A Takao le hace muchísima gracia ver la situación actual de Midorima respecto a su ex compañero de Teikō. Al que no le hace gracia alguna es al mismo Midorima, tan vulnerable ante las emociones de la adolescencia y de su propia personalidad retorcida.

Murasakibara tiene poco o nada de lo que le gusta, poco o nada de lo que considera atractivo, aunque buscar pareja no es una prioridad en su vida, y no puede evitar que el corazón le brinque cuando le ve acercarse. Y también puede verlo a los ojos sin necesidad de levantar la cara hasta destrozarse el cuello, eso es un punto a favor.

Takao dice que no debería darle tantas vueltas al asunto, sólo está enamorado, más o menos, de Murasakibara. Pero él es terco y se niega, primero muerto. Realmente no es para tanto, y en una de las reuniones mensuales de la Generación de los Milagros, Akashi también se da por enterado de lo que pasa en el supersticioso interior de Shintarō. Se lo dice, y aquel tiene la osadía de negarlo y de, en dado caso, excusarse en supuestas incompatibilidades zodiacales. Pero Seijurō sabe que cuando algo se da, simplemente no hay manera de pararlo, por muy mal que vaya a salir. Juegan, ríen, se toman fotografías en las que Midorima y Murasakibara siempre salen juntos, y si la cámara de Satsuki no falla, en más de una foto se nota que Atsushi está mirando a un enfadado Shintarō. Claro que eso puede no significar algo.

—Shin-chan quiere decirte algo— suelta Kazunari a Murasakibara cuando va a recoger al aludido en su habitual carretilla—. Y es muy importante— y sonríe. Murasakibara no sabe qué reacción debería tener ni porqué el pequeño compañero del escolta está hablándole. Centra la mirada en Midorima, pidiendo tácitamente una explicación, y lo ve sonrojado hasta las orejas, absolutamente avergonzado. Se siente descubierto, con las miradas fijas en él aunque nadie esté haciéndoles caso.

—¡Cállate, Takao! ¡Ya, vámonos!— Shintarō hace amago de subirse a la carreta. Takao pedalea y se aleja un poco. No piensa irse hasta que vomite sus sentimientos, y se lo comunica mediante una sonrisita ganadora. Está apunto de golpearlo cuando Akashi le toma del brazo, y con la otra mano, a Murasakibara. Los aleja un par de metros y es obvio lo que está haciendo. Luego se aleja rápidamente.

El corazón de Shintarō está desbocado, su cuerpo tiembla, y Atsushi sonríe mínimamente con la escena. Se le antoja tierno.

—Te ves adorable, Mido-chin.

Los ojos verdes se clavan en él, brillantes, dilatados. Shintarō no es tan hábil como él para disimular cosas.

—No sé qué quieren Akashi o Takao que te diga, tengo que irme— pretende alejarse cuando, por tercera vez en el día, es detenido en su huida.

—A mí también me gustas, Mido-chin. ¿Quisieras salir conmigo?

Shintarō siente todo detenerse alrededor y apenas puede decir sí. No recuerda la última vez que fue tan feliz. Realmente ya no importa.