UN EQUIPO PARA LA GLORIA

Por Cris Snape


Para Alter321


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.


6

Graham

Nueva York. Julio de 2005.

La risa de Olivia Burns era tan aguda que Graham pensó que le rompería los tímpanos. Esa risa era, con diferencia, su atributo más negativo. Por lo demás, el brujo estaba bastante convencido de que sus virtudes superaban con creces todos sus defectos.

Olivia tenía el pelo rubio, la piel muy pálida y los ojos azules. Muchos decían que parecía una muñeca de porcelana y ella lamentaba no haber nacido un poco más morena porque los rayos solares podían quemarla con mucha facilidad. Estaba quizá un poco más delgada de la cuenta y tenía las manos grandes y los dedos muy finos. Podría haber sido pianista pero trabajaba en el MACUSA, en el departamento financiero.

Allí la conoció Graham cuando tuvo que acudir a los organismos oficiales para llevar a cabo una serie de papeleos relacionados con su floreciente negocio de importación de productos alimenticios europeos. Durante su primer acercamiento le pareció que Olivia era tonta de remate, ni más ni menos, pero con el paso de los meses descubrió que en realidad era encantadora, diligente y excesivamente honrada.

Posiblemente hubiera estado en Gryffindor de haber estudiado en Hogwarts. O peor aún, en Hufflepuff. Por suerte, Graham había madurado lo suficiente como para ver más allá de esas tonterías. Cuando estaba con Olivia se sentía como flotando en una nube de pedante cursilería y en ese momento no necesitaba nada más para ser feliz.

Esa noche habían ido a cenar a un restaurante muggle. A Graham no le agradaba demasiado moverse por aquel mundillo, pero Olivia estaba acostumbrada a relacionarse con los no magos. Después de décadas y décadas de absoluto aislamiento, la sociedad mágica estadounidense comenzó a abrirse al mundo muggle allá por los años setenta y desde entonces se habían alcanzado unas cuotas de normalidad inimaginables.

Ayudaba el hecho de que el padre de Olivia no fuese un brujo. La joven se crió en una casita típica de Nueva Jersey y hasta tenía permiso para conducir esos cacharros infernales, aunque nunca lo hacía porque no soportaba el tráfico. Graham, que en su vida había sentido el más mínimo interés por conocer aspectos de la vida muggle, escuchaba con fascinación las historias que Olivia contaba entre estruendosas carcajadas y cigarrillos apestosos.

—Sarah tiró el teléfono por el váter. Como te lo cuento. Las tuberías se atascaron y el baño se llenó de agua sucia.

Más carcajadas. Aunque en la actualidad Olivia era una persona seria y responsable, durante su adolescencia debió ser terrible. Él, que siempre se jactaba de haber hecho un montón de fechorías durante sus años de estudiante, había descubierto que Olivia le superaba. Y con mucha diferencia.

—Intentamos limpiarlo con las varitas, pero sólo conseguimos que el agua se quedara en el techo del baño —Más risas—. Menuda cara puso mi madre cuando llegó a casa. Y menos mal que no tuvimos que avisar a los profesionales mágicos, aunque sí vino el fontanero.

—No me explico cómo no te metieron en prisión —Graham no podía ser más sincero—. En alguna de esas podríais haber mandado a la mierda el Estatuto del Secreto.

—Éramos jóvenes y no pensábamos en las consecuencias —Olivia entornó los ojos—. Además, tú no te hagas el santo. Seguro que la liaste bien más de una vez.

—Yo no vivía en un barrio muggle.

—Pero se supone que en Inglaterra no podéis hacer magia fuera de Hogwarts hasta la mayoría de edad. ¿Pretendes que me crea que nunca usaste la varita para levitar una caja de galletas? —Graham puso los ojos en blanco—. Y para otras cosas, sinvergüenza.

—Tus acusaciones son gratuitas y no tienen consistencia alguna.

—A otra con ese cuento, Montague, que nos vamos conociendo.

Eso era verdad. Desde que empezaran a salir, habían conversado mucho. Graham incluso se sintió lo suficientemente confiado como para hablarle de la situación política en Inglaterra de antes y después de la guerra. Y de Connor. Y eso que no le gustaba nada tratar asuntos relacionados con su hermano.

A veces quería pensar que se comportó de forma absolutamente estúpida, aunque en realidad era consciente de que simplemente se dejó llevar por la situación. En un mundo absolutamente polarizado, o estabas a favor de los mortífagos o en contra, no existían medias tintas. Tal vez Connor podría haberse mantenido en un segundo plano igual que hicieron otros jóvenes de su edad, pero él había pensado que merecía la pena defender la pureza de sangre y actuó en consecuencia.

Graham había compartido esos mismos valores durante años, hasta que Connor le hizo sentarse frente a él y le habló de lo que Greyback y sus amigos habían hecho con dos chicas muggles. No necesitó pedirle que no siguiera sus pasos. No tuvo que explicarle por qué estuvieron equivocados durante tanto tiempo. Graham lo entendió todo mientras vomitaba de puro horror.

El brujo estaba de acuerdo con que su hermano había metido la pata hasta el fondo. Incluso podía admitir que su comportamiento ameritaba alguna clase de sanción, pero cuando lo condenaron a quince años sintió que estaban cometiendo con él una gran injusticia. Connor no le hizo daño a nadie. Connor no era un mal tipo y no se merecía dejarse media vida en Azkaban.

Los Montague tuvieron que pelear con uñas y dientes hasta lograr su libertad. No fue el único miembro de su familia en ser arrestado tras la guerra, pero si el que más importaba a Graham y a sus padres. Con la ayuda de Pucey y sus colegas del Departamento de Regulación de la Ley Mágica, habían conseguido una sentencia mucho más generosa y Connor ya estaba libre e intentaba rehacer su vida.

Cuando le habló a Olivia de él, no estaba seguro de cómo reaccionaría. Siendo como era una mestiza, no toleraba los prejuicios de sangre y solía echar pestes del Señor Tenebroso y sus acólitos. Graham temió que sincerarse hasta ese punto supusiera el cese de sus relaciones, pero ella entendió e incluso conocía personalmente a Connor.

—Es mucho más guapo que tú —Le dijo mientras le acariciaba la nariz—. Está claro que elegí al Montague equivocado.

Graham a veces pensaba que su vida era demasiado buena. Las cosas le iban bien en el trabajo, tenía una novia genial y en Estados Unidos nunca se cruzaba con gente estúpida que disfrutaba recordándole el pasado poco honroso de gran parte de sus familiares. No tenía pensado regresar a Inglaterra ni a corto ni a medio plazo y apenas extrañaba un par de cosas de su vida anterior.

—Venga —Graham prosiguió con la conversación—. Reconozco que era un poco cabroncete pero la mayor putada me la hicieron a mí.

—No me digas —Olivia puso cara de no creerse nada.

—Hablo en serio. Un par de imbéciles me metieron en un armario desvanecedor que estaba estropeado. No sé el tiempo que pasé allí encerrado pero al final tuve que desaparecerme para salir de allí.

Olivia parpadeó y un instante después pareció comprender que aquella experiencia debió ser bastante traumática.

—Espero que esos dos fueran castigados.

—No te creas —Graham se encogió de hombros—. Eran los niños mimados de Gryffindor.

—Pues me parece fatal —Olivia le acarició mimosamente la mano—. Pobrecito. Tuvo que ser horrible.

—Un poco. A lo mejor podrías hacer que me sintiera mejor esta noche.

Le guiñó un ojo. Olivia puso cara de indignación absoluta y le dio un pequeño puñetazo en el brazo.

—¡Serás caradura!

—De verdad que necesito mucho cariño, Olivia.

—¡Pero si han pasado un montón de años!

—Al recordarlo me he dado cuenta de que sigo traumatizado.

Olivia puso los ojos en blanco. Pese a considerarlo un incorregible, estaba claro que esa noche sería consolado por cosas que a esas alturas del cuento carecían de importancia. Graham no podía negar que había odiado un montón a los gemelos Weasley por aquella jugarreta, pero en su fuero interno reconocía que igual se había ganado ese trato. Después de todo, a tipos como Pucey nunca les habían encerrado en ningún sitio ni le habían lanzado un hechizo para la diarrea mientras estaba de espaldas. Los gemelos Weasley fueron unos mamones, cierto, pero Graham no se quedaba atrás. Además, uno estaba muerto y se suponía que las personas maduraban y no merecía la pena seguir dándole vueltas a esos asuntos.

La cena prosiguió entre risas y anécdotas. Cuando regresaron al apartamento que habían empezado a compartir varios meses antes, las sospechas de Graham se vieron confirmadas y no tardó en recibir un montón de mimos que le dejaron muy relajado y le ayudaron a dormir de un tirón.

Se despertó al escuchar un golpeteo incesante. Al abrir los ojos, descubrió que Olivia dormía con la boca abierta y que había una lechuza dando picotazos al cristal. Eso sólo podía significar que tenía correo de Inglaterra, así que se apresuró a levantarse y fue a abrir la ventana. La lechuza estaba enfadada y le picó en la mano antes de entregarle su carta y salir disparada rumbo a Inglaterra. Debía pertenecer al Ministerio porque Graham no la conocía de nada y, aunque le preocupó un poco que emprendiera el vuelo sin comer nada, no le dio la más mínima importancia puesto que estaba ocupado leyendo el nombre del remitente.

Era bastante habitual que Connor le escribiera. Solían intercambiar misivas semanalmente, aunque le extrañó un poco recibir una carta tan pronto, ya que tuvo una tres días antes. Pensando que había ocurrido algo malo, rasgó el sobre con las manos y leyó con avidez, calmándose al comprobar que todo marchaba bien. Más o menos.

La situación en casa apenas había cambiado. Connor seguía trabajando como ayudante en una de las tiendas del Callejón Diagón y sus padres poco a poco volvían a codearse con personas importantes de la sociedad mágica. Tras la guerra, los Montague se vieron condenados al ostracismo, incluso aquellos que poco o nada tenían que ver con los mortífagos. Por fortuna, las aguas estaban volviendo a su cauce e incluso Connor podía salir a la calle sin que su pasado pesara demasiado. No era el hombre más popular del mundo mágico, pero vivía tranquilo que no era poco.

De hecho, había quien lo consideraba un ejemplo a seguir. Graham torció el gesto cuando supo de las intenciones de Adrian Pucey. En un principio, se le antojó una locura. El caso de Peregrine Derrick era muy distinto al de su hermano y sin embargo no tardó en suavizar su posición. Su antiguo compañero de quidditch había disfrutado de su posición como mortífago, eso no podía negarlo nadie, pero también se había arrepentido. ¿Acaso no tenía el mismo derecho que Connor a rehacer su vida? Llevaba mucho tiempo sin ponerse en contacto con él pero si Pucey consideraba que había cambiado, ¿por qué iba a dudarlo él? Adrian jamás ayudaría a alguien a quien no considerara digno de sus servicios, así que debía ir muy en serio.

—¿Qué has hecho? Tienes esa cara.

La voz de Olivia le sobresaltó. Graham, quien estaba sentado en la cama con el pergamino entre los dedos, la miró de reojo y no dijo nada. Ella pareció alarmarse y se arrodilló en la cama para colocarle las manos sobre los hombros.

—¿Ha pasado algo?

—No. Todo el mundo está bien.

—¿Entonces?

Graham le entregó la carta para que la leyera ella misma. Olivia se tomó su tiempo y cuando terminó se mordía el labio inferior. Estaba guapísima con el cabello alborotado y esa expresión aún somnolienta.

—¿Quién es Derrick?

—Un antiguo compañero de colegio. Jugamos juntos al quidditch y durante la guerra se unió a los mortífagos.

Olivia asintió y tardó unos segundos en formular la siguiente pregunta.

—¿Era tu amigo?

—Realmente no. En Hogwarts hicimos algunas trastadas juntos y montábamos unas buenas fiestas, pero nunca fue alguien en quien confiara demasiado. Después, perdimos el contacto.

—Pues no entiendo por qué se ha dado tanta prisa Connor para darte la noticia.

Su hermano estaba muy sensibilizado con esa clase de asuntos. A Graham no le cabía la menor duda de que se sentía identificado por la situación de Peregrine y podía entenderlo perfectamente. Además, ambos conocían de primera mano la forma de actuar de Pucey y su carta era una forma de ponerle sobre aviso.

—Si Adrian se está haciendo cargo de su caso, es muy posible que me llame a declarar ante el Wizengamont.

—¿A ti? ¿Por qué?

—Necesitará que los miembros del tribunal escuchen un montón de testimonios favorables sobre Derrick.

Olivia asintió y terminó por sentarse a su lado.

—Acabas de decir que ese hombre no era amigo tuyo.

—Pero compartimos juntos un montón de cosas. Conociendo a Adrian, querrá que alabe sus dotes deportivas y su espíritu luchador y de sacrificio. Obviamente, querrá obviar la mayor parte de las canalladas que hicimos. No dejan de ser bromas de estudiante, pero serían puntos negativos a tener en cuenta en caso de que salieran a la luz.

Olivia volvió a asentir y se tomó su tiempo antes de preguntar de nuevo.

—¿Estás dispuesto a hacerlo?

—No es que me muera de emoción, pero si Adrian considera que Peregrine merece ser liberado, dudo mucho que se equivoque —Graham se encogió de hombros—. Hubo mucha gente que declaró a favor de Connor y siempre estaré agradecido por ello. Yo no podré ignorar el llamamiento de Adrian en caso de que se produzca.

Olivia se quedó callada hasta que se agarró a su brazo y apoyó la cabeza en su hombro.

—No me apetece que vuelvas a Inglaterra.

—Podrías venir conmigo. Estoy convencido de que te encantará conocer Hogsmeade.

—Tengo mucho trabajo, Graham.

—Pídete unos días de vacaciones.

Olivia no respondió. Cabía la posibilidad de que Adrian no le reclamase después de todo pero debían estar preparados para cualquier contratiempo. Sólo esperaba que lo que tuviese que pasar, ocurriese pronto. Odiaba tener que esperar.


Graham odiaba los trasladores. Cada vez que los utilizaba, terminaba mareado y con nauseas durante un par de horas. Hubiera preferido viajar a Inglaterra en escoba, pero se vio obligado a hacer uso del medio de transporte mágico más rápido y supuestamente seguro.

Tras llegar a Londres, permaneció varios minutos recostado y con las piernas en alto. Al menos los responsables del Centro Internacional de Trasladores habían tenido la decencia de crear un espacio privado e íntimo para aquellos menesteres, de manera que nadie fuera testigo de aquellos momentos de absoluto malestar.

Cuando se encontró un poco más repuesto, Graham echó mano de su equipaje y abandonó aquella sala, encontrándose de inmediato con Terence Higgs, quien le sonreía como si hubieran quedado en verse allí. Ciertamente Graham había esperado a alguno de sus familiares, no a su antiguo compañero de Hogwarts.

—¿Qué haces tú aquí?

—Yo también me alegro mucho de verte, ¿cómo estás?

—Igual que la última vez que nos vimos. ¿Cómo sabes que llegaba hoy?

—Porque tu hermano me ha pedido que viniera a por ti. Está trabajando.

—¿Te das cuenta de que soy perfectamente capaz de llegar a mi casa sin una niñera?

—¿Y tú de que estás siendo muy antipático? Encima que me tomo la molestia de coger la red flú.

Si Graham odiaba los trasladores, Terence no soportaba viajar por chimenea. Dispuesto a apreciar mínimamente su sacrificio, suavizó su expresión e incluso le sonrió un poco. No fue la sonrisa más sincera ni la más amable del mundo, pero al menos ya no tenía el ceño fruncido ni le miraba como si le desease todos los males del universo.

—Además, tengo algo muy bueno para ti.

Antes de que pudiera decir nada, Terence le plantó frente a los ojos unas hojitas moradas de aspecto aterciopelado.

—Me las ha dado Neville. Te ayudarán con el mareo.

—¿Longbottom?

Pese a su tono suspicaz, Graham no dudó a la hora de echarse esa cosa a la boca. En Gryffindor eran demasiado nobles para ir por ahí envenenando a la gente.

—No te negaré que con la varita es un desastre, pero cuando se trata de cuidar plantas es único.

—Ya. Pues espero que esta cosa funcione o tendré que ir a decirle cuatro cosas bien dichas.

Los dos amigos empezaron a caminar rumbo al atrio del Ministerio. O eso pensaba Graham.

—¿Vas a decirme por qué estás aquí?

—¡Oh, claro! —Terence sonrió como si la respuesta a aquella cuestión no tuviera la menor importancia—. Tienes que venirte conmigo a ver a Adrian.

—¿Cómo dices? Ni siquiera me he instalado.

—Ya lo harás luego.

Terence seguía caminando con ese aspecto despreocupado que tanto le sacaba de quicio. Graham no iba a consentir que lo tratara como si fuera un bobo, así que le agarró del brazo y le hizo detenerse.

—Quiero saber qué te traes entre manos. Ahora.

Terence bufó. Graham no pensaba ceder ni un ápice y puso su mejor cara de Slytherin para demostrarlo.

—Ya sabes que Adrian está intentando que le rebajen la condena a Peregrine.

—Sí. Ve al grano.

Terence se mordió el labio inferior y pareció pensarse cómo continuar.

—La cuestión es que Adrian y Marcus han tenido una discusión muy gorda y necesitamos que suavices un poco a Marcus. Posiblemente seas el único capaz de hacer que se desenfade.

Graham entornó los ojos, sin comprender ni una palabra.

—¿Y se puede saber qué le habéis hecho a Flint para que esté tan cabreado?

—Yo nada. Ha sido Adrian.

—Adrian —Graham repitió el nombre sin dar crédito a lo que oía. Pucey siempre había sido un alma demasiado cándida. Resultaba difícil de creer que fuese capaz de poner furioso a nadie.

—Él te lo va a explicar todo, ¿vale? Tú vente conmigo y ya está.

A Graham no le quedó más remedio que resignarse ante lo inevitable. Reanudó la marcha junto a un Terence que parecía aliviado por no tener que responder más preguntas. Avanzaron por los pasillos del Ministerio a buen ritmo, callados hasta que Higgs se animó a plantearle algunas cuestiones.

—¿Olivia no ha venido contigo?

Todos sus amigos ya la conocían. Durante las vacaciones de Pascua, su novia había visitado Inglaterra con el único objetivo de ser presentada a sus seres queridos.

—No. Tiene muchas cosas que hacer y quiero que este viaje sea lo más breve posible.

—A lo mejor no lo es tanto —Dijo Terence entre dientes.

—Pucey dijo que si todo sale bien, la vista se celebrará enseguida.

—Eso será si Peregrine se recupera.

Graham se sintió un poco tonto por no haberse interesado antes por Derrick. Después de todo, si estaba en Londres era principalmente por él.

—¿Sigue en San Mungo?

Terence asintió.

—Y no mejora demasiado.

No añadió nada más. Acababan de llegar a la oficina de Pucey. Graham pudo verlo sentado frente a su escritorio, rodeado de pergaminos y plumas voladoras. Tenía el pelo un poco revuelto y se le notaba entusiasmado, inmerso en su trabajo con la pasión que le caracterizaba. Lo último que pensó antes de plantarse frente a él fue que Peregrine Derrick ya tenía un pie fuera de Azkaban.


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