Capítulo 6

—Hey, vamos. Arriba.

Arion pareció removerse un poco sobre sí mismo, pero Deyanira no estaba completamente segura. También se encontró con una interrogante que nunca se había planteado hasta ese momento: ¿cómo se despertaba a un niño? ¿Había algún método que fuera mejor que los demás? ¿Debía hacerlo con suavidad por el simple hecho de que se trataba de un mocoso de apenas diez años, o con brusquedad, como si estuviera en un ejército? Porque técnicamente se estaba preparando para ser un guerrero, y tal vez sería conveniente que aprendiera a aguantar...

Deyanira se cruzó de brazos, repentinamente conflictuada. Su problema no era cómo despertarlo en sí, sino la connotación que tendría una forma u otra de hacerlo. No quería que se acostubrara al buen trato porque de un modo u otro terminaría sufriendo y no tenía ni la más minima intención de adoptar el rol de hermana mayor; pero tampoco quería ser demasiado brusca con él porque podría recluirse en sí mismo y eso tampoco sería bueno, bajo ningún punto de vista. Resoplando en un claro gesto de frustración, terminó tomando una almohada y aporreándolo con ella.

Oh, sí. Deyanira estaba orgullosa de ella misma.

— ¡Hey! ¿Qué...? —Arion alzó ambas manos para protegerse el rostro, encogiendo sus piernas hacia el pecho para hacerse un ovillo; apenas había terminado de despegar los párpados cuando la Amazona de Leo se apartó con algo parecido a la reprobación escrito en sus ojos, dándole el tiempo y el espacio suficientes como para procesar la situación y terminar de espabilarse. Arion parpadeó y se frotó los ojos con fuerza, viéndose agitado y sorprendido—. ¿Deyanira?

—No, en realidad soy su fantasma —replicó, molesta—. Arion, tienes que aprender a despertarte en guardia. El sueño debe ser ligero, no así —dijo, apuntándolo con un dedo— de pesado. El día que portes la armadura de Leo te despertarán con algo un tanto más pesado que una almohada. ¿O pretendes quedarte durmiendo mientras todos los demás entran en batalla?

—De todas formas —aventuró él, mirándola con sus ojos verdes muy abiertos—, aún falta mucho para eso, ¿o no?

Deyanira apartó la mirada de su pequeña figura y la dirigió hacia la única ventana que había en aquella habitación, desde la cual era capaz de ver la torre de piedra. Las llamas continuaban apagándose, el tiempo seguía corriendo y ella aún no tenía muy en claro qué era lo que estaban esperando... y mucho menos qué ocurriría cuando el fuego de Piscis expirara y el reloj completo quedara a oscuras otra vez. Todos y cada uno de ellos percibían la amenaza, sí, pero eran incapaces de ponerle nombre y esa era, justamente, la principal preocupación de todos y cada uno de los santos que habitaban en el Santuario. Hacía tiempo que no veía a ningún caballero o amazona de los rangos inferiores por allí, por la zona de las Doce Casas, y se preguntó qué estarían haciendo en ese momento. La orden encubierta de Phoebe de Sagitario le había llegado incluso a ella, motivo por el cual estaba al corriente de que tanto los santos de bronce como los de plata permanecerían defendiendo el perímetro, así como que Alen de Piscis había sido enviado al pueblo y que todos los demás dorados debían permanecer en sus templos. En su opinión era una desición arriesgada, pero confiaba en que Phoebe supiera lo que hacía.

—Si te soy sincera, no lo sé. Llegaste en un mal momento —contestó. Demasiado tarde se dio cuenta de que su respuesta no había sonado muy bien; Arion apretó los labios juntos y clavó la mirada en el suelo. Estaba por decirle algo, lo que fuera, cuando él volvió a alzar la cabeza con el único objetivo de dedicarle una mirada más firme de lo que jamás habría esperado de un niño de su edad. Claro que ella a los diez años ya le hacía honor a su nombre, pero esa era otra historia—. Lo siento, pero es cierto. Mira —Deyanira apuntó hacia el cielo, pegando la yema de su dedo índice al cristal—, hace alrededor de una hora paró de llover y ya se está gestando otra tormenta. —Arion siguió su mirada, examinó el cielo con ojos brillantes—. Ésta no es como la anterior —murmuró.

— ¿Pero qué tiene que ver la tormenta con mi llegada al Santuario? —preguntó él, frunciendo el ceño.

—Preguntaste si faltaba mucho, si transcurriría un buen rato hasta que tuvieras que portar la armadura de Leo —explicó ella—. Ésta es mi respuesta: llegaste en un mal momento. —Como Arion seguía mirándola como si estuviera perdido, suspiró y aclaró—: Esto no es sólo lluvia, ¿sabes? Es más bien el efecto colateral de algo mucho más grande, algo que probablemente terminará estallándonos en las narices. Con suerte, habrá una batalla...

— ¿Cómo que "con suerte"? —inquirió él, luciendo algo alarmado.

—Sí, con suerte. Si las cosas están a nuestro favor, tendremos la oportunidad de luchar; la opción restante es que nos ataquen tan rápido que no tengamos tiempo de hacer nada —replicó, mirándolo de reojo—. Siempre, absolutamente siempre, es mejor presentar batalla, Arion. ¿Lo entiendes?

El niño asintió, provocando que un par de mechones ondulados rebotaran contra la parte alta de su cuello. Parecía más pequeño de lo que en realidad era y Deyanira se vio obligada a desviar la mirada hacia la ventana, reprimiendo las ganas de ponerlo a dormir o, por el contrario, de sacarlo a entrenar. Su intención era prepararlo lo mejor que pudiera, tanto física como mentalmente, para que tuviera la oportunidad de percibir su vida en la orden dorada como un honor, y no como una condena.

—Pero tú sobrevivirás —dijo entonces, rompiendo el silencio y con tal determinación que la Amazona de Leo lo miró por sobre el hombro—. Sé que lo harás.

—Eso no puedes decirlo tú —le hizo notar ella, sonriendo de lado—. Pero gracias por la confianza.

—De nada —respondió, serio.

Deyanira le frunció el ceño al suelo, agachando la cabeza y con la mente lejos, muy lejos de allí. Su mirada se empañó, perdida en algún punto invisible.

Y era una niña, y su maestro la había rebautizado. Su maestro estaba orgulloso de ella. No tenía consciencia del bien y del mal pero él la aprobaba, así que debía ser lo correcto; su maestro, su tutor, su padre. Aquel que la castigaba y le daba cariño por igual, que la guiaba y luego le soltaba la mano para que aprendiera a encontrar el camino por sí misma. Aquel a quien le había salvado la vida, porque nadie debía tocarlo.

«Deyanira», le dijo.

La matadora de hombres; la vencedora de héroes.

Ella nunca había sido pequeña en realidad.

—Tengo que salir —dijo entonces, sus ojos leoninos resplandeciendo en la oscuridad—. Quédate aquí y duerme, siempre y cuando sepas cuándo despertar.

Arion estaba a punto de preguntarle a qué se refería, pero la Amazona de Leo no le dio tiempo suficiente. Simplemente volteó y salió de la habitación con paso firme y la barbilla alzada, con el porte de quien tiene más orgullo que cualquier otra cosa a la hora de entrar en batalla. El niño la vio partir en completo silencio, y una vez que se marchó, abandonó su cama con lentitud y fue a buscar su ropa de entrenamiento.

Y fuera de Leo, Deyanira frunció el ceño. Su vientre bajo ardía de una forma... extraña, interna. Por un momento tuvo verdaderas ganas de quitarse la armadura para frotarse la zona adolorida y darse calor, pensando que tal vez hubiera hecho un mal movimiento y sus músculos hubieran reaccionado mal, pero descartó la idea ni bien tomó forma en su mente. Conforme fue bajando las escaleras que conducían a Cáncer, una punzada aguda y recurrente comenzó a atacarla en la parte posterior de la cabeza, cerca del punto donde sus vértebras cervicales se unían a su cráneo; y llevaba años entrenando su cuerpo y acostumbrándolo a soportar las situaciones más difíciles, pero aún así la simple acción de contraer y estirar sus piernas para avanzar a lo largo de las escalinatas le produjo una especie de agarrotamiento en la parte interna de sus muslos, en los abductores.

Resopló, contrariada, pero decidió no darle demasiada importancia al asunto.

De las cuatro primeras Casas, sólo Tauro estaba ocupada. Said la recibió con su perpetua expresión serena y portando su armadura, de pie en la entrada trasera y de brazos cruzados. El casco a un lado, el cabello corto pero no tanto, los ojos serios pero amables. Deyanira se preguntó en aquel momento si, en cierto punto, no sería el único digno de integrar la orden dorada. Y en seguida meneó la cabeza con brusquedad, atontada.

¿En qué estaba pensando? Y aún más, ¿de dónde salía aquella pregunta?

De pronto tuvo la sensación de que alguien aporreaba la parte posterior de su cráneo con un martillo, con una fuerza descomunal y una saña que no llegó a comprender. Su visión se tornó borrosa y parpadeó con fuerza para no perder el eje, para recuperar la claridad.

En serio, ¿qué estaba...?

—Deyanira, ¿te encuentras bien? —preguntó una voz cerca de ella, muy cerca; tanto que...

La Amazona de Leo alzó las palmas y empujó hacia fuera, lejos de ella y de su espacio personal. No fue hasta que sus rodillas chocaron contra el suelo de mármol que comprendió que aquellas ya habían cedido antes, y que lo que había impedido en un principio que se desplomara era, justamente, lo que ella había apartado de sí: el guardián de la Casa de Tauro. Said la miraba con preocupación desde toda su altura, con una mano extendida hacia ella como si dudara de si era lo correcto o no. Deyanira sólo atinó a quedarse mirándola; sólo después de unos cuantos segundos de tenso silencio se decidió a tomarla, más como un gesto de disculpa que cualquier otra cosa; era evidente que no necesitaba ayuda para ponerse de pie, pero la expresión dubitativa del guerrero la había hecho sentir culpable.

—Perfectamente —murmuró, soltando su mano y mirando a su alrededor. Tenía el cuello terriblemente tenso y sentía la angustia subiéndole como bilis por la garganta, pero lo más frustrante de todo era que no lograba comprender el por qué. De un momento a otro tenía la sensación de estar a la deriva en medio de un océano enfurecido, siendo arrastrada por constantes olas y golpeada contra el agua misma, o piedras; ni siquiera estaba muy segura. Y lo peor, era consciente de que estaba como desdoblada sobre sí misma, o disociada, o...—. ¿Me permites pasar por tu Casa?

Said pareció dudar una vez más, pero finalmente asintió en silencio, solemne, y se hizo a un lado.

Deyanira casi corrió fuera del templo.

...

Xenia llevaba horas sentada en el colchón más incómodo que había usado jamás, tenía la espalda rígida por haber estado recargando todo su peso en ese punto y contra la pared, y hacía rato que se le habían entumecido las piernas, pues no estaban acostumbradas a oficiar de almohada durante tanto tiempo. Se removió un poco, incómoda, y maldijo para sus adentros cuando sintió al Caballero de Virgo moverse levemente.

—Deberías dormir —susurró Dharma tras un minuto o dos, intentando incorporarse.

Xenia posó una de sus manos en el medio de su pecho y lo empujó hacia abajo.

—Cállate y duerme.

—Xenia, déjame sentarme —pidió él, reuniendo paciencia.

—Dije que duermas.

—Y yo dije que quiero sentarme.

—No los soporto, a ninguno de los dos —refunfuñó Lievin, perdido en alguna esquina de la habitación a oscuras—. Y eso que acaban de despertarse.

—Mi culpa —admitió Xenia, molesta consigo misma. Apartó unos cuantos mechones del rostro de Dharma, rozó su frente con los nudillos para controlar que no tuviera fiebre—. Vuelve a dormir, por favor —exhaló, haciendo un esfuerzo consciente por disimular el cansancio que se filtraba en su voz y dejándose caer contra la pared otra vez, resignada.

Dharma pareció considerarlo durante un milagroso segundo, pero finalmente se encogió de hombros, sonrió de medio lado y apartó la mano de la mayor con gentileza para hacer exactamente lo que ella no quería que hiciera. La habitación estaba a oscuras y por tanto era lógicamente imposible que él se enterara de que Xenia estaba fulminándolo con la mirada, pero ella estaba casi segura de que de todas formas, él era muy consciente de ello. Dharma intentó moverse para sentarse a su lado pero, aunque intentó reprimirlo, la Amazona de Géminis fue perfectamente capaz de oír el gruñido de dolor que profirió al hacer palanca con sus brazos para incorporarse. Consideró echarlo a patadas por cabezota, pero terminó optando por empujarlo contra el colchón. Otra vez.

—Jugando con Virgo en la cama de Athena —se burló Lievin, de pie junto a la pequeña ventana y de cara al reloj de la torre—. Eso es mucho hasta para ti, Géminis.

—Los Géminis hemos hecho cosas peores —replicó Xenia, rodeando a Dharma con un brazo para mantenerlo quieto—. No me provoques.

—Es mucha información incluso para mí —dictaminó, dándoles la espalda y dirigiéndose hacia la puerta—, pero confío en que sabes lo que haces.

—Siempre sé lo que hago.

—Es prudente desconfiar de los gemelos...

—Son los cangrejos los que caminan de costado o hacia atrás —hizo notar ella, con sorna. Lievin se carcajeó una sola vez antes de abandonar el pequeño cuarto y cerrar la puerta tras sí; el chasquido que produjo la hoja al encajar en su marco resonó de una manera extraña en el espacio vacío y oscuro. Tuvo que pasar una buena media hora hasta que Xenia se aventuró a susurrar una sola frase, al aire y con la intención de que simplemente quedara flotando entre esas cuatro paredes, para que nunca vieran la luz del sol—. Ya es hora.

—No —respondió Dharma con suavidad, extendiendo los brazos para rodearla por la cintura. Su mejlla aún descansaba sobre su regazo, el peso de su cabeza sobre sus piernas; la respiración lenta y profunda, el pecho subiendo y bajando con parsimonia—. Faltan unas horas aún; el fuego en Escorpio no se ha apagado aún.

—Pero cuando lo haga...

Dharma reunió fuerzas de donde ya no tenía para incorporarse durante unos segundos. Las esmeraldas de Xenia brillaban a causa del reflejo de una de las débiles antorchas en una de las esquinas de la habitación, y se concentró en transmitirle toda la firmeza que fue capaz de proyectar, esperando que fuera capaz de notarlo pese a la penumbra.

—Cuando lo haga, aún quedarán cuatro horas por delante —contestó, dejando caer la cabeza en su regazo nuevamente.

Xenia volvió a jugar con su cabello, enredando finos mechones de oro entre sus dedos y presionando sus labios juntos, reacia a dejar el asunto así como así.

—Sophia no tiene por qué pagar lo que...

—No, pero Athena debe volver —murmuró Dharma, zanjando el asunto.

La Amazona de Géminis suspiró. Reacomodándose en su lugar, se dobló sobre sí misma hasta lograr apoyar su frente contra la mejilla del hindú, respirando pausadamente y preguntándose qué pasaría si ella introducía una variable a la ecuación. ¿Qué tan mal podría salir? El margen de error sería muy grande, tal vez demasiado, pero quizás valiera la pena intentarlo. No por ella, no por Athena, ni siquiera por su compañero del sexto templo: lisa y llanamente, por Sophia. Pero también había otra cuestión: si hacía las cosas a su manera, cabía la gran posibilidad de que Dharma no sólo muriera, sino de que su alma se fusionara de una vez por todas con... Y no, tal vez no debiera permitirlo.

Porque podía vivir y morir con el título de «traidora», pero jamás sería capaz de herir a los suyos, de herirlo a él.

No obstante, no por ello deshechó la idea de enfocar el asunto de otra manera. No le convencía el plan oficial, no estaba de acuerdo y no creía que alguna vez pudiera estarlo. Rebelarse no era una opción porque no era estúpida y sabía que la guerra estaba a punto de comenzar, y el paso que debían dar era necesario no sólo para su propia salvación, sino para la de toda la Tierra; pero no podía, simplemente no podía seguir las instrucciones que le habían dado. El Patriarca había comenzado un juego que ahora ellos debían detener. Y Xenia tenía la horrible sensación de ser sólo un peón en un tablero de ajedrez.

Un peón que, por si fuera poco, era terriblemente destructivo.

Las soluciones a un problema siempre son al menos tres, o cuatro. Un extremo; el otro; avanzar en línea recta; volver. Y ella se sentía en la obligación de hallar una quinta variable. Tal vez no lo lograra en ese preciso momento, pero aunque fuera en el último segundo, lo haría. No se sentía capaz de obedecer órdenes con las que no estaba de acuerdo y eso, encontrar la respuesta que buscaba justo en el instante crucial, le serviría de todas formas. Xenia cerró los ojos.

Que el cielo la perdonara, pero optaría por esa última opción; aquella que se le escapaba.

Pasara lo que pasara.

...

En el límite del Santuario, pasando la Casa de Aries y yendo aún más allá, a través del Coliseo y los campos de entrenamiento, Deyanira alzó la barbilla y su mirada se perdió en el cielo encapotado. Nubes espesas, densas y de un color gris oscuro con reflejos plateados cubrían las estrellas y conferían a la bóveda celeste un aspecto que, personalmente, a ella le ponía los pelos de punta. Había algo extraño en aquella tormenta y podía decirlo aunque aún no se hubiera desatado. Daba la impresión de que, más que ser un fenómeno climatológico, era un efecto colateral de algo mucho más grande.

Frunciendo el ceño, siguió su camino hasta la primera línea defensiva. Unos cuantos santos de plata protegían la entrada principal al Santuario, y contrariamente a lo que la Amazona de Leo había llegado a imaginar, era una armadura de bronce la que veía al frente de aquel pelotón. Curiosa, se acercó a ella sorteando escombros y columnas derrumbadas, apartando unos cuandos Caballeros de Plata en su camino.

Y mientras tanto, Chelsea de Andrómeda se preguntaba por qué, siendo que ella era de la orden de bronce, estaba al frente de aquel grupo de defensa. Porque sí, lo de sacrificarse y todo eso estaba muy bien y era un bonita leyenda, pero estaba a casi nada de quedar absolutamente convencida de que ya tenía la ecuación Santuario formada. Recordaba un dato importante de sus clases de matemáticas normales: todo número multiplicado por cero era igual a cero.

Bueno, los dorados eran claramente el cero.

Miró por sobre su hombro derecho a la línea defensiva, todas armaduras de plata. Segundo rango en importancia y mantenían su cosmos apagado para que "no se les gastara".

Más ceros.

O ceros a la izquierda. Daba igual, seguían siendo inútiles.

—Así que finalmente alguien consiguió la armadura de Andrómeda. —Chelsea volteó hacia la voz y arqueó levemente una ceja al ver que se trataba de una Amazona de Oro, ni más, ni menos—. Oí rumores de que todos quedaban a medio camino.

No sabía muy bien qué contestar —mentira, ella siempre tenía algo para decir—, ni si hacerlo. La había tomado por sorpresa la presencia de un santo de la orden que protegía las Doce Casas allí, en la primera línea. Se suponía que no corría ningún peligro, pero aún así... bueno, digamos que tampoco había aparecido ninguno de sus compañeros por allí.

—Exacto, todos —replicó ella, evaluando las piezas doradas con cierto recelo—. No todas.

—Evidentemente —contestó la mayor, dedicándoles una mirada no muy agradable a los santos de Plata del fondo. Instantáneamente, a Chelsea le cayó un poco mejor—. ¿Qué haces al frente?

Chelsea movió los dedos en el aire, sus brazos relajados a los costados de su cuerpo; las cadenas tintinearon suavemente y pudo ver, por el rabillo del ojo, que la Amazona de Leo esbozaba una sonrisa de medio lado.

—Fue la orden que recibí.

— ¿Quién te la dio?, ¿Phoebe? —Chelsea apartó un mechón rubio de su propio rostro, resopló suavemente al tiempo que le dirigía una mirada de confusión, y Deyanira aclaró—: Ocupa el puesto del Patriarca temporalmente, hasta que él...

—Entonces es la Matriarca —replicó—, no el reemplazo de alguien.

La joven griega calló, fundamentalmente porque acababa de comprender que la santa de bronce llevaba razón en ese punto.

Chelsea era aún más baja que ella misma, de contextura física menuda y manos increíblemente delicadas. El cabello rubio tenía cierto tono rojizo, percibible incluso bajo el resplandor plateado y turbio que proyectaba el cielo, y provocaba un extraño contraste con su piel caramelo. Los ojos entrecerrados eran de una tonalidad a medio camino entre el violeta y el azul, y aunque su mirada en sí era reservada, sus irises brillaban con alguna emoción que Deyanira no supo identificar. Podría haber sido determinación, tristeza o alegría. Su aura era cálida pero había cierto peligro implícito en su postura, y ella ya había comprobado que tenía la lengua afilada.

—Suerte en tu misión, entonces —dijo en voz baja, dándole la espalda y alejándose.

—No la más importante, dalo por hecho.

La Amazona de Leo dio media vuelta hacia ella, deteniéndose. La escrutó durante unos cuantos segundos y, finalmente, parpadeó y desvió la mirada.

—Me imagino —se limitó a contestar.

La guardiana del quinto templo zodiacal abandonó el lugar a paso firme. La capa impoluta ondeaba con suavidad tras ella pese a la densidad del aire y a la quietud del ambiente en general, y Chelsea se preguntó hacia dónde se dirigía. Sabía que la había malinterpretado y demasiado tarde reparaba en que su última respuesta había sonado muy arrogante; pero no, por supuesto que ella no se refería a que proteger el Santuario no era importante. Aunque tampoco era lo más importante que había...

Andrómeda suspiró, consciente de que estaba enredándose otra vez. Buscó la torre con la mirada, sintió su cuello tensarse al ver que el fuego en Escorpio parpadeaba cada vez con menos fuerza; sus cadenas volvieron a retorcerse con suavidad, produciendo un chasquido metálico que, aunque no le infundió tranquilidad, al menos le hizo ver que no estaba sola. Su mayor deseo en aquel momento era que aquella mujer, Phoebe, la Matriarca, supiera lo que hacía; por alguna razón confiaba en ella pese a no conocerla y esperaba, de todo corazón, que su estrategia funcionara. Pero eso no significaba que no estuviera en su derecho de preocuparse.

Un rayo tiñó el cielo y la faz de la Tierra de un blanco espectral durante un par de segundos, y acto seguido, un trueno hizo retumbar el suelo. Sabía lo que venía, por supuesto, y también suponía el por qué de la cuenta regresiva que llevaba el reloj.

La guerra santa, Athena, Hades.

Los dioses gemelos.

Las cadenas de Andrómeda adquirieron un resplandor rojizo, como hierro incandescente, y Chelsea tomó aire. ¿Faltaría mucho? ¿Debía esperar, o adelantarse? Lo último que querría sería, precisamente, fallar por fallar. La tarea que le habían encomendado no sería fácil de cumplir, pero tampoco imposible. Tal vez debería...

Perdida en sus cavilaciones no notó cuando la tierra se cubrió de una finísima capa de escarcha. Sólo parpadeó para despejar su mente una vez que notó que el aire no sólo se había enfriado unos cuantos grados, sino que también el aire en sí, inmóvil y pesado hasta hacía apenas unos minutos, había mutado en un vendaval que poco a poco crecieron en intensidad. Alzó uno de sus manos para protegerse el rostro del viento gélido, tan brutal que parecía quemarle la piel. Alzó su cosmos y lo proyectó hacia adelante, buscando inmunizarse contra el frío y, también, intentando sondear así el espacio frente a ella en busca del origen de todo aquel movimiento repentino. Luego de unos segundos comprendió que era inútil: parecía no haber sido provocado por nada ni por nadie. A no ser que fuera alguien que no...

Chelsea adoptó una postura defensiva. El aire mismo parecía borroso y pronto comenzó a volar algo de nieve, pero fue perfectamente capaz de notar que una figura se acercaba a ellos desde el sur. Por la manera de andar parecía ser una mujer, pero su cuerpo tenía una forma extraña.

—Tiene una armadura —murmuró uno de los Caballeros de Plata a sus espaldas.

Y en efecto, daba esa impresión. Pero eso era imposible... ¿no?

La mujer se detuvo a unos diez o quince metros, y Chelsea reprimió un escalofrío involuntario al ver que sus párpados estaban sellados y sus labios, lastimados. La palidez espectral de su piel parecía ir a juego con su cabello turquesa claro, y su cuerpo...

—Es la armadura de Acuario —susurró, dando un paso al frente para acercarse a ella. Si portaba una armadura no debía ser una enemiga, o eso supuso; cuando estuvo a unos cinco metros de distancia, Andrómeda hizo un esfuerzo para hacerse oír a pesar del viento—. Eres la Amazona de Acuario, ¿cierto?

Entonces reparó en que el oro estaba manchado de sangre.

Chelsea recordó uno de los cuentos que solía contarle su padre cuando iban de campamento al bosque para asustarla o prevenirla, nunca lo supo; uno que hablaba sobre criaturas así de arruinadas, así de corrompidas, con una belleza indudable pero espectral e, incluso, siniestra. La memoria cobró fuerza cuando la joven abrió los ojos. Quizá en algún momento hubieran sido bonitos, pero aunque no presentaban el típico aspecto lechoso de las personas ciegas, era evidente que ella lo estaba; parecían haber sido cubiertos por un velo o, mejor, por hielo. La mirada vacía, el rictus neutral. Inexpresivo.

Muerta en vida.

Chelsea de Andrómeda retrocedió un par de pasos, incrementando la fuerza de su cosmos y preparándose para atacar y cumplir con la orden que le habían dado: defender al Santuario de enemigos.

Incluso si esos enemigos habían estado, alguna vez, en su mismo lugar.