"Mi Gran Amor, Siempre Has Sido Tú"
Capítulo 4
Los personajes no son míos. Pertenecen a Kyoko Mizuki y a Yumiko Igarashi.
El siguiente capítulo puede contener algunos diálogos que pueden herir sensibilidades. Si usted no se siente cómoda, absténgase de leer.
Se besaron como si no existiera el mañana.
Sus respiraciones comenzaron a acelerarse, lentamente ambos abrían sus ojos para verse claramente. Para él, su amada, su Julieta, era una aparición del cielo. Un ángel, una maravilla creada por una mano divina. Se veía perfecta y deslumbrante, su cara sonrojada, sus ojos lo miraban directamente a él como si pudieran leer su alma, la vida por primera vez le sonreía completamente.
- Candy mi amor…. – dijo arrastrando cada palabra que hacía que ella sintiera una corriente eléctrica por todo su cuerpo que llegaba a ese lugar tan preciado además de su corazón, se derretía completamente a merced de él. – Quiero que vayamos a mi Departamento, necesito contarte algunas cosas pecosa, necesito… necesito tenerte cada segundo a mi lado. ¿Aceptas? O … ¿una señorita como tú, no se atrevería a ir al hogar de un joven guapo, picarón, que solo tiene diabluras en su cabecita? – Lo decía con ese humor tan característico de él, con esa sonrisa de medio lado, que solo expresaba doble sentido. Sabía que Candy estaba azorada de tantas emociones, así que intentó decir eso, como una broma para que ella se relajara. Conocía a su Pecosa, y aunque respondió a su beso tan fogosamente, sabía que ella era delicada no era como las demás mujeres. Haría las cosas bien con ella. No haría nada que no quisiera.
- ¡Siempre igual! Engreído, … crees que todas las mujeres se caen a tus pies, y claro, tú nunca las rechazas, ¿Ciert….!?
Candy no pudo seguir. Su amado la arrinconó en un pilar, la miró directamente a los ojos y se quedaron así por unos minutos.
- - Nunca mas digas eso pecosa. Tú eres la única mujer de mi vida. La única que he amado en esta vida Candy. Jamás pude olvidar tu sonrisa, tus ojos esmeraldas que no me dejaban dormir en las noches. Esos ojos que tienes, me salvaron más de una vez de caer completamente en la oscuridad. Tú eres mi razón de ser, ya te lo dije. Tú… tú eres mi salvación.
Candy se avergonzó. Había dicho eso en un arrebato de celos, de solo pensar en su inglés con otras mujeres, la hacían perder la cabeza. Ella solo pudo esconder su mirada de la de él.
- Jamás, en esta vida… vi un verde más hermoso que el de tus ojos. Nunca, – le dijo acercando su boca al oído de la rubia. – Nunca, bajes tu mirada. – Se separó de su oreja, y lentamente con sus dedos, tomó la barbilla de ella haciendo que lo mirara. Colocó uno de sus brazos al lado del cuerpo de Candy apoyándolo en la pared, aprisionándola. – Candy, Julieta mía, no dudes de mi amor, jamás.
- Lo… lo siento. – decía ella apenada. Esa mirada de su inglés la hacía perder la razón. Era tan potente, pareciera que te hundías en esa mirada cargada de pasión y amor. - Es que… Cuando hablas así, y de esas mujeres ¡Ay, tú tienes la culpa! No soporto la idea de verte con otras.- Ya está, lo había dicho. Se le había salido su más grande secreto.
- Jajaja…. – se rió. – Está bien Candy, se que tengo ese efecto arrebatador en las féminas. – terminó de decir él, riéndose.
- ¿Lo ves? – Candy hizo un puchero. – Sabía qué harías una fiesta luego de lo que te dijera.
- - Tarzán pecosa, sabes que me encanta bromear. Y esa es la única manera que tengo, para que este fuego que me atrapa hacia a ti, se calme un poco. No me quiero sobrepasar.
Ella lo miró fijamente sin decir ninguna palabra. Solo se sonrojó.
"Dios, ¿cuándo se hizo tan endemoniadamente bello? ¿Cuándo logró formar ese cuerpo tan perfecto? ¿esa sonrisa que es más perturbadoramente hermosa? ¿Cuándo, ese chiquillo del San Pablo, se convirtió en este hombre? … Candy, Candy… cálmate, solo harás que él sepa que estás más loca de amor de lo que él ya cree, ¡tranquilízate! pensaba la pecosa.
Él se dio cuenta que su pecosita estaba pensando en algo, así que le quiso tirar otra bromita para disfrutar como en los viejos tiempos.
- ¿Estás pensando en mí pecosa? ¿De nuevo? Es que acaso… ¿No puedes vivir sin mí?. – Decía arrogantemente, riéndose, con esa sonrisa, esos ojos que ella conocía tan bien.
- - ¡Sigues siendo el mismo Rebelde Inglés, bueno para tus bromas! Ya déjame en paz… - Decía Candy para poder calmar sus nervios, cada vez estaba peor al lado de él. Sus nervios la traicionaban, pero sentía un calorcito en su corazón. Era como estar en esos viejos días de estudiantes en el cuál, compartían todo. - ¿No íbamos a ir a tu departamento? – le dijo con las palabras apresurándose en su boca. En el momento que lo dijo, se arrepintió.
- ¡Ahhh! Con que ya quieres estar más sola conmigo, ¿no? Tranquila pecosa.- le dijo acercándose a los labios de ella, mirándolos, deseándolos. – Ya nos vamos. –
- Si vuelves a bromear, ¡me voy a ir!. – Y Candy hizo como que se largaba de ese lugar, pero él fue más rápido, le agarró su brazo, la hizo devolverse, se miraron y ahí, en ese segundo, se volvieron a fundir en otro beso. Sus bocas, sus corazones, sus cuerpos, sus lenguas, todo, absolutamente todo de ellos, se deseaban. No podían tolerar estar más separados.
- Está bien…perdona... tus labios me embriagan. - dijo una vez separándose de esos labios que lo tenían loco. – Vámonos pecosa.
Candy sentía lo mismo. Aturdida y como pudo, logró caminar.
Y así, tomados de la mano, se dirigieron a la salida del Hospital.
- ¡Ah! Espera… se me olvidaba entregarte esto. – Se dio la vuelta, y del suelo tomó el ramo de flores que le había traído a su pecosa. Un montón de narcisos bellamente decorados.
- Narcisos…. – dijo ella con una mirada llena de emoción. - ¿No lo olvidaste verdad?
- Jamás pecosa… los narcisos son nuestra flor. Toma, son tuyas, felicidades por tu graduación, serás la mejor enfermera del mundo.
Se lo dijo tan tiernamente, dulcemente, con esa mirada llena de amor… que ella no aguantó más, y dejando a lado toda su femineidad, saltó a los brazos de él, con las flores y todo.
- ¡Son hermosas! ¡Preciosas! Yo tampoco olvidé nuestras flores, soñaba con ellas, con su olor cada noche. Acordarme de ellas, era como acordarme de ti. – le decía Candy al oído de su amado. ¿Por qué no me las entregaste antes? – lo reprochó
- Bueno pecosa…. Creo que hemos estado entreteniéndonos haciendo otras cosas… ¿no crees? – le dijo con esa mirada picarona llena de intención. Ella lo notó y se sonrojó hasta las orejas.
- Tienes razón…
- Jajajaja, sigues igual de vergonzosa que siempre. Ya, basta de tanta habladuría. Vámonos.
Y así, esta vez, salieron del hospital, rumbo al departamento de él. No hablaron ninguna sola palabra. Sus miradas lo decían absolutamente todo, se amaban, se sentía en el aire.
Al llegar al lugar mencionado, Candy se sorprendió. No era un simple "departamento" era una casa, muy hermosa por lo demás, digna de la realeza.
- ¡Dios! ¡Tu casa es hermosa! ¿Pudiste pagarlo con tu trabajo?
- Me insultas pecosa. – le dijo con un tonito de reproche.
- Perdón no quise decir eso…
- Tranquila pecosita, sé que no era así. Aunque gano bastante bien, por ser el mejor actor que este País pudo ver
- Engreído – le dijo golpeándolo en el brazo.
- Jjajaja ¡Es la verdad! Bueno, como te decía… gano muy bien, pero no, no fue con mi sueldo de actor. La verdad… la verdad es que me ayudó mi papá.
- ¿Qué? ¿El Duque de Grandchester? ¿pero cómo? ¿Cuándo? ¿Lo perdonaste?
- Hey hey hey… tarzán… son muchas preguntas a la vez. Y digamos que… hemos llegado a un punto dónde hemos dejado nuestras diferencias atrás. Entendí que lo que hizo, fue porque la vida así se lo dictó. Él no pudo hacer más. Se equivocó sí, y me tomará años el perdonarlo, pero… - dijo él mirando la bella casa – Tuvimos una ayuda para que eso pasara. – Dijo luego mirándola con ojos centellantes.
- ¿Quién? ¿Tu madre? – Candy estaba llena de asombro
- No pecosa… - le dijo tomando su rostro entre sus manos. – Fuiste tú. Nunca me contaste, y bueno, supongo que no tuviste como hacerlo… nunca me dijiste que tú habías hablado con él cuando yo me fui del San Pablo. Eso lo hizo recapacitar. De verdad te digo mi amor…. Tú salvas la vida de todas las personas a tu alrededor. Gracias a ti, mi papá y yo, hemos refinado un poco nuestras asperezas.
- Oh querido, estoy tan feliz por ti. Tan orgullosa, no esperaba menos de mi rebelde. – dijo abrazándolo lleno de cariño.
- Bien, entremos. Falta que conozcas la mejor parte, la habitación. – Dijo levantándole las cejas, y con esa sonrisa que la desarmaba.
- ¡No digas esas cosas, engreído! – Candy se tapaba la cara, estaba más roja que antes, si es que eso era posible.
- Jjajaja, tranquila, no te comeré o …. ¿sí? – no la dejó responder. Tomó su mano y entraron a esa mansión.
Al entrar, Candy quedó muda. La casa por dentro era una copia de la sala de estar que había en escocia. El living… los asientos, la chimenea.. todo, los cuadros… Todo era igual a la mansión de Escocia.
- Mi rebelde….- no dijo más, solo lo miró acariciando el rostro de él.
- Sí… quería tener un lugar que siempre me recordara a ti. Y por supuesto, lo hice pensando en las vacaciones que pasamos en Escocia. Esa tarde de lluvia que pasamos juntos cerca de la chimenea… no sabes las ganas que tenía de besarte en esos momentos.
Ella quería lo mismo en ese entonces, pero no se lo diría.
- Es hermosa…. Es precioso… tocó mi corazón amor. Todos esos recuerdos se me vienen a la mente. Siempre fui feliz a tu lado.
- Lo mismo digo mi pecosa.
Él se fue acercando con paso elegante y con presencia. Ella se sentía cada vez más pequeña al lado de ese hombre. Y el detalle de la casa… su corazón iba a estallar de amor, si es que eso ya no había ocurrido.
- Candy… seré sincero. Quiero que estemos siempre juntos, que nunca más nos separemos. Ese año de nuestra separación….
- Shhhhh…. No digas más, no lo digas, no recuerdes eso. – Le puso sus dedos en su boca. Él se los besaba. – Ambos sufrimos, los dos lloramos, casi morí sin ti. No respiraba, las noches se me hacían eternas. Siempre te amé y te amaré.
- Candy, mi Julieta…. Como te decía, quiero que seamos uno solo. Un solo cuerpo, una sola alma, un solo corazón. Tú mi princesa, estarás siempre a salvo a mi lado, porque jamás en esta vida ni en la otra, te dejaré. Porque eres mía, solo mía. – En el momento que él repetía "mía" besaba los tiernos labios de ella - Mía, mi amor, nunca lo olvides.
- Sí… sí… soy tuya, siempre lo fui. MI corazón te lo entrego por completo. – decía ella susurrándole.
- Entonces… ¿me permites hacerte mi mujer, en cuerpo y alma? Ya no aguanto más Candy. Necesito demostrarte cuánto te amo…. Pero si te sientes ofendida…yo… entenderé.
- Shhh… - dijo ella nuevamente. – No… ya nunca más me sentiré ofendida cuando me demuestres tu amor. Yo… - Candy bajó la cabeza apenada. No sabía como pronunciar estas palabras, pero lo dijo. – Yo… quiero ser tuya, en cuerpo y alma, tal como tú lo dices, mi aristócrata.
El rebelde se quedó sin palabras al escuchar esa dulce declaración. - Gracias mi amor. Será la velada más hermosa que te daré y no la última. Después de esta, vendrán muchas más, te lo prometo. Te haré la mujer más feliz de este mundo.
- Ya lo soy amor, ya lo soy.
Se besaron y se miraron a los ojos. Él tomó la mano de ella como un perfecto caballero y subieron la escalera. Se dirigieron a la habitación de él, Candy estaba nerviosa, pero su amado le decía tiernas palabras al oído para tranquilizarla. Entraron a la habitación y estaba perfectamente arreglada. Pétalos de rosas mezclados con narcisos. Velas, una cama perfectamente decorada y en el centro una rosa. Él se acercó a la cama lentamente y tomó la flor entre sus dedos. Se devolvió dónde estaba Candy que no podía creer lo hermosa de esa habitación. Su corazón galopaba frenéticamente. Su Rebelde había preparado todo. ¡Cuánto amaba a ese fanfarrón inglés!
- Ven… acércate – la invitó él. La rubia de rizos se acercó y él lentamente con la rosa entre sus dedos, comenzó a acariciar la cara de ella. Tiernamente, dulcemente, delicadamente comenzó a recitar unas palabras mientras la tocaba con esa rosa.
Amor mío
Alma de mi alma
Tú… mujer despiadada…
Sí, despiadada
Me despojaste de mi mismo
No puedo usar la razón contigo
Solo mi corazón habla por mi
No tengo fuerzas para pelear con este sentimiento
Tú, amor mío, me despojaste de todo
Pero no me arrepiento
Porque contigo me siento lleno, completo
Tú, cariño mío,
Sin ti yo me siento vacío
Eres mi tentación
Mi lujuria
Mi dulzura
Mi todo
Tú, mi gran amor
Siempre has sido tú,
Tú, tú y solamente tú.
Ella solo podía llorar. Eran las palabras más hermosas que alguien le había recitado. Solo podían haber salido de la boca de su adorado rebelde.
- Amor…. – solo pudo decir ella. - Te amo, te amo mi vida. Qué palabras más bellas dices, no soy digna de tanta dulzura – tenía sus ojos cerrados, no quería abrirlos, el amor no la dejaba.
- Hice ese poema, pensando en ti. Lo que dice en el.. es la pura verdad y sí Candy...si eres digna de eso y de mucho más. – él seguía tocando el rostro de Candy con la rosa. Limpiaba sus lágrimas con el pétalo de esta.
- Abre los ojos mi amor.
Ella así lo hizo. Se miraron profundamente, el tiró la rosa arriba de la cama, sin apartar la mirada de ella. Una vez más, esmeraldas y zafiros se fundieron, sus bocas se acercaron y se besaron. Se besaron como si nada más existiera en este planeta, se sentía que el tiempo había parado de correr, solo ellos dos estaban ahí, solo ellos existian para ese momento. Era como si las guerras nunca existieran, como si los hombres en el mundo no sintieran odio, todo era mágico con ellos dos. Sus bocas ahora se reconocían, sus lenguas querían más, era puro deseo mezclado con amor y lujuria, la combinación perfecta para una noche de verdadero amor.
- Déjame hacerte mía, amor, pecosa… quiero ser tu primer hombre.
- El primero y el último …. Terry – Ahí estaba, él se apartó. Lo había nombrado. Por primera vez en todo el día, después de todos los besos, todas esas miradas, esas confesiones, su pecosa lo había nombrado. Su corazón no dio más de alegría. Su pecosa lo llamó a él, "Terry" con una voz tan dulce, tan apasionada… Era estar en el cielo.
- Nunca dejes de llamarme por mi nombre. Adoro como suena entre tus labios, adoro como lo dices, quiero que lo digas sin parar, que en esta demostración de amor, lo digas mil veces o más, quiero sentirte mía en todo sentido. – se lo decía besándola cada vez con más avidez, con más necesidad, era como estar en un desierto y ella era su manantial de salvación.
- Terry, Terry, Terry…. No dejaré de decirlo. No lo había dicho, porque tenía miedo de que fuera un sueño hermoso, pero ahora, estando aquí contigo, puedo decirlo con tranquilidad. Soy tuya…. Mi Terry… mi adorado y amado… Terry.
Terry no creía lo que escuchaba. Su pecosa le había dado la confirmación de que darían este paso juntos. Su vida cambiaría después de esto.
- Prometo ser delicado, cuidadoso y no hacerte daño, mi amor. Tu cuerpo es mi templo, nadie lo manchara, ni yo. Porque lo que haremos ahora, será el ritual más hermoso que Dios, allá arriba, verá. Le demostraremos a todos, que nuestro deseo es puro, más puro que nada. Te amo mi vida te amo. – dijo él besando cada rincón del rostro de Candy. Bajando por su cuello y con sus manos recorriendo el cuerpo de ella. La rubia solo sentía y atesoraba cada emoción dentro de cada caricia y beso que su amado le daba.
Y ahí entre medio de esas confesiones llenas de emoción y pasión… lentamente, poco a poco, comenzaría el ritual en dónde ella se haría mujer, dónde le entregaría su cuerpo puro a su amado inglés, y él… besaría cada lugar, cada rincón, marcando territorio. Porque ese delicado cuerpo, era de él, nadie, nunca nadie sabría, ni sentiría lo que estaba por descubrir con su amada pecosa en esos momentos. Ambos harían el ritual que sus cuerpos y corazones deseaban y necesitaban para sanar todo lo malo que había pasado. Todo ese tiempo lleno de dolor, pena, rabia y soledad, estaba quedando atrás. Era el momento de amar, y ellos dos, estaban por entrar en un mundo de sensaciones y placeres el cual nunca más dejarían de lado.
Continuará….
