UN EQUIPO PARA LA GLORIA

Por Cris Snape


Para Alter321


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.

SEPARADOR

3

Lucian

Hospital Mágico de San Mungo. Julio de 2005.

A Lucian los niños le desagradaban en general y aquel en particular le resultaba odioso. Debía tener cuatro o cinco años y tenía pinta de haber sufrido un estallido de magia involuntaria porque se había hecho crecer dos relucientes colmillos de marfil que se retorcían elegantemente hacia arriba y amenazaban con atravesarle el cráneo. Ciertamente sería interesante ver al mocoso en semejante tesitura. Así al menos dejaría de mirarle fijamente, como si el único ser extraño de esa sala de espera no fuera él.

Lucian sabía que su aspecto resultaba bastante intimidante y solía utilizarlo para espantar a esas espantosas criaturas, pero aquel crío no le quitaba ojo, fascinado vete tú a saber por qué. Se había planteado la posibilidad de pegarle un buen grito pero estaba convencido de que a su acompañante, una mujer fea de cuello muy largo, no le haría ni pizca de gracia.

Llevaba mucho rato esperando y soportando al mocoso. Tanto era así que estaba empezando a plantearse el sentido de su existencia. O más en concreto, la conveniencia de llevar a cabo aquella visita. Peregrine incluso le escribió una carta pidiéndole que no molestara a Orla Quirke, la cual no había sido capaz de trasladar a su amigo a San Mungo para que le curaran la dichosa neumonía.

A veces no terminaba de comprender por qué la situación le indignaba tanto. Derrick llevaba mucho tiempo en Azkaban y hasta ese mes de junio no se había planteado lo justo o injusto de su situación. Por supuesto que no le gustaba verlo entre rejas y no consideraba que sus acciones merecieran una condena tan larga, pero en algún momento había aceptado la realidad y se había resignado. Hasta ahora.

En las últimas semanas estaba de un humor de perros. Por su mente no pasaba ni un solo pensamiento positivo y tendía a tomarse todo a la tremenda. Tal vez por eso le había irritado tanto que Peregrine estuviera enfermo y desatendido. Tal vez por eso estaba en San Mungo, esperando a una estúpida sanadora.

¿Y a qué se debía ese enfado que le acompañaba todo el rato? La respuesta a esa pregunta sí que la tenía bien clara porque todo era por culpa del trabajo. Desde que Weasley y la otra chica llegaron a su reserva de dragones, las cosas iban de mal en peor. Ese maldito cretino pelirrojo se creía con el derecho de decirle a todo el mundo lo que debía hacer y Bole llevaba bastante más tiempo que él trabajando en Noruega y sabía perfectamente lo que se hacía. Gracias y adiós.

De haber podido, hubiera mandado a Weasley y compañía de regreso a Rumanía de una patada en el culo. No soportaba sus aires de grandeza y su supuesta ética a prueba de bombas. ¡Merlín! Ni siquiera soportaba que su pelo tuviera ese tono naranja tan similar al de las zanahorias. La abuela Bole siempre decía que los pelirrojos eran pájaros de mal agüero y, joder, no se equivocaba ni un ápice. De hecho, el niño mirón también pertenecía al Club de los Zanahorios.

¡Oh! Esa era muy buena. Si Peregrine hubiera estado a su lado, lo más seguro era que se hubiera reído con su chiste. Pero no. Estaba en Azkaban por culpa de esos bastardos moralistas que ganaron la guerra, traicionando las viejas tradiciones y…

—Señor Bole.

Una voz femenina interrumpió sus pensamientos. Lucian era perfectamente consciente de lo intenso que se estaba poniendo y una parte de su cerebro aprovechó para gritarle que no se quejara tanto porque en el fondo sabía que era mejor que quién él sabía estuviera muerto.

La persona que le había hablado no era otra que Orla Quirke. No la recordaba de sus tiempos en Hogwarts y no creía habérsela cruzado nunca por el mundo mágico, pero llevaba una placa identificativa con su nombre y, joder, llevaba tanto tiempo esperándola que podría haberse dedicado a incubar un huevo de dragón hasta su eclosión.

—Me han dicho que quiere hablar conmigo.

—Pues sí —Al levantarse, Lucian descubrió que era medio metro más alto que esa mujer. De hecho, ella tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para poder mirarle a la cara. Tal vez hubiera sido más amable por su parte permanecer sentado pero, qué demonios. A la porra los modales—. Ya iba siendo hora de que se dignara a venir.

La mujer entornó los ojos como si acabara de decidir que le caía mal. Bien. El sentimiento era mutuo.

—Estaba atendiendo a mis pacientes, señor Bole. Por lo que me han dicho, usted no está enfermo.

—Yo no, pero Peregrine sí.

—¿Quién?

No le extrañó nada que no supiera quién era Derrick. Tenía pinta de ser una cabeza de chorlito incapaz de hacer un seguimiento médico en condiciones. Según su amigo, Quirke había ido a Ravenclaw aunque estaba claro que no todos los que habían salido de esa casa eran cerebritos. A las pruebas se remitía.

—Peregrine Derrick. Es uno de los prisioneros de Azkaban que visita semanalmente.

Cuando pronunció el nombre de la cárcel mágica, muchas cabezas se giraron en su dirección. De hecho, Quirke entornó aún más los ojos y tuvo el descaro de agarrarle por el codo. ¡A él, que podría haberla dejado inconsciente de un soplido! Estuvo a punto de apartar el brazo con toda la brusquedad posible, pero ella no le dio tiempo a reaccionar. Lo sacó prácticamente a rastras de la sala de espera y lo guió a través de los pasillos, seguramente hacia la salida.

—Será mejor que hablemos en mi despacho.

O a lo mejor no quería deshacerse de él tan pronto. Alguien, no conseguía recordar quién, le había dicho que no debía ser tan desconfiado porque no todo el mundo era tan cabrón como él.

Estaba tan impactado por el hecho de que una mujer enana pudiera manejarlo con tanta soltura que no abrió la boca hasta que Orla Quirke se detuvo frente a una puerta de un horroroso color grisáceo y le invitó a entrar al que debía ser su despacho. Era una habitación pequeña, con un escritorio frente a la ventana y una camilla cubierta por una sábana verde. La sanadora se sentó en su lugar y Bole se acomodó frente a ella.

—¿Y bien?

La sanadora acompañó sus palabras con un movimiento de su mano derecha.

—¿Qué?

—Antes ha dicho que quiere hablarme sobre el señor Derrick. Usted dirá.

Era extraño. Bole estaba acostumbrado a tratar con personas de toda clase y condición y jamás se había sentido intimidado, pero había algo en la expresión de esa mujercita que le resultaba inquietante. A lo mejor no era de extrañar que se mostrara tan segura de sí misma. Trabajando como sanadora en San Mungo, seguramente se había enfrentado a pacientes con patologías bastante peligrosas, así que su cara de mal genio debía resultarle poco menos que ridícula.

—Peregrine está enfermo.

Puesto que su voz sonó firme, Bole fue recuperando el aplomo. Sí. La actitud de esa mujer le había descolocado pero ya volvía a ser él mismo. Tenía un objetivo claro y pensaba hacer lo que fuera para cumplirlo. Para empezar, tenía que cantarle las cuarenta a la sanadora Quirke.

—Conozco de primera mano el estado de salud del señor Derrick. Yo misma le he puesto el tratamiento que debe seguir para recuperarse y estoy tramitando su traslado a San Mungo.

—Peregrine me ha dicho que se lo han denegado.

—La primera vez sí, pero le aseguro que en esta ocasión el resultado será bien distinto —Era curioso, pero la sanadora parecía hacerse más grande conforme hablaba—. Mi prioridad es conseguir que mi paciente se cure y haré lo que sea necesario para conseguirlo.

Bole no se esperaba escuchar algo como eso. De hecho, mentalmente había preparado un discurso sobre la hipocresía de la sociedad en la que les había tocado vivir.

—¿Está hablando en serio?

—Yo nunca bromeo, señor Bole —La sanadora colocó ambas manos sobre el escritorio y entrelazó los dedos—. No me ha dicho lo que quiere de mí.

Buscó alguna excusa estúpida pero al final decidió no rebajarse hasta ese nivel.

—Supongo que ya da igual. Parece que tiene la situación bastante controlada.

La sanadora sonrió y se relajó visiblemente. Ya no parecía tan intimidante como antes.

—Hago todo cuanto está en mis manos, señor Bole, aunque usted considere que no es suficiente.

—Yo no he dicho eso.

—No hacía falta que lo dijera.

Lucian debía reconocer que nunca había sido demasiado bueno disimulando. La sanadora seguía sonriendo y por un momento tuvo la sensación de que podía leerle la mente.

—Es encomiable que se preocupe tanto por el señor Derrick —En esa ocasión su tono de voz fue muy suave, casi como una caricia. Seguro que hablaba así con los niños que no permitían que les examinase—. Lamentablemente no hay mucha gente que se preocupe por los presos de Azkaban.

Lucian guardó silencio. Consideró más prudente dejar que la sanadora dijera lo que tuviera que decir antes de comunicar su opinión respecto al tema.

—No le negaré que algunos merecen estar encerrados y que me siento más segura si los mantienen en prisión, pero el señor Derrick no me parece peligroso.

Peregrine era un cabrón y posiblemente había hecho algunas cosas no demasiado agradables cuando se convirtió en mortífago pero a esas alturas seguro que no deseaba ocasionar daño a nadie.

—No lo es.

—Es una auténtica lástima que su condena sea tan larga, ¿no cree?

Quirke parecía absolutamente sincera y Bole asintió.

—Ha estado en Azkaban más tiempo del que se merecía, se lo aseguro.

—¿No se ha planteado la posibilidad de solicitar una revisión de su caso? No sería el primero en hacerlo.

Bole retuvo el aire en los pulmones. Durante los últimos días no había podido quitarse de la cabeza la idea de liberar a Peregrine de Azkaban y ese comentario de la sanadora Quirke no hizo más que aumentar su determinación. Llevaba tanto tiempo en Noruega que no estaba al tanto de la mayor parte de los acontecimientos que tenían lugar en la Inglaterra mágica, pero debía investigar eso que Quirke acababa de decir. Si Peregrine pedía al Wizengamont que volvieran a estudiar su condena, quizá la suerte le sonreiría.

Un hormigueo extraño empezó a recorrerle el cuerpo y tuvo que ponerse en pie de forma inmediata.

—Tengo que irme.

No dio más explicaciones. Abandonó el despacho de la sanadora y salió de San Mungo dando grandes zancadas. Tenía que hacerse con unos cuantos ejemplares de El Profeta y contactar con un par de amigos. Peregrine Derrick no pasaría la próxima Navidad en Azkaban. Como que se llamaba Lucian Bole.


A Lucian nunca le había gustado leer el periódico. Lo consideraba una absoluta pérdida de tiempo, habida cuenta de que las noticias solían estar manipuladas por los mandamases del mundo mágico. No le extrañaba nada que en El Profeta pusieran a caldo a todos aquellos individuos que alguna vez simpatizaron con el Señor Tenebroso y que años después reclamaron al Wizengamont su puesta en libertad. Nadie parecía entender que tenían todo el derecho del mundo a querer salir de Azkaban, que era el lugar más horrible del mundo en el que un hombre podría vivir. Más aún que aquella reserva de dragones.

A Lucian le gustaba su trabajo. Desde muy pequeño tuvo bien claro que quería dedicarse al cuidado de los dragones y había luchado mucho para llegar hasta allí. Prefería mil veces estar rodeado por docenas de aquellas criaturas antes de tener que soportar las estupideces que normalmente decían los especímenes del género humano. No tenía fama de sociable pero con el tiempo se había ganado el respeto de sus compañeros porque era realmente bueno. De los mejores.

Por ese motivo le había fastidiado tanto que Weasley hubiera tomado el mando en cuanto puso un pie en su reserva. Vale que fuera un gran experto en esos menesteres, pero aquel no era su sitio. No era el jefe, ni su superior, ni nadie que pudiera ningunearlo y contradecir sus órdenes. Y definitivamente no era quien para aporrear la puerta de su cabaña mientras leía antiguos ejemplares del periódico más patético del mundo mágico.

Bole le abrió con tanta brusquedad que a punto estuvo de quedarse con el picaporte en la mano. Algo le abrasó por dentro cuando vio a Weasley frente a él, con esa barba de tres días y sus hombros anchos y su mirada intensa. Weasley, del que todos decían que era muy simpático y heroico. Weasley, que estaba allí sólo para tocarle las narices.

—¿Qué quieres?

Escupió las palabras con toda la mala leche que pudo reunir. Aunque Weasley era mucho más bajito que él, no se mostró ni mínimamente impresionado por su mal carácter. ¿Qué le estaba pasando? Primero la sanadora Quirke y ahora ese cretino. ¿Es que había perdido sus poderes intimidatorios?

—Necesito que me ayudes, Bole.

—Tengo entendido que eres el mejor cuidador de dragones del mundo mágico. Apáñate solo.

Su intención era darle con la puerta en las narices y volver a sus periódicos, pero Weasley colocó un pie estratégicamente para no dejarle cerrar. Espléndido.

—No seas tan idiota y escúchame, anda.

Eso que le abrasaba por dentro amenazaba con consumirle, así que no le quedó más remedio que sacar pecho y encararse con él.

—¿Cómo me has llamado?

Si volvía a insultarle le maldeciría allí mismo. No obstante, Weasley debía ser tan listo como todos decían porque le sonrió con amabilidad y le habló muy suavemente. Tenía unos dientes bastante bonitos, por cierto.

—Esto es importante, Bole. Uno de los dragones está enfermo. Uno de los tuyos.

No necesitó oír más. Extendió un brazo para impedir que le siguiera al interior de la casa y se puso su ropa de trabajo. Sólo entonces se dio cuenta de que Weasley llevaba puesto el uniforme que impedía que los dragones pudieran causarles heridas de gravedad.

Bole no tardó nada en estar preparado. No le hizo gracia dejar la casa tan desordenada pero tenían entre manos una emergencia y sus dragones no podían esperar. Durante horas, trabajó codo con codo con Weasley para impedir que aquella criatura mágica se muriera. Y es que estaba realmente enfermo por causa de un hongo que debió instalarse en su estómago semanas atrás y que amenazaba con devorarlo desde dentro.

Para cuando pudieron decretar que estaba fuera de peligro, era de madrugada. Bole estaba agotado y tenía frío y Weasley le invitó a tomarse un whisky de fuego junto a la hoguera que siempre tenía encendida frente a su cabaña. Decía que el fuego mantenía a los dragones tranquilos y que de esa manera evitaba que quisieran destruir su casa. Una idiotez, en su humilde opinión.

Su primer impulso fue rechazarle, pero en realidad le apetecía beber un poco y no estarían solos. Otros tres brujos habían participado en la operación de salvament0 y todos parecían necesitar un rato de relax antes de irse a la cama. Así pues, Bole se descubrió a sí mismo sentado sobre un tronco de madera, con los pies extendidos hacia la lumbre y bebiendo whisky en un vaso de algo que parecía plata y que seguramente no era más que latón.

—Ha sido una noche movidita —Comentó Weasley antes de sentarse a su lado—. Ese hechizo cicatrizante es realmente bueno. Nunca he visto a nadie que lo hiciera.

—Me lo enseñó mi abuela.

¿Por qué había dicho eso?

—¿También cuidaba dragones?

En realidad, la abuela Bole había tenido su casa llena de crups que se pasaban el día peleándose y haciéndose heridas que alguien tenía que curar después. Claro que no pensaba cometer dos veces el error de sincerarse con Weasley. Ni que fuera tonto de remate, por Merlín.

—Más o menos.

Weasley sonrió y se mantuvo callado durante bastante tiempo, con la vista fija en el fuego. Era extraño que su pelo se viera más rojo que naranja en ese momento y que sus ojos, de un azul pálido bastante insulso, reflejaran de esa manera las llamas.

—¿Sigues jugando al quidditch?

La pregunta le sorprendió. Charlie. No, Weasley. Weasley había girado la cabeza para mirarle y se le veía tan afable que Bole no tuvo ganas de decirle que se metiera en sus asuntos. Además, aquella pregunta era del todo inocente y no perdía nada por responderle.

—Hace mucho que no.

—Ya —Weasley miró otra vez el fuego—. A mí me gustaba ser buscador. Si no hubiera estudiado dragones, lo hubiera intentado en la liga profesional. Me hicieron un par de ofertas.

—¿En serio?

Bole no tenía ni la menor idea de aquello pero recordó cómo volaba Charlie Weasley y no le extrañó nada.

—Fue bastante tentador. Un buen sueldo, la oportunidad de alcanzar la fama mundial y prácticamente ninguna posibilidad de morir abrasado o de ser engullido por un dragón, pero finalmente me decanté por esto.

A Lucian le extrañó un poco la confidencia, aunque cabía la posibilidad de que a esas alturas ya le hubiera contado esa historia a todos sus compañeros de la reserva. Le gustaba congraciarse con los demás. Pese a saberlo un hipócrita, le siguió el juego.

—¿Te arrepentiste de tu decisión?

—Ni un poco.

—Ya.

Se quedaron en silencio durante casi un minuto. Charlie fue quien retomó la conversación.

—Tú también podrías haber sido un buen golpeador profesional —Le sonrió otra vez. Posiblemente estaría mucho menos guapo si no llevara barba—. Los gemelos siempre decían que Derrick y tú hacíais muy buena pareja en el campo. Bastante marrulleros, eso sí.

Bole estuvo a punto de decir que los gemelos siempre fueron unos capullos llorones, pero recordó que uno estaba muerto y seguramente a Charlie no le gustaría escuchar semejante cosa. Y no es que le importara lo más mínimo lo que ese tipo pensara de él, pero a lo mejor todo el mundo tenía razón cuando le decían que debía moderar su lenguaje. Llevaba toda su vida siendo borde, ¿por qué no jugar de vez en cuando a ser simpático?

—Siempre supe que quería estudiar dragones. El quidditch fue sólo diversión.

Charlie asintió y otra vez le miró. A lo mejor no tenía el pelo tan naranja como consideró en primera instancia. A lo mejor era de un rojo tan intenso como el que se apreciaba en ese momento.

A lo mejor debía dejar de beber para no seguir pensando estupideces.

—En Hogwarts no siempre fue tan divertido como debería ser —Charlie suspiró—. Más de una vez llevamos la competencia de las Casas demasiado lejos. Especialmente nosotros.

—¿Nosotros? No recuerdo haberme peleado contigo ni una sola vez.

—Me refiero a Gryffindor y Slytherin —Charlie se acomodó un poco mejor, aún sin quitarle los ojos de encima—. Siempre hechizándonos por los pasillos, metiéndonos los unos con los otros. Y, ¿para qué? ¿Qué sentido tenía aquello?

Bole nunca se había planteado esa cuestión. De hecho, consideraba que carecía de importancia. Se encogió de hombros y apuró el contenido de su copa.

—Era Hogwarts.

Con eso debía bastar para que Charlie se sintiera satisfecho. Sin embargo, pese a no decir ni una palabra, se le notó a la legua que su respuesta le había decepcionado. Bole decidió que ya había alternado suficiente con el enemigo y se puso en pie.

—Me voy a dormir. Mañana tengo que viajar a Londres.

Dicho eso, se fue. No miró ni una sola vez a Weasley mientras se alejaba pero no podía quitarse de la mente la imagen del fuego reflejándose en sus ojos.


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