UN EQUIPO PARA LA GLORIA
Por Cris Snape
Para Alter321
Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.
2
Peregrine
Prisión de Azkaban. Junio de 2005.
—Respira profundamente.
Peregrine Derrick obedeció, pero antes de poder llenar los pulmones de aire, le sobrevino un nuevo ataque de tos. Se suponía que con la llegada del buen tiempo los presos experimentaban una considerable mejoría en su estado de salud, así que Peregrine maldijo su mala suerte. Sintió la mano de la sanadora Quirke frotando su espalda e intentó relajarse. Poco a poco la tos fue desapareciendo y sólo entonces ella prosiguió con el examen médico.
—La neumonía no mejora. Recomendaré que seas trasladado a San Mungo hasta que te recuperes.
Peregrine soltó una risita de incredulidad y recibió a cambio una mirada de reproche. A la sanadora Quirke no le gustaba nada aquella actitud. La pobre idiota aún confiaba en la buena fe del ser humano, pero Derrick sabía perfectamente que nadie autorizaría aquel traslado. El Wizengamont le condenó a veinte años de prisión y veinte años cumpliría, enfermo o no.
—Mientras tanto —La sanadora siguió hablando como si no hubiera oído nada—, haré que lleven un par de mantas a tu celda para que no tengas frío y revisaré tu medicación.
La mujer comenzó a revisar su expediente. Orla Quirke trabajaba en San Mungo, pero una vez por semana acudía a Azkaban para ayudar al sanador interno con los presos enfermos. Era un trabajo que hacía voluntariamente y Derrick estaba convencido de que no le proporcionaba ni placer ni dinero. A no ser que disfrutara contemplando la miseria humana, por supuesto.
Peregrine aprovechó que estaba concentrada en su trabajo para observarla. Quirke era una mujer joven, bajita y un poco rolliza. Tenía el rostro redondeado, la nariz achatada y los ojos pequeños y oscuros. Había algo en sus facciones que recordaba a un cerdito y el hecho de que tuviera la piel un tanto rosada no ayudaba a que luciera un mejor aspecto. Peregrine estaba convencido de que la mejor parte de la sanadora era su cabello. Rojo, rizado y muy largo, aunque se empeñara en sujetarlo en una cola de caballo nada favorecedora.
Antes de Azkaban, a Peregrine no se le daban nada mal las chicas. Había sido un chaval guapo. Alto, de complexión atlética y pelo muy rubio, en Hogwarts contó con muchas admiradoras que posiblemente ahora lo mirarían con asco. Y es que la prisión mágica no convertía a los brujos en adonis griegos. Más bien los volvía flacuchos y débiles y les ponía el pelo blanco y el rostro demacrado. Ni siquiera sus ojos azules serían capaces de atraer a una fémina con un mínimo de buen gusto.
—¿Te estás tomando las pociones que te receté?
La voz de Quirke le sacó de sus pensamientos. Peregrine asintió. A lo mejor los guardas de Azkaban no eran los hombres más simpáticos del mundo, pero debía reconocer que trataban a los presos con un mínimo de dignidad. A veces se avergonzaba por no haberse comportado como ellos cuando tuvo la oportunidad.
—Sí.
—Entonces voy a cambiarte la de la noche. Con esta otra podrás respirar mucho mejor y te ayudará a dormir —La sanadora alzó la vista para mirarle—. ¿Sigues teniendo problemas nocturnos?
Se refería a las pesadillas. Peregrine negó lentamente con la cabeza aunque fuera mentira. Estaba bastante convencido de que pasaría todos sus años en Azkaban sufriendo malos sueños, escuchando las súplicas de los sangresucias que una vez estuvieron a su cargo.
—Si no pudieras descansar bien, solicitaremos al Ministerio un permiso especial para administrarte pociones para dormir sin soñar. Estoy segura de que lo concederían.
—No necesito pociones de esa clase.
Orla Quirke asintió con sequedad, hizo unas cuantas anotaciones en un pergamino y no siguió haciendo preguntas. Antes de pedir a los guardias que lo llevaran de regreso a su celda, le dirigió una mirada apenada y se dispuso a recibir a su siguiente paciente.
Peregrine odiaba que le tuvieran lástima. Aunque no siempre le apeteciera reconocerlo, era consciente de que estaba en Azkaban porque él mismo se lo había buscado. Durante meses había lucido con orgullo la Marca Tenebrosa, había disfrutado ocasionando daño a aquellos a los que consideraba inferiores y había perdido. Con el tiempo fue capaz de comprender lo equivocado que estuvo, pero ya era tarde. Lo único que podía hacer era cumplir su pena y luchar por salir del infierno más o menos indemne.
Cuando el guardia le asió del brazo, recordó lo mucho que gritó y se retorció la primera vez que lo inmovilizaron para encerrarle. Se creía poseedor de la verdad absoluta y resultó ser un tonto de remate, una marioneta en manos de individuos que jamás se preocuparon por nadie más que por sí mismos. Ya no tenía sentido pensar en ello de la misma forma que no tenía sentido resistirse. Si se comportaba, si no hacía estupideces, los guardias no se metían con él.
Tal y como pidió la sanadora Quirke, lo llevaron hasta su celda. Peregrine sabía de primera mano que Azkaban había mejorado muchísimo después de la guerra contra el Señor Tenebroso, pero de todas formas resultaba desalentador quedarse allí encerrado aunque tuviera un compañero. Sidney Barrett era un sangresucia de Portsmouth que se había apropiado de la litera de arriba sin preguntar. Tenía una barriga prominente, estaba completamente calvo y lo habían encarcelado por matar a un unicornio.
A Peregrine no le caía bien. Algunos pensaban que se debía únicamente a su status de sangre pero nada más lejos de la verdad. Sangresuciao no, Barrett se había ganado su resentimiento por méritos propios. Para empezar, era el tipo más desaseado del universo y no tenía ningún inconveniente en soltar flatulencias cuando ambos estaban acostados. Nunca tiraba de la cadena cuando hacía aguas mayores, roncaba como una mala bestia y acostumbraba a cantar viejas canciones muggles sólo para molestarle.
Se había cargado un unicornio, joder. ¿Qué clase de ser monstruoso era capaz de hacer tal cosa?
La decoración de la celda era bastante espartana. Una litera frente a la puerta, un retrete en el rincón y una mesa de escritorio con dos baldas y una sola silla. Barrett posiblemente fuera analfabeto pero se empeñaba en ocupar esa silla un día sí y otro también.
Al principio Derrick protestó. Recordaba con nostalgia su etapa como golpeador del equipo de quidditch de Slytherin, cuando estaba en plena forma y era capaz de darle una paliza al más pintado. Sin embargo, cuando descubrió que estaba demasiado enclenque para plantar cara a esa bestia sebosa, optó por hacer lo que mejor se le daba: callar y sobrevivir.
—El mariquita ha vuelto de que le curen la pupita.
Barrett no era el hombre más sutil del mundo cuando se metía con él. De hecho, era tan ridículo e infantil que a veces Peregrine pensaba que tenía alguna clase de retraso mental. Era innegable que no era un tipo demasiado listo. Un día más no le dio la menor importancia a su comentario y se sentó en su litera, sintiéndose bastante cansado de repente.
—Los guardias te han traído dos mantas. Me voy a quedar con una.
—Pero si te pasas la noche quejándote de que tienes calor.
—Hay que compartir, niñato egoísta.
Peregrine podía estar arrepentido de ciertos aspectos de su pasado pero en ese momento lamentó que Barret no hubiera sido una de las víctimas de los mortífagos. Estaba bastante convencido de que se habían cargado a tipos muchísimo más dignos de seguir con vida que aquel imbécil. Dadas las circunstancias tenía dos opciones: callarse y correr el riesgo de que la neumonía no se le curara nunca o enfrentar a Barret y ver qué ocurría después.
—No te vas a quedar con nada. Son mías.
Lo había dicho. Barret entornó los ojos, se levantó y se encaró con él. Peregrine hizo lo propio, sintiéndose lleno de fuerzas. Estaba bastante seguro de que saldría perdiendo pero eran sus mantas. Suyas y de nadie más.
—¿Qué dices, mierdecilla?
—He dicho que las mantas son para mí.
Barret gruñó y le agarró por el cuello de su camisola de prisionero. Tenía los dientes amarillos y torcidos y el aliento le olía fatal.
—A ver si te voy a tener que partir la cara.
Eso debería bastar para achantarle pero no. Estaba envalentonado y decidido a no ser sensato al menos por un día.
—A ver si voy a tener que decírselo a los guardias para que te lleven a las celdas de aislamiento —Peregrine esbozó una sonrisa enloquecida—. Dicen que todavía quedan dementores ahí abajo.
Aquello no era más que una leyenda urbana inventada por los presos y Peregrine Derrick lo sabía de primera mano porque al principio de su encierro pasó mucho tiempo allí, castigado por su mal comportamiento. Las celdas de aislamiento eran pequeñas, húmedas, apestosas y ni siquiera tenían un catre en el que reposar pero no tenían dementores.
Barret dudó. Por un momento pareció que iba a darle un puñetazo, pero finamente le soltó con brusquedad y volvió a su silla. Peregrine se quedó muy quieto, preguntándose si eso significaba que había ganado. Todo parecía estar a su favor pero en los últimos años había sufrido tantas derrotas que ya no podía estar seguro de nada. Así pues, sólo para asegurase de que todo estaba correcto, agarró la manta que Barret dejó sobre su colchón y la metió debajo de su almohada. Barret no reaccionó y fue entonces cuando se permitió tranquilizarse y volvió a tomar asiento.
Si Barret no fuera un ceporro violento, Peregrine posiblemente hubiera intentado mantener alguna conversación con él. Recordó sus años en Hogwarts, cuando compartía cuarto con Lucian Bole. En ocasiones habían sido capaces de pasar noches enteras charlando. Bole acostumbraba a poner a parir a todo el mundo y sus comentarios, irreverentes y obscenos, conseguían que Peregrine se partiera de la risa.
Fueron buenos tiempos. Peregrine era un hombre al que le costaba un mundo entablar amistad, quizá porque tendía a desconfiar de todo el mundo, pero con Bole todo fue distinto. Juntos compartieron momentos vitales en su crecimiento como personas pero la guerra les distanció.
Bole había sido mucho más listo que él. Aunque estaban de acuerdo respecto a un montón de temas relacionados con la pureza de sangre, Lucian jamás llegó a unirse a los mortífagos. De hecho, intentó convencerle a él para que lo evitara en la medida de lo posible pero no le hizo caso y todo terminó de mala manera.
Pese a la distancia, Bole acostumbraba a visitarlo en prisión. Para Peregrine, que tan solo recibía a su madre una vez cada quince días, era un pequeño placer disfrutar de la compañía de su amigo. Bole aseguraba que si no iba más a menudo se debía a su trabajo, así que compensaba la ausencia escribiéndole cartas. Muchas cartas. Cartas en las que había muchas palabras pero que casi nunca se centraban en asuntos personales. Cartas banales que le hacían sonreír.
Lamentablemente aquel día no hubo correo. Peregrine se había perdido la hora de salir al patio, así que no le quedaba más remedio que pasar el resto de la jornada allí encerrado, viendo como Barret se sacaba pelusillas del ombligo y mortalmente aburrido. Tal vez aquello fuera lo peor de Azkaban, las largas horas sin hacer nada. El aburrimiento.
—Tienes mala cara.
Bole jamás saludaba como las personas normales. De hecho, en ocasiones daba la sensación de que buscaba algo desagradable que decir y que lo soltaba sin importarle si su interlocutor se sentía molesto o no. Peregrine era de los que se tomaban su falta de diplomacia con calma, especialmente cuando tenía más razón que un santo.
La noche anterior apenas pudo pegar ojo. Tuvo fiebre y le sobrevino tal ataque de tos que tuvieron que llevarle a la enfermería por si le daba por asfixiarse. Peregrine suponía que su estado de salud no era precisamente bueno porque incluso el sanador interino, quien era el hombre más frío de la Historia de la Humanidad, parecía ligeramente preocupado.
Puesto que por la mañana se encontraba mejor, los guardias lo devolvieron a su celda y allí se llevó un disgusto tremendo al descubrir que Barret había hecho pedazos las mantas que le llevaron días antes. Había cometido la imprudencia de gritar de pura indignación, consiguiendo que su compañero se riera de él y un nuevo ataque de tos que a punto estuvo de dejarle sin la visita semanal de Lucian Bole.
A Peregrine no le gustaba nada quejarse, pero se encontraba realmente enfermo. Así pues, se encogió de hombros y dijo la verdad. Estaba claro que haciéndose el fuerte no engañaba a nadie.
—Anoche estuve en la enfermería.
—¿Sigues resfriado?
—Tengo neumonía.
Había sonado como un auténtico llorica. Bole, que tenía fama de ser un bastardo sin entrañas, le miró con genuina preocupación.
—¿Te están tratando como es debido?
—Estoy tomando un montón de pociones, aunque no están haciendo el efecto deseado. La sanadora Quirke dijo que sería conveniente que me trasladen a San Mungo para tratarme.
Bole entornó los ojos. En alguna ocasión había hecho comentarios bastante desagradables sobre Orla Quirke, comentarios que a veces Peregrine encontraba divertidos, pero ese día se los ahorró.
—¿Ha hecho algo más aparte de sugerencias?
—No lo sé, Lucian. Ya sabes lo difícil que es que te den información aquí dentro.
Bole asintió. Peregrine no sabía por qué le había contado aquello, pero realmente no esperaba que hiciera nada. Las veces en las que se quejaba por algo solía ser delante de su madre, aunque por lo general se guardaba sus preocupaciones para sí mismo. No quería que los demás se angustiaran, especialmente su progenitora. Para ella estaba siendo muy difícil superar una guerra en la que su esposo había fallecido y su único hijo había terminado entre rejas. No necesitaba más peso sobre sus hombros.
—Hablaré con Quirke.
La determinación estaba presente en el tono de Bole y Peregrine supo de inmediato que era inútil pedirle que no hiciera nada. Estaba frente al hombre más cabezota que había conocido nunca, un tipo que logró terminar sus estudios en Hogwarts a base de tesón y que podía pasar noches enteras entrenando en la clandestinidad para ganar un campeonato de quidditch escolar.
—La sanadora Quirke es muy buena profesional. Apuesto a que ya ha organizado todo el papeleo.
—Ya veremos.
Bole se cruzó de brazos y rechinó los dientes. Tenía cara de estar enfadado con el mundo y Peregrine decidió que era el momento adecuado para cambiar de tema. No deseaba pasarse todo la visita charlando sobre la difícil solución de sus problemas de salud.
—Tú tampoco tienes muy buen aspecto que digamos.
A juzgar por su expresión, Bole no se esperaba un comentario semejante. Peregrine sonrió, recordando los viejos tiempos. Nunca había sido fácil sorprender a Lucian. Esperaba que no se tomara la molestia de responder nada, pero lo hizo.
—Me han surgido algunos inconvenientes en el trabajo.
—Pues teniendo en cuenta que cuidas dragones, suena bastante peligroso.
—No es por los dragones —Bole chasqueó la lengua, restándole importancia a la ferocidad de aquellas criaturas mágicas—. Tengo un nuevo compañero y es insoportable.
Peregrine soltó una risita. Su amigo nunca había sido un tipo demasiado sociable.
—Ya me lo imagino.
—Menos mal que sólo está en Noruega de forma temporal. Dentro de poco eclosionarán una docena de huevos y hemos solicitado ayuda a un equipo de Rumanía especialista en ese tipo de dragones. Y mira por dónde nos han enviado al más imbécil de todos —Bole carraspeó y apartó un instante la mirada—. De hecho, le conoces.
—¿De quién se trata?
Bole guardó silencio un instante y al final escupió el nombre.
—Charles Weasley. Gryffindor. Fue buscador de su equipo.
Peregrine entornó los ojos e hizo memoria. No le fue nada difícil acordarse de él porque los Weasley eran una familia bastante reputada en el mundo mágico y porque siempre fue realmente bueno sobre la escoba.
—¡Claro! Decían que iba para jugador profesional pero…
—Estudió dragones —Gruñó Bole—. De entre todas las carreras mágicas, escogió una que lo ha interpuesto en mi camino.
Peregrine se rió, notando algo en esa forma de hablar que le resultó bastante familiar.
—No creo que estudiara dragones sólo para molestarte, Lucian.
—Pues a mí no me extrañaría. Ya sabes cómo son los Weasley.
No pudo evitar seguir riéndose. Hubiera estado bien meterse con su compañero un poco más pero no quería que su visita terminara con una discusión. A Bole no le gustaba ni un pelo que le lanzaran pullas y se burlaran de él, aunque fuese de forma amistosa. Podría decirse que no tenía ningún sentido del humor.
—Si se tratara de los gemelos no te diría que no, pero ese Weasley en particular no daba la impresión de ser tan idiota.
—Porque apenas lo tratamos, Derrick. Te aseguro que es la persona más exasperante que he conocido nunca.
—¿Incluso más exasperante que tú?
Con ese comentario se ganó una mirada muy fea. Lamentablemente la risa le produjo un nuevo ataque de tos y necesitó casi dos minutos enteros para calmarse. Cuando recuperó el aliento, Bole le estaba mirando con la misma preocupación de antes y supo que sus intentos por dejar de hablar sobre su estado de salud serían un fracaso. Quizá por eso le sorprendió que Bole hiciese aquel comentario.
—El otro día estuve tomándome unas copas con los chicos del equipo de quidditch —Le miraba con tanta intensidad que resultaba hasta incómodo—. Estuvimos todos excepto el cretino lameculos de Malfoy y tú.
—Supongo que a Malfoy no lo invitasteis.
Bole negó con la cabeza. Aunque habían aceptado con sumo gusto las escobas que Lucius Malfoy regaló al equipo a cambio de que permitieran a Draco ser su buscador, el chico nunca les había caído bien. Peregrine sabía que después de la guerra había cambiado muchísimo, pero el Malfoy de Hogwarts fue un snob egoísta y capullo al que nadie quería tener cerca. O casi nadie, porque Derrick debía reconocer que en ocasiones había sido divertido burlarse de Potter junto a Malfoy.
—Higgs lo organizó todo y se supone que no le llamó, aunque no me extrañaría que le hubiera enviado algún mensaje. Ya sabes que es un bien queda.
—Algunos dirían que Terence es muy diplomático.
—Ya. Diplomático y una mierda —Bole chasqueó la lengua nuevamente—. Pero lo de Malfoy da igual. La cuestión es que tú no estabas y fue injusto.
Peregrine se removió. Ahora sí que le estaba incomodando y necesitaba quitarle hierro al asunto.
—No irás a ponerte sentimental, Bole.
—Puedes pensar lo que te dé la gana, pero esta situación es una mierda. Conozco a más de uno que hizo bastantes más cosas que tú y ya está libre.
Nunca tocaban ese tema. Peregrine tenía bastante con pasar horas elucubrando sobre lo justo o injusto de su condena y no necesitaba que Bole le planteara cuestiones como aquella. Agradecía que su amigo se mostrara indignado pero no estaba seguro de que supiera cómo habían sido las cosas en Azkaban durante el tiempo que fue uno de los guardias. Todo lo que había hecho y de lo que a veces se arrepentía.
—Déjalo, Lucian.
—Por supuesto que no dejo nada —Bole subió el tono de voz—. Mírate, Peregrine. Compartes celda con esa escoria sangresucia, te tratan como a un delincuente y no te atienden cuando estás enfermo.
Derrick vio como uno de los guardias se removía, seguramente molesto al haber escuchado con tanta claridad esa palabra tan fea. En Azkaban estaba totalmente prohibida.
—No negaré que Barret sea un ser repugnante pero no hables así.
—¿Cómo, por Merlín?
—Ya sabes cómo.
Lucian apretó los dientes, entornó los ojos y respiró profundamente.
—¿Qué mosca os ha picado a todos, Derrick? Puedo hablar como me dé la gana.
—Los tiempos han cambiado. Asúmelo y no te metas en líos, anda.
Bole echó un vistazo a su alrededor. El guardia le estaba mirando como si tuviera ganas de meterlo en una celda y tirar la llave y Peregrine tenía su parte de razón.
—Puedo cuidar mi vocabulario pero esto no quedará así, Peregrine. Ya lo verás.
No dijo nada más antes de marcharse, pero estaba claro que tenía algo en mente y que no pensaba parar hasta salirse con la suya. A Derrick el asunto le preocupó los primeros cinco minutos, hasta que la visita terminó y se vio obligado a volver a su celda, con Barret y todos sus problemas.
Vaya mierda.
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