Detrás de la mentira y la verdad hay cosas increíbles.

Débil. Se sentía tan débil. Nunca había experimentado algo así antes. Ver a su familia tan deprimida, tan frágil, le hizo ver una nueva perspectiva de la vida. No todo era felicidad.
Siempre contaba chistes tratando de elevar su humor, para que todos pudiesen llegar a tal grado de felicidad que no les importase si el chiste era bueno o no, pues siempre les daría gracia.

Ahora ningún chiste podría volver a ser gracioso.

¿Que monstruo seria capaz de quitarle a sus hermanas?

¿Como podía haber un ser tan cruel, tan despiadado, que fuera capaz de quitarle la compañía de Luna, Leni, Lynn y Lisa? Su felicidad se convirtió en tristeza, y de la tristeza pasó a la ira. Ira por sentirse tan frágil, estaba segura de que no seria capaz de soportar otra mala noticia. Al final, su alegría no le fue muy útil.

Hay personas que te enseñan a valorar cada grano de arroz.

Acostado boca arriba sobre su cama, admirando a detalle el mensaje que le dejo su hermana entre sus dedos, pensando sobre que habría pasado entre esas cuatro.

Leni dejó algo para él. ¿Como era posible? ¿Ella sabia el destino que le amparaba?

El recibo tenia una dirección de una tienda, de ahí sacó un farol de mano. Si podía llegar a esa tienda, conseguiría lo que necesitaba: Pistas.

Hace varios días que no hablaba con Clyde, o Ronnie, o alguno de sus otros amigos. No tenía muchas ganas de hacerlo, no iba a decirles nada de lo que sentía, y ellos no sabrían como reaccionar. Simplemente quería estar solo.
Quería enfrentar esto solo. Y quería ir a esa tienda solo.

No le iba a decir nada a su familia, o a la policía, no quería darles falsas esperanzas.

Tomó un chaleco, se cambió de zapatillas, y fue al baño a lavarse la cara. Cuando se dirigía de camino a las escaleras vio el cuarto de Luan y Luna, la puerta estaba abierta, y en el interior el sitio estaba completamente calmado. Se preguntó en donde se hallaba Luan a esas horas de la tarde, que supiera no había ido a hacer un espectáculo en mucho tiempo.

Te enseñan a usar el corazón más que la cabeza.

Debió darse cuenta antes. Era su hermana y necesitaba su ayuda. Tendría que haberle prestado atención cada vez que se impacientaba cuando recibía malos comentarios en sus vídeos que subía a Internet, en vez de contarle malos chistes para que se calmara.

Creía que solo necesitaba su espacio, que ella sola se haría cargo de sus problemas y terminaría por resolverlo, o recibiría la ayuda de Lincoln. Su hermana desapareció por su culpa. Merecía un castigo, un desahogo, algo que la hiciera sentirse mejor. Sus padres estaban tan ocupados lamentándose y esperando noticias de la policía en ese momento, sus hermanos buscaban maneras de superar sus pruebas de duelo, y ella estaba más sola que nunca.

No cometería el mismo error que Luna, ella haría algo para solucionar todo esto.

Sin que sus padres se dieran cuenta, tomó varios objetos de su habitación y los colocó en un saco, salió por la puerta trasera de su hogar, dispuesta a hacer lo que fuera para recuperar a su hermana. Conocía a un culpable.

Por otra parte, Lincoln se las ingenio para escabullirse de su casa, Lucy y Lori probablemente se darían cuenta y no tardarían en avisarles a sus padres. Tenia un limite de tiempo para cumplir sus objetivos. Le dolía tener que hacer algo así, volver a escapar de su casa, y causarles una nueva angustia a sus padres. Su egoísmo los terminaría volviendo locos, mas valdría la pena si encontraba el paradero de las desaparecidas.

Agachaba la cabeza en la calle, evitando que la gente lo mirase. Era un intento en vano, quien no reconocería a el chico de cabello blanco que perdió a sus hermanas de una manera impredecible. Oía como es que las personas murmullaban unas cuantas cosas entre ellas, jóvenes y adultos que probablemente criticarían a los padres por no haberlos criado bien.

No cabía en su cabeza la sensación de odio, solo preocupación. Aun llevaba el recibo en la mano y leía con atención la dirección que llevaba encima. El cielo anaranjado, como su camisa, se infestaba de nubes, indicando el inicio de una tormenta.

Te enseñan que si escuchas tus latidos es porque estas vivo.

Era una tienda pequeña. Solo unas cuantas personas entraban y salían de esta, algunos llevando objetos para intercambiar, y al parecer pocos lo conseguían. Las paredes de vidrio dejaban ver el interior repleto de objetos extravagantes: animales disecados, collares hechos de huesos y dientes, libros con inscripciones incapaz de entender.

Junto a la entrada se hallaba un vagabundo, sentado encima de un cartón en el suelo, extendiendo la mano para pedirle dinero a quien se le cruce en el camino. Tenia bolsas en los ojos y una gorra de pescador, su rostro estaba cubierto de mugre y suciedad, ojos marrones. Deseó haber traído algo de dinero para darle un poco.

Ingresó a la tienda, evitando la mirada del pordiosero, y admiró varios estantes llenos de conchas de mar, frascos con líquidos extraños, y unas ranas de distintos colores. El sitio era iluminado por una luz amarillenta, se acercó a la estantería más grande, evitando las otras tres, donde atendía él que parecía ser el dueño del lugar.

Un hombre robusto, bigote y barba recién afeitada, y pelo extremadamente corto castaño, vestía una camisa a cuadros, pulía una urna dorada con un pañuelo. Habría de tener al menos unos 40 años. Lincoln llamó la atención con su voz, casi titubeante.

-¿Señor?

-Hunter. —Fue lo único que dijo el hombre, sin dejar de hacer su limpieza a su adorno. Lincoln no comprendió lo que quiso decir— Me llamo Hunter, niño. ¿Que se te ofrece? —Preguntó indiferente.

-Oh... Vera... —Sacó el recibo y lo puso sobre el estante— Estoy buscando lo que le hayan dado por el farol que mi hermana consiguió aquí.

El hombre seguía con sus asuntos.

-No se aceptan cambios, ni devoluciones.

-Pero... Señor. No entiende. Necesito saber donde...

-Mira niño. —Dejó a un lado su urna, y fijo su mirada directamente a los ojos de Lincoln. Su voz sería lo intimidaba— Sé porque estas aquí. He oído las noticias y todo eso. Eres aquel a quien perdió a cuatro de sus hermanas. ¿Te soy sincero? No me interesa. Esta tienda tiene un lema: "Hay que hacer lo mejor para los negocios". ¿Tú hermana vino aquí? Sí. ¿Que fue lo que me ofreció? Veinte dolares y su diario. ¿Por que quiero su diario? Aunque no lo creas, hay muchas personas a las que les gustaría husmear en un diario de una chica de 16 años. ¿Que me puedes ofrecer a cambio de los secretos de una chica? Veinte dolares. O algo de igual valor.

No dijo nada más, volvió a pulir su urna. Lincoln sentía sus esperanzas pisoteadas nuevamente. Tan cerca, y a la vez tan lejos.
Decepcionado, dio media vuelta y se encaminó hacia la salida, mas al cabo de unos segundos, se detuvo. Reconocía al individuo que acababa de ingresar a la tienda: Luan.

Te enseñan a sentir rabia, odio, depresión, tristeza, desesperación.

La comediante de su hogar ingresaba a la misma tienda, cargando un saco sobre su espalda. Ambos se quedaron helados al verse uno frente al otro.

-¿Luan? ¿Que haces aquí? —Preguntó su hermano.

La chica bajo la cabeza, evitando su mirada, y como si no lo hubiese visto, pasó por su costado hacia la estantería donde atendía el hombre mayor. Lincoln la siguió, esperando una respuesta.

-Señor, vengo a vender todo esto. —Levantó el saco y lo puso sobre la estantería, exhibiendo su interior. El hombre, con actitud serena, colocó la urna a un lado, y examinó lo que le trajo esa adolescente.

Su títere favorito, una araña de juguete, varias tarjetas de presentación, un pollo de ule, una bocina, entre otros objetos de un payaso. El hombre miraba dudoso los objetos, y luego observó a Luan.

-Bueno, creo que puedo aceptar esto por un objeto de la tienda y 2 dolares. ¿Que dices?

-Sí, sí. Como sea. —Clavaba sus ojos sobre la estantería, esquivando los de Lincoln, quien miraba preocupado.

El sujeto saco un par de billetes de su bolsillo y se los entregó a la muchacha, quien simplemente los tomó y se retiró sin decir nada. El hombre trató de llamar su atención alzando la voz.

-¡Hey, olvidaste tu...!

Los tratan como muertos, sus ojos están abiertos y no pueden ver, como si ya no sintiesen frío, calor, amor ni odio.

Lincoln notó lo que le sucedía, cual seria otra razón por la cual regalarías las cosas que más te alegran si no fuera para castigarte. Se culpaba a sí misma de lo que le sucedió a su hermana, le dio tanto espacio que no se percató que la necesitaba. Él no cometería ese error.

Fue tras ella. Al salir de la tienda varias gotas de agua lo golpearon, estaba lloviendo. Vio como es que avanzaba por la calle, mirando el suelo. La siguió hasta quedar hasta su costado, por algún motivo, la calle estaba despejada y solo unos pocos autos pasaban de vez en cuando.

-Luan... —Cogió su hombro izquierdo, más esta seguía avanzando sin detenerse— Para, por favor. —Lo ignoraba.

Esta se detuvo en la parada de bus, esperando a que llegara un transporte que la llevase cerca a su hogar. No sabia porque su hermano estaba en esta tienda, ni quería enterarse que hacia ahí. Solo iba a volver a su casa y recostarse en su cama, tratar de olvidar la experiencia horrible por la que pasaba toda su familia.

-Luan por favor, dime algo.

-No debiste venir aquí, Lincoln. —La respuesta seca de su hermana le fue suficiente.

-¿Por que le diste tus cosas a ese tipo?

-No me serán útiles de nuevo. —Contestó algo molesta.

-¿Crees que fue tu culpa? ¿Cierto? —Seguía sin moverse ni mirarlo— Sé que te sientes mal por esto, pero si tan solo...

-No, Lincoln. No quiero escucharte. Solo cierra tu boca. —No era su intención hacerlo sentir mal, no quería lastimarlo al revelarle lo que sentía en ese momento.

-Luan, habla conmigo por favor. —Le suplicaba su hermano menor, pero ella simplemente no podía, su ira era demasiada y consideraba fastidiosa la voz de Lincoln. No se detendría hasta que consiguiese lo que quería, y ella lo conocía demasiado.

-Lincoln... —Agachó su cabeza— Quiero que me perdones por lo que estoy a punto de decir.

-Sea lo que sea, nosotros podemos... —Su hermana lo interrumpió, se dio la vuelta y lo miró a los ojos, arrodillándose para quedar a su estatura. Colocó sus manos sobre sus hombros.

-Lincoln. —Su mirada, cargada de decepción al parecer, ya no era la de una comediante. Sus ojos reflejaban ira acumulada, un desprecio que no era capaz de sacar de su corazón— Antes de decirte esto... Quiero que sepas que te quiero. —De la nada, la actitud de Luan cambio. Su ceño fruncido desapareció, tomó un respiro largo, pensando en cuales serian las palabras más adecuadas para decirle a Lincoln lo que sentía en ese momento— Te quiero, te amo. Eres mi hermano, entiende eso, y no permitiría que nada malo te pase.

Viven por un motivo, piensan que hay algo más, una esperanza lejana para ellos, difícil, mas no imposible.

No respondió, estaba confundido. No se supone que fuera de él de quien hablasen. Sintió como su corazón palpitaba con fuerza, la garganta se le secó de golpe, y sus piernas temblaban. Un temor nacía en su interior.

-No le digas esto a las otras... Pero creo que eres al que más quiero, aunque supongo que las demás sentirán lo mismo, incluso Luna... —Desvió su mirada hacia un lado por un segundo— Lo cierto es que, desde que te vi por primera vez cuando eras un bebé, supe que serias una de las personas más importantes en mi vida. —Un ligero quiebre en su voz se soltó— Y entiende que me siento fatal por pensar en esto. Yo pienso que...

La expresión de Lincoln cambio, sabia que es lo que iba a decir. No podía creer que alguna de sus hermanas pensara en algo tan terrible, sobretodo alguien como Luan. La tristeza lo invadió, por un momento, que Luan estuviese a punto de hacer algo como eso lo hacia sentir miserable. Sin embargo, por la cabeza se le cruzó una idea. Se supone que debía estar ayudando a sus hermanas a superar su proceso de duelo, esta debería ser la manera de Luan de superar la desaparición. Algo tan horrible, pero tiempos desesperados llevan a medidas desesperadas.

Había algo que su hermana bromista le había enseñado: Por más dificultosa que se vea la situación, por más que intentes y no puedas encontrar un lado positivo, por mucho que des por conseguir algo y al final no lo logres, siempre debes de sonreír. Siempre.

Y eso fue lo que hizo.

Recordó los buenos tiempos, cuando no vivían en un infierno, cuando eran felices todos juntos. Él ayudando en lo que podía en casa, resolviendo disputas entre Lana y Lola, ayudando a Luna a tocar música, escuchando lo que tenia que decir Lori, resolviendo algunos cálculos matemáticos (o intentándolo) junto con Lisa para que avanzara con sus proyectos científicos, ayudando a Lily a calmarse cuando lloraba al lastimarse o por un susto, sirviendo como maniquí humano para Leni, entrenando con Lynn para que esta pudiese mejorar sus habilidades, escuchando los poemas de Lucy y apoyándola, y escuchando cada uno de los chistes malos de Luan o ayudarla con alguna de sus presentaciones.

Y lo único que le bastaba a él era un "Gracias".

Luan no entendía porque su hermano le sonreía, no entendía porque lo hacia justo ahora si hace unos segundos se mostraba tan serio.

Te enseñan a valorar a los que tienes.

Algo nacía dentro de ella también. Comenzó a sentir una presión interna en su cabeza, sus manos temblaban, e inexplicablemente sus ojos querían expulsar lágrimas. Culpa.

¿Así era como se iba a sentir Lincoln si se lo decía? ¿Si le decía lo que realmente sentía?

No iba a permitirlo.

-Pienso que... —Las lágrimas estaban a punto de salir, por algún motivo. Su respiración se agitó. Y él sonreía. Sonreía de una manera hermosa. Sus ojos no tenían tristeza alguna, sino que estaban iluminados. Y eso la llenaba de esperanza, de sustento. No se sintió mal por lo que estaba a punto de decir. Se sintió fatal por haber pensado en decírselo. Y no soportó más— ¡Lincoln!

Lo abrazó, lo abrazó fuertemente. Casi clavaba sus uñas en su camisa para aferrarse aun más. Y aunque en un principio Lincoln se sorprendió de la sorpresiva muestra de cariño, después de unos segundos entendió que le sucedía y respondió tiernamente al agarre.

-¡Perdóname! ¡Perdóname! ¡No puedo creer que yo halla...! —Lincoln no respondía, solo acariciaba su cabello, esperando a que se desahogue por completo— ¡Lo siento! —Sentía como es que algunas gotas caían sobre su brazo, y otras en su espalda, no solo eran gotas de lluvia— ¡La extraño, Lincoln! ¡Extraño a Luna! ¡Extraño a Lynn! ¡Extraño a Lucy! ¡Extraño a Lisa!

-Te aman, Luan. —Dijo finalmente Lincoln— Todas ellas, y saben que tú también las amas. Y jamas te dejaran de amar.

-Yo no quería...

-Lo sé, Luan. Lo sé.

No iba a decir nada más, dejaría que se descargase todo lo posible, no le importaba quien los fuera a ver. La amaba con todo su corazón, e iba a ayudarla aunque no lo quisiera.

No iba a arruinar el momento. No iba a decirle que se hacia tarde, no le iba a decir que olvido recoger un objeto de la tienda y el eligió el diario de Leni, no le iba a decir que tenia una pista para averiguar el paradero de sus hermanas. Solo le iba a decir que la quería, no con la boca. Cada vez que lo haría, lo haría con el corazón.

Sin embargo, por su mente se le cruzaba lo que Luan le iba a decir. Y se preguntaba si en realidad lo diría porque estaba dolida, o porque tenia razón.

"¿Mi culpa?"

Y te enseñan a que lo tuyo no es nada comparado con lo suyo.

¿Que me enseñaron a mí? Que no estoy vacío, estoy lleno de soledad.

Sigue a los buitres.

Estamos aquí.