Capítulo 1

—Phoebe. —La Amazona de Sagitario alzó la cabeza e intentó, al ver el rostro de su diosa, ignorar la punzada en el pecho. Su porte no había perdido ni un ápice de la firmeza que solía caracterizarlo, pero ni siquiera la fuerza que imprimía a cada uno de sus movimientos era suficiente para disimular las profundas ojeras que acampaban bajo sus ojos claros; e incluso éstos parecían menos brillantes, como si la situación en general simplemente la estuviera sobrepasando. Phoebe quería luchar contra eso, quería protegerla, pero sabía que sería inútil pedirle que se mantuviera al margen. Tal vez alguna de las anteriores reencarnaciones de Athena lo hubiera permitido, pero siendo sincera consigo misma, la guardiana del noveno templo no lograba siquiera imaginarse a una Sophia dócil y obediente—. El Patriarca pasará unos días en Star Hill. Es necesario que lo haga, porque llegados a este punto no podemos darnos el lujo de desperdiciar ni la más mínima ayuda que puedan darnos las estrellas. Pero también es de suma importancia que haya alguien al mando aquí... una persona a quienes los demás guerreros reconozcan como compañero y como líder. —Sophia clavó sus irises turquesa en los ojos de Phoebe. No era la primera vez que pensaba que tenían un cierto parecido con los de un águila, pero jamás se lo había comentado—. Necesito que tomes el lugar que te ha sido asignado hace unas horas.

La Amazona de Sagitario asintió en silencio y no discutió la orden, pero había algo que le producía cierta incomodidad. Probablemente se debía a que seguía ignorando qué era lo que estaba pasando.

—Señorita Athena... —Sophia, que estaba a punto de levantarse e irse a continuar con su deber como protectora, se quedó quieta y esperó en silencio a que terminara la idea que le daba vueltas en la cabeza, con una expresión mortalmente seria que Phoebe tuvo que digerir tragando grueso. No podía verla así, tan... consumida, tan preocupada. ¡Se suponía que ellos debían protegerla! Y sin embargo la joven, que aún portaba los adornos de oro, aquellos que le conferían un aire indudablemente aguerrido y endurecían sus rasgos habitualmente suaves, la miraba directamente; como si no tuviera duda alguna con respecto a nada. Phoebe admiraba esa fuerza, pero también la entristecía a niveles que no llegaba a comprender. Era un sentimiento que bien podría haber comparado al instinto protector que se despertaba, a veces, para con su hermana menor—. Necesito que me diga qué ocurre.

Sophia sabía de antemano que esa sería su pregunta. Con suma tranquilidad, cruzó las piernas y trabó su mirada con la de la guerrera que aguardaba frente a ella, aún con una rodilla en el suelo.

—Estabas conmigo cuando Géminis y Acuario descendieron, ¿cierto? —Phoebe asintió—. No sé por qué eligieron este momento para pisar la Tierra por primera vez cuando nunca antes lo habían hecho, y es justamente eso lo que el Patriarca pretende averiguar en Star Hill. Ahora —agregó, masajeándose la sien izquierda—, si bien es cierto que ese hecho es por sí solo un gran problema e incluso una amezana hasta que no sepamos las razones de estos... dioses, hay otro asunto. —Sophia se puso de pie y comenzó a caminar de un lado a otro frente al trono, y dos anillos de un verde amarillento siguieron cada uno de sus movimientos con atención—. Me consta que Virgo también ha estado conviviendo con nosotros durante algún tiempo, y ahora... Supongo que lo habrás notado. —Se acercó al respaldo de oro, donde en la parte más alta había una rueda tallada y dividida en doce. Sus dedos pasaron sobre el símbolo del escorpión, y Phoebe presionó sus labios juntos—. A Trevas de Escorpio le fue ordenado que bajara al Tártaro para confirmar lo que Xenia dijo ver allí. Sobrevivió a la misión de reconocimiento, pero alguien apagó su vida la segunda vez que llegó al borde del abismo. Y no precisamente el Dios Tártaro.

—Pero señorita Athena, ¿por qué...?

—Porque la diosa Nyx está despertando —finalizó ella, volteando hacia el frente y clavando sus ojos en los de Phoebe—. Y ya hemos sido atacados en más de una ocasión por sus hijos.

—No —susurró, frunciendo el ceño—. Imposible, ¿cómo...? Quiero decir, ¿cuándo...?

—Dharma intentó detenerlos, y fue entonces cuando Hypnos lo sumió en ese estado de inconsciencia. No estoy segura de por qué se retiraron ahora, pero los Oniros también estuvieron aquí.

—¿Los Oniros?

—Demonios del sueño e hijos de Nyx. El mayor, Morpheo, es probablemente el causante de las pesadillas que no les permitieron dormir durante días. —Suspiró—. Sinceramente, no sé por qué se retiraron ahora. Pero lo más grave de esto es...

—...Que Hypnos esté lo suficientemente consciente como para hacerle daño a un Caballero de Oro —murmuró la Amazona de Sagitario, comprendiendo al fin. Afiló la mirada, sintió su corazón acelerarse—. Athena, la guerra santa...

—Comenzó hace días —replicó, sombría, y bajó los escalones hasta llegar al nivel en el que se encontraba arrodillada la portadora de la armadura del arquero. Posó la mano izquierda en una de sus hombreras, extendió la derecha a su costado y el báculo de la victoria, Niké, se materializó entre sus dedos a partir del aire. El oro brilló con luz propia cuando entró en contacto con la piel de Sophia, quien se alejó de la amazona en dirección a las puertas dobles—. Phoebe, quedas al mando.

La aludida se puso de pie con rapidez.

—Athena...

—Estaré bien. No hay motivo para preocuparse.

Las hojas de madera cedieron a su paso, y un detalle llamó la atención de la mayor; en la lejanía, sobre una de las montañas bajas, la torre de piedra... y en la cúspide, el reloj estaba encendido. Doce pequeñas llamas azules bailaban con violencia, de frente al fuerte viento y desafiando a la lluvia torrencial que arreciaba contra el Santuario. Sophia salió de la Sala Patriarcal y el exterior la recibió con un relámpago, un trueno; las puertas se cerraron tras ella y Phoebe se quedó en el medio del salón de mármol, confundida y con cientos de vidas sobre sus hombros.

...

Fuera, ráfaga tras ráfaga de viento gélido azotaba los templos zodiacales y levantaba tierra y briznas de pasto. Tal era su fuerza que daba la impresión de que, más que llover de arriba hacia abajo, el agua surgía de todas las direcciones posibles. Incluso de la tierra.

—Es una lástima. A Trevas le habría encantado todo esto... La lluvia, los relámpagos, el reloj encendido —comentó Alen, observando cómo la tierra se transformaba en barro con rapidez, desde la seguridad de la Casa de Cáncer. El casco reposaba sobre su antebrazo y contra el costado de su torso cubierto de oro—. Me gustaría saber qué fue lo suficientemente poderoso como para acabar con él de esa forma tan... determinante.

Lievin puso los brazos en jarras. Él también portaba su armadura, pero a diferencia del Caballero de Piscis, cuya impoluta capa ondeaba con suavidad tras él, el cangrejo no tenía ni la más mínima idea de dónde podría haber dejado tirada la suya. No obstante, sí se había calzado el casco. No veía la necesidad de andar por la vida quitándoselo. Aunque tampoco iba a pasarse toda su existencia refunfuñándole a los demás por eso, claro.

—Se habría puesto a corretear por todo el Santuario como un niño emocionado en Navidad —replicó, con una sonrisa de lado—. Nos hará falta su entusiasmo para afrontar lo que viene.

Lievin miró de reojo a Alen, midiendo su reacción ante lo que acababa de decir. Iba a decir algo sobre el humor negro del fallecido Caballero de Escorpio, pero le pareció que eso en sí sería sacar a relucir su propio humor negro, así que se limitó a guardar silencio.

—No sé qué es lo que viene —respondió el guardán del doceavo templo, con una calma envidiable. No es que Lievin necesitara estar en movimiento, pero la espera se le hacía tremendamente mortificante y allí estaba, hablando con un tipejo que parecía tener más paciencia que el propio Dharma de Virgo—, pero por lo pronto, eso no me da muy buena espina —finalizó, alzando una mano y señalando el camino que subía (o bajaba, daba lo mismo) de Leo a Cáncer.

Kairos de Acuario avanzaba hacia el cuarto templo, escalón por escalón, con una lentitud sin precedentes. Era evidente que su capa chorreaba agua, pero aún así ondeaba con violencia a sus espaldas, al igual que su cabello, que... Lievin habría podido lanzar una carcajada al ver la expresión de reproche de su compañero, pues estaba seguro de que se debía, precisamente, al estado en el cual se encontraba la melena de la amazona. Estuvo a punto de hacer algún comentario jocoso, pero todo atisbo de diversión se esfumó en el aire cuando sus ojos se centraron en el rostro de la joven finlandesa.

— ¿Qué carajo...?

Ríos de agua corrían por la armadura de Acuario y pequeñas cataratas caían desde sus hombreras hasta el suelo, pero Kairos no parecía siquiera notarlo. Cientos de gotas de lluvia se deslizaban por su rostro hacia abajo y formaban un hilo en su mentón, y Lievin habría podido jurar que estaba más pálida de lo habitual. Una imagen revoloteó en su cabeza, y la comparación lo hizo fruncir el ceño. Recordaba haber ido al puerto de niño, un día de tormenta, y haber quedado impresionado por el contraste entre la inexpresividad del mascarón de proa de un barco y la lluvia corriendo por su faz tallada en madera; en ese momento creyó que estaba llorando y quiso ayudarla, aunque finalmente no lo hizo. No porque se dio cuenta a tiempo de que en realidad no estaba viva, sino porque su expresión no era más que un vacío. Y recién ahora comprendía...

—Parece muerta en vida —murmuró Alen, con la delicadeza que solía caracterizarlo.

...La inexpresividad y el vacío, no eran la misma cosa.

Porque la primera puede esconder emociones, pero la segunda... la segunda es la falta de ellas. La primera era la Kairos que todos conocían; la segunda era la que él tenía a unos cuantos metros de distancia en ese momento.

De pronto, Lievin no supo lo que era bromear.

—Lo está.

Kairos se detuvo frente a ellos, a unos tres metros. No entró en la Casa de Cáncer, sino que se quedó de pie bajo la lluvia. El cabello se le pegaba a la frente y a los costados del rostro por causa del agua, y pequeñas gotas quedaban suspendidas sobre sus pestañas, sin moverse y sin caer porque, después de todo, ella ni siquiera pestañeaba. Sus labios formaban una línea relajada y presentaban un alarmante tono pálido, casi como si se los hubiera pintado de blanco, y sus ojos grises parecían haber sido drenados de todo color, como si fueran transparentes. Como un cristal que separa un espacio despojado de todo, pues es eso lo que hay del otro lado: absolutamente nada.

Vacío.

—Lievin de Cáncer —pronunció Kairos, mirándolo sin verlo realmente—. Solicito tu permiso para atravesar el templo que proteges.

Lievin no atinó a decir nada. Luego de lanzarle una mirada inquisitiva y de reojo, Alen clavó sus zafiros en la acuariana y tomó el asunto en sus manos, preguntándose en qué estaría pensando su compañero como para quedarse callado ante una situación así, siendo que, además, él nunca se quedaba callado.

—¿Hacia dónde te diriges? —preguntó con voz suave.

Kairos parpadeó una sola vez, pero su mirada no cambió. Alen no podía explicar de dónde nacía su preocupación, pero lo cierto es que le dolía verla en ese estado. Si bien era cierto que ella no solía hablar con nadie, al ser vecinos, intercambiaban unas cuantas palabras cada tanto. No, no la conocía. Pero quizás se había acostumbrado tanto a ver una versión diferente de ella, diferente a la que tenía frente a él en ese momento; tal vez había dado por sentado que Kairos era una de esas personas incorruptibles en el tiempo y el espacio, que jamás sería doblegada y que, justamente por estar cubierta por una capa de hielo —casi literalmente hablando— era invencible, que nunca se le cruzó por la cabeza la idea de verla tan... ida. Podía imaginar a Lievin furioso por la muerte de alguien, o a Deyanira desatando una sed de venganza semejante a la de un león, pero Kairos... No. La idea le era sencillamente inconcebible.

—No es asunto tuyo, Alen —respondió—, pero Dharma de Virgo está en este momento en la Casa de Géminis y necesito hablar con él. ¿Me permites?

El Caballero de Piscis dudó, pero Lievin lo tomó del brazo con suavidad y lo hizo a un lado. Le dedicó un leve gesto afirmativo a la acuariana, en completo silencio, y ella penetró en la Casa de Cáncer para desaparecer por la otra entrada en cuestión de segundos, dejando un camino de agua tras ella.

—Eso no fue muy prudente de tu parte, Lievin —reprochó el menor, volteando hacia su compañero y fulminándolo con la mirada—. Es evidente que no está bien, y tú vas y la dejas pasar como si...

—Te equivocas —lo cortó, dándole la espalda. Recargó el peso de su cuerpo contra una de las columnas de mármol de su templo, de cara a la lluvia e intentando ver la Sala Patriarcal desde allí y pese al diluvio, y suspiró inaudiblemente—. Es lo más prudente que pude haber hecho. Tú no conoces a Kairos enfadada.

—¿Tú sí? —inquirió Alen con sorna.

—Sí.

—Disculpa, pero yo no recuerdo que...

—Ése es el quid de la cuestión. Pueden llamarme mentiroso todo lo que quieran... —El Caballero de Cáncer lo miró por sobre el hombro, serio, y Alen supo que la cosa iba en serio—. Pero yo recuerdo cosas que los demás no.

El Caballero de Piscis calló. No por la expresión libre de toda la jocosidad que caracterizaba a su compañero desde que lo había conocido, sino también por el tono de su voz, por sus ojos. Porque más allá de que Lievin podía ser un excelente actor cuando quería, su mirada nunca mentía. Y Alen nunca había visto en él tal desolación. Acercándose a él, posó con suavidad una de sus manos en la ancha espalda del cuarto dorado, justo entre sus omóplatos. El mayor ni siquiera lo miró, pero pese a eso, él le susurró:

—Te creo.

Lievin lo rodeó con un brazo. No hubo agradecimientos, ni sonrisas de aliento, ni bromas al respecto. Sólo ese gesto y el sonido de la lluvia golpeando contra la tierra. Fue un momento de paz tortuosa, porque ambos sabían que la mecha que desencadenaría la explosión ya había sido encendida; Kairos lo había hecho... o estaba a punto de hacerlo. Entre querer alargar ese instante de calma y la ansiedad de saber qué pasaría. Entre la falta de palabras y la ausencia de gestos que resultarían, al fin y al cabo, superfluos; se limitaron a observar los rayos que se perdían en el horizonte, a la espera de que comenzara la guerra que podría privarlos de más momentos como ese y que podría, por supuesto, separarlos de una manera aún más cruel de lo que ya lo hacían sus armaduras, sus rangos y su estilo de vida.

...

¿Vacía?

No, Kairos no podía permitirse ese lujo aún. Si bien era cierto que veía todo como si hubiera un cristal entre ella y el mundo, no se había dejado llevar hacia la insensibilidad total; primero necesitaba arreglar un asunto, y para ello debía mantenerse de una pieza. La anestesia emocional le sonaba perfecta para continuar su vida luego de esa fatídica noche, pero mientras tanto...

Mientras tanto, una tormenta aún más feroz que la que se gestaba en el cielo crecía en su interior. ¿Dolor, tristeza, impotencia...?

No. Kairos lo que estaba era furiosa.

l pisarUn trueno hizo vibrar el suelo bajo sus pies a el primero de los escalones que la llevarían a la Casa de Géminis, y cuando unos segundos después la oscuridad del templo la envolvió por completo, se preguntó si no resultaba medio ridículo que cada acción que realizaba quedara remarcada por el viento, o la lluvia, o un rayo, o lo que fuere. Consideró la posibilidad de que se debiera a que era ella quien provocaba el temporal, pero la descartó por absurda. No se sentía cansada ni particularmente poderosa, así que la idea no tenía demasiado sentido.

Una zona fuertemente iluminada a unos cuantos metros de donde se encontraba a ella le dio indicio suficiente como para comprender que Xenia estaba manipulando el laberinto de luz y sombra. El mármol brillaba cuando atravesó el lugar, pero tras unos cuantos pasos la oscuridad volvió a cegarla y Kairos, lejos de sentirse amedrentada o intimidada, sólo se enfureció aún más.

¿Acaso la tenía en tan baja estima como para creer que la "gran trampa" de la Casa de Géminis podría detenerla?

Bueno, pues debería reconsiderarlo.

La Amazona de Acuario tomó aire y exhaló con parsimonia. Una sucesión de crujidos suaves interrumpió el silencio cuando el ambiente se enfrió y las paredes, el suelo y el cieloraso del templo fueron cubiertos por una fina capa de hielo escarchado. Kairos continuó avanzando por el corredor. Sintió el dije congelándose contra su piel, oculto tras su armadura, y eso sólo aumentó su ira. Sintió también el frío correr por su piel desde aquel punto bajo su clavícula, y se sintió, no obstante y de alguna forma, protegida; no elevó su cosmos ni preparó ningún ataque porque tuvo el presentimiento de que no sería necesario.

—Xenia de Géminis —dijo en voz baja, mirando fijamente un punto en la pared en el cual el hielo era más opaco—. No creí que fueras el tipo de persona que prefiere ocultarse.

—No lo soy. —Xenia se despegó del mármol y se hizo visible; algunos sectores de su armadura estaban cubiertos de algo que parecía nieve, y a Kairos no se le escapó ese detalle—. Si hablamos de sorpresas, tampoco creí que fueras el tipo de persona que cubre todo de hielo antes de decir «hola». —Un comentario con cierto tinte de jocosidad, totalmente inútil. La ironía que destilaba la voz de la Amazona de Géminis no lograba disimular ni la tensión, ni el hecho de que la acuariana, pese a tener la expresión en blanco, parecía mucho más peligrosa de lo que jamás la había percibido. Desprendía una calma fría y estática que, por ridículo que pareciera, Xenia encontró agresiva—. ¿Qué buscas, Kairos?

La más joven la ignoró. Entrecerrando levemente los ojos ladeó la cabeza hacia un lado y otro, y preguntó:

—¿Dónde está Dharma?

—No aquí.

Kairos volvió a centrar su atención en ella y dibujó una sonrisa tenue, muy tenue.

—Mientes —susurró, haciendo que la temperatura descendiera aún más y provocando que Xenia se tensara ante la afirmación—; yo lo vi volver.

—Jamás se fue —replicó Xenia, cortante.

—Entonces, ¿por qué me dijiste que no estaba aquí? —preguntó con suavidad. La armadura de Géminis fue perdiendo brillo y el hielo drenó todo el color del oro, parte por parte y con lentitud. Técnicamente, la ira de Kairos no iba dirigida hacia la Amazona de Géminis, pero...—. ¿Dónde está Dharma?

Xenia no respondió. Aunque tampoco fue necesario, porque Dharma de Virgo surgió de alguno de los brazos del laberinto y se posicionó entre las dos amazonas, con parsimonia y bajo la inexpresiva mirada de la acuariana. No dijo nada ni hizo ningún gesto; se limitó a clavar sus ojos dispares en los de la menor y el silencio se extendió entre ellos, tenso y ligero a la vez, pesado pero no necesariamente asfixiante. Kairos creyó ver que las pocas líneas que veía trazadas en la piel de los brazos de Dharma, aquellas de tinta blanca que no recordaba haberse tatuado, resplandecían un poco. Xenia avanzó un paso y se colocó cerca de él, casi en actitud protectora, y la Amazona de Acuario tuvo que hacer un esfuerzo consciente por no poner los ojos en blanco; ¿ahora se ponía en ese plan, cuando un minuto atrás parecía incluso asustada?

—Aquí estoy —dijo Dharma finalmente—. ¿Querías hablar?

—No precisamente —replicó—. Pero dime, ¿durante cuánto tiempo más pretendías ocultar que una divinidad y... —le lanzó una mirada a Xenia, quien se la sostuvo con el ceño fruncido y la postura rígida— media te habían elegido como su recipiente?

—No soy un mero recipiente —respondió él, con suave firmeza—. Y no lo estoy ocultando...

—Claro, por eso mismo te separaste de ellos para poder asesinar a Trevas sin que pareciera que habías abandonado el Santuario. —Dharma no contestó. Sus ojos tenían un brillo siniestro, y tras él, Xenia parecía incluso más alta de lo que era..., más poderosa. No se iba a dejar amedrentar por eso, pero era la primera vez que Kairos reparaba en el detalle de que cualquiera de los dos le llevaba como mínimo una cabeza de altura. Tal parecía que iba a pasarse la vida teniendo que mirar hacia arriba a amigos y enemigos por igual. Se quedó observando fijamente al Caballero de Virgo, dejando traslucir la más mínima de las expresiones, pensativa—. Eres un idiota.

—Basta —siseó la guardiana del tercer templo, adelantándose y enfrentándola—. No eres quien para juzgar quién miente y quién no, Kairos. Lamento la muerte de Trevas —agregó, y el enfado de la acuariana cobró aún más fuerza ante esas palabras—, pero es un hecho muy grave el que acuses a uno de tus compañeros de orden de...

—Tienes razón —replicó, serena—. Pero aún más grave es acusar, y que la acusación tenga validez.

La Amazona de Géminis meditó sobre eso, en silencio, y Dharma la miró de reojo.

— ¿A qué has venido? —preguntó finalmente, procurando que su voz no transmitiera emoción alguna.

—Eso es fácil. —Kairos de Acuario avanzó un paso, quedando a un escaso medio metro de Xenia,y aún desde su baja estatura le lanzó una mirada que, pese a seguir siendo tan vacía como antes, era firme—. He venido a vengar la muerte de Trevas de Escorpio.

— ¿Tú? —Dharma sonrió indulgentemente, como si estuviera frente a una chiquilla que no entiende asuntos de mayores—. Kairos —y ella creyó que volvería a negar estar implicado en la muerte del escorpión, pero...—, es inútil.

¿Lo lógico? Llamar al Patriarca y convocar una reunión dorada con suma urgencia.

El problema era que Kairos no estaba como para tomar decisiones lógicas.

—No veo por qué.

—¿Realmente te crees capaz de enfrentarte a dos dioses y aún así vivir lo suficiente como para hacernos un daño que se considere venganza? —Dharma toqueteó el rosario enredado en su brazo derecho—. Vete, Kairos.

—No.

Xenia volteó hacia su compañero, acentuando el ceño. Le sorprendió comprender que la expresión con la que lo observaba, sin pronunciar palabra alguna, era de reproche, e incluso...

¿Alarma?

—Vámonos, Dharma. —Tomándolo del brazo tiró de él en dirección opuesta a Kairos, pero el hindú no se movió ni un centímetro de su lugar. Sus ojos estaban fijos en la acuariana—. Dharma, camina.

¿Era ese el mismo hombre con el que solía hablar tardes enteras? ¿Aquel con el que había visitado los rincones más inhóspitos del planeta por órdenes del Patriarca, cumpliendo con misiones sobre las cuales bromeaban casi cada día? De un lado, un anillo verde y otro azul. Del otro, dos claros como el hielo. Casi como si fuera costumbre, la sensación de déjà vu, y entonces... Una punzada en el pecho cuando lo recordó.

El dije se calentó contra su piel, como si quisiera reconfortarla.

—Pude detenerte una vez. —Kairos parpadeó—. Puedo hacerlo de nuevo.

Y esa vez, fue Xenia quien la miró con curiosidad.

— ¿De qué hablas?

—Aquella vez pude salvarle la vida a Trevas porque fui capaz de neutralizarlo, de vencerlo. —¿Cómo podía haberlo olvidado?, pensó, temiendo que el hielo comenzara a agrietarse. La tormenta de nieve, las estrellas cuando colisionaron; el Caballero de Escorpio herido de muerte. Y años más tarde, la misma persona insistiendo en pagarle ese favor, en agradecerle de alguna forma el haberle salvado la vida. Tal vez, entonces... tal vez el Patriarca no había eliminado recuerdos sólo de la mente de Dharma. Quiso correr hacia él y preguntarle, quiso derrumbarse y desear que la situación en general no fuera tan complicada, quiso que todo volviera a ser como antes. Quiso, sobre todo, que Trevas siguiera vivo—. Esta vez no pude protegerlo.

—Kairos, no sé por qué...

—Pero eso —agregó, cortándola—, no es suficiente excusa.

Los ojos de Dharma brillaron peligrosamente, pero ella no retrocedió. Xenia intentó alejarla y se preguntó si, tal como antes, el Caballero de Virgo no era capaz de controlar su lado divino una vez que lo provocaban. Al final, tuvo que reconocer que la Amazona de Géminis trató de detenerlo, trató de enviarla lejos de la amenaza; pero es que ella no quería retroceder. Por su orgullo, por lo que consideraba justo, por todos los habitantes del Santuario.

Y fundamentalmente, por Trevas de Escorpio.

El cosmos de Dharma creció, y así mismo lo hizo el de Kairos. Una vez más Xenia procuró interponerse, pero la acuariana se limitó a mover una mano y dejarla encerrada en una prisión de hielo compacta. Pensaba vencer. Pensaba vivir lo suficiente como para liberarla después. No tenía como objetivo, bajo ningún punto de vista, suicidarse en un combate contra la divinidad que le había arrebatado a una de las personas más importantes para ella. Su intención no era y jamás sería reversionar Romeo y Julieta y hacerlo más bélico.

La Amazona de Acuario cerró los ojos un instante, y al abrirlos, atacó.