-Su turno- le indica un agente de la paz.

Entra a la habitación como un muerto, caminando con suerte. La despedida de su hijo menor le quitó toda la energía. Es muy doloroso referirse a ese momento como "despedida"; pero él sabe que es así, sabe que su Peeta jamás volverá. Y no como su esposa que le cree débil, sino porque sabe que su hijo hará todo lo posible para que su gran amor vuelva a casa.

Cuando Katniss se da vuelta a mirarlo Artemis puede ver el asombro en su rostro mientras él se sienta en el borde de una lujosa silla que hay en la habitación. Cuando el panadero saca una bolsa de su chaqueta pareciera que los ojos de Katniss se salen de órbita y más aún cuando, luego de recibirlo y ver el contenido se da cuenta que son galletas: algo que ella difícilmente podría permitirse.

-Gracias- dice ella. Pasan unos segundos donde ambos se miran incómodos, sin nada en particular que decir y es que, ¿qué podrían decirse?

"Por favor no mates a mi hijo"

O "No ganes, quiero que él vuelva a casa"

No podría pedir ninguna de ellas, aunque ambas las deseara todo el corazón, en la arena no había ninguna regla especificada, por lo que todo puede pasar.

-He comido un poco de su pan esta mañana. Mi amigo Gale le dio una ardilla a cambio- Artemis asiente, en silencio, recordando el intercambio que realizo con el compañero de caza de la niña. -No ha hecho usted un buen trato.- Él lo sabía, pero el día de la cosecha no podía evitar sentirse sensible. Después de eso, vuelven a quedarse en silencio.

-No perderé de vista a la pequeña. Me aseguraré de que coma- Sé que esto la calmará. Aún recuerda los rumores después de la muerte del padre de la pequeña, cuando Violett (según decía) se había vuelto loca y no hacía nada por sus hijas. Con esos pensamientos en mente Artemis se retira de la habitación y camina hasta la panadería. A pesar de las insistencias de su esposa, el resto del día de hoy no abrirían, y tampoco estaba seguro de si mañana se sentiría con las fuerzas para hacerlo.

"La vida sigue, aunque el chiquillo se muera" le había dicho Adalberta.

La vida sigue aunque su hijo pequeño muera.

Después de darle unas vueltas al asunto llegó a una conclusión: había muchas probabilidades de que su Peeta muriera, sobre todo si ni él mismo estaba dispuesto a luchar por su supervivencia, pero su hijo estaba luchando por lo que creía correcto algo que él mismo se había encargado de inculcarle durante dieciséis años. Peeta no moriría para ser parte del espectáculo de unos pocos, no. Moriría por algo que valdrá la pena para él y eso, para Artemis, era suficiente.