Capítulo 8
Sus pasos hacían evidente el correr de los segundos, cada uno marcado a consciencia y perfectamente controlado. El chasquido de sus sandalias contra el suelo de mármol rojizo le brindaba cierta sensación de seguridad; no le gustaba el silencio, y aunque lo pasaba mejor estando sola y de hecho creía estarlo justo en ese momento, tenía una necesidad inconsciente y casi enfermiza de hacer notar su presencia... aunque fuera al aire, aunque resultara completamente inútil. Su vestido color crema era sencillo, con un suave escote redondeado a la altura de la clavícula y con mangas hasta los codos, su cintura marcada gracias a una fina cuerda de cuero trenzado anudada a la altura de su ombligo, sin adornos, bordados o detalles que, al fin y al cabo, no servirían para otra cosa que llamar la atención.
Y si iba a hacerlo, Claire de Dolios prefería que fuera por ella misma, y no por un trozo de tela.
Decenas de gruesas columnas jónicas se alzaban a ambos lados del extenso corredor, por el cual avanzaba como si supiera exactamente hacia dónde se dirigía; detrás de la fila de la derecha el templo se ramificaba hacia dentro, y tras la de la izquierda, el cielo brillaba con un resplandor plateado que, en otras circunstancias, probablemente le habría puesto los pelos de punta. O tal vez no. Desde su nacimiento sólo había tenido dos posibles destinos: portar la armadura de Virgo, o morir. Y era evidente que Virgo no estaba allí para protegerla, de modo que no era muy difícil deducir qué había ocurrido años atrás. Había esperado poder descansar en paz tras su derrota frente a Dharma, vagar por los Campos de Asfódelos eternamente, o tal vez, incluso, solicitar ser enviada al mismísimo Tártaro como castigo por haber fallado. El problema era que no había tomado en cuenta una tercer variable.
No lo había tenido en cuenta a él.
Ni a la profecía.
No es como si se la hubieran contado o como si hubiera estado muy interesada en saber qué decía, qué vaticinaba, y tal vez ese había sido su gran error; pero de todas formas no le habrían permitido leerla u oírla, así que... nada. Si le hubiera sucedido a otra persona lo que a ella probablemente creería que el destino había sido totalmente injusto, pero era incapaz de ver su vida desde un punto de vista objetivo. Creía en el karma y en las indescifrables leyes del universo, y eso implicaba ser consciente de que cada cosa que le ocurría y le había ocurrido en el pasado no eran otra cosa que el fruto de acciones previas, e incluso de vidas previas. Se creía merecedora de cada mínimo asunto que día tras día debía enfrentar... para bien y para mal. Después de todo, si ella no era la indicada para estar en ese lugar, ¿por qué había terminado allí?
Giró hacia su izquierda, pasó por entre dos columnas y continuó caminando hacia adelante, hasta que su cadera chocó contra la gruesa y ornamentada baranda de mármol del amplio balcón. Una brisa cálida, húmeda y cargada de olor a lluvia le echó hacia atrás los pocos mechones que caían sobre su rostro, despejándolo y haciéndole cosquillas. El aire en sí estaba cargado de estática y era denso, notó; la piel de sus antebrazos desnudos se erizó con malestar, y el fino vello que cubría su nuca reaccionó cuando un tenue relámpago iluminó el cielo. La antigua torre de piedra agrietada, aquella cuyo reloj parecía estar poniendo nervioso a todo el mundo, se alzaba a lo lejos como algo aún más pequeño y más frágil que un alfiler. Sólo la llama de Piscis permanecía encendida. Sus dedos acariciaron el mármol, su cabeza se ladeó levemente hacia un lado. Le hubiera gustado saber...
Pero ella era Dolios.
Y no servía a un dios menor.
Un escalofrío le bajó por la columna vertebral y tuvo la sensación de que sus huesos habían sido inyectados con hielo. Sus mejillas comenzaron a arder y su piel en general levantó temperatura de un momento a otro, repentina y preocupantemente rápido; una fina capa de sudor se formó en su frente, en sus párpados y sobre su labio superior, pero ella, que en un día normal no soportaba ni la más mínima mota de polvo ni la más insignificante muestra de suciedad, no pareció notarlo. Aún era consciente de dónde estaba y en qué posición, pero pronto su mente viajó lejos, hacia la Tierra, hacia el Santuario, hacia la armadura de Virgo. Parecía llamarla. Trató de mantener su mirada fija en un punto específico del paisaje, pero una pequeña gota de transpiración resbaló por su sien y fue parar a uno de sus ojos, provocándole una sensación de ardor insoportable. Su respiración se hizo pesada y su garganta se hinchó. ¿A ella? ¿Por qué la armadura la llamaba a ella? Tal vez algo le había taponado las arterias porque sintió cómo su piel se tensaba, cómo se ponía tirante sobre sus músculos y huesos, como si algo dentro de ella estuviera inflándose y su dermis no alcanzara a cubrirla por completo. Sus párpados comenzaron a pesar. Su cabeza cayó hacia atrás, su cuello laxo, doblado en un arco doloroso; la parte trasera de su cráneo siguió los latidos de su corazón, cada vez más rápidos y fuertes, pesados, resonantes, y de cara al cielo, su percepción comenzó a volverse difusa. Una mancha negra, como de tinta, se expandió a lo largo y ancho de su acotado campo de visión, y Claire dejó escapar un jadeo ahogado.
Es que se estaba ahogando.
Creía haberse quedado ciega cuando dejó de ver las nubes sobre sí, pero una imagen desfiló frente a sus ojos vidriosos y ella... ella simplemente no pudo ignorarla. Sus irises se tornaron lechosos al pretender concentrarse en aquella visión y algo en su pecho se agitó violentamente, como si hubiese un pequeño pájaro encerrado en su caja torácica y estuviera haciendo su mejor esfuerzo por escapar. Vio frente a sí una armadura dorada, un trono... y más armaduras doradas, porque... Natalia lucía fatigada. Tal vez otra persona no lo habría notado, pero ella sí. Su cosmos delataba cuán tensa estaba en ese preciso momento y su aura, de un color vino opaco, se arremolinaba alrededor de su figura física mientras se fundía con otros colores. Habia un poco de negro allí, e incluso un poco de blanco...
—Es un poco tarde como para tomar un paseo, ¿no te parece?
—No me molestes —replicó Claire, fría y casi por inercia. Tuvo que parpadear unas cuantas veces para deshacer los restos de la imagen que aún flotaban frente a sí, y respiró hondo cuando su visión volvió a quedar completamente despejada, limpia. No había sudor en su piel ni sensación de malestar alguno. Su cabeza no estaba echada hacia atrás y ninguna parte de su cuerpo dolía.
Por supuesto, ella ya sabía que ocurría.
Meera de Acacesio se acercó a ella con una sonrisa dulce. Su larga cabellera caoba caía sobre sus hombros y por delante de ellos, enmarcando su rostro en forma de corazón; sus ojos cafés eran grandes y brillantes, y alguien que no la conociera podría incluso haber creído que la expresión amable que llevaba tatuada en sus facciones era algo natural, algo que le nacía del alma.
Bueno, no era así. Y personalmente, la guardiana de Dolios no la soportaba cerca.
— ¿Hay algún problema? —preguntó la menor, situándose a su lado y mirándola de reojo—. Juraría que luces cansada.
—Como si supieras algo sobre el cansancio —replicó, arqueando una ceja—. No tienes idea de lo que...
—Tú eres igual que yo, Claire —resopló Meera, poniendo los ojos en blanco—, ambas estamos encerradas aquí hasta que nos ordenen lo contrario. Ambas estamos aquí por una razón en particular.
— ¿Vas a decirme que no estás de acuerdo con la decisión que tomó nuestro señor?
—En absoluto. —Meera sonrió enseñando sus perfectos dientes, complaciente—. Pero quizá haya quienes no aprecien tan amable gesto. No todos son como nosotras.
Claire arqueó una ceja. Una suave brisa cálida le acarició la piel y llenó sus pulmones de aroma a lluvia, a electricidad, a tierra mojada. Se tomó su tiempo para contestar, pero cuando finalmente lo hizo, no habló en un tono más alto que un susurro.
—No creo que tengas derecho a juzgar. ¿Qué te hace pensar así?
—Tabatha —replicó en seguida, alisando los pliegues de su falda y fingiendo estar más interesada en su aspecto que en la conversación—. Tabatha se ha ido. Abandonó el palacio hace una hora o dos, ni bien se fue de la reunión.
—Dejó su trono. —Meera asintió en silencio—. Bien, no veo cuál es tu punto ni a dónde quieres llegar. Sé un poco más... específica.
La guardiana de Acacesio la miró directamente, prácticamente quemándola con la mirada, pero Claire no se dio por aludida; con la vista al frente, esperó pacientemente a que la otra se dignara a hablar. Si quería hablar mal de una de sus hermanas de juramento le parecía que lo menos que podía hacer era obligarla a decirlo, y no sólo a insinuarlo.
—Tú oíste la... la profecía. —La mayor compuso una expresión de asombro ridículamente falsa, burlona, pero la otra continuó de todas formas—. La profecía de los veinticuatro. Y sé que sabes a qué se refiere, y sé que estás al tanto de lo que significa la situación actual.
Claire se quedó en silencio durante un buen rato. Los segundos se arrastraron hasta convertirse en minutos y ella apenas parpadeó. Tenía el presentimiento de que a Meera no le interesaba la profecía en sí, sino otra cosa: el asunto era, ¿qué? ¿Qué podría querer saber, qué le interesaría más que las líneas que las habían llevado a ellas hasta allí y a los dorados a ocupar sus templos? — ¿Y entonces? —inquirió, mirándola de reojo.
— ¿Por qué Tabatha se fue?
¿Sinceramente?
No tenía idea.
Pero admitirlo habría sido semejante a presentar una debilidad, un punto flaco.
—Oh, eso.
—Sí, eso. —Meera se acercó aún más a ella, invadiendo su espacio personal—. ¿Qué sabes sobre eso? —Al ver que la otra no tenía intenciones de contestar, resopló—. Vamos, Claire, somos iguales. En cuanto a historias, en cuanto a poder, en cuanto a...
—No, no somos iguales. —Sus finos dedos acariciaron el mármol, sus penetrantes ojos negros como el alquitrán permanecieron clavados en algún punto del paisaje frente a ellas—. Yo caí en batalla y acepto mi derrota. Tú sigues tras tu objetivo.
— ¿Acaso me ves persiguiendo la armadura de Cáncer, Claire?
—No. —La guardiana de Dolios la miró por sobre su hombro, su mirada brillando de una manera que hizo que Meera torciera el gesto, sintiendo el infantil impulso de taparse los oídos con ambas manos para no oír lo que su interlocutora tenía para decir. Claire pareció notarlo, porque torció la sonrisa—. Te veo detrás de quien la porta.
—Ambas fracasamos —se atajó la menor, cambiando de postura. Claire se preguntó, vagamente, si realmente creía que podría protegerse de lo que ella tenía para decir sólo cruzando los brazos—. Ambas...
—Sí, pero lo tuyo fue simplemente patético —espetó la otra—. Podrías estar allí abajo ahora mismo, defendiendo a la diosa Athena y con una bonita familia dorada de buenos para nada.
—Estoy defendiendo a la diosa At...
—Pero no —continuó la mayor, cínica—, le entregaste tu honor al primero que se te cruzó. No sólo al primero, sino a tu rival —siseó—, y por si fuera poco...
— ¡LO AMABA! —soltó Meera, mirándola con furia a través unas pocas lágrimas—. ¡Lo amaba! ¡Habría dado cualquier cosa...!
—Hasta tu vida.
— ¡No es asunto mío que tengas un corazón de piedra!
Claire puso los ojos en blanco.
—Eres patética.
Meera no respondió a eso. Sabía que la había humillado y que, de hecho, no debería haberse acercado a ella en primer lugar. El problema era que realmente tenía algo importante que decirle.
¿O no?
Eran órdenes de Él. Y ella estaba a su servicio, le debía la vida, le había jurado fidelidad y además, lo hacía con todo gusto. ¿De verdad iba a retirarse sin cumplir lo solicitado sólo porque la guardiana de Dolios tenía un humor más malo que de costumbre? Ah, pero su orgullo no le permitía quedarse allí durante más tiempo, y su amor propio le decía que debía irse por donde había llegado antes de que... antes de que empezara a llorar otra vez, pensó, furiosa.
Meera le dio la espalda y se alejó de aquel lugar sin mirar atrás y Claire sonrió, divertida por su reacción. No comprendía cómo habían llegado a aquel punto cuando en realidad, aunque ella disfrutaba sacando los trapos sucios de los demás al sol, nunca había tenido intenciones de hacerlo con sus compañeros de aquella vida: primero, porque no le correspondía a ella hacerlo; y segundo, porque cuando la guerra estallara en las narices de los dorados y no hicieran más que quedarse viendo chispitas de colores, serían ellos, los habitantes de aquel palacio, los que tendrían que intervenir. Y prefería mantener una relación más o menos cordial con todos.
Caminó a lo largo del amplio balcón, pensativa. Se preguntó si los dorados sabrían ya la razón por la cual Natalia estaba sentada en el trono, y si no era así, por qué la estarían reverenciando. Estaba segura de que el Patriarca Argo sí estaba al tanto de todo —o al menos de la mayor parte, lo cual le parecía completamente injusto—, pero también estaba convencida de que Sophia no tenía idea de a lo que se enfrentaba. Se preguntó, también, si no debería hacer algo al respecto. Se preguntó si hacerlo no significaría traicionar a su señor.
Dolios.
Confabulador.
¿Y si era precisamente eso lo que se esperaba de ella?
Él podría estar desdoblado y luchando constantemente contra su contraparte, contra su otro lado, pero una cosa era segura: nunca dejaba nada librado al azar. Como deidad de la mente y la comunicación, como regente de signos de Tierra y Aire, era imposible que actuara dejándose llevar por impulsos. Y si ella había vuelto a la vida para ser la guardiana de, entre tantas otras facetas que podrían haberle tocado, la confabuladora, debería tener algún significado. Quizá era hora de actuar, de entrar a escena y encaminar la historia como a ella le pareciera mejor.
Le dio la espalda al paisaje, se alejó del balcón. Sus pasos volvieron a cortar el silencio y su falda ondeó suavemente tras ella. Pudo sentir dos cosmos divinos e increíblemente poderosos acercándose al Santuario, y supo que la carnicería no tardaría demasiado en dar comienzo.
Pero ella esperaría.
...
Las puertas dobles permanecían abiertas.
Había estática en el ambiente, incluso más que al aire libre, donde de un momento a otro podría desatarse una tormenta de proporciones épicas. El silencio era frágil. La falta de palabras y el eco de las últimas que habían sido pronunciadas, las de Sophia al irrumpir en el recinto sagrado, se habían mezclado y habían dado como resultado un zumbido molesto, sordo; la ausencia de cualquier otro sonido generaba una sensación de vacío, de haber entrado en un agujero negro. Esperando que todo se detuviera para siempre en ese preciso momento, o tal vez que lo que fuera que tuviese que estallar, que lo hiciera de una buena vez. Esperando. Dejando correr el tiempo como si éste pudiera arreglar el desastre por sí solo antes incluso de que ocurriera.
Nadie supo ver que el tiempo era una herida.
¿Hasta cuándo?
Sophia avanzó hacia el trono sin preguntar. No parecía una diosa sin todos aquellos adornos, sin el báculo de la victoria, con su vestido blanco manchado de barro; incluso su porte había cambiado, hasta su manera de caminar era diferente: no la de una reina, no la de una deidad. Su postura corporal y su mirada transmitían aún más fuerza que antes, pero ya no había rastro alguno de amabilidad en sus facciones ni sombra alguna de aquella aura misericordiosa que solía rodearla. Si alguna vez había parecido un tanto delicada, ya no. Todo eso parecía haberse esfumado, y ninguno de los dorados podría haber precisado cuándo. Su andar no era el de una diosa y, pese a que cada mínimo gesto suyo seguía proyectando seguridad y firmeza, era de otro tipo: no la de quien sabe que está por arriba de todos los seres humanos, sino la de...
La de una guerrera, tal vez.
Alen cerró los ojos.
Y cuando los abrió, todo seguía exactamente igual.
Traición, traición, traición.
¿Por qué nadie hacía nada? ¿Por qué él mismo no hacía nada?
El Patriarca se adelantó un par de pasos como si quisiera alcanzarla y retenerla, pero Phoebe de Sagitario alzó uno de sus brazos, impertérrita.
Nada.
Xenia y Dharma observaban a Sophia desde sus puestos a los lados del trono. Ambos inexpresivos, ambos inmóviles; sus armaduras apenas relucían en la oscuridad, y aún así, el oro resultaba más brillante que sus ojos.
Nada.
El resto de los dorados mantenían la cabeza gacha, sus hombros echados hacia delante como si cargaran con un peso mayor al soportable.
Nada.
Lievin le sostuvo la mirada cuando la buscó pero, por más que indagó, no obtuvo respuesta a lo que él quería saber. ¿Por qué nadie parecía reconocer a Sophia? ¿Por qué, de pronto, Alen tenía la sensación de que estaba completamente sola? Conforme comenzó a sentir la desesperación subirle como bilis por la garganta y anudarle la respiración, el Caballero de Piscis apretó sus labios en una fina línea de impotencia y volteó el rostro lejos del holandés, quien agachó la cabeza para ocultar la única lágrima que se deslizó, silenciosa, por su mejilla.
Natalia hizo un pequeño gesto con una de sus manos, como indicándole a la joven que debía arrodillarse.
Nada.
Si Sophia no era Athena, ¿por qué no obedecía?
Una fuerza repentina, eléctrica e ineludible, cayó sobre los hombros de Alen y pronto sus rodillas se habían anclado al suelo de mármol con un sonoro chasquido. El Caballero de Piscis abrió mucho los ojos, sorprendido, e intentó volver a ponerse de pie, pero una violenta corriente lo golpeó en cada nervio y en cada célula. Doblegando, aplastando. Trató otra vez, pero parecía tener el peso del mundo sobre su espalda. De reojo, vio que a unos cuantos metros Sophia también había caído, postrada en una reverencia.
Un trueno hizo vibrar las columnas del templo y el aire se tornó denso, espeso, dulzón; un aroma a algo que sólo podría describirse como muerte inundó el recinto, impregnando cada centímetro cuadrado disponible y provocándole arcadas. Quiso pararse, pero de nuevo, no pudo.
— ¿Quién eres? —preguntó Natalia, en un tono tan empalagoso como el espantoso hedor que pesaba sobre ellos.
—Eso pregunto yo. —Sophia, que al caer había cerrado los ojos y que aún los mantenía sellados, movió una de sus piernas hacia delante, hasta que sólo una de sus rodillas quedó hincada en el suelo; pareció estremecerse al afirmar su pie izquierdo y Alen comprendió que, al igual que a él, la estaban sometiendo a fuerza de dolor. Echó el peso de su cuerpo hacia aquel punto de apoyo, presionó hacia abajo. Sus manos temblaban pero, lentamente, logró ponerse de pie nuevamente. Cuadró los hombros y, parsimoniosamente, Sophia alzó la barbilla y abrió los ojos.
¿Y quién eres tú?, dijo el orgulloso señor, ¿que debo hacerte tales reverencias?
Con pelaje dorado o con pelaje carmesí, un león sigue teniendo garras
Y las mías son tan largas y afiladas, mi señor, tan largas y afiladas como las suyas.
—No —pronunció, cerrando sus manos en puños a los costados de su cuerpo para detener el temblor y mirando directamente a todos y cada uno de los dorados—. No soy Athena.
Alen cerró los ojos. Sintió los cosmos de sus compañeros apagarse y tuvo la sensación de haber tragado ácido.
—Tal vez quieras decirnos cuál es tu verdadero nombre, entonces.
Lievin alzó la mirada hacia Natalia, su rostro contorsionado en una extraña mezcla de confusión y un dolor tan real, tan palpable, que el Caballero de Piscis se preguntó si habría alguna forma de repararlo más tarde. Y es que cada segundo que pasaba parecía dejar una herida, parecía quebrar algo, parecía...
Era una niña, una preciosa niña de cabello lila claro y grandes ojos verde agua. Correteaba a lo largo y a lo ancho del lugar, de aquel recinto casi palaciego que, según le habían comentado, era su nuevo hogar. Era divertido y se sintió extrañamente conmovida cuando la bañaron y vistieron con una hermosa túnica blanca con bordados delicados, de estilo griego y tela liviana, vaporosa. Recogieron sus bucles en una media cola hacia atrás, despejándole el rostro, y la ataviaron con unos cuantos adornos de oro: un delicado brazalete, un collar que le hacía cosquillas en el cuello y una especie de diadema, también de oro, que parecían tallos y hojitas y flores entrelazados. Ella reía y reía, genuinamente divertida; las amazonas de plata que habían sido encomendadas a la tarea de alistarla decían que tenía "como un sol propio", o tal vez que ella misma era el sol. La risa de la niña hacía eco en el amplio salón de mármol y contagiaba a todo el que la escuchara.
Sophia sostuvo la mirada de Natalia durante largos segundos, férrea, su mirada firme pero con un matiz de tristeza innegable; el tipo de desazón que no permite otra cosa que seguir avanzando, que no deja lugar al arrepentimiento.
Una de las amazonas la instó a tomar su mano y la niña lo hizo, aferrando la palma de la mayor con sus dedos finos y delicados, inquieta, entusiasmada por saber hacia dónde se dirigían. Recorrieron pasillos, atravesaron arcos, pasaron a través de gruesas columnas y pesadas cortinas de terciopelo carmesí; la emoción contenida en pequeños saltos, la amplia sonrisa...
Natalia alzó la barbilla unos milímetros. Sophia resistió.
Un hombre alto y ataviado con una gruesa túnica oscura, con bordados de oro y capa, se inclinó ante ella cuando llegaron a unas puertas inmensas, más altas de lo que la niña podía procesar. La amazona de plata soltó la pequeña mano y retrocedió unos cuantos pasos, negando con la cabeza cuando la pequeña intentó alcanzarla y recuperar la confianza que le había dado su agarre durante el transcurso de todo aquel trayecto. Aquella mujer era la que la había llevado hasta allí en primer lugar, aquella que había bromeado hasta con la más insignificante de las cosas con tal de hacerla reír, con tal de que la risa cantarina no se apagara. ¿Por qué la soltaba? ¿Por qué se alejaba? ¿Por qué se arrodillaba frente a ella, por qué agachaba la cabeza? La niña la alcanzó y trató de alzarle el rostro a la mayor, de ver aquella curiosa máscara otra vez, pero la amazona resistió y no modificó su postura. Entonces, el hombre se acercó a ella y posó una de sus grandes manos sobre su espalda, justo en medio de sus omóplatos; no le dijo nada, y por más que buscó, la niña no vio ninguna sonrisa. Tomó una de sus manos y la obligó a cerrar sus dedos sobre algo grueso y frío, algo que rápidamente se tornó cálido. ¿Más oro?
Niké, la Victoria.
Phoebe sintió el oro del báculo enfriarse contra la piel de su palma. El oro pareció perder su resplandor característico y fue opacándose hasta deslucirse por completo. Sus ojos, habitualmente cálidos y chispeantes, transmitían algo parecido a la derrota.
De pronto estaba en lo alto y frente a un montón de niños, algunos de su edad y otros, seguramente unos años mayores. Cuando los vio sonrió e intentó reunirse con ellos, pero una mano del hombre de la túnica oscura la detuvo, reteniéndola en su lugar, unos cuantos escalones por arriba de quienes consideraba sus pares. Notó, sin embargo, que ninguno de ellos sonreía ni parecía feliz. Y unos segundos más tarde, tratando de comparar sus miradas con algo que ella ya conociera para establecer algún tipo de referencia y poder comprender por qué no estaban contentos, se le ocurrió pensar que sus ojos, pese a ser tan brillantes como los propios cuando miraba su reflejo en un espejo, eran diferentes. Parecían... ¿mayores? Pero no mayores como un hermano mayor, sino mayores como...
Por el rabillo del ojo vio que el hombre hacía un gesto. Pronunció unas pocas palabras y ella volteó a verlo directamente, sin comprender a qué se refería: "Salve, Athena, diosa de la sabiduría y la guerra inteligente; salve, nuestra diosa, protectora de la Tierra." Oyó un revuelo a sus espaldas y miró por encima del hombro para ver qué sucedía. Los niños. Los niños estaban...
Los dorados permanecían postrados, aguardando lo inevitable.
Los niños se habían arrodillado. Y el hombre de la túnica también se arrodilló, y todos parecían dirigir ese gesto hacia ella. El báculo que aferraba con su mano derecha y cuya existencia ya había olvidado comenzó a brillar tenuemente, y parte de ese resplandor dorado la envolvió, poco a poco, centímetro a centímetro. Algo desde dentro de sí la instó a ponerse derecha, y cuando sus irises dejaron de revolotear de un lado a otro como solían hacer, su mirada se tiñó de tristeza. La sonrisa se borró de sus labios y, pese a ser aún muy pequeña para transmitir la firmeza de un líder o de alguien digno ante quien arrodillarse, el primer paso estaba dado.
—Hace muchísimos milenios —dijo Natalia, cruzando una de sus piernas sobre la otra y entrelazando las manos sobre su regazo— una de las sacerdotisas de Hera fue tentada por el dios Zeus a entregarse a él. —De a uno, los dorados centraron su atención en la usurpadora, recelosos—. Ella cayó en las redes del señor de los cielos, y Hera los vio. Para salvarla, Zeus la convirtió en una ternera blanca, o, dicho de otra manera —agregó—, la selló. Hera le exigió que se la entregase a ella y le ordenó al gigante Argos, el monstruo de cien ojos, que la vigilase. —El Patriarca dio un paso al frente apretando las manos en puños, pero Phoebe le lanzó una mirada de advertencia; Natalia lo miró con frialdad—. Pero Zeus encargó a Hermes que rescatase a su amada. Lo guió transformado en pájaro hasta el árbol donde Argos la tenía atada y Hermes durmió al guardián con su flauta, matándolo con una piedra afilada cuando se cerraron todos sus ojos. Él, el dios Hermes. Él —pronunció, barriendo el lugar con sus ojos oscuros como la noche—, Argifonte.
—El asesino de Argos —murmuró Lievin, mirando a Sophia como si la viera por primera vez.
—El nombre de la sacerdotisa era...
La amazona de plata parecía sonreír incluso a través de su máscara, y la niña pensó que le gustaría usar una igual.
— ¿Cómo te llamas, pequeña?
—...Ío.
—Ío.
Sophia cerró los ojos, sintiendo que corría diretamente hacia una vorágine que parecía no tener ningún reparo en tragarla por completo. Podría cubrirla, sobrepasarla, ahogarla... La parte posterior de su cabeza comenzó a latir al mismo ritmo que llevaba su corazón, y pronto el interior de sus párpados se tiñó de un blanco brillante. Phoebe corrió hacia ella cuando sus rodillas se doblaron y la sujetó una milésima de segundo antes de que su cuerpo golpeara el piso; ella misma cayó de rodillas y acomodó a Sophia sobre su regazo, dejando caer la cabeza hacia adelante y haciendo su mejor esfuerzo por ignorar el nudo de acero que se le había formado en la garganta.
Natalia se puso de pie y bajó los escalones que unas horas atrás la habían llevado hasta el trono. Dharma y Xenia se limitaron a observarla, sin abandonar sus puestos pero siguiendo todos y cada uno de sus movimientos. La joven intrusa traspasó la línea de dorados y siguió de largo, dedicándole apenas una mirada a Sophia al pasar junto a ella, y finalmente, se detuvo frente al hombre de la túnica negra, del casco alado.
—Patriarca Argos —dijo, cruzando sus manos por detrás de su espalda y mirando directamente al lugar por donde debían estar los ojos del hombre, ocultos por las espesas sombras que proyectaba el casco sobre su rostro. El sacerdote cuadró los hombros y Natalia torció sus labios—, mi señor Hermes le envía saludos —susurró. Desenfundó una corta daga y luego, una fracción de segundo más tarde y más rápida que la luz, enterró la hoja de plata en el pecho del hombre.
El cuerpo cayó, pesado.
Nadie dijo ni hizo nada; fue Natalia quien se movió más allá del cadáver y del charco de sangre, caminando con soltura entre un cementerio de esperanzas. Sabían lo que ocurriría a continuación y Alen pensó, desolado, que ni siquiera se creía capaz de verlo.
—No —jadeó Lievin, haciendo un ademán hacia adelante, como si quisiera ponerse de pie; una mirada indiferente de Xenia y el Caballero de Cáncer se dobló sobre sí mismo, gruñendo por lo bajo, reaccionando al dolor—. Por favor, no...
Phoebe cerró sus brazos alrededor del cuerpo de Sophia, presionándola contra su pecho y alzando su mirada hacia Natalia, de pie frente a ella y con la daga aún en su mano izquierda. Sus nudillos estaban manchados de sangre.
Sophia abrió los ojos, pero siguió viendo blanco. Brillo extenso, amplio, un velo que cubría todo su campo de visión. Creyó oír la voz de una niña llamándola, riendo, carcajeándose al aire con total libertad; pero no reconocía el nombre y, de hecho, no se reconocía. Le pareció percibir un resplandor dorado sobre ella e intentó alcanzarlo con los dedos, pero éstos no respondieron; ¿se los habrían paralizado a propósito, para que no llegara hasta aquel halo de luz? Si era así, ¿por qué? Presentía algo. No estaba segura de qué, pero algo...
Phoebe presionó sus labios juntos al ver abrirse los ojos de la joven, al verlos vacíos. La mirada de un ciego, la mirada de un cadáver.
—Phoebe de Sagitario —pronunció Natalia—, debo...
— ¿Liberar a Ío? —replicó ella, su mirada encendida—. Mi juramento me ata a buscar todo lo que sea beneficioso para Athena —siseó—, no para Ío.
La guardiana de Argifonte parpadeó.
—Phoebe...
—Así que mantente alejada de ella.
—Phoebe...
—O te juro que...
—Phoebe, ¿no lo entiendes? —Natalia meneó la cabeza, se arrodilló a su altura—. Ío es Athena. Sophia es sólo la envoltura terrenal. Lo siento —agregó, alzando una de sus manos a la altura del pecho de la sagitariana—, pero es la única forma —completó, empujándola hacia atrás y enterrando la daga una vez más.
La Amazona de Sagitario se lanzó hacia adelante para detenerla pero la hoja de plata halló un lugar entre músculo y hueso y, demasiado tarde, Phoebe cubrió el cuerpo de Sophia con el propio.
Sophia alcanzó la luz dorada, y la niña le sonrió.
Argifonte había cumplido su misión.
...
Claire de Dolios no estaba acostumbrada a ver a su señor en ese estado pero allí estaba, frente a ella, y no podía negarlo.
El salón de los trece tronos se encontraba desierto excepto por ella y el dios. Hermes, dios mensajero, de los ladrones y los caminos, patrón de tantas cosas y ninguna. Podía ver cómo batallaba contra sí mismo. Ahora que Argifonte había cumplido su misión y con ello, sellado una de las facetas de la parte griega, el asunto se había complicado para su señor. Era necesario que su contraparte romana —Mercurio—, siguiera con él, pues como regente de Virgo y Géminis debía estar consciente para que Astrea y Cástor y Pólux no provocaran un desastre. No podía sellar a Mercurio aún.
Pero no la tenía fácil.
Claire cerró los ojos y se dejó llevar. Vio un salón manchado de sangre, vio dos cadáveres y unos cuantos guerreros con armaduras de oro. Percibió desazón, tristeza, impotencia, pero sobre todo...
Frunció el ceño. ¿Por qué Natalia aún ocupaba el trono? ¿Por qué su aura tenía un tinte oscuro, como si...?
Abrió los ojos, alarmada. El dios postrado en su trono, a unos cuantos metros de ella, destilaba el mismo tipo de oscuridad que la guardiana de Argifonte. Y por supuesto, Claire comprendió qué era lo que estaba ocurriendo. Se preguntó si ese sería el momento preciso, el momento que había postergado un par de horas atrás. Quizás y sólo quizás debiera intervenir... confabular.
Dolios.
Sin embargo, algo cambió en su visión. El ambiente en sí mismo pareció modificarse, mutar hacia uno más áspero y hostil. Un resplandor blanco iluminó tenuemente el salón de mármol y la guardiana de Dolios se tensó en su lugar, aferrando los costados de su propio trono. ¿Qué ocurría? ¿Por qué de pronto el lugar parecía estar congelándose, si...?
Una joven apareció, aparentemente de la nada, detrás del trono. Natalia no tuvo tiempo de reaccionar y, apenas volteó hacia ella, la intrusa reaccionó. No con excesiva energía, no con demasiada prisa. Movimientos calculados, precisos, fríos. Una mueca casi de aburrimiento pintada en su rostro de mármol.
Kairos de Acuario acabó con la guardiana de Argifonte, cortando su garganta con la misma daga que había utilizado ella en primer lugar.
