UN EQUIPO PARA LA GLORIA
Por Cris Snape
Para Alter321
Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.
9
Cassius
Sede de El Profeta. Agosto de 2005
Aunque mucha gente no entendiera cómo era posible que Rita Skeeter se hubiera convertido en la principal editora del periódico mágico por excelencia, Cassius Warrintong lo tenía muy claro. Después del éxito de ventas cosechado por su libro sobre Harry Potter, los directivos del diario decidieron que la mejor forma de ganar dinero era poniéndola a ella al frente de la sección de noticias. Obviamente, El Profeta era más amarillista que nunca, recibía muchas críticas e incluso habían tenido que ver como otros periódicos salían al mundo mágico como si fueran setas en otoño, pero seguían vendiendo más que nadie y eso era lo único que importaba.
Cassius no se sentía del todo incómodo con la situación. Cuando decidió hacerse periodista tuvo en mente algo distinto a lo que hacía actualmente, pero sus artículos eran bastante exitosos y eso significaba un plus bastante atractivo para un sueldo que, por otro lado, no era nada del otro mundo.
Rita solía decir que le gustaba su estilo narrativo pero en el periódico todos comentaban que si era el favorito de la editora se debía a razones más íntimas. Y a lo mejor no iban tan desencaminados pero como no era asunto suyo, Cassius nunca comentaba nada al respecto. A nadie le importaba lo que Rita y él hicieran fuera de la redacción, por más divertido y placentero que resultara ser.
Pese a ser la mujer más cotilla de todo el mundo mágico, Rita Skeeter solía ser bastante discreta respecto a su vida personal. Incluso llegó a pedirle a Cassius que mantuvieran su relación en secreto, como si él tuviera algún interés por hacerla pública. Además, tampoco era nada del otro mundo. Una aventurilla pasajera que posiblemente no iría a ninguna parte.
Cassius no podía decir que la conociera demasiado pero sabía bien que era una mujer que siempre se salía con la suya. Si quería vender más periódicos que nadie se las apañaba para tratar los temas más controvertidos del mundo mágico. Las excarcelaciones de mortífagos era uno de ellos y Cassius solía ocuparse de escribir todos los artículos al respecto.
Rita decía que ya que se empeñaba en ser amigo de un tipo tan aburrido y puritano como Pucey, al menos debía sacarle algún provecho. Por ese motivo le había enviado a cubrir el caso de Peregrine Derrick. La bruja confiaba en que le revelara detalles que nadie más conocía pero Cassius debía conformarse con obtener las primicias, sin sensacionalismos de por medio.
Lamentablemente para Adrian, aquel asunto había dejado de ser uno más para plantarse en las portadas de los diarios mágicos de Reino Unido. La muerte de Peregrine había tenido lugar apenas un par de horas antes y ya era la comidilla de todo el mundo. Rita le había dicho que quería toda la información que pudiera reunir y de nada sirvió que Cassius le pidiera que enviara a otra persona. A lo mejor sí era un poco arpía. No se conmovía por nada y le importaba muy poco que toda esa situación le incomodara.
Cassius nunca fue amigo de Derrick, pero estaba rodeado por gente que de una manera u otra sí lo había sido. No quería tener que preguntarle a Adrian qué opinaba de aquella inesperada muerte y definitivamente no quería encontrarse con Lucian Bole, quien no se cortaría ni un pelo a la hora de enfrentarse con él porque odiaba a los periodistas y eso parecía darle derecho a hacer lo que le viniera en gana.
La muerte de Peregrine le había pillado en el hospital. Había estado desayunando con Miles y quiso sonsacarle un poco de información. Aunque normalmente era una tumba, en esa ocasión le confesó que estaba preocupado por el enfermo. Por lo visto había pasado una noche terrible, sufriendo graves problemas respiratorios y con una fiebre de los mil demonios. Pese a ser consciente de que ningún tratamiento estaba resultando ser efectivo, ninguno de los dos se esperaba aquella noticia.
Miles se había puesto un poco pálido, quizá más afectado de lo que aparentaba. Con la voz un poco entrecortada, le pidió que avisara a Adrian de lo ocurrido. En su opinión, la única forma de comunicar tan nefasta noticia era personalmente, así que se negó a enviarle un patronus, una lechuza o algo parecido. Cassius apenas pensó lo que hacía. Siguió sus instrucciones y fue hasta el Ministerio, sorprendiéndose enormemente al ver a Marcus charlando con Adrian. Por lo que sabía, llevaban varios días sin dirigirse la palabra, enfadados por un asunto que involucraba a la novia de Flint.
Adrian se quedó paralizado cuando escuchó sus palabras. Flint le miró con estupor y ninguno de los tres hizo nada durante varios segundos, hasta que Granger se acercó. Cassius ignoraba si le había escuchado pero estaba claro que había notado que algo ocurría.
—Adrian, ¿va todo bien?
Sólo entonces Pucey reaccionó. Agitó la cabeza y se puso en pie, acercándose a Cassius y agarrándole por el brazo.
—¿Estás seguro?
—Sí, tío. Lo siento mucho.
Adrian cerró los ojos y Cassius supo que lamentaba su muerte por algo más que por el trabajo que acababa de irse al cuerno. Flint seguía sentado, mirando el tablero del escritorio con los ojos entornados y las uñas clavadas en los reposabrazos de su silla.
—¿Qué ha pasado?
Granger insistió. Aunque Rita habitualmente echara pestes, Cassius no se había formado una opinión sobre ella. Sabía que en Hogwarts fue una sabelotodo insufrible que después se convirtió en heroína de guerra y que más tarde empezó a trabajar en el Ministerio, ganándose fama de impertinente. Cassius, que jamás había mantenido una conversación con ella, dio un paso atrás y dejó que fuera Pucey quién contestara a su pregunta.
—Tenemos que ir a San Mungo, Hermione —Mientras hablaba, empezó a recoger sus cosas para dejar el escritorio perfectamente ordenado antes de partir. Hizo que un montón de pergaminos flotantes se guardaran en un cajón y miró de soslayo a Marcus—. Peregrine ha fallecido.
Granger se llevó una mano a la boca y parpadeó con estupor un instante, pero no tardó en reaccionar. Se agitó con nerviosismo y Cassius casi pudo escuchar su cerebro poniéndose en funcionamiento.
—¡Oh, no! Pobre Peregrine —Colocó una mano amistosa en el brazo de Adrian y siguió hablando—. Dame un segundo. Recogeré un par de cosas de mi mesa y nos iremos en seguida.
Adrian asintió y volvió a mirar a Marcus, quien seguía inmóvil.
—¡Ey, Marcus! ¿Estás bien?
El aludido movió la cabeza, parpadeó y se puso en pie. Por un momento pareció que iba a echarse a llorar, aunque finalmente carraspeó y se mostró tan borde como siempre.
—¿Por qué no debería estarlo? Peregrine era un capullo y nos ha ahorrado muchos problemas.
Dicho eso, dio media vuelta y se largó sin despedirse. Cassius apenas podía creerse lo que acababa de escuchar. A lo mejor no conocía a Marcus del todo bien, pero podía ver con claridad que estaba actuando. Ni siquiera él podría decir semejantes palabras en una situación como aquella.
—Cassius —Adrian tampoco pareció darle mucha importancia a lo ocurrido—. Si vas a venir, no puedes molestar.
No quería que se pusiera a hacer preguntas a los sanadores, ni que intentara entrevistar a los familiares y amigos del fallecido. Quería que se mantuviera alejado y silencioso y, puesto que en realidad no le apetecía trasladarse hasta el hospital en un momento como aquel, expresó sus intenciones.
—Si prometes contarme lo que ha ocurrido con pelos y señales, no iré.
Adrian entornó los ojos, tal vez considerando que aquella actitud era impropia de un periodista, pero asintió y le palmeó la espalda.
—Claro que sí. Te daré la exclusiva como siempre.
—¿Cómo es eso, Cassius?
Rita estaba muy enfadada. Lo sabía porque en sus mejillas aparecieron dos puntitos rojos que sólo le salían si estaba cabreada o excitada. Y dadas las circunstancias, Cassius dudaba que tuviera ganas de marcha.
—No me pareció adecuado acudir a San Mungo. Peregrine acaba de morir y su familia se merece un mínimo de respeto.
—¿Respeto? —La bruja entornó los ojos y le miró como si pensara que era tonto—. ¿Tengo que recordarte cuál es tu profesión?
—Se puede ejercer el periodismo sin necesidad de molestar.
—¿En serio?
—¿Acaso no te lo he demostrado muchas veces? Mis artículos son buenos y no acostumbro a…
Rita alzó la mano para hacerle callar. Parecía a punto de decir algo muy desagradable, quizá relacionado con su auténtico desempeño laboral y el trato preferente que su relación sentimental podría traer consigo, pero en lugar de hablar se mordió los labios.
—Esta noticia es de primera plana —Dijo con la voz muy tensa—. Si perdemos la exclusiva por culpa de tus estúpidos escrúpulos, la vamos a tener muy gorda.
A Cassius no le gustó su tono de voz y respondió con lo primero que se le pasó por la cabeza.
—¿En la oficina o en la cama?
La pregunta no ayudó a aplacar el ánimo de Rita. De hecho, lo único que consiguió fue que le dedicara una mirada condescendiente.
—Por favor, cielo. Céntrate.
—Estoy centradísimo.
Rita cruzó los brazos y le hizo sentir como un niño pequeño. No era fácil estar con ella. Era una mujer bastante desagradable y muchas veces se había dicho que podría buscarse mil y una brujas que fueran mejores que ella en la cama, pero estar con Rita era casi una adicción. Cassius no podía evitar acudir a su lado cada vez que surgía la ocasión.
—A mí me parece que nuevamente estás confundiendo las cosas —Rita le guiñó un hijo, consiguiendo que se mosqueara bastante—. Mira donde estamos, Warrintong. Aquí sólo hablamos de trabajo.
La oficina. Cassius asintió de mala gana, recordando aquella vez en las rotativas en las que tuvieron mucho más que palabras. Supuso que si se lo recordaba a Rita podría molestarse, así que actuó como todo buen subalterno de la gran señora Skeeter: agachó la cabeza y se mordió la lengua.
—En fin. Tu metedura de pata ya no tiene solución.
—En realidad no es para tanto. Pucey me ha prometido la exclusiva.
—¡Uhm, Pucey! —Rita se relamió los labios como cada vez que deseaba ponerle celoso—. Slytherin siempre ha dado hombres muy guapos, ¿no te parece?
Cassius sabía que no debía responder a la provocación, sabía que si lo hacía quedaría como un niñato inmaduro, pero nuevamente se dejó llevar por sus impulsos.
—No lo sé. Yo no me paso la vida mirando el trasero de mis antiguos compañeros de colegio.
Rita pareció satisfecha por su reacción. De hecho, se sentó frente a él y le puso una mano en la rodilla.
—¿Y qué me dices de cuando estudiabas en Hogwarts? ¿Nunca te fijaste en ellos mientras os duchabais después de los partidos de quidditch?
Cassius se levantó como movido por un resorte, lamentando haber caído en su trampa otra vez.
—¡Me gustan las mujeres!
—Y a mí los hombres, querido. Pero eso no significa que no me apetezca morrear a Madeleine Jones cada vez que me la encuentro en el ascensor.
Cassius parpadeó, confundido por sus palabras y por la sonrisa depredadora que estaba empezando a ponerle muy nervioso. Dijo lo único que fue capaz de articular.
—¿Jones?
—La que trabaja con bichos. Alta, delgada, morena. ¿Nunca has querido fol…?
—¡Rita!
Claro que sabía quién era Jones. Todos en el Ministerio lo sabían. De hecho, algún listillo de Corazón de Bruja la había incluido en su lista de las brujas más deseadas de Inglaterra, aunque ella no era un personaje público ni nada que se le pareciera. Rita, quién parecía satisfecha por haberle causado semejante desconcierto, soltó una carcajada y volvió a su butacón de jefa suprema.
—Me decías que Pucey te ha prometido la exclusiva.
Rita volvió a utilizar su tono de voz más profesional, como si las provocaciones previas no hubieran tenido lugar. Cassius la conocía lo suficiente como para saber que lo mejor que podía hacer era seguirle a corriente.
—Así es. Sabes que es de fiar, así que no tienes que preocuparte por nada. Publicaremos el artículo más completo sobre Peregrine Derrick.
—Eso espero. No me gustaría tener que degradarte.
—¿No te parece una medida un tanto exagerada?
—No cuando ese caso ha generado tanta expectación en la calle —Rita miró de reojo por la ventana. En realidad sólo podía verse la pared de ladrillo rojo del edificio muggle que tenían enfrente, pero le gustaba hacerse la interesante—. Una vez más se ha reabierto el debate sobre la conveniencia de liberar antiguos mortífagos y debemos aprovechar la situación al máximo.
—Derrick no era un mortífago.
—Estaba marcado, Cassius.
—Pero nunca se comportó de esa manera. Ya me entiendes.
Rita se colocó las gafas sobre el tabique de la nariz y nuevamente le observó con condescendencia. Cuando habló, logró que Cassius volviera a sentirse muy pequeño. A veces tenía la sensación de estar frente a una madre y no frente a una amante, lo cual le incomodaba y le llevaba a plantearse lo que quería hacer con su vida.
—Me sorprende que sigas siendo tan ingenuo, cielo. Después de todo lo que hemos vivido, sigues confiando en la gente. No es algo muy típico de un Slytherin, ¿no te parece?
—Deja de hablar como si aún estuviéramos en Hogwarts.
—Se me olvidaba que encuentras estúpido que se tenga en cuenta la división de Casas más allá del colegio.
—Porque lo es. Lo sabes tan bien como yo.
—Puedes que tengas razón —Rita se encogió de hombros—. Pero vende.
Cassius suspiró. Sí, definitivamente estaba en lo cierto. Aunque le pareciera una idiotez, cuando escribiera sobre Peregrine tendría que señalar una y otra vez que había pertenecido a Slytherin, como supusiera algo en la vida más allá de los muros de Hogwarts.
—¿No te parece que los brujos somos incapaces de aprender de nuestros errores?
En esa ocasión tampoco pensó demasiado bien en sus palabras, aunque no había quedado como un idiota de nuevo. Rita giró ligeramente la cabeza hacia la derecha, uno de sus gestos más típicos y difíciles de captar. Era algo que hacía cuando algo le interesaba de verdad.
—Recuerdo mi primer día en Hogwarts, lo nervioso que estaba justo antes de mi selección. Comí tanto que estuve toda la noche vomitando y me pasé un montón de horas recitando de memoria la canción del Sombrero. Hablaba de la unidad entre las cuatro Casas.
Rita parecía haber perdido el interés. A lo mejor se estaba poniendo demasiado melodramático.
—¿Qué tiene eso de particular? En mis tiempos también era así.
—Y nadie le hace caso —Cassius suspiró—. Todos los años repite lo mismo y nosotros insistimos en seguir divididos incluso después de la escuela. ¿No es patético?
Rita se quedó callada un instante, hasta que se cruzó de brazos y alzó el mentón.
—Me parece que es un enfoque interesante para narrar la historia del señor Derrick. Yo no tardaría demasiado en ponerme manos a la obra.
La indirecta no podía ser más clara. Cassius se levantó y abandonó su despacho. Una vez más le acompañaba la misma sensación agridulce que le provocaba estar en compañía de Rita Skeeter.
Cuando Adrian Pucey regresó al Ministerio, Cassius le estaba esperando. Aún le escocía un poco que Rita le hubiera echado aquel pequeño rapapolvo, aunque en el fondo tuviera razón. Por supuesto que no se avergonzaba de tener escrúpulos pero debía reconocer que a veces podían entorpecer su trabajo. Por fortuna, en esa ocasión sabía que podía contar con Adrian, un tipo que a lo mejor no encajaba del todo en el prototipo de Slytherin y que precisamente por eso era de fiar.
Sí, aunque Cassius renegara de toda esa basura, también era víctima de la paranoia colectiva generada alrededor de las casas de Hogwarts.
Adrian llegó después de comer. No tenía mal aspecto, seguramente porque no se encontraba tan cansado como otros días. Por lo que Cassius sabía, su bebé ya le permitía dormir por las noches. Cassius, que había estado sentado frente a su escritorio conteniendo a duras penas las ganas de revolver sus papeles, se puso en pie para recibirle. Adrian bufó justo antes de ocupar su lugar.
—¿Tiene que ser ahora?
—No me queda más remedio. La jefa ya me ha regañado por no ir al hospital.
Adrian volvió a bufar pero no tardó ni un segundo en conjurar un largo pergamino amarillento y perfectamente enrollado.
—Aquí tienes todo lo que necesitas saber.
Cassius no pudo ocultar su sorpresa.
—Ni que lo hubieras preparado a propósito.
—No te creas que es para ti, Warrintong. No eres tan importante —Adrian agitó un brazo—. Me gusta preparar mis juicios mediante esquemas. Escribo la información básica en pergaminos reciclados y después lo paso todo a limpio, con otras anotaciones y ampliando los datos.
—¿Y no podría echarle un vistazo a eso?
—No hasta que el Wizengamont dé por zanjado el tema. Aunque Peregrine esté muerto, aún tengo que asistir a una vista para… —Adrian se encogió de hombros, quizá maldiciendo la burocracia—. Da igual.
Cassius echó un vistazo al contenido del pergamino y no tardó en comprender que contenía información más que suficiente para escribir un gran artículo. Pensaba tenerlo terminado para el día siguiente aunque tuviera que pasar toda la noche en vela. Se planteó la posibilidad de irse sin más, pero cuando Adrian suspiró supo que la conversación aún no había terminado.
—Todavía no me puedo creer que haya muerto —Hizo una breve pausa—. Una neumonía muggle no parecía lo suficientemente amenazadora pero supongo que Peregrine vino débil de Azkaban y ya ves. No ha podido superarlo.
—Los sanadores han hecho todo lo que han podido.
—Pero no ha sido suficiente —Adrian apoyó la mano derecha sobre la mesa—. Es triste que haya pasado esto justo ahora, cuando estábamos a punto de conseguir su liberación.
—La vida puede ser muy puta.
—Bole dijo algo parecido cuando se presentó en San Mungo.
—¿Bole?
—A lo mejor te apetece escribir sobre eso también —Adrian esbozó una sonrisa triste—. Lucian vino al hospital en cuanto supo la noticia y armó un auténtico escándalo. Intentó agredir a la sanadora Quirke y le arreó un puñetazo a Miles cuando le pidió que se tranquilizara.
Cassius apenas daba crédito a lo que acababa de escuchar. A lo mejor Rita tenía razón cuando decía que lo conveniente hubiera sido ir a San Mungo. Se había perdido esa primicia.
—Se lo han traído al Ministerio. Miles dice que no va a presentar cargos en su contra, pero unas veinte personas vieron a Bole agredir a un auror y no podían dejar pasar el asunto como si tal cosa.
—Me estás dejando helado.
—De todas formas, no creo que retengan a Bole durante demasiado tiempo. Hablaré con Robards para ver qué puedo hacer.
Cassius sabía que a Adrian no le caía nada bien Bole pero no le sorprendió lo más mínimo que estuviera dispuesto a echarle una mano.
—Eres demasiado bueno para ser un Slytherin —Bromeó.
—No me merecéis —Adrian suspiró y le miró como si estuviera un poco apenado—. Si me disculpas, tengo que salvar el pellejo de Bole.
—Claro —Cassius se levantó—. Nos vemos pronto.
En el entierro, posiblemente. Adrian asintió y se despidieron, ambos con la sensación de haber tenido un día bastante malo.
