Capítulo 4
Dakini no estaba muy segura de cuándo había sido la última vez que recibió un encargo de su diosa. Llevaba años portando la armadura de Aries y unos cuantos más viviendo allí, pero no recordaba con claridad ni un solo momento en el que Sophia-Athena le hubiera dicho con claridad: haz esto, o haz aquello. Nunca se lo había planteado, pero si se hubiera dado cuenta en un momento diferente, probablemente habría dado rienda suelta a su mal genio. Y eso que era considerada la más «pacífica» dentro de la orden dorada.
Una vez que notificó a Said de Tauro de lo sucedido (bueno, al menos a grandes rasgos) y lo conminó a acompañar a la joven diosa hasta la Sala Patriarcal, Dakini suspiró. Si por ella fuera, hubiera bajado hasta la Casa de Aries y se habría limitado a cumplir con el pedido que le habían hecho; el problema era justamente ese, que para cumplirlo era menester que alguien cuidara de ella mientras sondeaba el mundo entero con sus poderes psíquicos. No lo veía estrictamente necesario, pero tampoco pensaba incumplir una orden. Lo sentía como algo parecido a un golpe de orgullo, pero era la menor de sus preocupaciones: el principal tema que rondaba por su cabeza desde el enfrentamiento en la Casa de Géminis era el paradero de Kairos de Acuario. Aquella joven extraña y que aparentemente sólo Lievin conocía había afirmado que Xenia era la causante de aquel problema. Lo cual la llevaba a otra pregunta: ¿por qué alguien como ella enviaría a una de sus compañeras de orden a otra dimensión? ¿Por qué la atacaría, para empezar?
Sólo había un motivo válido: la traición. Pero en ese caso, ¿por qué Sophia la querría de vuelta?
Dakini atravesó en silencio la Casa de Cáncer. No resultaba tan aterradora como le había parecido la primera vez que pasó por ella, cuando apenas había cumplido los seis años. Por aquel entonces Lievin aún no había sido reconocido por la armadura de Cáncer y el templo tenía un aspecto extraño, como si alguien lo hubiera acondicionado especialmente para que el contraste entre la muerte y el abandono fuera más que evidente; y es que no eran lo mismo, bajo ningún punto de vista. Era más que claro que nadie vivía allí desde hacía años, pero aún así, el hogar de las máscaras y refugio de generación tras generación de caballeros con el don de transportarse hasta la entrada del Inframundo conservaba impregnado en sus paredes de mármol el fresco hedor a muerte, el frío que dejaba la ausencia de la vida. Pero en ese momento... bueno, digamos que el lugar no presentaba ninguna de las dos características. Entrar allí seguía sin brindar ni la más mínima sensación de confort o seguridad, pero era por otro motivo: evidentemente, Lievin se había obsesionado tanto con la idea de lograr que su templo dejara de apestar a infierno que había descuidado otros detalles. La Casa de Cáncer, o al menos lo que era la sala principal, lucía muy... vacía. Era completamente impersonal, y no había ni un solo detalle que indicara que te encontrabas en la construcción consagrada al cangrejo, el tercer signo del zodíaco. No obstante, Dakini tuvo que reconocer que aquello le confería al templo un cierto aire de amenaza implícita.
Salió de allí perdida en sus pensamientos, que eran un verdadero lío. Subió las escalinatas que conducían a la Casa de Leo sin ser muy consciente de ello, sin reparar demasiado en las gotas de lluvia que aporreaban con fuerza el oro de su armadura, sin darse cuenta de que una de las pequeñas llamas del reloj de la torre ya se había apagado. Deyanira salió a su encuentro ni bien puso un pie en el quinto templo, ataviada con la ropa que habitualmente usaba para entrenar y una sonrisa brillante. Su cabello estaba recogido en una coleta alta y una fina capa de sudor le cubría la frente y el labio superior; la respiración algo agitada, sus ojos encendidos como ocurría cada vez que descubría algo...
— ¿Deyanira? —Dakini frunció el ceño, evaluando a su compañera con la mirada, repasándola una y otra vez de arriba hacia abajo y viceversa—. ¿Qué ocurrió?
—Nada por lo que haya que preocuparse —respondió ella, colocando los brazos en jarras a la altura de la cadera e inhalando profundamente—. ¿Tú qué haces aquí? Athena nos ordenó que permaneciéramos en nuestras Casas...
La Amazona de Aries meneó la cabeza, comprendiendo el motivo por el cual sólo Lievin y ella se habían acercado a averiguar qué ocurría en la Casa de Géminis: porque Athena así lo había querido.
—Debo cumplir con una orden. Necesito tu permiso para pasar por aquí, pero... —se interrumpió al ver que la más joven seguía presentando signos leves de cansancio, y profundizó el ceño—. Deyanira, ¿qué estabas haciendo antes de que llegara? Porque para que estés en ese estado...
Deyanira lanzó una corta carcajada ahogada, articulando el cuello en todas las direcciones posibles, probablemente buscando relajarlo mediante la elongación de sus músculos. Parecía cansada, sí, pero también daba la impresión de estar entusiasmada por algo.
—Lo sé, lo sé. ¿"En ese estado", dijiste?
—Lo siento. No me refería a que...
—No, no, no te disculpes —la atajó ella, ampliando la sonrisa al ver la mueca de confusión que compuso la ariana—. Me estoy dedicado al entrenamiento de Arion, es todo. Tenía la leve sospecha de que va mejorando, pero si me ha dejado en «este estado», entonces quiere decir que tanto él como yo estamos haciendo un buen trabajo.
Dakini asintió, comprendiendo al fin.
—Te dejo entrenar al futuro león entonces —dijo, sonriendo levemente.
—Pero espera —la detuvo, posando una de sus pequeñas manos en su brazo derecho cuando volteó para seguir su camino—. ¿Qué te han ordenado? ¿Puedo ayudarte de alguna forma?
Dakini meneó la cabeza.
—Necesito que alguien cuide mi cuerpo mientras busco a Kairos, porque...
—Espera, espera. —Deyanira deshizo la sonrisa, sus ojos dorados se ensombrecieron y dieron paso a una expresión mortalmente seria. Se acercó a ella, bajó el tono de voz lo suficiente como para que, Dakini supuso, Arion no pudiera oír ni una palabra—. ¿Cómo que buscar a Kairos? ¿Dónde...? Quiero decir, ¿se ha ido o simplemente desapareció?
La Amazona de Aries se pasó una mano por el cabello, apartando los pequeños mechones blancos que caían sobre su rostro y entorpecían su visión. Un gesto que denotaba cierta frustración.
—No, no se ha ido ni desapareció. Más bien la desaparecieron —ironizó, y Deyanira arqueó una ceja ante eso—. Xenia la atacó y no sabemos dónde está. Probablemente esté flotando en algún espacio de nada o en algún vacío espacial, pero no lo sé con certeza.
—Entiendo. —La joven griega parecía haberse apagado, pero sin embargo, cuando volvió a hablar lo hizo con su acostumbrada fuerza, llegando a sorprender a la mayor—. Entonces, ¿necesitas que te protejan mientras la buscas? —preguntó, elevando su cosmos lo suficiente como para que la caja de Pandora que contenía la armadura de Leo se acercara a ella produciendo un siseo bajo.
—No, Deyanira. Lo que estabas haciendo es igual de importante —sostuvo Dakini—. Encontraré a alguien que sólo esté rascándose la barriga, no te preocupes.
—Pero...
—No.
La lemuriana dio media vuelta y se dirigió hacia la salida, aquella que daba a la Casa de Virgo; le lanzó una última mirada, una última sonrisa antes de abandonar el templo de Leo, haciendo un esfuerzo consciente para no reír ante la expresión contrariada que dejaba atrás.
La sexta Casa se encontraba vacía, tal y como Dakini imaginaba que la encontraría. Por dentro era fresca y en el aire flotaba una tenue mezcla de aromas; era algo como canela, jazmines y césped recién cortado, y pese a que el ambiente en sí era agradable, ella no quiso demorarse allí más de lo necesario; el problema era que ni todo el perfume del mundo ni toda la blancura del mármol, impoluto allí donde mirara, eran capaces de camouflar la sensación de vacío y soledad, tan evidentes que eran casi palpables.
Finalmente, salió del templo de la virgen y se dirigió hacia la Casa de Libra. Le fue imposible no recordar el grito espeluznante que había proferido la guardiana del templo hacia el cual avanzaba. A veces creía que era sólo producto de su imaginación, pero en la mayoría de las oportunidades habría podido jurar que su voz desgarrada continuaba resonando en sus oídos. Ese era el principal motivo que tenía para no querer pedirle ayuda: sentía que, de alguna forma, debía ser ella quien la protegiera y no al revés; iba más allá de todo sentido de compañerismo que pudieran profesarse entre sí los integrantes de la orden dorada, aquello ya era personal. ¿Por qué? Bueno, no era muy difícil de suponer. Ella y sólo ella había logrado detener a Argia de su intento de suicidio, y aún en ese momento le provocaba escalofríos pensar qué hubiera pasado si no hubiera llegado a tiempo... o si simplemente hubiera fracasado.
— ¿Dakini?
Alzó la mirada casi por inercia, buscando a quien la había llamado, y parpadeó cuando se encontró frente a frente con la Amazona de Libra, quien le sonreía con efusividad. Se veía tan fuera de contexto. Era un fuerte contraste con respecto a la imagen de Argia que había guardado como predilecta en su mente, y no precisamente por ser la mejor, sino por ser la más impactante. A la que estaba menos acostumbrada, a la que aún no lograba habituarse, aquella que incluso días después de ese hecho, no conseguía encajar en el rompecabezas que representaba la guardiana del séptimo templo.
—Hola, Argia —saludó, manteniendo una expresión neutral al tiempo que terminaba de subir la escalinata—. ¿Cómo has estado?
—Avergonzada —replicó ella, y Dakini sólo atinó a mirarla—. No me vengas con mascaritas inexpresivas, ya vi que te incomoda estar cerca mío. —No fue hasta ese momento que la ariana reparó en que su interlocutora había borrado la sonrisa con la cual la había recibido, y la punzada de culpa que vino a continuación la sintió más real que psicológica—. Mira, lo siento. No pretendía que nadie me viera así, pero llega un momento en el que todo se vuelve más o menos insoportable. Te pido disculpas por eso —soltó con firmeza, sin desviar la mirada ni hacer el más mínimo gesto de vergüenza—. Perdón.
Dakini exhaló. Consideró la opción de contarle lo que realmente opinaba al respecto, pero decidió que habría tiempo para eso en otro momento.
—En realidad —dijo—, venía a pedirte ayuda con un asunto.
Argia pareció desconcertada, pero finalmente volvió a componer una sonrisa. Sus ojos eran claros cuando simplemente murmuró:
—Por supuesto.
El fuego en Tauro se apagó.
...
Como nota final y como escritora, me siento un poco culpable por lo malo que es el capítulo. Es puro relleno y se nota a la legua xD
Pero toda esta segunda parte del fic es muy... no sé si intensa, pero sí cargada, y era necesario un respiro rellenístico antes de que todo se vaya a la mier. Veremos cómo salen los siguientes :v
