Penúltimo capítulo. En este veremos a un Remus un poquito menos triste :)
Lily, este también es tuyo.
MENTE VERSUS CORAZÓN
Capítulo 4: Negociación
Remus siseó cuando la herida sobre su hombro empezó a cerrarse.
No era la primera pelea que tenía con un hombre lobo, pero aquella vez había tenido que enfrentarse a dos. Al parecer, la idea de unirse al bando de «los buenos» no les atraía demasiado. Los licántropos albergaban demasiado odio en su interior, demasiado resentimiento. La verdad es que Remus no podía culparlos: la sociedad mágica no había hecho nada por la gente de su condición, ¿por qué ayudarlos ahora?
Apoyó la cabeza en la pared. En otro momento, se habría alegrado de estar de vuelta en casa, pero aquel lugar hacía mucho que había perdido la calidez que poseía cuando sus padres aún vivían.
Estaba tan cansado… Y por si fuera poco, no había logrado convencer a nadie. El viaje, las penalidades que había pasado y los «regalos» en forma de cicatrices de parte de sus compañeros, todo en balde.
Lo único que quería era cerrar los ojos y dejar que aquella maldita guerra terminara. Por supuesto, no había ninguna guerra, al menos visible, pero había que ser un estúpido para no saber que era algo inminente. Tal vez tardara un día, tal vez un año, pero al final se verían las caras.
Por eso estaba allí arriesgando el pellejo: Dumbledore necesitaba más aliados. Hagrid había partido hacia la tierra de los gigantes para intentar decantar la balanza hacia su bando y Remus se había ofrecido a hacer lo mismo con los licántropos.
Era una misión extremadamente peligrosa y muy controvertida: la mitad de la Orden había estado en contra, incluyendo a los Weasley y a Tonks.
Remus sintió una oleada de nostalgia al pensar en ella. A pesar de todo lo que había hecho, no había conseguido olvidarla; todo lo contrario, la echaba de menos cada día más. Añoraba su risa, su pelo siempre cambiante, su torpeza.
Aunque últimamente no estaba siendo ella misma: estaba más delgada y había perdido su sentido del humor. Al parecer, Remus y Harry no eran los únicos altamente afectados por la muerte de Sirius; la muchacha parecía inmensamente infeliz.
Remus intentaba no darle muchas vueltas a eso, porque el solo pensamiento referente a Sirius lo hacía sentirse desgraciado.
Sonrió; al menos el día siguiente tendría oportunidad de verla, de comprobar que estaba bien. Dumbledore le había pedido que fuera a vigilar la escuela mientras él estaba fuera. Solo serían unas horas, pero al menos podría tenerla cerca de nuevo.
Porque reconozcámoslo, mantenerse alejado era una mierda. Echaba de menos cada centímetro de su cuerpo, cada letra que pronunciaba. Se dijo que podía disfrutar una vez más de su cercanía; que no correría peligro.
Tal vez, si hubiera sabido lo que sucedería en Hogwarts, no habría estado tan ansioso por ir.
Cuando llegó, Tonks estaba charlando en la entrada con el mayor de los Weasley, Bill.
—¡Remus! —¿Eran imaginaciones suyas o Tonks parecía contenta de verlo? La muchacha lo miró de arriba abajo con preocupación—. ¿Estás bien? No hemos sabido nada de ti en semanas… Nada… ¡Podrías haber muerto!
Bill permanecía callado, pero no se perdía ni un detalle de la conversación que se estaba manteniendo, aunque tal vez lo más interesante era lo que se callaba.
—No ha sido nada —dijo Remus en tono tranquilizador. Se rascó distraídamente una de las heridas de su rostro—. Los licántropos son duros de pelar, nada más.
—¿Has conseguido algo con ellos? ¿Nos ayudarán? —intervino Bill.
Remus negó con la cabeza.
Las siguientes horas pasaron con tranquilidad. Se habían repartido el edificio entre los tres, y Remus seguía vigilando el patio cuando oyó el inconfundible estruendo de la magia en la parte más alta del castillo. Sin dudarlo un segundo, subió corriendo las escaleras.
Al llegar, el espectáculo era dantesco: había mortífagos por todas partes. Tonks se defendía como podía mientras una figura se abalanzaba sobre Bill. Remus lo reconoció al instante: Fenrir Greyback. Por un instante, volvía a ser aquel niño pequeño que no entendía por qué había un monstruo en su habitación.
La voz de Tonks lanzando maleficios a diestro y siniestro lo devolvió a la realidad. Se enfrentó a un mortífago y lo derribó al suelo, pero entonces se hizo una oscuridad tan densa que apenas podía verse nada. Sin saber cómo, consiguió llegar al lado de Tonks y proteger así a Bill, que yacía inconsciente en el suelo.
Llegó más gente, pero eran de los suyos: Luna Lovegood, Neville Longbottom y Ron y Ginny Weasley. Solo eran niños, pero no lo parecían, pues se defendían con el mismo ahínco que los adultos.
Los mortífagos huyeron y eso dio tiempo a los demás a llevar a Bill a la enfermería sin peligro. El joven tenía la cara seriamente herida, sin contar los zarpazos que Greyback le había propinado en torso y brazos.
Madame Pomfrey intentaba cerrar sus heridas, pero Remus sabía que era inútil: las heridas hechas por un licántropo no se cerraban con facilidad. A veces, ni siquiera se cerraban del todo. La única esperanza que tenía Bill era que Greyback no lo había atacado en su plena forma lobuna.
Harry llegó media hora después y narró todo lo sucedido en la Torre de Astronomía. Remus soltó un grito ahogado y se dejó caer en una silla. Dumbledore había muerto. Albus Dumbledore, que le había dicho cuando tenía once que no importaba que fuera un hombre-lobo, que podía asistir a Hogwarts. Una de las pocas personas que se había portado bien con él, pese a saber lo que era, y ahora estaba muerto.
¿Cuántos más tenían que irse hasta que le llegara a él el turno?
Los señores Weasley y Minerva McGonagall llegaron poco después. Molly se abalanzó sobre su hijo. Su padre se sentó al borde de la cama y miró a su hijo con impotencia y pesar.
—¿Se pondrá bien? —preguntó Arthur—. ¿Se… se transformará? —Miró a Remus.
—No lo podemos saber a ciencia cierta, pero creo que hay posibilidades de que no sufra un cambio completo.
Al menos podía consolar a los Weasley con que su hijo no sufriría su misma suerte.
—¿Dónde está? ¿Qué ha pasado? —La prometida de Bill, Fleur Delacour, entró en la enfermería como una exhalación.
Molly se giró un instante a mirarla antes de volver a centrarse en curar las heridas de su hijo.
—Es una lástima… Una lástima… Hubiera sido una boda tan bonita… Hubierais estado tan guapos los dos… —se lamentaba.
—¿¡Cómo que «hubiega»!? ¿Es que Bill no quegá casagse conmigo? ¿O cree que yo no quiego casagme con él después de esto? ¿Tan frívola paguezco? ¡Yo amo a Bill! ¡Me da igual si tiene unas cuantas cicatrices! ¡Eso demuestra lo valiente que es mi futuro maguido!
La rubia arrebató el paño a Molly y ocupó su lugar al lado del pelirrojo. Empezó a aplicar el ungüento sobre su piel con mimo, mientras susurraba cosas en francés cerca de su oído.
—¿¡Ves!? ¡A ella tampoco le importa! —Tonks se había levantado de un salto y miraba a Remus.
Él se puso tenso.
—No es lo mismo: él no se convertirá en hombre-lobo —explicó con voz calmada.
—¡Me da igual! ¡He intentado decírtelo mil veces!
Se acercó a él y lo zarandeó, cogiéndolo por la camisa. Remus mantenía la vista clavada en el suelo.
—Ya sabes por qué: soy demasiado viejo, demasiado indigno, no…
—Creo que Tonks tiene razón, querido —intervino McGonagall—. Además, la vida es demasiado corta como para no aprovechar los pequeños momentos de felicidad que nos brinda la vida.
—No es el momento ni el lugar para hablar de esto —dijo Remus, incómodo—. Dumbledore ha muerto…
Bill fue recuperándose y, unos días después, pudo trasladarse a casa de sus padres, donde Pomfrey le habían ordenado que permaneciera hasta que estuviera recuperado del todo. Fleur, por supuesto, se mudó con ellos.
Remus volvió a casa de sus padres. No sabía qué hacer. En cuestión de horas, Dumbledore había muerto y Tonks había admitido públicamente que estaba enamorada de él.
Se dijo que tenía que hacer algo al respecto. Tal vez Minerva tuviera razón: tenía que aprovechar su ración de felicidad antes de que el destino decidiera arrebatársela.
Lo intentaría y que Merlín los ayudara si Tonks decía que sí.
