¡Hola! Bueno, tercer capítulo :)
Lily, me alegro mucho de que por lo menos el primer capítulo te haya gustado. Este también es para ti.
MENTE VERSUS CORAZÓN
Capítulo 3: Depresión
Remus siempre había sido una persona inteligente. De sus amigos, él era siempre la voz de la razón. Era quien sujetaba a Sirius por los pies cuando tenía la cabeza en las nubes; quien hacía de intermediario entre un James enamorado y una Lily cabreada; quien salvaba a Peter del completo desastre académico.
Siempre analizaba las situaciones, señalando los puntos fuertes y los débiles de las travesuras que planeaban James y Sirius —sobre todo los puntos débiles, que solía haber muchos, aunque sus amigos dijeran que «lo importante es divertirse»—; era apreciado por los profesores y más de una vez había servido de apaciguador entre McGonagall y Sirius, quienes se pasaban la vida discutiendo, aunque se apreciaban.
Sí, siempre había sido alguien racional y con buen juicio. Entonces… ¿qué demonios hacía allí?
Había pasado días vigilando la casa de los Carrow. Alecto y Amycus no habían acudido a la llamada de su señor la noche en la que Voldemort volvió, pero el Departamento de Aurores tenía sospechas de que la pareja de hermanos se había visto a escondidas con sus antiguos compañeros mortífagos. Tal vez, con el tiempo, los llevarían hasta el paradero de los mortífagos que se fugaron de Azkaban.
Aquella era una misión sumamente peligrosa. El Ministerio estaba tan ocupado en fingir que lo tenían todo controlado, que no admitían que se les pudiera pasar por alto algún mortífago.
Pero no era la primera empresa temeraria en la que se metía: ya llevaba tres misiones parecidas a aquella. Lo que fuera, mientras lo mantuviera ocupado. Ocupado y solo.
—Yo iré —se ofreció Remus al instante. Una misión a kilómetros de distancia era justo lo que necesitaba.
—Yo también —dijo Tonks rápidamente.
—No hace falta. Puedo yo solo —replicó Remus con determinación, si no dureza.
—No veo por qué tienes que ir solo, yo no…
—Prefiero ir solo.
La decepción se pintó en el rostro de Tonks, pero no insistió más.
Después de casi una semana vigilando a los Carrow, se hizo una reunión en Grimmauld Place para evaluar los avances.
—No están metidos en nada a simple vista. Los seguí hasta Knocturn Alley, pero se limitaron a entrar en una taberna, tomarse algo y charlar con el tabernero durante un par de minutos —informó Remus.
—No entiendo por qué tiene que ir él solo —protestó Tonks, mirando a Ojoloco.
—Es un hombre hecho y derecho, Nymph… —se lo pensó mejor— Tonks. Por no decir un excelente mago, capaz de defenderse en caso de peligro.
—Y falta poco para la luna llena… —añadió Remus. Nunca estaba de más un recordatorio de que se convertía en un ser inhumano una vez al mes—. Yo de ellos también me mantendría apartado de mí —dijo. La advertencia quedaba velada.
Y así, Remus iba aislándose más y más y exponiéndose cada vez a un riesgo mayor.
Hasta que llegó la batalla en el Departamento de los Misterios.
La lucha fue caótica. El lugar estaba lleno de sombras negras y luces blancas que peleaban. Remus lo veía todo como si estuviera en bajo el agua. Sirius reía después de propinarle un puñetazo en la mandíbula a Lucius Malfoy que lo mandó al suelo. Hasta que se oyeron las dos palabras que pondrían fin a la risa:
—¡Avada Kedavra!
Remus observó cómo el rayo verde salía disparado de la varita de Bellatrix Lestrange y golpeaba a Sirius en el pecho.
Justo en el corazón.
Sirius cayó hacia atrás. Todavía sonreía cuando atravesó el Velo de la Muerte.
—No —susurró Remus.
Sin saber cómo, se encontró sujetando a Harry por la espalda, para evitar que intentara salvar a Sirius. Sirius ya no tenía salvación. Había cruzado un umbral al que los mortales no tenían acceso.
Harry se desembarazó de su abrazo y persiguió a Bellatrix por los pasillos. Remus se dijo que estaba bien. No podía protegerlo de su destino; al parecer, no podía proteger a nadie. James y Lily habían muerto, Sirius había muerto; ahora solo quedaba él.
Él, que ya estaba maldito, seguía teniendo toda una vida por delante.
Se quedó mirando las ondulaciones del Velo. No sabía qué hacer. Sus extremidades no reaccionaban. «¡Vamos, Remus, muévete, maldita sea! ¡Harry te necesita! ¡Eres el único que queda!».
El único… A veces desearía estar también muerto.
—Remus…
El hombre cerró los ojos. «Ahora no, por favor. No seré capaz».
Sintió una mano en su brazo. Su calidez lo hizo querer dejarse llevar. Tenía a Tonks tan cerca… Sería tan fácil abrazarla…
Apretó los dientes. No. No podía. No había nada más rastrero que aprovecharse de la lástima.
—Estoy… Estoy bien. Estaré bien —dijo.
No se atrevió a mirar a Tonks a los ojos por miedo a perder la valentía, pero si lo hubiera hecho, hubiera visto las lágrimas que inundaban sus ojos.
Se hubiera fijado en que su pelo no tenía el mismo tono rosa chillón de siempre, sino que parecía más oscuro, más apagado.
Y tal vez, solo tal vez, se hubiera dado cuenta de que Tonks era infeliz.
Pero claro, Remus estaba cegado por la bella mentira de que si pretendía que no sentía nada, acabarían olvidándose de lo que sentían.
