Muy buenas a todos, espero que la pasen bien esta Noche Buena (porque aquí es un caos :D). Me atrasé, así que terminé dando este capítulo como regalo de Navidad.
Espero que les guste, me costó hacerlo aunque lo esperé hace hace una par de años xD Trataré de avanzar más rápido para dar el de Navidad (el que debería ser para hoy, o sea el 6) en un tiempo.
Ojalá tengan una bonita cena, que les salgan algunas sonrisas y una linda Navidad.
Empezamos.
4.- Donde Caben Dos
El alba apenas se asomaba y a esas primeras horas Lowell ya se encontraba entrenando, aunque no lo pareciera.
Con los pies descalzos, un pantalón ligero al igual que una playera, se movía pareciendo más los movimientos básicos de las artes marciales.
El chico inspiró profundamente, cerrando los ojos, botó el aire antes de golpear al frente con la palma, creándose una corta llama que no duró más de una fracción de segundo. Vio su antebrazo, donde sus marcas apenas habían aparecido al igual que la llama, por casi nada de tiempo. Suspiró con pesadez.
– Es complicado sacar estas cosas con Gekko durmiendo. – Se sentó en el suelo. – Así me va a costar invocar el escudo como me enseñó el abuelo Zarvan. – Miró su mano. – Me pregunto como lo haría si estuviera en peligro y con Gekko inactivo. De seguro que moriría. A menos que... – Pensó un momento. – ¡¿A quién engaño?! Si no tuviera a Gekko me habría jodido hace tiempo hasta en algo simple... simple... – Por un momento recordó el auto que estaba por atropellarlo y la bala que estaba por impactarle. – En esos momentos... lo que más quería aparecer era el escudo... –
Se levantó, con los ojos cerrado. Comenzó a respirar con paciencia, pensando en cada momento que pudo haber sido herido, aunque no lo recordaba con exactitud cosas antes de su noveno cumpleaños, lo sentía, lo sentía perfectamente. Frunció el ceño, comenzó a temblar. Abrió los ojos de pronto, colocando sus manos en frente antes de crear una gran llama frente suyo que poco a poco comenzaba a tener forma. Una sonrisa se le formó hasta que de un momento a otro dejó de sentir su cuerpo, perdió el equilibrio, cayendo hacia al frente.
– "¿Qué hice mal?"– Se preguntó mirando apenas borroso hacia el árbol, los parpados le pesaban y apenas podía abrirlos. – "Maldición, pensé que saldría bien."– Se quejó casi cerrando los ojos pero lo que vio frente suyo lo hizo tratar de abrirlos de nuevo. –"¿Quién...? ¿De quién es...?" – A una distancia en frente se encontraba un par de pies descalzos y blancos. No pudo ver más arriba de las rodillas antes de comenzar observar la oscuridad.
– Eres un imprudente, Lowell. – Escuchó antes de no sentir nada.
Lowell frunció el ceño antes de comenzar a abrir apenas los ojos. Se encontraba en su habitación, con más exactitud en su cama.
– ¿Un sueño? – Se preguntó pero de inmediato frunció más el ceño, sentándose. – Eso no pudo ser un sueño. – Un paño cayó de su frente, extrañado lo tomó notando que estaba húmedo. Suspirando se levantó apenas, sentía todo adormecido. – Grandioso, a caminar como anciano otra vez... – Bufó molesto, comenzando a bajar las escaleras muy lentamente, yendo hacia la cocina por un rico olor en el aire.
– Al fin despiertas. – Dijo Peppy.
– No me esperaron. – Dijo el chico con fingida tristeza.
– No despertabas, tenías fiebre. – Explicó Vivian.
– Pensamos que sólo estabas cansado ya que nunca te has enfermado. – Agregó Peppy. – Además, nosotros no somos inmortales, tendremos que comer a las tres de la tarde. –
– ¡Las tres! – Repitió sorprendido antes de correr a servirse a comer.
– ¿Acaso tenías una cita? – Bromeó el mayor.
– No exactamente. – Dijo sentándose con su plato y un sonrojó junto a un pequeño enojo. – Los demás quieren ir al cine en la noche, pero pensaba hacer cosas más temprano. – Explicó antes de beber.
– Me imagino que entre esas cosas es ir a hacer tus exámenes médicos. –
El chico escupió dentro de su vaso.
– Lo tomaré como un no. –
– No quiero ir. –
– Tienes que. – Dijo Vivian.
– ¿Por qué? No me enfermo ni nada. –
– Son respaldos para el General. – Lowell lo miró con más atención. – El General tiene su confianza de rango puesta por ti. Tiene que al menos tener pruebas tuyas de que estás cuerdo y esas cosas. – Peppy rio. – Sabes lo complicado que se pone esa gente inventando cada excusa. –
– Está bien. – Dijo serio comiendo todo lo que podía.
Cuando terminó, se levantó, limpiando sus cosas, para irse a su habitación. Buscó ropa, la dejó encima de la cama y se fue a duchar. Mientras estaba bajo la regadera, se miraba las manos, apretándolas y soltándolas.
– Siento más mi cuerpo. – Murmuró. Salió del área donde caída del agua y colocó su mano, el agua tibia comenzó a evaporarse más. – Y tengo mi energía bien, de nuevo. – Se quedó callado. – ¡Pero aun no entiendo cómo terminé en la cama! – Perdió el equilibrio y se cayó en la tina.
Se escuchó unos golpes en la puerta.
– No juegues en el baño, Lowell. –
– ¡Si! - Dijo tirado de una manera incómoda dentro de la bañera. – Me hice papilla la espalda... –
Luego de un tiempo se levantó para terminar de limpiarse. Salió y se dirigió a su cuarto para dejar la ropa sucia en su cesto. Se vistió con una playera manga corta, shorts, zapatillas y una chaqueta delgada con capucha. Aunque ya comenzaba a hacer calor, este no lo sentía y lo hacía resaltar mucho con la vestimenta. Comenzó a recolectar sus cosas en la mochila cuando notó una nota en su buró, la vio pero no entendía nada.
– Ya lo veré después. – Dijo guardándolo en su bolsillo.
Cuando bajo a la primera planta estuvo por salir de la casa, cuando Peppy lo llamó.
– Espera ahí, yo te llevo. – Dijo Peppy antes de acercarse a la puerta.
– Si usted se ofrece, no tengo objeción. – Dijo tranquilo, saliendo da la casa para subirse al vehículo. – Cada vez lo encuentro más chico a pesar de ser un Hammer. – Comentó el chico mientras se colocaba el cinturón.
– Eso es porque has crecido mucho en un año. –
– ¿Un año? – Pensó el chico en voz alta. – Ya en poco estoy de cumpleaños. –
– ¿Qué quieres de regalo? –
– Nada, no pienso en eso. –
– Mucho mejor para mí. –
El chico se apoyó en la puerta para ver hacia la ventana afirmando su mejilla en su palma.
– Señor Peppy. – Llamó Lowell sin dejar de mirar hacia afuera. El conejo lo miró apenas frenó en un semáforo. – Realmente éstos exámenes son para encontrar la forma de matarme, ¿no? –
– ¿Por qué lo dices? –
– Más que un niño, para algunos puedo ser un arma biológica que con un poco de entrenamiento sería útil en batalla. Una guerra aventajada con un soldado que puede sentir la presencia enemiga... –
– Independiente de lo que esperen algunos de alto rango, tú no vas a ser soldado si es que eres algo así, máximo mercenario, además sea lo que esperen, el General en jefe es Pepper, él no es de la idea kamikaze, ni utilizar a nadie ni nada de esas cosas. –
– Me imagino. – Se apoyó en la ventana, para mirar a través de esta.
Peppy lo miró de reojo pero no dijo nada, dejó que el chico pudiera ordenar su mente.
Cuando estaban llegando al hospital, el chico sacó algo que le dio su abuelo, el pequeño cubo holográfico. Hace unos días descubrió que servía para demás cosas, una de ella era la simpleza de reproducir videos, y lo mejor es que podía conectarlo por ondas a sus audífonos. Así que, ¿cómo no? Aprovechó para ver de nuevo el video que veía últimamente, el que por accidente grabó la cámara de Jack. Aún no lograba entender completamente como utilizar el artefacto, así que solo lo dejó avanzar.
– Llegamos. – Informó Peppy. El chico guardó el cubo en uno de los bolsillos de la chamarra, pero aún seguía sonando el audio de la grabación.
– ¿Gekko? –
– ¿Quién más, tonta? –
– No sé, Lowell quizás… Deja de moverte. –
– A mí no me mandes… Debo sacar esta cosa… -
– Mejor deja que médicos se encarguen bien de eso.
– Sí que eres estúpida ¡Por esperar con una bala dentro el tío de Lowell murió, no dejaré que eso se repita! –
Lowell se detuvo. Un frío lo recorrió por todo el cuerpo. Con la mirada buscó desesperado a dónde correr. No encontró mejor lugar, a su parecer, que el baño. Entró de inmediato. Al cerrar, dejó derretida la cerradura. Se cubrió la cabeza, apoyándose contra el muro. Tenía unas ganas de romperse a llorar, pero se contenía. Se deslizó por el muro hasta quedar sentado, escondiendo su cabeza entre sus piernas, abrazándolas. Lo único que quiso en ese momento era salir de allí.
Entró a la mente de Gekko, encontrándoselo parado frente suyo. Lowell se acercó a él, tomándolo de las ropas.
– Dime que no es cierto. – Pidió el menor con las lágrimas corriendo por sus ojos. El otro solo lo miró serio, sin decir nada. – Por favor… – Rogó hundiendo la cabeza en el pecho de él.
– No es quien piensas, si es lo que quieres oír. – Dijo el albino. – Solo sé que alguien cercano al que llamabas tío, murió. –
– Aun así alguien murió, alguien quien ahora desconozco pero después me volverá a doler al recordar. – Soltó sus ropas para abrazarlo con fuerza.
Gekko se sorprendió, pero a pesar de lo distante que tiende a ser, no lo separó. Sabía bien que necesitaba a alguien quien lo apoye. Lo que le sorprendía era la confianza que le tenía como para buscarlo a él como apoyo. Solo se le ocurrió colocar su mano sobre el cabello del menor.
– Sé que sonará frío, pero lo digo por experiencia. La gente ya muerta se fue, no niego que llores, desahógate, pero recuerda bien ese dolor para no dejar que la gente que ahora vive se vaya. –
– No te preocupes, es bueno que un anciano experto como tú, te dé sus sabios consejos. – Se burló, riendo suave.
– ¡No te burles, ya que este anciano es el que te salva tu maldito trasero! – Reganó, golpeándolo en la cabeza.
– ¡Sí, perdón! – Se disculpó entre risas.
La puerta sonó y Lowell levantó la cabeza de entre sus piernas, saliendo de su mente. Sentía las mejillas mojadas y rápidamente se las secó. Se levantó a mojarse el rostro. Miró su reflejo y pasó su mano por su cabello, sonriendo.
– Lo encontraré. – Juró para soltar su cabello, el cual se fue hacia delante, como siempre.
Cuando volvieron a golpear se dirigió a la puerta, notando que no se podía abrir.
– Este… –
– Yo lo hago. – Dijo Gekko.
El chico colocó la mano en el seguro y de un tirón la abrió.
– Genial. –
– ¿Estás bien? – Preguntó Peppy, quien esperaba afuera.
– Sí, solo que las ganas de ir al baño hacen que uno se vuelva bestia y rompa las cosas. – Se excusó, mostrando la cerradura derretida y rota.
Peppy soltó un suspiro.
– Qué se le va a hacer. – Musitó mientras seguía su camino.
Lowell se encontraba en la oficina de la doctora Risk, haciéndose otros exámenes, por su suerte la de sangre ya se había acabado para él.
Cuando ya se acabaron, el chico tuvo que esperar sentado a que ella haga unas cosas, así que entonces se atrevió a preguntar.
– Doctora Risk, ¿recuerda que era lo que consumía cuando pintaba? –
– Era anestesia. Con eso nos dimos cuenta que con el doble recién te surge efecto. – Explicó sin levantar la vista de unos de unos papeles.
– ¿No tiene algo parecido? Digamos que quiero sacar algo de mis recuerdos sin forzarlos. –
Ella lo miró, notando la necesidad en la mirada del chico.
– No puedo darte inyecciones de anestesia. Pero podría… -
– ¡Helen! – Llamó un docto fuera de la oficina
– ¡Un segundo! – Buscó algo entre los cajones hasta sacar un frasco. – Ten, toma solo una por día, no más. –
– ¡Gracias! – Agradeció el chico sonriendo, guardando el franco en su bolsillo.
La mujer se fue a hablar con el otro médico. Lowell la siguió con la vista. No sabía de lo que hablaban pero entendía que ella se negaba a algo, así que no se le ocurrió nada mejor que tirarse el suelo, actuando como que se desmayaba. La doctora fue corriendo de inmediato, mientras el otro adulto más la acompañó por no quedar mal, pero al acercarse, el chico lo pateó en la canilla tan fuerte que el tipo estaba saltando con su pierna sana. Por suerte pareció algo inconsciente. Helen levantó al chico en brazos.
– Me lo llevaré para revisarlo, tú atiende tu pierna. – Dijo ella antes de salir. Caminó un poco antes de decir. – Se agradece la ayuda pero ofende que dañes a alguien en un hospital. –
– Perdón, pero no pienso mucho las cosas. – Dijo sonriente. – Por cierto, ¿puede levantarme? –
– Ser mujer no me hace débil. –
– Pero aun así siento que me caigo. – Comentó para luego reír.
La mujer lo bajó para seguir caminado. De pronto, una puerta cercana a ellos se abrió de manera violenta.
– ¡Risk! – Llamó el padre de Connor, asomándose. Bajó la cabeza al ver al chico.
– Hola. –
– Tú ven también. – Dijo, entrando a ambos.
– Woh, muchas cosas. – Dijo el niño antes de distraerse con lo primero que vio.
– Ve las muestras de hoy. Volvieron a variar. – Le dijo el doctor Bauer a la loba. Ella lo miró extrañada antes de observar la imagen que daba el microscopio.
– Volvió a cambiar los concentrados de hormonas a oxitocina. –
– Sí, pero ahora el concentrado de energía aumentó. –
– Dejen de hablar marciano y me dicen que les pasó a esas plantas. – Dijo Lowell algo incómodo, apuntando a unas plantas quemadas.
– Fallos en un experimento. –
– Le colocaron mi ADN, ¿no? – Ambos no dijeron nada. – No me importa, lo suponía. Por algo necesitaban tantas muestras de sangre. –
– No realmente, pero es una manera de entender. – Explicó el mayor. – Esto muestra, por ejemplo, que no puedes donar tu sangre y por lo tanto, tienes un tipo de sangre rara. –
– Eso es porque yo controlo las moléculas de tu cuerpo. – Aclaró Gekko. El menor lo pensó un momento.
– Quizás es porque mi cuerpo las controla, fuera de él, actúan como quieren. –
– Una hipótesis que teníamos en cuenta. – Dijo la doctora. – Por eso, ni aunque sea un voluntario, la probaríamos en cualquiera. Es algo muy avanzado para controlarlo. –
– No vuelvan a hacerlo. – Ambos lo miraron, se encontraba bien cerca mirando las plantas tocó el tallo de una. – A las plantas no les gusta. –
– Pero sí… –
– Déjalo. – Dijo la doctora Risk. – Él tiene razón. –
– Está bien. – Aceptó el sabueso, suspirando. – Igual seguiremos con los exámenes de sangre. –
El niño se cruzó de brazos, inflando las mejillas.
– Sabía que de eso no me iba a salvar. – Suspiró, mirando su mano izquierda, donde el pelaje en la yema de sus dedos había cambiado a blanco. – Probablemente las muestras de después estén llenas de azúcar, ya que comeré mucho porque tengo que entrenar. –
Ambos lo miraron extrañados.
– La ciencia no lo es todo, la experiencia te dice la verdad. – Colocó las manos tras su nuca, dirigiéndose a la salida. – Eso me recuerda que tengo hambre. –
Risk sonrió, volviendo a ver las muestras de sangre, pero de pronto la mesa vibró bruscamente, vio a su lado al doctor Bauer sentado en el suelo, con la cara de espanto en el rostro.
– ¿Qué sucede? –
Él solo apuntó hacia donde se encontraban las plantas de prueba, donde entre tantas cenizas se encontraba una en perfecta condiciones, justo donde antes se encontraba los restos de otra totalmente quemada.
Los dos se quedaron mirando sin encontrar ninguna explicación.
Esa noche, Lowell subió rápido las escaleras hasta llegar a la planta alta del cine. Vio una larga fila. Buscó un poco hasta que encontró dos cuerpitos más bajos que destacaban entre tantos adultos.
– ¡Hey! – Saludó él, al plantarse al lado, pasó bajo la cinta para colocarse entre ambas.
– Al fin llegas. – Dijo Alice, cruzándose de brazos.
– ¿Y los otros? –
– Adentro, Connor esperando para comprar las palomitas a tiempo. – Respondió Sarah.
– Bien planeado. –
– Así tiene que ser cuando vas a un estreno. – Dijo Alice, la cual de pronto se acercó mucho al lupino. – Pensándolo bien, ¿por qué mejor no vas a ayudar a Connor con las palomitas? –
– Pero si aún falta para que uste… - Fue interrumpido por un fuerte codazo en las costillas por parte de la felina.
– Recuerda que comemos mucho y Connor no podrá con todo. –
– Creo que me rompiste algo… - Se quejó en un susurró mientras se afirmaba el costado. Se dio la vuelta y comenzó a irse lentamente sin dejar de quejarse.
– ¿En serio tenías que golpearlo tan fuerte? – Preguntó Sarah.
– Los hombres son unos tontos, además, es como un golpecito de buena suerte. –
– Solo que algo fuerte y que rompe huesos. –
– Tú si me entiendes. – Dijo riendo.
– ¿Y a ti qué te pasó? – Preguntó Connor al ver llegar a Lowell a su lado.
– Pasó que Alice es la mujer menos sutil del mundo. –
– Pobre del hombre que se vaya a casar con ella. –
– No sientas pena, va a terminar casándose con un saco de box. – Comentó antes de ir al mostrador, comprando todos los dulces que le ocurrían.
– ¿Por qué tantos dulces? –
– Recuerda que como mucho. – Se excusó, aunque el sonrojo se le notaba. Cargó todo en sus bolsillos y se fue a sentar a un lado de Connor. - ¿Y Jack? –
El sabueso apuntó hacia la fila que daba a las salas.
– Se formó de primero hace un buen rato, su misión es correr por los mejores puestos. – Explicó levantándose para formarse.
– Ah. – Expresó fastidiado el lobato al ver que su tiempo sentado no duró nada. Se le quedó mirando un momento cuando compraba las cosas, notando algo. – Andas raro, ¿ocurre algo? –
– Solo que soy al único entre nosotros que quiere una relación y no le sale. –
– ¿En serio te preocupa eso? – Preguntó sin creerle mucho.
– Bueno, perdón por no tener a una niña que responda a mis sentimiento, como tú. Alice deja a todos en la zona de amigos, Sarah y tú no se dicen nada. Comprendo que son raros pero por qué yo, hasta Jack atrae niñas pero a él no le interesa. – Soltó un suspiro. Ambos tomaron las cosas para ir al principio de la fila para entrar a las salas. – Y no ayuda nada que vengamos al cine. –
– Connor, entiendo. – Dijo Lowell tomándolo de los hombros. – Eres feo y eso nadie lo cambiará. – El canino lo fulminó con la mirada. – Aun no tienes diez y ya te preocupas por estupideces. Al querer algo lo ahuyentas. –
– Tus palabras de consolación son como navajas. –
– Prefiero ser honesto que mentirte. –
– ¿Gracias? – Dijo sarcástico.
– ¡Hola! – Saludó Jack, estando primero de la fila, a un lado de él ya se encontraban ambas chicas.
– Que rápidas. – Comentó Lowell.
– Tengan. – Dijo Connor, pasándole a las chicas sus palomitas.
– ¿Ya las compraste? Se van a enfriar aquí. –
– De cualquier manera ya están frías cuando acaban los benditos trailers. – Argumentó sacando la lengua.
– Que manera de verte maduro. – Murmuró Lowell.
El encargado tomó los boletos para tacharlos y cuando levantó la correa, en efecto, el felino salió hecho un bólido a la sala.
– Se lo tomó a pecho el ir a buscar asiento. – Comentó Connor.
– Deja al soldado. – Se burló Lowell.
– No te pongas como mi abuelo. –
– Y tú deja de quejarte. – Dijo para luego caminar en dirección a la sala.
Cuando lograron ubicar a Jack, lo cual no fue complicado ya que saltaba alegre, se sentaron en orden de Lowell, Sarah, Alice, Jack y Connor, este último alejado de la pareja por los motivos ya anunciados y a pocos minutos de iniciar los trailers, se sienta frente suyo una persona con un gran sombrero que le cubría la mayoría de la pantalla.
– Es un chiste, ¿no? – Murmuró, Jack a su lado comenzó a reírse a carcajadas, llamando la atención del resto del grupo.
– Esa mala suerte. – Dijo Alice.
– ¡Déjame! – Soltó. Tocó el hombro de la persona. – Disculpe, ¿se podría sacar el gorro? Me tapa todo. –
– Claro. – Se lo quitó, descubriendo un gran afro, que era aún más grande que el sombrero.
El castaño se derritió en su asiento, mientras todos se rieron a carcajadas. Connor se enderezó, enojado.
– ¡No se rían! ¡En especial tú! – Dijo, apuntando al lobato. – Ven y cámbiame el asiento. –
– ¿Y así cómo quieres que aprecie tu sufrimiento? – Se burló.
– Te odio. – Lo fulminó con la mirada.
Cuando ya empezó la película, el sabueso buscaba una posición que pudiese ver aunque sea la mitad, sin importar si estaba cómodo. Hasta que vio hacia su amigo que de estatura era más pequeño.
– Ayuda… – Murmuró Jack tiempo después, ya que era aplastado por el cuerpo de Connor, que se recostaba sobre él. Jaloneó las ropas de su hermana.
– Sht. – Lo silenció. El chico ahora le hizo puchero, jaloneando con más fuerza la prenda. Ella suspiró, subiendo el reposabrazos. – Ven aquí. –
– ¡Sí! – Susurró con fuerza, abrazando a su hermana, provocando que Connor se callera. Soltó una exclamación y todo el cine lo calló.
– Hoy no es mi día. – Murmuró, fastidiado.
Por el otro lado, Sarah poco a poco se fue inclinando hasta quedar con la cabeza apoyada en el hombro de él. Lowell no dijo u hizo nada, solo siguió sorbiendo su bebida, nervioso. Cuando se le vació la dejó en su portador. Buscó en su bolsillo hasta sacar unas golosinas.
– ¿Quieres? – Preguntó él.
– Gracias. – Respondió ella, tomando una barra de chocolate. – ¿Por qué las mujeres tenemos que ser tan inútiles en las películas? –
– ¿Por qué lo dices? –
– Últimamente solo sirven para que las rescaten. –
– ¿Y cuando yo te salvé? – Preguntó con burla.
– Eso es muy distinto, yo… – Se calló al no tener ningún argumento. – Déjame. – Se quejó para después golpear al chico.
Él solo rio. Se quedaron viendo la película en silencio el resto del tiempo. Hasta que llegó un momento que llamó la atención del chico.
– Podemos crear un cuerpo, pero no la vida. Aunque, si alguna vez lo lográsemos no serviría de nada, porque hay algo que nunca alcanzaremos, crear o traer de vuelta, un alma. Eso es algo fuera de nuestro control. Todo lo demás está hecho de energía y compuestos orgánicos que poseemos a nuestro alrededor, pero el alma ¿qué es exactamente? –
Con ese diálogo, el chico ya no prestó atención al resto de la película y no le importaba, ya que se abstuvo pensando un buen rato en algo que le inquietaba pero aun así no se respondía.
– ¡¿Cómo que sabes lo que pasó al final?! – Exclamó Alice, con las manos empuñadas en la cintura.
– Pues que me distraje, no te enojes. Aunque… – Se rascó la mejilla. – No recuerdo la mayoría… ¡Gah! – Exclamó al ser golpeado en toda la cabeza.
– ¡No puedes ser tan tonto! – Exclamó ella.
– ¡Lo soy con orgullo! – Se defendió, cubriéndose la cabeza con ambas manos, los golpes de Alice sí que dolían.
– ¡Serás! – Corrió hacia él.
Lowell dio un salto de sorpresa antes de salir disparado por su bienestar.
– ¡¿Quién entiende a las mujeres?! –
Ya era media noche y Lowell no podía dormir. Se encontraba mirando el techo con las manos tras su nuca, pensando en varias cosas.
– Hey, Gekko. – Susurró
– ¿Qué? – Dijo el albino, desganado, adormilado.
– ¿Viste la película que vimos en el cine? –
– ¿Qué ocurre con eso? –
– ¿Qué es el alma? –
– Que yo lo sea no me convierte en sabio. – Pensó un momento eso. – Somos energía mágica, poseemos la conciencia y la inconciencia. Somos lo que le da un sentido a un ser viviente. Un cuerpo sin alma es solo un cuerpo vacío que hace lo que debe, no habla porque no lo necesita, no observa porque no tiene curiosidad. Al desechar nuestros cuerpos seguimos circulando, cambiamos nuestra personalidad, memorias pero nuestra entidad sigue luego de reencarnar. –
– ¿De dónde sacaste todo eso? –
– Mi madre me lo dijo. –
– Ya veo. – Pensó un momento. – ¿Y no hay manera de controlar un alma? –
– ¿Qué rayos planeas hacerme? – Preguntó con sospecha.
– Nada, solo son dudas. – Negó con rapidez.
– Claro que un dios, son muchos así que no sé con exactitud, pero ellos son los que hacen las cosas a su antojo, ¿no? –
– Comprendo, que descanses. – Se recostó de lado.
– Ni que me cansara mucho estar todo el tiempo aquí. – Comentó con algo de ironía. Lowell solo rodó los ojos antes de dormir.
Se encontraban desayunando los tres en esa casa esa mañana.
– ¿Dónde está la profesora...? Eh, digo… ¿Lucy? – Preguntó Lowell inflando las mejillas mirando la mesa, no se podía acostumbrar a eso.
– En la universidad, le gusta el estudio ¿Por qué? ¿La necesitas? – Dijo Vivian.
– Es solo que no la había visto y tenía dudas. – Dijo con nervios. – Iré a la biblioteca. También tengo que estudiar. –
– Está bien, yo te llevo. – Dijo Peppy.
– Gracias. –
En la tarde, Lowell se despidió del mayor y bajó del auto hecho una bala hasta la biblioteca. Al entrar, casi se podría decir que se encerró en ella hasta que la bibliotecaria casi lo echa a patadas. Desde la A a la Z, buscó desde religiones hasta libros espirituales, todo le servía. Los cargó todos y como pudo, los llevó hasta un mesón para comenzar a leer por horas.
Se acercaba el momento de cierre y la bibliotecaria se acercó al niño.
– Ya estamos por guardar, será mejor guardes. – Le informó al chico que leía un libro.
– Está bien. – Dijo él, se levantó y tomó un montón de libros con un brazo y el que leía, sin desquitar la vista de este. Dejó los de que cargaba con un brazo en los estante. Repitió la acción y la mujer suspiró.
– Si quieres, puedes levarte un libro. – Le dijo, el chico de inmediato lo cerró de golpe.
– Qué bien, se lo traigo mañana. –
En la noche.
– ¡Lowell, a comer! – Llamó Peppy, asomándose fuera de la cocina. Pasó unos segundos y no hubo respuesta. Se adentró a la cocina, extrañado. – ¿No se habrá dormido ya? – Le preguntó a su esposa, mirando el reloj de la cocina.
– Probablemente esté distraído en lo suyo. Anda a ver. –
– Está bien. – Se dirigió al estudio, encontrándolo escribiendo y leyendo unas cosas, casi al mismo tiempo. Llevaba audífono, a todo volumen, lo cual lo dejaba aislado totalmente, ya que ni de la presencia de mayor se había percatado. Se acercó al niño, el cual lo notó cuando le tocó el hombro. Se quitó los audífonos.
– A comer. –
– Un segundo, estoy en algo importante. –
– ¿Algo más importante que la comida? Debe de ser realmente importante para ti. –
– Para mí locura, lo es. – Dijo sonriente. – Voy en un momento. –
El mayor suspiró y sonriendo se fue.
– Si estoy en lo correcto, este libro es el que me ayudará para una gran locura. –
Lowell se levantó temprano esa mañana, cerró los ojos, encontrando a Gekko durmiendo.
– Bien. – Murmuró.
Sacó un libro y un cuadernillo, sentándose con las piernas cruzadas en el suelo de su habitación. Leía un poco y anotaba a la vez que dibujaba en el cuadernillo lo que para él le servía.
– Quizás me equivoqué de religión… – Se rascó la nuca con ambas manos con fuerza, pensando.
De pronto sacudió la cabeza con fuerza.
– Claro que no, esta creencia es la única que encaja con lo poco que sé. – Apoyo la mejilla en su mano. – El tonto soy yo. A ver, Lowell, piensa cómo unir estos símbolos sin que parezca avena molida. –
Comenzó a dibujar un buen rato hasta que le quedó algo decente.
– Al menos esto no quedó tan feo. – Se dijo tratando de subirse los ánimos.
Volvió a dibujar su círculo en una hoja aparte y la arrancó, alejó las cosas y se levantó, extendiendo el papel con la imagen en frente suyo.
– Sólo piénsalo y déjalo fluir. – Murmuró mirando fijamente el dibujo por un tiempo, luego cerró los ojos a la vez que soltaba el papel. – Mis piernas son las raíces y mis brazos ramas, mi cuerpo el centro, yo poseo el cuerpo, alma y espíritu. Ahora solo sale. –
Sus marcas rojas brillante comenzaron a salir en sus brazos y piernas. Un círculo de fuego apareció, tanto bajo, sus pies, como en frente de sus manos extendidas al frente. Era el árbol de la vida con el trisquel en el tronco. Del círculo frente a sus manos comenzó a formarse una gran llama que poco a poco tomaba forma, sonriente, solo esperó sin desconcentrarse a ver los resultados. Las flamas comenzaron a aclararse hasta formar una pequeña forma lobuna albina. Lowell sonrió sin detenerse. Cada ves tomaba mejor forma hasta que las flamas se expandieron de forma brusca, asustando un poco al chico que se desconcentró y el cuerpo calló de sopetón contra el suelo. Lowell se le abrieron los ojos como plato al ver esto, asustado por como calló y porque Gekko tenía el ceño fuertemente fruncido.
– ¿No te he dicho ya que no me despiertes de esa manera, Lowell? – Se quejó el mayor, sentándose para después sobarse la nuca, con los ojos cerrados.
– Eh… ¿perdón? – Dijo con asombro.
El albino abrió los ojos con extrañeza, parecía que recién notaba algo. Miró su mano izquierda, cerrándola y abriéndola. Se levantó, golpeando un poco el suelo con los pies.
– ¿Cómo has logrado esto? – Preguntó Gekko, caminando por el cuarto.
– Dibujé este círculo. – Dijo Lowell, tomando el papel del suelo y mostrándoselo. El albino lo miró, colocando una mano en su mentón. – Recuerdo que siempre aparecían círculos diferentes bajo mis pies, así que pensé que un círculo con algo diferente dentro haría esto. -
– Se ve muy bien, tendrás que perfeccionarlo para que no te dañes, te ves algo cansado. – Dijo volteando a la ventana. El menor guardó el papel en su bolsillo.
– Nada que una barra de chocolate no sane. – Dijo recogiendo las cosas para dejarlo en el escritorio.
– ¡Hey, así que así se ve el jardín delantero con mis propios ojos! – Exclamó Gekko.
Lowell volteó alarmado, viendo al otro parado sobre su cama, asomado por la ventana.
– ¡Gekko, sal de ahí, estás desnudo! –
– No exageres, además, esto sí es estar en la ventana desnudo. – Aclaro antes de pararse en el dintel, sacando el resto del cuerpo sin preocupación.
– ¡Gekko! – Exclamó el menor, avergonzado. El albino saltó. – Grandioso. – Farfulló, volteando a su armario – Dentro de mi cabeza era mucho más tranquilo. – Bufó, sacando unas prendas para bajar rápidamente.
Al salir de la casa se dirigió al jardín delantero. Se encontró al albino tirado de espaldas en el césped, con los ojos cerrados y una gran sonrisa. Soltó un suspiro antes de acercarse a él, se sentó a su lado.
– De cualquier modo te encuentro tirado en el piso. – Comentó. Gekko le tapó la cara con su mano.
– Cállate un rato. – Murmuró.
Estuvo un tiempo más así, tirado. Respiraba con calma. Lowell en cambio estaba aburrido esperando a un lado cuando vio que desde la vereda frente a su casa pasaba una señora y su hija, cuando la mayor notó al chico desnudo, rápidamente tapó los ojos de su hija. El de pelaje gris se sobresaltó ante esto, a la vez que se ponía rojo como tomate. Se levantó de inmediato.
– ¡Ya deja de hacer fotosíntesis como el pasto y vístete! – Exclamó, avergonzado, tirándole toda la ropa encima. Gekko se sentó con un calzoncillo en la cara.
– Si sigues así de pudoroso, uno de estos días te quemaré la ropa en medio de la calle principal. – Comentó tirando la prenda interior para tomar un short.
– ¡No te atrevas! – Gritó rojo de solo imaginar algo tan humillante.
– No puedes mandar a un adulto. – Dijo con orgullo. Levantándose para ponerse la prenda.
– Tienes años de añejes, pero eres igual de tonto que yo. –
– ¡No insultes al ser más viejo de este sistema futurista! – Exclamó enojado, con una vena palpitando en su frente.
– ¿Hikari no es parte del sistema? –
– Para esta gente, ese planeta no existe, así que no debería de serlo en sus mapas, pero igual es iluminada por el mismo sol, está más lejos pero no lo suficiente porque parte de los planetas giran en el mismo eje. Por eso su cercanía. A todo esto, ese nombre está mal, ya que los pueblos que rigen a la luz es una pequeña parte del planeta, hay pueblos que rinden homenaje a otras entidades, también otras especies mucho mejores pero que prefieren vivir aislados de nuestra impureza, nuestro egoísmo. –
– Entonces, ¿cómo le llamarías tú al planeta? –
– Seika. Significa la unión de todo lo que creemos, cada dios y cada doctrina da a lo mismo. Vida. –
– Ya veo, deberías enseñarme. –
– Tengo demasiada información que quizás te cueste una vida escucharla y aun así no explica ni la menor parte de todo. – Dijo, pero luego puso cara de desagrado, estirando el cuello de la playera. – Pero ustedes no tienen excusa para crear ropajes tan incomodos. –
– Tú sólo acostúmbrate. –
Lowell le dio una palmada en el hombro antes de levantarse. El albino actuó bien al levantarse de inmediato, sosteniendo al otro del brazo, cuando comenzaba a perder el equilibrio.
– Estás gastando demasiada energía. – Musitó, pasó el brazo del oscuro sobre su cuello, llevándolo hacia la casa.
– Al menos sigo consiente. – Agregó él, limpiándose la nariz, viendo su dedo manchado de sangre.
Gekko lo llevó hasta dentro, sentándolo en el sofá para ir rápidamente a la cocina y en nada aparecer con un vaso de agua. El menor la tomó, para después escupir.
– ¡Salada! –
– No te quejes y bebe. – Ordenó, levantándole el vaso para que beba. – No te estás acostumbrado a hacer algo como esto, será mejor que lo dejes por ahora. –
– Pero… -
– No me repliques, lo único que harás es dañarte. –
– Puedo estar comiendo y bebiendo todo el día, así que podrás quedarte. –
– Te dije que no. –
– Tú no me mandas. – Argumentó él, antes de levantarse rápidamente y correr a la cocina, abrió la nevara, buscó por todos lados.
Comía y bebía a una velocidad impresionante. No se tomó el tiempo de preparar nada, solo dejaba que se juntara todo en su estómago, tomando puñados de comida, incluso para comer fruta las partía a la mitad con la mano. Gekko solo esperaba sentado en una de las sillas de la mesa de la cocina. Lowell se le plantó en frente, con la boca llena, golpeando la mesa.
– Te gané. – Dijo apenas por la comida. Tragó gordo. – Mira, hasta se me hinchó la panza de tanto comer. – Destacó, golpeándose el estómago.
– Eso te hará mal. – Apuntó el albino. – Y especialmente te hará caminar como sumo. –
– ¿Lowell? – Llamó Peppy en el umbral, miraba extrañado a ambos, sin poder sorprenderse más con alguno.
Gekko se levantó y caminó a la salida.
– Yo no existo. – Se excusó antes de desaparecer por el pasillo.
– Y yo estoy loco. – Imitó el menor al otro chico.
La liebre solo suspiró antes de hacer como si no hubiese visto nada y se fue a preparar un café.
Mientras arriba, Lowell se tiró al no sentirse muy bien por estar hinchado.
– ¿Tú no tienes hambre? – Preguntó el menor.
– No tengo ningún sistema, con eso también descarto al digestivo. La energía que uso es la tuya. Así que no, no requiero comer y probablemente no coma. –
Lowell comenzó a reírse.
– ¿Qué es tan gracioso? –
– Con lo blanco que eres me recordaste a la película de Casper, donde a los tío se les caía la comida. – Explicó sin dejar de reír. Gekko solo frunció el ceño. – ¡¿Ves?! ¡Eres igual de feo que el líder! –
El mayor se hartó y le tiró una almohada muy fuerte con sus poderes.
– ¡No es justo! No sé hacer eso. – Dijo, devolviéndole la almohada.
Gekko la golpeó, devolviéndosela para que se vuelva aventar en la cabeza de Lowell, el cual al recibir el impacto se recostó en la cama.
– Por ahora, te prefiero así. – Aceptó Gekko.
Gekko anda buscando ropa más cómoda en el armario, ya que realmente odiaba esas prendas tan raras que usaban los de Lylat. Cuando ya se sintió cómodo. Ajustándose la camisa, volteó a ver al otro, notando que tecleaba el teléfono sin detenerse.
– ¿Qué haces? – Preguntó Gekko extrañado al ver al chico utilizando el celular de esa forma. Se sentó en la cama.
– Le dije a los chicos que se juntaran porque les quería presentar a alguien. –
– ¿A quién? – Se extrañó.
– A ti, por supuesto. –
– No quiero conocer a tus amigos. – Farfulló, volteando hacia otro lado, parecía molesto. – Ni cuando estoy dentro me agradan. –
– No seas gruñón. – Pidió Lowell, cruzándose de brazos. – Además, así saldrás más. –
– Deja lo pienso. – Miró al techo, colocando una de sus manos en el mentón.
– ¡No seas malo conmigo! – Se quejó el de pelaje gris, sacudiéndolo de las ropas.
– Está bien, está bien. Voy. – Aceptó, levantándose.
Lowell lo arrastró para salir del cuarto, no sin antes tomar una cangurera.
– ¡Voy a salir! – Informó el chico al llegar a la sala. – ¡Vuelvo más tarde! –
Ambos salieron y se dirigieron a la estación más cercana y el albino suspiró.
– Y pensar que en mi época te interrogaban completamente antes de salir. –
– Y tú recuerda que eres de la era del polvo. –
- ¡Hey! – Le miró molesto un momento. – Pero igual, a tu edad no te deberían dejar salir, a mí apenas mi madre dejaba estar en la hectárea. –
Lowell le quedó mirando un momento.
– Pero… – Susurró para no enfadarlo. – ¿Tu madre no estaba muerta? –
– Sí, pero me refiero a mi madre adoptiva, era muy sobreprotectora. – Explicó con tranquilidad
– Entonces. – El chico se dio la vuelta, caminando de espaldas. – ¿Tú eras adoptado? –
– Uhm. Mi padre biológico era carpintero y mi otra familia eran vulpinos, campesinos y de la villa vecina. Me encontraron en el pasaje entre ambas villas. –
– ¿Estás enojado con tu padre por dejarte? –
– No, porque si no lo hubiese hecho, habría muerto a los meses de vida y ahora no estaría aquí. –
– Entonces nos parecemos. –
– ¿Por qué? –
– Nos cuidó otra familia y yo quiero a mi papá aunque no viví mucho con él. –
– Solo que yo era un bebé y tenía una hermana. –
– Yo tenía los recuerdos de un bebé cuando llegué aquí y… soy hijo único. – Aceptó con cara de póker. – Nunca imaginé que tuvieses hermana. –
– Era una vulpina. No es muy común en Seika tener más de dos hijos, por eso solo tuve una hermana. –
– Entonces yo romperé esa tradición. Quiero tener siete hijos. –
– Ahora me compadezco de tu amiga. – Se burló. Lowell se puso rojo como tomate.
– ¡No te burles! – Exclamó, abochornado. El albino rio. – ¡Que ya! –
Ambos subieron al metro. Lowell eligió el que pasaba a la altura de los edificios, pensando que le gustaría al mayor. Pero después de sentarse, ambos sintieron un escalofrío que ignoraron. Gekko miró a la ventana, cerró los ojos y pareció rezar.
– ¿A qué le rezas? – Preguntó cuando el otro terminó.
– A muchos dioses. – Explicó. – Una doctrina extraña para estos lados pero tendrás que aprender porque es de tu pueblo.
– No hay que ir a un lugar temprano a rezar, ¿verdad? – Regó, más que nada, notándose que no le gustaba eso.
– Claro que no, pero tengo la costumbre de hacerlo cada vez que veo a alguno. –
– Ah, entiendo. – Dio un aplauso al juntar sus palmas y cerró sus ojos con algo de fuerza. – Buen día, tipo extraño. – Abrió los ojos y miró alegre a Gekko. – Listo. –
– Eres un irrespetuoso. –
El menor solo sonrió con más ganas.
– Por cierto. – Sacó dos gafas. – Cúbrete. –
– Me voy a ver aun mar ridículo que con esta ropa. –
– Ridículo te verás cuando te cubra la cara con un turbante. –
– Está bien, está bien. – Dijo a regañadientes, colocándose un par.
– Entiende que me perturba ese tipo. –
– Lo hago. Pero yo me encargo de que no se te acerque. –
– Gracias. –
Al llegar, se vio cinco niños esperando en la plaza, Alice, Connor, Jack, Sarah y Jacobs. Gekko miró a este último y se detuvo un momento.
– ¿Sucede algo? – Preguntó Lowell, volteando.
– Nada. – Dijo el mayor, sabía que no le podía decir que no ahora y marcharse.
– ¿Quién es? – Preguntó Jack cuando ambos se acercaron.
– Adivinen. –
– Tú hermano perdido. – Dijo Jacobs.
– No, pero sería genial. –
– Yo no sabía que tenías amigos aparte de nosotros. – Comentó con burla Connor.
– ¡No te sientas especial! – Dijo fastidiado, cruzándose de brazos. – Tengo amigos. –
– Entiende que es imposible que adivinen. – Dijo Gekko, metiendo las manos en el bolsillo del pantalón.
– Es Gekko. – Dijo de pronto Sarah.
– ¿Quién? – Preguntaron todos.
– ¿Cómo supiste? – Preguntó el mayor con sorpresa.
– Eres el único que tiene una voz grave. –
– Debí imaginarlo. – Murmuró
– ¡Entonces él era el que hablaba a veces! Lowell no puede hablar tan grave. – Comentó Alice.
– ¡Hey! –
– Aun no entiendo quién es. – Dijo Connor.
– Más corto, es el verdadero dueño de los poderes de fuego. – Explicó Lowell, sacudiendo la mano. Mientras el otro se levantaba las gafas.
– Él también tiene los ojos rojos. – Apuntó Jack con emoción.
– Claro, si las cosas raras vienen de él. – Dijo con orgullo, pero de cualquier forma el mayor le dio un zape.
– ¿Eso significa que puedes usar tu poderes mil veces mejor que Lowalo? – Preguntó el felino, acercándose
– Sí. – Dijo serio.
– Eso duele, Jack. – Dijo Lowell desde atrás.
– ¿Puedes mostrarme algo? – Preguntó con entusiasmo.
– No. –
– Por favor. –
– Que no. –
– ¿Y sí le enseñas a Lowalo? –
– Mira, niño. Ya para con estas estupideces, esto no son regalos para hacerse el héroe, es una maldición para matar. Así que ya deja de pensar que esto es genial o cosas así, que realmente eres insoportable. –
– ¡Gekko! – Lo regañó Lowell.
– Es tu poder, ¿no? Tú deberías elegir cómo utilizarlo. –
– ¿Acaso no me escuchas? Eso, sin ni siquiera usarse, quita vida. Mejor madura y piensa en ti mismo antes de vivir en ilusiones de otras personas. –
Lowell tomó de la camisa al albino.
– Ya déjalo. Tiene nueve, no quince. Jack pude hacer lo que quiera y vivir como quiera. –
– Bueno, alguien tiene que decirle cuando debe de parar de meterse en la vida de alguien. –
– A mí no me importa que se meta en mi vida. –
– Claro, se me olvidó que yo estoy muerto ahora y nunca tuve una vida. Te espero allá, ya que ni siquiera sabes cómo devolverme. – Dijo enojado, apunando más lejos y se fue.
Lowell lo vió irse y se regañó al ver la estupidez que hizo.
– Perdón. – Dijo Jack.
– No te preocupes. – Dijo el lobato
– Mejor habla con él. – Dijo Jacobs. Llamando la atención del lobato. – Tienen que convivir. –
– Está bien. – Dijo Lowell antes de dirigirse al mayor. Pero se detuvo, buscando algo en su cangurera. Sacó una billetera y se la entregó al albino de mirada azulada. – Se te calló cuando te metimos en el maletero. – Explicó.
Jacobs la miró asombrado, la abrió de inmediato, buscando la foto de una mujer y pareció aliviarse.
– Gracias. –
– No hay de qué. Por cierto, saliste bien feo para tener una madre tan bonita. – Se burló. El otro solo rio sin quitar su vista de la foto.
Lowell se dio la vuelta para ir donde el mayor, que se encontraba recostado en el césped.
– Gekko… –
– Lárgate. – Musitó.
– Gekko, no te pongas así. –
– ¿Así cómo? –
– Como la mujer de la relación. – Se burló el chico. El albino lo miró fulminante pero luego suspiró.
– Perdón que mi intención no sea caerle bien a tus amigos, es más, a primeras no me importaba siquiera agradarte. –
– Eso era evidente. –
– Mucha gente que quise murió o se arruinó su vida porque yo tengo este poder, eso me hizo ser albino y tener los ojos raros. El hecho de existir hizo que masacraran gente. Tu familia no dura mucho por mi culpa, tu madre, si no hubiese muerto antes, ahora estaría enferma. Hasta es probable que tus padres murieron por mi culpa. –
– Nunca te culparía por eso. – Dijo de pronto el chico, el mayor lo miró desconcertado. – Es más, nunca te culparía de nada. Eres mi hermano y me has dado todo con solo existir. –
– Eres un tonto. – Soltó mirando hacia otro lado.
– Ya deja lo amargado y ven a jugar, que probablemente en tu niñez nadie quería jugar contigo. –
– ¡Hey! – Se quejó, pero el otro igual lo levantó a jalones para ir donde el resto.
Lowell se sentó a un lado de Sarah, cansado. Miró como algunos, el resto de varones intentaban atrapar a Gekko, al cual, para sorpresa de todos, tenía una agilidad sorprendente. Parecía que ni se esforzaba. El lobato gris, notó como algunas personas que pasaban cerca del parque se quedaban mirando al albino de mirada carmín.
Bajo la vista, pensando. Sarah notó algo perturbado el chico, así que se acercó.
– ¿Qué te preocupa? –
El niño dudó un momento si hablar o no, así que acercó más.
– ¿Recuerdas al robot? – Preguntó en un susurro.
– Es difícil olvidarlo. – Comentó con el mismo volumen.
– Bueno, alguien estaba detrás de lo ocurrido, y no fue el entrenador Gold, como el resto cree. Terminó muerto y la milicia no le ha preguntado ni a Connor ni a mí lo ocurrido. Ese tipo trabajaba para alguien más. Quería a Connor para poder acercarse al General y por mí, pues creo que sabe sobre mis poderes. Ese robot grababa cuando los usaba. –
– ¿Por qué no le dices a la milicia? –
– Puede que tenga alguien allí, si hasta la policía es corrupta. –
– ¿Y el General? –
– Me asusta que sospechen que sepa si es que está más atento a los soldados. –
– ¿Entonces qué harás? –
– Pienso que lo mejor es alejarme de todos y dejar de llamar la atención. –
– Ni se te ocurra. – Dijo Sarah enojada. Alzó un poco la voz, ya hablando normal. Lowell la miró un poco asombrado. – Sí ese tipo te quería muerto, ya te habría matado hace tiempo. El robot al que enfrentaste en la academia estaba tan bien hecho que es absurdo que no haya tenido tanto potencial. Sí te sigue tanto es porque ese loco quiere desquiciarte y sacar la mayor información sobre ti. Tú mismo dices que hasta la armada codicia tener tu poder entre sus tropas, claro que alguien como él lo querría más para su locura, pero el origen de su conocimiento sobre ti es la respuesta del qué y porqué realmente no llega y te toma. Nosotros desde hace mucho que somos tu amigos y estamos en esto, el hecho de alejarlos lo haría más evidente y terminarías comiéndote los dedos de los nervios por no estar con nosotros y saber de nuestro estado. –
– ¿Cómo es que me conoces tan bien? –
– Porque eres importante para mí, además, eres un tanto predecible. –
– Eso no me ayudará mucho cuando grande. – Dijo sonrojado.
– O cambias o mejoras. – Dijo sonriendo. – Probablemente te vuelvas más fuerte y venzas antes de que lean tus movimientos, ¿no? –
– Por supuesto. –
– Tendrás que decirle pronto sobre eso al General, Connor puede volver a la sala de operaciones si no se cuida. –
– Lo sé, además ni él lo sabe, estaba inconsciente como para escuchar a ese loco hablar. –
– Por eso. Igual le hablaré del tema a mi padre y al de Jacobs. Recuerda que mi padre es Coronel y el suyo General de Brigada. Ambos están siempre muy atentos con quienes trabajan. –
– Wow, altos rangos… ¿El padre de Jacobs no era Comandante hace unos meses? – Preguntó con asombro ya que habían varios rangos de por medio.
– Ambos eran soldados especiales, pero al colocarse en la lista de rangos, subieron de inmediato. Pero tío Lucius siempre ha estado arriba de mi padre. –
– Debe de esperar mucho de su hijo entonces. –
– Nadie puede comprender a ese hombre, se comporta muy extraño con Jay. – Dijo ella con tristeza, mirando al albino tirado en el suelo, muerto de cansancio.
– ¿Qué tienen ambos? – Preguntó Lowell, claramente con celos. Sarah lo miró con una gran sonrisa de burla.
– ¿Por qué lo preguntas? – Preguntó ella, aunque realmente ya sabía la respuesta.
– Sí no quieres, no respondas. – Bufó, volteando hacia otro lado, cruzándose de brazos.
– Jacobs es mi primo, Lowell. –
El chico tuvo un respingo y volteó a mirarla rápidamente, abrió la boca pero no dijo nada por un momento.
– Pero, sí su segundo apellido no es ni Shield, ni Root. Lo vi en su billetera. –
– Nuestros padres son medio hermanos. Mi padre es menor, y nuestro abuelo nunca le pudo cambiar el apellido, aunque ambos fueron criados por él. –
– Que extraño. –
– Según entiendo, mi abuela perdió a un niño, después con otro hombre tuvo a mi papá pero mi abuelo lo terminó cuidando como su propio hijo. La abuela no le dejó que cambie el apellido para remarcarle que no era suyo, pero al abuelo nunca le importó eso y fue bueno para papá. Mi abuelo fue valiente. –
– Más que valiente, fue un verdadero hombre. – Dijo Lowell viendo a Gekko. – Hizo lo que debía porque quiso. –
– Sí mi padre se le ocurre ahora cambiarse el apellido, no suena mal Sarah Finsen, ¿verdad? –
– No, pero me gusta más Root, además queda mejor O'Donnell Root, que O'Donnell Finsen. – Dijo y de inmediato se cubrió la boca con ambas manos, o más bien golpeó. Ambos se sonrojaron pero Lowell parecía un tomate.
– Sí, queda mejor. – Aceptó ella, sonrojándose más, mirando hacia otro lado.
– ¿Qué tanto cuchuchean los dos? – Preguntó Alice agachada atrás del par. Ambos dieron un respingo, asustados.
– ¡Nada! – Exclamaron ambos.
Vivian y Peppy había salido a comer y Lucy se encontraba haciendo cosas que ni Lowell comprendía aún. Así que prácticamente se encontraban solos en casa. Lowell colocó el proyector hacia el techo, poniendo caricaturas. Gekko llegó con un enorme bol y las bolsas de palomitas. Lowell miró el bol vacío que dejó sobre la cama.
– Gran trabajo con las palomitas. – Dijo con sarcasmo.
– No sé cómo se usa el microondas. – Aceptó. Se sentó en la cama y abrió un poco la bolsa, sacando un maíz, cerró la mano con el maíz dentro y de pronto sonó como una pequeña explosión. El albino le mostro una palomita al extender la mano. – Dime si es comestible. –
Lowell, sorprendido por ello. Se la comió.
– Saben mejor que las del cine. –
– Entonces no siguen a pie de la letra el calor de las instrucciones. – Dijo el mayor. Derritió el hoyo que hizo y coloco ambas manos a los lados de la bolsa. Esta comenzó a inflarse y de pronto comenzó a explotar el maíz dentro.
– Eres la salvación a los cortes eléctricos. –
– O al carbón que haces con estos poderes. – Se burló. Lowell solo se dignó a fulminarlo con la mirada. – Haz algo útil y vierte esto. – Dijo entregándole la bolsa caliente, para tomar otra y hacer lo mismo de antes. Cuando Lowell tuvo contacto con la bolsa, esta salió volando hasta golpear el techo. Gekko lo miró extrañado.
– No me mires así, tú te pasas con la temperatura que pones las cosas. –
Cuando terminaron de hacerlas, el menor se recostó mientras el otro iba a dejar las bolsas al basurero del cuarto.
– Hazte espacio. – Dijo Gekko antes de acostarse sobre el peli-gris.
– ¡Me matas! ¡Gordo! – Exclamó al ser aplastado.
– Ya calla y duerme. – Dijo cerrando los ojos y acomodándose mejor, pero de inmediato comenzó a rodar a un lado al ser empujado por el otro, apenas alcanzó a salvar que las palomitas terminen regadas en el piso.
– Mi cama no es tan chica, no tienes por qué hacer intento de homicidio. –
– No, pero igual tenía ganas. –
– Mejor mira caricaturas de niños que son menos agresivas. – Dijo fastidiado pero cuando ambos vieron las imágenes, justo un vehículo sacó volando a alguien.
– Están creando poco a poco un ejército de infantes. – Comentó el mayor.
– Mejor una de adolescentes, son menos agresivas. –
– Salta sangre y se muere la gente, así que sí, pon de esas. Las de grande tienen lo mismo pero mujeres gritando. –
– ¿Por qué gritan? –
– Estás muy chico. –
– Y lo dices con esa cara de niño pequeño. –
Gekko le miró fulminante pero prefirió no responder.
Miraron un momento la serie pero en nada uno se durmió, siguiéndolo el otro.
A la mañana siguiente, ambos niños dormían prácticamente uno sobre otro, con alguna extremidad encima o empujándolo.
El menor comenzó a balbucear a la vez que daba vuelta en la cama. Quedando sobre el albino. Gekko comenzó a despertar por el peso.
– Lowell, sale… – Dijo con pereza. Lo empujó como pudo de la cara para que se aleje, pero el de pelaje oscuro era terco.
– Déjame. – Murmuró el otro. Este se sentó a un lado para estirarse. – Eres un odioso en la mañana. –
– Ah claro, yo soy el que fastidia. – Dijo sentándose pero se quedó estático al verlo. – Lowell, estás sangrando. –
El menor se llevó la mano a la nariz, viendo que realmente era más sangre de lo normal. No tuvo tiempo cuando tuvo que cubrirse la boca con la misma, comenzando a toser de una manera fuerte. Sangre comenzó a escurrir por sus dedos al no poder contenerla. Se levantó como pudo y salió corriendo al baño. Apenas alcanzó a llegar al escusado para vomitar sangre, solo eso.
– Un día. – Dijo Gekko apoyado en el marco de la puerta.
– ¿Qué dices...? – Dijo apenas antes de comenzar a toser.
El albino se acercó.
– Un día es lo máximo que aguanta tu cuerpo. – Explicó, agachándose a su lado, sobándole la espalda, haciéndolo sentir mejor poco a poco.
– Pero sí antes... había durado mucho menos por el cansancio y no me había ocurrido... – Se llevó la mano a la boca, aguantándose el devolver ahora bilis, ya que prácticamente tenía el estómago vacío de comida.
– Cuando me usabas no podía cuidar de tu cuerpo, pero igual eres débil, apenas soportas gastar tanta energía, pero la tienes de reserva porque comes como si fueras un buque. Pero en cambio ahora no es energía, tu cuerpo está acostumbrado a que yo lo cuide, ¿nunca te has preguntado el por qué nunca experimentaste lo que es un resfriado siquiera? –
– ¿Eres como un anticuerpo? –
– Digamos que soy el que maneja los anticuerpos dentro de ti. Hace mucho no encontraba nada que hacer dentro de tu familia, así que se me ocurrió fortalecerlos para que no tuviera que cambiar de cuerpo tan rápido, pero creo que con los años se me pasó la mano. Sin mi, sus cuerpos se han puesto totalmente vulnerables, y por desgracia nunca pude lograr que nadie llegue a los cuarenta años. – Explicó con algo de enojo.
– Demonios. – Farfulló molesto, se levantó para mojarse el rostro. Gekko no quitó su mano.
– ¿Tanta impotencia por no poder tenerme más tiempo lejos de ti? – Se burló.
Lowell se quedó un momento callado viendo al suelo.
– ¿Uhm? – Gekko volteó a verlo, parecía perdido, pensante en algo.
– Pensé que podrías recuperar algo parecido a una vida. Ir libre sin que esté yo a dos cuadras... Que seríamos como los hermanos normales, despertar fastidiándose en las mañanas, comer juntos... – Murmuró el chico, triste.
El albino sonrió de lado al comprender, pensó unos segundos hasta que soltó aire por la nariz, resignado.
– Aunque no fui hijo único, pensar en ti como un hermano menor no lo veo tan mala idea, pero... – Comenzó a desvanecerse. – Yo ya viví una vida, no tengo porqué engancharte a pensar en darme una cuando tú tienes la tuya. Yo podré ver cosas que desgraciadamente tu no lo harás, así que no te lamentes por algo estúpido como una vida para mí. – El chico desapareció completamente, provocando que la ropa que llevaba cayera al suelo. – Además... – Se creó su computadora de siempre, junto a un silla enorme y bien acolchada. – Me agrada eso de crear lo que quiera con solo imaginarlo. –
– Voy a ser más fuerte… – Murmuró el chico. – No me importa lo que digas. Alguna vez lograré invocarte por un semana completa sin problemas, y luego iré por más. –
– Hmp. – Soltó Gekko, sonriendo. – Estás loco. –
– En parte. – Dijo caminado como podía hasta su cuarto. Se tiró en su cama. – Y me gusta serlo. – Dijo con orgullo antes de volver a dormirse.
En la tarde, apareció Connor en la entrada.
– Buenas, tía Vivian ¿Está Lowell? –
– Pasa, debe de estar en su cuarto. –
– No, está afuera. – Dijo Peppy, estando de pie hacia el ventanal que daba hacia el jardín trasero, mientras tomaba un café.
Los dos se acercaron a ver. Lowell se encontraba haciendo abdominales, vestido solamente con un short, solo que hacia todo esto de cabeza. Con las piernas se afirmaba bien de la rama y se balanceaba desde lo más bajo hasta casi estrellarse la cabezota contra la rama.
– Lleva un buen rato. – Explicó el mayor, para después dar un sorbo.
– Está loco. – Dijo el menor.
– Y tú deberías acompañarlo. Estás muy delgado. – Apuntó Peppy.
El sabueso infló las mejillas antes de salir. Se acercó a su amigo.
– ¿Cómo puedes hacer ya ejercicio? Apenas salimos de la academia y no la extraño. –
– Eso es porque no necesito la academia para ser fuerte. Nadie cuidará de mí, yo protegeré a los demás. –
– Entiendo, pero aun tienes tiempo para preocuparte de eso. –
El chico se bajó, plantándose en frente.
– No esperaré a que me llamen, yo estaré listo desde antes. –
Soltó un golpe directo al rostro de Connor, pero esto de inmediato lo desvió.
– Recuerda que no era para nada malo en la clase de enfrentamiento cuerpo a cuerpo. –
– Pero sí que eras peor que yo. – Dijo soltando una patada.
– No te creas. – Dijo defendiéndose, para después contratacar con una patada.
Lowell recibió el golpe de lleno. No expresó nada, en cambio dio una vuelta, contra el suelo, tirando al otro.
– Te estás quedando atrás. – Se burló mirándolo hacia abajo.
– Ya verás. – Dijo antes de levantarse para saltar al ataque. Lowell rio, seguido de su amigo.
Espero que les haya gustado el capítulo, la aparición más física de Gekko y cualquier otra cosa.
También espero seguir avanzando así de rápido los capítulos para poder entretener más con esta historia.
Sin nada más que decir, Feliz Navidad.
Ray Out
