Capítulo 5

Phoebe se limitó a guardar silencio, su figura enmarcada por el hueco en la pared que dejaba la puerta abierta. No necesitaba carraspear, pisar fuerte o avisarle que estaba allí verbalmente; ella sabía que la joven junto a la ventana era total y perfectamente consciente de que no era la única persona en aquella habitación. No obstante, eso no significaba que fuera a prestarle atención en seguida. Y de hecho, daba la impresión de que no abandonaría la nebulosa que probablemente eran sus pensamientos en ese momento hasta dentro de un rato largo.

Sophia permanecía de pie frente al cristal que separaba el interior del exterior, con la cabeza levemente gacha. Su vestido blanco y fino había sido reemplazado por uno de igual color pero de una tela más gruesa, más rústica, sin escote y mangas hasta los codos adheridas a la piel de sus brazos, marcando la figura de éstos. Phoebe se sorprendió al ver que sus bíceps estaban levemente marcados, bastante menos que los propios pero más de lo que hubiera esperado de alguien que pasaba su tiempo leyendo y cuyo poder residía en la sóla fuerza de su cosmos, que no estaba obligada a entrenar y que, de hecho, quizás lo tuviera prohibido; recordaba haber leído mucho tiempo atrás una historia que describía a las diosas como exclusivamente femeninas, y se preguntó si aquello iría en contra del protocolo olímpico, si es que tenían uno.

Y si fuera así, ella opinaba que era una soberana estupidez.

Phoebe reparó también en otro detalle: la larga melena lila que solía llevar suelta estaba, en ese momento, severamente recogida hacia atrás en una coleta alta; las ondas rozaban sus hombros y la parte alta de su espalda, pero ni un solo mechón enmarcaba su rostro. Era precisamente esa rigidez la que le confería un aspecto duro, muy lejos de la imagen dulce que solía proyectar todos los días. Una especie de anillo de oro rodeaba su cabello y mantenía el peinado en su lugar, pero aunque también llevaba puestos los brazaletes y el corset, el tocado de hojas de laurel parecía haber quedado relegado. La gargantilla que llevaba alrededor de su cuello no era la ceremonial sino otra menos... delicada, sin diamantes pequeños ni exageradamente ornamentada. Sólo un rubí relucía en la penumbra, a la altura de su garganta.

Aguerrida.

Phoebe no estaba segura de si aquel cambio le producía dolor u orgullo de ser una de las elegidas que podría defenderla a través de la guerra que parecía a punto de estallarles en las narices, que podría dar su vida por ella. Y lo hizo, pudo realmente reconocerla por primera vez: la diosa de la guerra inteligente, de la sabiduría.

Athena.

El reloj brillaba a lo lejos, la torre de piedra se alzaba tras la ventana. Incluso desde la distancia era capaz de notar el estado ausente en el cual se encontraba el cosmos de la Amazona de Aries y del tinte agresivo que había adquirido el de Argia de Libra, probablemente avocada a la tarea de proteger a la ariana mientras cumplía con su misión. Phoebe no había querido comentar nada al respecto, pero su inusual capacidad para percibir la presencia de los demás dorados a pesar de lapsos de tiempo y espacio tan enormes le había hecho ver que no sólo había sido herida de muerte, sino que también, hacía horas que la ausencia de la energía vital de Kairos de Acuario era un hecho irremediable en su mapa mental. No quería siquiera pensar en cuántas horas de sueño necesitaría Dakini luego de aquella noche, pero se aseguraría de interceder por ella ante la diosa si era necesario. Y por otro lado, Sophia había conducido a Dharma y Xenia al apartado donde ella solía descansar para que pudieran recuperarse del todo y, sobre todo, lejos del resto de sus compañeros de orden; Lievin debía estar aún con ellos, protegiéndolos... o protegiendo al resto del Santuario, depende de cómo se analizara la situación.

Y la más joven seguía mirando por la ventana.

Phoebe habría podido jurar que no había transcurrido tanto tiempo desde que vio el reloj completamente encendido, pero ya la llama de Leo estaba próxima a apagarse. Mismo el de la guardiana de la quinta Casa parecía agotado, aunque aquello no fuera sinónimo de «apagado». Más bien daba la impresión de estar sumido en un estado de reposo, pero alerta y consciente, despierto. Y francamente, era un alivio saberlo. Said de Tauro ocupaba su propio templo, firme, pacífico; cerca del pueblo se encontraba Alen de Piscis, ocupando su puesto cerca de la entrada a la calle principal, tranquilo y evidentemente deseando entrar en acción. En los alrededores y ubicados en los límites del Santuario, las dos órdenes restantes —bronce y plata, claro está— se encargaban de reforzar la protección desde fuera. Ésto último no había sido una orden directa de la diosa, pero Phoebe creyó necesario tomar cartas en el asunto. No es que pretendiera pasar por encima de la voluntad de su señora ni que la creyera incapaz de tomar desiciones por sí sola, en absoluto; pero aunque tenía la ligera sensación de que ella sabía perfectamente lo que hacía y pese a que era casi seguro que tenía todo perfectamente calculado, ella misma se había visto incapaz de mantenerse de brazos cruzados. Llevaba días con la piel erizada, y casi no había dormido a causa de la tensión que se respiraba en aquel lugar. No podía simplemente no hacer nada.

La presencia de un cosmos conocido la arrancó de sus pensamientos. Parpadeando para despejarse, exhaló con cuidado y sintió la piel de su rostro entibiarse a causa de su propio aliento.

—Athena —pronunció con cuidado, y la aludida ladeó levemente la cabeza en su dirección para indicarle que la estaba escuchando—, Aitor de Capricornio la espera en la sala principal.

Sophia asintió en silencio, pero no se movió de su lugar. Parecía estar esperando algo, su mirada fija en el oscuro paisaje que se extendía tras la ventana; la lluvia volvía borroso el ambiente y dificultaba la visión, cientos de gotas de agua corrían por el lado externo del cristal como rios. Lo único claramente visible era...

La llama de Leo pareció dejarse arrastrar a una danza violenta durante unos pocos segundos, y finalmente se apagó.

La más joven volteó y, reafirmando su agarre sobre el báculo de oro, caminó fuera de la pequeña habitación. Phoebe decidió no preguntar; tal como el fuego había terminado cediendo ante el viento, ella cedió ante su diosa.

...

La Sala Patriarcal estaba vacía cuando las puertas dobles se abrieron para dejarlo entrar. La alfombra roja mostraba marcas de agua, e incluso él había dejado unas cuantas, puesto que su capa chorreaba agua y su armadura no se quedaba atrás. Podía decir que algunos de sus compañeros de orden estaban allí cerca, probablemente en la parte trasera. Su diosa también estaba allí, pero sin embargo y pese a que su propio cosmos estaba encendido para anunciar su presencia, nadie se acercó a la sala del trono. Lo cual era sumamente extraño, porque él no había ido por desición propia sino porque sintió que lo llamaban. Y allí estaba.

Y seguía sin ver a nadie.

Se quitó el casco, lo sujetó sobre su antebrazo y contra su torso. Sacudió la cabeza para despegar de su piel los mechones de cabello que se habían adherido a su frente a causa de la lluvia, inhaló profundamente para aplacar la sensación eléctrica que parecía correrle por las venas; tenía el presentimiento de que algo no iba bien y no sólo eso, sino que por el contrario, todo iba terriblemente mal. Lo que no lograba comprender era qué venía a ser todo. Esperaba que al menos...

El sonido de pasos acercándose hacia la sala principal lo obligó a volver a la realidad y por consecuencia se arrodilló, relajando su cuello del tal forma que su nariz apuntaba al suelo, con la mirada clavada en algún punto de la alfombra y viéndose totalmente incapaz de quitarle tensión a sus hombros. Le gustaba aparentar tranquilidad cada vez que estaba frente a su diosa, pero a pesar de saber que en ese momento su cuerpo entero estaba rígido como una cuerda de violín, le resultó imposible recuperar aquella pasmosa frialdad que solía ostentar. Y finalmente, el susurro de la tela contra el suelo a un par de metros de distancia lo hizo desear tener la oportunidad de volver a entrar al recinto como se debía, con aquella postura que nunca debería haber perdido.

—Aitor de Capricornio —susurró Sophia, levantando la barbilla un par de milímetros como si aquello le ayudara a autoinfundirse entereza. Y es que por más que la situación fuera más de lo que se sentía preparada para manejar, por más que deseara enviar a todas las órdenes de guerreros a un lugar seguro donde pudieran vivir seguros y morir en paz, debía mantenerse firme. Tragó saliva con fuerza—. De pie, por favor.

Aitor obedeció. Su mirada viajó hacia arriba desde la alfombra, buscándola, y Sophia se odió a sí misma. Y quiso gritar de pura frustración. Y quiso llorar, también. Y quiso, sobre todo, arrodillarse y pedir perdón una y otra vez hasta quedarse sin voz.

Pero, en cambio, se obligó a permanecer impertérrita y a observar.

Los ojos negros y habitualmente insondables del santo de Capricornio se desviaron de la figura de su diosa hacia otro elemento de la escena que no había notado antes, otro personaje que no había tomado en en cuenta. Sus irises se iluminaron con una chispa de reconocimiento que se apagó casi al instante, sólo para dar paso a algo que sólo habría podido describirse como un quiebre. Y era tan humano...

Sophia bajó la mirada hacia su regazo, incapaz de seguir indagando.

Y desde el otro lado, lo primero que sintió Aitor fue miedo.

La túnica azul oscuro, las guardas en hilo dorado adornando los bordes de las anchas mangas, los dedos finos, la piel de algún tono entre marfil y canela; el listón de tela roja labrada sujetando el hábito en su lugar, anudado a la altura del ombligo, marcando castamente la cintura; el casco de oro cubriendo la cabeza, el cabello castaño claro cayendo sin gracia ni imperfección alguna por sus hombros; y la máscara. La máscara blanca de rasgos inexpresivos, andróginos, vacíos... El tallado rictus neutral e imperturbable ocultando un rostro humano, tapando emociones reales.

¿Era aquella la misma mujer que parecía divertirse con algo tan banal como sacarlo de sus casillas? ¿Que impulsaba a los demás hacia adelante con sólo dirigirles una mirada? ¿Que era incapaz de disimular hasta el más mínimo pensamiento o sensación porque cualquiera sería capaz de adivinarlo con sólo echarle un vistazo?

Aitor inspiró hondo y contuvo la respiración, obligándose a despejar su mente para evitar seguir divagando. Porque sí, tenía claro a qué punto llegaría de seguir pensando. Y no le interesaba en lo más mínimo hacerlo.

— ¿Me ha llamado, señorita Athena? —preguntó finalmente, volviendo a trabar su mirada con la de ella.

Sophia intentó contestar, pero no pudo. Antes siquiera de poder proferir sonido alguno, se le formó un nudo de acero en la garganta y su voz, habitualmente firme y segura, murió antes de nacer. El silencio se extendió sobre ellos y a su alrededor, pesado y asfixiante, ligero y quebradizo como el cristal. Transcurrieron los segundos y éstos se transformaron en minutos; el Caballero de Capricornio se vio en la necesidad de cerrar los ojos por un momento para evitar desviarse hacia Phoebe. Desde su lado era estúpido, era irracional, era previsible y era, sobre todo, lo justo y necesario, lo inevitable y algo que no debería producirle ni sorpresa ni dolor. Se encontraba, entonces, frente a algo que era incapaz de resolver. Él mismo había apartado a la Amazona de Sagitario de su camino tantas veces como oportunidades tuvo de hacerlo, así como le había dado la espalda definitivamente al de ella. Entonces, ¿por qué después de tantos años había sentido verdaderas ganas de hacer algo tan poco propio de él como felicitarla? ¿Por qué, sobre todo, no era hasta ese momento que veía la verdadera cara del título que con tantos honores le habían otorgado?

—En absoluto. —Un susurro apenas audible, impregnado de un dolor sin precedentes. Sophia se puso de pie y, tras dar media vuelta, bajó las escalinatas que conducían al trono y abandonó la sala sin pronunciar ni una palabra más. Phoebe intentó alcanzarla, pero ella la detuvo con un gesto antes incluso de que lograra abandonar la tarima—. No. Quédate.

—Athena... —pero ella ya se había ido.

La mayor sólo atinó a quedarse de pie en su lugar, desorientada. Pensó en desobedecer su orden e ir tras ella de todas formas, pero un mínimo movimiento del Caballero de Capricornio le recordó su presencia y le recordó, también, que se suponía que ningún santo de ninguna orden podía permanecer allí solo. Volteó hacia él con una orden en la punta de la lengua, pero calló al verlo. Sin el casco y con una levísima expresión de algo parecido al cansancio se le hacía terriblemente familiar; sus ojos fijos en la alfombra, probablemente negándose a mirarla directamente, le provocaron una fuerte sensación de nostalgia que no supo cómo interpretar.

—Aitor.

Él alzó la cabeza y ella intentó transmitirle algo de todo lo que le provocaba aquella situación, aunque fuera una parte, pero desistió al notar que los ojos de su compañero parecían oscurecerse y que volteaba el rostro hacia un lado como si no soportara mantener el contacto visual. Estaba a punto de preguntar qué era lo que pasaba cuando su voz rompió el silencio.

—No voy a mirar la máscara como si te viera a ti —dijo simplemente, dándole la espalda y colocando el casco de Capricornio en su lugar, sobre su cabello aún húmedo de lluvia—. Con permiso, su Santidad.

— ¡Aitor! —Phoebe bajó las escaleras y casi corrió hasta donde estaba él, deteniéndose a un par de metros de distancia. Extendió la mano hacia delante, sintiéndose de pronto ridículamente temerosa de acercarse, de rozarlo—. Yo... —Dejó caer el brazo, deslizó la máscara hacia abajo para quitársela—. Lo siento.

—No hay nada que sentir —replicó—. Como te dije, sé que lo harás bien. —Volteó, trabó su mirada con la de ella. Un brillo mezcla de tristeza y otra cosa que no supo cómo definir iluminaba sus ojos negros pese a que, de alguna forma, lucían apagados. Phoebe se quitó también el casco, sin romper el contacto visual y respirando hondo para reforzar su postura, tanto la física como la mental. Pero cuando iba a hablar, Aitor la cortó—: Estoy orgulloso de ti.

La mayor clavó sus penetrantes irises en él, indagando, y por primera vez en lo que parecía mucho tiempo, Aitor sonrió levemente. Se acercó a ella, rozó sus labios con los propios; depositó un casto beso en su frente y luego, volviendo a su habitual expresión neutra, colocó la máscara en su lugar.

Y se fue.

...

—Entonces, Lievin. —Sophia se cruzó de brazos, su ceño un poco fruncido—. ¿Qué sabes sobre Natalia de Argifonte?

La pequeña sala estaba casi a oscuras. El único mueble era una cama sencilla de madera de cedro y sábanas blancas ubicada en una de las cuatro esquinas, sobre la cual Xenia había tomado asiento y recostado a Dharma; su cabeza descansaba sobre el regazo de su compañera, el cabello de oro se derramaba por sus rodillas. No parecía ni despierto ni completamente dormido, como si no lograra o no quisiera conciliar el sueño pero tampoco tuviera fuerzas suficientes como para sostenerse erguido por sí mismo o como para mantener sus ojos abiertos. La Amazona de Géminis lucía un tanto demacrada, pero aún así le echó una mirada de interés al Caballero de Cáncer.

—Más bien, qué no sé —refunfuñó, reacomodándose en su lugar. Había optado por sentarse en el suelo y con la espalda recargada contra la pared, pero era evidente que no era tan cómodo como se había esforzado por aparentar en un principio. Pasándose una mano por el cabello, le dedicó una mirada de soslayo a su diosa al tiempo que pensaba cuidadosamente cómo responder—. Primero y principal, y como ya dije, debería estar muerta.

—Explícate.

Lievin suspiró.

—No sé qué vino a hacer aquí. Quizás esté ocurriendo lo mismo que en la generación anterior, ¿no? Cuando Hades revivió a algunos de los santos muertos en batalla...

—Lievin —lo interrumpió Sophia—, céntrate.

—Está bien, está bien —murmuró, alzando los brazos y mostrando las palmas de ambas manos como si se rindiera—. No sé hace cuánto tiempo pasó, no tengo el cálculo hecho. Pero fue más o menos por la época en la que Kairos aún parecía humana, cuando tenía alrededor de doce años.

»Desde que llegó al Santuario hasta que la armadura de Acuario la reconoció transcurrieron alrededor de seis o siete años, y cuando finalmente lo hizo, ella ya estaba bastante avanzada en edad con respecto al promedio general. Mientras que la mayoría de nosotros ocupamos nuestros templos alrededor de los siete u ocho años, ella no pisó la Casa de Acuario como amazona hasta después de cumplir los doce. Y no precisamente por falta de habilidad.

— ¿Entonces...?

—Su entrenamiento no fue como el nuestro —replicó—. Nosotros fuimos elegidos y preparados por separado, porque no había posibilidad alguna de que otro ocupara el puesto al que aspirábamos. Con ella fue diferente.

Xenia acarició la frente de Dharma con delicadeza, frunciendo el ceño.

—Ahora que lo dices... tienes razón. Recuerdo que había otra niña con ella, entrenaban juntas.

—Bueno —dijo Lievin, apuntándola con el dedo como si acabara de descubrir algo sensacional—. Esa era Natalia.

Sophia resopló con suavidad, intentando encajar de a una las piezas en el rompecabezas mental que había maquetado para sí misma.

— ¿Eran hermanas? —preguntó centrando su atención en el guardián del cuarto templo, quien lanzó una estrenduosa carcajada y palmeó uno de sus muslos como si fuera lo más gracioso que hubiera escuchado en mucho tiempo—. ¿Qué?

—Eso —dijo entre risas ahogadas— hubiera sido terrible.

—Lievin —le recriminó Xenia, fulminándolo con la mirada—. Compórtate.

—Ya, ya. —El Caballero de Cáncer meneó la cabeza, mutando a una expresión seria otra vez. Xenia rodó los ojos—. El punto es que sí, hubiera sido terrible. Digamos que ambas querían las tres mismas cosas: la armadura de Acuario —enumeró, alzando el dedo índice—, que la otra dejara de interponerse en su camino —alzó el dedo del medio—, y al buen Trevas de Escorpio —finalizó, agitando su pulgar y mirándolo con satisfacción—. De modo que si encima hubiesen competido por ver quién era la favorita de mamá, probablemente la cosa habría adquirido tintes feítos.

—Pero Natalia murió —hizo notar Xenia, arqueando una ceja—. Así que técnicamente, la cosa adquirió tintes «feítos».

Lievin se encogió de hombros.

—No viene al caso, nadie soportaba a Natalia.

—Estás hablando de una vida humana, Lievin de Cáncer. —Phoebe, de pie en el rincón más oscuro de toda la sala y guardando silencio hasta ese momento, se cruzó de brazos en un claro gesto reprobatorio—. Ten un poco más de respeto.

—El que ella no nos tenía.

—Lievin —intervino Xenia, hastiada—. ¿Cuántos años tienes, cuatro?

—Podría ser.

¡Basta! —exclamó Sophia, a punto de perder la paciencia. Ambos santos callaron de inmediato, y ella tuvo que contenerse para no gritar de nuevo o reír—. Sigue, por favor.

Lievin le lanzó una mirada de disgusto infantil a Xenia, casi como si estuviera enfurruñado con ella, para luego cruzarse de piernas al estilo hindú y continuar.

—La cuestión es que estaban empatadas en esas tres cuestiones —contó, encogiéndose de hombros—. Por un lado ambas eran excelentes en el entrenamiento, pero Kairos encajaba más con el prototipo de santos de Acuario; Natalia se dejaba llevar mucho por sus emociones, era muy impulsiva. Y eso me lleva al otro asunto, que es obvio: aunque Trevas se sentía a gusto con ambas y de hecho los tres eran (por separado, claro) buenos amigos, Kairos solía llamarle más la atención por ser la más...

— ¿Incomprensible?

—Por amor a todo lo sagrado, cómo compadezco a Dharma —replicó él, poniendo los ojos en blanco—. En fin, como que Kairos se le hacía más interesante pero, después de todo, Natalia era muy parecida a él. De modo que, obviamente, ella siempre terminaba pasando más tiempo con él. Digamos que lo arrastraba y él era como una polilla jugando con fuego.

— ¿Estás sugiriendo que Natalia murió por una crisis pasional? —inquirió Sophia, escéptica.

—No, no. —Lievin había recuperado su expresión seria—. Sólo cuento las cosas como fueron, y ese fue un factor que contribuyó.

—Comprendo. Continúa, entonces.

—Con el tiempo, Kairos se fue quedando cada vez más sola. El grupo compacto que habíamos formado ella, Trevas y yo se había disuelto ni bien llegó Natalia al Santuario, así que evidentemente no era tan compacto. El año anterior a que ella ganara su armadura y durante aquellos últimos doce meses de entrenamiento yo era el único que iba a visitarla, y ni siquiera lo hacía muy seguido porque su maestro creía que andábamos en algo raro —comentó, esbozando una mueca irónica al recordarlo—. Yo pensé que lo sobrellevaba bien, pero el último día de entrenamiento cambié de opinión.

»Se decidió que el conflicto entre ambas sería resuelto por combate. La ganadora ocuparía la Casa de Acuario y la que mordiera el polvo, sería relegada a las Amazonas de Plata para seguir con su vida. Hasta allí todo iba más o menos bien, la tensión entre ambas no había crecido demasiado y parecían tranquilas y confiadas en salir de aquella batalla campal de una pieza y portando la armadura de Acuario. El problema comenzó cuando Kairos oyó por casualidad una conversación entre su maestro y Natalia. Al parecer el viejo le aseguraba que ella ganaría y que estaba muy orgulloso de ella, que era hora de romper con el estereotipo frío de los guardianes del onceavo templo, bla, bla, bla. Cuando llegó al Coliseo lucía más inexpresiva de lo habitual y me dio mala espina, así que llamé a Trevas y ambos nos acercamos a ella a desearle buena suerte. Incluso le pedimos que hiciera lo de los copitos de nieve —agregó, sonriendo con nostalgia, y todos los demás intercambiaron miradas. Lievin suspiró—. Era algo que hacíamos cuando aún no nos habíamos separado.

—Hablas como si hubieran sido un matrimonio.

—Oh no, era mucho mejor que eso —afirmó él—. Lo de los copitos de nieve surgió el día que Kairos aprendió a crearla a partir del aire, sin necesidad de recurrir a una fuente de hielo o agua. Recuerdo que nos metió nieve hasta por... —Phoebe carraspeó y él se interrumpió, asintiendo como un niño regañado que comprende que se ha extralimitado—. Bueno, era como un pequeño ritual que teníamos. Una especie de código. Nuestra intención era sacarle al menos una sonrisa, pero no lo logramos; al contrario, diría que más bien hicimos que se forrara de otra capita de hielo. Aunque pensándolo bien, tal vez fue eso lo que la ayudó a ganar el combate.

—Así que lo ganó —comentó Sophia, frunciendo el ceño—. ¿Pero por qué murió Natalia? No están permitidas las luchas a muerte dentro del Santuario, y mucho menos como instancia eliminatoria para ganar una armadura...

—A no ser que uno de los dos juegue sucio —argumentó Xenia, enredando sus dedos en el cabello de Dharma y con la mirada fija en su perfil—. En ese caso, es válido. Es una cuestión de honor.

—Eso fue precisamente lo que Natalia hizo. —Lievin dejó caer su cabeza hacia delante, relajando el cuello y dejando que su cráneo pesara, motivo por el cual su voz se oyó un tanto extraña cuando continuó con su relato—. Probablemente estuviera medio ida o furiosa por habernos visto a los tres juntos, así que cuando el combate pasó a ser una cosa de cuerpo a cuerpo, sacó una daga de quién sabe dónde y la enterró en el cuerpo de Kairos, cerca del pecho. —Sophia reprimió una mueca de dolor—. El problema no fue la daga en sí, sino que estaba envenenada y, conforme el combate fue avanzando, Kairos comenzó a perder estabilidad y lucidez. Trevas y yo quisimos intervenir e incluso exigimos que se declarara falto de validez, que se detuviera, pero no nos hicieron caso. Cuando creíamos que moriría, la maldita elevó su cosmos y atacó a Natalia. Una sola vez, pero fue suficiente para arrancarle la vida.

— ¿Por qué "la maldita"? —cuestionó Xenia—. Es admirable.

— ¡Justamente por eso! ¿Cuántos de nosotros habríamos podido soportar siete puñaladas envenenadas y en el último segundo elevar la energía a un nivel suficiente como para asesinar a alguien? —Meneó la cabeza, como si aún después de todo ese tiempo le costara creerlo—. Mi respeto hacia ella no es precisamente por su indiferencia. La conozco.

— ¿Cómo salió de esa situación? —preguntó Phoebe con curiosidad.

—Trevas —respondió Lievin con simpleza—. El veneno era tan fuerte que sólo otro veneno podía anularlo, porque la suma de todas las fuerzas es igual a cero... o algo así me dijo él en aquella ocasión, no estoy seguro. ¿Era eso o...? Bueno, era algo así. El punto es que Trevas le aplicó las Agujas Escarlatas en cada una de las heridas, y aunque luego de eso Kairos pasó alrededor de una semana en cama y con fiebre altísima, sobrevivió. —El Caballero de Cáncer alzó la cabeza, sonrió con algo que bien habría podido leerse como orgullo—. Y durante el combate, Kairos pudo mantenerse de pie precisamente por el truco de la nieve: cristalizó su sangre. Luchó durante unos cuantos minutos con el corazón prácticamente paralizado, y sólo regularizó su flujo sanguíneo para elevar su cosmos.

—Lo tenía todo fríamente calculado —ironizó Xenia, pero a pesar del tono de burla, daba la impresión de que hablaba en serio.

Finalmente, un silencio para nada desagradable se extendió entre ellos. Sophia se asomó a la pequeña ventana que había en aquel lugar para ver el reloj de la torre: el fuego en Virgo se había apagado, y el de Libra parpadeaba de una forma que indicaba que no le quedaba más de media hora de vida. La guerra estaba cerca, demasiado cerca. Pero, mirando de nuevo a los santos de Cáncer, Virgo y Géminis, e incluso a quien en ese momento ocupaba el lugar del Patriarca, quiso darles un momento más de paz. De modo que dio media vuelta para irse, báculo en mano.

—Gracias, Lievin —dijo, sonriendo—. Quédense aquí hasta que el fuego de Escorpio se apague.

—Pero, Athena...

—Quiero que descansen —insistió ella, firme—. Es una orden.

Les dio la espalda y abandonó la sala, con el susurro de su vestido contra el suelo y su sombra como única compañía. Debería afrontar el siguiente paso en soledad, pero el saber que al menos ellos cuatro permanecerían a salvo un par de horas más la hacía... feliz.

La diosa de la sabiduría anda sola.