En la habitación había un frigorífico pequeño, la cama, las cortinas blancas, cuadros de cosas sencillas y Aomine Daiki dando cuenta de las cervezas del frigo bajo la mirada reprobatoria de Midorima.
—No te soporto— prefirió darse media vuelta y encaminar hacia el baño. Moría por ducharse y quitarse todos los rastros de naturaleza que tuviera en el cuerpo… Aunque era físicamente imposible, pero razonar con Shinko hastiada era absurdo–. Kuroko.
–¿Qué?
–Vigílalo. No quiero tener a un ebrio en la habitación– y cerró la puerta detrás de sí. No se molestó en esperar la contestación de Kuroko. Él lo haría sí o sí porque quería demasiado a Daiki como para dejarle ahogarse en alcohol, aunque no es como si hubiera mucho y se fuera a morir. Pero volviendo a lo mismo, era Daiki, estaba idiota y no podía confiar en su buen juicio.
Se sacó la ropa con prisa, dejándola encima del lavabo a escurrir. Luego iría con la encargada para que se la secase. Buscó en el estante de la ropa a ver qué había y casi llora de emoción cuando vio cuatro batas y cuatro toallas, todas perfectamente limpias, sin rastro alguno de mancha o de las tan molestas fallas de tela. Una falla de tela era lo peor del mundo en una prenda. El baño tenía una tina y se metió en ella con cuidado, pues seguía mojada y un resbalón podía ser fatal, hasta estar sentada junto a la manija del agua, que accionó y manipuló hasta dar con la temperatura a su gusto. Y dejó la bañera llenarse.
Se quedó pensando.
Aún tenía cosas pendientes en Tokio, pero prefería no pensar en eso. Se supone que su viaje fue para desconectarse mentalmente, pero no estaba consiguiéndolo y eso la ponía de mal humor, de muy mal humor. Ella no era una persona que huyera de las responsabilidades o los problemas, sólo que a veces se ensimismaba demasiado y eso a su padre le preocupaba, por lo que creyó apropiado mandarla de viaje con sus amigos de toda la vida, Tetsuya y Daiki. Esbozó una sonrisa pequeña. A pesar de tantos años, ella seguía llamándoles por los apellidos excepto en su mente. Era demasiado respetuosa hasta para eso.
El agua le llegó hasta las rodillas, encogidas, y ella se sumergió para que le cubriese media cara. Los baños siempre le habían gustado. Era una manera de conseguir que se pusiera de buen humor. Cortó el flujo del agua y empezó a mojarse la cabeza con agua que juntaba en sus manos, casi olvidada de sus asuntos por momentos, antes de que volvieran a golpearla con toda su cruda realidad.
La cruda realidad, como el pescado fuera del congelador, apestaba. Y mucho.
En Tokio se había quedado su adorable ex novio, Akashi Seijuro. Y no tenía ganas de seguir pensando en él, pero no podía evitarlo. Las cosas se habían descontrolado y el término de esa relación no fue completamente amistoso. A Akashi le encantaba tener el control, sentir que tenía poder absoluto sobre lo que lo rodeada, que todo estaba medido minuciosamente. A ella no le importaba realmente, lo quería con todas sus manías así como él la quería a ella, pero en últimos meses, Akashi exigía y ella no era capaz de cumplir. Claramente le dolía ser incapaz de satisfacer a su novio, pero también era consciente de que, si no estaba en sus manos, no iba a jugar contra el destino. Así no funcionaban las cosas. Eso al heredero de la increíble fortuna Akashi no le gustó nada, no quería que algo escapara a su control. Sin perder sus modales, sus modos amables y cariñosos con Shinko, la llevó a donde le aseguraban que solucionarían sus problemas, sin consultarle algo. En cuanto ella vio el lugar, algo dentro suyo se quebró.
Akashi Seijuro era incapaz de aceptarle tal cual era en realidad.
Y aquello dolía muchísimo. Seguía queriéndole, pero no estaba dispuesta a someterse a lo que Seijuro quería de ella hasta ese extremo, sin preguntarle si quiera. Atentaba incluso contra su dignidad como persona.
Shinko era estéril, y él necesitaba un heredero a la de ya.
Sintió las lágrimas acumularse nuevamente en sus ojos, pero las detuvo con un delicado movimiento de sus manos.
–¡Midorima!
La voz de Aomine la sacó de sus pensamientos turbios. Volvió a ponerse de mal humor a velocidad luz.
–¿Qué?
—¡Sal, me estoy meando!
—¡No pienso salir!— le gritaba desde la bañera. La voz de Daiki aún sonaba clara, pero si ya tenía ganas, es porque le había metido rápido al alcohol. Apenas había pasado media hora desde que llegaron, y diez minutos desde que entró al cuarto de baño, con un demonio, ¿es que ni siquiera podía dejarla tomar un maldito momento de paz?
—Midorima-san.
Kuroko siempre, siempre, abogaba por Aomine.
—No conmigo, Kuroko, lo sabes.
Lo cual no significaba que siempre funcionara, pero eso quería decir que el pequeño fantasma dejara de intentar. Aomine tuvo que mear fuera, probablemente en el baño general de la posada. A ella no le importó.
Sus pensamientos retornaron a Akashi. Se acarició el vientre, donde nunca jamás habría vida creciendo. Suspiró largamente mientras observaba sus dedos moverse por la piel, bajo el agua transparente. Recorrió con la mirada su cuerpo desnudo, desde sus pies hasta sus pechos, preguntándose qué podía tener de malo, si con eso y su enfadosa personalidad no era suficiente para tener a Akashi contento. Evidentemente no. Recordó las veces que el mayor, porque era un par de meses mayor, había intentado que funcionase, sin resultados positivos, literal y metafóricamente. Al principio estaba bien, ambos lo disfrutaban, y ella ignoraba su estado. Accedió incluso a su edad a tener un hijo, aunque no dejaría la carrera de Medicina, y es que sabía que estar con el heredero significaba que necesitaba descendencia pronto, lo más pronto posible. La vida de los magnates siempre estaba en riesgo. Debían tomar precauciones. Así que accedió y era feliz cuando estaba juntos. Pero la noticia de un embarazo no llegaba y Seijuro se desesperaba, ella podía notarlo aunque él no lo dejase ver. Las cosas empezaron a tornarse violentas, el sexo era más agresivo y a ella llegó a dolerle todo aquello. Intentó hablar con Akashi, hacerlo entrar en razón, quizás era psicológico y estaban preocupándose demasiado… Fue entonces cuando, tras un par de estudios, dieron con la razón de aquellos fracasos.
Él entró en cólera y lo que pasó al volver del médico podía ser catalogado como violación.
Shinko era perfectamente consciente de eso, pero prefirió callarse por un bien mayor. Decidió acabar con esa relación que la dañaba tanto mental como físicamente, sin importar cuando lo quisiera o creyera que lo quería. Su padre le había metido bien en la cabeza eso de que ella era lo más importante, aunque lo hubiera dejado pasar con todos esos eventos desafortunados.
Le costó dejar la casa que compartían, le costó caminar por la calle, alejándose, le costó dejar al que consideraba el amor de su vida. Aun así, se negó el llanto. Demasiado dura para eso, al menos en público.
Con una sonrisa casi invisible, descubrió que el champú que tenía en el baño era su favorito. Si algo amaba de ella, era su cabello. Tratando de ahogar sus penas en espuma, empezó a lavarse el largo y lustroso cabello verde con la más serena de las calmas.
/
—Hechos, verdades y casualidades, ¿no es así?
Satsuki asintió mientras limpiaba la pequeña terraza de madera con un mechudo. Kazahaya prefirió sentarse dentro de la posada, apoyada en el marco de la puerta y mirar como su amiga secaba el agua.
–El de cabello azul es muy guapo, eso es un hecho.
Takao soltó una carcajada que se le antojó como música a Satsuki. En las últimas se había vuelto más y más escasas.
–Bueno, si a ti te parece– se estiró cuan larga era en el limpio piso del recibidor, poniendo los brazos cruzados detrás de la cabeza–. ¿Recuerdas aquella vez que estábamos peleando cual color de ojos era más bonito?
—Ajá.
—Tenías razón.
Momoi deja de pasar el trapo y mira hacia los árboles a un lado de la casa. Verdes, relucientes, expectantes.
—Los verdes.
—Así es. Los verdes. No sé cómo pude ser tan ciega. Eso es una verdad.
—Nunca habías conocido a alguien con ojos así, eso puede ser. Aunque… ¿Por qué lo dices ahora?– Se siente aliviada de que Takao toque más temas aparte de la cruel ruptura que recibió de Chihiro. No significa que ya esté bien, en lo absoluto, es sólo que la ve un poco más animada y no puede evitar sorprenderse, ni entender en qué momento sucedió ese cambio tan violento. Pudo cooperar el hecho de que su amiga suele tener la concentración de una oveja. No mucha, pero tampoco exagerada. Está bien así como está.
—La chica que llegó…
—Midorima Shinko.
—No me interrumpas— Momoi se voltea, la ve tirada en el suelo, pone los ojos en blanco un instante y reanuda su trabajo—. Sé cómo se llama.
–¿De verdad?
–¡Momoi!— escucha la risita de aquella como si no fuera su problema-–. Ella tiene los ojos verdes… Y el pelo también. Es realmente preciosa.
—No sabía que te gustasen las mujeres también, Ka-chan.
Un sonrojo se extiende por las mejillas habitualmente pálidas de Takao.
–No me gusta, Satsu-chan, digo, tú sabes que yo quiero a Chihi-chan y…
—Kazahaya, no.
Un silencio denso se hizo presente entre ellas. Satsuki se arrepiente de haber dicho eso, pero Kazahaya también. Tiene una hora, más o menos, que su corazón fue destruido por el chico que dijo quererla y quiere volver a tomar. Ya se le bajó la embriaguez y necesita recuperarla. Viendo el lado amable, está adquiriendo tolerancia al alcohol...
–Momoi-san.
La aludida suspira y entra en la casa, pasando por encima de las piernas estiradas de Kazahaya.
–¿Sí?
Es Kuroko quien la ha llamado y Momoi está con las emociones encontradas. Primero porque le ha recordado a su amiga que le han roto el corazón y segundo porque el chico que le gusta desde que lo vio está parado frente a ella observándola.
—Estaría muy agradecido contigo si pudieses ayudarme con la ropa mojada.
—Claro, claro. Déjala en la habitación, pasaré a recogerla en un momento– y le regala su mejor sonrisa en un intento de parecerle guapa. Ya lo es, pero no especialmente para Kuroko.
—Muchas gracias por tu atención, Momoi-san— y se va tan rápido como llegó. Momoi suspiró. Takao la miró como si quisiera pegarle por subnormal.
–Siempre tienes razón, Satsu-chan– Takao permaneció en el suelo, mirando las vigas de madera del techo y con el ardor de incipiente llanto en los ojos–. Pero perdóname. Es demasiado doloroso aceptarlo.
–No tengo algo que perdonarte. La culpa no es tuya y…— Satsuki emprendió un discurso que ella no tuvo la delicadeza de escuchar, abstraída en sus pensamientos. Dentro de sí, sentía que era su culpa el cómo terminaron las cosas en su relación, si bien no porque Mayuzumi la dejase, sino porque ella permitió que hiciera lo que hizo. Claramente, nada podría haberla puesto sobre aviso de que él eso, sólo era una adolescente descubriendo el amor, pero mirado en retrospectiva, hubo momentos en lo que debió cuestionarse la verdad de todo lo que le fue dicho.
En su mente se cruzaban cientos de posibles planes, desde ir a buscarlo y golpearlo por hijo de perra, pasando por al menos llamar y pedir una explicación, hasta olvidarlo con esa última llamada y seguir adelante con su vida. Tenía que volver a Tokio de cualquier manera, allí estaba su familia y sus relaciones además de Momoi. Buscaba un punto desde el cual reiniciar, al menos parcialmente en lo que se decidía qué hacer, su vida.
Estaba convencida de que no dejaría de quererlo. Ese amor era demasiado intenso para ser borrado de la noche a la mañana, y también para eso intentaba encontrar solución. Era como estar muy borracha. Sabe qué está pasando, sabe lo que está haciendo o quiere hacer, pero el cuerpo no le responde, las palabras se arrastran de su boca y de manera automática dice cosas estúpidas. Eso igual la hacía frustrarse.
Satsuki terminó con su discurso con un "¿Qué quieres hacer?" que le llegó difuso.
Se incorporó lentamente. Como una premonición, sintió que aí sería su recuperación de tremendo impacto emocional.
—¿Quedó ramen?– emborracharse era lo que quería, pero pensó que bastante ya la había lastimado otro idiota como para que ella se hiciese más daño.
—Sí, me parece que quedó torikatsu. ¿Quieres comer de nuevo?
—Sí. Me arde el estómago— lloriqueó amargamente mientras seguía a su amiga hacia la cocina.
/
–Kuroko, ¿fuiste por la señorita encargada?— preguntó Shinko al salir del baño con un halo de vapor tras ella.
—Sí, dijo que vendría por la ropa en un rato.
—¡Tardaste como cinco horas, desgraciada!— Aomine ya arrastraba las palabras. Las ocho cervezas del frigo bastaron para ponerlo así. Ella puso los ojos en blanco y miró a Kuroko, que se encogió de hombros.
—Cállate, Aomine. Estás borracho. Entra ya a ducharte— ordenó mientras empezaba a secarse el pelo con una toalla pequeña que estaba en la mesilla—. No soportaré tu resaca.
Aomine se levantó de la cama, en la que estaba echado, con toda la gracia que puede tener alguien alcoholizado y no habituado a estarlo. Echó mano de Kuroko, que le esperaba al pie de la cama, y fue guiado hasta el baño. Midorima los observó hasta que la puerta se cerró bruscamente, cortesía de Aomine. Sus ojos buscaron el frigo, abierto, y constató que quedaban dos botellas sin abrir. No le haría daño en lo absoluto el tomarlas, a pesar que nunca jamás en su vida las había probado. Su conocimiento acerca del alcohol se limitaba a vino y whisky de la más alta calidad que siempre había en la casa que compartió con Seijuro. Y eso dos o tres tragos, a lo mucho. Así que resolvió y al frigo por una. Estaba buscando en la mesa de junto con qué abrir la botella cuando unos toques en la puerta la distrajeron. Cerró de una patada el electrodoméstico y fue a abrir, encontrándose con la encargada al otro lado de la puerta, con una sonrisa que hacía creer que no rompía un plato.
—Hola, vengo por la ropa mojada. Tu amigo me ha pedido que les ayude con ella.
–Ah, claro— abrió completamente la puerta para que Momoi entrase, y cuando lo hizo se arrepintió. A los pies de la cama se hallaban las botellas vacías y ahora esa chica pensaría que era una alcohólica y mejor no debió dejarla entrar y…
—Supongo que están bajándose la borrachera, ¿a que sí?
Midorima la miró con la vergüenza escrita en la frente.
—¿Eh?
—Tus amigos. Ellos fueron los que se bebieron esas botellas— no era pregunta, Midorima dio cuenta de ello—. Tú no hueles a alcohol aunque tengas en la mano, y está cerrada porque quizá no sabes cómo abrirla.
–¡¿Eh?!— se sonrojó—. Desde luego que sé abrirla. Estaba a punto de hacerlo cuando llegaste– cerró los ojos y ladeó la cabeza, mañosamente, a un lado. Momoi reprimió una carcajada.
—Está bien, Midorima-san. ¿Dónde está la ropa que necesitan secar?
—En el baño, pero ahí están Aomine y Kuroko.
—Oh, vaya. Puedo volver en un rato si lo deseas…
—¡No!— se apresuró a contestar—. Espera un momento— caminó hacia el baño y golpeó fuertemente la puerta—. ¡Kuroko! Dame sus ropas mojadas, Momoi-san está aquí— la puerta se abrió apenas lo necesario para dejar paso a la mano de Tetsuya sosteniendo una bola de ropas mojadas, y encima la de ella, cuidadosamente doblada tal como la había dejado—. Gracias. Regresa con ese desgraciado.
Satsuki miraba la escena desde su posición junto a la puerta principal, aguardando. Takao tenía razón, la señorita Midorima era excepcionalmente hermosa, y con tendencia a regañar, chillar y poner gesto de enfado y autosuficiencia. No estaba segura de que le hiciera bien a Takao acercarse a una mujer con ese tipo de personalidad, siendo ella tan emotiva, alegre y despreocupada. No tenía buenos registros de personas que, como Midorima, se las dan de autosuficientes, de que lo saben todo y reprimen sus emociones lo mejor que pueden porque pueden. Aunque a la chica de cabello verde eso no parecía dársele especialmente bien. Shinko se acercó a ella y el entregó la ropa húmeda, le agradeció su atención y entonces ella procedió a retirarse, un poco frustrada por no haber podido apreciar una vez más a su chico de cabello azul en su fantasmal esplendor.
N/A. Juro que no tengo algo en contra de Akashi :v Pero alguien tenía que tomar ese papel, asdfghgfdg. En otras noticias, si alguien lee esto, me duele la mano izquierda :'v
