III
24 de Diciembre de 1938
Berlín, Alemania
El sol se fusionaba con su largo cabello rubio, reflejando su concentración en sus ojos ámbar y su expresión serena. El pincel plasmaba su mirar, y el lienzo era víctima de sus interpretaciones, cubriéndose de matices opacos.
-¿Cuándo terminaremos, Quinn? Tengo frío y hambre.
-Shh – alcanzó a callarle
Siguió dando pinceladas mientras relamía sus labios a causa del frío que le proporcionaba el invierno. La chica rubia a lado de ella, titiritaba de frío, intentando leer el libro que traía en las manos.
-¿Qué te parece Nuestra señora de París? Es una obra magnífica.
-Quizá la disfrutaría más, si no estuviera a minutos de congelarme.
Quinn levantó ligeramente la ceja derecha, mientras daba unos últimos detalles al lienzo, para así acallar de una vez las repetidas quejas de su acompañante.
Una vez terminada su obra, le dio un último vistazo mientras limpiaba sus pinceles y comenzaba a guardar sus materiales de pintura. Sintió como la chica se acercaba a ella, viendo con seriedad el cuadro y apretando su libro contra su pecho.
-No es muy digno de ti… - dijo con voz tímida
Quinn lo sabía, había sido un asco, un total desperdicio a sus talentos, que sabía, seguían estando ahí.
-¿No estarás nerviosa por lo de hoy… o sí Quinn?
-Aunque lo estuviera, no tendría por qué siquiera expresarlo, o estártelo diciendo, Brittany – contestó con voz seria y el ceño fruncido
Brittany se quedó callada, y ayudó a Quinn cargando el caballete que había ocupado.
El corto camino de regreso fue silenciosamente incómodo, la chica de ojos azules se había sentido atacada por la respuesta de su mejor amiga, mientras que ésta seguía perdida en sus pensamientos.
Siendo Navidad había mucho movimiento en la casa de la familia Fabray, soldados iban y venían, Quinn le pidió a Brittany que se quedara con ella ese par de días para ayudarse mutuamente con los preparativos del día, siendo que la familia de ésta llegaría en la noche.
Los padres de Quinn y Brittany se habían conocido durante la Primera Guerra Mundial, siendo ambos soldados alemanes. Sin embargo, Rusell Fabray había decidido entregar su vida al Ejercito después de pelear por él, subiendo con el pasar el tiempo varios escalafones y posicionándose en una posición fuerte del mismo. Habían tenido dos hijas con su esposa Judy, Frannie y Quinn.
Frannie tenía un carácter demasiado soñador como para adentrarse más de lo necesario en el mundo de Rusell, mostrando, además desde pequeña cierta vocación hacia la enfermería. En cambio, Quinn, era una líder nata por naturaleza, su carácter era el de un Fabray por excelencia, y en conjunto con sus palabras frías y su elegante levantar de ceja era una candidata perfecta para que el apellido de la familia siguiera sonando entre el Ejército como uno de los más relevantes.
Poco tiempo antes de este descubrimiento, a principios de la década de 1920 cuando Quinn no era más que una niña, fue que comenzó a adentrarse fuertemente el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán. Rusell sintió, pues, una curiosidad abrumadora, llevándolo a escuchar en una junta de éste partido al fundador de éste. Un hombre menudo, de poco más de 1.70, pero con una voz tan potente como su poder de convencimiento, el cual, después de su presentación, se presentaría ante él como Adolf Hitler.
Lo demás, fue historia.
El mejor conocido como Partido Nazi, se apoderó casi en su totalidad de Alemania, Polonia y Holanda. Comenzando una guerra que se esparcía como una llama en pólvora. Hitler llegaba hasta por debajo de las rocas, con sus teorías raciales y fascismo.
Había llegado el momento primordial de Rusell para que Quinn se adentrase junto a Brittany en el mundo que les tendría las llaves del mundo aseguradas, y por supuesto, su dictadura e importancia de su familia no se hiciera desconocida ante el Ejercito.
Una vez todos estuvieran en la mesa, degustando de la cena de Navidad, comenzó a adentrarse de la ideología del Partido; Stephen, el padre de Brittany asentía a todo lo que Rusell decía, pues se había adentrado gracias a éste completamente en él.
-…Entonces, estos campos de internamiento nos ayudarán con ellos mientras tanto – hubo un par de ceños fruncidos pero nadie se atrevió a cuestionar a Rusell –. Me han ofrecido monitorear uno, he accedido por supuesto. El hecho, Stephen – continuó dedicándole una seria mirada a su amigo –, es que necesitamos cuantos soldados se requieran allí, por supuesto no es urgente, pero en un par de años será primordial. No te pediré vayas, ya no estamos para esas andadas ciertamente. Pero adentraré a Quinn desde ahora, con un entrenamiento completo pero suficientemente suave para no presionarla, es una niña por supuesto y tiene facultades para éste mundo; estoy seguro que Brittany…
Rusell siguió hablando, sin embargo, Whitney, la madre de Brittany, volteó inmediatamente a ver su marido, con una cara de espanto y desaprobación en el rostro, a lo que éste le devolvió una mirada frívola y siguió asintiendo a lo que su camarada le decía, mostrándose complacido.
-En Nuestra Señora de Paris, Esmeralda muere – le murmuraba al oído Brittany a Quinn asegurándose que nadie las escuchaba -, y al ver al amor de su vida fallecida después de dos intentos por salvarla, Quasimodo se arroja a la fosa común donde habían arrojado el cuerpo de la gitana, muriendo abrazado a ella. ¿Es eso la vida? ¿Únicamente una tragedia?
Quinn la observó un instante con mirada profunda y dudas a flor de piel, acto seguido dirigió su mirada hacia los dos hombres que parecían haber llegado a un acuerdo.
-Eso, Britt, lo tendrás que descubrir por tu cuenta.
Y sin más, se dispuso a continuar su cena con toda la tranquilidad a la que se le aproxima una tempestad.
30 de Enero de 1943
Berlín, Alemania
Era un día de suma importancia, tenía que serlo, al siguiente empezarían su servicio en un campo de internamiento judío. Los entrenamientos cada vez parecían más eternos, más duros y exigentes. Y a pesar de cubrirse de gris y verse obligadas a cambiar de carácter, nadie podía cuadrar sus ideales en el fondo benévolos y con una dura negación a la dictadura Nazi.
Estaban en la casa de un recién ascendido Herr Kommandant, el mismo puesto que ocupaba el padre de Quinn.
Se veían rodeadas de personas haciendo alusión a la palabra hipócrita, todos los soldados y comandantes reían, entre bromas y champagne, olvidándose por un momento que eran los secuaces de múltiples asesinatos por una ideología fascista y desesperada.
Brittany había pasado a lado del anfitrión que parecía serio y mantenía una alerta a que nadie escuchara lo que le decía a una mujer mayor frente a él. Al parecer, la mujer se había opuesto a la celebración y todo lo que ésta conllevaba.
"Deberías tener cuidado. Expresar tus opiniones en público podría causarte problemas."
Escuchó decir al Comandante en voz baja pero exigente. Brittany había decidido parar el paso frente suyo, con la curiosidad invadiéndola; el hombre no tardó en darse cuenta de su presencia, y le dedicó una frívola mirada seguido de un apretar de mandíbula intimidante.
-Señorita Pierce – gesticuló con falsa cortesía para acto seguido pasar junto a ella con un gesto de superioridad y abandonar su lugar.
Decidió irse de ahí para evitar acarrearse problemas, buscando a Quinn para así preguntarle si se podían ir, con la excusa de que mañana tendrían que partir temprano.
En el camino, se encontró al pequeño hijo del anfitrión, un niño menudo con cabello negro y grandes ojos celestes, perfectamente arreglado y que en cuando la visualizó se cuadró como pudo.
-Bruno – le dirigió una sonrisa de oreja a oreja – descansa.
Y después de que le obedeciera, se acercó a acariciarle el cabello, para continuar su camino.
No tardó en encontrar a Quinn, estaba en el balcón con una mirada perdida entre la ciudad y sus pensamientos. Con su largo vestido plata y su cabello rubio perfectamente peinado.
-No quiero hacerlo.
Pensó sería buen momento para expresar lo que la había desesperado desde el día cuatro años atrás. Sin embargo, Quinn ni se reiteró en voltearla a ver, mantenía un semblante serio, y por un momento Brittany pensó no le había escuchado, pero al momento en que estaba dispuesta a repetírselo, la voz de Quinn no se hizo esperar.
-No se trata de querer, aquí nunca se hará lo que tú quieras, las únicas personas que te obedecerán son los judíos, ¿entendiste? ¿No te han servido estos cuatro años?
-No se me hace jus… - y antes de que pudiera terminar la palma de Quinn fue a impactar contra su mejilla
Brittany inmediatamente colocó su mano en donde había recibido el manotazo, con los ojos cristalinos y una expresión de sorpresa en el rostro.
-Es como tiene que ser, y será. Cállate y limítate a obedecer – gesticuló con las lágrimas corriéndole por las mejillas y los labios apretados de la furia – te espero afuera en cinco minutos.
Y limpiándose los rastros del llanto del rostro, se limitó a dar media vuelta y con caminar elegante abandonar el balcón, dejando a una confundida y melancólica Brittany tras ella.
26 de Abril de 1943
Campo de Bergen-Belsen, Baja Sajonia, Alemania
Habían pasado casi tres meses en ese lugar, y Brittany cada día que se levantaba, se sentía como si fuera el primer día, aquel que entre gritos de suplicios y gruñidos de perros le habían dado la bienvenida al que ella describía en su mente como el 'peor lugar en la tierra'.
Había perdido a su mejor amiga, Quinn Fabray se había convertido en un zombie que daba órdenes a los soldados y a ella por inercia, y que miraba a los judíos con un fingido asco, Quinn daba la faceta de la soldado Nazi perfecta, pero, y Brittany lo sabía, seguía siendo la misma dulce y apasionada mujer que ella conoció, aunque ni con ella se mostrara así, en la privacidad de sus innecesariamente lujosas habitaciones.
Así que para la joven Pierce, fue un suplicio ordenarse a sí misma parecer una frívola y cruel persona. Sin embargo, no todo era oscuridad, tenía varios amigos entre la comunidad judía del campo, que a voces sabían de la amabilidad y dulzura de la rubia que con solo 19 años era un mismísimo ángel, que les ayudaba en secreto, desde llevándoles comida, hasta a ayudar a niños a salir entre la oscuridad de la noche del campo.
Claramente, esto ni sus compañeros ni la mismísima Quinn lo sabían, pues seguramente Brittany sería condenada por traición al Führer y a la patria. Suficiente tenía con haberse ganado la enemistad de sus compañeros y los enojos de la rubia más baja por no ser 'lo suficientemente cruel'. Escapaba de los problemas como podía, refugiándose en un fingido semblante serio.
Mantenía una relación de odio con Irma Grese, una soldado conocida, al contrario de ella, como el 'Ángel de la muerte' de Bergen-Belsen, era una mujer que a pesar de su belleza, sus crueles actos y tratos innecesariamente sanguinarios hicieron crear varios conflictos con Brittany en sus apenas tres meses de servicio.
En una ocasión, había escuchado ruidos extraños desde la habitación de Quinn, preocupaba por ella, fue a su ayuda por si alguien intentara atentar contra la vida de su aún amiga. En cambio, encontró a Grese con la cara hundida entre las piernas de Quinn, mientras ésta lanzaba maldiciones y mantenía sujeta fuertemente del cabello rubio a la también conocida como 'La Bella Bestia'.
En cuanto Quinn la visualizó, le gritó maldiciones, ordenándole que se metiera en sus asuntos, y que si volvía a interferir de esa manera en su habitación se llevaría un duro castigo. Acto seguido, cerró la puerta fuertemente para poder seguir con su encuentro sexual.
Sí, la suerte no le había sonreído a Brittany, pero qué va, no le había sonreído desde que su padre había aceptado gustoso la propuesta de Rusell. Lo único que la mantenía de pie, era el poder ayudar a tantas personas se pudiera dado su puesto; todo lo que la rodeaba era una matanza, un calvario, se sentía la peor persona en la faz de la tierra, y comenzaba a caer en una depresión de la que dudaba poder escapar.
Ese día, iba a llegar un enorme cargamento de judíos, que, según había escuchado rumores, venían desde Varsovia, algo que le hizo fruncir el ceño ante la extrañez de eso. Pero intentó dejar de preocuparse por ello, y concentrarse en dónde agruparían a tantas personas, debido al poco espacio todavía existente en las pequeñas cabañas de madera podrida.
Había hecho pasar la voz entre los judíos, para advertirles que estuvieran preparados, pues seguramente vendría un tren por varios de ellos llevándolos a un campo de exterminio, debido a la pronta sobrepoblación.
El kilométrico tren hizo acto de presencia, pudo observar como sus 'compañeros' sacaban varios cadáveres de los vagones, mientras cientos de personas bajaban confundidas y muertas de entre miedo y frío. Los estaban conduciendo hacia donde les quitarían la ropa, sus pertenencias y les cortarían el cabello.
Fue una tarea complicada para ella, a pesar de que los demás parecieran estar en su ambiente.
Y, entre la multitud, entre gritos desesperados y muerte anunciada, pudo deslumbrar unos ojos chocolates que la miraban embalsamados, fue un momento extrañamente mágico y melancólico. Pudo observar el pequeño cuerpo acreedor de la mirada, ¿una persona latina? Eso sí que era nuevo para ella. Pero antes de que pudiera procesar aquello, observó como de un codazo en el estómago, la chica caía al suelo entre los gritos de Irma y la sorpresa de los presentes.
Y antes de que la pérfida mujer pudiera proporcionarle un golpe con su enorme tonfa, Brittany le agarró fuertemente del brazo, con una dureza recién estrenada en ella. Grese no tardó en deshacerse del amarre, mientras le dedicaba una mirada llena de odio a la otra chica.
-¡Pierce! ¿¡Cómo te atreves a proteger a la basura judía!? ¡Ahora verás lo que pasa si te metes conmigo! – amenazó mientras volvía a alzar su tonfa en dirección a la chica
-¡Basta Grese! ¡Baja eso de inmediato y sigue tu trabajo o quien verá qué pasa si te metes pero conmigo eres tú! – gritó fuertemente Quinn que llevaba del brazo a una pequeña figura que temblaba visiblemente
-¡Fabray! ¿¡No ves lo que está haciendo!? – reclamó con los dientes apretados de la furia
-Eso no es algo que te interese, ahora sigue órdenes, sino date por jodida.
E Irma, con toda la cólera que alguna vez Brittany le hubiera visto, continuó su trabajo, lanzando golpes a diestra y siniestra, pagando su enojo con los que se lo "merecían".
-Y tú – señaló a Brittany – sígueme de inmediato.
La joven Pierce dudó solo un segundo antes de pedirle a la chica latina con un limitado polaco que la acompañara. La sujetó del brazo con fingida fuerza, para intentar disimular ante los demás. Ésta la miraba no con miedo, sino con curiosidad, turnando su mirada entre su "salvadora" y la chica que llevaba Quinn delante.
-No te preocupes, estás a salvo ahora – le dijo con dificultad mientras la guiaba a unas enormes cabañas de madera.
-No es necesario el polaco, no sé quién eres ni porqué lo haces, pero muchas gracias – dijo con voz apenas audible y en un perfecto alemán
Brittany se sorprendió a sobremanera y antes de que su sonrojo se hiciera presente decidió agachar la cabeza mientras seguía a Quinn.
Llegaron al interior de un enorme cuarto que se mostraba lejano a las cabañas que se encontraban en todo el campo. Brittany en cuanto cruzaron la puerta le susurró asustada a Quinn, pero ésta se limitó a responderle con una, que juraba, parecía el fantasma de una sonrisa. A esto, la chica de ojos azules le dedicó una mirada de entendimiento.
La latina inmediatamente abrazó a la castaña que había llevado Quinn, con un gesto de protección. Volteó a ver a Brittany y Quinn con un gesto de incertidumbre en el rostro al observar las bancas de madera repletas de pijamas y una puerta de metal al fondo de la enorme habitación.
-Quítense la ropa – ordenó Quinn mientras desabrochaba los botones de su enorme gabardina y Brittany la imitaba con un gesto indescifrable en el rostro.
