"Mi Gran Amor, Siempre Has Sido Tú"

Capítulo 5

Los personajes no son míos. Pertenecen a Kyoko Mizuki y a Yumiko Igarashi.

El siguiente capítulo puede contener algunos escenas de contenido erótico que pueden herir sensibilidades. Si usted no se siente cómoda, absténgase de leer.

Y lentamente comenzaron el ritual del amor.

Él estaba a centímetros del cuerpo de ella. Ambos sentían la respiración y el palpitar de sus corazones al mismo tiempo. El castaño lentamente con sus brazos fue acariciando el cuerpo de ella. Pasó por el cuello, luego los hombros, dónde se detuvo un momento para besarlos a cada lado. Sus manos siguieron bajando y las colocó en la cintura de la rubia que lo único que podía hacer era suspirar de placer. Su hombre de ojos zafiros, al tocarla así, hacía que su pulso se disparara hasta el infinito. Ella podía sentir el cuerpo de él pegado al suyo. Sus manos, sus brazos, su respiración, todo, absolutamente todo eso, la tenían en el cielo.

- ¿Sabes lo que sentí la primera vez que te vi, amor mío? –

- No... no lo sé, dímelo mi dulce Romeo – exclamaba ella al sentir esa voz en un susurro cargado de deseo y excitación.

- Esto…. –

De pronto Terry devoró los labios de Candy. En un beso netamente carnal, ya no existía la dulzura de antes, acá solo había deseo y desesperación. Quería hacerla suya para siempre, demostrarle lo loco que estaba por ella. A medida que el beso iba subiendo de tono, él tocaba más el cuerpo de la rubia. Sus manos ahora bajaban por las piernas de ella y luego volvían a subir en un ritmo demoledor. Casi no respiraban, sus bocas, sus lenguas ya no querían soltarse por nada del mundo, pues se sentían maravillosamente bien cuando se acariciaban.

Ella solo podía gemir, su cuerpo se estaba entregando por completo a las caricias de su amante, a ese amor que la cambió por completo, a ese hombre que amaría hasta el fin del universo.

- Dios, Terry, Terry… ya no puedo más. – decía la rubia de ojos verdes, sin casi poder hablar. Solo salían algunas palabras que casi no tenían sentido, pero para ese hombre, que la conocía tan bien, la había entendido por completo.

Al terminar ese beso, tomó a su Julieta de la mano y la llevó hasta la cama. Ahí la tendió sobre los pétalos de rosas que había colocado mezclados con narcisos. Ese aroma inundó los sentidos de Candy que solo podía a esa altura, gemir.

Lentamente Terry se sentó en la cama. Tenía a su diosa tendida ahí por completo. Él podía hacer lo que quisiera, la haría disfrutar y la haría gritar de placer, porque eso sentía él por ella. Eso y mucho más.

Poco a poco, fue subiéndole el vestido a Candy. Ese vestido que lo traía loco desde que la vió en el Hospital, incluso sentía unos celos anormales cuando vio que otros hombres miraban embobados a su mujer. Porque sí, era su mujer y de nadie más.

- ¿Sabes acaso lo que me hiciste sufrir con ese vestido, mujer? – le dijo con una voz sexi, sensual, profunda, tan solo escuchar esa voz, ella ya se sentía en otro planeta.

- No… no lo sé… - logró decir ella.

- Pues te diré amor mío, que cada hombre que te miraba cuando caminabas, me daban más ganas de tomarte ahí mismo y besarte tal cual como lo hago ahora – Mientras le hablaba él iba bajándole el vestido a ella, y dejando poco a poco entre ver el cuerpo perfecto de su mujer.

Candy solo podía retorcerse de placer. Al mismo tiempo que Terry le sacaba el vestido y trataba de escuchar sus palabras, sentía sus manos recorrerla completamente. Estaba excitada, su cuerpo de deshacía a su merced… ella sentía una presión enorme debajo de su vientre. Una presión deliciosa, sabía lo que era. Lo había escuchado en las clases de Sexualidad. Ella lo quería por completo.

- Eres una mujer mala mi querida. Todos te miraban y yo no podían hacer nada, pero ahora… - paró al ver que ya no había vestido en ella. Lo tiró lejos, ya no necesitaban eso. – Ahora… te besaré entera, cada rincón de tu delicioso cuerpo, será marcado por mis besos, por mi cuerpo. Cada vez que te mires, sabrás dónde estuve yo y que fue exactamente lo que hice ahí. – Dijo con una sonrisa de satisfacción de medio lado. Candy lo miró y su placer aumentaba aún más.

- Entonces, si… si he sido tan mala, castígame, ya no tengo voluntad, soy tuya ahora y siempre.

Con esa aseveración a Terry no le bastó más. Comenzó a besar los pechos de ella. Los besaba, los tocaba, los lamía, sus manos recorrían el cuerpo de ella sin cansancio. Después tomó su otro pecho comenzando nuevamente la tortura. Candy se retorcía debajo del cuerpo de él. Sus manos apretaban las sábanas y su cuerpo comenzaba a tomar un ritmo constante tratando de aplacar ese deseo que crecía cada vez debajo de ella. Lentamente ella también quizo tocar a Terry. Sus manos subían por su abdomen tan bien formado y poco a poco fue abriendo los botones de la camisa de su Inglés. Cuando llegó al último botón, tocó su cuerpo ahora sin la tela y su amado se estremeció al sentir ese contacto. Ella le sacó la camiseta y comenzó una torturante estela de besos desde el cuello de él, hasta su obligo, luego volvió a subir y lo besó nuevamente, ahora ella mandaba en ese beso.

- Oh Candy mi amor, tócame, tócame por favor. Sana mis heridas, sana mi corazón, soy tuyo, desde el primer momento que te vi, en ese barco… fui tuyo, eres mi manantial, quiero beberte hasta no poder más, soy tu desierto, ese desierto seco que solo tú logras sanar.

Ambos estaban tocándose, besándose. Descubriendo las caricias que salían en el momento. En la habitación solo se podían escuchar los suspiros y gemidos de la pareja, estaban en una burbuja, una burbuja que jamás se rompería mientras ellos se amaran.

Terry comenzó a bajarse los pantalones, ella solo lo miraba estupefacta, a pesar de estar sintiendo tantas cosas, tenía un poquito de vergüenza por lo que harían, pero quería hacerlo, no aguantaba más. Cuando su hombre quedó en ropa interior, Candy se quedó boquiabierta.

Podía ver claramente en el estado en el cuál se encontraba Terry. Su erección grande, imponente la indicaba a ella, como si fuera un animal en peligro. Ella por un momento se azoró y bajó la vista.

- No. No la bajes, mírame, me enloquece que me mires así, esto es tuyo, de nadie más. – Su voz salió ronca, se notaba que estaba más que excitado. Se subió nuevamente a la cama, tomó la cara de su amada entre sus manos, hizo que la mirara y le dijo.

- Tócame, por favor tócame, quiero sentirte.

- Pero… ¿y si lo hago mal? No … no quiero lastimarte. – Dijo ella roja de vergüenza y apenada.

- Jamás me causarás daño, porque tú, eres mi salvadora.

Se volvieron a besar, ahora era él quien le estaba quitando la ropa interior a Candy. Había quedado desnuda, completamente, era hermosa, divina.

Musa de musas

Mujer única

Corazón de mi corazón

Alma de mi alma

Me tienes sin habla

Extasiado es poco

Solo quiero besarte

Y despertarme entre tus brazos

Porque yo soy tu esclavo

Y tú mi salvadora.

Terry recitaba esas tiernas palabras, mientras comenzaba a acariciarla. Pasó sus dedos por su centro y notó que ella estaba lista y notó el cuerpo de su pecosa amante. ¿Dónde había quedado el cuerpecito de niña? ahora era toda curvas, piernas perfectas, torneadas listas para recibirlo a él, sus pechos bien redondos y erguidos por las sensaciones que él le estaba provocando. Candy al sentir esa caricia tan íntima que había calado hondo en su ser, gimió y retorció de placer. El inglés comenzó a tocarla ahí, justo en esa parte virginal, necesitaba que ella lograra desatar su excitación primero. Así todo sería más fácil y ella no sufriría tanto.

Lentamente masajeó ese lugar, Mientras el hacía eso, al mismo tiempo su lengua y boca besaba el cuello de Candy. Ella hacía lo mismo con él, pero llegó un momento que no podía más. Su deseo crecía cada vez más, él lo notó y despacio, poco a poco, sin dejarla de mirar, su boca estaba en ese lugar en dónde habían estado sus dedos antes.

- No amor… no… ese, ese es uno de mis puntos débiles, estás tocado algo que jamás había sido tocado y tu boca… Dios tu boca… es como abusar de mi… - Apenas podía hablar, las

palabras salían de su boca sin darse cuenta, se retorcía de placer debajo de él.

- Entonces… Amor mio – dijo él levantando sus ojos hacia ella. - ¿Quieres que pare?

- No, no… abusa de mi cuerpo, tómame amor mío. Éste ya no me pertenece más, es tuyo.

Y así, sin más, Terry besó el centro de Candy. No solo lo besó, lo acarició con sus labios hasta que su mujer, no pudo más y en un grito de puro placer, se fue. Respiraba erráticamente, su pelo estaba esparcido por toda la cama. Él la miraba con una mirada de satisfacción, una mirada que solo él podía tener.

- Te gusto, ¿cierto? – volvía él a reírse, pero a posicionarse encima de ella nuevamente – pero falta lo más delicioso.

- ¿Mas!? – dijo la pecosa alarmada, claro… no lo había notado, faltaba que él, la hiciera suya completamente. ¿estás lista? – dijo besándola lentamente, una y otra vez, haciendo que Candy se excitara nuevamente. Terry con su dedo, lo posicionó en la boca de ella, y esta lo beso, lo lamió a un ritmo embriagante.

Con ese ritmo, Terry lentamente se posicionó en las piernas de su amada, estaba húmeda, lista para recibirlo a él. Terry ya tenía experiencia en esto, pero hacerlo con Candy, era distinto. Era como de otro planeta, era una sensación única e indescriptible. No la quería lastimar.

- Si te hago daño, si te duele, dímelo pecosa, por favor. – decía con esfuerzo, pero con ternura en su voz. No daba más, tenía que estar dentro de su mujer.

Candy con sus manos, las colocó en la cara de su Romeo y con una mirada llena de agradecimiento y amor le dio la bienvenida.

El miembro de su hombre, fue entrando lentamente entre las piernas de ella. Poco a poco se acercó y de un solo empujón, para no hacerla sufrir más, pasó a llevar su himen y la hizo mujer. Estrecha, apretada, húmeda, perfecta. Ella era perfecta. Su cuerpo estaba hecho para él.

Candy pegó un pequeño grito de dolor, sus ojos se llenaron de lágrimas producto del dolor. Terry se dio cuenta, y comenzó a besar sus ojos.

- Perdóname amor – la besaba – No volverá a doler, ahora disfrutarás te lo prometo. – la volvía a besar, ella por su lado, al pasar los minutos, se iba acostumbrando a sentir a su hombre dentro de ella. Poco a poco comenzaba a moverse en un ritmo que lo estaba volviendo loco.

- Hey, hey… tranquila… - decía él con cierta risa, le asombraba la actitud de su pecosa, era tan niña algunas veces y otras como esta… era toda una mujer.

Pronto comenzó el vaivén de caderas. Un ritmo lento, dulce. Al tiempo que se tocaban y besaban, sus caderas comenzaban a aumentar ese paso que tenían. Era como una lucha. Ella envuelta por esa pasión, abrazó a Terry con sus piernas, haciendo que la presión aumentara aún más.

La habitación se llenó de gemidos y suspiros de placer. A él le volvía loco sentirla y escucharla a ella gozar de esa manera. Terry no podía más, estaba a punto de irse completamente, pero tenía que hacerlo al mismo tiempo que ella.

- Cc..a..ndy.. – dijo con cierta dificultad – míra…mírame…

- Terry…. Amor, mi….mi..re..belde – dijo entre un suspiro y gemido apenas audible.

Se miraron fijamente, largamente mientras ese ritmo subía cada vez más, más rápido con más necesidad de llegar a satisfacer el deseo que los consumía. Un deseo que al parecer no tenía fin.

-"Te amo" dijeron al mismo tiempo. Seguido de un grito de liberación, al fin… al fin eran un solo corazón, un solo cuerpo, una sola alma que se habían entregado y sucumbido al amor desmedido de ellos dos.

Él, que tenía sus brazos a los lados de ella, no dejaba de mirarla con una sonrisa llena de felicidad y dulzura. Ella por su parte, besaba la cara de él, esos ojos que la enamoraron desde esa noche que lo vio. Esa boca llena de deseo oscuro que él tenía y que quería besar todo el tiempo. Lo besaba sin parar. Y así, se miraron ambos, sonrientes, sus ojos gritaban de felicidad. Él se dejó caer en el cuerpo de ella, y Candy estaba en otro mundo. Lentamente sus respiraciones empezaron a calmarse. Escuchaban el latido del corazón del otro, al unísono, era cierto, esa noche se habían convertido en un solo ente. Poco a poco, ambos comenzaron a cerrar los ojos, abrazados por todas partes. El brazo de él, pasaba por debajo del cuerpo de ella. La Cabeza de la rubia, descansaba en el pecho de su amado y sus piernas, estaban completamente entrelazadas. Y así, con esa imagen, se durmieron. Se durmieron pensando en el otro, soñando con el otro, acariciando al otro. Era amor, eso sin duda alguna era amor. Y así, ambos, sonriendo y abrazados se quedaron dormidos luego de saberse que uno era el dueño del otro.

Acompañenme a ver cómo termina esta historia! próximo capítulo, el final!

Gracias por todos su comentarios. Me animan a seguir.