UN EQUIPO PARA LA GLORIA

Por Cris Snape


Para Alter321


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.


4

Adrian

Departamento de Aplicación de la Ley Mágica, Ministerio de Magia. Julio de 2005.

El próximo memorándum interdepartamental que recibiera sería convertido en cenizas. Adrian Pucey lo tenía más claro que el agua. Había vuelto a pasar otra noche sin dormir por culpa de su adorable y nada maldito bebé y estaba demasiado agotado como para recibir quejas de tipos a los que ni siquiera podía ver. Aurores, inefables, bedeles, secretarios y otros descerebrados que sólo vivían para molestarle.

Necesitaba tomarse otro café. Uno que estuviera bien cargado y no tuviera ni leche ni azúcar ni nada de nada. Uno que quemara lo suficiente como para despertarle porque estaba bastante seguro de que terminaría quedándose dormido sobre el expediente de un tal Robert Perkins que un buen día había decidido aplicarse un encantamiento luminoso y había salido a la calle parpadeando como un árbol de Navidad.

¡Oh, sí! Dormir tampoco estaría nada mal. Si alguien le preguntara, Adrian no mentiría nada al decir que quería muchísimo a su hijo pero necesitaba que dejara de llorar de una vez, por favor. Los sanadores decían que no debía preocuparse, que si lloraba era porque sufría cólicos y que eso era normal en un bebé, pero es que Dwyn lloraba demasiado alto. Tan alto que bien podría hacerle estallar sus queridos y necesarios tímpanos.

—¡Adrian!

¡Demonios! ¿Quién le estaba llamando? ¿Era posible que hubiera dado una cabezadita? Recordaba haber cerrado los ojos, aunque su intención fue la de parpadear, no la de quedarse dormido en su puesto de trabajo. Alzó la mirada rápidamente y vio a Hermione Granger frente a él, mirándole con algo que se asemejaba muchísimo a la lástima.

—¡No estaba durmiendo!

Tenía que dejarlo bien claro.

—Claro que no —Granger le dio una palmadita en el hombro—. Te buscan.

Granger le caía bien. Aunque se había casado con un Weasley un par de años antes, todos en la oficina la conocían por su apellido de soltera. Al principio Adrian pensó que sería una sabelotodo entrometida y antipática, pero con el tiempo la había conocido mejor y se olvidó de los antiguos prejuicios adquiridos en Hogwarts. De hecho, trabajar donde trabajaba le había enseñado que las cosas que uno daba por sentadas en la escuela no eran más que tonterías.

Granger parecía comprender que estaba atravesando un momento muy duro a causa de la paternidad y era amable con él. Ni una sola vez se había chivado al jefe si lo pillaba durmiendo y hasta le había cubierto las espaldas en una ocasión, cuando Adrian decidió que la única forma de no caerse redondo era esconderse en el baño para tener dulces y apestosos sueños.

Granger señaló con la cabeza a un tipo enorme que venía ataviado con una gruesa capa de viaje. Para ser sincero consigo mismo, a Adrian no le hizo ninguna gracia ver a Lucian Bole en su oficina. Aquel cretino jamás le había caído bien y estaba hasta los huevos de que siempre dijera que su mujer era fea. Como si ella no poseyera mil atributos que compensaban con creces la falta de belleza física.

Si Bole no le estuviera mirando con los ojos entornados, le hubiera pedido a Granger que le dijera que no estaba disponible. No tenía ni la menor idea de a qué se debía esa visita y tampoco tenía ganas de escuchar nada que saliera por la boca de ese individuo. Desgraciadamente no le quedó más remedio que resignarse y hacerle un gesto a Bole para que se acercara.

Aunque el Departamento tuviera un nombre rimbombante que daba a entender que allí se hacían cosas muy serias e importantes para la comunidad mágica, la verdad es que era un caos. Las mesas estaban colocadas en hileras, cierto, pero los documentos de cada uno de sus empleados se apilaban caóticamente hacia arriba, dando a todo un aspecto desordenado e incluso sucio.

Bole era un tipo enorme y no le resultó del todo fácil caminar sin tirar ninguna pila de pergaminos. Cuando llegó frente a Adrian, le miró con desagrado y se sentó frente a él. No le dio los buenos días, no le estrechó la mano, no le preguntó cómo se encontraba su bebé. Demostraba una falta de modales en absoluto sorprendente.

—Quiero que me ayudes.

Y expresaba sus intenciones de manera bastante directa.

A Adrian le habían enseñado a ser simpático y educado desde pequeño. En Hogwarts, posiblemente era el único Slytherin que nunca se metía con nadie y que trataba a todo el mundo con cierta amabilidad, fueran cuales fueran su casa o su estatus de sangre. Cuando empezó a trabajar en el Ministerio, se prometió a sí mismo que seguiría mostrando ese mismo comportamiento porque funcionaba. Sí. Adrian Pucey estaba seguro de que su cordialidad le había ayudado a llegar hasta allí y así seguiría siendo.

Menos cuando Bole se presentaba en su oficina y le venía con exigencias, por supuesto.

—No.

Se sintió bien al decirlo. Le gustó que la expresión de superioridad de ese gilipollas desapareciera para dar paso al más absoluto desconcierto. Desgraciadamente, Bole se recuperó enseguida.

—Ni siquiera sabes lo que quiero pedirte.

Amabilidad. Calma. Respeto.

Y un cuerno.

Honestidad y dureza. Eso le hacía falta.

—Por si no lo tienes claro, Bole, nunca he tenido el más mínimo interés por ayudarte –El otro frunció el ceño—. Tampoco quiero escucharte.

Dicho eso, se levantó. Esperaba que con ese gesto Lucian se diera cuenta de que molestaba y se largara. Pero no. El brujo se quedó inmóvil en su silla, mirándolo como si fuera un insecto al que quisiera aplastar.

—Te aseguro que eres mi última opción, Pucey. Sé que eres el único gilipollas de este departamento que podría interesarse por Peregrine Derrick.

Adrian se sintió bastante chafado. Él, que estaba dispuesto a llamar a los aurores para que se llevaran a ese idiota de su vista, se sentó muy lentamente y comprendió que a lo mejor no había escogido un buen momento para ser borde.

—¿Qué le pasa?

No era como si Derrick le pareciera mucho más simpático que Bole, pero le sorprendió un montón que ese cabrón egoísta fuera capaz de expresar preocupación por otro ser humano.

—Que está en Azkaban, ¿qué quieres que le pase?

—Fue un mortífago y el Wizengamont le impuso una condena que deberá cumplir. No hay mucho más que hablar.

—¿Eso crees? —De forma repentina, Bole golpeó su escritorio con los puños y alzó la voz— ¿ESO CREES?

Adrian se encogió en su sitio. Físicamente hablando, Lucian Bole era un tipo imponente, posiblemente capacitado para arrancar cabezas con sus propias manos. Por un momento le tuvo miedo, hasta que fue consciente de que sus compañeros de oficina les estaban mirando y comprendió que no debía perder las riendas de la conversación. Estaban en su territorio y Bole no podía hacer nada en su contra más allá de enfadarse y vociferar.

—No me grites —Aunque habló en un susurro, su voz sonó firme—. Realmente no sé qué clase de ayuda esperas que te preste. La situación de Peregrine es perfectamente legal.

Bole abrió la boca como si fuera a gritarle de nuevo, pero pareció comprender que encolerizándose no lograría sus objetivos. Así pues, se relajó y procuró hablar con más suavidad.

—Puede ser legal pero no es justa en absoluto. ¿Sabes que está enfermo?

Adrian carraspeó y apartó la vista.

—Hace años que no mantengo ningún contacto con él.

—Lleva un mes con una neumonía tremenda y no mejora. Su sanadora ha intentado que lo lleven a San Mungo pero han rechazado la solicitud.

Adrian asintió. Si Bole estaba allí sólo por eso realmente no le estaba pidiendo tanto. Peregrine Derrick nunca fue su amigo pero si estaba enfermo merecía recibir toda la ayuda médica que el Ministerio pudiera proporcionarle.

—Me encargaré de que lo trasladen hoy mismo.

Bole parpadeó como si no terminara de creerle. Adrian confiaba con que eso bastara para apartarlo de su vista, pero el otro seguía ahí sentado, mirándole como si deseara diseccionarle o practicar magia negra con él.

—No se trata solamente de un traslado al hospital —Bole hizo una breve pausa—. Derrick no se merece seguir encerrado en Azkaban y quiero que tú me ayudes a sacarlo de allí.

El primer impulso de Adrian fue echarse a reír porque era evidente que Bole no podía estar hablándole en serio. Lamentablemente no bromeaba. Ni un poco.

—Me temo que eso no es posible.

—¿Por qué no? —Mientras hablaba, Bole colocó un montón de recortes de periódicos sobre la mesa—. En los últimos dos años el Wizengamont ha revisado las condenas de treinta y siete personas. Más de la mitad obtuvieron la libertad de forma inmediata y el resto obtuvo importantes rebajas en sus penas.

—Bole.

—Tú mismo representaste a siete de esas personas.

—Bole.

—Así que ahora no me vengas con que eso no es posible.

Tenía razón. Antes de Dwyn, Adrian se había especializado en asuntos como aquel. En varias ocasiones se había plantado frente a todo el Wizengamont para defender a personas que fueron juzgadas inmediatamente después de la muerte de aquel maldito monstruo y que no merecían un destino como el que obtuvieron. Bole tenía razón pero al mismo tiempo se equivocaba porque ninguno de esos casos era similar al de Derrick.

—No es lo mismo, Bole.

—¿Por qué no?

—Porque la mayor parte de esas personas lo único que hizo fue encubrir a sus familiares y amigos. El caso de Derrick es muy distinto.

—No lo es.

Bole estaba tenso. Cabía la posibilidad de volviera a ponerse violento pero Adrian debía exponer la realidad con toda su crudeza.

—Derrick eligió libremente unirse a los mortífagos. Fue guardia en Azkaban durante nueve meses. Ayudó a torturar a decenas de personas y reconoció sus crímenes durante su juicio. Utilizó dos de las tres maldiciones imperdonables, Lucian. Se libró de la cadena perpetua por muy poco.

Bole suspiró. Sabía que Adrian no estaba mintiendo. Sabía que Derrick incluso llegó a disfrutar mientras infligía daño a ese montón de sangresucias, pero también sabía que en algún momento se arrepintió. Por eso confesó ante el tribunal mágico. Por eso aceptó con resignación su condena. Por eso se merecía ser libre de nuevo.

Adrian pensó que insistiría, pero lo que hizo fue hundir la cabeza entre los hombros y rechinar los dientes.

—¿Es tu última palabra, Pucey?

Adrian asintió.

—Me encargaré de que lleven a Peregrine a San Mungo. No puedo hacer nada más.

—¿No puedes o no quieres?

Bole no le dejó responder. Se levantó y echó a andar por el pasillo, tirando unas cuantas pilas de papeles y haciendo que el caos fuera incluso mayor que cuando llegó. Adrian lo observó mientras se marchaba y supo que ya no se dormiría en todo el día. La visita de Lucian lo había espabilado del todo.


—¿Cómo habéis pasado el día?

Adrian besó la mejilla de su esposa y acarició la frente del bebé, que justo en ese momento dormía profundamente como si fuera un angelito celestial.

—Llorando —Millicent habló con brusquedad y depositó a Dwyn en sus brazos—. Y me refiero a los dos. Tu hijo y yo.

Adrian sabía que la bruja estaba físicamente agotada. Desde que el bebé nació no había hecho otra cosa más que llorar. De día y de noche. De lunes a domingo. Todo el tiempo. No importaba lo que hicieran para intentar calmarle. Dwyn lloraba, lloraba y lloraba y sus pobres padres apenas podían dormir.

Cuando se incorporó al trabajo, Millicent le obligó a mudarse a otro cuarto para que al menos pudiera descansar por las noches y estar fresco en la oficina, pero Adrian no podía dormirse si sabía que Millie estaba en vela. La pobre, con su rostro pálido y ojeroso y su cabello hecho un desastre las veinticuatro horas del día. Y lo peor aún no había llegado porque en algún momento ella también retomaría su empleo y a saber lo que tendrían que hacer con Dwyn entonces.

—Deberíamos plantearnos muy seriamente la posibilidad de comprar un elfo doméstico.

Aunque era una broma que acostumbraban a hacerse el uno al otro, Adrian en el fondo hablaba muy en serio. Acunó con cariño a su niño, maravillado por haber sido capaz de hacer una cosita tan maravillosa y gritona, y sonrió cuando Millie frunció el ceño. Quizá Bole tenía razón cuando afirmaba que no era físicamente atractiva, pero lo compadecía por no poder ver más allá.

—Los elfos cuestan una fortuna —Millie se cruzó de brazos—. No podríamos permitirnos uno ni en mil años.

—Pídele uno a tu amiga Parkinson. Recuerdo que en Hogwarts no dejaba de presumir de todos los elfos que tenían en su familia.

Adrian solía hablar con cierto desdén de Pansy Parkinson porque no la encontraba demasiado simpática. Y Millie tampoco, en realidad, pero seguía hablándole pese a guardarle rencor por todas las veces que la muy tonta insinuó que estaba más gorda que un dragón.

—A los Parkinson les quitaron casi toda su fortuna después de la guerra. Supongo que se llevaron a los elfos.

—Dices eso porque no te atreves a decirle nada.

Adrian sonrió. Era genial cuando Dwyn se estaba calladito. El bebé tenía el pelo negro y los ojos claros y posiblemente se parecería más a los Bulstrode que a los Pucey cuando fuera mayor.

—Claro que sí. Pansy me causa pavor. ¿Te quedas con él mientras me doy un baño?

No esperó a obtener una respuesta. De hecho ni siquiera abandonó el salón caminando, sino que se desapareció de forma inmediata. Adrian suspiró y se sentó en el sofá, sin atreverse a dejar al bebé en su cuna. Si se despertaba ya sabía lo que le esperaba y no tenía la cabeza para aguantar berridos infantiles.

Había sido un día marcado por la visita de Lucian Bole. Pese a que intentó concentrarse en los asuntos más urgentes que se traía entre manos, no pudo quitárselo de la cabeza en ningún momento. Cumplió su palabra de hacer que trasladaran a Peregrine Derrick a San Mungo y se aseguró personalmente de que se llevaran a cabo sus instrucciones, pero no se sintió más tranquilo tras ello.

Adrian no acostumbraba a sentir demasiada compasión por los mortífagos. Aunque los Pucey no habían apoyado a Voldemort, el hecho de que se mantuvieran neutrales durante la guerra levantó suspicacias entre los miembros de la sociedad mágica. A Adrian le había costado muchísimo esfuerzo demostrar de parte de quién estaba y se tuvo que enfrentar a un montón de prejuicios injustos e indignantes, pero había salido adelante y le gustaba pensar que a esas alturas de su vida era respetado por todos aquellos que le conocían.

En el trabajo las cosas le iban bastante bien. Era un brujo talentoso y tenía labia suficiente para presentar alegatos frente al Wizengamont. Era meticuloso y organizado y procuraba que sus defendidos no sintieran que los miraba por encima del hombro. Se estaba labrando un buen nombre entre sus compañeros de profesión y no era descabellado pensar que en un futuro pudiese optar a un ascenso dentro de su departamento.

En el terreno personal tampoco podía quejarse. Quizá cuando era un chaval no se imaginaba a sí mismo casado con una chica como Millicent Bulstrode pero a esas alturas no concebía su vida sin ella. Millie era una mujer de gran fortaleza, con una forma de pensar muy parecida a la suya y un sentido del humor que no todos eran capaces de entender. Trabajaba como desmemorizadora en el Ministerio y a veces tenía un genio de los mil demonios.

Ambos estaban de acuerdo en que lo ocurrido durante la guerra fue una locura. Ninguno de los dos se moría de ganas por compartir tiempo y espacio con los muggles, pero no les importaba lo más mínimo tratar con sus hijos brujos. No querían dominar a nadie, ni causar daño a ninguna persona y definitivamente no deseaban que los tiempos pasados volvieran porque fueron terribles.

Los dos deseaban que Dwyn creciera sin los prejuicios que habían oscurecido las almas de magos y brujas como Peregrine Derrick, quien había sido un niño brujo normal y corriente y había terminado por hacer cosas horribles.

Después de la visita de Bole, Adrian había dedicado parte de su jornada a leer el expediente delictivo de su antiguo compañero de quidditch. No cabía la menor duda de que durante sus meses como guardia de Azkaban no había tenido un comportamiento precisamente ejemplar, pero parecía claro que se había arrepentido. Sin embargo, Adrian tenía sus dudas. La experiencia le decía que las personas eran capaces de jurar cualquier cosa por librarse de Azkaban.

Pese a todo, Adrian podía entender que Bole hubiera ido a verle, que se hubiera atrevido a pedirle algo como aquello. Sabía que el brujo visitaba a Peregrine muy asiduamente y seguro que no había otro mago en Inglaterra que se preocupara más por su bienestar que él. Definitivamente tuvo toda la razón cuando pidió que lo llevaran a San Mungo pero, ¿luchar por su libertad no sería arriesgar demasiado?

Tras la guerra muchos mortífagos pudieron escapar. La mayoría vivía ocultos en el extranjero, pero algunos atentaban contra la comunidad mágica en cuanto tenían la más mínima oportunidad. Adrian no quería que Derrick se uniera a ellos. No quería pelear para solicitar su excarcelación y descubrir que seguía siendo un mortífago fiel a los antiguos ideales que podría dedicarse a socavar la seguridad mágica y poner en riesgo la integridad de los magos y brujas del país.

—¿Qué te preocupa?

Adrian había estado tan ensimismado que no fue consciente de la cantidad de tiempo que pasaba. Millie ya se había duchado y estaba de pie frente a él, mirándole con expresión divertida y en pijama.

—Nada en realidad.

No quería llenarle la cabeza con sus dudas absurdas porque bastante tenía con aguantar los gritos de Dwyn todo el día.

—Pues se te ha hecho esa arruga en la frente que te sale cuando piensas demasiado.

—¿Cómo es posible que alguien piense demasiado?

—No sé —Millie se encogió de hombros y se sentó a su lado—. Dímelo tú.

Adrian suspiró. Era raro que Dwyn aguantara callado tanto tiempo. A lo mejor era momento para preocuparse un poco. No quería ser uno de esos padres paranoicos que iban al hospital por cualquier tontería, así que pensó que seguir con la conversación le distraería.

—Estaba pensando en los mortífagos, en lo que harán cuando sean puestos en libertad.

Millie apoyó la cabeza en su hombro. Entre los Bulstrode no había ningún condenado por apoyar a Voldemort. De hecho, desde que Millicent nació muchos los habían acusado de ser unos traidores a la sangre porque era hija de una muggle. A nadie le sorprendió que no se unieran a las filas de los mortífagos.

—La mayoría serán demasiado viejos para hacer nada.

—Los hay con condenas cortas —Dudó antes de seguir—. Como Peregrine Derrick. ¿Te acuerdas de él?

Millie no se movió. Parecía estar muy a gusto usándolo de almohada mientras acariciaba las manitas del bebé.

—¿El buscador de Slytherin? Era más bruto que Crabbe y Goyle juntos.

—A él le echaron veinte años. Cuando salga, aún será joven.

Millie guardó silencio mientras reflexionaba.

—Si son listos, procurarán seguir adelante con sus vidas.

—También podrían intentar traer al Señor Tenebroso de vuelta. Ya pasó una vez.

—Dudo que pudieran conseguirlo. Potter y sus amigos están bastante convencidos de que la última victoria fue la definitiva —Millie alzó la cabeza para mirarle—. ¿Me vas a decir qué ha pasado?

Adrian suspiró. Siempre había sido extraordinariamente complicado engañar a su esposa, así que no le quedaba más remedio que desembuchar.

—Esta mañana he recibido una visita bastante inesperada en el Ministerio. Lucian Bole.

—¿Ese cretino? Se supone que os odiáis.

—Quería hacerme una proposición bastante alocada. Quiere que le ayude a sacar a Peregrine Derrick de Azkaban.

Millicent dio un respingo. Dwyn se encogió como si estuviera conectado a su madre por alguna antigua y extraña magia familiar, pero no se despertó.

—No jodas.

—No digas palabrotas delante del niño, Millie. No queremos que nos salga tan malhablado como tú.

Ella frunció el ceño pero estaba demasiado aturdida como para protestar. Adrian le explicó su conversación con Bole con pelos y señales y culminó con mucha seguridad en sí mismo.

—Le dije que no, por supuesto.

—Ya —Millie se había incorporado de nuevo y tenía los brazos cruzados—. ¿Estás seguro de que no quieres ayudarle?

—Derrick hizo cosas terribles.

—No me has contestado.

Adrian suspiró. Sabía perfectamente qué estaba pensando su esposa. Ella, que le conocía como a la palma de su mano, era consciente de sus dudas. Porque si realmente no quisiera ayudar a ese maldito imbécil, no tendría dudas. No se habría pasado todo el día dándole vueltas al asunto y no se hubiera llevado el trabajo a casa. Nunca lo hacía.

—Sé que Derrick se merece estar en Azkaban, pero creo que su arrepentimiento es sincero —Adrian suspiró, bastante fastidiado consigo mismo—. Creo que si lo soltasen mañana mismo, no causaría problemas.

—Pero no puedes arriesgarte a estar equivocado.

Millie le regaló una de esas sonrisas que le hacía parecer infinitamente más hermosa de lo que era en realidad.

—Cada vez que pienso en el atentado de Hogsmeade…

Adrian se interrumpió. Tres meses atrás, dos mortífagos huidos habían atacado Las Tres Escobas mientras el local estaba lleno de alumnos de Hogwarts. Cuatro adolescentes y dos adultos habían fallecido y hubo una veintena de heridos hasta que finalmente consiguieron reducir a los agresores. Adrian había estado allí, tomándose unas cervezas de mantequilla con un familiar. Adrian había visto el horror con sus propios ojos y sabía mejor que nadie todo el daño que podía hacer una sola persona.

—Es inevitable que cosas cómo esa ocurran de vez en cuando —Millicent volvió a apoyar la cabeza en su hombro—. Hubo demasiados desaparecidos tras la guerra y no podemos hacer gran cosa para controlar la situación. Pero si tu instinto te dice que puedes confiar en Peregrine Derrick, deberías hacerle caso. Rara vez te equivocas.

Adrian asintió. Millicent miró a su bebé y lo vio arrugar la nariz, signo inequívoco de que pronto se echaría a llorar otra vez. Cuando emitió su primer gruñido, Adrian pensó que no perdía nada por visitar a Derrick en San Mungo.


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