UN EQUIPO PARA LA GLORIA

Por Cris Snape


Para Alter321


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.


7

Terence

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Agosto de 2005.

Terence estaba aprovechando la mañana para revisar el estado de las escobas voladoras del colegio. La mayoría eran bastante viejas y lentas, pero cumplían perfectamente con su función durante las clases de vuelo. Los alumnos no necesitaban ganar campeonatos de velocidad o hacer florituras en el aire, sino que debían volar en un entorno seguro y utilizando escobas que no estuvieran rotas.

Terence cumplía diligentemente con su trabajo. Él mejor que nadie sabía lo peligroso que podía ser el vuelo y no quería que durante sus clases ocurrieran accidentes. Al principio no pensó que ser profesor fuera a resultarle tan estimulante, pero ciertamente disfrutaba con lo que hacía. Los niños no eran tan desagradables como pensaba y le gustaba mucho pasar las tardes en la sala de profesores, conversando con sus colegas y organizando el plan de estudios y el campeonato de quidditch. Tanto era así que incluso se estaba replanteando sus deseos de ser entrenador. A lo mejor ser profesor no reportaba tantos ingresos económicos como seguir metido en el mundillo del quidditch profesional, pero ya no se trataba de una cuestión de dinero, sino de placer.

Durante su etapa como jugador, había logrado amasar una pequeña fortuna. Los Higgs eran una familia mágica de cierto pedigrí, pero nunca habían tenido demasiado dinero. Terence estaba bastante seguro de que podría pasar el resto de su vida sin dar un palo al agua siempre y cuando se mostrara medianamente austero, así que consideraba el hecho de tener un empleo como un pasatiempo. El quidditch y el vuelo siempre fueron su gran pasión y poder vivir de ello era muy agradable. Y puesto que le gustaba estar en Hogwarts, ¿por qué no quedarse allí durante mucho más tiempo?

En todo ello pensaba Terence mientras colocaba las escobas en posición perfectamente vertical. Empleó un par de hechizos para evitar que las ramitas de la cola se estropearan y cerró la puerta de un armario que debía llevar en Hogwarts desde los tiempos de los Fundadores. Ahora que había terminado con su deber, saldría a pasear junto al lago para despejar la mente.

Y es que últimamente Terence Higgs tenía muchas cosas en la cabeza. Desde que a Lucian Bole se le ocurriera la genial idea de sacar a Derrick de prisión, Terence no paraba de darle vueltas al asunto. Dentro de los miembros del antiguo equipo de quidditch, posiblemente fuera el menos comprometido de todos. Adrian aseguraba que su declaración no era necesaria y su único papel hasta el momento estaba siendo el de ejercer de mediador entre Flint y todos los demás.

Terence consideraba que Pucey había sido un poco bobo al pedirle a Marcus aquello, aunque entendía por qué lo había hecho. Como cabía esperar, Marcus se había enfadado tanto que amenazó con retirar la palabra a todo aquel que osara mencionar el tema. A veces podía parecer que era un cabrón sin entrañas pero Terence siempre supo que cuando Marcus Flint quería a alguien, lo quería de verdad.

—¿Vas al lago?

Neville Longbottom acababa de reunirse con él justo en la entrada del campo de quidditch. Cuando llegó a Hogwarts, Terence pensó que, como buenos Gryffindor y Slytherin, jamás podrían llevarse bien. Recordaba a Longbottom como un chico torpe y solitario que lloraba con suma facilidad. Claro que también fue el héroe de guerra que logró cortar la cabeza a aquella serpiente tan desagradable y que se ganó la admiración de medio mundo mágico. Terence creyó que Longbottom sería un idiota presuntuoso y sin embargo resultó ser un gran tipo.

El hecho de ser los profesores más jóvenes de Hogwarts les llevó a hacerse amigos. Terence siempre fue consciente de las miradas de suspicacia que le dedicaban sus compañeros durante sus primeros meses en Hogwarts y fue precisamente Neville el primero que se acercó a él de forma amistosa. Por supuesto que Terence se mantuvo a la defensiva durante una temporada, pero con el tiempo comprendió que Longbottom era sincero en sus intenciones y decidió que no perdía nada por devolverle un poco de la amistad que tan generosamente le brindó.

—Me apetece dar un paseo.

—Voy contigo. Tengo que comprobar si mis nenúfares han florecido ya.

Terence asintió. A Neville le gustaba dar largos paseo por los terrenos del colegio y casi siempre tenía que ocuparse de alguna planta mágica en este o en aquel rincón.

—Necesito el polen para abonar las mandrágoras —Explicó con una sonrisa apasionada en la boca. Se notaba que adoraba su trabajo—. Cuando le expliqué a la profesora Sprout lo que estoy planeando hacer, creí que se volvería loca.

Neville seguí en contacto con su antigua maestra. La mujer abandonó la docencia tres años después del final de la guerra y se retiró a vivir a una pequeña finca de Gales, pero de vez en cuando visitaba los invernaderos del castillo. Terence sabía que intercambiaba lechuzas con Longbottom a diario y él afirmaba que valoraba mucho su opinión. También comentaba que la mujer era muy conservadora en lo que a cuidado de plantas mágicas respectaba mientras que él se había descubierto como un auténtico innovador dentro de la herbología. Gustaba de hacer toda clase de experimentos aunque no siempre le salieran bien.

—Seguro que quiere comprobar con sus propios ojos que no metes la pata. No parece que se fíe mucho de ti.

—Va a venir antes de que empiece el curso. Creo que quiere que le cuente con pelos y señales cómo van a ser las lecciones de este año.

—¿No se lo explicaste el año pasado?

—Y el anterior. Y el anterior —Neville se encogió de hombros—. La verdad es que me gusta que venga.

Terence pensó que la profesora Sprout se comportaba como una vieja chocha pero se cuidó mucho de decirlo en voz alta. Tampoco quería ser irrespetuoso con una mujer que podría ser su abuela.

—Pues a mí no me gustaría que madame Hooch viniera a vigilarme.

—Porque te da miedo.

Terence abrió la boca de pura indignación. Neville estaba sonriendo como si fuese un Slytherin y, de no ser porque situaciones como aquella se daban bastante a menudo, hubiera pensado que sus roles naturales se hubieran invertido. Pero no. La realidad era que Longbottom sabía hacer bromas como cualquier hijo de vecino y que a él le gustaba seguirle la corriente.

—Por supuesto que no.

—Recuerdo la cara que ponías cuando arbitraba los partidos de quidditch. Ni siquiera en Slytherin os atrevíais a hacer demasiadas trampas con ella vigilando.

—¿No te quejas siempre de lo marrulleros que éramos, Longbottom?

—¿No has oído que he mencionado la palabra "demasiadas"?

Terence sonrió y agitó la cabeza.

—Te aseguro que no me da ningún miedo. Lo que pasa es que no me gusta que nadie meta la nariz en mis cosas. Claro que si se comprometiera a regalarnos escobas nuevas, le permitiría ayudarme a arbitrar los partidos.

—Eso es lo que necesita Hogwarts, un árbitro imparcial.

—¿Yo no te lo parezco?

—¿De verdad quieres que conteste a eso, Terence?

Tuvo que reírse. A lo mejor sí que tendía a favorecer a Slytherin, pero se debía únicamente a que en los últimos tiempos el equipo era un auténtico desastre. Le faltaba un líder nato como en su día lo fue Marcus Flint, alguien que supiera cómo alentar a sus compañeros a dar lo mejor de sí mismos y que no se rindiera jamás.

—Esperemos que este año tengas mejor equipo —Neville le dio un golpecito en la espalda.

—Lo mismo te digo. ¿Cuánto hace que tus chicos no ganan el campeonato? De hecho, el último buscador que tuvisteis no era capaz ni de ver la snitch.

—Porque necesitaba gafas y no lo sabía.

—Eso. Que no os falten excusas.

Estuvieron lanzándose pullas hasta que llegaron al lago. Una vez allí, caminaron hacia el oeste en busca de los nenúfares que Neville llevaba todo el verano cuidando con mucho mimo. Eran plantas muy delicadas que podían echarse a perder en cuestión de minutos.

—Hannah dice que te pases por la taberna una noche de estas. Quiere que pruebes su nuevo estofado de carne.

Neville se había metido en el agua, que debía estar helada pese a ser verano, y pronunció un hechizo que hizo que los nenúfares fueran rodeados por una luz cálida y de color amarillo. Faltaba poco para que las flores se abrieran por completo.

—Claro. A ver si este fin de semana me puedo acercar.

A Terence también le caía bien Hannah. Cuando uno pensaba en ella se le venía a la mente la imagen de una Hufflepuff amable y trabajadora que cocinaba de maravilla. Y no se equivocaba ni un ápice. Terence comenzó a tratarla a raíz de su amistad con Neville y descubrió que, aparte de lo anteriormente mencionado, Hannah Abbott también tenía un carácter de los mil demonios. Podía decirse de ella que cuando era buena era muy buena pero que cuando era mala podía resultar hasta peligrosa.

—¿Sigues ocupado con lo del juicio de Derrick?

Le sorprendió que Neville le hiciera esa pregunta. Hasta ahora no había hecho ningún comentario al respecto, aunque parecía al corriente de lo que estaba sucediendo. Teniendo en cuenta que era amigo de Hermione Granger, una de las más estrechas colaboradoras de Adrian en el Ministerio, era normal que contara con cierta información sobre Peregrine.

—En realidad yo no estoy haciendo gran cosa —Terence se encogió de hombros.

—Se dice que casi todos los Slytherin de tu año están en el ajo.

—No es del todo así. Por lo que sé, lo más involucrados son Lucian Bole y Adrian.

Neville asintió. A Terence a veces le gustaría estar en su situación, vivir en su lado de la sociedad. Él no debía preocuparse por amigos o compañeros que estuvieran en prisión por haber sido mortífagos porque todos lucharon del lado vencedor. A esas alturas del cuento podían permitirse el lujo de vivir con suma tranquilidad, disfrutando de su fama de héroes si así lo deseaban. A Longbottom le gustaba pasar desapercibido pero Terence sabía de más de un imbécil que se paseaba por el mundo mágico como si hubiera asesinado a Voldemort personalmente.

—Apenas me acuerdo de Derrick —Neville hablaba al mismo tiempo que concentraba su magia en los nenúfares—. Una vez me escondió la recordadora que mi abuela me regaló durante mi primer curso en Hogwarts. Claro que fue uno de tantos.

Terence tuvo que mirar para otro lado sintiéndose extrañamente avergonzado porque él también había hecho desaparecer la recordadora de Longbottom. Muchos Slytherin de su generación lo habían hecho, aprovechándose de la evidente debilidad del niño que un día fue el Neville que tenía delante.

—Era un poco cabrón.

—Dicen que terminó en Azkaban por méritos propios. Hay pocos que crean que Pucey tiene posibilidades reales de triunfar frente al tribunal.

—La esperanza es lo último que se pierde.

Neville alzó la cabeza y le dirigió una de esas miradas intensas que tanto recordaban al chico que mató a Nagini. Una mirada decidida, honesta, valiente. La mirada de un auténtico Gryffindor.

—¿Crees que merece quedar libre?

Terence lo pensó detenidamente. Él mismo se había formulado esa pregunta más de una vez y a su mente siempre acudían las mismas palabras.

—Si realmente está arrepentido, me parece injusto que tenga que cumplir la condena de veinte años. Derrick era un idiota y quizá merecía un escarmiento, pero que yo sepa no tiene las manos manchadas de sangre. Merece la oportunidad de rehacer su vida.

Neville se quedó callado mientras culminaba el hechizo. Volvió a hablar mientras salía del agua.

—Eso mismo pienso yo.

Terence asintió, preguntándose si Adrian sería capaz de conseguir el testimonio de algún héroe de guerra cuando presentara el caso de Peregrine frente al tribunal mágico. Sin duda sería una declaración impactante, mucho más que la que él mismo pudiera aportar.


El guiso estaba delicioso. Tenía un sabor contundente que calentaba la garganta y la carne se deshacía en la boca. Ni siquiera los elfos domésticos de Hogwarts eran capaces de preparar algo tan delicioso, por más expertos en la materia que fuesen. Terence saboreó una de las últimas cucharadas y echó un vistazo al local. Estaba repleto de gente, la mayoría de los cuales disfrutaban del famoso estofado de Abbott.

Terence ocupaba una mesa cercana a la cocina, la que solían reservar para las amistades más cercanas. Si diez años antes alguien le hubiera dicho que sería buen amigo de aquellos dos, Terence se hubiera reído en su cara. Pero las cosas cambiaban y las personas maduraban. Como Marcus Flint, que acababa de entrar por la puerta.

En los últimos días Terence había tenido ocasión de charlar en numerosas ocasiones con Graham y una cosa estaba clara: Marcus seguía enfadado con Pucey. A lo mejor no con la misma intensidad de antes, pero si lo suficiente como para no desear que nadie intentara hablar en su favor. Terence también sabía que el que más y el que menos estaba colaborando para aplacar su mal humor, así que no lo dudó y agitó el brazo para llamar su atención y hacer que se reuniera con él.

Marcus tardó un poco en verle, pero finalmente se acercó a su mesa y le dedicó una sonrisa torcida.

—Así que oficialmente eres miembro del club de fans de Longbottom. Mira donde te sientas.

—A lo mejor soy el presidente —Terence no le dio importancia a sus palabras—. Quédate conmigo, anda.

—Ni hablar. ¿Tú sabes lo que podrían pensar de mí si me vieran aquí?

—¿Qué te estás convirtiendo en un ciudadano ejemplar amigo de héroes? —Flint alzó una ceja—. Venga, siéntate y pide un plato del guiso de Abbott. Está delicioso.

—Dudo que vaya a gustarme —Pese a sus palabras, Flint tomó asiento—. Mi paladar es mucho más fino que el de cualquiera de los patanes que hay en este antro.

—Gracias por la parte que me toca.

—No te ofendas, Higgs. Ya sabes que siempre he dicho que no eres un chico nada fino.

Terence puso los ojos en blanco. Sabía perfectamente que Flint había cambiado muchísimo desde que abandonaran Hogwarts, pero por fuera siempre sería el idiota maleducado de su adolescencia. Antes de que pudiera recordarle ciertos episodios de su etapa estudiantil, Hannah se plantó frente a ellos con una sonrisa en la boca y conjuró una cerveza para el recién llegado.

—Buenas noches, Flint. ¿Te apetece cenar?

Estaba claro que Hannah ansiaba que todo el mundo probara su nueva receta. A Marcus no le quedó más remedio que admitir que tenía hambre y, aunque aquel guiso no le ayudaría a mantenerse en forma, no pareció lamentar mucho los gramos que pudiera engordar después de apurar el plato.

Estuvieron charlando sobre cosas sin importancia hasta que Terence decidió que era el momento de sacar a colación el tema. Sospechaba que el estofado de Hannah tenía algo capaz de domar a las fieras y notó que Marcus estaba de buen humor en cuanto aseguró que la comida le había gustado muchísimo. Así pues, llenó los pulmones de aire y fue directo al grano. Era lo mejor dadas las circunstancias.

—¿Has vuelto a hablar con Adrian?

Si las miradas matasen, Terence hubiese caído fulminado en el acto.

—No vuelvas a mencionar a ese hijo de puta.

Terence captó la amenaza. Lo más sensato era callarse pero ya que había empezado no pensaba parar.

—Sabes tan bien como yo Adrian no es nada de eso. Siempre fue el más decente de todos nosotros.

—Y por eso me ha pedido lo que me ha pedido, ¿no?

Terence sabía que era duro pero no le parecía el fin del mundo.

—¿Se lo has dicho a ella?

Vio como Marcus apretaba los dientes. Cerró los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos y por un instante pareció que le saldría humo negro por las orejas.

—Por supuesto que no.

—Pues deberías hacerlo. Ya es lo suficientemente mayorcita para tomar sus propias decisiones.

Marcus le miró de forma muy fea y lanzó un golpe bajo. Bajísimo, en realidad.

—Si fueses capaz de mantener una relación con alguien, te darías cuenta de que estás diciendo una gilipollez.

Le tocó a Terence el turno de apretar los dientes. El romance nunca había sido lo suyo. Y no porque fuera torpe o inexperto, si no porque no le interesaba. Jamás en toda su vida se había sentido atraído por nadie, ya fuera hombre y mujer, y nunca había estado enamorado. En Hogwarts pensó que le pasaba algo muy malo e intentó enrollarse con un par de chicas, pero todo terminó siendo un desastre. La sensación de ser un bicho raro estuvo a punto de provocarle una depresión, hasta que en un momento de desesperación se confesó ante sus amigos. A lo mejor ninguno terminó de comprenderle, pero era la primera vez que alguien usaba aquello para lastimarle.

A favor de Marcus cabría decir que pareció arrepentido de inmediato, pero no retiró sus palabras. Terence, quien había estado reteniendo el aire en los pulmones todo el rato, suspiró largamente y decidió que no cedería.

—Noreen es una adulta capaz de tomar sus propias decisiones. Si piensas que le estás haciendo un favor al no permitirle hablar con Pucey, está claro que eres más idiota de lo que yo creía.

—No te consiento que me hables así, Higgs.

—Ya ves lo mucho que me importa.

Por un momento Marcus pareció dispuesto a sacar su varita, pero se limitó a seguir apretando los puños. Terence suavizó un poco su tono de voz.

—Sabes que lo que Pucey pretende hacer no es una barbaridad. Sabes que Noreen se enfadará contigo cuando descubra lo que estás haciendo. Ahórrate un montón de problemas y habla con ella.

Marcus apartó la mirada y se relajó visiblemente. A Terence le sorprendió que se sincerase ante él.

—No quiero que suelten a Peregrine —Aseguró con la voz un poco rota—. A lo mejor soy cruel o un egoísta, no lo sé, pero quiero que se quede justamente donde está. No me parece que esté arrepentido y no quiero que Noreen tenga que encontrárselo por la calle como si no hubiera pasado nada. Porque pasó, Terence. Pasó y me toca los cojones que Adrian lo haya olvidado.

—Adrian no ha olvidado nada. Lo único que quiere es hacer de este mundo un lugar un poco más justo —Terence jamás lo había dudado y posiblemente Marcus tampoco—. Si habla con Noreen y ella no tiene nada bueno que decir, si no consigue más testigos que dejen claro que Peregrine se arrepintió, entonces Peregrine se quedará donde está.

Marcus agachó la mirada. Su mente debía estar llena de pensamientos un tanto convulsos.

—Pero si realmente ayudó a esa gente, si intentó rectificar. ¿No crees que se merece otra oportunidad?

Terence esperó la respuesta con expectación, pero esta nunca llegó. Marcus se puso en pie, dejó algo de dinero sobre la mesa y se desapareció. Quizá volviera a tomar la decisión equivocada, aunque eso sería después de reflexionar largo y tendido sobre lo que le había dicho.


¿Reviews?