de personas pasaron corriendo a un lado de Lowell empujándolo tan fuerte al punto de votarlo al suelo de la entrada de un mecánico.

- Ahora si me arrepiento no haber ido en metro. - Dijo, sobándose el trasero y su cola

- ¡Te lo dije!

- No fastidies, Gekko. –


- ¡Siguiente! –

- Hoy andas rápido, Richard. –

- No fastidies, Henry. - Dijo mirándolo feo, pero sonrió al ver el vehículo que le llegó.

- Vaya, hoy estás delicado. Mucho tiempo en esa cueva que llamas casa te hace mal. –

- ¿Qué te acabo de decir sobre fastidiarme? –

- ¿Crees que realmente me importa, viejo arreglado? –

- ¡Que no soy viejo! - Gritó, peinándose un poco su cresta, la cual estaba más corta que anoche.

- Y ¿por qué el recorte en todos lados? ¿Tienes una cita o qué? - siguió con su broma.

- No digas estupideces, sólo quería estar más cómodo. –

- Ya veo, querías ir a ver a tu nieto con buena apariencia, porque lo espantarías. –

- Claro que no. –

- Mientes. –

- Aunque fuese así, aún no sabes si es mi nieto, así que no lo llames así. –

- Que yo sepa sólo tuviste dos hijos y el menor ya debería ser un adolescente, o hasta mayor de edad. –

- Ya tiene dieciocho, el mayor treinta y seis –

- ¿Ves? ¡Demás que es hijo del mayor! –

- Como sea, déjame tranquilo y trabaja. - Dijo, colocándose unos audífonos, escuchándose hasta afuera lo fuerte de la música. De inmediato se puso a trabajar en el auto de carreras G-Zero.

- Viejo gruñón. - Bufó el caimán hasta que le llamó la atención el ruido de gente corriendo fuera del local. Vio al pequeño lobo ser empujado con brusquedad hacia el interior del mecánico. - ¿El pequeño O'Donnell? - Pensó en voz alta mientras lo veía sobarse e intentando levantarse. - ¡Eh, Richard Júnior! –

El menor volteó al reconocer la voz, dio un vistazo de reojo al otro lobo que no notó que había entrado por claras razones.

- Mi nombre es Lowell. - Dijo acercándose.

- Eso, perdón. –

- No sabía que ambos eran mecánicos. –

- No sabes ni la edad del viejo gruñón de allá. - Se burló apuntando a Richard, quien intentaba sacar una placa de vidrio rota de la cabina - Así que no creo que sepas mucho de él. –

- ¿Desde cuándo trabaja aquí? –

- Uhm... Es difícil, ya que llegó hace cinco años pero cuando viene es el caso, hoy es un milagro tenerlo aquí, en especial con tantos vehículos G-Zero que llegan. Son cosa complicada que para él no lo es. –

- ¿Es tan bueno? –

- Se puede decir, mejor que te lo diga él ¡Anciano! - Gritó realmente muy fuerte. El lobo seguía en lo suyo como si nada. - Si no responde con ese insulto, es porque realmente no escucha nada. - Dijo, envolviendo algo.

- ¿Qué hace? –

- Un pequeño regalo para llamar su atención. - Se preparó para lanzar. Pero para cuando Lowell notó la intención, ya era tarde. Henry lanzó el objeto con todas sus fuerzas, impactando a un costado de la frente de Richard. Tirándole al suelo de sopetón, rompiendo a la vez el cristal del vehículo que trataba de sacar.

El lobo se levantó furioso.

- ¡¿Qué?! - Exclamó, afirmándose como podía del vehículo, con fuego casi saliendo de su boca y ojos, bueno, así sería si para él fuera posible.

- ¡Hey! Mira quien llegó. - Dijo apuntando al niño que le miraba con algo de preocupación.

Lo miraba furioso con el ceño fruncido, vio al pequeño por un segundo antes de volver la vista al caimán con el ceño aún más fruncido. Metió sus manos en los bolsillos del pantalón, retrocediendo un poco mientras inspiraba aire. Sin quitar esa mirada.

- Hey, Richard, relájate... - Terminó en un susurro.

Lowell sólo miraba sin comprender.

El lobo exhaló el aire a la vez que atraía la pieza metálica, dándole un toque con el pie que la elevó.

- ¡Richard, espera! - Gritó Henry con desesperación.

Lowell no sabía qué hacer al ver tal reacción.

El aludido le dio una patada al objeto, impactando a un costado realmente muy cercano a la cabeza del reptil pero en el muro. Henry se desplomó al casi sentir un infarto.

Richard, en cambio, se quedó mirándolo aún enojado, pero cuando le entró un líquido rojo al ojo que le quitó la visión, se tocó notando un corte en su ceja.

- Limpia tu desastre. - Sentenció, refiriéndose a la cabina llega de cristales. Se adentró más al mecánico, pasando por una puerta.

Lowell miró un momento al reptil ante de seguir al lobo. Al pasar por la puerta lo encontró abriendo y cerrando todos los cajones.

- No, no, no, ¡No sé dónde mierda está! - Cerró un último cajón con mucha fuerza. Se limpió con el dorso de la mano, dejándose manchado con sangre. - Grandioso. - Bufó volteándose, con intenciones de ir al baño a limpiarse, pero notó al niño parado en la puerta.

- Creo que el mal temperamento es de familia. - Opinó tranquilamente. El mayor rio yendo hacia donde quería.

- Es muy probable. Debes tener una niña para saber si sólo es en hombres. –

- ¿Por qué? - Preguntó extrañado mientras lo seguía.

- Hace mucho no hay una mujer en la familia. –

- ¿Por qué? –

- Porque somos todos hombres los O'Donnell. - Entró al baño.

- ¿Por qué?

- ¡Pareces Pinocho! - Exclamó riendo. El niño sólo sonrió antes de decir.

- ¿Por qué? –

- Para. – Dijo lanzándole agua antes de limpiarse a sí mismo. – Digamos que sólo es mala suerte, yo nunca tuve una niña y mi hermana nació muerta. –

- Vaya. –

- Lo mismo digo con esta maldita herida, ese idiota de Henry tenía que ser pitcher antes. - Se quejó, limpiándose aún más.

- Se va a infectar si sigue así. - Comentó el chico entrando a ver un gabinete.

- Sería mucho más fácil si es que... – Bajó la voz cada vez más al ver como sacaba el botiquín. – Eso puede funcionar. –

Lowell se lo entregó, pero este dudoso lo abrió. Estuvo quieto por un tiempo.

- No sabe curarse, ¿verdad? – Dijo Lowell. Richard bajó la cabeza.

- No. – Dijo apenas.

- Venga. – El chico lo tomó de la muñeca, sacándolo de allí para obligarlo a sentarse en una silla. - Muérdase la lengua. – Dijo mientras hacía algo.

- ¿Por qué... ? – No pudo seguir cuando el menor le colocó un algodón en la ceja. – ¡Agh! – Le sacó la mano. – ¡No hagas eso! –

- ¡El niño aquí soy yo, no se comporte como uno! Así se va a infectar. –

- ¡Pues poniendo ácido no ayudará mucho! –

- ¡Es alcohol! ¡No sea llorón! –

- ¡No lo soy, sólo tú eres malo como enfermero! –

- ¡Eso es porque aprendí a atenderme a mí mismo y yo no lloro por estas cosas como niño a diferencia de usted! –

Ambos se callaron un momento para luego reír.

- ¿Quién te enseñó a curar tan mal? –

- No es que me enseñe mal. – Dijo Lowell, siguiendo con su labor. – La doctora Risk es muy buena en lo suyo, yo soy el cavernícola. Pues que mis manos no son para curar. –

- Ya veo. – Murmuró mirando a otro lado.

Aprovechando aquello, antes de ponerle un parche, curó por sí mismo la herida, ya que sí estaba profunda, pero la dejó a medias.

- Listo. – Dijo el chico guardando las cosas.

- ¡Al fin! - Exclamó Richard saltando como un resorte para ir a buscar unas cosas.

- Aún me pregunto quién es el niño aquí... – Murmuró. Dejando el botiquín donde antes, se puso cerca del mayor. – ¿Qué hace? –

- Busco otras herramientas, los vehículo G-Zero son tan delicados como lo son las cazas de asalto. Tienen un difusor, lo cual es mucho más potente que en vehículo ordinario. Requiere en cuidado meticuloso para que no falle y explote. –

- Ahh... - Se quedó callado.

- ¿Pensaste en lo riesgoso que sería que cualquiera le dé una mantención? –

- Sí. –

- Tranquilo, sólo un novato se equivocaría de tal forma. - Levantó la caja llena de herramientas. - O un descuidado. –

- Es mucho. –

- Eso porque esa cosa está toda destrozada. - Dejó la caja en otro lado para buscar otras cosas.

- Ya veo. - Pensó un momento. - ¿Cómo hizo eso de... ? - Comenzó a mover el pie tratando de imitarlo.

Richard rio.

- Es sólo una mezcla de soccer y karate, hace años que no hago. –

- ¿Cuánto?

- Desde la escuela. Decían que antes servía para enamorar a las mujeres ¿A ti no te lo han dicho? –

- No había escuchado algo como eso en la academia. –

- ¿Academia? ¿Te refieres a esa juvenil? –

- Exactamente. –

El mayor negó.

- De tal palo tal la astilla. – Comentó.

- ¿Jugando enamoró a mi abuela? – Preguntó curioso.

- No. – Se volteó a verlo. – ¿Acaso me preguntas para enamorar a alguna chica? –

- ¿Eh? – Se puso rojo como un tomate, comenzó a negar y cruzar las manos al frente una y otra vez. – ¡No! ¡S-Solo era una duda muy dudosa! – Richard comenzó a reírse a carcajadas. – ¡No se burle de mí! –

- No lo hago. – Mintió, sin poder parar.

- ¡Que ya! – Se quejó, cruzándose de brazos inflando las mejillas.

- Ya tranquilo. – Dijo revolviéndole el cabello para caminar a la parte frontal de la tienda, donde estaba la máquina. Lowell lo vio un momento al notar que una mano la usó para aquello, y al notar que con un brazo llevaba todas esas cosas, tenía los músculos bien marcados. Se fijó en él y luego vio su propio brazo, donde apenas y se veía el músculo natural.

- "Debería hacer más ejercicio, para estar como él a su edad..." – Pensó Lowell.

- ¿Vienes o no? – Preguntó Richard, esperando en la puerta.

- ¡Sí! –

El chico luego de un tiempo se sentó en un enorme mesón que abarcaba por toda la pared, mirando desde atrás a su abuelo trabajando con una forma tan meticulosa que lo asombraba.

- ¿Hacia dónde pensabas ir antes de terminar aquí? - Preguntó el mayor mientras trabajaba.

- Buscaba la casa de una amiga. - Respondió, rascándose una mejilla.

- Es la misma que te gusta, ¿no? – Dijo mirándolo de reojo. El chico se sonrojó hasta la nariz. – ¡Ja! Lo sabía. –

- ¡Que deje de molestarme! –

- No lo haré, eres gracioso. –

- ¡Que ya! –

- Déjame molestar a mi nieto con su... ¿Cómo se le llamará a la novia de mi nieto? ¿Nuera nieta? No, suena a mal chiste. – Pensaba más para sí, mientras Lowell estaba rojo de vergüenza.

- ¡No es mi novia! –

- Todavía. – El menor se calló de la vergüenza de pensar aquello. – Tranquilo, eres muy niño aún, después se te quitará la vergüenza, como a mí cuando comencé a salir un poquito más grande que tú. –

- Entonces ya hace tiempo cumplieron las bodas de oro. – Comentó el chico, pero el mayor volteó lentamente como de ultratumba. – ¡Me refiero desde el noviazgo! – Se apuró en decir, protegiéndose con los brazos. Pero notó algo mientras el otro volvía la vista al vehículo, un sonrojo – Mintió, usted era mucho más vergonzoso que yo a esa edad, por eso me molesta a mí. – Dijo, cruzándose de brazos.

Richard dio un respingo.

- Por supuesto que no. –

- Por supuesto que sí. –

- ¿Por qué no te enfocas en hacer lo tuyo? –

- Usted es el que está trabajando, yo sólo miró.-

- Entonces mira en silencio, que me distraes. –

Lowell suspiró.

- Pero si usted me conversa. – Murmuró. – Nota, el odio a perder es de familia. - Dijo en alto, haciendo como si anotaba aquello en su mano. El mayor lo miró de reojo y sólo sonrió al ver aquello.

Luego de un tiempo de trabajo, logró reparar todo el vehículo, sólo que la cubierta estaba aún chamuscada, rayada y bien hundida.

- Casi quedó perfecto. – Comentó el menor.

- Hey, que sea mecánico no quita que sepa arreglar el metal y pintar un vehículo. – Dijo con orgullo.

Al chico se le dibujó una cara de emoción por al fin ver algo como eso, pero de inmediato se le transformó a una de espanto cuando el mayor le lanzó unas cosas. Rápidamente las atrapó al aire, viendo que eran unas gafas protectoras y una mascarilla.

- ¿Para qué...? –

- Te vas a intoxicar con la pintura. – Explicó mientras encendía un aparato que comenzó a hacer un ruido como de aspiradora, para después colocarse lo mismo que le entregó a él. El chico estaba inseguro. – Si no te lo colocas te tendré que sacar, esta máquina no aspira al ciento por ciento. – Dijo apuntando al aparato que acababa de encender.

El chico, suspira antes de mirar a la entrada un momento, volteó al frente para sacarse las gafas y colocarse las de protección junto a la mascarilla.

- Así se hace. – Dijo antes de aplaudir con unos guantes algo polvorientos. Tomó el capó, levantándolo y, utilizando un aparato, el metal comenzó a enderezarse.

- ¡¿Para qué es?! – Preguntó a gritos, por todo el ruido.

- ¡Moldea el metal! ¡Lo funde y hace que pueda manejarlo para que solidifique! – Respondió igual. – ¡Como sigue pintado, la pintura se chamusca y huele espantoso! –

- ¡Ya veo! –

Pasó el tiempo viendo como trabajaba con esa herramienta que creaba tanto calor que hasta él notaba, al terminar sacó lo quemado desde antes y llegó la parte favorita de Lowell. Richard tomó unas cosas para pintarlo, pero cuando adhirió unas cintas para separar los colores, volteó hacia el chico.

- Lowell, ven. – Lo llamó y el chico de inmediato se colocó a su lado. – ¿Quieres? – Preguntó, sacudiendo un poco la lata de pintura. Al pequeño se le iluminaron los ojos de tal forma que el mayor entendió de inmediato, se corrió para que el chico se pudiera poner en frente del lugar que debía pintar. Lowell agradeció el hecho de su abuelo se colocará entre él y la entrada, andaba bien paranoico últimamente. – Primero asegúrate de agitar bien la lata. Segundo, mientras más cerca, más chico el área donde pintas pero se moja más, mientras más lejos más grande el área pero se vuelve cada vez más puntuado. –

- Mejor hágalo usted. - Dijo entregado de vuelta la lata.

- No te acobardes. Si te sale mal, lo arreglo sin que lo notes. –

- Pero si me acaba de decir… –

- Que no lo vas a notar te dije. – Repitió.

El menor sólo suspiró antes de intentar a su manera.

- Nada mal, ahora sigamos. – Dijo levantándose para colocar más de esa cosa adhesiva.
Lowell se pasó la mañana feliz estando con su abuelo.


- Tu casa queda muy lejos, ¿ya tienes pensado dónde almorzar? – Preguntó Richard mientras firmaba unos papeles.

- No, realmente cuando hago planes, olvido siempre el tiempo de comer. – Respondió el chico esperando sentado en el mismo mueble de antes, meciendo las piernas.

- Mal hecho. – Dejó lo que hacía, ya terminando. – ¿Quieres comer en algún lado? No soy muy bueno cocinando como para hacer algo en un lugar como éste. – Dijo, alzando los brazos.

- No se preocupe, traje dinero, me puedo comprar unas cosas de camino. –

Richard suspiró negando.

- Primero, obvio que me voy a preocupar si no te alimentas bien. Segundo, cuando alguien te ofrece comer en un local, simplemente acepta. – Pensó un segundo. – A menos que sea alguien malo. –

- Pero yo como mucho. –

- También eso, cuando alguien invita se arriesga a pagar cantidades inexactas. Sólo tranquilo, el que se debe complicar es el otro. Además en cosas de pagar no tengo problema. –

- Está bien. Igual tengo mucha hambre. – Confesó antes de que su estómago comience a rugir.

- Deja hago unas cosas y vamos. –


- ¿Así que no te gusta la escuela porque es muy estricta pero una academia sí? - Preguntó Richard mientras ambos comían.

– Exactamente. - Asintió. El mayor lo miró un momento antes de colocar la mano en la frente del chico.

– ¿Seguro que amaneciste bien? –

- ¿Tan loco sueno? –

- Algo. –

- La escuela educa y forma personas, una academia crea soldados. Al menos a la segunda le encuentro un sentido para que sean tan estrictos. –

- Te pareces a tu padre hasta en la forma de opinar. – El chico lo miró. – Siempre se quejaba de un profesor y decía que mejor hiciera clases en una academia. –

- ¿Pero mi papá no había ido a la misma academia que yo? –

- Si, sólo que después se inscribió. Él solito. Cuando nos enteramos era cuando teníamos que cargar las maletas, por así decirlo. –

- ¿Solito? ¿Era igual de pequeño que yo? –

- Apenas cumplió once años. Era el menor y gracias a él comenzaron a aceptar a chicos de menos edad. Aunque por bocas he escuchado que ahora aceptan niñas. –

- Mis dos mejores amigas son de la academia. Bueno, todos mis amigos son de la academia. –

- ¿Y cuál de esas dos niñas es tu novia? –

- ¡Sarah no es mi novia! –

- Pero quisieras. – El menor no dijo nada, pero su rostro totalmente rojo. – Te atrapé. –

Se quedó observando como el menor miraba hacia otro lado un momento para luego comer con más ganas.

- Sabía que comprar el "todo lo que puedas comer" te serviría. – Comentó el mayor al ver una cabecita entre un montón de platos amontonado. – El dueño debe sufrir al ver todo esto. –

- Ese es el riesgo de esa famosa oferta. – Comentó el chico dejando el plato entre los demás y se fue a buscar más comida.

Richard se le quedó mirando un momento, mientras dos personas llegaban para llevarse los platos. El niño volvió con un plato de sopa con fideos.

- Tío hace mejor. – Musitó comiendo, así entendiéndosele realmente casi nada. Levantó la vista, encontrándose con la mirada del mayor puesta en él pero sin realmente mirarlo, notaba que estaba distraído. – ¿Ocurre algo? – Preguntó, haciendo que sacuda la cabeza.

- Solo pensaba. – Miró hacia otro lado. Apoyando la mejilla sobre su puño.

- ¿En qué? – Preguntó con curiosidad. El mayor lo miró de reojo un momento para suspirar.

- Solo… sí tu tío comía algo. – El niño no dijo nada, bajando la vista. - ¿Qué sucede? – Preguntó preocupado. Lowell lo miró, notando que su tono y su mirada no representaban lo mismo, sus ojos gritaban pánico.

- No se preocupe, lo que realmente quiero decir es que no tengo ni idea, pero de seguro que está comiendo igual que yo. –

- Nadie come como tú. – Dijo riendo. Suspiró para pensar un momento algo. – ¿No sabes… dónde… ? –

- Lo siento, pero sólo recuerdo lo sucedido desde hace un año. Antes de despertar en el hospital nada, ni siquiera cuando el Señor Peppy y los demás me encontraran en Venom. Aunque bueno, casi nada. Recuerdo muy pocas cosas, a veces sólo las voces de cosas que viví junto a mi tío, pero lo que más recuerdo es... – Se calló por tristeza, resentimiento pero más que nada miedo, miedo por lastimar al hombre a su lado. Quizás lo lastimaba más escuchar la muerte su hijo por boca de su nieto, que su propio caso ser el hijo del muerto y haberlo visto. Era un niño y no sabía lo que era ser padre, pero conocía los pensamientos por boca de los mayores que perder un hijo era desgarrador. Hasta el propio dicho de que los padres deben morir antes que los hijos. Simplemente no se atrevió y agachó la cabeza. Sintió una mano acariciando su cabello. Levantó la mirada con curiosidad, encontrándose con una sonrisa de su abuelo.

– Tranquilo, si no quieres no te obligues. – El menor asintió para seguir comiendo. – ¿Sabes dónde queda la casa de tu amiga? – Preguntó al recién pensar en aquello.

- Me ubico un poco. –

- Eso no me sirve. – Buscó algo en sus bolsillos, sacó un artefacto parecido a un cubo.

- ¿Qué es eso? –

- Un pequeño juguete. – Dijo antes de presionar un botón. Un holograma se creó, mostrando un mapa de la ciudad.

- Wow, que útil. – Murmuró el chico, moviendo el mapa.

- Puedes hacer muchas cosas, pero ahora trata de buscar hacia donde te diriges. – Le dejó el cubo sobre la mesa y el chico en nada lo encontró. Eso sigue quedando algo lejos, si sigues a pie llegaras bien tarde. Mejor toma el metro y un bus. – Hizo algo y de pronto se marcaron unos puntos en el mapa. – Ahí ves dónde tomar cada cosa que necesites. A menos que quieras que te lleve. –

- No es necesario, no me usará de excusa para dejar el trabajo de lado. – Lo pensó un momento. – Espere… ¿conduce? –

- ¿Acaso estoy muy viejo? – Frunció el ceño.

- ¡Solo era una duda, no se enoje! – Aclaró apresurado.

- Está bien, está bien. – Dijo, levantándose. El menor lo siguió, saliendo así ambos del lugar. – Ahora que lo pienso, yo no necesito trabajar… -

- No gracias, puedo ir yo solo. – Lo interrumpió con voz robótica, como si ya tuviera esa respuesta preparada de antemano.

- Bueno, échame nomas. Al cabo que ni quería. – Soltó, cruzándose de brazos.

- No se ponga llorón otra vez. – Richard lo miró con los ojos entrecerrados un momento para después sostenerlo por los hombros para hacerle coscorrones en la cabeza.

- No fastidies a tu abuelo. – Advirtió. Lowell intentó liberarse.

- ¡Suelte, suelte! ¡Suelte! – Dijo sonriendo.

Richard sonrió con malicia. Se detuvo pero cambió a aprisionarlo con los brazos para hacerle cosquillas.

- ¡No! ¡Me voy a hacer pipí! – Rogó entre risas. El mayor al fin lo dejó libre y Lowell, como pudo, se sostuvo en una banca a regular su respiración.

- Una cosa. Nada viene solo, pero sí a su tiempo. No dudes, cuando el momento llegue solo actúa y da lo mejor para conseguirlo. –

Lowell lo miró.

- ¿Quién decía eso? –

- Un gran hombre. – Dijo con melancolía. – Ve con cuidado. –

- Igualmente. –

Richard se alejó mientras el chico se le quedaba mirando un momento la espalda. Volteó hacia el suelo antes de seguir su camino

Por su parte, el mayor simplemente siguió caminando, hasta llegar a una vitrina. Se miró el parche sobre la ceja, dirigiendo su mano hacia esa zona para retirarlo, encontrándose con la herida mucho más pequeña de lo que recordaba. Sonrió.

- Es igualito a su madre. –


El lobato caminaba entre la multitud con la cabeza baja, pegado mirando el mapa del holograma.

- Oh, claro. Yo te aviso cuando se te atraviese un muro mientras tú miras al maldito suelo, Lowell – Dijo Gekko.

- No te quejes, ¿quieres? Intento saber dónde estamos. – Respondió el chico, sin importarle como lo vieran.

- No, me quejo porque quiero.

- ¿Puedes vivir más tiempo que yo y te quejas porque te quito unos minutos de siesta por entender mejor este mapa? –

- No es por la siesta, eso solo me ayuda que tantos años pasen más rápido. Además que ver como un niño se la pasa enamorado y demás cosas de tu edad no me interesan. -

- ¡Hey! –

- No te acostumbres a que te ayude en todo, no es bueno que dependan de mí. –

- Muy tarde, creo que es algo natural. –

- Ponme atención, Lowell, en serio debes dejar de depender de mí. –

A la vez que un chirrido sonó, el chico saltó automáticamente tan alto que al caer, hundió el capó del vehículo.

El menor se encontraba estático ante tan repentina impresión.

- Creo que mejor sigo dependiente de ti. –

Cuando el claxon sonó, volvió a la realidad, notando al gran círculo de personas que se encontraban mirándolo.

- Grandioso. –

- Así se hace, Lowell. Sin llamar la atención. –

- Déjame. –

Se bajó para irse a paso rápido del lugar. Caminó unas cuadras con apuro, cerciorándose de que nadie lo siguiera.

- "¿Tú que dices Gekko?" – Preguntó.

- A ver, detente un momento sin ser obvio. – Ordenó el albino.

- "Bien." – El chico justo se acercó a un vendedor ambulante, de esos de algodones de azúcar, algo que tomaba tiempo. – "¿Y bien?" – Preguntó con algo de desesperación.

- Es muy evidente cuando una fuente de calor se detiene de tal forma. – Comentó.

- "Eso no me relaja en lo absoluto." – Pensó el menor.

- Te recomiendo que entres al metro cuando estés cerca. De manera inesperada. Nada te dice que solo sea una persona. –

- Gracias. – Dijo el chico al recibir de algodón. Se fue comiéndolo algo rápido. Ya llegando a la altura de la estación, notó que también había un basurero cerca, entonces apuró un poco el paso para ir a botar la varilla, entonces, de un momento a otro, se lanzó a la calle corriendo y sí, saltando encima de un carro con el que estaba por chocar. – No sé cómo carajos he hecho eso y por ahora no lo quiero saber. – Dijo Lowell aun con adrenalina aun corriendo por todos lados.

- Sí, comenzó a correr como un loco ahora que entraste. – Dijo Gekko. El de pelaje oscuro no le prestó mucha atención, ya que pasó su tarjeta rápidamente y bajó las escaleras de una manera olímpica para subirse al metro.

- "¡Al fin!" – Pensó. Se metió entre la gente y, para su sorpresa, se hallaba un asiento vacío al lado de un adulto con gorro de gánster. Solo atinó a sentarse allí para cubrirse entre el muro de gente y el hombre que al parecer dormía. Un escalofrío lo recorrió, pero no se detuvo. Se quitó la chaqueta y de su mochila sacó otra para sustituirla, también notó que no se había colocado las gafas que llevaba encajada en el cuello de la playera. Comenzó a cambiarse para después levantarse y caminar por los vagones. – "Pareciera que ya estabas acostumbrado a escapar, Gekko."

- El pelaje blanco era demasiado llamativo en mi época, ¿sabes? – Fue lo único que dijo.

Lowell se bajó en la estación que le quedaba cerca para la casa de Sarah. Guardó las manos en los bolsillos de la sudadera, también había escondido su cola, entre la espalda y su ropa, descartando que se le vea un tumor gracias a la mochila. Al salir al aire fresco, caminó al parque y se detuvo bajo un árbol, a ver todo con más calma. Recordó lo último que le dijo su abuelo. Lo sintió sumamente cercano. Ya se imaginaba en dónde lo habría escuchado y prefirió no seguir pensándolo, le daba algo de nostalgia que no le gustaba, aunque la mirada de su abuelo siempre estaba así, melancólica.


Lowell se mantenía mirando al frente, se encontraba en medio de la vereda, casi sin intenciones de acercarse más a la propiedad

- ¿Cuánto más piensas estar parado aquí como idiota, Lowell? – Preguntó el albino, con hartazgo

- Cuando me salga valor. –

- Te van a salir raíces a este paso. –

- Problema no tengo en crear un bosque. –

- Oh, como si lo hicieras tú ¿Sabes lo complicado que es ocuparme de ti y ahora quieres que te vuelva árbol? Ese proceso de animal a vegetal es tan complicado como… Ahora que lo digo, nunca se me había ocurrido hacer aquello, quizás con eso ¡al fin te quedes quieto de una vez! – Exclamó esto último con fastidio.

- Creo que desde ahora amo más mis piernas. – Dijo antes de caminar a la propiedad.

- La ventana, es la de la izquierda. – Informó Gekko.

- Eso es mucho mejor. – Comentó, desviando su camino hacia un árbol, el cual comenzó a escalar hasta llegar a una rama en que logró sentarse, tomó un par de frutos para poder lanzarlos a la ventana. Vio que la cortina se corría un poco al costado, sabiendo que ella miraba por allí. La chica se colocó en frente de la ventana y la abrió de par en par.

- ¡Hey! – Saludó él.

- Hola. – Le devolvió el saludo sonriendo. - ¿Qué haces allí? –

- Me espanta tu padre. – Confesó, apenado. Ella se apartó de la ventana, dándole paso. Él saltó dentro, sin problemas

- ¿Cómo llegaste aquí? –

- Memoricé tu ubicación, la otra vez que me mostraste. –

- Es irónico, tienes amnesia pero tu memoria es tan buena, ni siquiera te equivocaste de casa. –

- Lo sé. – Volteó un momento viendo la puerta. – Okey, ha pasado un tiempo y tu padre no llega. Estoy a salvo. -

- Mi padre es Coronel, así que no pasa mucho tiempo en casa. – Explicó ella, él le miró incrédulo.

- Sí lo hubiese sabido antes habría entrado como un ser normal. –

- Si lo fueses, no harías que todo sea más divertido. –

- Gracias. – Sonrió pero de pronto algo le llamó la atención. Se tiró al suelo y se arrastró bajo la cama para salir por el otro extremo, o al menos parte. Sarah rio ante ello, se subió a su cama, recostándose boca abajo, a un lado del chico. - ¿Qué es esto? –

- Metal Gear Solid 3. – Explicó, él volteó a ver la caja atentamente. - ¿Te recuerda a algo? –

- Me recuerda a otro lado, donde lo jugaban, creo que era muy difícil para que yo juegue. –

- Es de ser paciente, además de es largo. –

- Como niño pequeño probablemente me lanzaba al ataque. – Sonrió para sí mismo. – ¿Había un personaje llamado Little Boss? –

- Big Boss. – Corrigió. – Es el de la caja, Naked Snake. –

- Ya veo. –

- ¡Sarah, a comer! – Se escuchó desde la primera planta.

- ¡Voy mamá! – Respondió. – ¿Quieres comer? –

- Este… -

- Lo tomo como un sí. – Se levantó.

- Tu mamá se va a espantar al verme. – Excusó él, ella lo tomó de la mano, levantándolo de un tirón.

- No se sorprende tan fácil. – Caminó fuera de su cuarto, yendo hacia la escalera, él la siguió.

- ¿Y si fuera un ladrón? –

- Ya sucedió, pero te digo que todo lo que tenga al alcance lo vuelve un arma. –

- ¡Ahora sí, témele a la suegra! – Exclamó Gekko riendo.

- "¡Déjame!" – Pensó rojo.

Ya en la primera planta, él comenzó a caminar más lento. Cuando Sarah entró a la cocina se tuvo que devolver al notar que no tenía quien le siguiera. Encontró al chico escondido tras el muro.

- Ven aquí. – Lo tomó del brazo, tirándolo hacia dentro. Lowell se cubrió el rostro con su mano. - ¿Qué haces? –

- Soy un poste. –

- Los postes no hablan. –

- Yo sí. –

La madre de la chica se acercó al niño, se agachó a la altura de él, tomando sus manos para descubrirle el rostro.

- Así que tú eres Lowell, en un honor conocerte, Sarah me ha hablado mucho de ti. – Saludó amable, él quedó anonadado.

- ¡Mamá! – Exclamó la chica avergonzada.

- Mi nombre es Zanya Shield. – Ignoró a su hija, sabiendo que él era el niño que a ella le gustaba.

- Un gusto, igualmente. – Dijo mirando hacia otro lado con el rabillo del ojo, algo sonrojado.

- Vayan a sentarse, de inmediato les sirvo. – dijo, volviendo a la estufa. Ambos le hicieron caso, sentándose en la barra del desayunador.

- Te dije. – Susurró ella.

- ¿De dónde es tu mamá? – Preguntó, hablando igual de bajo para crear una conversación más interna.

- ¿Por qué lo preguntas? –

- Nombre. – Mintió, realmente le llamaba la atención su pelaje blanco y ojos idénticos a los de su amiga.

- Es de Fortuna al igual que yo. –

- Ya veo. –

La mujer le dejó los platos a los dos, Sarah comenzó a comer mientras Lowell notaba que la mayor se quedaba sentada frente ellos.

- ¿Por qué no come? – Preguntó, apenado por pensar que le quitó la comida.

- Yo espero a mi marido para comer. –

- Pero a veces mi papá se pasa con tardar. –

- Entiendo. –

Golpearon la puerta, provocando un respingo en el chico, quien de inmediato comenzó a comer rápidamente.

- ¡Mi papá tiene llaves! – Exclamó la chica antes de reír, su madre solo sonrió antes de levantarse.

- Si a señor Peppy se le quedaron las llaves en el trabajo, todo adulto toca la puerta. – Dijo con las mejillas llenas para seguir comiendo.

Una felina se asomó por la cocina, mirando a la pareja con una sonrisa traviesa y una ceja arcada.

- ¿Los dos juntos tan temprano? Esto me huele raro. – Comentó, acercándose.

- Por si no lo has notado, ya es de tarde. –

- Es no importa, con lo despistado que eres era casi seguro que no visitaras a tu novia en al menos una semana. –

Ambos lobos miraron de forma severa a la felina, la cual solo les sacó la lengua.

- ¿Novios? – Preguntó extrañada la madre de Sarah. Ambos se sonrojaron fuertemente, negando de una manera veloz, claro que el chico era el más alterado y expresivo, sacudiendo hasta las manos.

- Son tal para cual, ¿no, tía? – Dijo Alice, avivando más el fuego. El chico tosió.

- ¿A qué has venido, Alice? – Cuestionó Sarah, para cambiar de tema.

- A invitarte a mi casa, pero al parecer me salió equipaje extra. – Explicó mirando al final al lobato.

- Con decirme estorbo basta. –

- Más bien me quedo corta. – Le sacó la lengua.

- No te tiro nada porque no quiero malgastar la comida. –

- Tía, ¿Sarah puede ir a jugar a mi casa? –

- ¡No me ignores! – Exclamó Lowell

- Calla, mosquito. – Le cubrió la cara con la mano, apartándolo.

- Por supuesto. – Dijo la mujer. La felina empujó al chico contra la mesa.

- Apura que al fin tengo la consola toda la tarde para mí. – Le dijo a su amiga, antes salir de la cocina.

- Mi cuello… - Murmuró Lowell, sobándose en la zona.

- Vamos, sino Alice te dejará atrás. – Dijo ella, comiendo rápido.


Las chicas iban hablando de sus cosas, mientras Lowell solo caminaba a su lado en silencio cuando de pronto notó algo extraño.

- ¿Quién es tan confiado para dejar la puerta abierta completamente? – Comentó mirando extrañado a la casa.

- Mis padres pueden hasta dejar las llaves puestas en el auto pero nunca la puerta abierta. – Murmuró Alice antes de ir corriendo.

Ambos lobatos se miraron antes de seguir a su amiga, solo que Lowell logró hasta sobrepasar a la felina, entrando de inmediato hasta la sala. Notó una figura frente suyo, grande. Analizando lo más rápido posible, soltó una fuerte patada a la entrepierna del sujeto, aliviándose al acertar a lo que creyó, al ladrón que tenía a un niño de rehén. Sintió a las niñas llegar al mismo tiempo que sentía un cañón rozando los pelos de su oreja. Apenas volteó a mirar al otro sujeto que por desgracia no se había percatado de antemano. Colocó al pequeño gato amarillo que se encontraba tieso de espanto, atrás suyo.

- Ya hay demasiada gente bajo este techo. – Dijo el tipo. – Además golpeaste tan fuerte a mi compañero que lo dejaste nocaut. Eso fue un truco sucio. –

- Y es aún más sucio tomar un rehén. –

- Tienes valor de hablar de esa forma a quién te apunta con un arma. –

- No eres el primero ni tampoco el segundo. –

- Pero podría ser el último. –

- En tu lugar, no lo haría. Disparar un arma ya es su tiempo tras las rejas, imagina lo que sería por matar a alguien. Me han dicho que la cárcel para jóvenes como tú no es para nada bonito. -

- No te pongas a hablar estupideces, niño estúpido, apenas y tienes unos diez años. – Empuñó mejor el arma.

- Al fin alguien que no se sale de sus casillas cuando yo hablo. – Sus ojos brillaron.

El disparo se soltó, una pared de fuego se desprendió de la palma del chico hasta lograr que el maleante suelte el arma para alejarse lo más posible de quemarse. Solo perdió un momento el equilibrio.

- ¡Lowell! – Gritaron ambas niñas aterradas.

- ¿Eh? – El lobato sintió una humedad en su pecho antes de irse de espalda. – ¡Gah! – Exclamó, apretando con una mano la herida.

- ¡Lowell! – Exclamó Sarah antes de correr a sostenerlo.

Alice buscó el teléfono, mientras su padre retenía al ladrón que no se resistía o siquiera salía del shock.

- Voy a llamar una ambulancia. – Dijo la felina.

- No… no quiero ir a un hospital, Alice. – Se quejó. Comenzó a cerrar los ojos, desmayándose.

- Que se enoje de por vida, pero que ni crea que no llamaré después de eso. – Expresó la chica marcando.

- Si Lowell no quiere ir, no irá. – Se escuchó una voz grave salir del chico. Ambas los miraron notando algo extraño en su rostro.

- ¿Gekko? – Preguntó extrañada la loba.

- ¿Quién más, tonta? – Respondió enojado, intentando alejarse de ella.

- No sé, Lowell quizás. – Soltó sarcástica, rodando los ojos. El chico soltó un quejido. – Deja de moverte. –

- A mí no me mandes. – Se sentó como pudo. - Debo sacar esta cosa… -

- Mejor deja que médicos se encarguen bien de eso. – Dijo Alice.

- Sí que eres estúpida ¡Por esperar con una bala dentro, el tío de Lowell murió, no dejaré que eso se repita! – Se rasgó la ropa. Creó una esfera de fuego y la introdujo dentro. Se comenzó a sentir un fuerte olor a metal quemado. No demoró mucho en salir el pequeño trozo metálico que era envuelto por una llama. El chico la tomó, observándola bien antes de soltar una leve sonrisa. – Es normal. – Musitó antes de que sus ojos se volvieran blancos.

Se desmayó nuevamente.

- Ahora habrá que cargarlo. – Dijo Alice, suspirando mientras negaba, dejando el teléfono donde estaba.


Lowell se encontraba sentado en una silla, mecía sus pies que quedaban colgando por su pequeño tamaño. Todo el tiempo manteniendo la mirada clavada en el suelo. Se escuchaba un llanto cercano y un aire frío en el lugar. Escuchó una puerta deslizarse, el sollozo se debilitó para después oírse a esa misma persona salir corriendo. La puerta se cerró.

- ¿Y? - Se escuchó decir de una voz algo chillona y con tono nasal, luego de un momento de silencio.

- Ya llegó a todo su sistema. No tengo muestra alguna así que creo que es mejor que se despida. – Respondió un hombre mayor.

El pequeño oyó unos pasos acercarse a él, sintió como éste lo levantaba en brazos, él solo lo abrazó por respuesta, apoyando su cabeza en el hombro. Unos pitillos lentos se sintieron más cercanos. Lowell, por fin, volteó a ver, tornándose todo en penumbras. De pronto un pitillo sonó fuerte y contínuo, provocando que el chico se despierte de un sobresalto.

Su respiración era agitada. Se encontraba mirando hacia una pared, la cual estaba iluminada aunque el cuarto estaba mayoritariamente a oscuras. Volteó, encontrándose a Sarah sentada en la silla del escritorio, estando otra al lado, vacía

- Al fin despiertas. – Comentó ella.

- ¿Tanto dormí? – Preguntó levantándose un poco, apoyando las manos atrás para sostenerse.

- Solo alcanzamos a ver una película larga, no dormiste tanto como la vez anterior. – Dijo Alice, apareciendo en el umbral de la puerta, traía un enorme bol con palomitas de maíz. - Ahora pensábamos ver otra, pero como despertaste tendré que traer más comida. – Dijo pasando para dejar las palomitas en el escritorio. – Por cierto, cúbrete de una vez. – Salió.

- ¡Gah! – Exclamó el chico al verse con la chaqueta abierta y sin nada debajo. La cerró de inmediato, avergonzado. - ¿Qué ocurrió después de desmayarme? –

- Gekko apareció, te quitó la bala. Luego igual se desmayó y hubo que vendarte. – Dijo sacando el trozo metálico, para mostrárselo al chico.

- Wow, y esta cosa tan pequeña me dolió como el infierno. – Comentó tomándolo. – Yo me esperaba un disparo láser no el de una bala común, sino lo hubiera detenido. Al parecer le debo mucho a Gekko y, ¿quién me vendó? –

- Siendo franca, Alice es la que sabe de primeros auxilios, prácticamente hizo todo. –

- Aun así gracias por haberla ayudado. – Dijo el chico, Sarah se sonrojó fuertemente.

- Esas miradas. Ustedes sí que aprovechan que yo no estoy. – Dijo Alice, volviendo a interrumpir.

- ¿Puedes dejarnos tranquilos alguna vez? – Suplicó Lowell.

- Nunca. – Dijo sentándose cerca de ellos. – ¿De qué será la película? –

- Una de acción o nos dormiremos. – Dijo la loba.

- No hay problema. –

Alice había colocado el proyector para ver la película entre todos, mientras los otros dos se acomodaban en la cama. Lowell sacó las almohadas de la chica para cada uno apoyarse contra la pared.

- Lindas cubiertas de vampiros. –

- ¿Verdad? – Preguntó la chica alegre.

- Claro. – Respondió sarcástico.

Todos se acomodaron, Sarah quedando en medio. Apenas iban los créditos iniciales cuando se escuchó unas pisadas rápidas acercarse.

- ¡Alice! – Exclamó el leopardo, lanzándose a la cama. Los tres se quejaron al recibirlo sobre sus piernas.

- ¡Jack! – Regañó su hermana.

- Lo siento. – Se disculpó el niño antes de alzar la vista. – Oh, hola, Lowalo. – Saludó alegre, pero su hermana lo empujó, haciendo que ruede hasta caerse al suelo. – ¡Ah! –

Sarah se inclinó para ver al chico.

- ¿Qué querías, Jack? – Preguntó amable, el chico se levantó alegre.

- Tú sí me quieres. – Miró a sus manos, haciendo notar que todo el tiempo había traído una cámara de video. – Cuando ocurrió lo de abajo, había olvidado que dejé la cámara encendida y grave algo fantástico. – Se sentó frente a los demás. El resto se acomodó, viendo como partía el video mostrando que Jack dejaba la cámara en una mesa, captando como en nada de tiempo aparecían los dos tipos, uno alcanzando a sostener a un pequeño gato, mientras el otro, ante esto, se fue a revisar a otro lado. No pasó mucho cuando el lobato dio, lanzando a diestra y siniestra, una patada al punto débil masculino.

- Auch, acaba de dejarlo estéril. – Comentó Alice.

- Ahora lo compadezco. – Dijo cubriéndose la entre pierna, pensando en el dolor.

- Miren esta parte. – Interrumpió Jack.

Colocaron atención, viendo al lobato hablar con el ladrón, a la vez que Lowell creaba una gran masa de fuego, el otro soltaba un disparo que travesó las llamas. El mayor se agachó, asustado, en cambio el cuerpo de Lowell se veía perder el equilibrio un poco cuando sus ropas comenzaron a teñirse de rojo, gritando las chicas en ese momento. El chico se desvaneció, cayendo de espaldas.

- ¡¿Vieron el tamaño de esa cosa?! – Exclamó Jack, fascinado. – ¡Era enorme! –

- Jack, se te escucha bien, no hay porqué gritar. – Aclaró su hermana.

Sarah, entre todo esto notó como el de ojos escarlata se mantenía con la mirada fija en el video, rascándose inconscientemente donde se había herido.

- ¿Qué sucede? – Preguntó ella.

- ¿Soy yo o entre las llamas se crea una silueta? – Preguntó rascándose, ahora, la quijada sin dejar de mirar la pantalla.

- Yo solo veo una llama. – Dijo el felino, al igual que su hermana.

- A mi parece ver la silueta de un chico de nuestra edad. – Dijo Sarah, su amiga la miró extrañada antes de volver a mirar el video.

- ¿No será tu misma silueta, Lowell? –

- A mí no me mires, fue una suerte que esa llamarada saliera cuando yo quise. – Se defendió, alzando los hombros. Volteó a mirar al felino. – Jack ¿Puedes copiar ese video? –

- Está bien. – Dijo apagando la cámara. El chico desapareció del umbral para en nada volver a aparecer, mirando hacia otro lado, hizo un gesto con la mano y de pronto una pequeña cabecita se asomó en la habitación. El pequeño gato amarillo se plantó en frente de la puerta, caminó a paso rápido hasta quedar frente a Lowell y subirse para quedar a su altura, ya que el felino era bien pequeño.

- Gracias por salvarme. – Agradeció con una vocecita chillona.

- No hay de qué. –

- Y dime. – Se acercó más, haciendo que el lobato se tire hacia atrás hasta chocar contra el muro. - ¿Cómo puedes tirar fuego? ¿Acaso traes un incinerador o es una habilidad? Y si fuera así, ¿eres como los mutantes nacidos o adquiriste un poder como el hombre araña? ¿Tienes más habilidades? ¿Puedes volar, controlar cosas, tele-transportarte? ¿Tienes disfraz? – Con cada pregunta comenzó a acercarse más al mayor, el cual comenzaba a colocarse cada vez más incómodo hasta que no lo soportó.

- ¡Alice! – Gritó desesperado. La chica saltó a su rescate.

- Te dieron muchos dulces hoy. – Dijo ella, levantando al infante en brazos.

- Solo comí siete barras de chocolate, tres paletas, y una bolsa con bastones de navidad. – Explicó mientras se iba, siendo cargado.

- Hora de caricaturas. – Anunció la mayor mientras se lo llevaba fuera de la habitación.

- ¡Sí! – Exclamó el pequeño alzando los bracitos de alegría.

- ¿Cómo un niño de cuatro años habla tanto y tan bien? – Se preguntó Sarah en voz alta, viendo como esos dos felinos desaparecían.

- No quiero saber. – Dijo Lowell, tirado como podía en la cama, tenía los ojos cerrados y se hacía medio muerto con la lengua afuera.

Alice no tardó en volver.

- Alice, ¿por qué hay tanta gente tu casa? – Preguntó Sarah.

- Tienes razón, no lo había notado. – Dijo Lowell enderezándose.

La felina suspiró, tomando un álbum para sentarse en la cama.

- Somos seis en la familia. – Explicó, mostrando las pajinas y apuntando a una foto entre ellas. – Somos dos hermanas mayores y luego los dos niños, Jack y yo somos los hermanos de al medio. –

- Que extraño es tener tres hermanos. –

- Divierte mucho, además somos todos diferentes. Kathe y Fernan son iguales a mis abuelos maternos y Jack junto conmigo a mis abuelos paternos. – Apuntó a unas fotografías más antiguas. –

- Son idénticos. – Dijo chico asombrado.

- Tu abuelo fue militar. – Dijo Sarah, notando el uniforme del hombre que se parecía al leopardo.

- Jack de viejo. – Se burló Lowell.

- Sí, era el mano derecha de… -

- ¡¿Estás hablando del abuelo, Alice?! – Gritó el niño, asomándose al cuarto.

- No, Jack. – Mintió ella, rodando los ojos, pero el chico corrió para sentarse al lado de su hermana, o más bien sobre ella, ya que no la lograba empujar.

- ¡El abuelo era genial! Desde niño su familia lo abandonó pero él salió adelante, cambió su apellido y se volvió militar. Ascendió de una manera impresionante y se volvió la mano derecha del General. –

- ¿El General Pepper? – Preguntó el lobato.

- No. – Respondió el menor, quitándole el álbum a su hermana, cambiando de página. – El que tiene uniforme de general es un lobo oscuro. –

- Jack, ese uniforme no es rojo. – Recordó Sarah, ya que todos sabían que el uniforme de los militares era verde y el del General era rojo.

- Eso es porque él tiene el rango más alto, hay un rango después del General de la Armada que es Capitán General, un título que normalmente está inactiva y cuando segaña es el mayor honor en la milicia. Hay muy pocas personas en la historia que lo han recibido, en especial sin que sea un dictador. –

- ¿Y cómo se llama? – Preguntó Lowell, fascinado.

- Ni idea. – Soltó sonriéndote. Todos se desequilibraron.

- ¡¿Cómo sabes todo de la historia menos algo tan importante?! – Exclamó el lobo. Jack se cubrió la cabeza.

- No te enojes. – Dijo poniendo cara triste. – No es mi culpa que él muriera tan pronto. – Se fue corriendo.

Sarah tomó el álbum que el niño dejó.

- Siempre se deprime por eso. – Informó Alice, sentándose lista para ver la película. – Aunque realmente llora al ver las historias de los soldados de los videojuegos. – Agregó.

- Hasta un General de hace veintiséis años tenía tu peinado, Lowell. – Apuntó Sarah.

Los dos miraron y fue Alice quien se rio.

- Otro tonto con mal gusto. –

- ¡Déjame! – Exclamó él.

- ¡No! –

- ¡Las palomitas deben de estar frías! – Exclamó Sarah, para calmarlos, lo cual funcionó.

- Yo apago la luz. – Dijo Lowell y apuntó a su mejor amiga. – Tú dale play a esta cosa apocalíptica. –


Después de la película, las chicas se pusieron a jugar videojuegos como era el plan principal. A pesar de ser cooperativo, al chico le impresionaba que las mismas ganas con las que ambas competían ahora se ayudaban de una manera veloz.

- ¿Alguna quiere tomar un respiro? Es gratis. – Se burló él.

- Te golpearía ahora pero no tengo nada a mano. – Dijo Alice sin despegar la mirada de la pantalla.

- Y dicen que nosotros somos los enfermos en esto. – Se recostó en la cama.

Sonó el timbre y luego la puerta principal abrirse.

- ¡Sarah! – Se escuchó llamar una voz de un hombre desde abajo. Lowell sintió un escalofrío recorrer por toda su espalda.

- ¡Voy, papá! – Respondió la aludida. Ambas dejaron los controles en el suelo, resignadas a no poder jugar más.

- ¡Chao, cualquier cosa dile que ya no existo! – Exclamó el lobato escondiéndose en un segundo bajo la cama.

- Ese valor de macho que tienes. – Se burló la felina.

- Prefiero ser cobarde a huevo frito. – Asomó un momento la cabeza para volver a ocultarse. Alice rodó los ojos, lo tomó de los tobillos y de un tirón lo arrastró fuera de allí.

- Al menos despídete, descortés. – Se quejó la felina.

El chico se levantó, se despidió dándole un beso en la mejilla a Sarah y se volvió a esconder, por tercera vez.

La loba solo miró a su amiga, levantando sus hombros con una sonrisa y un sonrojo adornando su rostro, Lowell era así y nada lo iba a cambiar. Se dio la vuelta, despidiéndose con una mano para bajar al primer piso.

El lobato salió de su escondite, corriendo hacia la ventana que daba a la entrada de la casa, Alice negó colocándose a su lado.

- Wow, se parece mucho a su papá. Es como si la madre de ella la pintaran con los colores de él. – Dijo Alice antes de voltear a ver al lobato a su lado.

- Yo solo veo que es gigante. – Dijo agachándose, provocando que parte de su rostro se escondiera con el muro.

- No exageres. – Lo galoneó hacia ella, para agarrarlo con ambas manos comenzando a sacudirlo con fuerza. El cerebro le rebotaba en su cráneo por tanto movimiento. – ¿Con ese valor vas a pedir la mano de Sarah cuando grande? No puede ser cierto que te asuste tu suegro. – Se detuvo.

- Por supuesto que… - Se calló cuando su cerebro se volvió a conectar, notando lo que iba a decir. Se sonrojó. – Sí, me asusta su padre porque son unos celosos castradores. –

- Mi padre no es así. –

- Él es la excepción y ¡va a mirar hacia acá! – Exclamó antes de agacharse completamente.

Alice miró por la ventana, observando a su amiga despedirse con la mano y de inmediato al padre de ella mirar hacia allí.

- Al menos en eso tuviste razón ¡oh, ya se entró al auto! – Dijo antes de levantar al lobato por las ropas para colocarlo de pie sobre la ventana. Así despidiéndose ambos de Sarah.

- ¡Ah, me vió! – Exclamó tirándose al suelo. - ¡Estoy muerto! –

- Ya deja de exagerar. – Se sentó encima de la espalda de él.

- ¡Ah! ¡Me muero! –

- ¡Sobre Lowalo! –

- ¡Ni lo sueñes, Jack! –

- ¡Lowell! – Se escuchó desde bajo las escaleras.

- Te salvó la campana. – Dijo la felina, levantándose. Lowell hizo igual suspirando.

- Nos vemos uno de estos días. – Tomó su mochila, cargándola en su hombro.

Alice se plantó frente él.

- Te corrijo, nos vemos en unos días. –

- ¿Y la diferencia es? –

- Que yo te lo aseguro. –

El lobato sonrió y, aprovechando que ella era más baja que él, le desordenó más el cabello.

- Cepíllate alguna vez, mujer. –

- Cepillarme, ¿qué es eso? – Bromeó. Bajó, siendo seguida por él, quien se encontraba con la mano en la bragueta de su chaqueta en lo máximo, casi intentándola arrancar. La chica se fue hacia otro cuarto, en cambio Lowell salió de la casa, pasando de largo a Peppy, para subirse al carro estacionado en frente. Cuando cerró la puerta tuvo que bajar la ventana al ver como Alice salió trotando, ella se apoyó en el marco de la ventana, extendiendo la mano.

- La copia del video y tu ropa. – Se las entregó.

- Gracias. ¿Tus padres no están enojados? – Preguntó mirando hacia la entrada, donde ambos adultos, el padre de ella y Peppy, conversaban de algo.

- Mi papá es muy flexible, además está agradecido que te arriesgaras de esa forma. Por su lado, es bueno que mi madre se haya desmayado, si te hubiera visto ya estaría buscando cómo exorcizarte. –

- ¿Eso se supone que debería hacerme sentir mejor? –

- Realmente, puede llegar a hacer cosas peores. –

- No quiero descubrirlo. – Miró hacia otro lado.

- ¿Vas a estar bien? – Preguntó mirando hacia donde había estado la herida hace unas horas.

- Por supuesto, Gekko es muy bueno curando, quizás con suerte se me vea. La marca de mi cuello cuesta encontrarla. – Dijo apuntando a la zona.

- En ese caso, te comportaste como una niña para nada. –

- Que me cure rápido no significa que me duela menos, nadie es como tú. –

- Lo sé, soy especial. Ámame por no sentir dolor. –

Él negó riendo.

- ¡Alice!

- ¡Voy papá! –

- ¿Por qué a todos los padres les da con gritar hoy? – Preguntó al aire, extrañado. Alice lo golpeó en el hombro.

- Suerte, por cierto en estos días iremos al cine, lleva dinero extra. –

- ¿Por? –

- Sarah le encanta las golosinas, sorprenderla a mitad de película con unas, cuando se le acaben sus palomitas. –

- ¡Alice! – Exclamó rojo.

La chica se fue sacándole la lengua. Lowell no pudo hacer nada ya que ella ya había cerrado la puerta. Peppy entró al carro, sentándose como piloto.

- ¿Tienes temperatura? – Preguntó el mayor, encendiendo el vehículo.

- Por supuesto que no, en cambio tengo una pulga llamada Alice. – Se quejó, hundiéndose más en el asiento, con los brazos bruzados sobre su pecho.


- Papá, ¿qué sucede? – Preguntó Sarah al encontrarse a su papa mirando al vacío desde hace un buen rato.

- Nada, solo pensaba en ese niño que desapareció de la ventana. – Explicó sin retirar la mirada.

- Ah, él… - Se detuvo al recordar lo que le dijo el chico. Se puso a tartamudear, nerviosa.

- ¿Pasa algo? – Preguntó ahora él, mirando extrañado a su hija.

- ¡N-No! Quiero decir, es que solo lo asustaste. –

- No exageres. –

- Recuerda el Halloween de este año, Davis – Dijo Zanya al pasar.

- ¿A cuántos espantaste esta vez, papá? – Preguntó la chica con la sonrisita traviesa ya asomándose.

- Es tarde, ya debes ir a dormir. – Dijo haciéndose el tonto.

- Lo tomo como que fue a todos los niños del barrio. – Se burló antes de salir corriendo.

Davis sonrió al ver a su princesa desaparecer por el pasillo. Después de un tiempo soltó un pesado suspiro.

- Ese niño fue como ver a un fantasma. –


Era ya pasada la media noche cuando Peppy se levantó de la cama, salió de su cuarto para bajar hacia la cocina pero se detuvo al sentir la computadora del estudio encendida. Abrió la puerta, dudoso, encontrándose al chico metido en la computadora, con las luces apagadas.

- Lowell, es tarde. –Informó el mayor.

- En seguida me duermo. – Dijo sin despegar la vista del monitor.

La liebre lo miró un momento antes de comenzar a cerrar.

- Las comidas en la noche crean panza. – Escuchó de pronto decir al chico lo cual le causó un respingo. Se devolvió, abriendo la puerta completamente, lo quedó mirando, solo viendo que el niño tenía una gran sonrisa cruzando su rostro y fue entonces que notó que sus ojos tenían un brillo peculiar, que probablemente con tanto brillo de la pantalla ni él mismo lo notaba. Prefirió no preguntar y lo dejó solo.

Lowell miro la puerta cerrada y volteó al monitor, tronó sus dedos a una velocidad increíble comenzó a presionar botones entre el teclado y el ratón. Le hacía zoom y mejoras a unos segundos del video, especialmente cuando él comenzaba a crear la masa de fuego hasta que esta desaparece. No tardó tanto en terminar. Se tomó un pequeño respiro y le dio al video, el cual iba avanzando bien lento, mostrando que no solo creaba una gran masa de fuego, en cambio, cada vez se forma una figura. Hubo un momento donde el chico tuvo que detener la grabación para asegurarse que sus ojos no lo engañaban con lo que veía.

- ¿Gekko? –


N/A: Sep, cierre extraño. Espero que sea del agrado. Realmente, con tantos estudios, me estresa todo y no me es grato escribir, y peor ahora que estoy cerrando el año. Y como después de eso tengo un viaje, y luego se acerca la navidad, espero poder avanzar algo sin que mi cabezota explote.

Antes estuvo Connor, y ahora lo saqué a patadas, ya que quería poner más a otros ocs que para mi son importantes igual (otros eran puro relleno).

Me gustaría leer su opinión de lo que sea que le haya gustado o disgustado del capítulo, relleno, habladuría, lo que sea.

Un gusto actualizar y hasta cuando pueda volver con otra entrega.

Ray Out