Si llegaste al segundo, espero que te quedes para el tercero. Gracias por los comentarios, han hecho a varios elfos domésticos felices. Sigamos la senda de Dobby.
Con cariño,
A&M
Una selección inesperada
Un minuto. Eso fue todo lo que hizo falta para que Malfoy decidiera tachar a Rose Granger-Weasley de su lista de posibles allegados. El veredicto: demasiado parlanchina, demasiado ruidosa (¿por qué tenía que gesticular tanto cuando hablaba?), demasiado asimétrica, demasiado colorida. No había equilibrio en sus maneras ni en su aspecto. Nada que la hiciera merecedora de un trato civilizado. Era como viajar encadenado a un nido de duendecillos de Cornualles.
Inspiró hondo y pasó otra página de su muy cuidada primera edición de Animales fantásticos y dónde encontrarlos.
En cuanto al chico que andaba con ella, un Potter, según notó por la comitiva que lo escoltaba en King's Cross; el modo en que se dejaba conducir lo acercaba más a los autómatas que a los humanos. Potencialmente manipulable y falto de carácter, no había en él rastro de la actitud que correspondía a un mago. ¿De verdad su padre había sido rival de Draco Malfoy durante su época de estudiante? Scorpius lo dudaba.
—¿Alguien quiere algo del carrito? —la pregunta fue hecha por una bruja rechoncha de pelo entrecano ensortijado (asimétrico), que tenía ante sí un carrito de dulces.
El pasillo estaba abarrotado de alumnos de todos los cursos que entregaban knuts y sickles a diestra y siniestra a cambio de grajeas de todos los sabores, bastoncillos picantes, ranas de chocolate y demás golosinas.
—¡Dos ranas de chocolate, por favor! —pidió Rose, sacando la cabeza entre las puertas del cubículo.
Scorpius separó el capítulo que leía con un marcalibros, colocó el ejemplar a un lado y se incorporó.
—Un bastón, por favor —dijo, pasando un brazo por encima de la cabeza pelirroja de Rose.
Su tono fue sibilante, pausado, como el compás de una melodía de Fauré. Algunos conocidos solían compararlo con la cadencia orgullosa de su abuelo, Lucius Malfoy.
—Seguro.
—Disculpe, ¿me permite que lo elija yo?
La bruja parpadeo, descolocada, pero aceptó la petición.
Franjas más gruesas que otras, franjas impares, franjas sin terminar, ninguno de los bastones cumplía con el balance adecuado entre sus homólogas blancas.
—¿Rose? —llamó Albus.
—Espera, Al. Creo que estoy en medio de un examen de aptitud de bastones.
Malfoy inclinó la mirada. Los ojos del duendecillo estaban fijos en él, infundidos de un coraje que resultaba dispar dado su tamaño. La repasó de arriba abajo. Él le sacaba, por lo menos, una cabeza. Se apartó.
—Llevaré este, muchas gracias.
—Por supuesto.
Los knuts de bronce tintinearon en el tragamonedas con forma de sapo verrugoso que la bruja llevaba atado a la cintura.
Cuando volvió a su asiento, sus acompañantes ya habían desenvuelto las ranas de chocolate y comentaban los cromos hallados en el interior. Albus Potter tenía los labios salpicados por la cabeza de su rana decapitada.
—Es la décima vez que me sale tu papá —refunfuñó Rose.— Debe ser genial que te consideren el segundo Moody del escuadrón de Aurores —añadió, examinando el cromo de Harry James Potter a la luz de la lámpara ambarina que flotaba por el techo del compartimiento.
La noche había caído. Albus permaneció en silencio, tratando de adivinar las figuras ocultas en la penumbra, más allá del cristal de la ventana. Cada uno se sumió en sus pensamientos, interrumpidos solo por las visitas de algunos novatos cuya curiosidad los movía a comprobar si realmente había otro Potter, otro "niño-elegido", abordo.
Los nervios le mordieron el esófago, sintió, de nuevo, el sabor amargo de la bilis en su garganta, seguido de un eructo ácido. ¿Y si no acababa en Gryffindor? ¿Y si terminaba en Slytherin? Su padre le había tranquilizado al decir que el Sombrero Seleccionador tenía en cuenta la elección del estudiante pero…¿y si, en su corazón, realmente era un Slytherin? Rose le tomó la mano.
—Le estás dando mucha importancia al asunto, Al —le murmuró Rose con cariño. —No olvides nuestra casa. ¿Recuerdas el lema?
Él lo citó de memoria.
—El Hipogrifo, donde habitan los curiosos y jóvenes de espíritu, los que buscan aventuras en el cielo y la tierra y no ceden su fortaleza interior a cualquiera…
—...Si lastimas su orgullo, no habrá vuelta atrás en su desdén, pero si ganas su confianza, su lealtad te será eterna. ¿O algo así, cierto?
Ambos rieron.
Pero qué estupidez, pensó Malfoy y saltó de un tirón la sección dedicada a la gran ave, que casualmente revisaba en ese momento.
Una voz amplificada se extendió por los vagones y anunció que llegarían a Hogwarts en cinco minutos. Las instrucciones eran dejar el equipaje en el tren para que fuera retirado por personal del colegio y que los prefectos ayudaran al guardabosques a organizar a los estudiantes.
Por primera vez en todo el viaje, Scorpius percibió el hormigueo de la excitación en su pecho. Finalmente vería cumplido su destino.
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Slytherin. Toda la familia Malfoy, salvo alguno que otro primo eliminado del árbol genealógico, habían pertenecido a la casa del glorioso Salazar Slytherin. Scorpius había devorado toda la información a su alcance acerca del fundador de la morada de la serpiente, y había crecido escuchando las historias de su abuelo y su padre sobre las maravillas que este había escondido en Hogwarts...como la Cámara de los Secretos, por ejemplo. Una lástima que el basilisco que vivía en las cañerías hubiese sido aniquilado años atrás, pero si él pudiera echar un vistazo a sus huesos...incluso hablaba pársel con fluidez, después de meses de aprenderlo de forma autodidacta por medio de un mapa fonético desarrollado por un tío-abuelo Malfoy hace siglos.
Scorpius había encontrado el manuscrito en los archivos de la mansión familiar a los ocho años y lo había asimilado con rapidez. El tío-abuelo Malfoy, además, tenía una caligrafía perfectamente simétrica…
—¡Granger-Weasley, Rose! —Neville Longbottom no disimuló su sonrisa al pronunciar el nombre, anclando a Malfoy de vuelta en la realidad del Gran Comedor.
El duendecillo enfiló hacia el taburete, sobre el que reposaba el famoso Sombrero Seleccionador de Hogwarts, y guiñó un ojo hacia Potter, que seguía sus movimientos desde la fila de alumnos de primer año que aguardaba su turno.
—¡GRYFFINDOR!—fue el dictamen del sombrero.
La mesa de los leones estalló en vítores y aplausos. El duendecillo acudió a sentarse con ellos, radiante. Potter contuvo el aliento, su piel se había puesto como el papel de arroz.
Los siguientes personajes no interesaron a Scorpius. Aquí y allá, los nuevos pupilos eran despachados al tejón, el águila, los leoncitos domesticados o la astuta serpiente (a estos últimos les dedicaba algún reconocimiento, sobre todo si se trataba de hijos relacionados con los Malfoy).
Por fin, el profesor larguirucho y de rostro rasguñado (¿mucho tiempo con las tentáculas venenosas del Invernadero, quizá?) lo convocó.
—¡Malfoy, Scorpius!
No tenía por qué estar preocupado, se dijo. El Sombrero no había vacilado un instante cuando le tocó a su padre, tampoco lo haría con él. Subió los escalones, saludó al profesor con una inclinación de la barbilla y se acomodó en el taburete, a la vista de millones de ojos que contemplarían su maravillosa iniciación. Fijó la vista en los Slytherin, y sonrió al imaginar que pronto estaría estrechando sus manos.
A continuación, Longbottom aproximó el Sombrero a su coronilla, el roce de la tela lo estremeció hasta la médula.
Entonces, ocurrió el disparo.
—¡RAVENCLAW!
Continuará...
