Título: MOMENTUM

Autora: Clusmykitty

Fandom: DCU, DC Cómics

Pareja: Superbat

Derechos: DC y sus hordas de demonios todo lo conquistan.

Advertencias: Pues vamos que ya todo está dicho con la pareja, y también que retomo ese crossover hecho entre Frank Miller y Todd McFarlane (Spawn Batman) como punto de partida para esta historia. Mi primer Superbat largo, os suplico gentileza.

Gracias por leerme.


2. Puedo escribir los versos más tristes esta noche.


Nueva York. La caza inició apenas la noche cayó por completo sobre la ciudad, permitiendo al murciélago moverse entre las sombras. No había duda alguna. La computadora había encontrado que los últimos detalles dados al guante metálico provenían de alguna zona oculta en la urbe. Alguna clase de experimento tecnológico del cual nadie estaba enterado, lo que indicaba la infame cantidad de dinero que debía estar moviéndose para tener una discreción de tal envergadura. Batman prestó atención, sereno y alerta, a los cotilleos de prostitutas, ladrones, vagabundos… de entre sus sórdidas historias, le llamó la atención una leyenda urbana plagada de los toques más sui géneris que se podían insertar a la descripción de un hombre salido del Infierno que protegía Nueva York con las maldiciones del Diablo y que aparentemente aquellos olvidados por la sociedad parecían ser sus protegidos favoritos.

Dejó a un lado tan folklórica imagen cuando al fin escuchó lo que tanto esperaba. Una fábrica clandestina en la que pagaban una cantidad de dinero lo suficientemente atrayente a la gente de la calle por una jornada laboral de doce horas sin parar, elaborando lo que parecía ser partes robóticas. Siguió las pistas que dieron en las conversaciones, saltando de edificio en edificio hacia uno de los barrios más pobres de Nueva York. Se detuvo al escuchar unos gritos, aparentemente pidiendo ayuda. El aroma de carne quemada le hizo cambiar de ruta, planeando hasta quedar sobre unas escaleras de emergencia de un edificio departamental aparentemente abandonado. Sus ojos captaron a un par de hombres de ascendencia rusa tirados en el suelo mientras un fuego abrasador los consumía. Delante de ellos, observando con una frialdad asombrosa, una figura envuelta en una capa roja les observaba. Tenía que ser aquel hombre del Averno. Incinerando dos rusos.

Siendo un criminal a sus ojos, no dudó en dejarse caer sobre éste, aprovechando su aparente ensimismamiento. Batman sonrió al sentir como su rodilla conectaba perfectamente con la columna de aquel tipo quien dejó escapar un grito de agonía, cayendo muy cerca del fuego que terminó de consumir a sus víctimas, dejando solamente el pestilente aroma de carne humana quemada entre los contenedores de basura podrida, orines y el vapor de aguas negras escapando de las alcantarillas. Preparó un par de batarangs como sus nudillos de acero en caso de que ese hombre llegara a levantarse. Ante su sorpresa, lo hizo, llevándose una mano a su espalda que sobó, mientras se giraba, dejándole ver su rostro oculto por completo gracias a una máscara negra con dos medias lunas blancas cruzando ojos y mejillas. Sus ojos destellaban un brillo verde cuando le notó, señalándole con una garra de guante rojo.

-¿Qué coño quieres tú aquí? –preguntó una voz ronca debajo de la máscara.

La respuesta fue una patada en círculo que dio directo a su mandíbula, que el murciélago escuchó claramente fracturarse. Pero esa mala versión de vigilante nocturno respondió esta vez, pateándole de la misma forma. Sabía de artes marciales como de defensa personal. Posible ex militar, gritó la mente del detective mientras sus ataques cobraban mayor ferocidad. Debía presionar con el ataque, derribarlo, vencerlo. Era un criminal, lo había atestiguado con sus ojos. Más era como golpear contra el concreto mejor moldeado y recibir la fuerza de impacto de una prensa hidráulica en su lugar. Su hombro volvió a resentirse pero no dejó escapar signo alguno de queja frente a un adversario cuyo umbral de dolor parecía estar más allá del límite humano. Excelente, otro meta humano como el entrometido de Kal-El.

-¡Déjame en paz, maldito murciélago!

-¡Asesino!

Batman estuvo seguro de haberle roto, dañado, fracturado las partes vitales de su cuerpo, sin embargo la pelea seguía un ritmo salvaje como si acabaran de empezar. Comenzaba a molestarse y eso era un signo de desesperación que no estuvo dispuesto a dejar aflorar en su mente. Ambos terminaron estrellándose en paredes contrarias en un último intercambio de patadas. Le escuchó jadear, respirar entrecortadamente igual que él. Eso fue. Ese hombre demonio de nombre Al Simmons tenía pulmones, y si tenía pulmones…

-¡COF! ¡¿Qué…?! ¡COF!

Sonrió al verle caer de rodillas por el humo de la granada que le lanzó, aprovechando su guardia baja para lanzarle batarangs que rebotaron en aquel traje negro con pecho rojo que bordeaba una gruesa banda blanca. Las aparentes cadenas se movieron como si tuvieran vida propia, cual serpientes que se estrellaron contra el cuerpo del murciélago, incrédulo ante lo que presenciaba. Atrapó una entre sus manos para verla de cerca a pesar de que eso significó un tirón más a su hombro que escuchó crujir. Clavícula desviada. Eran cadenas comunes y corrientes, del mejor acero quizá pero no había signo alguno de dispositivos o tecnología que permitiera manipularlos de esa forma, considerando que el dichoso Al parecía vomitar en cualquier momento. La cadena se enredó cual anaconda en su brazo herido, olfateando su debilidad de la cual tiró para azotarlo contra el suelo húmedo y pestilente.

No pierdas la ventaja. Ataca.

Un giro, media vuelta. Recuperó el balance a tiempo para asestarle un par de excelentes puñetazos con sus nudillos de acero a su rival quien gruñó cayendo al suelo. La capa roja hizo lo mismo que las cadenas, cobró vida de forma súbita, lanzando con violencia al detective quien cayó sobre un contenedor con golpe sordo. Imposible. Material de última generación, alguna clase de fibra con inteligencia artificial, pensó de inmediato. Las cadenas se alzaron cual géiseres de acero, brillando a la luz de una media luna, formando puntas amenazantes en contra de Batman quien miró alrededor considerando sus opciones. Ante la velocidad de esos pesados eslabones con un brazo inutilizado, saltar al techo más próximo quedaba fuera de las posibilidades. Podía esquivar el primer golpe, pero no el segundo. La capa envolvió a su protegido al tiempo que las cadenas sisearon, lanzándose contra su objetivo que desapareció de aquel contenedor.

-¡MALDITA SEA, KAL-EL!

La rabia del murciélago aumentó al verse transportado como si fuese una jodida princesa, con su brazo herido meciéndose apenas con el viento mientras volaban de regreso hacia Ciudad Gótica.

-¿En qué estabas pensando? –fue la pregunta de Superman, sin mirarle, con el perfil tenso.

-Puedo volver por mis propios medios.

-No con ese brazo.

-Lo he hecho en peores situaciones. Ahora, bájame de una buena vez.

-¿Qué buscabas en Nueva York?

Estuvo a punto de responderle, antes de caer en la cuenta de que iba a hacerlo. Cerró de golpe su boca, mirando los rascacielos de Ciudad Gótica aproximarse lentamente. Sus problemas no eran los problemas de ése alienígena cuyo agarre le fue imposible deshacer. Una vez más, por su culpa había perdido la pista sobre aquel cargamento y la respuesta a ese engendro de los callejones más pobres de Nueva York que poseía un traje vivo como una resistencia proverbial. Rumió su rencor mientras llegaban al techo de una iglesia semi destruida. Gárgolas de piedra grisácea fueron testigos silenciosos de su exasperación al soltarse cuando tocaron suelo, casi a punto de caer al suelo por lo súbito de sus movimientos. Superman le dejó alejarse, aun esperando respuestas.

-Es la última vez que te inmiscuyes en mis investigaciones, Kal-El. La próxima vez voy a estarte esperando con balas de kriptonita.

-Me alegra que consideres que habrá una tercera ocasión –éste replicó con una sonrisa quieta.

-No soy tu maldita damisela en desgracia. Ésa es Lois Lane.

-Lo haré si te arriesgas tan descuidadamente por pistas tan poco fiables –Superman se le acercó- Y aquella criatura de Nueva York es peligrosa, Bruce, realmente peligrosa.

Había pronunciado su nombre. Bien, también sabía jugar ese juego. Tiró de su máscara, revelando su rostro exasperado y con rasguños por el reciente encuentro en el callejón, mirando asesino al Hombre de Acero.

-Tengo entendido que tus talentos abarcan únicamente la sección de deportes, Kent.

-Al menos promete no buscar de nuevo a esa criatura.

-¿Qué te importa a todo esto?

-Ciudad Gótica necesita de su Caballero de la Noche, y lo necesita vivo.

-De acuerdo, lo tendré en cuenta. ¿Algo más?

-Promételo, Bruce.

-Tú dedícate a salvar a los inocentes alrededor del mundo, a mí déjame solo.

Kal-El se le acercó más, invadiendo su espacio personal. No le dio el gusto de echarse hacia atrás, levantando su mentón en forma desafiante.

-Créeme cuando te digo que Al Simmons es un peligro para todos. Puede asesinarte sin pestañear siquiera.

-Tú sabes qué es.

-Le dicen General de los Infiernos.

-La originalidad ha perdido puntos desde que la calidad del aire bajó.

Superman sonrió pero su mirada seguía siendo dura, penetrante. –No vuelvas a Nueva York. Si deseas información, yo puedo conseguírtela.

Bruce miró alrededor como si no hubiera comprendido las palabras de aquel extraterrestre. Ladeó apenas su rostro, apretando su mandíbula antes de responderle.

-Haré lo que tenga que hacer, cuantas veces sean necesarias.

-Entonces déjame ayudarte.

Con velocidad certera, el murciélago disparó hacia el edificio más cercano dispuesto a marcharse, pero el lazo metálico se rompió cuando la mano de Kent lo cortó de tajo, impidiéndole huir. Quizá era el dolor punzante de su hombro que gritaba por atención a pesar de la fría disciplina de su mente, la creciente frustración por las palabras de Superman o la cercanía de éste que Wayne sintió como si su cuerpo de pronto se estremeciera desde dentro, una vibración parecida a la transmisión de ondas de energía. Sus músculos se tensaron una vez más, como sus pupilas se dilataron. Parecía dispuesto a una nueva pelea, pero no la sentía como tal. Era otra cosa. Algo que necesitaba sacar, una molestia por instantes placentera, por instantes asfixiante. Sin romper la guerra de miradas con el hijo pródigo de Metrópolis, levantó su mano para ver de reojo su pistola rota que luego arrojó al suelo. Insalvable como la idiotez de quien estaba frente a él.

Ahogó un súbito grito cuando su hombro caído recuperó su compostura gracias a un par de rápidos movimientos de Superman al arreglarlo. Levantó un puño dispuesto a conectarlo con ese rostro impávido pero se dijo que eso solamente iba a dejarle sus falanges hechas trizas, apretando su mano con tal fuerza que tembló en el aire, bajándola lentamente mientras abogaba por su serenidad de guerrero para no dejarse llevar por la ira que Clark estaba provocando con su entrometida persona. Sombras cruzaron sobre ellos, nubes que traían lluvia a Ciudad Gótica. Ninguno de los dos cedía ni en su mirada ni en ceder espacio. Bruce se juró no mostrar debilidad alguna frente al súper hombre sin importar el estado de su cuerpo ni las pesadillas de su mente. Gotas de lluvia comenzaron a caer sobre ellos, primero tímidas como un rocío matutino y después con fuerza, levantando una estela de humo al entrar en contacto con los secos techos de los edificios.

-Déjame ayudarte –insistió Kal-El por entre la lluvia.

Éste dio un paso adelante, a pocos centímetros del acechante detective quien entrecerró sus ojos con el cuerpo más tenso todavía. Un relámpago iluminó por completo los rostros duros de ambos, sus miradas filosas. Wayne apretó sus dientes, bajando al fin su mirada para tomar impulso y salir a carrera con el fin de saltar al callejón a un costado. Igual que con su pistola, únicamente consiguió girar su cuerpo antes de que un brazo le impidiera otro movimiento más. Dos relámpagos sucesivos azotaron los pararrayos de Ciudad Gótica. Esa tensión insistente alcanzó su punto de quiebre, descargando su energía entre ambos, enfrascándolos en un forcejeos más que una pelea. Bruce jadeó al no sentir el suelo bajo sus pies al tiempo que su espalda entró en contacto con los duros bloques que formaban la torre de la iglesia donde Clark le estampó con un gruñido de advertencia para mantenerlo quieto. Orden que desobedeció, empujándole sin mucha precisión.

Un relámpago hizo vibrar ventanas, techos y paredes frágiles al iluminar el cielo oscuro por varios segundos como la capa roja de una ancha espalda que cubría un cuerpo enfundado en un traje negro al pegarse por completo a éste, en imitación a los labios de Kent contra los del murciélago quien dejando libre toda esa carga de adrenalina, peleó una batalla diferente, no teniendo muchos recursos con que afrontar los avances de una lengua que se abrió paso igual que un general dirigiendo una invasión. La lluvia era fría, pero ninguno de los dos se percató en esos momentos. Sus cuerpos buscando un mejor acomodo, una rodilla segura apartando los inquietos muslos del otro, acomodándose entre ellos con un movimiento de cadera, ganando un jadeo indecoroso al que siguió un gruñido posesivo. Esas manos de acero dejaron las muñecas envueltas en guantes de piel negra para tomar con firmeza sus caderas, asegurándole contra la pared de la torre.

Aquel vaivén fue más insistente, aguerrido, la vanguardia de un embrujo cálido del placer desenfrenado. El lugar, el momento, las circunstancias dejaron de importarles mientras sus cuerpos se restregaban obedeciendo la incoherente pero seductora idea de tratar de fundir sus pieles por debajo de sus trajes. Clark al fin liberó los ya adoloridos labios del vigilante entre sus brazos, buscando el cuello expuesto que mordió al tiempo que sus manos levantaron mejor a Bruce quien terminó con su mentón recargado sobre su hombro, permitiéndole escuchar por encima del chaparral sus gemidos entrecortados empujando contra él, buscando ya el orgasmo que apareció con una contundencia que a nada estuvo de romper la pared al pegarse con fuerza al otro, siguiendo el estremecimiento de su cuerpo con un grito adolorido y el sabor de la sangre por una piel abierta gracias a sus dientes, que saboreó ya preso de ese frenesí, lamiendo la herida cual animal complacido.

La efervescencia fue desapareciendo, dejando un sopor relajante en ambos. Wayne miró alrededor con los ojos nublados, parpadeando lentamente con respiración entrecortada, sujetándose de los hombros cuyos brazos le sostenían todavía con firmeza como si se hallara en medio del mar con un pedazo de madera como salvavidas. Frunció su ceño al sentir un nuevo dolor esta vez en su cuello, como la inequívoca sensación proveniente de su entrepierna. La respiración agitada pero cada vez más serena de Superman le llegó al oído, recobrando por fin su raciocinio, dándose cuenta de lo que había sucedido entre ellos. Acto seguido, su orgullo golpeó su mente con bombo y platillo, devolviéndole las energías robadas para forcejear de improviso, liberándose al acto del agarre que le había mantenido contra las piedras que formaban una de las torres de aquella iglesia.

Miró a Clark con sus cabellos empapados por la lluvia, resbalando por su frente, mejillas y cuello con un leve rastro de sangre de un lado. Esos inquisitivos ojos azules se llenaron de rabia, apretando sus puños como si deseara golpear al kriptoniano.

-No soy la ramera con la que puedes divertirte y liberar tus tensiones –siseó con la voz no muy segura.

Esta vez se apresuró a girarse, saltando por la cornisa del techo hacia el callejón poco iluminado donde cayó, cubriendo su rostro, sin prestar atención a ningún otro sonido que no fuesen sus pisadas corriendo entre chapoteos por las calles ya deshabitadas de una ciudad castigada por una densa lluvia, sacando del cinturón el control de su nave, contando prácticamente los segundos que tardó en aparecer por el cielo antes de aterrizar sobre un parque. El corazón le latía con tal fuerza que se le ocurrió pensar en la idea de estar experimentando un infarto, obligándose a calmarse lo suficiente para retomar los controles y volar a toda velocidad hacia la mansión. Aterrizó con impaciencia inusual en él, quedándose dentro con la mirada perdida sobre los controles que se apagaron lentamente, dejándole a oscuras.

Concéntrate. Concéntrate.

Una vez que su respiración como sus pensamientos fueron lo suficientemente serenos, salió de la nave con tranquilidad, subiendo los escalones y contándolos como ejercicio para enfocar su mente. Bajó de nuevo la máscara, resistiendo el impulso de quejarse cuando el material se movió, rozando contra la mordida que portaba en el cuello. Se llevó una mano para cubrir la herida, justo a tiempo cuando alcanzó la cueva con Alfred esperándole con preocupación al haber perdido comunicación con él, prácticamente suspirando dramático al verle sin heridas visibles. Bruce palmeó su hombro, signo de que no requería de sus atenciones por esa noche. Quería estar solo. Su mayordomo no hizo más comentarios al respecto, haciendo una reverencia antes de subir por el ascensor. El silencio le reconfortó, dejándose caer sobre la silla frente a los controles principales de la computadora que trabajaba en datos pendientes en relación al guante ya resguardado en la bodega.

Bufó al ver la bandeja de cena esperándole una vez más con una notita a modo de disculpa por el somnífero de la otra vez. Su té enfriándose no era más que hierbas relajantes de buen sabor. Deseó de buena gana que Alfred hubiera intentado embaucarle una vez más. Había cosas de las cuales no deseaba revivir durante un sueño. Acabó sus alimentos trabajando en nuevas pistas, enviando los datos sobre casos pendientes con el Comisionado Gordon para que los leyera al día siguiente. Una vez que terminó, se levantó para quitarse el traje que desechó inmediatamente al horno crematorio, envuelto en una bata para dormir con la que subió hasta su habitación, obsequiándose un baño a consciencia, incluyendo esa marca rojiza en su cuello que inspeccionó frente al espejo. Tendría que usar cuellos altos por un tiempo. Ya en pijama fresca, salió de ahí dispuesto a dormir hasta muy tarde. Comenzaba el fin de semana. Notó las cortinas entreabiertas de las ventanas, que fue cerrando, viendo que la tormenta había pasado.

Cuando llegó a la última ventana, cercana a su cama, sus ojos captaron afuera el ondeo de una capa roja. Bruce estrujó entre sus manos la tela de las cortinas al ver en el aire la figura de Kal-El. Se quedó quieto unos instantes. Luego las cortinas se cerraron de golpe, dejándole en penumbras que acompañaron sus pasos hacia la cama cuyas sábanas le cubrieron en un par de movimientos, cerrando sus ojos con una profunda exhalación.