UN EQUIPO PARA LA GLORIA

Por Cris Snape


Para Alter321


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.


5

Miles

Hospital Mágico de San Mungo. Julio de 2005.

Tras asegurarse de que no había nadie más en el pasillo, Miles Bletchley apoyó la espalda en la pared. Después de pasar prácticamente toda la noche de pie, estaba agotado. Tan sólo faltaba una hora para el cambio de turno y no veía el momento de irse a casa para meterse en la cama. Por el momento se conformaría con el café que su compañera de patrulla, Patricia Stimpson, había ido a buscar.

En el pasado, Miles intentó convencerse de que Patricia le caía mal. Era una mujer atlética que medía como veinte centímetros más que él y con unos hombros tan anchos que cuando estaba de espaldas podía ser confundida con un hombre. Tenía el pelo muy rubio y lo llevaba muy corto porque así estaba más cómoda en el trabajo y sus andares resultaban un tanto masculinos, aunque Miles sabía que se las apañaba bien con tacones porque la había visto lucirlos en las fiestas del Ministerio. Y, aunque muchos no estuvieran de acuerdo con él, era muy guapa. Tenía el rostro con forma de corazón, la nariz fina y un poco larga y los ojos grandes y muy azules.

Miles había madurado lo suficiente como para aceptar de que Patricia le gustaba muchísimo. Era una persona valiente, leal y honesta, una auror en la que se podía confiar ciegamente. Aunque era de sangrepura, le encantaba la literatura muggle hasta el extremo de conseguir aficionar a unos cuantos compañeros del cuartel. Era divertida, bailaba muy bien y cantaba fatal. Y, obviamente, ignoraba por completo los sentimientos de Miles.

Sabía que era bastante estúpido por su parte no confesarle lo mucho que le gustaba, pero le horrorizaba la idea del rechazo. No quería que Patricia lo apartara de su lado y se conformaba con ser su amigo. Si Miles le hubiera contado aquello a, por ejemplo Marcus Flint, éste le hubiera llamado pagafantas como mínimo.

—Toma.

Miles dio un bote cuando vio el café flotando delante de sus narices. Patricia estaba a su lado, mirándole con expresión divertida. Tenía una sonrisa preciosa y él debía ser el hombre más cursi sobre la faz de la tierra.

—¿Echando un sueñecito? —Bromeó ella.

—¿Yo? ¡Qué va!

—Miles, que te he visto.

Vale. A lo mejor había cerrado los ojos mientras reflexionaba sobre su patética existencia, pero no se había dormido. Tenerla cerca era suficiente para mantenerlo espabilado. Puesto que no tenía sentido discutir sobre el tema, Miles estiró los brazos y se frotó el cuello.

—Vaya mierda de guardia. No entiendo por qué no podemos estar aquí pero sentados.

—Cosas del jefe.

—Puñetero Robards —Miles tomó la precaución de pronunciar esas palabras muy bajito. No quería que nadie salvo Patricia las escuchara—. A ver si elige a su sustituto y se larga de una vez.

Patricia también se apoyó en la pared, tomándose medio café de un trago.

—¿De verdad quieres tener a Potter al mando?

—No tiene por qué escogerle a él.

—¡Vamos Miles! Sabes perfectamente que es su ojito derecho y que el Wizengamont lo quiere al mando de los aurores. Es sólo cuestión de tiempo que le den el ascenso.

El brujo bufó. Su compañera tenía toda la razón del mundo. No era que la idea le apasionara pero tampoco iba a ponerse a lloriquear como si fuera Malfoy durante sus años en Hogwarts. Siempre quejándose de Potter, siempre yendo tras él como si fuera su mayor fan.

—Supongo que podría ser peor.

—¡Oh, sí! Ya lo creo —Patricia amplió su sonrisa. ¿Cómo era posible que pareciera tan despierta después de la noche que habían soportado?—. Ya sé que Potter no es santo de tu devoción, pero estoy convencida de que podría ser un buen jefe.

—Claro. Es San Potter. Tiene que ser perfecto sí o sí.

Patricia le dio un codazo que estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio.

—No te pongas en plan Slytherin.

—¿En plan Slytherin?

—Ya sabes —Patricia hizo una mueca burlona—. PipiPotter Cararrajada y bla, bla, bla.

Miles tuvo que reírse. Admitía que en Hogwarts no había sido el chaval más espabilado del mundo y que en alguna ocasión se había burlado de otros estudiantes, especialmente si eran de Gryffindor o se apellidaban Potter. Incluso cuando el resentimiento contra Malfoy por haberle echado del equipo de quidditch era más fuerte, siempre se ponía de parte del rubio para atormentar al elegido.

—Stimpson, por Merlín. Algunos hemos madurado.

Patricia se carcajeó. Lo único positivo de la noche fue estar acompañado por la chica. Había logrado que las largas horas transcurridas frente a aquella puerta no fueran tan tediosas como en un principio se temió. Lamentablemente su rostro se puso serio de repente e hizo un gesto con la cabeza señalando la pared.

—¿Qué te parece Derrick?

Miles llenó los pulmones de aire. Cuando supo que tendría que custodiar a su antiguo compañero de quidditch, no le hizo demasiada gracia. No porque tuviera algo en contra de Peregrine, si no porque se sentía muy incómodo con la situación. A lo mejor nunca fueron los mejores amigos del mundo, pero durante años se trataron con camaradería y era difícil tratarlo como si fuera un preso normal y corriente.

—Creo que tiene mejor aspecto ahora que cuando lo trajeron.

—No me refiero a eso, Miles —Patricia no era de las que aceptaban una evasiva por respuesta—. Derrick y tú jugasteis juntos al quidditch e hicisteis un par de gamberradas por Hogwarts. ¿No te resulta raro que esté ahí dentro y tú aquí fuera?

Miles bufó y a lo mejor se puso un poco a la defensiva.

—Gracias por señalar lo obvio, Patricia.

Incluso la persona más tonta del universo habría notado su tono cortante. La bruja le dio otro codazo amistoso.

—No te mosquees, hombre. Ya sabes por qué lo digo.

Miles bufó otra vez y tuvo que claudicar.

—Vale. Admito que es un poco raro pero tampoco es para tanto. No es como si hubiésemos sido muy cercanos.

Patricia echó un vistazo al interior de la habitación a través de la pared encantada que les permitía ver sin ser vistos. Derrick seguía dormido. Estaba agotado a causa de su enfermedad y de la cantidad de pociones que le estaban suministrando.

—Me resulta difícil de creer que hiciera todo aquello —Patricia suspiró—. A veces siento que la guerra no pasó de verdad, ¿sabes? Es raro porque yo estaba allí pero no quiero tener que recordar todo lo que hicimos los unos y los otros.

—Ya —Miles la miró de reojo. Parecía ligeramente ausente—. ¿Dónde estabas tú cuando pasó?

—Contigo. ¿O es que ya no te acuerdas?

La guerra les había pillado como cadetes en la Academia de Aurores. En aquel entonces apenas se dirigían la palabra, como si el hecho de haber pertenecido a distintas casas en Hogwarts los mantuviera aún alejados.

—Sabes lo que quiero decir.

Patricia suspiró.

—Conoces una parte de esa historia.

La parte en la que todos los aurores en formación abandonaron la Academia para afrontar la guerra. Esa parte horrible y dramática.

—Estuve en Hogwarts durante la última batalla —Era la primera vez que Patricia hablaba sobre ese asunto, quizá porque nunca nadie le había preguntado—. Los mortífagos mataron a mi padre y yo quería luchar por lo que creía justo.

Miles asintió y supo que le había llegado el turno de ser igualmente sincero. Se arrepintió de haber tendido ese puente.

—Yo estaba en casa, esperando a que todo se solucionara —Y sin tener que intervenir a ser posible—. Ninguno de nosotros apoyaba al Señor Tenebroso pero no pude ir a la batalla. Tenía familia allí, ¿sabes? Los dos hermanos de mi padre, varios sobrinos de mi madre… No podía ir y arriesgarme a herir a cualquiera de ellos.

Sí. Aquel parecía un motivo noble pero no era toda la verdad. Porque Miles había tenido demasiado miedo como para pelear. Porque a veces aún se sentía un poco cobarde y se preguntaba qué clase de auror podría ser en una situación realmente calamitosa. No le gustaba tener que pensar en la respuesta.

Patricia le miró muy fijamente un instante y Miles temió que fuera a condenarle por sus actos pasados, pero ella se limitó a encogerse de hombros.

—Es increíble los jóvenes que éramos entonces. Unos críos. Menos mal que todo eso quedó atrás.

—No del todo.

La sombra de los atentados siempre estaba rondando la existencia de los aurores, conscientes de que en cualquier momento podría producirse una emergencia que llenara sus vidas de horror. Lo bueno era que cada vez quedaban menos mortífagos huidos. Lo malo que seguían tan violentos y desalmados como siempre.

—¿Sabes qué? —Patricia decidió que no eran horas de preocuparse por nada—. Yo también estoy harta de esta guardia.

—Pues posiblemente mañana tengamos otra noche igual. No creo que a Derrick le den el alta todavía.

—En ese caso, me aseguraré de tener una silla en la que plantar el trasero. No sabes cómo me duelen los pies.

—Me lo imagino perfectamente. Yo también estoy aquí.

Patricia se rió. Sí. Era preciosa. Charlaron hasta que llegó el relevo. Miles odió un poco a sus compañeros por ser tan puntuales. Ahora tendría que separarse de su compañera. Justo en el mejor momento.


Como todas las noches a las diez en punto, la sanadora Orla Quirke entró en la habitación de Peregrine Derrick para someterle a unos cuantos hechizos de diagnóstico. Miles la observaba a través de la pared encantada, recordando que cuando era niño se planteó la posibilidad de dedicarse a la sanación.

—No me extraña que Quirke haya terminado en San Mungo.

Miles giró el cuello para mirar a Patricia, quien también estaba atenta a los movimientos de la sanadora.

—Claro que Alicia pensaba que terminaría ingresada en la sala de Janus Thickey.

—¿Y eso?

Patricia le miró como aquella vez en la que un sospechoso le lanzó un hechizo que le hizo crecer cuernos.

—¿Es que no te acuerdas de ella?

Miles intentó hacer memoria pero fue incapaz de situar a la sanadora Quirke en Hogwarts.

—Iba a Ravenclaw y se pasaba todo el rato persiguiendo a madame Pomfrey por los pasillos. Siempre llevaba un montón de pergaminos en su cartera para apuntar las cosas que Pomfrey hacía o decía. Parecía una chiflada.

Miles quiso recordar de nuevo sin éxito. Para ser sincero consigo mismo, sólo se acordaba de las chicas guapas que algún día habían puesto sus pies en el colegio de magia.

—No caigo, Patricia.

—Me recordaba un poco a ese chico de Gryffindor, el de la cámara fotográfica. ¿Tampoco te suena?

—¿El que iba detrás de Potter? —Patricia asintió—. Tenía la fea costumbre de sacar fotos a todo el mundo. Más de uno le dio una buena lección.

—¿Tú eras uno de ellos?

—¿Yo? —Miles se hizo el ofendido—. Sería incapaz.

—Por supuesto. En Hogwarts eras un santo.

—Admite que se lo merecía. Era una pesadilla. Uno no podía escabullirse para saltarse las normas sin que el Gryffindor enano apareciera en un rincón para inmortalizar el momento.

Patricia sonrió y de forma inmediata dijo algo que les cortó el rollo por completo.

—Se murió en la batalla de Hogwarts.

Miles asintió muy lentamente, contento por no haber tenido que presenciar ese infierno.

—Lo sé.

Después de la guerra, Miles había considerado oportuno aprenderse los nombres de todos aquellos que habían muerto durante el conflicto. Aún hoy era capaz de recitar toda la lista de víctimas, tanto de un bando como del otro. Mirándolo en perspectiva, fue algo un poco absurdo pero que le hizo sentir mejor.

La sanadora Quirke salió de la habitación justo en ese momento. Tras ella, un vuelapluma tomaba notas sobre un larguísimo pergamino flotante. Miles dio un paso en su dirección y, una noche más, mostró interés por su antiguo compañero.

—Está mejor, aunque todavía tiene fiebre.

—¿Puedo pasar a verlo?

Quirke le miró de forma bastante fea y se encogió de hombros.

—Usted verá. No hago más que repetir que necesita reposo pero nadie me hace caso —Chasqueó la lengua y siguió hablando, más para sí misma que para los demás—. Tantas visitas que no pueden esperar. Y luego me vienen con protestas y…

Miles no pudo escuchar lo que decía a continuación porque giró por un pasillo y la perdió de vista. Intercambió una mirada con Patricia.

—¿Sabes a qué visita se refiere?

Según las instrucciones del Jefe Robards, nadie excepto la señora Derrick podía ver a Peregrine. La mujer se pasaba buena parte del día en el hospital, posiblemente aprovechando que su hijo estaba fuera de Azkaban para hacerle compañía. Se sentaba junto a él y algunos ratos hablaban y otros no.

—Orla ha dicho que puedes pasar. Pregúntaselo tú mismo.

Aunque Miles quiso preguntarle cuándo había empezado a tutear a la sanadora, decidió dejar el asunto para más tarde y entró en la habitación. Peregrine estaba recostado en la cama, con los ojos cerrados y tapado hasta el cuello con unas sábanas que debían ser infinitamente más suaves que las de Azkaban. No fue consciente de su presencia, así que Miles carraspeó y se acercó a él un poco más. Cuando Derrick abrió los ojos para mirarle, se llevó un buen sobresalto.

—¿Bletchley? —Su voz sonó cascada. Rota—. ¿Qué puñetas haces aquí?

—Quiero saber cómo te encuentras.

—¿Vestido de auror?

Peregrine podía llevar varios años en Azkaban y estar muy enfermo, pero seguía siendo igual de desagradable que siempre. No era de extrañar que hubiera hecho buenas migas con Lucian Bole.

—Aunque no lo creas, conseguí terminar mi formación.

Pese a no haberse visto en demasiadas ocasiones después de abandonar Hogwarts, Peregrine se las había apañado para meterse con él cuando supo que había entrado en la Academia de Aurores. La mayor parte de las bromas fueron bastante desagradables pero sirvieron para espolearle a la hora de alcanzar sus objetivos.

—Como si fueras un estúpido Gryffindor —Peregrine hizo fuerza con los brazos para incorporarse un poco.

—¿Todavía sigues con eso?

El enfermo se encogió de hombros. El asunto de las casas no podía importarle menos a esas alturas de su vida pero decir esas cosas le hacía sentirse anclado a su pasado. Un hombre que estaba perdiendo la vida en Azkaban necesitaba estímulos como aquel.

—¿Cómo estás?

—Los sanadores dicen que voy mejorando.

No parecía muy de acuerdo con su diagnóstico. Miles se atrevió a acercarse un poco más a él y se sintió incómodo cuando Peregrine le observó detenidamente.

—¿Cuántos días has tardado en decidirte a entrar?

—¿Cómo?

—Me apuesto lo que sea a que empezaste a hacer las guardias la misma noche que me trajeron —Peregrine tosió. Sonó bastante feo—. Nunca has sido muy decidido.

Miles comprendió que en realidad le estaba llamando cobarde y tuvo la tentación de marcharse dando un portazo, pero Peregrine tenía razón. En ocasiones se preguntaba cómo era posible que se hubiera convertido en auror, habida cuenta de sus acciones pasadas y de algunas del presente.

—El reglamento…

Intentó excusarse pero fue interrumpido.

—Déjalo, anda.

La incomodidad de Miles fue en aumento. Recordó al Peregrine de Hogwarts y se preguntó qué narices estaba haciendo al interesarse por él. Derrick siempre fue un antipático que acostumbraba a insultarle cuando jugaban juntos al quidditch. Se burló de él con bastante crueldad cuando Malfoy le quitó el puesto y posiblemente no se merecía que estuviera allí. Se dijo que lo mejor era despedirse y retirarse con cierta dignidad.

—Hoy es el día de las visitas inesperadas —Peregrine tenía otros planes—. Pucey se pasó por aquí esta mañana.

Miles dio un respingo. Antes de entrar en el cuarto estaba intrigado por saber quién era la visita de la que habló la sanadora, pero el mal carácter de Derrick le hizo olvidarse del tema. Hasta ahora.

—¿Adrian?

Si había una persona que nunca toleró a Peregrine, ése era Adrian Pucey. En realidad, su antiguo compañero había tenido algunos desencuentros con distintos miembros de su casa. Nunca le habían gustado las broncas y definitivamente estaba en contra de hostigar a sus compañeros, así que inevitable hizo malas migas con bastante gente, Derrick incluido.

—¿Qué quería?

Peregrine volvió a toser. Dijera lo que dijera Quirke, debía tener algo muy malo dentro del cuerpo. Sonaba como un anciano moribundo, por Merlín.

—Por lo visto, a Bole se le ha metido entre ceja y ceja la idea de sacarme de Azkaban y ha estado hablando con Pucey.

¿En serio? ¿Adrian planteándose la posibilidad de solicitar la libertad de un tipo como Peregrine?

—No tenía ni idea.

—Dice que tengo posibilidades de obtener una reducción de condena. Me ha puesto el ejemplo del hermano de Montague pero lo he mandado a paseo.

Miles estaba demasiado sorprendido como para decir algo coherente. Aunque Graham jamás se unió a los mortífagos, formaba parte de una familia que defendía férreamente la pureza de sangre. Su hermano Connor fue arrestado tras la caída del Señor Tenebroso y condenado quince años de prisión. Sin embargo, gracias a tipos como Pucey, quien demostró que pese a llevar la marca de los mortífagos nunca llegó a atentar contra la integridad de nadie, sólo estuvo en Azkaban tres años más otros cinco de libertad vigilada.

A Miles le alegró que Connor saliera libre. Su mayor delito fue ser un auténtico gilipollas en Hogwarts, pero se le bajaron los humos en cuanto comprendió lo que significaba ser un mortífago. Graham juraba y perjuraba que su hermano era un buen tipo y a la sociedad mágica no le quedo más remedio que creer en su palabra porque desde su excarcelación no se había metido con nadie.

El caso de Peregrine era distinto. Él si había ocasionado daño a gente inocente y no entendía qué pintaba Adrian metido en un asunto tan turbio como aquel.

—¿Estás hablando en serio?

—Pucey dice que estudiará mi caso. Me ha ignorado cuando le he dicho que no quiero su ayuda.

—Adrian puede ser un poco cabezota.

—Pues ya estás diciéndole que me deje en paz. No necesito que nadie juegue al hermanito de la caridad —Peregrine le dedicó una mirada hostil y alzó un poco la voz—. Y lárgate antes de que te pillen tus jefes y te castiguen por saltarte el estúpido reglamento.

Derrick se removió en la cama hasta darle la espalda. Miles se quedó muy quieto durante unos segundos, pensando en lo que acababa de decirle. Sabía perfectamente que Adrian podía ser bastante cabezota y que cuando se proponía una cosa no paraba hasta conseguirla. ¿Reamente quería ayudar a ese imbécil? Estaba claro que no se lo merecía.

Consciente de que lo mejor que podía hacer era seguir las instrucciones de Peregrine y abandonar el cuarto, Miles regresó al pasillo y se detuvo al lado de Patricia, quien estaba mirando fijamente un macetón decorativo.

—Estoy pensando en transformarlo en un sillón. ¿Qué te parece?

—Espléndido.

Patricia giró la cabeza y le sonrió. Era tan guapa que cortaba la respiración. Tanto que incluso le hizo olvidarse de su charla con Peregrine.

—¿Cómo está Derrick?

—Yo diría que sigue siendo el mismo imbécil de siempre.

—Bien. Eso significa que se está recuperando.

—Supongo.

Miles se encogió de hombros y decidió que pronto hablaría con Adrian. Tenía que aclarar todas sus dudas lo antes posible.


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