Capítulo 7
Alen frunció el ceño cuando un copo de nieve le rozó la punta de la nariz. Alzó la vista al cielo, de un gris plomizo y menos turbio de como lo había notado unos minutos atrás; casi al instante sus ojos claros se desviaron hacia la punta de la torre de piedra, allí donde el reloj que contabilizaba el tiempo que quedaba hasta el desastre permanecía incorruprible a pesar de la nevada y del viento. Mientras observaba, el fuego de Escorpio se apagó con un último parpadeo.
El Caballero de Piscis acomodó la capucha de su capa sobre su cabeza, cuidando de que ni un solo mechón de cabello quedara expuesto a la intemperie, y acto seguido cruzó una pierna sobre la otra. Llevaba aproximadamente una hora sentado allí, en el borde de la fuente de piedra de la plaza central, viendo el agua correr y cristalizarse debido al frío. Las calles que se ramificaban hacia afuera a partir de aquel lugar lucían húmedas y frías, no del todo oscuras gracias al resplandor plateado que arrojaba el cielo sobre la tierra. Y vacías. Lo único que se oía era el agua en movimiento y el ocasional crujido de las hojas secas siendo arrastradas por el viento, e incluso aquello le sabía a vacío... y no le daba buena espina, bajo ningún punto de vista. No había un solo rectángulo de luz que indicara la presencia de vida inteligente dentro de las casas, e incluso la pequeña capilla lucía abandonada. Él mismo se había encargado de sumir al pueblo entero en aquel estado de quietud, así que tampoco le sorprendía demasiado.
Se preguntó qué estaría sucediendo en el Santuario mientras él hacía guardia allí. Había visto el cordón defensivo cuando traspasó los límites exteriores, y también se había preocupado... tal vez más de lo estrictamente necesario. En sí, estaba dividido: una parte de él consideraba que enviar un dorado a proteger la población indefensa era un acierto, pues un solo hombre era más que suficiente; pero por otro lado, había un santo de oro menos en las doce Casas. Uno menos, una fuerza menos a la hora de proteger a Athena.
Meneó la cabeza. Su mirada se perdió en algún punto de las angostas calles de piedra, vagó por los tejados de las casas, barrió el cielo una vez más. Creía haber logrado algo parecido al estado de calma que necesitaba en ese momento.
Hasta que oyó un pequeño sonido, como una ramita quebrándose, justo detrás de él.
Quizá otro dorado hubiera considerado todas las teorías posibles acerca de la procedencia del ruido, pero no era su estilo. Elevando su cosmos lo suficiente como para protegerse de una amenaza promedio volteó ciento ochenta grados, provocando un revuelo con su capa y produciendo un sobresalto perceptible en aquel sujeto, el que había quebrado —tal vez accidentalmente, tal vez para hacerse notar— la ramita. Fue eso justamente lo que hizo que Alen frunciera el ceño una milésima de segundo antes de poder ver a su objetivo. Si se tratara de alguien con intenciones hostiles no...
—Alen de Piscis, ¿cierto? —inquirió una voz, con más calma de la que habría esperado. El Caballero del último templo zodiacal arqueó ambas cejas cuando comprendió quién era el recién llegado; deshizo la postura defensiva, guardó la rosa que había preparado y se limitó a observar con cierto asombro. Arion pareció relajarse un tanto, pero su expresión se mantuvo mortalmente seria—. ¿Por qué está aquí?
—Tú eres el discípulo de Deyanira, ¿cierto? —preguntó él a su vez, cruzándose de brazos ante el asentimiento mudo del menor—. No deberías estar aquí.
Arion pareció a punto de replicar, pero lo pensó mejor; airado, resopló por lo bajo y le echó un vistazo furtivo al reloj de la torre, casi como si temiera que en algún momento desapareciera. O peor, como si esperara que ya todas las llamas se hubieran consumido. Finalmente volvió a centrarse en Alen, quien no sabía si la actitud del futuro santo de Leo lo divertía o lo preocupaba.
—Mi maestra desapareció —confesó—. La orden de la Matriarca llegó hasta mí, y...
— ¿Te refieres a la que transmitió a través de su cosmos?
El niño asintió.
—Las órdenes para ella eran quedarse en la Casa de Leo y asegurarse de que yo hiciera lo mimo, pero se fue.
El Caballero de Piscis torció el gesto.
—Así que tú simplemente asumiste que como tu maestra podía desobedecer a la Matriarca, tú también podías. —El aprendiz abrió la boca para contestar, pero el mayor alzó una de sus manos en una señal de alto—. Escucha, Arion. Nada, absolutamente nada te autoriza a incumplir una orden directa. No porque seas un niño —agregó, sabiendo que lo más probable era que lo hubiera malinterpretado—, sino porque te estás preparando para ser un guerrero. Y por más que tengas un rango alto con respecto al resto, desde el momento en el que recibas la armadura de Leo serás un soldado; tanto ante Athena como ante la Matriarca.
—Y un soldado sigue sus órdenes al pie de la letra —murmuró él por lo bajo, aunque sin agachar la cabeza ni dar muestra alguna de sentirse avergonzado—. Eso lo entiendo.
—Entonces no deberías haber salido de tu templo —dictaminó Alen—. Vuelve a la Casa de Leo, Arion. Le avisaré a Chelsea que se adelante y te encuentre en el camino.
Volteó y ladeó la cabeza en dirección a la entrada del Santuario, frunciendo el ceño al notar algo de lo que no se había percatado antes. Desde su posición, anclado al suelo y rodeado de casas —que si bien eran bajas y eran muy pocas las que contaban con un piso adicional— que más bien eran un estorbo para su visión en aquel momento, habría jurado que el aire en la zona de los límites del Santuario no era sólo aire. Había algo más, algo como... ¿nieve? ¿Acaso era posible que nevara en aquel lugar, en esa época del año? Estaba casi completamente seguro de que no.
— ¿Qué hace Kairos de Acuario aquí? —preguntó Arion, con tanta liviandad como si preguntara por el pronóstico meteorológico para el resto de la semana. No lucía sorprendido ni alarmado, y Alen llegó incluso a cuestionarse si estaría al tanto de la desaparición de la amazona del onceavo templo.
—Me encantaría saberlo —murmuró. Intentó comunicarse con quien en algún momento había sido su discípula pero Chelsea no contestó, y una sensación de alarma le puso los nervios de punta cuando sintió que su cosmos había tomado un tinte agresivo, como si estuviera siendo atacada. Pero no podía ir hasta allí, no podía abandonar su puesto...—. Arion, te quedarás conmigo aquí.
—Pero...
—Es una orden.
Alen se alejó un poco de la fuente y una ráfaga de viento gélido le echó la capucha hacia atrás. Sin pensarlo demasiado escogió una casa al azar y trepó hasta el techo, plantándose con firmeza sobre el tejado. La capa que colgaba a sus espaldas pareció cobrar vida propia y comenzó a agitarse violentamente. Se vio obligado a entrecerrar los ojos al escudriñar la lejanía, la zona de entrada al Santuario, e incluso así no logró ver nada que demasiado revelador. Daba la impresión de que había descendido una nube y había cubierto por completo aquella franja, y el terreno estaba completamente oculto tras ella. Su mirada se deslizó hacia arriba, a las tierras más altas, allí donde las doce Casas dibujaban un camino serpenteante hacia la cima, hacia el templo de Athena. Las construcciones en mármol eran pequeños puntos perdidos en medio de un amasijo de rocas impenetrables a primera vista, y percibirlos así sólo logró agravar la sensación de alarma; nuevamente fijó su atención en la entrada, más allá de la Casa de Aries, pero seguía sin poder distinguir nada.
Y en los límites del Santuario, a lo largo y ancho de toda la zona colindante, el terreno se estaba transformando poco a poco en un páramo helado. Los escasos árboles que alcanzaban a verse desde allí, desde el gran arco de entrada, parecían esqueletos negros; vagos trazos de tinta sobre el cielo gris plomo, un despojo de lo que habían sido. La tierra y las briznas de hierba habían quedado sepultadas bajo una capa de hielo cristalizado e incluso la torre del reloj parecía haber cedido ante el frío; la piedra escarchada, el color deslucido. Lo único que aportaba al paisaje un poco de algo de color brillante, eran las pequeñas llamas azul brillante... las que aún quedaban encendidas.
—Deberías irte. —La voz de la Amazona de Acuario cortó el silencio como un cuchillo, vacía pero, incluso así, increíblemente fría. Chelsea se tensó, intentando reprimir un escalofrío y apretando las manos en puños para contener sus cadenas—. Todos deberían irse.
— ¿Y por qué habría de confiar en ti? —siseó Andrómeda, apretando los dientes—. Todos te creíamos muerta, el dios Hades es quien probablemente haya enviado esta tormenta —dijo, echándole un vistazo furtivo al cielo—, y entonces vuelves ¿y nos dices que huyamos?
Kairos ladeó levemente la cabeza, inexpresiva. La nieve comenzó a fusionarse con el viento y los copos fueron adquiriendo mayor tamaño, viéndose más como pequeñas cuchillas que como esferas esponjosas, y Chelsea temió que aquello se transformara en una tormenta de nieve en toda la regla. El aire continuaba enfriándose y parecía arremolinarse en torno a la figura de la joven pálida frente a ella, agitando su cabello y los restos de su capa —que estaba hecha jirones—, dándole todo el aspecto de ser alguien lejano, como inalcanzable en todo sentido. Tal vez una deidad del hielo vengativa, o un fantasma de esos que no han alcanzado el descanso eterno y vagan intentando hacer tanto daño como les sea posible. Chelsea creía en ese tipo de historias; su padre se había encargado de ello.
—Váyanse. Marchen hacia el pueblo, aquí serán completamente inútiles —repitió.
—No.
La Amazona de Acuario permaneció inexpresiva.
—No falta demasiado para que suceda lo que tenga que suceder. El pueblo necesitará protección y no podrán hacer nada aquí. —Una ráfaga de viento arrastró pequeñas agujas de hielo hasta su rostro, pinchándola y, probablemente, haciéndola sangrar—. Son incapaces de detenerlos.
—Alen de Piscis está allí. Un solo dorado es más que suficiente para proteger un área tan pequeña, ¿no? —desafió.
—Váyanse.
—No. La Matriarca Phoebe sabe lo que...
Kairos de Acuario alzó la mirada y Chelsea de Andrómeda calló. Por un momento creyó que finalmente veía su lado humano, un atisbo de sus emociones aunque no fueran otra cosa que violentas; pero no, era más que eso. Más allá, más terrible, más atemorizante. Sus ojos fríos parecieron incendiarse con fuego blanco, una de sus manos viajó hasta su propia clavícula como buscando algo que no alcanzó a ver. El viento cesó y la temperatura detuvo su descenso, y durante un instante en el que nadie se atrevió siquiera a respirar, la guardiana del onceavo templo pareció congelar el tiempo mismo por voluntad propia.
—Phoebe no tiene idea de a quién se enfrentan.
Chelsea notó movimiento a sus espaldas e intentó ordenar al pelotón que no atacara, pero lo siguiente que supo, la siguiente cosa de la que fue plenamente consciente, fue de que una de sus mejillas estaba pegada a la tierra helada, su armadura plegada contra el suelo, su cabello desparramado entre la nieve. Intentó mover una de sus manos para impulsarse hacia arriba y levantarse, pero sus músculos no respondieron. El pulso se le aceleró y tuvo la espantosa sensación de que su corazón había subido hasta su garganta; la parte trasera de su cráneo pareció reaccionar a sus latidos y un agudo hormigueo se apoderó de su lengua. Su primer impulso fue el de buscar con la mirada a la Amazona de Acuario, de confirmar que...
Pero no veía nada.
La desesperación le subió hasta la boca como bilis, ácida. No importaba dónde mirara, el panorama era igual: negro, negro, negro. E incluso esa desesperación comenzó a parecerle lejana, aturdida...
Alen de Piscis notó eso. Apretó sus finos labios juntos, frustrado y aún encaramado en el techo de una de las casas del pueblo, preguntándose qué estaría sucediendo en la primera línea de defensa. Él había querido rodear la frontera con un campo de rosas, pero Chelsea había rechazado de plano el ofrecimiento alegando que, en el mejor de los casos, el resto de los santos se pondrían a vomitar y no podrían luchar; lo cual no dejaba de ser cierto, pues ella era la única —aparte de él, claro— que había crecido rodeada de veneno. Ahora se arrepentía de no haberlo hecho de todas formas.
Volteó el rostro hacia atrás y, de reojo, examinó la plaza desierta. El agua de la fuente ya casi no corría, el viento se había intensificado y volvía a oír el suave crujir de las hojas secas contra el suelo. Pero no había nadie.
Con una sonrisa de lado, llegó a la conclusión de que Arion le caía bien.
...
Las llamas de Sagitario y Capricornio se habían consumido y a la de Acuario no le quedaba más que unos cuantos minutos de vida, pero Arion no se enteró. A las afueras del Santuario y lastimosamente lejos de los límites, el niño se preguntó —y no precisamente por primera vez, pues llevaba cuestionándose la misma cosa hacía casi una hora— por qué estaba allí. Era claro lo que estaba haciendo, sí; era obvio que no debía estar en ese lugar, también; era evidente que tenía que volver a las doce Casas tan rápido como pudiera, por supuesto. Pero cuanto más lo pensaba, cuanto más ponía en tela de juicio la razón que lo había llevado hasta allí, menos lo comprendía y más le dolía la cabeza.
Más concentrado en el por qué que en el qué de la situación, uno de sus pies se enterró hondo en la espesa capa de nieve que cubría la tierra, haciéndole perder el equilibrio y provocándole un punzante dolor en la rótula cuando, en un intento de mantener a su maestra arriba y a salvo de la caída, cayó de lleno sobre la rodilla izquierda. El suplicio se extendió hacia arriba y pareció pegarle unos cuantos martillazos en el muslo, y aunque gruñó en voz baja, trató de mantenerse callado. Una ráfaga de viento helado le echó los rizos hacia atrás y Arion aprovechó para tomar la bocanada de aire más grande de su vida. El cuerpo inerte de Deyanira de Leo aplastaba sus brazos contra la nieve y, aunque la mayor parte de su anatomía estaba, de hecho, recargada contra el suelo, él se negaba rotundamente a liberar sus dos extremidades de debajo del peso muerto. Tenía la impresión de que desaparecería o que alguien se la llevaría si perdía aquel contacto.
Dejó caer la cabeza hacia adelante, exhausto. Demasiado pronto la tela de su pantalón y las mangas de su chaqueta absorbieron la humedad de la nieve, dando toda la pinta de haber sido pasadas por agua. La piel de sus brazos y piernas comenzó a resentir el frío, erizándose y, posteriormente, entumeciéndose; pero aunque intentó ponerse de pie, su rodilla izquierda dictaminó que el peso de su propio cuerpo más el de la Amazona de Leo era demasiado, y volvió a caer.
—Parece que tienes problemas para cargarla.
Arion alzó la vista con rapidez, alarmado, pues no había oído que nadie se acercara. Su corazón se aceleró y una sensación de ansiedad espantosa le retorció el estómago cuando, a su alrededor y sobre él y su maestra, comenzó a nevar otra vez, con suavidad y en un completo silencio. Deyanira solía decirle que no se dejara guiar sólo por el instinto pero, de haber podido, habría seguido aquel impulso primitivo, animal, de huir tan lejos como pudiera.
De pie frente a él, Kairos de Acuario torció sus finos labios en una sonrisa.
...
—Tabatha, presta atención.
La aludida alzó la vista de la lima de uñas que estaba utilizando, mirando a su alrededor con una mezcla de desdén y diversión. Sus ojos claros brillaron con un tinte perverso, y cuando alzó la comisura derecha de su boca para formar una media sonrisa y descruzó las piernas para sentarse como en teoría debía, los diez guardianes restantes se tensaron de una forma ridículamente perceptible.
—Estoy escuchando lo que dicen —aseguró, ladeando la cabeza—. No es mi culpa que ustedes no puedan hacerlo mientras se liman las uñas. O que ni siquiera lo hagan.
—Nunca te callas, ¿cierto? —espetó Claire de Dolios, frunciendo el ceño con evidente molestia. Curiosamente, aunque no era la más poderosa de todos ni la mayor, era la única capaz de mantenerle la mirada y de hablarle como se le diera la gana; y es que la gente tendía a creer que primero debía ganarse el respeto de Tabatha para luego dirigirse hacia ella de forma irreverente sin sufrir daño alguno, pero era justamente al revés. Si Claire había visto eso, no estaba segura. Pero la guardiana de Psicopompo jamás le había puesto un dedo encima precisamente por eso: porque no parecía temerle y le hablaba como a un par, no como si fuera alguien inferior a ella y debiera ser castigada por expresar lo que fuera que le pasara por la cabeza.
—No —respondió simplemente, haciendo la mímica de lanzarle un beso a través del aire. De los trece tronos sólo dos estaban desocupados, y aquello le hizo arquear una ceja; cuadró los hombros y enderezó la espalda, súbitamente interesada en la reunión—. ¿Por qué Él no está...?
—Eso es justamente lo que estamos discutiendo —espetó la guardiana de Dolios, fulminándola con la mirada desde el otro lado del círculo—. Y ya que parece que de pronto quieres integrarte, dinos: ¿has tenido noticias de Natalia?
Tabatha parpadeó, evaluando la situación y examinando minuciosa y mentalmente todas y cada una de sus opciones, como si fuera descubriendo cartas del tarot. Decidió que su posición corporal era muy recta, muy evidente, así que relajó el torso hasta quedar totalmente repantigada contra el respaldo de su trono, en parte para aparentar despreocupación y en parte para ganar unos segundos más. Su dios no le había dado órdenes específicas acerca de cómo debía manejar la información con la que ella contaba. Lo lógico era pensar que, si no había hecho mención alguna a ocultar lo que sabía a sus demás compañeros, era libre de transmitirlo todo.
Sin embargo, había algo que no le daba buena espina.
Atrajo una de sus piernas hacia su pecho y apoyó el codo sobre la rodilla, rozando el dorso de su mano con los labios. Uno por uno, los fue examinando a todos. Jules de Agoreo, Cael de Cileno, el trono vacío de Natalia..., Meera de Acacesio, Claire de Dolios. Ésta última la perforó con sus ojos grises, pero Tabatha hizo caso omiso y trasladó su mirada hacia los siguientes tronos: Saev de Charidotes, Aure de Crióforo, Azhel de Diactoros, Onnel de Erionios, Laer de Enagonio y Lod de Enodios. Se dio cuenta de que conocía sus nombres e incluso sus historias, pero comprendió que no sólo no era conveniente, sino que, de plano, no podía confiar en ninguno de ellos.
Sabía que había demorado demasiado en responder, que se había tomado demasiado tiempo al pensar en una réplica convincente, así que simplemente volvió a esbozar una sonrisa ladeada; a fin de cuentas, ¿qué más daba que comprendieran que ella sabía algo? No era como si alguno de ellos fuera a atreverse a intentar obligarla a hablar.
—Sí, he tenido noticias de ella —contestó, clavando sus esmeraldas en los agudos irises de Claire a propósito, acentuando el gesto burlón tanto como le resultó humanamente posible—. ¿Puedo retirarme ahora?
—No —espetó ella a su vez, casi levantándose de su lugar. Tabatha la observó, divertida, plenamente consciente de que había caído en su juego—. ¿Qué sabes de ella?
—Oh, muchas cosas —replicó, dejando caer su mano para que todos vieran su sonrisa. Movió músculos, manipuló tendones, compuso una expresión perversa a sabiendas de que...
—No me interesa esa parte —resopló Claire, hastiada y comenzando a sonrojarse.
Tabatha se puso de pie con elegancia. Su mirada recorrió el círculo de tronos una vez más, satisfecha con la impresión que había dado, para luego hacer un gesto displiscente con una de sus manos y darles la espalda. La vaporosa falda de su vestido ondeó tras ella con suavidad, y la guardiana de Psicopompo les lanzó un último vistazo por sobre su hombro.
—De todas formas no iba a contarte.
Conforme se alejaba de la sala, recordó unas pocas palabras de su dios: Aquella no fue tu última vez; deberás volver, tarde o temprano. Ella no solía ser buena para juzgar si un momento era apropiado o no, pero le pareció que ya había esperado lo suficiente.
Tabatha de Psicopompo abandonó el palacio sin mirar atrás.
...
El fuego en Acuario se había extinguido para cuando la tormenta de nieve cesó del todo. Alen de Piscis caminaba de un lado hacia otro, en círculos, en líneas rectas, en espirales, atrapado en el pueblo bajo el peso de una orden que él como guerrero y soldado del ejército de Athena debía cumplir quisiera o no.
Y no quería.
El cosmos de Chelsea llevaba horas ausente y él temía lo peor, pero era absolutamente incapaz de abandonar su puesto e ir hasta los límites del Santuario para confirmar aquel funesto presentimiento. El cosmos de Kairos se había esfumado tan repentina y silenciosamente como había aparecido y él aún seguía cuestionándose aquel hecho, dándole una y mil vueltas al asunto, intentando dar con una respuesta mínimamente coherente que aplacara, al menos un poco, su ansiedad. A lo lejos, la torre del reloj se erguía, imponente contra el cielo platinado. Su sentido del tiempo y el espacio nunca había sido demasiado agudo pero estaba completamente seguro de que en ese momento ya debería haber amanecido, como mínimo, dos o tres horas atrás. Echando la cabeza hacia atrás y de cara al cielo, comprobó que la capa de nubes era lo suficientemente espesa como para tapar del todo los rayos del sol.
Si es que había salido.
A esas alturas, Alen tenía sus dudas.
De pronto, sintió como si alguien tirara de él hacia abajo. Desvió la mirada hacia el suelo pero lo único que vio fue un creciente agujero negro, expandiéndose con rapidez justo bajo sus pies; intentó apartarse, saltar e incluso encender su cosmos para combatir aquella densa negrura que parecía querer tragarlo, pero le resultó completa y absolutamente imposible. Frunció el ceño y pasó saliva cuando al intentar mover su cuerpo éste no respondió; de un segundo a otro y sin darle tiempo a nada, aquel hueco de nada lo tragó. Tuvo la espantosa sensación de ser arrojado por el aire y de haber sido previamente paralizado con algún tipo de veneno, lo cual, evidentemente, no tenía ningún sentido.
Con los ojos cerrados y los músculos agarrotados, esperó a que todo aquello terminara. No estaba seguro de cuándo había ocurrido exactamente, no habría podido definir el momento justo en el que volvió a tierra firme y recuperó la movilidad de sus extremidades, pero sí era plenamente consciente de que tuvo que permanecer estático unos cuantos segundos más, esperando a que menguara el mareo. Cuando finalmente se atrevió a probar su resistencia física, sólo atinó a ponerse de pie y a abrir los ojos.
Estaba frente a las puertas dobles de la Sala Patriarcal.
Sólo pudo pensar en una cosa: Dakini. Lo más probable era que ella lo hubiera teletransportado hasta allí, pero eso sólo abría otra interrogante igual de inquietante que el agujero negro que lo había absorbido: ¿por qué no le había avisado vía cosmos? La Amazona de Aries se caracterizaba por ser un tanto impulsiva, sí, pero solía guardar las formas y, además, no había la suficiente confianza entre ellos como para que pudiera tomarse la libertad de arrojarlo de un lado a otro sin preguntar primero. A no ser...
A no ser que no estuviera en condiciones de elevar su cosmos.
El Caballero de Piscis posó una de sus manos allí donde las hojas se unían, sin pensarlo demasiado. Elevó su propio cosmos y alzó la barbilla cuando las puertas se abrieron hacia adentro, cediendo ante su toque y revelando la sala de mármol, la alfombra roja, la araña de oro y cristal que colgaba del cieloraso, el trono..., lo primero y lo que más poderosamente llamó su atención fue el trono. Una joven de vestiduras negras y larga cabellera color vino lo observaba desde allí con una mezcla de tantas emociones que, en definitiva, lucía casi inexpresiva. A su derecha, estoicamente de pie y portando a Géminis, Xenia; y a su izquierda, protegido por Virgo, Dharma parecía examinar cada una de las expresiones del guardián del último templo zodiacal. Sus ojos dispares emitían un brillo siniestro.
— ¿Quién eres y por qué ocupas el trono? —Alen se adelantó un paso, sus irises pretendían lacerar a aquella usurpadora hasta la médula—. ¿Con qué derecho te sientas en él?
Ella no respondió. Se limitó a desviar la vista hacia abajo, a los pies del trono, allí donde la breve escalinata que conducía a la tarima sobre la cual estaba ubicada comenzaba. El Caballero de Piscis siguió la dirección de su mirada casi por inercia, y...
Sus ojos se abrieron más de lo normal. Quiso dejarse caer de rodillas, pero ni siquiera fue capaz de reaccionar lo suficiente como para hacer eso.
Perfectamente alineados y cada uno ocupando su respectivo lugar, Dakini de Aries, Said de Tauro, Lievin de Cáncer, Argia de Libra y Aitor de Capricornio permanecían arrodillados en el suelo, postrados ante la joven, sus palmas pegadas a la alfombra y sus cabezas gachas.
— ¿Qué hacen? —susurró a media voz, sintiendo que sus palabras morían antes de lograr abandonar su boca por completo—. ¡¿Qué hacen, bastardos?! —El estado de aletargamiento en el que había quedado sumido instantes atrás fue rápidamente reemplazado por incredulidad y luego, por furia. No, no comprendía qué era lo que estaba ocurriendo allí, pero de algo sí estaba seguro: Athena estaba allí afuera reforzando la protección del Santuario y arriesgando su propia vida y sus compañeros simplemente se habían anclado frente a alguien que, estaba seguro, no tenía ningún derecho a ocupar el lugar del que había tomado posesión—. ¡Levántense! —Su cosmos se alzó como si tuviera voluntad propia, tentáculos de pura energía golpearon a los cinco que reverenciaban y los lanzaron por los aires; él volteó, entonces, hacia el trono—. Por última vez: ¿quién eres?
—No la mayor amenaza, puedes estar seguro. —Natalia de Argifonte sonrió y, en ese preciso instante, un trueno retumbó del otro lado de las gruesas paredes de mármol, provocando que la mismísima construcción temblara por completo. Más allá de las puertas dobles, que habían quedado abiertas, el cielo comenzó a tornarse negro. Densas nubes se arremolinaron sobre ellas mismas, con parsimonia, como si tuvieran todo el tiempo del mundo porque estaban, sencillamente, tomando el de ellos.
—Hades —susurró Xenia, su mirada turbia.
—Y los dioses gemelos —siseó Natalia, clavando su mirada felina en el santo de Piscis—. Dime, Alen, ¿cómo piensas ganar esta guerra si Athena no está aquí?
Alen no respondió. Su corazón latía más rápido de lo normal, sentía la garganta hinchada y su cabeza vibraba al compás de un sordo zumbido que parecía murmurarle la misma cosa una y otra vez al oído: traición, traición, traición, traición, traición. Desde el suelo y a unos cuantos metros de distancia Lievin le lanzó una mirada suplicante, pero el pisciano no lo notó.
— ¿Me buscabas?
Todos los presentes voltearon hacia la puerta. Alen se movió hacia allí lentamente, como una mosca atrapada en un tarro de miel. Un presentimiento pesado, hondo y oscuro oscilaba entre su mente y su corazón, subiendo y bajando, aleteando cada vez con más fuerza, buscando librarse de aquella sustancia pegajosa que le impedía moverse.
En el umbral, el Patriarca y la antigua amazona de Sagitario permanecían de pie, flanqueando a una tercera figura, más pequeña que ellos: en el centro y más adelante que las máximas figuras de autoridad a nombre de la diosa, Sophia alzaba el mentón, desafiante. Era Phoebe quien sujetaba el báculo de Niké, y no ella; los adornos de oro, aquellos que le conferían un aspecto aguerrido pese a ser, probablemente, la joven más dulce y amable de todo el planeta, habían desaparecido. Era sólo ella, con su vestido manchado de barro y su cabello despeinado a causa del fuerte viento. Era sólo ella. Y parecía que lo hacía a propósito.
Ella, Sophia.
No Athena.
Traición, traición, traición, traición.
