Título: MOMENTUM

Autora: Clusmykitty

Fandom: DCU, DC Cómics

Pareja: Superbat

Derechos: DC y sus hordas de demonios todo lo conquistan.

Advertencias: Pues vamos que ya todo está dicho con la pareja, y también que retomo ese crossover hecho entre Frank Miller y Todd McFarlane (Spawn Batman) como punto de partida para esta historia. Mi primer Superbat largo, os suplico gentileza.

Gracias por leerme.


4. Yo quisiera salvar esa distancia.


Bruce Wayne miraba por el enorme ventanal de su oficina en el edificio de las Empresas Wayne con expresión meditativa, su mano derecha tocando su mentón con el codo sobre el brazo de la silla que apenas si se mecía ante el discreto balanceo una pierna cruzada sobre la otra. Noches atrás había ocurrido la más estúpida e irrisoria escena de la que tuviera memoria. Al Simmons huyendo despavorido entre las sombras con él persiguiéndole, aun necesitando respuestas de su parte, y Superman tras ellos, bien dispuesto a cortar con la persecución por parte del murciélago a pesar de sus reclamos. Finalmente Spawn desapareció en un recoveco, dejándole solo con aquel mentecato que insistía en el peligro que representaba ese General del Infierno más parecido a un vago de las calles neoyorkinas que a un ente sobrenatural digno de respeto.

Esta vez su discusión con Clark Kent duró hasta que volvió a Ciudad Gótica, a punto de tomar el batimóvil cuando un brazo le hizo volverse, recibiendo por segunda ocasión un beso desesperado, que le desequilibró por unos momentos, haciendo difícil respirar. Quiso separarse cuando al fin el contacto terminó pero esta vez el kriptoniano no se lo permitió, estampado contra su pecho. Le miró fijamente, analizando aquella expresión adolorida, recelosa. Por primera vez, ante él, no pudo reprimir una risa quieta que brotó sinceramente desde su pecho. No podía creerse lo que estaba viendo, a un súper héroe celoso. De una criatura con humor barato que vivía en callejones sucios entre vagabundos y prostitutas como su familia. Lo absurdo como divertido si tal palabra tenía cabida en su acervo, había causado ese gesto que finalmente suavizó la expresión de Kent, más no su necedad de no soltarle hasta que hablaran.

Lo hicieron.

No era un jovencito teniendo su primer noviazgo ni mucho menos alguien que tuviera el ánimo de estar perdiendo el tiempo en circunstancias similares. Era Batman. Y el CEO de Empresas Wayne. La conducta del extraterrestre disfrazado de reportero citadino rayaba en la locura. Bruce le cuestionó sobre su relación con Lois Lane, lo que pensaba que estaba ocurriendo entre ellos. Aunque hubiera deseado poner un alto a las ideas de Clark, lo cierto fue que se encontró teniendo dificultades para decir un rotundo no. Esa tensión no-tensión renacía, debiendo aplacarla a tiempo antes de volver a repetir lo que había sucedido en la torre de esa iglesia abandonada. Había cedido ante un desliz, cosa que no se repetiría mientras hubiera soplo de vida en su cuerpo. Tenía a la mafia rusa aliándose con alguien en Nueva York con el fin de crear armas que usaban a inocentes de conejillos de indias para experimentos inhumanos con fines aún desconocidos de la misma forma que aún no daba con los verdaderos autores de tan macabro plan.

Quiso azotarle la inquebrantable cabeza de Kal-El contra el muro más cercano ante la insistencia de ayudarle, estar a su lado en algo más que simple camaradería. Una mañana nublada les alcanzó terminando su charla, él alejándose ya antes de que las mañas del otro le dieran ánimos para atreverse a hacer más tonterías, advirtiéndole que Al Simmons continuaría siendo su perro cazador hasta que concluyera todo aquel embrollo, con o sin celos de Superman de por medio. Muy dentro de sí se complació al ver por última vez al protector de Metrópolis con su mirada molesta por ese último comentario que a Wayne le causó mucha gracia, sonriendo de nuevo al tiempo que se perdía por las calles de Ciudad Gótica en dirección a la mansión, se le hacía tarde para las citas de negocios pendientes.

-Señor Wayne, ha llegado un nuevo paquete para usted.

-Lo recibiré. Gracias.

Desde entonces tenía en su escritorio casi a la misma hora un sobre con información confidencial a cerca de los movimientos de la mafia rusa en Nueva York, seguramente extraídos gracias a las pesquisas de la imparable Lois Lane. Certificados falsos de permisos aduaneros, estados de cuentas en bancos extranjeros, lista de llamadas telefónicas. La información era valiosa y pertinente, lo suficiente para impedirle cualquier intento de viajar a Nueva York. Celos. El ojiazul sonrió arqueando una ceja al revisar el último sobre que llegó a sus manos pensando en las obsesiones sin fundamento de aquél alienígena criado en Kansas. Su rostro fue quedándose serio conforme leía una serie de datos en columnas sobre movimientos financieros y permisos gubernamentales otorgados no hacía menos de un mes para el transporte de maquinaria industrial que saldría de Noruega hacia uno de los puertos de Ciudad Gótica con una parada previa en Nueva York.

Un nombre entre los pocos aparecidos llamó su atención. Rufus Glénant. El mismo que había conocido breves minutos en el aniversario del Daily Planet. Por eso la periodista estrella de aquel periódico había tenido esa mirada sobre el empresario risueño, ya estaba investigándole. Era el testaferro de los rusos en América. Hizo memoria sobre el círculo de contactos de la empresa fantasma que operaba en Nueva York, Icarus, recordando un nombre: Tiffany Brightsky. La nueva información la vinculaba con Glénant, al parecer ella estaba moviendo el dinero que se requería para operar a discreción, pero no había dato alguno sobre ella. Quizá era un nombre falso como muchos otros o bien, con la experiencia ganada, podría tratarse de un ser no humano como era el caso de Al Simmons alias Spawn a quien tendría que visitar una vez más con el fin de preguntarle sobre aquella mujer. Eso se pondría interesante.

Antes de levantarse para ir a comer, notó un papel más pequeño entre todas las copias de los documentos, que se deslizó fuera del paquete cuando los dejó sobre su escritorio. Lo tomó, leyendo con ceño fruncido al reconocer la letra de Kent. Te recogeré a las tres en punto. No decía más. Miró de nuevo hacia el ventanal como si le hubieran revelado de golpe la ecuación que resolvía la dinámica de un agujero negro. ¿Acaso Clark Kent pensaba que…? Ya estaba comprobándole el poco alcance de sus neuronas kriptonianas con semejante aseveración llena de una confianza que no le iba, mucho menos cuando la dirigía a su persona. El reloj de la catedral de Ciudad Gótica se unió al momento surrealista con las campanadas marcando las tres en punto, justo cuando su asistente llamó de nuevo, anunciando ahora la aparición del tímido reportero del Daily Planet.

-¿Le dejo pasar, señor?

-Sí, Grace. Por favor agenda una cita con el Señor Rufus Glénant, avísame en cuanto la obtengas.

-Por supuesto, Señor Wayne.

Reclinado sobre su silla con mirada asesina, esperó a que apareciera aquel rostro sonriente con lentes de grueso armazón por las puertas de su oficina, mismas que cerró tras él, con un débil gracias a su asistente haciendo una torpe reverencia. Bruce tamborileó sus dedos sobre los brazos de su ancha y mullida silla sin inmutarse ante el cambio de personalidad en Kent cuando se giró a él, espalda recta con hombros alineados más sin perder esa sonrisa tranquila.

-¿Estas son las maneras de Kansas? –le preguntó de inmediato.

-De Metrópolis a decir verdad, de haber sido de Kansas, no estarías tranquilamente detrás de tu escritorio.

-¿Eso se supone que deba intimidarme?

-Me han recomendado un restaurante aquí, en Ciudad Gótica que recién se inauguró. Es una excelente oportunidad de probar su menú.

-¿Qué es todo esto, Kent?

-Una cita.

-Una cita –repitió Wayne frunciendo apenas su ceño- Que has dado por sentado aceptaré.

-No es que tengas opciones.

-Dejas claro por qué no tienes éxito en relacionarte sentimentalmente.

-Muy por el contrario, he tenido suerte –Clark sonrió con manos en los bolsillos de su pantalón, en una postura relajada frente al escritorio- ¿O no, Bruce?

Una súbita expresión de indignación floreció en el rostro de éste antes de que se desvaneciera, quedando en su lugar la máscara de indiferencia que le caracterizaba.

-Vamos, se hace tarde, sé que tienes muchos pendientes –animó el reportero.

-No iré.

-Hay más que debes saber sobre Rufus Glénant y te aseguro que son datos que no posees.

-Eso es chantaje.

-Es una charla amena en un restaurante familiar. Anda –Kent estiró un brazo para que tomara su mano.

Recibió a cambio la mirada más mortífera que Bruce pudiera tener, apretando su mandíbula unos segundos antes de ponerse de pie, buscando su saco que ponerse sin mirar ya aquella mano ni a su infame portador quien rió, negando apenas para salir tras él, caminando a su lado hasta el elevador y de ahí hacia el estacionamiento pero Clark negó, jalando discretamente por un codo al CEO de Empresas Wayne hacia la acera. Caminarían. Tomando aire para calmar su enfado, Bruce aceptó con una tarde tranquila de aire fresco con las calles llenándose de hojas secas, las últimas antes de que llegara el invierno. El restaurante en cuestión estaba cercano al centro de la ciudad pero escondido en un callejón limpio de farolas de herrería artística con un letrero tallado a mano que colgaba de una marquesina de diseño hindú.

-Conoces a los dueños del restaurante –afirmó Bruce cuando llegaron.

Con un sonrojo al verse descubierto, el reportero se encogió de hombros, sobando su nuca.

-Sabes cómo arruinar sorpresas.

-Eres obvio.

Entraron por la sencilla puerta cuyo movimiento hizo sonar una campanilla. El interior estaba estructurado como una mezquita con las mesas aisladas entre columnas y arcos falsos. Esculturas que iban de piso a techo daban la bienvenida a los recién llegados, danzarines de mármol blanco haciendo diferentes poses como mudras. Realizando un cálculo rápido, Wayne estimó que el restaurante tenía una capacidad aproximada para cien personas. Un sitio privado donde suave música dominada por bansuris y citaras, el perfume de un incienso sutil que terminaba de completar todo aquel cuadro extranjero. Clark sonrió más que satisfecho al ver que ese ambiente animó a bajar la guardia al famoso detective mientras eran recibidos por una escandalosa dama hindú engalanada en un sari azul, hablando un inglés cargado de acento indio. Madhuri se llamaba y les llevó a la mesa ya dispuesta para ambos, sin parar de hablar.

Bruce apenas si parpadeó ante la lluvia de gestos, risas y discursos de su anfitriona que aplaudió llamando a un joven mesero en traje típico para que comenzara a atenderles, trayendo una bebida con qué comenzar, seguida de un plato de idlis en lo que sus órdenes estaban listas. Madhuri les dejó al fin al ir a recibir a una familia. Kent resistió una risa mientras mordía uno de esos exquisitos idlis, con un codo recargado en la mesa, disfrutando de la confusión que reinó en el otro al notar que no les habían ofrecido la carta. Cuando el mesero trajo sus platillos, su sonrisa creció en signo de victoria al ver el asombro inequívoco en los ojos azules de Bruce cuando pusieron frente a él un apetitoso mulligatawny, entre otras muestras gastronómicas que colmaron su mesa. Ambos se miraron unos momentos, volviendo a sus platos que esperaban por su aprobación.

-¿Qué tal está? –preguntó Clark como si nada.

-¿Cómo lo supiste?

-¿Saber qué, Bruce?

-No te hagas el idiota.

-Le pregunté a Alfred.

Esta vez el reportero del Daily Planet no pudo evitar reírse ante la cara que puso Wayne, escuchando luego un gruñido de su parte al intentar recobrar la dignidad herida por una traición de parte de su mayordomo.

-Alfred se preocupa mucho por ti, ¿sabes?

-¿Qué cosas le dijiste?

-Tenemos su bendición –le bromeó, realmente disfrutando de la situación.

-Kent…

-Le prometí vigilar que no regreses al punto de un shock por traumas y heridas. Y que comas a las horas necesarias para un ser humano.

-Suficiente tengo con Alfred insistiendo como para que ahora tú trates hacer lo mismo.

-Ambos te queremos.

La frase calló la siguiente réplica de Bruce, quien prefirió seguir comiendo en silencio con la música de ambiente entre ellos con una que otra risotada de Madhuri que iba y venía por todas las mesas que estaban ocupándose. Ese mulligatawny estaba realmente delicioso, con los ingredientes originales igual que su preparación, lo que ayudó a comenzar una charla con un tópico diferente.

-¿Qué hay de Rufus Glénant?

-Ya sabes que se dedica a las importaciones en gran escala, con aviones y barcos diseñados para cargas pesadas. También debes estar enterado de cómo hizo su fortuna.

-Presunto fraude a sus socios en la primera empresa que fundó.

-Y los dos matrimonios que tuvo.

-Es un hombre que gusta del dinero, el poder como los lujos sin esforzarse mucho. Ha trabajado para diferentes mafias y carteles de narcotráfico desde hace tiempo, con la complicidad de ciertos políticos.

-Lo que no sabes es que se le diagnosticó cáncer terminal. A estas alturas ya debería haber muerto.

-¿El accidente?

Clark asintió. –Así lo encubrió. Pero se curó de forma misteriosa. No hay pista sobre cómo pero hay un nombre relacionado con su aparente renacimiento. Tiffany Brightsky.

-Es falso.

-¿Lo dices por no aparecer en los bancos de datos? Quizá, pero nuestras fuentes aseguran que realmente le conoció.

-Ese nombre se mueve únicamente en Nueva York. Desde el inicio de sus operaciones –apuntó Wayne arrugando su frente al comenzar sus deducciones- La mafia rusa se encarga de llevarse el armamento pero ella es quien de alguna manera consigue los accesos a las cuentas bancarias, desapareciendo enormes cantidades de dinero como apareciéndolas. No es una hacker, su acceso es limpio y total, igual que los permisos que consigue.

-¿Piensas en un alias?

-Probablemente.

-De momento no hay ninguna mujer en un puesto lo suficientemente alto para poseer tal cantidad de poder.

-No necesariamente tiene que ser un rostro público.

-¿Alguna amante?

-No, todas están limpias.

-¿Familiar, amigos cercanos?

-Tampoco. Lo curioso es que todos ellos parecen deberle un favor o trabajar para ella.

-¿Crees que sea la cabeza?

-Hay probabilidades.

-Bruce, ¿por qué no me llamaste cuando fueron a ese cementerio de navíos?

Éste dejó su bocado para mirarle con ojos entrecerrados. –No de nuevo.

-Pudiste haber muerto.

-Siempre tengo un plan de respaldo.

-¿Al Simmons?

Wayne no pudo evitar torcer su boca a modo de sonrisa, tomando su pequeña taza con bebida tradicional, clavando su dura mirada en Kent.

-¿Cuál es tu problema con él?

-Es un peligro, te lo dije antes.

-Salvo provocar náuseas por la cara que porta, no veo que otro peligro pueda tener.

-Tú sabes mejor que nadie a qué me refiero.

-Luego de la manera en cómo lo intimidaste, tengo serias dudas de que vaya a intentar hacer una estupidez como atacarme por la espalda.

-Por su propio bien, será mejor que ni lo piense.

-Escúchate, Kent, rayas en lo insano.

-De acuerdo, estoy celoso de que busques a ese engendro en lugar de apoyarte en mí.

-¡OH, PERO VUELVO CON MIS TESOROS!

Madhuri regresó a su mesa para retornar su algarabía con ellos, obsequiándoles sonoros besos en sus frentes con o sin su consentimiento, acomodando sus ropas o peinando mejor sus cabellos como si fuesen sus hijos que van a pedir empleo por primera vez. Esta vez fue el turno de Clark para contemplar las expresiones tan variadas que cruzaron por el rostro de Bruce al ser consentido por tan excéntrica como efusiva mujer. Ella le dedicó una melodía de su pueblo natal, cantándola a todo pulmón con unos meseros trayendo de improviso un par de instrumentos para acompañarla, rodeando la mesa de ambos súper héroes por espacio de los más largos minutos que transcurrieron para el detective quien no atinaba a como callar todo ese alboroto sin herir los sentimientos de esa buena dama hindú, recibiendo sonoros besos cuando le respondió con un alabo a sus platillos.

Después de sobrevivir a semejante experiencia, ambos salieron del restaurante una vez terminados sus alimentos, aún con el asunto pendiente de Glénant y aquella misteriosa mujer. Antes de alcanzar la avenida a la que daba el callejón, Kent alcanzó una mano del otro, rozándola primero antes de entrelazar sus dedos en un rápido movimiento que detuvo a Wayne, observando ese gesto unos segundos antes de levantar su rostro hacia el reportero, el cual le sonrió de manera infantil, traviesa pero brillante con la confidencia suficiente para acercarse. Bruce desvió su rostro, apenas si juntando sus cejas antes de sentir una mano segura atrapar su mentón para levantarlo de vuelta hacia Clark. El beso fue lento, cariñoso y suave.

-Tienes que volver –fue ahora el reportero quien lo dijo, separándose de forma sutil- Nos veremos a la noche, detective.

Éste entrecerró los ojos, casi sonriendo. –De acuerdo, boy scout.

La vibración del teléfono celular impidió a Wayne ver por donde se perdió aquel provinciano de Kansas, leyendo el mensaje que su asistente Grace le había enviado. Tenía ya la cita con Rufus Glénant esa misma tarde. Salió del callejón de vuelta hacia el edificio corporativo donde se preparó para visitar al empresario con el fin de obtener más información acerca de esa mujer llamada Tiffany Brightsky así como sus movimientos mercantiles. Por lo que ya había estudiado de aquel hombre, hacer que hablara sin sospechas no le representaría ningún problema. El sol ya se ocultaba en el horizonte citadino de Ciudad Gótica cuando salió hacia el hotel en cuyo lobby se reuniría con Glénant quien estaba más que emocionado de que las Empresas Wayne se mostraran interesadas en sus negocios. Ayudado con un par de botellas de vino, Bruce pudo escuchar al fin lo que tanto estaba buscando. Clark había tenido razón. Tiffany Brightsky era real.

Aparentemente era parte de una comisión de alto nivel dentro de las Naciones Unidas, dedicada a la vigilancia de transportes mercantiles con el fin de prevenir el tráfico de armas ilegales a los Estados Unidos. Toda una ironía, pero su puesto tenía el estatus necesario que requerían los planes de la mafia rusa, el propio Glénant como aquellos que estaban llevando a cabo experimentos con indocumentados y vagabundos para sus robots centinelas. Aquel empresario, con la lengua más suelta por el alcohol le comentó sobre el doctor que le ayudara con su "accidente" y cuyo nombre resultó ser el mismo que leyera en aquel complejo subterráneo, aparentemente patrocinado por la misma Brighsky, quien lo había encontrado para Rufus en la legión israelita, como médico del pelotón que vigilaba la frontera con Palestina. Su reputación como neurocirujano lo llevó hasta Nueva York donde operó al empresario, vigilándole durante su rehabilitación.

Bruce escuchó muy atento las narraciones de Glénant, que se perdieron luego en incoherencias que iban desde el largo de las piernas de las bailarinas de las Vegas hasta las campañas políticas que comenzaban por la presidencia del país. Mientras el borboteo de palabras seguía, el ojiazul frunció su ceño uniendo cabos. Aunque se movía de manera sutil, Tiffany Brightsky presentaba acciones y planes que eran más complejos de lo que hacía parecer, pero sobre todo, se dio cuenta por lo que confesó entre líneas su invitado en la mesa, que ella no era humana. La necesidad de visitar una vez más a ese enfermo de Al Simmons se hizo imperioso. De estar realmente en el círculo de entes no humanos conviviendo entre los mismos, podría señalarle la ubicación de las falsas oficinas de aquella mujer así como datos con qué enfrentarla en caso de que Brightsky le detectara y quisiera frenar sus investigaciones. La tarde murió cuando dejó a Rufus Glénant en una habitación al estar demasiado ebrio, volviendo a la mansión aprisa. Era hora de que Batman apareciera.