"Mi Gran Amor, Siempre Has Sido Tú"

Capítulo 3

Los personajes no son míos. Pertenecen a Kyoko Mizuki y a Yumiko Igarashi

- - Albert… me estás asustando.- De pronto, sin aviso alguno, el corazón de Candy comenzó a acelerarse, todo su ser se estremecía, es como sí…

- Albert la sacó de sus pensamientos y sentidos. – Candy, tu sorpresa, querida pequeña, es esta. – La miró su amigo, con esos ojos tan paternales y llenos de profunda alegría.

- Sal ya amigo. Sale de esa oscuridad y ven a la luz, la luz que necesita tu vida.

Al decir eso, Alguien vestido de traje negro, con perfecto peinado, y perfecto rostro, salió de una esquina que había detrás del escenario. Su pelo castaño un poco más arriba de los hombros, esa mirada azul, esos ojos profundos llenos de emociones como el mar, ese porte aristocrático, ese olor, Todo ÉL, estaba ahí, parado, con un ramo de rosas y una perfecta dulce sonrisa matadora, que hacía que cualquier mujer le temblaran las piernas, y a esa ojiverde no le pasaba lo contrario. No podía creer lo que veían sus ojos… sin duda alguna, era ÉL

- - Dios mio… ¡Eres tú!.-. Exclamó. Estaba pasmada, el tiempo se había paralizado, solo podía ver a la persona que tenía en frente de ella. Jamás pensó, ni en sus más profundos sueños, que en su graduación, ese hombre que amaba a más que a nadie en el mundo, estaría ahí, parada en frente de ella, y lo peor de todo, más increíblemente guapo que nunca. Como ella jamás pensó e imaginó.

-Sí pecosa, soy yo. He vuelto a tu vida, vida que jamás debimos dejar. Porque tú y yo, nunca más nos separaremos. Tú eres mi vida, mi razón de ser, mi respiración, desde esa maldita separación, de la cual no dejo de pensar, no me deja vivir, tampoco me deja dormir. He vivido en una oscuridad amor mio, oscuridad que hoy, en el momento que te vi, parada ahí en el escenario, orgullosa de tus logros, con esa sonrisa y esos ojos que iluminan todo al rededor… tú, mi vida, eres mi todo. Por eso, estoy acá. - Se acercó lentamente dónde estaba ella. Con paso firme pero elegante, con una mirada desarmadora, desvestía el alma, Candy sentía que no respiraba, todo lo que podía sentir, era su cuerpo electrizándose a medida que él se acercaba a ella.

- ¿Qué…. Qué estás haciendo acá? ¿cómo es posible esto? Tú… nosotros…. Nuestro pasado, tu mirada es la misma… pero… lo nuestro… - No podía hablar, no había palabras para explicar lo que ella estaba sintiendo.

- Shhh…. Pecosa, mi adorada pecosa.- le decía él, acariciándola con un dedo en su rostro. "Dios Candy, ¿En qué momento te convertiste en esta hermosa mujer? Mi cuerpo arde por ti, mi corazón se quema, por favor, no me rechaces mi pecosa".

Candy le tomó la mano con la cual él la acariciaba. Lo miró dulcemente y le dijo. - ¿Esto… esto es un sueño, verdad?, porque si es así, no quiero despertar.

Él estaba en las nubes. Su querida tarzán pecosa ¡no lo estaba rechazando!

- - Vámonos, quiero contarte todo lo que ha pasado, y antes que todo, debo decirte, que no. Nada me ata a Susana. Con ella nunca hubo nada, mi amor, jamás. Si me quedé con ella, es porque tú me lo pediste. Pero jamás habríamos podido ser felices mi amor, no nos amábamos, y Susana… digamos que estaba obsesionada conmigo. Es cierto, ella me salvó la vida, pero si seguíamos juntos, jamás de los jamases íbamos a hacer felices. Como ya te dije, si me quedé con ella, fue por ti. Yo mataría por ti Candy, daría mi vida por tu alma, porque mi corazón es tuyo, siempre lo fue, desde esa noche en el barco, cuando nos conocimos por primera vez, desde ahí, pecosa, quedé prendado de tu dulzura y buen corazón. Te amé, y te amaré por siempre. No…!. - Candy lo calló. Se tiró a sus brazos y lo besó. Solo caían lágrimas de sus ojos mientras ella besaba con necesidad a su gran amor. Esa confesión, había penetrado hasta lo más profundo. No le importaba que estuvieran en un lugar público, con otras personas quizás mirando. Ella quería besarlo, desde ese beso en Escocia, en dónde tontamente, ella lo había abofeteado. Pero ahora, quería estar con él, merecían ser felices, ellos se amaban, ya basta de pasar penas y tristezas.

Candy subió sus brazos, al cuello de su amor. Jamás había besado a alguien más, y menos con esa pasión, pero esta vez, era su alma la que hablaba y se expresaba. Y él, colocó sus manos en la cintura de ella, atrayéndola aún más a su cuerpo. Quería impregnarse de ella, fusionarse, ser un solo cuerpo.

- - Dios… - dijo él, tomando un momento para respirar, estaba mareado, embragado de pasión. – Siempre… siempre fuiste mi princesa Candy. Dime que nunca más, me rechazarás. – Apoyó su frente, en la frente de ella, mirándola directamente a los ojos. Verde esmeralda se fundió con azul safiro.

- - Soy tuya amor mio. Ahora y siempre. Es momento de que seamos felices.-

En la misma posición, él se acercó peligrosamente de nuevo a la boca de ella, pero esta vez, con esa sonrisa picarona y esos ojos llenos de diabluras, sin duda era como si ese jovencito del San Pablo en Londres, estuviera con ella nuevamente.

- - Recuerdo que… En Escocia, jamás me besaste así, tarzán pecosa.- se lo dijo susurrando al oído.

Ella en el mismo juego, pero algo apenada por la situación, pues, no tenía la facilidad para jugar de coqueta, intentó entrar en ese juego de sensualidad y se acercó al oido de él y le respondió. – Porque era una niña boba, miedosa, y con mucho temor de comenzar a experimentar, lo que estoy sintiendo ahora. Pero quiero que estemos siempre juntos, querido mío. Mi rebelde, siempre te amé, jamás te olvidé.

- - Entonces… si te pido que vayamos a mi departamento, a estar juntos, como la pareja que nunca se debió separar… ¿te enfadarías conmigo?.- le preguntó levantándole una ceja, ese gesto tan típico de él.

- - Y… si te digo que… ¿no me molesta?.- Seamos uno solo querido, uno solo. Nunca más me arrepentiré y negaré mis sentimientos. – Pero.. ¡Oh Dios!- dijo abruptamente. - ¿Y Albert?. Dijo pensando en su amigo, que había estado ahí hace unos momentos.

- Pecosa – dijo él arrastrando su voz y con esa sonrisa de medio lado, que desarmaba a cualquiera. Ella se estremeció. – Creo que nuestro amigo… querida, se retiró al ver expresándonos nuestro amor.

Candy se puso roja. Su amigo, tío, hermano, padre, la había visto besarse como una niña enamorada. De seguro iba a molestarla con eso.

Su galán se rió al verla como una niña apenada a quién habían descubierto en una travesura. Siempre amaría a su pecosa. Niña, pero al mismo tiempo, toda una mujer.

- - Amor… ¿vamos?

- - Sí, mi rebelde, vámonos.

Y con esa última confesión, se volvieron a fundir en un beso tierno, calmado, nada fiero. Solo había dulzura, querían que sus lenguas se conocieran y entendieran ese lenguaje que solo el cuerpo y el alma, podían entender.

Continuara…