Capítulo 2

Trevas caía.

Pero pese a que su armadura se resquebrajaba más con cada segundo que pasaba y un dios primigenio y más poderoso que cualquiera que hubiera conocido tiraba de él hacia abajo tan sólo con la fuerza de su aliento putrefacto, no era eso lo que lo preocupaba. Lo que le congelaba los huesos de puro terror era que su mano derecha, aquella que había sumergido en el Río Estigio como un idiota para extraer un poco de hielo y que aún sentía medio muerta, recobró sensibilidad de un segundo a otro, al mismo tiempo que piel se oscurecía y marchitaba como si estuviera pudriéndose. Y lo peor de todo es que imaginaba cuál era la razón.

Cerró los ojos por un momento, preguntándose cuánto tiempo más le llevaría llegar al fondo de aquel pozo inmundo. Por fortuna o por desgracia recordó que en esos tres días en los que prácticamente había vivido en la Casa de Acuario, surgió precisamente ese tema en una conversación con Kairos, mientras ella ordenaba su gigantesca biblioteca: según Hesíodo, son nueve días.

Trevas hizo una mueca de dolor. La voz se oía demasiado clara, demasiado real...

Nueve días.

Una punzada en su mano medio muerta lo obligó a abrir los ojos, a volver a la realidad y a enfrentar su situación actual. Sintió un chispazo en la parte posterior de su cabeza, y una imagen que nada tenía que ver con aquel hoyo asqueroso revoloteó frente a sus ojos: una verdadera tormenta de nieve, el reloj de la torre encendido, y... ¿una mujer?

—Mierda —susurró, apretando la mandíbula.

No era cualquier mujer; era la misma que él había confundido con Dharma, la misma que lo había arrojado a aquel abismo diciendo que sólo lo ayudaba a cumplir con su destino. Matándolo, claramente. Pero, más allá de todo eso... ¿qué hacía Kairos luchando contra aquella mujer? Trevas estaba dividido entre querer ver cómo luchaba aquella joven que parecía impenetrable, la curiosidad que le provocaba pensar en las razones que tendría para hacerlo y las ganas de abofetearla para dormirla y que no se metiera en problemas. ¿En qué estaría pensando?

El dolor de cabeza aumentó considerablemente al evocar la imagen de la acuariana cuando salió de la tumba de Xenia de Géminis. Quería luchar, quería encender su cosmos para salir de aquel agujero, pero aquel ya lo había abandonado hacía rato. Él vivía, sí —al menos por el momento—, pero la conexión entre su cuerpo, su mente, su corazón y la constelación de Escorpio se había roto tan pronto perdió pie al borde del precipicio. No era más que un humano común y corriente que caía y caía, sin ningún tipo de poder especial e incluso, sin fuerzas. El enfrentamiento contra la mujer, diosa o lo que fuera lo había agotado tanto física como mentalmente, y eso que ni siquiera había llegado a atacarla. No lograba explicarse el por qué de su cansancio. Pero era ineludible.

Se hizo un ovillo y entrelazó sus manos por delante de sus piernas para mantenerlas junto a su pecho. Dejó caer la cabeza entre sus rodillas, agotado, sintiendo como si por sus vías respiratorias corriera agua en vez de aire, debido a la densidad pegajosa del abismo. Una parte de él quería reunir fuerzas de donde ya no tenía, hacer un último esfuerzo antes de que la muerte que se respiraba en aquel lugar lo tragara por completo, pero por otro lado no sabía hasta qué punto sería útil. Se sabía derrotado y acababa de obtener la confirmación, pues se cuestionaba a sí mismo la desición de intentar vivir y eso era algo que jamás, ni una sola vez, se había planteado. Si debía morir lo haría, pero sería luchando hasta el último segundo. Pero ahora...

El aliento del dios Tártaro drenaba su fuerza de voluntad.

Y en esas circunstancias, ¿no sería mejor morir? Si estaba perdiendo las ganas de vivir y pelear que siempre lo habían caracterizado, el entusiasmo que hasta Kairos le había mencionado...

Kairos.

Tuvo ganas de llorar. No por pensar en ella o porque extrañara esos días en los que prácticamente no se separaban, sino porque ni siquiera centrarse en eso le daba ánimos para seguir. Y visto en retrospectiva, eso estaba mal bajo cualquier punto de vista. Cerró los ojos.

Kairos limpiaba las estanterías vacías con una franelilla, quitando el polvo y arrojándolo al suelo. Con otro trapito enceraba la madera, frotando en círculos con suavidad y como si tuviera todo el tiempo del mundo, sacándole brillo a cada centímetro de la superficie caoba.

¿Qué es este libro? inquirió Trevas, tomando uno de los tantos que descansaban en el suelo alfombrado—. "Promesa cumplida". No suena a algo que leerías comentó, examinando la tapa.

¿Insinúas que no cumplo las mías? —preguntó ella a su vez, sin emoción alguna en su voz y aún lustrando el mueble. Trevas reflexionó sobre ello.

No insinúo nada. Nada nuevo al menos replicó. Se hizo el desentendido cuando la acuariana le lanzó una mirada escrutadora por sobre el hombro—. "Claro que juré que te amaría hasta la muerte. ¿Qué te hizo pensar que hablaba de la mía?" —Frunció el ceño, dejó el libro abierto sobre el escritorio para dejar las manos libres y poder cruzarse de brazos—. "...Y disparó." —Alzó la cabeza, clavó su mirada en la nuca de la más joven—. Un poco... cínico.

O sincero.

No. —Trevas se dejó caer en el suelo, apoyando la espalda contra una torre de enciclopedias que debían tener al menos dos siglos de antigüedad—. Es cruel.

No dije que no lo fuera. Sólo digo que es sincero.

¿Entonces la sinceridad es más importante para ti que cualquier otra cosa? ¿Que el buen trato, por ejemplo? ¿Que el amor? —cuestionó, sintiendo que algo entre su pecho y su estómago se retorcía con cierto malestar—. ¿Que tu vida?

Kairos volteó hacia él, con la mano izquierda enterrada en el bolsillo de sus anchos pantalones de bambula y la derecha relajada a un lado, aún sosteniendo el trapito entre sus dedos. Trevas solía pensar que era imposible incluso imaginar una versión de ella que no portara la armadura de Acuario o que no llevara capa, pero en aquel momento estaba descalza y con ropa suelta y no le parecía para nada extraño. Y era extraño.

— "Es fácil vivir con los ojos cerrados, interpretando mal todo lo que se ve." —La joven tomó el libro que él había dejado sobre el escritorio y lo colocó en el estante que acababa de limpiar, sin siquiera dirigirle una mirada. Sus ojos eran por primera vez algo más que sólo inexpresivos; eran insondables, lo que quería decir...—. ¿Por qué querría vivir una mentira? —...que escondían algo.

Y estaban fijos en él.

En realidad, Trevas no tenía ni idea de por qué buscaba discutir con ella. Compartía su punto de vista, pues para él, la sinceridad y la lealtad eran las dos cosas que más valoraba. Pero había algo en la manera en que lo dijo que simplemente lo incomodaba.

Por vivir —respondió simplemente, y ella no contestó. Dio media vuelta en silencio y siguió con su labor, pero él, luego de un rato largo en el cual no se oyó más que el susurro de la tela contra la madera, no soportó más la ausencia de palabras y bromeó—: Pero entonces, ¿cumples tus promesas o no?

Kairos pareció no haberlo oído. Luego de pasar unos cuantos minutos indignado por la total falta de interés de ella y de pensar las mil y una maneras de hacerle notar que detestaba ser ignorado, decidió simplemente resignarse y echarse una siesta allí mismo, entre los libros.

Cuando despertó notó que el tomo de Anatomía Comparada que había utilizado de almohada en un principio había sido reemplazado por un cojín de verdad, y al intentar incorporarse, una manta resbaló desde sus hombros y cayó sobre su regazo. Alguien había corrido las largas y pesadas cortinas de terciopelo azul, de modo que apenas un par de hilillos de sol se dibujaban sobre la alfombra.

Trevas quería agradecerle e incluso abrazarla, pero Kairos no estaba allí para hacerlo.

Trevas seguía queriendo agradecerle. Seguía queriendo abrazarla.

Pero estaban ya muy lejos y él jamás le había dado las gracias, ni siquiera por ese gesto; y ella jamás se las pidió ni reclamó. No fue hasta ese momento que Trevas comprendió que sí, que después de todo ella había cumplido su promesa. La única que le había hecho; al final, la cumplió.

¡Me salvaste la maldita vida!

Lo sé.

Vayamos a caminar. Mañana. Es lo mínimo que puedo...

No, Trevas.

Sí.

No.

Sí.

Un suspiro inaudible, cansado por la batalla.

De acuerdo.

Prométemelo.

Lo prometo.

No, Kairos. Prométemelo. A mí, no al aire.

Cruzó los brazos, pero...

Te lo prometo.

Trevas se mordió el labio inferior hasta hacerlo sangrar. ¿Quién se creía que era como para dudar de esa forma? Exacto: no era nadie para decidir si quería rendirse o seguir luchando, como para considerar qué era lo que podía o no podía hacer. Él tenía un límite, sí, y era la muerte. Entonces, si no estaba muerto, ¿por qué no intentaba una vez más? ¿Acaso iba a costarle más que seguir cayendo durante nueve días? Era completamente deshonroso esperar por el cumplimiento de una sentencia por demás anunciada sin hacer nada al respecto, sin mover un dedo por revertirla. Debía volver. Debía proteger a su diosa. Debía pelear, debía alzar la cabeza y resurgir, debía...

Pero es que no tenía fuerzas.

Entonces, ¿qué campo nos toca a nosotros? —preguntó él, repantigado en uno de los sillones del living de Acuario, tan ligero como si hablara sobre el clima.

No los Elíseos, puedes estar seguro. —Kairos pasó página, con la mirada fija en el libro abierto sobre su regazo—. Un alma pura podría llegar hasta allí, pero no creo que sea nuestro caso.

Yo soy puro —rezongó él, fingiendo haberse ofendido. Compuso una expresión molesta sólo para molestarla, pero lo que no esperaba era que ella se dignara a mirarlo y, lo que es más, que lo hiciera tan fijamente—. ¿Tengo algo en el rostro?

Tal vez tengas razón —dijo.

Después de eso volvió a centrar su atención en el libro, dejándolo completamente descolocado otra vez. Era una ardua tarea adivinar cuándo su compañera bromeaba y cuándo no, y él no tenía suficiente práctica como para llegar a una conclusión que le resultara convincente sin terminar con dolor de cabeza. De modo que simplemente decidió hacer otra pregunta.

¿Y las Islas Afortunadas?

Si alcanzas los Elíseos tres veces, probablemente las conozcas.

Trevas frunció la nariz, confundido.

¿Cómo que tres veces? ¿Acaso uno renace, o algo así?

Kairos se llevó la taza de té a los labios y sorbió con lentitud. Descruzó las piernas.

Técnicamente, sólo puedes elegir hacerlo si alcanzas los Campos Elíseos. Pero uno nunca sabe.

Era la peor de las torturas, pues su enemigo parecía más fuerte y más difícil de derrotar que cualquiera con el que se hubiera enfrentado antes: era él mismo. Se asqueaba al evaluar su situación, se avergonzaba del estado mental deplorable en el que se encontraba, porque...

Seguiré jodiéndote cada vez que nos encontremos.

Una potente luz roja iluminó la más insondable de las oscuridades: precisamente aquella que lo absorvía. La niebla se hizo visible como nubes de sangre y Trevas tuvo que entrecerrar los ojos, ya desacostumbrados a no ver otra cosa que no fuera negro. Se dio cuenta de que tenía el brazo derecho extendido hacia abajo; notó una corriente familiar en el brazo.

La Aguja Escarlata penetró en lo más profundo del Tártaro, decidida a no dejarse apagar.

Y él la siguió.

El Santuario lucía casi pacífico aquella noche. Aunque si lo pensaba bien, «casi» era mucho decir. Casi demasiado.

Posicionada sobre aquel risco, muy por encima del nivel del mar y con el conjunto de Casas a sus pies, la joven se limitó a ignorar la lluvia y a observar las construcciones de mármol, que desde esa altura no parecían más que pequeñas piezas de porcelana. Un juego de ajedrez. Un juego de té. Veía la gigantesca estatua de Athena tras el templo Patrarical, y no pasó por alto el detalle del reloj de la torre. Desde su lugar las pequeñas llamas azules parecían aún más mínúsculas que granos de arena, pero eso no evitó que se le erizara el vello de la nuca. No por la imagen en sí... sino por lo que eso significaba.

Su dios ya había actuado.

Lo cual, lógicamente y tal como habían acordado previamente, significaba que ella debería entrar en escena para hacer su parte. No es que esuviera impaciente por hacerlo. De hecho, si de su propia decisión dependiera, probablemente se quedaría a vivir en alguna de las pequeñas cuevas que de seguro había en aquellas enormes montañas de roca que rodeaban el Santuario, sin intervenir pero lo suficientemente cerca como para no perderse de ningún detalle. ¿Cobarde? En absoluto. Más bien, su problema era que sólo pensar en enfrentarse a once santos de oro confundidos y con los nervios de punta le daba dolor de cabeza y ganas de echarse a dormir una siesta. Además, la única parte que realmente le interesaba de todo ese asunto era ver a la única persona que... bueno, que no daba señales de vida desde hacía horas. Habían pasado años desde la última vez que lo había abrazado, que habían hablado, que...

Sonrió de lado, burlándose de sí misma.

Luego de corroborar de que las doce llamitas azules estuvieran aún encendidas se dejó caer sobre una roca gigante, cruzando las piernas al estilo hindú y ambos brazos relajados sobre su regazo. Tenía tiempo. No era necesario actuar ya, y aunque lo fuera, no pensaba hacerlo hasta que los revoltosos del grupo pararan de pelearse como gatos en celo. Incluso desde allí era capaz de ver el temblor que sacudía la Casa de Géminis, y tampoco era lo suficientemente estúpida como para pasar por alto los dos cosmos enormes que surgían desde allí; si lo pensaba bien, era incluso tentadora la opción de intervenir en el combate. Hacía meses que no entraba en acción...

Terminó meneando la cabeza, descartando la idea antes de que tomara forma y se volviera demasiado irresistible. Su misión allí era otra y debía concentrarse en cumplirla a la perfección, en llevar el nombre de su dios a lo más alto; era lo mínimo que podía hacer por él y no podía permitirse, bajo ningún concepto, defraudarlo. Confiaba en sí misma y en sus capacidades, sí, pero había algo... algo que...

Algo brillante llamó su atención. Desvió la mirada hacia abajo a su derecha, e hizo una mueca al ver que, en efecto, se había dibujado una palabra sobre la superficie rugosa. Letras de fuego, como si las hubieran escrito con lava.

Ψυχοπομπóς.

¿Por qué siempre tenía que hacer lo mismo?

—Creí que tal vez querrías un poco de compañía, pero a juzgar por tus ojos en blanco, diría que me equivoqué.

Ella le lanzó una mirada a la recién llegada, claramente molesta. De pie y sin armadura alguna, con su larga melena azul ondeando bajo la lluvia y a causa del viento, parecía mucho más joven y más aguerrida que cuando la conoció once años atrás. Sus ojos eran alegres y no parecía en absoluto incómoda con estar en aquel lugar.

— ¿Qué haces aquí? —refunfuñó—. ¿No deberías estar en el Inframundo?

—Debería —concedió la otra con una sonrisa, sentándose a su lado y examinando el perfil de su compañera con cierta diversión—. Pero para el caso, tú también deberías estar allí.

—Fue una orden del mismo...

—Ya sé que él te ordenó venir aquí —replicó—. Me refería a otra cosa.

—No sé qué es lo divertido de bromear sobre eso.

—Qué amargada.

—Basta, Tabatha —zanjó ella, exasperada, y la aludida soltó una risita.

—Alguien está nerviosa. —La otra no respondió y ella, entonces, le pasó el brazo por los hombros y la abrazó con fuerza; o al menos lo intentó, pues se deshizo de su agarre en seguida e impuso distancia poniéndose de pie—. Eres la mejor guerrera de la élite. Será pan comido.

O al menos esperaba que fuera así.

— ¿A qué has venido? —inquirió, sin dignarse a mirarla.

—No te preocupes; ya me voy. —Tabatha jugueteaba con el único anillo que adornaba sus dedos, de oro y con la misma inscripción en griego que había dibujado en la roca, tallada con sumo cuidado. Le lanzó una última mirada a la más joven—. Que tengas suerte, Natalia.

—De Argifonte —agregó ella, dándole la espalda y de frente al Santuario—. Es para lo que me he entrenado toda mi vida; no necesito suerte.

Tabatha reflexionó sobre eso, y finalmente, sólo dijo:

—Haz lo que tengas que hacer.

Y desapareció.

Natalia volvió a dejarse caer sobre la roca, aún molesta. Conocía a Tabatha lo suficiente como para darse cuenta de que no había ido a apoyarla precisamente; no, la verdadera intención de la guardiana de Psicopompo era asegurarse de que todo estuviera en orden. Era más que evidente que no confiaba en ella y eso, claramente, la irritaba a niveles que ni siquiera ella lograba comprender. Jamás había fallado, ni en un solo encargo. ¿Por qué desconfiaba ahora?

Argifonte.

Aunque debía admitirlo: no era una misión cualquiera.

Era la suya.

Tras dar un par de vueltas al anillo en el dedo anular de la mano izquierda, decidió que era la hora. De enfrentar el destino que su dios había trazado especialmente para ella como guerrera, de reencontrarse con su pasado como ser humano. Tenía un par de asuntos pendientes al respecto de éste último aspecto, y lo más seguro era que pudiera resolverlos interviniendo, precisamente, en la batalla que estaba teniendo lugar en la Casa de Géminis. Antes de abandonar su lugar, se preguntó cómo era posible que Tabatha lograra resistirse de esa forma a la imagen del Santuario a sus pies. Allí abajo estaba su hermana gemela. Probablemente su asesino.

Incluso, tal vez estuvieran los dos juntos en ese preciso momento.

Natalia descendió por la ladera, marcó su camino hacia la Casa de Aries. Mientras sus pies resbalaban por la pendiente y el viento azotaba su larga cabellera roja hacia atrás, pudo ver de reojo que la primera de las llamas del reloj de la torre se apagaba con un parpadeo.