JAMES POTTER, LILY EVANS POTTER Y EL PEQUEÑO HARRY.
«You see I've forgotten if they're green or they're blue. Yours are the sweetest eyes, I've ever seen»
Your Song – Ewan McGregor
James no cabía en sí de alegría. Harry había conseguido realizar su primera muestra de magia. Le hubiera gustado por tener uno de esos trastos muggles con los que Lily conseguía guardar todas las proezas que Harry conseguía realizar a pesar de tener menos de un año.
James creía que su hijo era realmente inteligente. No era simplemente ceguera paterna, tenía el sentimiento de que el pequeño bebé estaba destinado a realizar grandes cosas. Quizás llegase a ser cazador para los Puddlemere United. Harry ya había demostrado aptitudes para el deporte de los magos. James sonríe al recordar como, casi sin apenas saber caminar, su hijo había conseguido subirse por sí mismo a la escoba de juguete para comenzar a hacer travesuras por toda la casa. Había sido realmente divertido hasta que Lily había llegado y les había pillado a Sirius y a él alentando a Harry a subir escaleras arriba. Por suerte, Remus, más familiarizado con el mundo muggle, había conseguido grabarlo todo con ese aparato que parecía una caja de zapatos.
Harry balbuceó intentando llamar la atención de su padre. James se agachó para quedar a su altura. Acarició los rebeldes mechones de cabello negro que había heredado de él. Harry era un calco exacto de él, menos por los ojos. Los ojos eran los de Lily.
Verdes como el césped después de que llueva, verdes como el limón que aún le queda tiempo para madurar, verdes como la esmeralda más cristalina.
James sonrió al recordar aquel día en el que no se acordaba si Lily tenía los ojos verdes o azules. La pelirroja se había enfadado de tal manera que James había acabado cubierto de mocomurciélago y lleno de picotazos de unos malditos canarios chillones que su impetuosa mujer había conjurado.
Sin embargo, al nacer Harry, le había quedado bien claro. Lily tenía los ojos verdes más bonitos que él había visto en toda su vida. Los ojos verdes de Lily conseguían derretirle de dulzura, conseguían llenarle de esperanzas, conseguían encender su pasión.
Sin embargo, lo que más le gustaba a James de los ojos de Lily era que le servían de combustible para que, en sus horas más bajas, siguiera queriendo luchar por ese mundo mejor que querían para su hijo.
Porque Lily era una leona protegiendo a su cachorro. James estaba seguro de que ambos continuarían hasta el final de sus días luchando porque Harry creciera en un mundo paz.
Lucharían tanto o más como lo habían hecho por estar juntos, por formar esa pequeña familia en la que todo el mundo respetaba al extraño, ya fuera hombrelobo, sangresucia, gigante o elfo doméstico.
Pequeña familia que, como habían descubierto recientemente, dentro de menos siete meses daría la bienvenida a un nuevo miembro. James sonrió haciéndole una carantoña a Harry.
—Estoy seguro de que serás un hermano mayor genial, Harry. Pero de momento, acapara toda la atención de tu madre para que me pueda tomar una cerveza con tío Sirius. Sé que eso sé te da bien, cervatillo
El pequeño Harry sonrió sin dientes sin comprender ni una sola palabra de lo que había dicho su padre. Volvió a hacer levitar aquella pequeña pelota dorada con plumas como había hecho antes, eso parecía que conseguía hacer muy feliz a su padre.
