Después de mucho pensarlo decidí escribir otro capítulo para esta historia, en mi opinión no es tan bueno como el primero y me costó mucho seguir con el estilo de narración que usé para el primero. Esto es lo que resultó, son 26 hojas de Word. Agradezco sus reviews, en especial uno que vincula esta historia con una canción que se llama Mi nuevo vicio, yo no soy de escuchar ese tipo de música, pero es verdad que recuerda un montón a este fic. This love también me ayudó a recuperar la inspiración un par de veces. Más que nada este final es para quienes no disfrutaron del final triste, aunque en lo personal me quedo con el triste.
Disfruten.
Avatar, el último maestro aire y sus personajes no me perteneces, esta historia sí.
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Ser fuerte y demostrarlo. Era todo lo que ella deseaba, todo lo que le importaba. Katara lo había dicho una vez, era egoísta y desconsiderada, lo sabía, lo había dejado claro con todo lo que había hecho. Fue la otra, la persona triste y malvada con que Zuko engañó a su novia, la que había sido también su amiga. No le importaba en realidad, le daba igual haberle fallado a Mai como amiga, le gustaba hacer lo que deseaba, privarse de algo que quería era ridículo para ella y había querido a Zuko con fuerza, como compañía, como pertenencia, como muchas cosas, pero todo acabó tan rápido como comenzó y sentía ahora el dolor de ser reemplazada, utilizada y abandonada. Era lo que se merecía ¿Cómo es que había permitido que la desarmaran así? ¿Cómo la situación llegó a dominarla a ella? Intentaba negarlo, había estado dispuesta a desaparecer por completo para evitarlo, pero no funcionaba, todos los caminos llegaban siempre al mismo lugar, siempre llegaban a él. Ella no cometía muchos errores realmente, no tenía problemas con asumir riesgos, podía hacer lo que hiciera falta y lo había hecho ¿Por qué no había funcionado, entonces? ¿Por qué no desaparecían los problemas? Y la humillación de no haberse controlado a sí misma parecía querer volver. La vergüenza de desear algo que la disminuía no se iba. Y no quería seguir perdiendo cosas importantes.
El tiempo pasó y cada uno enterró en el pasado todo lo que les recordara los acontecimientos dolorosos de aquel crudo invierno en la Nación del Fuego. Ningún halcón real volvió a llegar a la academia de metal control. Toph se dedicó completamente a sus estudiantes y proyectos mayores no demoraron en pronunciarse. El general a cargo de la seguridad de Yu Dao llegó hasta la academia para entrenarse y aprender el metal control. No pasó mucho para que le propusiera a Toph formar una nueva fuerza armada que protegiera la ciudad integrada únicamente por maestros metal, le ofreció ser la encargada de entrenar y seleccionar a los mejores para reclutarlos y comenzar un nuevo grupo de élite. La idea entusiasmó a Toph y se pusieron en marcha, intensificó los entrenamientos de sus mejores alumnos y junto con el general, les ofreció pertenecer a este nuevo grupo de luchadores. Sin embargo, ella no dimensionó que esta decisión, que parecía entregarle una nueva distracción, la llevaría de vuelta a la oscuridad de los días dejados atrás.
El general, que ya era un buen amigo de Toph, llegó un día con una gran noticia. Había agendado una reunión con los dirigentes de la ciudad para que firmaran su solicitud de poner la seguridad a cargo de sus maestros metal. Fue entonces que Toph recordó, como no lo había hecho en todo ese tiempo, que la ciudad era controlada tanto por el Reino Tierra como por la Nación del Fuego, su encuentro con Zuko era inminente si continuaba con el plan. Intentó convencer al general que la idea había sido suya y que él podía encargarse de todo el asunto legal, pero él no quiso quedarse con todo el crédito, pensaba que ella merecía estar ahí tanto como él, pues sin ella ese proyecto nunca podría haber tenido una oportunidad. Fue así que Toph maldijo su suerte, maldijo al general, a la ciudad, maldijo incluso al metal control que la llevaría directo hacia el imbécil que le había roto el corazón. El general, que advirtió lo complicada que estaba la maestra tierra, le dijo que la audiencia no sería hasta dentro de dos semanas, tenía ese tiempo para pensar si quería continuar con todo eso o si prefería abandonarlo.
Fueron largos días los que sucedieron esa funesta noticia ¿Cómo se suponía que debía encarar a Zuko? Había hecho un gran esfuerzo por evitar las reuniones, los cumpleaños de sus amigos, todo evento en el que existía la remota posibilidad de encontrárselo, incluso dejó de responder los pergaminos que le enviaba Ty Lee con noticias del palacio, se había refugiado en su academia con sus alumnos y sus rocas. Aún no estaba lista. Recordar lo sucedido le hacía deprimirse durante días, ni todo el entrenamiento del mundo lograba aminorar la rabia que aún albergaba dentro, no había forma de arrancárselo de la mente. Pero no podía seguir así, ella había enfrentado todos sus problemas menos a Zuko, lo evitaba como una maldita gallina cobarde ¿Cómo podía ser la más grande maestra tierra de todos los tiempos si le temía a un simple encuentro? No iba a dejar que Zuko siguiera siendo tan importante, se pararía frente a él y le demostraría que ya lo había olvidado todo, que ya no sentía nada por él, que era fuerte y que había salido adelante esplendorosamente, magnífica, inquebrantable. Escupió a la tierra para zanjar la decisión y fue directo a informarle al general que tendrían a su maldita patrulla funcionando sin importar lo que costara.
Se preparó durante días, ensayó su actitud despreocupada y estaba segura que hasta podría golpear el brazo de Zuko y llamarlo Chispita frente a todas las autoridades para demostrarle lo superado que tenía todo, el nulo control que tenía sobre ella, lo poco que le importaba. Pero tenía miedo ¿Cómo la trataría él? ¿Qué le diría? No quería saber nada de su vida desde que dejó el palacio, quizás seguía saliendo con Mai, no quería saberlo, no quería oír lo feliz que estaba, lo fácil que era su vida ahora que no tenía nada que esconder. Ella había sido el único vergonzoso secreto que nunca le diría a nadie, la sucia mancha en el pasado del imponente Señor del Fuego.
Llegaron al edificio que se levantó en el centro de la ciudad como símbolo de unión entre las naciones, entró junto al general intentando no sudar como una cascada, sintiendo un nudo crecer en su garganta sin poder evitarlo. Caminaron por los pasillos y las escaleras buscando la habitación precisa donde los recibirían el Rey Tierra y el Señor del Fuego mientras su corazón se aceleraba insanamente. Estando al fin frente a la puerta respiró profundamente y, con el estómago en la mano, Toph abrió sus ojos ciegos sin creer lo que percibía, incluso dejó de respirar por un momento. Se adelantó y abrió la puerta con un brusco golpe, sorprendiendo a las autoridades que se encontraban dentro.
-¿Dónde está Zuko? –Exigió saber ante la atónita mirada de todos los asistentes. Ella se dirigía a una persona en específico, el que tenía la respuesta sin lugar a dudas. Él la reconoció en seguida.
-¡Toph! –La saludó el viejo Iroh dejando de lado su expresión de asombro y adoptando una más alegre –Es un placer verte aquí.
Cuando todos se calmaron Iroh explicó que el Señor del Fuego no podía perder el tiempo viajando fuera de su nación sólo para escuchar una propuesta del jefe de seguridad, así que había enviado a alguien de confianza para atender el asunto. Toph no podía creer lo que escuchaba ¿Cómo se atrevía a dejarla plantada? ¿Cómo podía darle la espalda otra vez? ¿Cómo podía abandonarla así? ¿No era importante lo que ella tenía que proponer? A pesar de la terrible ira que invadía a Toph, la reunión fue un éxito, el Rey Kuei y el representante de la Nación del Fuego estuvieron de acuerdo con la creación de un escuadrón especializado que velara exclusivamente por la seguridad de la ciudad, por supuesto ayudó que ambos conocieran el temperamento de la maestra tierra con anterioridad, de otra forma la entrada que tuvo habría puesto en serios problemas su credibilidad.
Iroh insistió en conocer la academia de Toph a las afueras de la ex colonia y ella aceptó con algo de reticencia. Era realmente incómodo hablar con él después de todo lo que había pasado con su sobrino, Iroh siempre fue bueno con ella y se sentía como si traicionara su confianza, además nunca volvió a visitarlo en Ba Sing Se como había prometido junto a sus amigos. Luego de recorrer el lugar se sentaron a disfrutar de una taza de té en el exterior, la brisa fresca de la tarde soplaba deliciosamente y atardecía con suavidad. El equipo avatar solía frecuentar el negocio de té de Iroh, todos menos Toph, así que le invitó a visitarlo cuantas veces quisiera, siempre habría un lugar para ella en su tienda. Le preguntó por qué no había tenido noticias de ella por tanto tiempo, él la apreciaba como a una sobrina y no saber de ella le preocupaba. Le habló con tanta ternura y cordialidad que Toph desesperó y arrojó su taza al piso.
-¿Cuándo va a decirme por qué Zuko no quiso venir?
Iroh se sorprendió por la reacción de la maestra tierra, pero suspiró con paciencia, intentando comprender qué le sucedía, tenía experiencia tratando con los arranques de ira de la gente joven. Él le preguntó si creía que no había viajado hasta allí por ella y Toph sólo guardó silencio. Iroh le aseguró que había sido una sorpresa incluso para él encontrársela en ese lugar, Zuko no tenía idea que fuera ella quien quería fundar una fuerza de policía en Ciudad República. Al saber eso Toph le hizo prometer que no le diría a Zuko que ella estaba detrás de todo eso y así fue, al volver a la Nación del Fuego para informar a su sobrino sobre lo acordado en Ciudad República no mencionó a Toph en ningún momento y ella continuó con su proyecto bajo la protección de la ignorancia del Señor del Fuego hasta convertirse en la primera Jefa de Policía de la ciudad. A cambio del secreto, Iroh le pidió que fuera a visitarlo y ella cumplió con su parte del trato, sin embargo, en cada conversación con el maestro fuego cuidaba celosamente su más oscuro secreto, pero ¿Cuánto duran los secretos? Para Iroh no fue difícil notar que cada vez que su sobrino era nombrado, ella cambiaba drásticamente, cortaba el tema y se tensaba de manera considerable. Le bastaron un par de visitas para estar seguro que algo había sucedido entre ellos. Un día, con mucho cuidado, se lo preguntó y ella se quedó en silencio durante largos minutos que parecieron una eternidad. Cuando pensó que no volvería a hablar, ella respondió con una pregunta.
-¿Cómo está él?
Apenas pudo decirlo, era la primera vez que preguntaba por Zuko después de tanto tiempo, años incluso, temía lo que pudiera decirle, odiaba no ser capaz de dejar el tema de lado para siempre.
Iroh pensó su respuesta muy cuidadosamente pensando en las acciones de su sobrino, lo que había oído en los pasillos del palacio, lo que le contaba el avatar, que lo visitaba a menudo, y lo que él mismo podía notar.
-Arrepentido. Mi sobrino parece estar arrepentido todo el tiempo.
Toph cerró los ojos y giró su cabeza ¿Qué demonios significaba eso? El silencio los envolvió y terminaron de beber su té sin decir nada más.
La primera maestra metal se volvió muy fuerte y reconocida en toda la ciudad, se sentía realizada y creía que podría al fin estar en paz consigo misma ¿Qué importaba el pasado? Zuko podía quedarse muy lejos, ella estaba bien, tranquila, parecía estar consiguiendo deshacerse de todo lo que le molestaba, incluso del débil e insípido Satoru, con el que había intentado olvidar a Zuko aun sabiendo que era una guerra perdida. Extrañaba a sus amigos todos los días, pero quería estar sola y salir adelante por sí misma, sin ayuda, sin presión. Qué tonta si pensaba que todo terminaría así.
Un día fresco y soleado, mientras entrenaba a sus soldados de la policía de Ciudad República, el ex general Iroh irrumpió la rutina de los maestros metal para pedir hablar con Toph y ella lo llevó a una habitación dentro del edificio donde se sentaron a conversar.
-Vengo a pedir un favor, como amigo –Le dijo y ella escuchó atentamente mientras cruzaba sus brazos, como de costumbre.
Iroh le contó la situación. Las guerreras Kyoshi eran necesitadas en el Reino Tierra y no podrían vigilar el palacio del Señor del Fuego, los maestros metal de Toph eran los más confiables para reemplazarlas mientras no estuvieran disponibles. Toph no podía creer que estuviera pidiéndoselo, le dijo que no. No y no. Pero Iroh le pidió que lo pensara un poco más. Ella le preguntó si Zuko sabía algo sobre eso y le aseguró que aún no le había contado nada a su sobrino, lo tranquilizó diciendo que volvería con las personas adecuadas para encargarse del resguardo de su palacio. Toph apretó los labios intentando decidir, era una misión difícil la de volver a encontrarse con todos los fantasmas del pasado, quizás incluso tendría que enfrentarlos ¿Habría llegado la hora de cerrar esa historia de una vez?
-No podemos confiar en nadie más, Toph, sé que contigo el Señor del Fuego estará seguro.
Recordó la antigua promesa de no dejar a Zuko tomar nada más de ella, de darle la espalda tal y como él lo había hecho. Pero no podía. Por supuesto que confiaban en ella ¿Cuándo había sido capaz de decirle que no a Zuko? ¿Cuándo había dejado de importarle? Nunca le había fallado a sus amigos, siempre hacía lo mejor que podía, tenía en el fondo un espíritu amable, inquebrantable y leal a los que eran importantes para ella. Malditos todos los que lo supieran. Además algo en las vibraciones del viejo le decía que era importante.
Que los espíritus le ayuden.
-Lo haré, Iroh… aunque va a terminar mal.
Unos días después arribó un barco en las costas de la Nación del Fuego con un grupo de soldados sin precedentes en el mundo, todos ellos maestros metal. Al llegar a la capital Iroh los condujo hasta el palacio, aunque la encargada de ellos ya sabía el camino de memoria. Toph intentó tomarlo con resignación, iba a ayudar a un amigo, hacía por Zuko lo que haría por Aang o cualquier otro, y si ese pensamiento no bastaba, podía pensar que sólo era trabajo, ahora la seguridad era lo suyo y eso no sería más que un entrenamiento. Nada más que eso.
Iroh entró solo a la habitación real del Señor del Fuego, el que le preguntó si ya había encontrado quien reemplazara a las guerreras Kyoshi, la respuesta afirmativa de su tío fue seguida por una inclinación que indicó a los guardias dejar entrar a los invitados. Fue entonces cuando las grandes puertas, decoradas minuciosamente con hermosos e intrincados dragones, se abrieron y pudo verla. Entró enfundada en una armadura de metal que su amigo, el general de seguridad de Ciudad República, había mandado a confeccionar para la nueva policía, seguida de cerca por sus soldados entrenados por ella misma, con paso firme y decidido, como si las paredes de ese lugar no hubiesen sido testigos nunca de sus más bajas acciones y de su imperdonable traición. Se paró frente a él con la cabeza en alto y la espalda recta, el único que tenía de qué avergonzarse era él. Iroh los presentó.
-La jefa de Policía Toph Beifong y la fuerza de policía de Ciudad República.
Ante la atónita mirada y entrecortada respiración del Señor del Fuego, ella sonrió. Comenzaba el juego otra vez.
-Qué tal, Chispita ¿Todo bien?
Zuko los hizo salir a todos menos a su tío.
-¿Jefa de Policía? ¡¿Cómo haces esto sin consultarme, tío?! ¡No tienes idea de lo que hiciste! –Le gritó el Señor del Fuego a punto de tener un ataque cardíaco.
No había visto a Toph en años y que se apareciera sin aviso frente a él, tan segura, tan limpia, tan grande, era un golpe muy bajo. Darse cuenta de quién se trataba le había oprimido el corazón ¿Cómo demonios había pasado? Todos los recuerdos que intentaba reprimir se agolparon en su mente y se sintió mal, arrepentido, triste, furioso, culpable.
-Creo que están completamente capacitados para la tarea.
-¡Está aquí! Le hice algo horrible, creí que nunca la volvería a ver ¡Y ahora está aquí! –Zuko hablaba desesperado, caminando en círculos y moviendo sus brazos mientras sentía sus pensamientos chocar unos con otros.
-Ella aceptó venir a custodiar el palacio, sobrino. Fue su elección.
-¿Se lo dijiste? –Se detuvo súbitamente y miró a su tío a los ojos -¿Le dijiste algo?
El anciano negó con la cabeza y le aseguró que ella no sabía nada.
Zuko suspiró. Si las cosas estaban así, al menos tenía que hablar con ella, no quería obligarla a permanecer ahí, imaginaba lo mal que lo estaba pasando, él tampoco estaba del todo cómodo con los acontecimientos, lo mejor era ser honestos y terminar con la desagradable situación. Le indicó a los guardias que la llamaran y que los dejaran solos. Al estar frente a frente las palabras se le escaparon, había decidido esperarla en su asiento real, desde la altura y detrás de la seguridad de las llamas, pues se sentía infinitamente pequeño en su presencia, pero era ridículo, tenía que volver a mirarla a los ojos, aunque ella no pudiera verlo. Con un nudo en la garganta bajó los peldaños y se paró frente a ella.
-Así que… Jefa de Policía –Fue lo único que se le ocurrió decir.
-La primera y la mejor –Respondió ella sin dejar de cruzar sus brazos sobre su pecho.
-¿Cómo es que no lo sabía? Es decir, yo también estoy a cargo de Ciudad República.
-Sí, bueno, fuiste invitado a decidirlo, pero no apareciste, es lo que tienes cuando no te interesa lo que pasa con la ciudad.
-¡Claro que me interesa! –Zuko no ganaba paciencia con los años –Si no fui debí estar ocupado.
-Sí, ese día, el año anterior y los dos que siguieron. ¿Seguro que te acuerdas de dónde está?
-Basta, no es eso de lo que quiero hablarte –Zanjó el tema antes de desesperarse, era verdad, no iba hace mucho a la antigua Yu Dao, pero sus representantes le decían que todo estaba bien y si las cosas iban así podía ocuparse de temas más importantes, había mucho que hacer en la Nación del Fuego.
-Te escucho, Señor de No-me-importa-nada-fuera-de-mi-nación.
Zuko se tragó su molestia y continuó.
-Toph… no estás obligada a permanecer aquí, traerte fue idea de mi tío, yo no le dije que…
-Lo sé –Lo cortó antes de que continuara –Sé que fue idea suya y sé que no tienes quién custodie tu amado palacio, está bien, yo me encargo. Puedes agradecérmelo después.
-¿Estas… segura? No querría que…
- Escucha, tengo solados y tú los necesitas, puedo asegurar este lugar o irme ahora mismo, tú eliges. –Sentenció la maestra tierra apoyando las manos en su cintura dispuesta a terminar la discusión.
Zuko sabía que no tenía más opción que aceptarla, la situación se había puesto algo complicada desde hace unos meses y no podía darse el lujo de prescindir de la seguridad.
-Bien –suspiró el soberano de la Nación del Fuego.
Toph puso un par de condiciones que le fueron concedidas, como un lugar donde entrenar todos los días y se fue al jardín más amplio que encontró a darles órdenes a sus hombres.
Iroh y Zuko observaron el trabajo de la maestra tierra desde la ventana mientras discutían.
-Esto está mal –Decía Zuko más para él mismo que para su tío con la mirada fija en la cambiada Toph que se presentaba ante él.
Iroh intentaba tranquilizar a su sobrino diciéndole que eran viejos amigos y debían confiar en ellos en esas situaciones, pero eso no era lo que le preocupaba a Zuko.
-Cálmate, Señor del Fuego Zuko, si existe algún problema entre ustedes ¿no es esta una gran oportunidad para arreglarlo? Debes ver el lado positivo de este encuentro –Le dijo su tío con una amable sonrisa.
El soberano de la Nación del Fuego se quedó en silencio pensando qué demonios debía hacer. Después de todas sus funestas cavilaciones decidió que, aunque todo prometía ser un desastre, podría intentar hacer lo que tenía pendiente, debía encontrar la forma de disculparse, de pedir perdón, de conseguir acortar la desagradable e infranqueable distancia que ahora se extendía entre él y Toph, aunque fuera sólo para prometerse ser amigos otra vez, aún si era mentira. Sería la última mentira que se dirían, una mentira de mutuo acuerdo que los dejaría en paz, al menos lo habrían intentado y eso sería suficiente para descansar de toda la culpa.
Mandó a preparar la habitación que antiguamente siempre ocupaba Toph cuando estaba de visita en el palacio e hizo que llevaran sus cosas ahí. Iroh le advirtió que ella era del tipo de persona que no disfrutaba siendo tratada de forma especial, los guardias tenían habitaciones al otro extremo del palacio y ella querría estar con su gente. Pero Zuko no escuchó y tuvo mucho que explicar cuando Toph no encontró sus cosas en las habitaciones de los soldados y una sirvienta le dijo que las habían acomodado en otro lugar por orden expresa del Señor del Fuego.
-¿Estás jugando conmigo? –Le preguntó exasperada apuntándolo con un dedo después de irrumpir en la habitación donde Zuko estaba– ¿Quieres burlarte de mí? Vengo a salvar tu maldito trasero y tú quieres burlarte de mí. ¿Te parece divertido? Voy a borrar esa asquerosa sonrisa que tienes.
-No estoy burlándome y no estoy sonriendo –Se apresuró a decir Zuko, quien comenzaba a notar su error.
-¡Cómo que no! Me pusiste en esa habitación porque quieres que recuerde todas esas horribles cosas ¿¡Verdad!?
-¡Quería que estuvieras cómoda! No pensé que ibas a molestarte tanto. Y deja de gritar o todos van a oírte.
-Vas a devolver mis cosas ahora mismo –Dijo Toph furiosa. No era una petición.
Al mandar a alguien para que fuera a reacomodar las cosas de Toph ya no habían habitaciones ni camas disponibles, los soldados recién llegados las ocuparon todas, aún con un par de amenazas no le quedó más remedio que aceptar esa maldita habitación llena de recuerdos. Maldijo todo lo que su imaginación le permitió y se encerró en el cuarto. Se cubrió con las suaves mantas del maldito palacio e intentó dormir con desesperación para olvidar dónde se encontraba y las cosas que había hecho ahí, pero fue inútil. Después de horas de dar vueltas en la cama sin conseguir siquiera adormecerse un poco, decidió vestirse y salir de ahí, pero antes pasó una mano por la cerradura para comprobar que habían cambiado la antigua, que Zuko había derretido para lograr entrar. Caminó por los pasillos y fue a hablar con los hombres y mujeres que había puesto de guardia esa noche. Deambuló sin ningún rumbo, pretendiendo vigilarlos a todos. Pensó que en realidad convertirse en policía era divertido, tenía gracia haber roto tantas reglas y terminar así, aunque podía gritarle a la gente y eso siempre era bueno.
Así pasaron unos días, vigilando, paseando por las noches hasta que el sueño la alcanzara lo suficiente como para no pensar antes de dormir. Comenzó a recibir quejas de sus hombres, ellos eran policías, iban tras los criminales, no se sentaban a custodiar puertas, Toph los calmaba diciendo que serían sólo unos días más, era bueno que ellos no supieran detectar las mentiras como ella.
Fue difícil descubrir que todo marchaba estupendamente en el palacio, los sirvientes no tenían más que palabras amables para el Señor del Fuego, al parecer era ahora todo lo que quería ser cuando era un infiel que se arrastraba hasta su habitación. Era devastador que Zuko tuviera todo lo que quería mientras ella pasaba sus días escondida de sus amigos intentando aminorar las ganas de matar al Señor del Fuego, intentando no sentirse tan miserable después de ser traicionada y olvidada. Pero intentaba pensar qué esa era su suerte y no había mucho que hacer, no quería terminar matando a quien se supone que debía proteger.
Iroh volvió a Ba Sing Se, él tenía su propia vida hecha en el Reino Tierra y por mucho que quisiera a su sobrino, no iba a abandonarla por demasiado tiempo.
Una noche, mientras Toph recorría el palacio tranquilamente tarareando una canción que Aang solía tocar en sus instrumentos de maestro aire, sintió demasiado tarde que alguien se acercaba. Intentó ocultarse, pero no tuvo éxito.
-Sé que estás ahí, esa es la canción de Aang –Le dijo Zuko arruinando su escape.
-Bien, me tienes –Se rindió ella alzando las manos y dejándose ver -¿Qué pasa, el Señor del Fuego tiene problemas para dormir?
-Algo así, a alguna de las sirvientas se le olvidó poner agua en el jarrón de mi habitación y voy a la cocina a buscar un poco.
-Tu vida no es tan maravillosa como nos hacen creer –Toph alzó sus hombros como si fuera una situación lamentable -¿Crees que tengan carne en la cocina?
Zuko la invitó a averiguarlo y caminaron hasta la espaciosa habitación que a esa hora se encontraba vacía. Él tomó un poco de agua y Toph saqueó las sobras de la cena. La maestra tierra le preguntó cómo había reconocido la canción de Aang y Zuko le dijo que alguna vez la habían tocado juntos, su tío le había instruido muy bien en el misterioso y ancestral arte del cuerno Tsungi, pero no era algo de lo que estuviera orgulloso. Toph lo obligó a prometerle que algún día la dejaría oírlo, tuvo que lanzarle pedacitos de comida para que aceptara. Luego de un par de risas se quedaron en silencio con una extraña sensación, ellos se habían llevado bien desde el principio y parecía que algo de eso aún quedaba, pero los recuerdos dolorosos eran más fuertes y les hacía encontrar el rencor que debían guardarse.
-¿Por qué haces esto, Toph? -Rompió la incómoda pausa el maestro fuego –Sé que no quieres estar aquí, tienes mejores cosas que hacer y yo… seguramente no quieres estar cerca de mí ¿Por qué te quedas?
Ella se quedó seria, con sus ojos ciegos perdidos en algún lugar de la mesa que se extendía frente a ella. También era interesante preguntar por qué había aceptado en un principio, ni siquiera ella lo tenía muy claro, pero Zuko estaba necesitándola y aunque se había prometido ignorarlo para siempre y nunca volver a ayudarlo, había abandonado todo para estar ahí. Y si no era ella ¿Quién sería? ¿Quién estuvo siempre con Zuko? ¿Quién fue la primera persona en aceptarlo cuando quiso ayudar al avatar? ¿Quién lo había ayudado a sacudirse la rabia y el malestar cuando no estaba seguro de poder seguir siendo el Señor del Fuego?
-No tienes a nadie más –Susurró ella sin querer ser oída.
¿A nadie más? Zuko pensó sobre las palabras de Toph. Sus amigos estaban todos ocupados en sus propias vidas, su tío tenía sus propios problemas en Ba Sing Se, su madre tenía una nueva familia de la que preocuparse y Mai… ella no había vuelto desde ese día. Era cierto, no tenía a nadie más ¿Por qué eso lo hacía sentirse tan desprotegido? No necesitaba que lo cuidaran como a un niño, desde hace mucho era independiente y perfectamente capaz de arreglárselas solo. Pero en realidad ella se equivocaba.
-Tampoco te tengo a ti.
Y eso era un gran problema. Había tenido a Toph como una magnífica compañía, había sido un montón de cosas para él a la vez y perderla lo dejó sin nadie, sin nada. No tenía a Toph, no como quisiera, no como la había tenido en algún momento de su vida, no como deseaba tenerla ahora. ¿Era necesario volver a entenderlo? ¿Tenía que tenerla en frente otra vez para darse cuenta que el tiempo nada había curado? Todo se sentía exactamente igual como esos días en que Toph escapaba de él en ese mismo palacio. Justo como el día en que no pudo alcanzarla.
-Escucha, Toph –Volvió a hablar el maestro fuego –En algún momento debemos hablar sobre… eso y lo sabes, puedes golpearme todo lo que quieras, pero tendrá que pasar.
Toph suspiró, por supuesto que pasaría, no podía evitarlo por siempre, menos si estaban viviendo bajo el mismo techo otra vez. Pero ella estaba protegiéndolo, no había mucho que decir sobre eso ¿Lo había perdonado? ¿Le guardaba rencor? ¿Lo odiaba? ¿Aún le quería? El tiempo había hecho un buen trabajo para ella a pesar de todo, podía recordar sin perder la cabeza, sabía que podrían sentarse a hablar, aunque no era algo que se le antojara. Era el momento de afrontar las cosas, de ser valientes por fin.
-Habla –Fue lo único que ella contestó.
Tomaron un par de sillas de madera para sentarse cerca de una mesa. Él habló. Respiró profundamente y comenzó su relato sobre aquellos días que habían disfrutado tanto y que habían terminado por separarlos dolorosamente. Le contó todo lo que ella no sabía que él había vivido y pensado mientras esos fatídicos momentos transcurrían. Le contó también que el día en que Toph dejó la nación él volvió hasta el palacio y fue a la casa de Mai para romper con ella. La maestra tierra escuchó pacientemente cada palabra, a veces sentía ganas de llorar, a veces debía contenerse para no golpear a Zuko en la boca del estómago y que dejara de decir tantas cosas. Era ridículo para ella escucharlo, le dolía oír las palabras que se deslizaban por los labios del maestro fuego "me gustabas", "iba a decírtelo", sonaba lejano, una narración de alguna historia antigua perdida en el tiempo, como las leyendas que Zuko solía leerle. Su historia se había terminado.
El Señor del Fuego terminó de hablar y observó en silencio cómo Toph cerraba sus ojos inútiles con pesar. Después de un momento ella logró hablar.
-Gracias por decírmelo.
Y nada más. Zuko esperó alguna otra reacción o respuesta, pero ella no volvió a hablar, volteó su rostro hacia un lado, como si estuviera decidida a olvidar que él se encontraba ahí.
-¿Sólo eso? –Se atrevió a preguntar –Acabo de decírtelo todo ¿No tienes nada que decirme?
Ella volvió a dirigir su rostro hacia él conservando una expresión seria.
-No sé qué quieres que te diga.
-¡¿Qué?! -Se escandalizó Zuko. Había esperado tanto para poder aclarar las cosas, para decirle por fin todo lo confundido que estuvo y todo por lo que pasó. Aún después de esos años guardaba la secreta y ridícula esperanza de ser comprendido y perdonado sólo por darse a entender. Pero no funcionaba ¡Estaba perdiéndola otra vez!
Y sus ojos inútiles ni siquiera pretendían buscarlo.
-Es porque no me crees ¿verdad? –Dijo después de pensarlo –Quizás el material del piso no te deja sentirlo bien –Se levantó de su lugar y se arrodilló cerca de ella, tomó sus manos y las puso sobre su propio pecho –Si me tocas mientras lo digo podrás saber que no estoy mintiendo. Puedo decirlo todo otra vez.
Toph sintió que algo se comprimía dentro de ella.
-No es problema del suelo, Zuko. Sabría si me mientes sólo con oírte –Se soltó suavemente del agarre del maestro fuego y tomó el rostro de Zuko entre sus manos, acariciando la familiar textura de su cicatriz. Pudo sentir, para su sorpresa, que el cabello de Zuko estaba mucho más largo de lo que recordaba, quizás no había vuelto a cortárselo desde entonces –Te creo.
-¿Entonces por qué no dices nada? No sabes cómo me arrepiento, no te seguí y me arrepiento todos los días –Por la mente de Zuko pasaban las tardes solitarias luego de la partida de Toph, el increíble vacío que sentía en el interior, el odio que llegó a sentir por él mismo –Te extraño… Pero volviste, no puedes volver y dejarme otra vez solo. No puedes…
-Basta –Lo interrumpió Toph soltándolo y poniéndose de pie, estaba harta, no iba a dejar que todo comenzara otra vez, no era una tonta, no volvería a pasar por lo mismo -¿Aún no lo entiendes? ¡Piénsalo un poco! no me extrañas a mí, extrañas todo lo que has tomado de mí. Cuando estaba en este palacio siempre te acompañé, me preguntabas cosas y yo las respondía, te aconsejaba y te esperaba pacientemente todas las malditas noches, cuando Mai se iba sabías que estaría esperándote. ¡Y no es sólo eso! ¿Quién ha estado siempre apoyándote? –Toph estaba expresando todo lo que había pensado en esos años de separación, la realidad que ella había encontrado en sus recuerdos, el verdadero motivo de esa gran y elaborada mentira -¿Quién fue la única que te creyó cuando decidiste que ya habías sido un estúpido suficiente tiempo y quisiste ayudar a Aang? Cuando esa estúpida obra en la Isla Ember te mostró lo horrible que habías sido con tu tío ¿Quién te dijo que él aún te quería y que debías seguir haciendo lo correcto? ¿Quién te hizo notar las fallas que cometías con tus consejeros y con los rebeldes? ¡He corregido tus errores una y otra vez! –Zuko la miraba perplejo mientras las palabras de Toph traían vívidos recuerdos frenéticamente a su memoria, uno detrás de otro y lo golpeaban como látigos- Si yo no hubiese desarmado tus malditos tanques en Yu Dao ¡ahora estaríamos en guerra! ¿Y sabes qué es lo peor? ¡No sé si estaría apoyando al Reino Tierra o a ti! ¡A ti y a la maldita Nación del Fuego!
Toph respiraba aceleradamente, buscando más verdades para arrojárselas a la cara, pero ya no quiso continuar. Intentó calmarse y respirar hondo. Zuko estaba inmóvil, no podía creer las cosas que acababa de oír, intentaba buscarles sentido, unirlas todas y dolía, dolía saber que ella pensaba así de él y estaba en todo su derecho, sus acciones lo condenaban ¿Qué podía hacer? No tenía con qué defenderse, estaba confundido y le aterraba que fuera verdad lo que Toph decía. Él no quería ser así.
-Te perdono, si es lo que quieres escuchar –Dijo Toph distante, sin saber cómo había llegado a pronunciar las palabras que pensó jamás llegaría a decir –Pero en cuanto Suki vuelva, yo y mis policías nos largamos de aquí –Fue lo último que dijo Toph antes de irse de la habitación y dejar a Zuko solo con su culpa.
A pesar de sentir ganas de gritarle y ordenarle que se quedara, no lo hizo. No pudo decir nada.
Pasaron días de absoluta reflexión para el Señor del Fuego. En el fondo sabía que ser perdonado no era suficiente, no estaría satisfecho sólo con eso. Él quería estar cerca de Toph otra vez, pero no podía hacerlo como lo había hecho siempre. Estaba seguro que ella se equivocaba, durante esos largos años él no había extrañado sólo las cosas que ella podría darle, era genuino, tan verdadero como el día en que se presentó en su habitación para dejarlo todo por ella. Pero no quería ser la persona que las palabras de Toph le presentaron ¿Podría realmente ser diferente? Bastaba con pensar en todo lo que había hecho con ella, había sido horrible. Sólo algo tenía seguro y era que quería recuperarla, sin embargo, recordó aquel antiguo pensamiento que tuvo alguna vez en el que deseaba poder destruir a Toph tal y como ella hacía con él, había deseado romperla, verla mal y triste, doblegar su fuerza para luego ayudarla a recomponerse y no sentirse así el único utilizado, al parecer ese tonto deseo se había cumplido, ella ya no era igual que antes, la había dañado y no sabía cómo ayudarla a ser la misma, no sabía cómo devolverle todo lo que le había quitado.
Toph frecuentaba la torre de los halcones justo como en su última visita, aunque le gustaba estar sola y encargarse de sus propios asuntos, parecía estar siempre esperando noticias de los demás. El general le escribía seguido sobre las cosas en Ciudad República, pues se había quedado al mando en su ausencia y ella contaba los días para poder volver. Los policías no dejaban de quejarse con ella sobre la aburrida tarea que tenían, no habían sobrevivido a los entrenamientos de Toph para cuidar un palacio donde nada pasaba.
Esta vez Toph no evitó encontrarse con Zuko por los pasillos, pasaba junto a él y lo ignoraba, ni una palabra, ni una inclinación, aun cuando sentía el pulso del maestro fuego acelerarse cuando la divisaba y luego caer en picada cuando ella no daba señas de haber notado su existencia. Él se mantenía en silencio, un terco y herido silencio que Toph no lograba descifrar muy bien ¿orgullo, quizás? Puede que las palabras que ella le lanzó con rabia hirieran el orgullo de Zuko, pero era su culpa ¿cómo podía pensar que con un par de palabras estaría todo como antes? Nadie pasaba por encima de Toph Beifong, nada era más fuerte que ella.
En sus recorridos por el palacio pudo oír un par de veces a los jardineros reales suspirar con alivio al descubrir que esa mañana los jardines habían amanecido intactos. Curiosa, un día se acercó a preguntarles por qué les sorprendía tanto y ellos le contaron a modo de confidencia que el Señor del Fuego había desarrollado la extraña costumbre de destruir los jardines y derribar estatuas, pero había dejado de hacerlo súbitamente.
Cuando llegaron unos visitantes del Reino Tierra a hablar con el Señor del Fuego fue ella la encargada de llevarle la noticia, le preguntó a unas criadas dónde estaba él y le dijeron que por la hora seguro estaba encerrado en la biblioteca, como de costumbre, pero no le gustaba ser molestado. Ir a encontrarse con Zuko en la biblioteca real tenía mucho de masoquismo, el mejor recuerdo que guardaba de esos días en que fueron más que amigos se desarrollaba en esa habitación. Sabía que la puerta estaba cerrada aún sin tocarla, pero no hay puerta que se resista a alguien como ella. Moldeó una llave con el brazalete de meteorito que nunca dejaría de llevar con ella y abrió la puerta con decisión para encontrar a un ensimismado Zuko que leía un pergamino sentado en su diván favorito.
-¿Qué pasa, Princesa Cautiva, el dragón aún no viene a salvarte? –Soltó la Jefa de policía cerrando la puerta detrás de ella.
Zuko no pudo evitar sonrojarse ante la referencia de Toph, la Princesa Cautiva era la protagonista de uno de los cuentos infantiles de la Nación del Fuego, uno que él le había leído en ese mismo lugar hace tres años, mientras jugueteaba con su largo cabello enredándolo entre sus dedos. Hace mucho que no veía su cabello suelto, suponía que no muchos habrían podido verlo de esa forma, siempre lo recogía de la misma manera, podría decirse que era un privilegiado.
-¿Aún recuerdas esa historia? –Preguntó algo avergonzado, desviando su mirada al pergamino que había estado leyendo.
-Las recuerdo todas –Aseguró Toph caminando hasta él.
-¿Cómo entraste? –La interrogó el Señor del Fuego después de un momento en silencio, queriendo cambiar de tema.
Ella le arrojó el brazalete que aún conservaba la forma de una llave, le preguntó ¿Lo recuerdas? y él lo reconoció enseguida, muchas veces se lo había quitado del brazo o de la muñeca para que no molestara mientras ellos estaba ocupados. Toph se sentó a su lado y recuperó la llave para jugar con ella cambiando su forma entre sus manos.
-Es el regalo de Sokka ¿verdad?
Ella asintió, entristeciendo, ya serían tres años desde la última vez que habló con Sokka y lo extrañaba ¿Cómo estaría? ¿Qué habría hecho todos esos años? ¿Se acordaría de ella? Y Aang, lo último que supo de él fue que volvería a los templos del Aire para intentar reconstruirlos, ella sabía que Aang era un maestro tierra decente, ella misma lo había entrenado, pero dudaba que pudiera reconstruir los templos por él mismo, de hecho estaba segura que no podría, pero seguramente donde fuera Katara estaría con él ¿Seguiría siendo tan dulce y tonta como siempre? Zuko le habló y la sacó de sus pensamientos preguntándole qué estaba haciendo ahí. Ella le dijo que alguien del Reino Tierra lo buscaba. El Señor del Fuego no estaba de humor para recibir a nadie y le pidió que le dijera que no estaba disponible o que se había enfermado, cualquier cosa estaba bien. Toph se negó diciendo que no era un halcón mensajero, pero luego lo pensó mejor y le propuso un trato.
-Yo miento por ti, pero tienes que darme algo que yo quiero –Le propuso.
Zuko desconfió, pero no podía negarse, no quería hablar con nadie y si aceptaba podría hacer algo por ella, era un buen comienzo para arreglar un poco las cosas. Y quizás tenía un plan. Al estar de acuerdo, Toph le dijo que la esperara al atardecer con té y algo para comer y se fue a cubrirle la espalda ante esos extraños del Reino Tierra. No tenía cómo saberlo, pero había firmado un cambio brusco en su historia y en sus definiciones de ella misma.
Cuando la Jefa de policía llegó al lugar de encuentro, el té ya estaba frío y Zuko estaba molesto.
-Aún llegas tarde a todos lados –Se quejó con ella cuando la vio entrar.
-No, sólo cuando voy a encontrarme contigo.
Se sentó en un cómodo sofá rojo ignorando los reclamos de Zuko, quien se dispuso a calentar el té con fuego control, alegando entre dientes que su tío decía que al volver a calentar al agua el sabor ya no era el mismo. Toph bebió dos tazas y comió un poco de todo lo que él tenía para ofrecerle sin decir ni una sola palabra. Él sólo la observó en silencio y le sirvió más té siempre que ella lo pidió, sintiéndose más nervioso e irritado con cada segundo que pasaba.
-¿Vas a decirme alguna vez en esta vida qué es lo que quieres? –Soltó Zuko al notar que ella no tenía intenciones de comenzar a hablar.
Toph se acomodó de una forma para nada elegante en el sofá y se adueñó de una fuente de brochetas de carne picante, típica de la Nación del Fuego, que parecía gustarle bastante.
-¿Nervioso por lo que te voy a pedir, Princesa? –Preguntó ella sonriendo. Ya casi no tenía oportunidades para jugar así, debía aprovechar el momento, además hacer sufrir a Zuko nunca estaba de más.
-No me llames así –Gruñó el Señor del Fuego frustrado.
-Escucha, Chispita, quiero una sola cosa y no puedes negarte, lo sabes ¿verdad?
Zuko estaba tenso ¿qué extraña cosa podría pedirle ella y por qué jugaba así con él? Ya era suficientemente abrumador estar solos en una habitación cerrada, su experiencia le decía que el que ella estuviera así de cómoda siempre era peligroso. Se preguntó qué sería capaz de hacer por ella ¿Podría cumplir con lo que fuera que le pidiera? Recordó súbitamente las lejanas palabras de la maestra tierra "¿Qué no puedes hacer, Señor de la Nación del Fuego?" La verdad es que ya había hecho un montón de cosas con ella, seguramente no sería nada nuevo ¿Podría volver a hacer esas cosas? No era como si no quisiera, pero ¿Qué le había hecho cambiar de opinión? Hasta hace unos días atrás ni siquiera le dirigía la palabra por los pasillos. Tragó saliva y se entregó a la situación.
-Lo sé, di lo que quieres de una vez –Le dijo con el corazón en la garganta.
Ella sonrió disfrutando el momento, había olvidado lo predecible que era Zuko, o quizás ya lo conocía demasiado bien como para saber lo que estaba pensando o sólo se había vuelto demasiado buena identificando las emociones de las personas a través de sus vibraciones, lo que fuera le proporcionaba mucha diversión. Era el tipo de pequeñas venganzas personales que ella podía tomar y para ella el poder hacer algo lo convertía en una obligación. Tomar el control de la situación le devolvía la seguridad que perdía siendo consciente de la posición en la que se encontraba, es decir, ¿Encerrarse con Zuko? ¿Qué estaba pensando? Pero había algo más importante, lo que quería de Zuko esta vez era realmente importante para ella.
-Información –Dijo Toph perdiendo la sonrisa, era tiempo de ir al grano –Quiero que me cuentes todo lo que sabes que Aang, Sokka y Katara hicieron estos últimos tres años.
Para el maestro fuego fue una gran sorpresa oír esa petición, pero no era algo descabellado, por lo que sabía ella no había vuelto a ponerse en contacto con nadie desde que salió de la Nación del Fuego tras esa funesta escapada en barco. Zuko iba a contarle todo lo que sabía con lujo de detalles, pues entendía lo mucho que significaba para ella.
Fue así que Toph se enteró de cómo Aang fue a buscar al padre de Teo para que le ayudara a reconstruir los templos del Aire y hacerlos habitables otra vez junto a los nuevos acólitos del aire, lo que a Toph le hizo mucho más sentido que sus conjeturas del Avatar arreglándolo todo por su cuenta. También había gastado mucho tiempo buscando algún indicio de cómo conseguir repoblar el mundo de bisontes voladores y lémures, pero aún no daba con la respuesta. Según lo que había oído Zuko, Katara se había convertido en maestra de un grupo de niños y niñas de las Tribus Agua y les enseñaba tanto a luchar como a sanar con sus habilidades. Sokka hacía un montón de cosas, ayudaba al crecimiento de su tribu en el polo sur, visitaba a Aang en los templos y lo iluminaba con sus prácticas ideas, también tenía un ojo puesto sobre la nueva Ciudad República, de alguna forma se había hecho conocido entre las autoridades de la ciudad por su curioso ingenio. Toph escuchó ensimismada y emocionada cómo transcurrían las vidas de sus amigos lejos de ella. Estaba orgullosa de todos ellos, era absolutamente gratificante tener noticias de sus viejos compañeros, incluso olvidó la tensión que se había sentido entre ella y Zuko en un principio y charlaron como en los viejos tiempos, riendo y compartiendo, burlándose de Sokka y sus locuras, recordando qué se sentía volar sobre Appa y que Momo envolviera tu cuello con su cola. La conversación se vio interrumpida sólo cuando se les acabó el agua para el té.
-Yo voy a buscar más –Se ofreció Toph, pero Zuko la detuvo antes de que pudiera ponerse de pie.
-De hecho tengo algo aquí –Se levantó y fue a buscar entre unos muebles de madera oscura para volver con una botella y dos vasos de cristal tallado.
Toph le preguntó qué demonios era eso, pues un extraño aroma se desprendió de la boca de la botella en cuanto la descorchó.
-Sangre de Dragón, fue un regalo de uno de mis consejeros por mi último cumpleaños. Quizás es algo fuerte para ti –Le dijo retadoramente con una sonrisa mientras vertía el contenido de la botella en los relucientes vasos.
-¿Alcohol, es eso? –Preguntó ella captando el penetrante y característico olor que le traía aquel líquido al llenar su vaso.
-No me digas que nunca has bebido alcohol –Se burló él dándole el vaso.
-Tú no has estado en muchos torneos de lucha ¿verdad, Princesa? –Si había alguien de temer en la celebración de una victoria era Toph, sobre todo luego de su extraña ausencia durante un par de meses, ella volvió con el doble de ganas de patear traseros, y después de acabar con todos defendiendo su cinturón, se iba a un bar a beber, celebrar y buscar pelea. Definitivamente sus padres no estarían orgullosos de ella si llegaran a saberlo, pero había sido una gran forma de desahogarse. Sokka la entendería.
Aun así lo que le había dado Zuko les quemó la garganta a ambos como nunca les había sucedido.
-¡De qué está hecho esto! ¡Es como tragar fuego! –Exclamó Toph justo antes de dar otro gran sorbo.
Zuko se rió, no tenía la más mínima idea de lo que esa cosa contenía, sólo sabía que era lo más fuerte que se producía en su nación y que ni siquiera así asustaba a la chica que tenía en frente.
Continuaron bebiendo para no ser menos que el otro y pronto, sin darse cuenta entre bromas y burlas, comenzaron a hablar sobre ellos mismos. Zuko le preguntó dónde había dejado toda la tierra que antes siempre llevaba sobre su cuerpo, desde que la vio entrar en la habitación real notó lo limpia que estaba, no como solía ir hace años. Ella le quitó importancia con un movimiento de su mano y le contó que al parecer cuando tienes un puesto importante ya no puedes ir lleno de tierra a gusto. Hablaron sobre sus vidas durante esos años de no saber nada el uno de otro e inevitablemente llegaron a Mai. Zuko se quedó en silencio un momento y luego le dijo que no había vuelto a verla desde que terminó con ella, sabía que hablaba con Ty Lee, y poco más que eso. Ninguno de los dos dijo nada por un tiempo, casi como si guardaran un pequeño momento de luto en su honor. Le habían hecho mucho daño, si ellos estaban destrozados no querían ni pensar en cómo se sentiría Mai. Al menos Ty Lee había mantenido su boca cerrada, si continuaba así ella nunca se enteraría de la imperdonable traición de la que había sido víctima, viviría engaña por siempre, apuñalada por la espalda e ignorante de su condición. Sintieron asco de sí mismos por unos segundos, pero luego el alcohol que bebían hizo su trabajo y los llevó a temas más agradables, como por ejemplo, el cabello de Zuko.
-Quieres presumírselo a Aang ¿verdad? –Le preguntó Toph entre risas y Zuko se unió a ellas.
La verdad, sólo no se había preocupado de cortarlo durante un tiempo, no era una gran preocupación para él. Se sorprendió al sentir a Toph súbitamente cerca de él quitándole el adorno real de reluciente oro que sostenía buena parte de su cabello. Ella lanzó el accesorio lejos y despeinó la cabeza del soberano de la nación entre risas. Él se quejó al principio, pero luego le devolvió el gesto desarmando su peinado. ¿Qué hacían jugando como niños? Algo en sus mentes les decía que debían alejarse y odiarse otra vez, pero no lo hacían, en lugar de eso se acercaban cada vez más, como si el tiempo retrocediera y ambos admitieran que querían estar juntos, que no importaban las heridas, que podían ser todo lo malos que quisieran, que los errores los llevarían como medallas cocidas al corazón. El alcohol se encargó de aturdirlos lo suficiente como para no pensar en las consecuencias y besarse otra vez después de tantos años. Se besaron apasionadamente y volvieron a ser aquellos sinvergüenzas que se veían a escondidas, atrapando sus labios sin querer dejarlos ir otra vez, quitándose el aliento y sintiéndose grandes. Zuko pateó la mesita que se encontraba en medio de la sala para hacerles espacio y Toph se encargó de deshacerse de la molesta ropa que llevaban puesta. Sintieron la piel del otro rozándolos por todos lados, suspirando en los oídos del otro, envueltos en el calor inhumano que exhalaba Zuko por todo su cuerpo y que les hizo rejuvenecer tres años, ser los mismos locos egoístas que eran entonces, morderse y clavarse las uñas, gruñir y pedir más, como si fueran el uno del otro, reclamándose, haciéndose daño y llenándose de placer al mismo tiempo. Ni una sola duda los frenó, ni remordimientos, ni recuerdos dolorosos, estaban sumergidos totalmente en la fiebre del alcohol y el deseo. Que los espíritus les ayudaran a soportar la mañana siguiente.
En cuanto Zuko abrió los ojos, un horrible dolor lo atormentó. Se llevó una mano hasta la cabeza y suspiró intentando pensar. Abrió los ojos y al ver el lugar en el que se encontraba recordó todo de golpe, la vista se le nubló y su estómago rogó por deshacerse de todo el veneno que tenía dentro. Estaba hecho pedazos. Alargó su mano con la intención de incorporarse y cuando lo logró, pudo apreciar el paisaje de una habitación totalmente destruida, los costosos vasos de cristal tallado estaban rotos en el piso, los platos esparcidos por todos lados, la mesita había ido a parar al otro lado de la habitación, su ropa estaba regada por todas partes… y nada más. ¿Dónde demonios estaba Toph? La buscó con la vista y no había rastros de ella ¿Había sido un sueño de borrachera? Siguió buscando y encontró la bendita diadema de la maestra tierra, magnífico color verde inconfundible. Era real. Había vuelto a tenerla entre sus brazos, por fin había podido besarla otra vez y estar con ella, sentirla, tocarla, recorrerla completamente. ¿Pero dónde estaba ahora? ¿Le había dejado solo justo como él lo hizo tantas veces en el pasado? Se lo merecía. No era tan ingenuo para pensar que la noche anterior cambiaba algo entre ellos. Iba a continuar culpándose, pero la sed que sentía lo estaba matando y no lo dejaba pensar, buscó algo de su ropa, mas no estaba completamente vestido cuando la puerta se abrió de golpe. El alma se le fue del cuerpo y se giró rápidamente para ver quién era.
-¡Toph! –La saludó aliviado de que no fuera una criada, o mucho peor, uno de sus consejeros. Estaba vestida, pero su largo cabello negro caía libremente por su espalda.
-Princesa –Saludó ella sin mucha emoción con una inclinación de cabeza. Se veía mucho más compuesta que el Señor del Fuego –Toma –Le ofreció una bandeja con dos vasos de metal repletos hasta el borde de algún extraño líquido espeso.
-¿Qué es eso? –Preguntó Zuko sin confiar, no estaba seguro de querer volver a beber algo que no fuera agua en toda su vida.
Ella puso el diván en su lugar y se sentó para comenzar su relato.
-Un día uno de mis alumnos me encontró luego de una larga noche en el bar detrás de la arena de lucha y no estaba precisamente en condiciones de enseñar algo, así que me preparó esto –Tomó uno de los vasos y le dio un interminable trago hasta que bebió todo lo que contenía. Suspiró satisfecha –Podría revivir a mis ancestros con esta cosa.
Zuko le dio una oportunidad al milagroso brebaje, pero no tardó mucho en arrepentirse.
-¿Qué mierda tiene esto? Es asqueroso.
-No quieres saberlo, Chispita.
A Zuko no le quedó más remedio que beberlo. Ordenaron el lugar rápidamente y salieron de ahí antes de ser vistos por los encargados de limpiar el palacio.
Se entregaron a sus ocupados días intentando no preocuparse por lo ocurrido esa noche. Eran expertos en hacer como si nada pasara. Para Toph comenzó una nueva guerra interna de pensamientos. Solía pensar que era fuerte al evitar a Zuko en todas las formas posibles ¿Por qué se había sentido tan bien al volver a compartir con él, entonces? Al final no era más que su orgullo herido el que la alejaba de él, era la única que se estaba impidiendo algo que quería y eso no tenía sentido ¿Debería entonces dejarse envolver por las disculpas de Zuko y volver a abrirle las puertas de su habitación a media noche? ¿O nunca haber sido escogida tendría un peso mayor y le haría decidir seguir golpeándolo con el frío látigo de la indiferencia? ¿Qué tal si volvía ella a ser la egoísta? Era un papel que le acomodaba mucho más, podría simplemente utilizar a Zuko, no prometerle nada, hacer como si todo estuviera bien otra vez, pero no permitir que él se aprovechara de eso. Podría ser incluso ella quien irrumpiera en la habitación del Señor del Fuego esta vez. No sonaba como una mala idea.
Pero antes de siquiera poder intentarlo pasó lo que volvería a romper la frágil tregua entre esos dos antiguos amigos. Una tarde cualquiera en que el aire no soplaba y parecía anochecer con rapidez, Toph paseaba por los pasillos del imponente palacio acompañada de uno de sus soldados. Hablaban de la última carta enviada por el general desde Ciudad República cuando una extraña actividad en las vibraciones de la tierra la distrajeron. Guardó silencio y dio un firme paso para amplificar su campo de visión. Luego de un momento de silencio estuvo segura de lo que pasaba.
-Emboscada –Susurró comenzando a trazar planes de acción en su mente. Envió a su soldado a dar la noticia al otro extremo del palacio mientras ella se dirigió a la entrada con suma rapidez. Advirtió a los guardias, pero nada alcanzaron a hacer, los atacantes ya estaban ahí. Al estar desprevenidos, los guardias reales no pudieron retenerlos por mucho tiempo y entró el primer escuadrón de asaltantes, Toph en persona combatió con ellos y luego de un forcejeo los enterró bajo tierra dejando sólo sus cabezas y hombros a la vista. Llegaron más maestros metal a reforzar la entrada justo un momento antes de la explosión. Un estruendo ensordecedor se hizo escuchar desde el interior del palacio, sacudiendo la infraestructura. Toph sólo pudo pensar en un nombre.
-Zuko…
Gritó órdenes a sus soldados, tenían prohibido dejar que alguien más se metiera al palacio o ella misma se encargaría del castigo, lo que fue suficiente incentivo para dar la vida protegiendo la entrada si era necesario. Corrió a toda velocidad hacia la torre en la que se encontraba la habitación del Señor del Fuego, subió las escaleras y dobló el pasillo para encontrarse a Zuko luchando, junto con los dos solados que la misma Toph había dejado custodiando la entrada de su habitación, contra los bastardos que habían volado una muralla para poder ingresar. Sin perder tiempo atacó a los intrusos con las lianas de metal que llevaba siempre con ella en un ingenioso mecanismo que había inventado su amigo el General, y se abrió paso entre ellos hasta llegar con Zuko y los maestros metal. Sintió que más enemigos venían subiendo por la escalera, pronto estarían atrapados y jodidos, pero ella tenía un plan. Los solados se antepusieron entre ellos y los atacantes, que les superaban en número y fiereza. Toph le habló a Zuko.
-Confía en mí.
Zuko, desconcertado por la petición, sólo asintió con la cabeza. Se vio obligado a dejar de atacar, pues ella tomó su muñeca y lo arrastró por el pasillo.
-¡¿Qué haces?! –Protestó él, darle la espalda al enemigo no era de las cosas favoritas de Zuko.
-¡Salta! –Gritó ella.
-¡¿Qué?!
Toph saltó hacia el ventanal del pasillo arrastrando a Zuko con ella, haciendo pedazos el inocente marco. Fue la mejor forma que encontró para sacarlo de ahí, estaba protegiendo al Señor del Fuego y quedarse en el pasillo siendo rodeados y contra la pared sería mortal. Soltó su mano y usó la técnica que había practicado variadas veces con Sokka, formó un tobogán de tierra justo debajo de ellos, por el que se deslizaron y llegaron hasta los jardines.
-¡Estás loca! –Reclamó Zuko al saberse vivo aún.
-"Gracias Toph, nos sacaste de ahí justo a tiempo, me salvaste la vida" –Dijo Toph poniendo la voz grave para emular a Zuko.
No hubo tiempo para seguir quejándose, los soldados llegaron junto a ellos de la misma forma y también los infiltrados, pero la historia era diferente ahora. Toph y Zuko lucharon codo a codo, no importaba cuán buenos fueran esos maestros fuego traidores, ellos juntos eran más fuertes que cualquier cosa, imparables, llenos de destreza y poder. Los redujeron en cosa de minutos. Los maestros metal de Toph y los guardias reales también cumplieron su parte eficientemente, todos los que no fueron reducidos escaparon del palacio. Encerraron a todos los que capturaron en la prisión de la capital de la Nación del Fuego, donde Toph los interrogó uno por uno, no podrían esconderle nada. La información que Toph obtuvo fue inquietante y necesitó corroborar un par de cosas, habló con un par de autoridades de la cárcel, con guardias reales y con sirvientes del palacio. Al momento de ir a visitar a Zuko en una de las oficinas del palacio que no habían sido afectadas por el incidente, ella estaba furiosa. No tenían que decirle al Señor del Fuego que estaba frente a su verdugo, lo sabía desde hace años, esa mujer iba a matarlo y quizás fuera su culpa, estaba seguro que Toph ya lo había averiguado todo, lo había descubierto y lo que es peor los había puesto en peligro a todos, a ella.
-Le dije a mi tío que no era una buena idea… -Suspiró bajando la mirada.
-Sabías que vendrían y no hiciste nada –Lo acusó ella con el rostro lleno de asco -¿Qué pasa contigo, Zuko? ¿Qué te pasa? ¡Estabas amenazado! ¡Amenazaron con venir a matarte y no me lo dijiste! ¿Por qué me llamaste, entonces? ¿Para ver si moríamos todos juntos en las manos de esos bastardos?
-Toph, yo…
-Quizás a ti no te importen tus guardias o tus sirvientes, pero a mí sí me importan mis chicos, yo los elegí, los entrené, les enseñé todo lo que saben y estoy a cargo de ellos. Los saqué de su verdadero trabajo para venir a cuidar tu maldito trasero ¡Y los pones en peligro como si no valieran nada!
-No, yo no quería…
-¡No querías qué! –Gritó Toph acercándose a él amenazadoramente -¿Qué te dejáramos solo porque iban a atacarte? ¿O no querías que estuviéramos listos para enfrentarlos y fuéramos una presa fácil? ¿Qué no querías, Zuko? ¿¡Qué!?
-¡No quería que te quedaras por eso! –Se defendió el maestro fuego entendiendo las consecuencias de su estupidez –Sabía que no querías estar aquí y pensé que si te decía que me habían amenazado a mí y al palacio te sentirías obligada a quedarte. Creí que Suki volvería luego y tú te irías tranquila…
-¿Tú ves a Suki por aquí, estúpido? –Le preguntó ella golpeándolo en el hombro, obligándolo a retroceder –Ella no está ¡Estoy yo! ¡Yo y mis hombres! Y nos pusiste en peligro a todos "porque pensé que Suki vendría salvarme" –Toph intentó burlarse de Zuko cambiando su tono de voz, lo que no le hizo ninguna gracia al Señor del Fuego –Si uno solo de mis soldados hubiese salido herido por tu culpa, estarías muerto, Princesa ¿Entiendes?
-¡Deja de golpearme! Sé que fue un error, pero lo hice pensando en ti.
-Oh ¿Quieres que te lo agradezca? Muchas gracias por mentirme y quedarte sentado siendo una maldita carnada.
Luego de esas palabras ambos se quedaron en silencio. Zuko sumido en la culpa y anotando un nuevo gran error a su lista mental, Toph con la sangre hirviéndole en las venas, intentando relajarse, respirando hondamente.
-No te entiendo, Zuko –Dijo por fin la maestra tierra más calmada –Dices que confías en mí, pero me mientes y me ocultas cosas. Sabes que pude arrestar a esos tipos hace mucho tiempo, pudimos seguirlos y encontrarlos ¡Es lo que mis chicos saben hacer!
-¡Lo sé! Lo sé. No quería seguir molestándote, no quería que vinieras aquí para hacerme un favor después de todo lo que yo te hice. No quería que estuvieras obligada a quedarte… Lo siento –La miró a los ojos, aunque no sirviera de nada ¿Cómo pudo ser tan tonto? El Señor del Fuego debe velar por la seguridad de su gente y él los había puesto en peligro deliberadamente. Quizás debía dejar que Toph lo golpeara todo lo que quisiera como castigo.
La Jefa de Policía suspiró ¿Qué importaba? Ya todo había pasado, tenían que preocuparse del futuro, tomar las riendas del asunto y terminarlo de una vez.
-Está bien–Suspiró.
-De verdad lo siento, Toph, siempre lo arruino, debería…
-Deja de llorar, Princesa, ya no vas a mentirme nunca más ¿verdad? –Él asintió –Entonces vas a ponerme a cargo y harás todo lo que te diga. Terminaremos con esto a mí manera.
Las cosas cambiaron bajo el mando de Toph, Zuko la puso a cargo de toda la seguridad del palacio y los soldados reales aprendieron a no cuestionar su autoridad por los consejos de los maestros metal. Formó grupos de guardias y los dispuso por todo el palacio, aseguró las entradas y las torres más altas, se registró a cada persona que entraba al palacio y ella misma escoltaba al Señor del Fuego a todas partes. Pero lo más importante era su plan secreto, hicieron falta un par de semanas para que funcionara, pero en cuanto lo hizo llamó a Zuko y le dijo que tenían algo que hacer. Junto con guardias reales y maestros metal, partieron al anochecer en completo silencio, ella sabía muy bien que había enemigos espiándolos a toda hora, pero eso también lo tenía calculado. Como era de noche, ninguno pudo distinguir dónde se encontraban y Toph no les daba ninguna pista. Bajaron de sus animales y ella, con tierra control, abrió un agujero en el suelo. Toph había aprendido mucho en Yu Dao sobre criminales y cómo trazar planes para cazarlos, por eso confabuló con un selecto grupo de sus soldados y en secreto encontraron la forma de infiltrar a uno de ellos en las filas enemigas. Ahora sólo queda sorprenderlos en su guarida.
La emboscada fue un éxito, justo como ella y sus maestros metal calcularon, arrestaron a los líderes de esa extraña secta de traidores tomándolos por sorpresa y el resto del grupo de rebeldes quedó tan asustado que nunca pensarían en atacar al Señor del Fuego otra vez. Llevaron a los prisioneros al lugar más seguro de la nación y respiraron tranquilos por fin luego de tanta persecución.
En el palacio, por la noche, mientras brindaban en celebración de la victoria, Zuko le preguntó cómo los había encontrado y ella le contó que infiltró a uno de sus soldados, no les fue difícil aceptarlo en las filas enemigas cuando supieron que tenía información de primera al ser un guardia del palacio real harto de la tiranía y los caprichos ridículos del Señor del Fuego.
-No puedo creer que los encontraras en tan poco tiempo. Pudimos haberlo hecho desde un principio si te no te lo hubiese ocultado.
-Te lo dije, es lo que saben hacer mis chicos.
-Gracias, Toph –Sonrió Zuko agradecido por la inmensa ayuda que siempre recibía de ella –Eres una gran jefa de policía.
Toph no esperaba algo tan sincero y no pudo evitar sonrojarse. Era todo tan inestable con Zuko, cuando creía tener respuestas o soluciones él lo destruía todo y cambiaba las piezas del juego por completo. Y el resultado era siempre el mismo, arrastrados, consumidos ¿No había forma de escapar? ¿Sería siempre así? ¿No se habían vuelto más fuertes con el tiempo?
El Señor del Fuego se acercó a ella y tomó una de sus manos, sorprendiendo a la maestra tierra. Su tacto le quemó tal y como solía hacerlo en los días en los que no se escondían nada, sino que eran ellos los que debían escapar juntos del resto. Ella levantó su rostro hacia él con una expresión indecisa ¿Qué debía hacer? Sabía que su resistencia hacia Zuko se había ido quebrando poco a poco, si él decía las palabras correctas volverían a caer en la vergüenza, tendrían otra vez la facultad para arrancarse el corazón y sentir asco de sí mismos. Pero eso ya no iba a depender de él, estaba cansada de ese juego insano de ignorar los gritos de su interior, estaba harta de tener que recordarse siempre que había sido relegada por otra mujer, que no la habían escogido a ella. Eso ya no importaba más, porque ahora sería ella quien dominara todo, ella elegía y abandonaba, ella diría cuándo y cómo, ella tomaría todo lo que le pertenecía desde hace tres años y nadie se interpondría entre ella y las cosas que logró conquistar. Su mano libre encontró el cuello de Zuko y lo empujó hasta que pudo alcanzar sus labios, poniéndose de puntillas. Lo besó bruscamente, vengándose, reclamándolo como suyo desde ese momento y hasta que se aburriera de sus cálidos brazos. Zuko no necesitaba preguntar si se había vuelto loca, luego preguntaría los términos de ese nuevo trato entre ellos, ahora sólo tenía algo que decir.
-En mi habitación.
Ninguno de los dos supo nunca si algún sirviente o soldado los vio caminar hasta la habitación del Señor del Fuego mientras se besaban apasionadamente, intentando abrirse camino por los pasillos sin dejar escapar los labios del otro. Al llegar cerraron la puerta y lanzaron al suelo toda su ropa, Toph empujó a Zuko sobre la cama y amenazándolo con su dedo se dispuso a exigir un par de cosas antes de continuar.
-Dime a quién…
-Te elijo a ti, Toph, siempre lo hice –Se apresuró Zuko para interrumpirla, sabía muy bien lo que tenía que decir, sabía muy bien todo lo que había hecho mal en el pasado.
Toph sonrió, era un comienzo. El maestro fuego giró para dejar a Toph bajo él y besó su cuello mientras sus manos reclamaban el cuerpo de Toph como propiedad real, cada cicatriz, cada centímetro de piel sería suyo y lucharía por él, no sería cobarde nunca más, no volvería a alejarse de él, no se quedaría solo de nuevo. Entonces Toph lo recordó, una vieja promesa que se había roto y debía ser establecida de nuevo.
-Eres mío, Zuko –Susurró en el oído del Señor del Fuego, quién no pudo evitar recordar haber oído esas mismas palabras en una situación similar y sonrió.
-Sí, lo soy.
Entonces, sin poder reprimir su sonrisa, el Señor del Fuego besó la clavícula de Toph y comenzó a bajar lentamente, saboreando su cuerpo, deleitándose después de la larga espera. Esa noche él planeaba dedicarse cien por ciento a ella, a complacerla y agradecerle, a pedir perdón con su lengua, sus dedos, con todo su cuerpo por sus malas decisiones, por su comportamiento estúpido, ahora todo eso se convertirían en placer para ella e intentaría de ese modo devolverle al menos una parte de todos los beneficios que él había obtenido al tenerla cerca.
Esa noche ambos olvidaron que eran un secreto lleno de angustia y descaro, no les importó hacer todo el ruido que necesitaran hacer, volvían a encontrarse con todos sus sentidos, con toda su maldad y egoísmo y no había lugar para reparos ni consecuencias. Ahí estaba encendiéndose de nuevo la vieja llama que los consumía a ambos, que los destrozaba y los mantenía con vida.
Desde ese momento los papeles se invirtieron, era Toph quien dejaba su habitación en mitad de la noche para escabullirse hasta los brazos de Zuko, quien aprendió rápidamente a no dejar la puerta cerrada, pues ella sólo arrancaba la cerradura de metal y no se hacía más problemas. Para los maestros metal era difícil no advertir el cambio de humor que la Jefa de Policía presentó esos días, seguía siendo tan estricta y gritona como siempre, pero sonreía más y hacía ingeniosas bromas en lugar de los ácidos comentarios que se había acostumbrado a repartir. Continuó siendo la escolta personal del Señor del Fuego, pero las medidas de seguridad del palacio bajaron, se dejó de registrar a todo aquel que salía y entraba y los guardias tenían tiempo libre de vez en cuando. Los consejeros del Señor del Fuego presenciaron la resurrección de su soberano ¿Había acaso vuelto a sonreír? Los jardines estaban vivos por primera vez en mucho tiempo y ya no se encerraba en la biblioteca, al menos no solo. Era común verlos alimentar a los pato tortugas y entrenando juntos al aire libre.
Pero nada tan bueno puede durar demasiado tiempo. No tardó en llegar hasta el palacio un halcón enviado desde el Reino Tierra con noticias del retorno de las guerreras Kyoshi. El tiempo de los maestros metal en la Nación del Fuego se terminaba. Los oficiales de policía recibieron alegres la noticia, estaban cansados de vigilar el palacio, querían retornar a sus antiguas labores lo antes posible. Sin embargo, para Zuko la noticia no fue tan buena, cuando terminó de leerla en voz alta frente a Toph su rostro se descompuso.
-Ya se estaban tardando ¿no crees? –Comentó Toph sentándose sobre el escritorio de madera detrás del cual Zuko se encontraba sentado.
-¿No entiendes lo que significa? –Le preguntó él preocupado.
-Que el palacio quedará limpio de maestros metal –Respondió ella cruzándose de brazos con expresión aburrida.
-¡Y tú te irás con ellos! –Se exaltó Zuko sin entender por qué ella no estaba triste o preocupada ¿No les afectaría eso? Si ella se iba de nuevo ¿pasaría lo mismo que la primera vez? ¿Dejarían de saber el uno del otro, se volvería a quedar totalmente solo? ¿Cómo podría perderla otra vez?
-Claro que sí, soy la primera maestra metal ¿recuerdas? –Toph no entendía por qué resaltaba una obviedad tan grande, por supuesto que se iría, no iba a quedarse ahí para ser un guardaespaldas toda la vida.
-Vas a dejarme otra vez –La acusó Zuko comenzando a sentirse traicionado y arrugó la maldita carta para arrojarla al suelo.
-Oye, Chispita, la primera vez fue tu culpa.
-¿Y ahora? ¿Qué hice ahora?
-¡Nada! Sólo tengo que irme, sabías que me iría, vine a reemplazar a las guerreras Kyoshi y ya van a volver ¿Qué más quieres que haga?
-Que te quedes –Zuko lo veía bastante claro, se puso de pie para hablarle a la cara –Pensé que te quedarías después de… bueno, después de todo.
Toph se quedó en silencio un momento y luego comenzó a reírse de él.
-¿Estás riéndote? –Le preguntó el Señor del Fuego sin poder creerlo.
-¿Quieres que me quede por ti? Sabes que no voy a hacer eso.
-¿Por qué no? Pensé que estábamos juntos, yo… ¿No estamos saliendo? –Zuko comenzaba a confundirse, a sentirse avergonzado y a dudar de muchas cosas ¿Había estado Toph jugando con él?
-Supongo –Dijo ella alzando sus hombros.
-¿Supones? Entonces qué ¿sólo te irás y ya? ¿Volvemos a lo de antes?
Toph necesitó un momento para entender que los dos habían estado pensando en cosas diferentes, ella estaba tan convencida de tener las riendas del asunto que había olvidado comentarle a Zuko sus intenciones y él se había tomado la libertad de sacar sus propias conclusiones sin preguntarle. Al final se parecían bastante, siempre estaban luchando por el poder y se adueñaban de cada pequeña victoria.
-Nunca fue mi intención quedarme, Zuko –Le explicó Toph un poco más seria –Y sé que no te atreverás a dejarme igual que antes.
-No entiendo –Confesó Zuko mirándola fijamente. En realidad había sido una gran estupidez de su parte creer que ella se quedaría, hace tres años había pensado lo mismo, que se quedaría a su lado para acompañarlo, pero ella siempre tenía otras intenciones en la mente, otros planes más importantes que él, incluso si lo daba todo para satisfacerla.
Toph suspiró y para sorpresa de Zuko se sonrojó.
-Voy a irme pero… no voy a dejarte –Parecía hacer un gran esfuerzo para decir esas palabras. De pronto, aún con las mejillas encendidas se volteó hacia Zuko y lo apuntó con un dedo muy amenazador -¡Ni se te ocurra salir con alguien más mientras no estoy o te mataré!
-¿Qué? –Preguntó el maestro fuego totalmente desorientado.
-¡Y vas a enviarme halcones! Y cuando te invite irás a Yu Dao, quizás así conozcas un poco la ciudad que se supone diriges, ya que no sabes nada de ella hace tres años, qué negligente eres.
Zuko sólo la observaba atónito intentando comprender el significado de esas palabras.
-¿Estás diciendo…? –Balbuceó y Toph perdió la paciencia.
-¡Te estoy preguntando si quieres seguir con esto! No voy a quedarme en la Nación del Fuego, tengo cosas que hacer, pero quizás podamos… -Fue incapaz de continuar pues El Señor del Fuego por fin había comprendido y dio un paso largo para besar a Toph de manera sorpresiva.
-Te enviaré tantas cartas que las usarás para prender el fuego –Le prometió luego de separarse unos centímetros de ella y no pudieron evitar sonreír.
Toph esperó la llegada de las guerreras Kyoshi para poder saludar a Suki y disculparse con Ty Lee, después de todo había ignorado las innumerables cartas que ella le había enviado durante años. Le prometió enviarle un par de pergaminos pronto con reveladoras noticias, y en efecto Ty Lee fue la única de sus amigos que supo algo acerca de ellos dos, después de todo los había ayudado bastante. Los maestros metal en su totalidad regresaron a su ciudad y retomaron sus labores justo donde las habían dejado. La Jefa de Policía procuró retomar sus obligaciones al tiempo que intentaba contactar de nuevo a sus amigos, había perdido muchos años y ahora debía recuperarlos. Pasaron varios meses y varias reuniones del equipo avatar en las que se reencontraron y nadie nunca se enteró de lo que escondían Toph y Zuko, ya no tenían por qué esconderse, no estaban traicionando a nadie más que a sí mismos, para Toph seguía siendo una vergüenza haber perdonado a Zuko, y para él era inaceptable reconocer que había engañado a Mai tan horriblemente, pero era imposible que dejaran de verse a escondidas, que volvieran siempre a buscarse, porque se necesitaban de una manera desesperada y no era fácil de ignorar. Aunque no era una relación realmente seria, ambos sabían que no podrían atreverse a engañar al otro, no cabían más personas en ese intercambio de culpa y placer, no podían ponerle atención a nadie más, acababan con toda la energía del otro y sus apetitos se calmaban completamente cada vez que se volvían a encontrar. Ya no iban a escapar, decidieron sucumbir de una vez por todas a la perdición de equivocarse tan deliciosamente por el tiempo que durara, sin importar el precio, el daño o la veracidad de sus sentimientos. Sólo se tenían el uno al otro, lo comprendían y estaban bien con eso.
Fue así que siempre que podían acordaban una fecha para reunirse solos ya fuera en la Nación del Fuego o el Reino Tierra, incluso en ocasiones iban juntos a visitar a Iroh en su tienda de té y él los recibía siempre feliz de volver a verlos. Su entrañable complicidad no hizo más que crecer, mantenerlo en secreto avivaba el morbo de lo que hacían, les encantaba lo que tenían, sus propias vidas independientes y al mismo tiempo alguien que siempre estaría ahí para ellos y que nunca se negaría a nada. Fue por eso que Zuko no pudo negarse a dedicarle un concierto privado de cuerno Tsungi, tocó para ella las canciones que su tío le enseñó con tanto esmero y dedicación mientras ella cubría su delgado cuerpo con una sábana que momentos antes habían arrojado lejos para que no les molestara. Lo escuchó en completo silencio sintiendo una gran admiración por Zuko, ella no solía disfrutar mucho de la música, pero desde esa noche de verano en la Nación del Fuego supo que su instrumento favorito siempre sería el anticuado cuerno Tsungi, aunque nunca se lo fuera a confesar a nadie.
Volvieron ambos a consumirse y arder, a destrozarse y a disfrutar de la maravilla que es destruir a alguien y ser destruido.
