Título: MOMENTUM
Autora: Clusmykitty
Fandom: DCU, DC Cómics
Pareja: Superbat
Derechos: DC y sus hordas de demonios todo lo conquistan.
Advertencias: Pues vamos que ya todo está dicho con la pareja, y también que retomo ese crossover hecho entre Frank Miller y Todd McFarlane (Spawn Batman) como punto de partida para esta historia. Mi primer Superbat largo, os suplico gentileza.
Gracias por leerme.
7. Y el cuervo dijo: "Nunca más".
El mar se levantó en una gruesa columna ante la salida en vertical de Spawn jalando consigo a un herido Superman a quien dejó en una playa de las afueras de Metrópolis. Su capa se agitó quitándose el agua igual que sus cadenas al tiempo que se inclinaba sobre el kriptoniano para revisar sus signos vitales. Kal-El volvió en sí, tosiendo agua al girarse sobre un costado, llevándose una mano a su costado, mirando su sangre aunque su piel ya se regeneraba. Los ojos de Clark enrojecieron al recordar la desaparición de Batman, tomando por el cuello a Simmons con un rugido, levantándole en vilo.
-¡FUE TU CULPA!
-Argh… déjame… déjame…
Sin más remedio, Spawn le atacó con un fuerte puñetazo para que le soltara, jadeando pesadamente por unos segundos antes de recuperar la compostura, señalando con un dedo al otro.
-Les dije que Tiffany era peligrosa, ¿me escucharon? ¡No!
Estallidos atrajeron su atención. Los robots centinelas se dispersaban no solo sobre Ciudad Gótica, estaban avanzando hacia Nueva York y otros más hacia Metrópolis. Helicópteros de la policía trataban inútilmente de detenerlos. Simmons negó, plantándose frente a Superman apretando su mandíbula con mentón en alto mientras picaba su pecho con una garra.
-Tú, súper hombre, encárgate de esas cosas. Yo encontraré a tu murciélago.
-¿Y cómo lo harás? –gruñó Kal-El.
-Bueno, tu Bruce tenía razón en algo. Ahora, dejemos de perder el jodido tiempo antes de que Tiffany le haga algo irremediable, mueve ese trasero, Kal.
Éste iba a emprender el vuelo cuando sintió un tirón de Spawn, quedándose en el aire a pocos centímetros del suelo.
-¿Ahora qué?
-Protege su ciudad, mi cuidad, tu ciudad. Sé que no tardarás en hacerlo, pero de cualquier forma… presta oídos a la señal.
Kal-El frunció su ceño pero asintió, dirigiéndose a la primera bandada de centinelas. Simmons le observó unos segundos, antes de tomar aire observando sus manos. Jamás utilizaba por completo su poder porque eso significaba acortar su tiempo en la Tierra y regresar al Infierno como un general más al servicio de Malebolgia, el amo y señor del Averno, sin memorias humanas, mucho menos sentimientos. Quería seguir entre sus vagabundos, sus callejones de Nueva York. Pero también deseaba asegurarse de que existían vigilantes malhumorados dispuestos a dar su vida cuantas veces fuese necesario por hacer un mundo mejor, que él intentó en vida echar a perder. Ironías. Ahora acortaría ese reloj para salvar a Batman. Rió no supo bien por qué. Su capa se expandió y sus cadenas se agitaron, liberando su esencia como ser infernal.
-Showtime…
Tiffany se paseaba alrededor de su víctima, esperando a que recobrara la consciencia luego de tender la trampa a ese par de idiotas. Ella, un ser angelical con cientos de miles de años de existencia no iba a ser vencida por el único sobreviviente a la extinción de todo un planeta ni tampoco por el más estúpido como simplón general del Infierno. Había vencido legiones de seres más poderosos con solo su voluntad y la gloria del Cielo acompañándole, era hora de que la Tierra fuese liberada de una vez por todas de todos esos blasfemos que solamente se interponían entre la fe de los mortales con su amado reino. Y si debía traer un pandemónium para cambiar sus convicciones, no tenía problema alguno en hacerlo. Al contrario de sus hermanas que obedecían ciegamente todo lo que el Tribunal les dijera, Tiffany estaba muy segura de cuál era el mejor camino a la redención. A través del dolor.
-Oh, ya hemos despertado.
Bruce abrió sus ojos, quejándose al sentir su muñecas como tobillos ser sujetos firmemente por grilletes de acero como las cadenas que se perdían entre las sombras de la cámara donde estaba preso con aquél salvaje ángel al frente, sonriendo depredadoramente. Ya no tenía su capa puesta, ni sus guantes, su cinturón también estaba ausente al igual que sus armas. Las paredes eran de metal oscuro, a prueba de sonido porque no escuchaba nada del exterior, apenas si su propia respiración. Su mirada se clavó en su enemiga, esperando por su siguiente movimiento mientras hacía un recuento mental del tipo de candados que podrían servir para sus ataduras y cómo deshacerlos en tanto recibía las seguras amenazas o torturas de Tiffany quien ladeó su rostro, caminando para quedar frente a él.
-Claro, el mejor detective jamás se da por vencido.
Rió cual niña pequeña pero desquiciada por unos momentos.
-Puedo intentarlo todo y no te quebrarás. Ya lo has previsto. Te has entrenado para ello. Un trabajo admirable que incluso yo puedo alabar.
Levantó una de sus manos envuelta en un guantelete metálico manchado de sangre, tamborileando sus dedos al aire, girando su rostro de nuevo hacia el murciélago.
-Habrás conseguido lo inalcanzable, Señorito Wayne, pero al final, sigues siendo humano. Con esperanzas, sueños y… pesadillas.
Una diminuta esfera de luz plateada brotó de una garra de Tiffany, quien la sopló como si fuese un beso al aire hacia el rostro de Batman quien solo pudo girar su cabeza. Sintió como un aguijonazo frío que tocaba sus cabellos, luego nada. Arqueó una ceja hacia el ángel como preguntándole qué clase de tretas pensaba obrar en su persona cuando notó que ya no estaba. Ni tampoco estaba encadenado de brazos y piernas. Para su sorpresa estaba de pie frente a un larguísimo pasillo que parecía unido a la cámara donde estaba preso. Miró alrededor esperando un ataque por la espalda, algo que saliera de las penumbras que le rodeaban salvo esa ruta que tomó, escuchando sus pasos apagados. Con los sentidos alertas, fue alejándose de su posición original que se perdió en las penumbras, hasta comenzar a escuchar el inconfundible sonido de autos y tacones sobre acera.
Preparó sus puños, con el cuerpo tenso y listo para el combate, siendo más precavido en sus pasos, sin perder de vista esos rumores citadinos. Como el aroma de la ciudad recién bañada por una lluvia fina, y un viento ligeramente frío pero agradable. Siguió caminando hasta ver al fin la luz más que familiar de las lámparas de Ciudad Gótica, encendida e iluminando una calle vacía. El suelo metálico había sido sustituido por uno de piedra y concreto, húmedo, oscuro. Su ciudad nocturna. Era una ilusión, se dijo al acto, respirando más pausadamente para entrar en un estado de meditación que impidiera ser presa de los trucos escondidos en aquel callejón con el que se topó, al dar vuelta a la esquina. Dejó de respirar al ver la marquesina de un inolvidable cine, con un título de una película que jamás volvió a ver ni deseó escuchar nunca.
Risas de una pareja le trajeron un escalofrío, buscándoles ansioso con la mirada. Un disparo provocó una reacción en cadena por todo su cuerpo, liberando adrenalina para moverse a toda prisa hacia donde la pareja, escuchando un segundo disparo con el espantoso murmullo sordo de dos cuerpos chocar contra el pavimento húmedo. Si gritó no se escuchó a sí mismo, estirando una mano hacia el hombre que respiraba su último aliento de vida, el más cercano a él. El pecho le dolió por el esfuerzo de volver a gritar, negando y girándose hacia la mujer cuya cabeza posó sobre su regazo, con las manos temblando al retirar la sangre de su hermoso rostro que perdía color. Levantó su mirada en busca del niño pequeño que sabía debía estar ahí, encontrándolo todavía de pie, a un par de metros de él. Con la pistola humeante apuntándole con una sonrisa macabra y ojos negros escurriendo sangre oscura.
Le disparó.
Bruce respingó, chocando contra la pared al echarse hacia atrás. Ahí estaba de nuevo la marquesina del cine titilando con sus luces neones, rodeadas de una hilera de focos con un título cinematográfico en color rojo. Los tacones sobre la acera le hicieron volver a correr, más aprisa, más rápido o sería demasiado tarde. La pareja iba sola, sin un niño pequeño que sujetara sus manos mientras discutía con su padre sobre la película que acababan de ver. Conocía sus espaldas a la perfección, ese sombrero, aquel abrigo, ese traje elegante como los tacones. Gritó sus nombres. Ellos se detuvieron como su corazón cuando se volvieron a él, sonriendo, le llamaban, que no se quedara atrás o no iban a comprarle esa golosina que estaba pidiendo. Un pequeño y feliz Bruce corrió negando, alcanzando sus manos con sus ojos al frente, donde no muy lejos estaba el auto de su padre, un clásico.
Pero sus padres se detuvieron, apretando sus manos con tal fuerza que comenzó a sollozar, levantando rostro hacia ellos con el fin de preguntarles por qué estaban haciendo eso. Su madre tenía el rostro pintado como un desquiciado payaso, con su boca cortada hasta casi tocar sus pómulos. Negó insistente, llamando a su padre a quien miró con un puchero. Tenía la cabeza monstruosa de un murciélago que le mostró una sonrisa de colmillos chorreantes de sangre. Quiso zafarse, pedir por ayuda pero nadie llegó, no había nadie en aquel callejón más que esos espantosos rostros de los que no pudo liberarse. Lloró por Alfred, por un guardián que impidiera que el monstruo le hincara los dientes en un hombro y aquella mujer payaso sacara una daga que enterró en su corazón. Cayó al suelo con esos dos infames rostros acercándose para devorarle.
Bruce respingó, chocando contra la pared al echarse hacia atrás. Tenía un arma humeante entre sus pequeñas manos, se sentía caliente por el casquillo. Jadeó asustado levantando sus ojos bien abiertos hacia sus padres. Su madre estaba en el suelo, con el rostro desencajado y un disparo en su frente, manchando de sangre sus hermosas facciones. Su padre caía de rodillas, sujetándose el vientre con una mano y otra hacia él, llorando, reclamando su acción tan sangrienta. Él negó una y otra vez diciendo que no lo había hecho, jamás lastimaría a sus padres. No era un asesino, era un niño bueno. No. No. No. No. Nunca tomaría vida alguna, eso estaba mal, eso lo hacían los monstruos que se escondían en la oscuridad. Papá cayó muerto a sus pies y gritó con todas sus fuerzas.
Entonces escuchó un siseo, algo se arrastraba desde aquella esquina que conectaba con el callejón, vio algo extraño reptar por el suelo, no se le podía ver porque era del color mismo de la noche, la luz de la lejana marquesina del cine apenas era suficiente para ver los cadáveres de sus padres, esa sombra se deslizó hacia ellos, levantándose un poco para examinarlos. Bruce sollozó con el arma aún en sus temblorosas manos. Aquella cosa tenía una larga capa negra que se extendió como alas de murciélago hacia él, mostrando un rostro deforme de un hombre lleno de cicatrices que no estaban cerradas, pus y gusanos saliendo de su piel podrida. Dijo su nombre y él disparó contra él hasta que no hubo balas, cayendo al suelo por el impulso.
Bruce respingó, chocando contra la pared al echarse hacia atrás. Pasó saliva al verse solo en aquel callejón, lejos ya del cine que apagó su marquesina, dejándole en las penumbras que unas pobres lámparas trataban de menguar inútilmente. Llamó a papá, a mamá con su voz haciendo eco sin respuesta. Estaba solo. Llamó a Alfred con el mismo resultado. Se despegó de la pared dando pasos inseguros, quedando a la mitad del callejón, girándose sobre sus talones buscando alguien alrededor a quien pedir ayuda. Estaba perdido. Una risa quieta se fue convirtiendo en una carcajada psicótica con pasos bailarines resonando contra el suelo húmedo. Distinguió por entre las sombras un traje en color morado y un rostro blanco como sus guantes cuyos dedos sostenían una carta.
No esperó a que le alcanzara, echando a correr hacia la calle más próxima en busca de un adulto, un policía o alguien más que pudiera rescatarle. Otro sonido más cercano le hizo detenerse, notando el brillo de un lente redondo cuyo rostro apareció de la pared, con una nariz respingada y un largo cigarrillo en los labios curveados a modo de sonrisa. Bruce gritó, sus pies se movieron tan aprisa como pudieron, evadiendo las siguientes siluetas que vinieron a cruzarse en su camino. Una mujer gato, un espantapájaros, un hombre con dos mitades de rostro… Gritó llamando de nuevo a sus padres mientras alcanzaba la calle más iluminada. Estaba saliendo ya del callejón cuando notó el auto de sus padres no muy lejos, llorando de alivio y recobrando el aliento para alcanzarlo. Los dos bajaron con rostros enfadados, sin verle a él sino a las sombras que le perseguían. Papá ordenó que lo mataran.
Bruce negó una y otra vez, aterrado con sus ojos abiertos como platos, temblando de frío como de miedo. Se volvió a su madre pero ella tronó sus dedos. Las siluetas rugieron al unísono, saltando hacia él sin que nadie pudiera auxiliarle. Gritó con una mano extendida hacia esas monstruosidades. Una bandada de murciélagos brotó de su mano, atacando a las sombras, destruyéndolas. Miró su mano con asombro, estirando y encogiendo sus dedos, volviéndose a sus padres que estaban muy quietos, con brazos caídos pero sus miradas eran de odio puro. Esos seres volvieron, nacieron de las sombras que sus padres proyectaban, saltando una vez más hacia él. Usó sus dos manos, llorando a papá, a mamá porque se detuvieran. Él no era un niño malo, no entendía por qué estaban haciéndole eso.
Una y otra vez tuvo que atacar, los murciélagos le defendían pero los monstruos seguían regresando a menos que destruyera la fuente. Sus padres. Bruce negó con amargo llanto, no quería hacerlo. Solo quería regresar a casa con ellos, que mamá le pusiera pijama y papá le contara una historia antes de darle un beso de buenas noches seguido del de mamá. Ya no quería pelear. Ellos hablaron, no le querían, estaban decepcionados de él así que lo mejor era que muriera. Papá se abrió el abrigo y le mostró una herida en el pecho, que dejaba ver su interior putrefacto, mamá hizo lo mismo. Las sombras crecieron, se extendieron alrededor de él para atacarle. Bruce sintió su garganta sangrar por su grito, levantando sus manos para dejar que los murciélagos atacaran a las siluetas. Aunque ellos ya no le amaran, jamás lastimaría a sus padres.
Los murciélagos formaron un torbellino que le levantó del suelo, llevándole lejos de sus padres, en lo alto de una noche sin estrellas más que una luna grande y blanca como única fuente de luz. Ríos de lágrimas bañaron su rostro agobiado mientras atacaba con sus murciélagos de ojos rojos a los monstruos una y otra y otra vez. Ellos se hacían más fuertes, se multiplicaban. Incluso los edificios comenzaron a cobrar vida, con ojos huecos que sangraban, extendiendo sus brazos de metal y vidrio en su contra. Voló más alto, quedando sobre la ciudad. Más sombras con formas más horripilantes saltaron de los techos de los rascacielos, iglesias y casas hacia él, respondiendo con sus bandadas infinitas que le rodeaban protegiéndole como atacando. Estaban por todos lados, no le daban clemencia. Solo quedaba pelear, pelear por siempre.
Bruce…
Una de esas sombras quiso adelantarse, envuelto en una capa roja con ojos verdes brillantes. Le disparó sus murciélagos que lo lanzaron lejos de él, moviéndose con su bandada hacia el mar, donde no hubiera edificios levantándose sobre piernas de concreto para perseguirle. Los murciélagos se hicieron el doble de grande, el doble de veloces, el doble de fuertes. No iban a permitir que nadie le lastimara. Siempre estarían con él. Y él con ellos. Esos ojos verdes volvieron a aparecer muy cerca, casi a punto de tocar su mano pero sus protectores alados le mordieron, quitando esas garras atrevidas de su persona, estrellándolo contra un rascacielos viviente que terminó hecho trizas por el golpe, llevándose consigo esas sombras que renacían.
¡BRUCE!
Unas cadenas brillantes y fuertes aparecieron sujetando los murciélagos que protegían su costado izquierdo, abriendo un hueco por donde se asomó aquel rostro de ojos verdes.
¡BRUCE! ¡NO ESTÁS SOLO!
Si lo estaba, ese monstruo estaba mintiendo. Más murciélagos creciendo de nuevo le abrazaron con sus alas, alejándolo del intruso al que mordieron sin piedad, demostrándole que tenía quien le protegiera aunque no fuesen sus padres.
¡BRUCE! ¡BRUCE! ¡ESCÚCHAME! ¡NO ESTÁS SOLO! ¡TÚ LO SABES!
Mentiras, más mentiras. Lo único que tenía ahora eran sus murciélagos, ellos estaban destruyendo lo que le hacía daño, apartándolo de la oscuridad que intentaba matarle.
¡TUS PADRES YA NO ESTÁN! ¡PERO ÉL SÍ! ¡ÉL ESTÁ CONTIGO!
Tembló al ver que la barrera de sus murciélagos era destrozada por las cadenas, dejando que aquel espectro de ojos verdes le viera de frente.
LLÁMALO, BRUCE. HAZLO Y VERÁS QUE NO ESTÁS SOLO. LLÁMALO.
Él negó, no tenía a quien llamar.
Llámalo.
Nadie le había salvado cuando sus padres murieron.
Él vendrá a ti.
Nadie hizo justicia. Todos se quedaron de brazos cruzados, indiferentes a su dolor.
Pero él no. Llámalo y vendrá a ti.
Tuve que protegerse a sí mismo.
Él jamás te dejará solo. No más.
Tuvo que convertirse en un monstruo.
Llámalo, Bruce.
Él… él…
Llámalo.
Los murciélagos chillaron al unísono. Se hizo ovillo cubriendo su rostro con sus manos. Un nombre.
¡Hazlo!
-¡CLAAARK!
La luna brilló tanto que le cegó, desapareciendo todas aquellas pesadillas a su alrededor, como si de pronto se hubiera convertido en un sol resplandeciente y cálido cuyos rayos le alcanzaron. No hubo más murciélagos envolviéndole pero sí un par de brazos que le sujetaron por el torso con fuerza, meciéndole apenas. El viento fresco de aroma salado rozó su rostro húmedo, soplando sus cabellos descompuestos que una mano cariñosa vino a cepillar. Una voz en su oído, segura, gruesa le llamaba con insistencia. Bruce apretó sus párpados, abriendo lentamente sus ojos creyendo que era de día ante la luz que le había cegado, notando que era de noche. El cuerpo le dolía espantosamente y la razón vino a decirle que tenía una grosera cantidad de cosas adheridas a sus brazos, piernas, costados y columna vertebral.
-Bruce, aquí estoy, aquí estoy, aquí estoy…
Su horizonte de visión estaba semi cubierto por una capa roja que caía por un hombro ancho, el cielo nocturno y estrellado por encima de él.
-¿Clark? –carraspeó sintiendo la garganta adolorida.
El rostro de éste se irguió de su cuello para verle. Tenía varias cortadas en el rostro que ya sanaban como era costumbre, sus cabellos sorprendentemente despeinados pero sonreía con alivio, con los ojos húmedos al encontrarse con su propia mirada confundida.
-Hey –esos ojos azules brillaron.
-¿Qué… sucedió?
-Me llamaste.
-¿Eh?
-Dijiste mi nombre –una mano de Superman acarició su mejilla- Me llamaste.
-Y a buen tiempo, carajo –interrumpió Simmons tronando los huesos de todo su cuerpo, resbalando de un gigantesco hombro metálico.
Hasta entonces el murciélago cayó en la cuenta de su situación y de por qué sentía que sus extremidades le punzaban como su columna. Estaban en el mar, cercanos a Metrópolis, empotrados sobre un titánico centinela cuyo pecho fue abierto por Kal-El, cuando escuchó su grito de auxilio con su nombre, rompiendo la ilusión que Tiffany había impuesto sobre él, usando su peor pesadilla como catalizador para hacerlo un piloto de aquel gigante de acero al que estaba unido por medio de cables a lo largo de su espalda, brazos y piernas. Era como los otros robots ya desaparecidos por el kriptoniano, pero usando no solo la cabeza sino todo el cuerpo del cual leía aquel titán cibernético las órdenes para moverse. Las cadenas de Spawn fueron retrayéndose, liberando el cuello como brazos del centinela al que había sujetado cuando ambos salieron disparados desde el fondo del mar, de una base secreta, atacando las tres ciudades cuando la mente del detective las veía como monstruos.
-Estabas por hacerme trizas, demonio de la noche.
Bruce miró a Simmons y luego a Clark quien no reprimió el impulso de besar su sien.
-Voy a liberarte, dolerá un poco.
Kent le sujetó con un brazo mientras con su mano libre fue desprendiendo lo más cuidadoso posible aquellas conexiones clavadas en su piel, guardando su furia ante la sangre que manchó el interior del centinela conforme quitaba uno a uno los cables, pegando su mejilla a los cabellos de Bruce, quien al tener un brazo libre al fin, se sujetó a su espalda cerrando sus ojos. La espalda fue lo más doloroso al estar unido desde su médula espinal. Simmons solo hizo caras conforme veía aquel proceso, notando la tensión en Kal-El. Tiffany acababa de despertar a su verdugo. Un suspiro de alivio escapó de forma involuntaria del murciélago al sentirse libre por completo, pateando prácticamente todo los cables rotos y conexiones lejos de su cuerpo, aunque le punzara como su cabeza que aún la sentía ligera. No así sus pensamientos.
-Tiffany.
Una garra de Spawn la señaló sobre Ciudad Gótica, flotando en lo alto con mirada rabiosa al ver que su mejor carta, la cual había estado segura le daría la victoria, había fallado por un estúpido sentimiento humano. Bruce se levantó apoyado en Clark, ambos dedicando una muy poco amistosa mirada al ángel en cuestión.
-Round dos –gruñó Batman.
