Al segundo sonido de la alarma decidí finalmente levantarme de la cama. 04:00 a.m.

Sí, realmente nunca cambio mi rutina.

Desde que era una niña siempre me gustaba imaginarme a mí misma como un robot. Si yo me convertía en un robot entonces siempre sería eficiente, responsable y exactamente lo que los demás esperaban de mí: un trabajo impecable; pero lo más importante era que si me convertía en un robot no tendría que sentir, no me convertiría en mi madre con la sonrisa de oreja a oreja y ojos cristalinos que siempre parecían poder convertirse en una fuente de lágrimas.

La vida me exigía cumplir con mis responsabilidades independientemente de si me sentía bien o no para ello, eso era lo único que necesitaba. Sin embargo, para mi mala suerte heredé el corazón de mi madre, frágil, con dosis extras de amor; probablemente te dirás a ti mismo que eso es excelente pero en realidad solo era una condena para mí. Así que construí paredes en mi corazón, edifiqué una por una a través de los años y encerré mi corazón en una casa, con la única esperanza de que algún día tiraría la puerta, rellenaría el hueco con cemento y finalmente tendría un corazón cubierto por completo, donde nadie pudiera entrar y donde nadie pudiera herirme. Ese día el mundo me perdería para siempre.

A vena cocida, cuarenta minutos de cardio, una fría ducha y estaba lista para el nuevo día. Ajusté un vestido azul en mi cuerpo y me coloqué unos zapatos de tacón medio. 06:00 a.m.

No se necesitaba ser bruja para adivinar que algo en Hinata había cambiado la noche anterior. Su rostro desprendía felicidad pura y no podía hacer mucho para ocultarla.

-¿Qué ha pasado?- pregunté- vamos, escúpelo, esa es tu cara de que necesitas contarme algo.

Su cara se llenó más de dicha-como si eso fuera realmente posible- y me mostró el anillo que descansaba en su mano.

-¡Me ha pedido matrimonio!- casi gritó.

Fingí sorpresa y alegría automáticamente, asumí que mis pensamientos reales habrían dañado su alegría sincera. Era natural, él la miraba como si quisiera ver ese rostro cada segundo de su vida, llevaban bastante tiempo juntos y ambos provenían de familias en donde contraer matrimonio era el siguiente paso en el camino hacia la felicidad.

-Me alegra por ti- al menos eso era sincero de mi parte. Hinata definitivamente merecía ser feliz.

-Gracias Sakura- me acorraló en sus brazos en un asfixiante abrazo- un día vas a encontrar al amor de tu vida también y verás cuán feliz te hará.

-Ya soy feliz así como estoy, no necesito a nadie, pero gracias por tu amabilidad- le dije saliendo de sus brazos y caminando a mi escritorio.

-Llegará alguien que te haga querer incluso lo que jamás deseaste- susurró dulcemente mientras ella regresaba a su escritorio también.

¿Qué le pasaba a las personas con esto de repartir tanto amor y buscar la felicidad ajena? ¿No era bastante duro cargar con sus propias preocupaciones e intentar ser feliz con ellos mismos que ahora tenían que venir y lanzar esa mirada de comprensión con la vida esperanzadora del amor como único camino a la felicidad?

¿Por qué nadie podía entender que ya estaba perfectamente así?

Acerca de la noche pasada: Inicio

Separé mi brazo de su mano y asentí, esperando que dijera lo que sea que necesitaba proponer e irme a casa pronto.

-Déjame hacerte feliz- pidió.

La propuesta me tomó realmente por sorpresa, pero pude cambiar mi expresión con bastante eficacia. ¿Quién era este loco y por qué quería hacerme feliz?

-Ve a Alcohólicos Anónimos, tanto alcohol te está afectando- tomé mi abrigo y me apresuré a salir dejándolo en la barra.

-Tú me afectas-gritó desde atrás mientras yo apresuraba mi paso para salir de aquel club.

Me detuve en la calle esperando cualquier taxi que pudiera sacarme de ahí, tendría que pedirle a Ino que cambiáramos nuestro lugar de reunión mensual, no podía estar viniendo a un lugar donde se podría hallar a cualquier lunático.

-Aléjate ahora-pedí cuando se paró a mi lado dispuesto a esperar conmigo.

-No quiero-dijo aún con esa sonrisa de comercial- este es un país libre y no estoy ocupando tu espacio personal- en lo que a mí respecta, solo estoy aquí esperando por un taxi.

Iba a ignorarlo, era lo único que podía hacer al respecto. Esperar a ese taxi e ignorarlo por completo.

-Me muero de ganas de ver tu sonrisa de nuevo, es hermosa y me hace preguntarme por qué no sonríes tan seguido.-comentó.

Él podía decir cualquier tontería si quería, yo definitivamente no iba a prestarle atención.

-Pero más que ver tu sonrisa, quiero ser la causa de ella-pidió-déjame hacerte feliz.

-¿Y a ti qué te hace pensar de que no soy feliz?- no pude ignorarlo por más tiempo.

-Lo veo en tus ojos-dijo casi en un susurro-déjame hacerte feliz.

-Mira, no sé quién piensas que soy-me acerqué a él para no armar un espectáculo- pero definitivamente no soy quién crees. Yo no te necesito para hacerme feliz o la ridícula idea que te estés edificando en esa cabeza tuya.

-¿Acaso tienes miedo de ser feliz?- se acercó a mí.

-¿Miedo? El miedo no te lleva a ningún sitio-dije- solo aléjate de una vez.

-Déjame hacerte feliz- repitió.

-¿Tienes alguna clase de compulsión con repetir esas palabras?- pregunté- ¿esto es lo que haces, escoges a una chica al azar en un bar y vas por ahí a pedirle hacerla feliz? ¿Estás loco?

-Loco por ti-aseguró.

De toda mi suerte, justamente yo tenía que encontrarme con un trastornado de mente. Quería pedir ayuda pero eso no sería lo correcto, millones de mujeres tenían que soportar a hombres así en todo el mundo, yo podía con ello sin necesidad de exigir ayuda de un tercero.

-¿Qué demonios quieres?- exigí- ¿Dinero? Solo dime cuánto necesitas para que te vayas lejos y te lo daré.

-Solo quiero hacerte feliz-pidió.

-Y yo solo quiero que te vayas-reclamé-¿quieres hacerme feliz tomándote la molestia de largarte de mi vista?

Mi tono de voz había subido dos octavas y las personas a nuestro alrededor habían volteado a vernos.

Como regalo divino un taxi había llegado hasta la acera en donde me encontraba.

-Siempre hago exactamente lo que quiero-escuché mientras entraba en mi taxi-quiero hacerte feliz y no voy a descansar hasta hacerlo.

-Suerte con eso-dije mientras cerraba la puerta y pedía al taxista que nos fuéramos de ahí.

-Siempre la tengo-escuché su voz a lo lejos.

Regresé a casa, tomé mi té caliente, leí un poco de Katzenbach, mi copa de vino en la bañera y finalmente mi sueño reparador. Solo que aquella noche me tomó casi media hora conseguir dormir.