Capítulo 3
Kairos jamás había llorado frente a otra persona, pero tenía muy en claro que siempre había una primera vez para todo.
Pero no sería aquella.
De pie y erguida en su lugar, sin despegar los pies del suelo ni sus ojos de los de Dharma, la Amazona de Acuario se mantuvo firme contra la agresividad del cosmos del hindú y a pesar de que ambas energías, tanto la de él como la propia, estaban elevadas al límite. Paredes, suelo, cieloraso, columnas: toda la Casa de Géminis temblaba bajo el influjo de ambos. A su alrededor caían escombros, trozos de mármol, y cerca del piso comenzaba a levantarse un ligero polvillo. Kairos sabía, no obstante, que ni siquiera toda la ira del mundo sería suficiente para mantener su cosmos encendido al nivel del de Dharma por una sencilla razón: él no sólo era un Caballero de Oro, sino que también había recibido a una diosa milenaria en sus entrañas. No era que importara demasiado...
Pero a quien sí le importaba era a Xenia, quien además de estar furiosa, algo desesperada y terriblemente preocupada por lo que podría pasar si no intervenía antes de que comenzaran a luchar, estaba encerrada en un bloque de hielo. Si hubiera dependido de ella los habría dejado matarse a golpes cósmicos, pero el problema era ese: no dependía de ella, ni de Dharma, ni de Kairos. No sería una guerra de mil días común y corriente, y eso cualquier habría podido decirlo sólo con echarle una ojeada al Caballero de Virgo. Su cosmos crecía cada vez más y ni siquiera Kairos, una de las más poderosas de toda la élite dorada, podía igualarlo. Xenia temía que llegara al punto de...
―Estás jugando con fuego, niña.
La Amazona de Géminis contuvo la respiración. Los ojos de Dharma adquirieron un matiz escalofriante y fueron oscureciéndose paulatinamente, hasta llegar al negro; el iris se expandió y cubrió también el espacio blanco, y una sonrisa gélida tiró de sus labios. Quiso gritarle a Kairos que huyera, que se escondiera y que dejara el asunto en sus manos, pero sabía que de todas formas no lo haría.
Porque si algo tenía la acuariana, eso era orgullo. Y si había algo que le faltaba, era cobardía.
Kairos atacó. Un resplandor plateado la cegó momentáneamente, y en respuesta, Dharma incrementó la intensidad del temblor que sacudía la tierra. Xenia cerró los ojos, aturdida. No quería ver aquel espectáculo. Oyó gritos, amenazas, una risa de mujer...
Xenia, debes detener a Astrea.
La Amazona de Géminis meneó la cabeza. Ella sola no sería capaz de hacerlo, era imposible que...
Yo te ayudaré.
Y en aquel punto, dudó. Era peligroso cederle el control de su cuerpo y mente a Cástor; era demasiado poderoso, y si no lograba imponerle ciertos límites podría tomar completa posesión de ella. No obstante, también era terriblemente peligroso que Astrea terminara de poseer a Dharma. Suspiró.
Adelante, susurró para sus adentros.
La respuesta de Cástor no se hizo esperar. Una fuerza increíble inundó sus venas y le proporcionó calor suficiente como para paliar el frío del hielo contra su piel; Xenia exhaló y el bloque de agua congelada cedió con un espantoso crujido. Ante la mirada atónita de Kairos, alzó una de sus manos y una corriente de energía echó a ambos dorados contra el suelo, dejándolos fuera de combate durante unos pocos segundos.
― ¡No te metas, Xenia! ―exclamó Kairos, furiosa, al tiempo que volvía a ponerse de pie. El hielo volvió a extenderse a su alrededor, a cubrir el mármol―. ¡No tienes nada que ver en esto!
― ¡Para el caso, tú tampoco!
― ¡Yo sí! ¡Fue Dharma quien asesinó a Trevas, Xenia!
Como si ignorara ese detalle.
― ¡Estás demente, Kairos! ¡Es una diosa, no es sólo Dharma! Si yo no hubiera...
―Si no hubieras, ¿qué? ¡Nadie dijo que pretendía vivir, no necesito ni quiero la ayuda de nadie!
Xenia le lanzó una mirada fulminante a Kairos, quien no fue lo suficientemente rápida como para prever lo que pasaría:
― ¡Vete a otra dimensión entonces! ―rugió, al tiempo que su cosmos crecía con increíble rapidez, arrojando una luz cegadora y proyectando una versión mucho más alta de sí misma en el aire, con ese mismo resplandor. La Amazona de Acuario elevó ambos brazos sobre su cabeza para atacar, pero fue entonces que se dio cuenta: no podía. Sus ojos grises brillaron con una especie de reconocimiento que a Xenia logró formarle un nudo en la garganta; Kairos sabía lo que había hecho pero, lejos de percibir rencor en su mirada, lo que halló fue una especie de respeto. El cuerpo de la acuariana se fundió con el viento y su energía vital, que la conectaba a la constelación de Acuario, se esfumó junto con ella. La guardiana del tercer templo cerró los ojos cuando sintió resurgir a Cástor desde lo más profundo de su alma, aquella que no le pertenecía a ella por completo. La sensación del aire contra su piel, la de volar y la de ser ligera; Géminis, signo de Aire. Su cosmos se tornó cada vez más poderoso, al punto que Xenia tuvo que hacer un esfuerzo consciente para que la situación no se saliera de control también de su lado. Y es que Dharma ya no era Dharma―. Astrea ―susurró Cástor a través de la garganta de la guardiana del tercer templo, quien sentía la presión que ejercía el dios sobre su consciencia humana como si tuviera el mundo entero sobre ella―. Astrea, no es el momento aún. ―El gemelo mayor aplastó su voluntad y Xenia se vio obligada a extender su brazo derecho hacia adelante, a rozar la mejilla de Dharma con sus nudillos; tuvo que contener las náuseas cuando, al intentar gritar de dolor, recibió una descarga eléctrica en el estómago a modo de represalia. Apretó la mandíbula, resistiendo. Era la única forma de que Dharma volviera en sí: ordenándole a Virgo que volviera a dormir. Y eso sólo podía lograrlo Cástor―. Pólux... ―Y otra vez manejando su cuerpo, obligándola a acercarse al Caballero de Virgo; lo rodeó con ambos brazos, lo instó a pegar su rostro contra su pecho y acarició con delicadeza sus cabellos dorados―. Duerme, Astrea.
― ¿Problemas en el paraíso? ―inquirió una voz detrás de ellos, y Xenia maldijo internamente al notar que Dharma se tensaba ante la instromisión y el cosmos de Astrea, que había comenzado a adormilarse, volvía a crecer―. No me ofendo si me miran.
La Amazona de Géminis volteó y el Santo de Virgo la imitó. No reconoció a la joven y justamente por eso fue que se sorprendió al notar que Cástor tomaba el control de su cuerpo y se arrodillaba ante ella, sin agachar la cabeza pero en una clara actitud de sumisión. Dharma hizo lo propio, hincando una rodilla en el ajado suelo de mármol y mirando a la intrusa a través de sus pestañas de oro. Xenia consideró la opción de luchar contra la voluntad del dios, pero luego lo pensó mejor; ella no conocía a aquella muchacha, y quizás, ponerse de pie en su presencia equivaldría a represalias. Y sinceramente, no quería más de esas. Todavía le dolía el estómago.
Era difícil adivinar qué edad tendría la joven. De estatura media y contextura física fuerte, con una larga cabellera color vino y grandes ojos negros, labios finos y rostro redondeado, era un extraño contraste entre una figura infantil y una adulta. Su expresión era imposible de describir con exactitud: parecía ser una mezcla entre frialdad, preocupación y tristeza. Se movía con agilidad al caminar y su postura era erguida, pero Xenia pudo ver que sus hombros estaban tensos bajo la larga capa que ondeaba a sus espaldas y que sus músculos parecían vibrar, como si estuvieran esperando el momento idóneo para saltar, correr o lo que viniera. No llevaba armadura, sino ropa de combate oscura. Fue su capa lo que más le llamó la atención: era negra, sí, pero estaba segura de que había dibujos trazados en blanco sobre la tela.
―Bienvenida. ―Xenia reprimió un escalofrío al oír la voz de Astrea, muy cerca de su oído.
―Gracias ―replicó la aludida, acercándose a ellos―. Astrea, es un honor conocerte al fin; Cástor, Pólux, es un honor también verlos nuevamente.
―Sophia no está lista aún ―siseó Xenia, doblegando por un momento la voluntad del dios―. ¿Qué haces aquí?
―El Santuario no resistirá mucho más tiempo sin Athena ―respondió ella, con calma―. Comprendo que como miembro de la élite dorada quieras protegerla, pero es estúpido retrasarlo. Ella no es Athena, Xenia. No tendrán ninguna oportunidad contra Hades cuando despierte.
―Aún así ―murmuró―, no puedes jurar que lo harás bien y ella podría morir si...
―Entonces morirá ―determinó la joven, deteniéndose frente a Xenia y mirándola a los ojos―. Me he entrenado toda mi vida para esto.
―No fallará ―susurró Astrea―. Ella es Argifonte; cumplirá su destino.
Natalia les dio la espalda en el preciso instante en el que Sophia entraba en la Casa de Géminis. Su vestido blanco y normalmente impoluto estaba manchado de barro y chorreaba agua al igual que su cabello; pero a pesar de todo eso, sus ojos brillaban con fuerza sobre las profundas ojeras que adornaban su rostro y su mano derecha tomaba con firmeza el báculo de la Victoria, el cual brillaba tenuemente en la oscuridad. Xenia sintió la presencia de Cástor esfumarse en su interior y estuvo a punto de caer de bruces en el suelo cuando el cosmos del dios la abandonó, dejando su cuerpo entumecido y sus músculos débiles. Ni siquiera fue capaz de sujetar a Dharma cuando cayó hacia delante, golpeando uno de los lados de su rostro contra el mármol y con los ojos entreabiertos. Parecía muerto, y la Amazona de Géminis sólo atinó a sentarse a su lado y rodearlo con ambos brazos, sobrepasada. Sabía que para él era peor, siempre era peor. Mientras que ella servía de recipiente divino ocasional para Cástor, su amigo debía recibir a Astrea y a Pólux... al mismo tiempo.
―Xenia, Dharma. ―La geminiana alzó la cabeza, contempló a Sophia―. ¿Están bien? ―La aludida asintió en silencio e intentó ponerse de pie, pero sus piernas no respondían. No obstante, su mayor preocupación era qué le diría cuando Sophia preguntara qué...―. Quédate quieta, Said y Lievin vienen en camino. Quiero que lleven a Dharma a la Sala Patriarcal y quiero que tú también vayas, Xenia...
― ¡Señorita Athena! ―Lievin la interrumpió, acercándose a ella a buen ritmo, casi corriendo. Estaba empapado y había compuesto un mohín que no lograba ocultar del todo la preocupación legible en sus ojos. Natalia lo miró con curiosidad―. Sentí que me llamaba, pero ¡está pasada por agua! Llamaré a Dakini para que... ―miró más allá de su diosa, clavó su mirada en Natalia; ésta sonrió triunfalmente y él, según percibió Xenia, palideció. Hubo un silencio incómodo que él mismo rompió, desviando la vista y, de pronto, viéndose cerca de la desesperación―. ¿Dónde está Kairos?
Xenia dejó caer la cabeza, pegando el mentón a su pecho y su frente a la coronilla de Dharma.
―Lievin, cálmate ―intercedió Sophia, amable pero sin perder ni un ápice de firmeza.
― ¿Dónde está Kairos? ―repitió él―. ¡¿Dónde está?!
―No aquí ―susurró Xenia, cerrando los ojos con fuerza.
Silencio.
― ¿Dónde, entonces? ―No obtuvo respuesta―. Xenia, ¡¿dónde está?!
― ¡Lievin! ―Sophia se adelantó y lo enfrentó, viéndose obligada a alzar la cabeza para mirarlo a los ojos; pese a su estatura y a su aspecto normalmente delicado, el Caballero de Cáncer se encogió ligeramente sobre sí mismo al oírla alzar la voz―. Xenia está débil. Llévala a ella y a Dharma a la Sala Patriarcal, que descansen allí.
Lievin comenzó a dar un paso en cada dirección, claramente inquieto. Parecía un león enjaulado. Finalmente se detuvo y señaló a Natalia, su expresión era una máscara de furia contenida.
―Tú deberías estar muerta ―dijo simplemente.
Dio media vuelta y tomó del brazo a Xenia con sorprendente gentileza, ayudándola a ponerse de pie e ignorando las miradas penetrantes que le dirigían tanto Natalia como Sophia. Una vez que la Amazona de Géminis estuvo segura de que sus rodillas no fallarían otra vez, Lievin alzó a Dharma y lo cargó sobre su hombro, en completo silencio. Se dirigió hacia la salida de la Casa de Géminis y Xenia lo siguió; sin embargo, el cangrejo no abandonó el templo hasta que Dakini de Aries llegó también. Trasladó el peso del cuerpo de Dharma hacia los brazos de la lemuriana e instó a la mayor a tomar su mano, cosa que hizo; en un instante, Dakini cerró los ojos e hizo desaparecer a los guardianes de Virgo y Géminis.
―Lievin, te ordené que...
―Ellos están a salvo allí, Dakini se ha encargado de eso ―replicó él, mortalmente serio―. Phoebe cuidará de ellos.
Sophia centró su atención en Natalia, quien la observaba sin pronunciar palabra alguna.
―No hay necesidad de que se queden, Lievin, Dakini. ―Alzó el mentón levemente, clavando sus ojos claros en los de la intrusa, que relucían con un brillo algo siniestro―. Pueden irse.
―No. ―Lievin se adelantó un paso, mirando fijamente a Natalia―. No la dejaré sola con ella.
―Lievin de Cáncer ―siseó ella, sonriendo de lado y echando hacia atrás un par de mechones vino tinto―. Creí que jamás volveríamos a vernos.
―No diré que es un placer.
―Lo supuse. ―Acentuó la sonrisa, le dedicó una mirada a través de sus pestañas―. Pero lamentablemente, no llegué a tiempo de ver a Kairos... Me temo que Xenia me ganó de mano.
Sophia frunció el ceño, desafiante.
―Dakini, búscala. Ve a tu templo y pídele a Said que te proteja mientras lo haces.
― ¿De qué hablan? ―inquirió Lievin, presionando los labios juntos y colocándose detrás de Sophia en un claro gesto protector.
―Xenia de Géminis envió a la chiquilla de Acuario a otra dimensión. ―Natalia lucía divertida explicando aquello, enroscando sus hebras en su dedo índice con una mueca socarrona―. Una lástima, porque tenía ganas de... verla.
Lievin alzó el puño para callarla de un golpe, pero Dakini lo detuvo. Alzó una pared de cristal con un movimiento de su mano derecha y envió a Lievin a la Sala Patriarcal utilizando sus poderes psíquicos; finalmente y luego de hacer como que no llegó a ver la expresión de indignación del Caballero de Cáncer antes de desaparecer, se acercó a Sophia y se colocó a un lado de ella, tranquila pero alerta.
Natalia alzó la otra comisura de su boca en una sonrisa completa.
― ¿Quién eres?
―Lamento todo esto ―dijo, ignorando la pregunta y haciendo una reverencia―. Espero que la próxima vez que nos veamos sea en circunstancias más... agradables.
La Casa de Géminis volvió a temblar cuando alzó su cosmos, de un color plateado difuso, y se fundió con el aire.
...
Kairos jamás creyó que algún día debería redefinir su concepto de «oscuridad», pero allí estaba, flotando en algún lugar de la nada y rodeada de una negrura tan impenetrable, tan espesa, que creyó haberse quedado ciega.
Eso fue, claro, hasta que un rayo de luz roja atravesó el espacio hasta donde estaba ella.
Sintió el impacto del golpe de lleno en el pecho antes de poder siquiera pensar en apartarse y gimió de dolor, tomada por sorpresa. Era como si le hubieran clavado algo con saña, y ardía, y tenía la espantosa sensación de que en vez de sangre lo que corría por sus venas era fuego. Como si fuera veneno, veneno mortal... Kairos abrió los ojos de golpe.
¿Veneno?
Y otra vez, sin darle tiempo a pensar nada ni a llegar a conclusión alguna, otro golpe la tomó desprevenida. Y un tercero, y un cuarto, e incluso un quinto. La Amazona de Acuario ahogó un grito cuando comprendió que ya no flotaba, sino que caía. No obstante, esa era la menor de sus preocupaciones; seis, siete golpes.
Sentía los párpados hinchados y pesados como si los hubieran rellenado con plomo. Sus ojos ardían como si alguien les hubiera echado jugo de limón. Daba la impresión de que si quisiera mover su cuerpo éste no respondería, pero tampoco estaba completamente segura porque no lograba pensar con claridad, así como tampoco era capaz de...
Caía de espaldas cuando atisbó tres puntitos rojos sobre ella, cortando la oscuridad y alargándose hasta formar rayos al llegar a su altura; al igual que los anteriores, se incrustaron en su cuerpo como si fueran agujas, como si...
Once.
La garganta hinchada, la piel tirante...
Doce.
Kairos dejó que sus ojos se cerraran, pues de todas formas ya no era capaz de ver nada.
Trece.
Su cuerpo, laxo e increíblemente pesado, parecía haber sido remojado en lava.
Catorce.
No fue capaz de aguantar más. Con las pocas fuerzas que le quedaban gritó, siendo apenas consciente de que algunas lágrimas rodaron por sus mejillas cuando su garganta fue forzada a proferir sonido. Tuvo la sensación de que su cuello se desgarraba, de que alguien lo descuartizaba y lo rociaba con ácido, y gritó más fuerte. Era estúpido, era incluso masoquista, pero su mente ya no era capaz de generar un sólo pensamiento coherente; sólo podía procesar el dolor, hacerlo más real. Y la única manera que tenía de canalizar aunque fuera una mínima parte de ese suplicio hacia afuera, era gritar. Internamente, esperaba que los ataques siguieran llegando; sabía, en lo más profundo de su mente, que en algún momento aquella tortura debía terminar.
Y el golpe llegó.
Kairos tomó aire y éste raspó su garganta con fiereza. Esperaba más dolor, más fuego, pero...
Un par de manos ―o al menos creía que eso eran, aunque no tuviera ningún sentido― palparon su rostro húmedo a causa de sus propias lágrimas, cepillaron su cabello una sola vez. La acuariana tosió cuando rozaron su cuello, como si buscaran algo...
― ¿Kairos? ―Ella exhaló. Se hundía cada vez más en la inconsciencia; el dolor remitía de a poco y ella se iba, se iba... Algo se enredó en la cadena que rodeaba su cuello, aquella de la que colgaba el dije. ¡El dije! Kairos hizo un esfuerzo titánico para levantar una de sus manos hasta allí, para proteger el círculo de hielo. No iba a permitir que se lo arrebataran, no podía dejar que...―. No...
La Amazona de Acuario no oía. Todo lo que escuchaba era el latir de su corazón amplificado en sus oídos, ensordeciéndola. Todo su cráneo latia, pero cada vez con más lentitud, cada vez con mayor suavidad. Logró aferrarse al dije de hielo pero sus dedos resbalaron en seguida, y...
Quince.
Un alarido espeluznante brotó de sus labios entumecidos, arrancándola del letargo al que se estaba dejando arrastrar, y abrió los ojos cuando la corriente de fuego le laceró el cuerpo. Su mente se aclaró momentáneamente y volvió a sentir el dolor apoderándose de cada célula. Jadeó cuando vio dos puntos brillantes frente a sus ojos. Alzó ambas manos para acercarlas a ellos e intentar comprender qué eran, y sus dedos chocaron contra algo suave y cálido. Su piel ardía, sus músculos eran desgarrados cada vez con más fuerza, su boca estaba insoportablemente seca, pero...
― ¿Trevas? ―graznó.
El Caballero de Escorpio rompió a llorar. Kairos sintió dos manos tantearla y un segundo más tarde, un par de brazos rodearla. Parpadeó, aún medio atontada, y utilizó las mínimas fuerzas que le quedaban para palpar el rostro pegado al hueco entre su hombro y su cuello. Enredó sus dedos en el cabello de él, acariciando, reconociendo; mechones suaves, mechones ásperos... Trevas se aferró a ella y Kairos pasó sus propias manos por su espalda, frotando suavemente para darle calor, para reconfortalo; bajo sus palmas y contra su cuerpo sentía el de él temblando, y se preguntó si no estaría soñando. Aunque claro, deshechó la idea tan pronto cobró forma.
Dolía demasiado para ser mentira.
―Kairos, ¿qué haces aquí? ―preguntó él, separándose lo suficiente como para poder mirarla a los ojos... si pudiera ver algo, claro. La acuariana reparó en ese detalle―. Ni siquiera pensé que...
Ella tomó aire con cuidado y, de a poco, tensó los músculos. Se concentró en despejar su mente, en sacarla del estado de aletargamiento en el que había quedado sumida, e increíblemente logró lo que se había propuesto en un principio: su cosmos se encendió de a poco, casi con timidez, y un suave resplandor dorado iluminó su entorno. Tuvo que parpadear un par de veces para acostumbrarse a la luz, pero luego fue capaz de verlo.
Trevas le sonreía como si fuera la persona más feliz de la Tierra; pero las lágrimas no paraban de brotar de sus ojos, increíblemente tristes, y a Kairos eso le dolió mucho más que todas las agujas de escorpión juntas. La mirada de él la recorrió de arriba a abajo y gimió. Ella se figuró que estaría cubierta de sangre y herida por todas partes, y no fue hasta ese momento que se dio cuenta de que, pese a que portaba la armadura de Acuario cuando Xenia la envió a otra dimensión, en ese momento estaba vestida con la ropa de entrenamiento. Sabía que Trevas comenzaría a culparse a sí mismo y a echarse toda la mierda encima, lo sabía porque eso mismo había hecho cuando murió y cuando fue a buscarlo tras tener que arrastrarse desde la tumba de la guardiana del tercer templo. Por eso mismo lo rodeó con ambos brazos y, tal como lo había hecho unos instantes antes, se aferró a él como si le fuera la vida en ello, sin darle tiempo a nada. A ella ya no le quedaban fuerzas para llorar, pero fue el soporte que él usó para hacerlo. Sentía que se estaba yendo otra vez. Encender su cosmos había requerido más energía de la que su cuerpo y su mente estaban dispuestos a dar, y terminó apagándose con un parpadeo. Pegada al Caballero de Escorpio y aún en caída libre, Kairos se permitió esbozar una débil sonrisa.
―Kairos, ¡no! ―gritó Trevas, y ella se preguntó de qué estaría hablando. Resintió la falta de calor y comprendió que lo había soltado y que, de hecho, sus brazos ya no respondían. Él logró alcanzarla y volvió a abrazarla, pero Kairos no pudo devolverle el gesto―. Kairos, ¿me oyes? ¡Kairos!
La respuesta era no. Sin embargo, probó pronunciar unas pocas palabras más.
― ¿Trevas...? ―susurró.
―Kairos, por favor... ―Trevas exhaló temblorosamente, intentando reprimir su desesperación en vano. Sabía que era inútil pedirle que resistiera, pues los ataques que él había lanzado hacia abajo con la esperanza de abrirse el camino habían dado de lleno en el cuerpo de ella. Uno por uno―. Lo siento, yo... por favor...
No pudo continuar. Kairos era vagamente consciente de que él seguía llorando contra su pecho, pero tampoco estaba demasiado segura de ello.
―Trevas, me alegra haberte encontrado.
Su cuello perdió fuerza y su cabeza cayó hacia atrás, sus músculos se relajaron de un segundo a otro y el cráneo pareció dejar de palpitar. Durante el más efímero de los instantes fue plenamente consciente de que todo se había detenido para ella, y luego..., luego se dejó arrastrar hacia fuera.
Lo último que oyó fue un grito desgarrador, muy cerca de ella.
Y a la vez tan lejos...
