Siempre le gustaron las iglesias.

Desde que Firkle era un crío, su madre fue una devota cierva de dios, asistía a la iglesia cada domingo con toda su familia y al pequeño Firkle le encantaba la idea, a diferencia de su hermano mayor que sin disimular su cara de aburrimiento cargaba su móvil y se ponía a jugar en plena ceremonia.

Pero habían varias razones que no al azar le hacían esperar con ansias los días Domingos por la mañana para asistir a la iglesia, sin duda le gustaban las enormes estatuas de campesinos tristes y dolientes en las paredes, le llamaba la atención especialmente la figura de Jesús bañado en sangre justo en frente, era la más grande que se podía apreciar desde la última fila de las largas bancas de la catedral.

Cuando su madre se levantaba de la banca para dirigirse al podio frente a coro de la iglesia y comienza a cantar, ese era el más especial motivo de Firkle para ir, su madre era poseedora de una hermosa voz, parecía que de verdad era un ángel quien cantaba, un ángel caído pues siempre vistió de negro, al parecer desde que su primer esposo y padre de su hermano Alex falleciera en un accidente de avión, jamás usó ropa de colores, Firkle conoció desde su nacimiento a su madre enlutada así que para el aun no era extraño ni causaba muchas interrogantes este hecho, solo pensaba que con su largo cabello liso que cubría su espalda competa, sus largos vestidos de encaje y seda, su piel pálida en contraste con sus rosados labios, su madre debía ser un "ángel caído", significado que el chico conocía pues su madre le leía desde pequeño historias bíblicas y cuentos relacionados.

Resumiendo, su madre era hermosa.

El pequeño Firkle no tenía idea de lo que el destino le tenía preparado.

Un año más tarde, su madre Eleonora Thomasson fallecería, no pudo haber sido más que traumático para el chico llegar con su hermano de la escuela y encontrar a su madre colgando de una viga del techo de su vieja casa.

Tenía alrededor de ocho años cuando eso pasó.

Su medio hermano Alex cursaba preparatoria, las diferencias de edades se debían a que su madre tuvo a su primer hijo muy joven con su primer esposo, por lo tanto las cosas no mejoraron porque pocos años más tarde el chico se fue de casa, no llevaban muy buena relación con su padre, así que apenas pudo se marchó y no supo de él hasta la fecha.

Por otro lado, su padre se hundió en la pena y desesperación, se entregó a los vicios y descuidó a su hijo a tal punto que lo trataba mal, incluso llegó a golpearlo gravemente en varias ocasiones.

No fue hasta el primer año de secundaria que Frederik decidió tomar sus decisiones y se marchó de casa.

Una tarde su padre llegó borracho, ya no tenía un trabajo estable debido a sus malos hábitos de alcohol, esa noche llegó borracho, y lo vio a él de pie frente al enorme retrato de su familia en la sala, estaba su madre con un largo vestido negro, su favorito, dejaba ver los hombros y los cubría con un manto de tul negro. A su lado estaba Robert, su padre.

Al lado de su padre estaba Alex, serio y rígido pues recordaba que quería salir él al lado de su madre pero ella le había dicho que mejor estuviera Firkle por ser el más pequeño.
Así es, ella le llamaba Firkle de cariño, por eso es que así se presentaba a todo el mundo.

Y por supuesto, al lado de mamá estaba él, con un traje de marinero, con el cabello de corte príncipe y zapatos negros, sonriendo.

-¡¿Qué haces ahí otra vez?!...¡¿he?! ¡te he dicho que dejes de mirar esa fotografía!-

El chico pasaba horas y horas mirando aquel cuadro, pero no miraba el cuadro realmente, observaba a su madre.

-¡¿Quieres convertirte en ella?!...-

Para aquel tiempo el chico ya había desarrollado ciertos gustos por la vestimenta negra, eso era algo que a su padre le llenaba de ira, veía en su hijo la viva imagen de su esposa y eso le resultaba extremadamente doloroso.

Él no le contesto, solo guardó silencio y se cubrió la cabeza preparándose para un golpe como era de costumbre cuando llegaba borracho, pero el golpe no llegó, a cambio de eso escuchó el estruendo del cuadro hacerse trizas, con el mismo puño había goleado el rostro de su madre y había quedado en el lugar solo un vidrio roto y un poco de papel magullado por el mismo. La sangre del puño de su padre recorrió los cristales destrozados deslizándose por el cuadro y unas gotas de sangre cayeron sobre el rostro medio cubierto con las manos del chico, cuando se descubrió pudo ver el estado que había quedado su amado cuadro. Sintió como si una avalancha de pena hubieron bloqueado todos sus sentimientos, aquella fue la última lágrima que derramó.

Subió a su cuarto, tomó la maleta que mamá usaba para los paseos de fin de semana y metió ahí dentro la poca ropa usable y pertenencias que tenía y necesitaría, ya se las arreglaría más adelante.

Bajó las escaleras y vio a su padre parado frente al cuadro, con la cabeza gacha.

Firkle no dijo nada, ni un adiós, ni un no quiero verte más, ni un jódete. Nada.

-Frederik… perdóname…-

¿Cuántas veces había dicho lo mismo? ¿Cuántas veces lo había golpeado y prometido no hacerlo más?. Tal vez lo hubiera perdonado, tal vez lo habría hecho una y mil veces, pero lo que había hecho en ese momento había quebrado cualquier tipo de esperanza, de felicidad que pudiese encontrar en ese lugar lleno de putrefacción, ese cuadro era el único motivo de paz por el que insistía en estar ahí, incluso llevarlo a otro lugar no tendría sentido, era ahí donde ella lo había colgado, donde con sus manos lo había acomodado aquella tarde cuando llegó envuelto en papel y sus ojos brillaban de alegría, era ese su lugar favorito en el mundo… pero ahora estaba arruinado, su padre lo había tocado y roto, su espíritu ya no vivía en ese lugar, el espíritu de su madre vivía en él ahora.

Cuando su padre volteó y vio a Firkle atravesaba la puerta con una maleta gritó y rogó porque se quedara, pero éste ni siquiera volteó, caminó hasta el refugio donde estaban las personas que había conocido hacía algún tiempo, cuando su padre lo cambió de escuela porque el presupuesto no le alcanzaba para seguir pagando el otro colegio, llegó ahí.

Eran unos góticos, una chica vestida de negro se acercó a él una tarde, de cierta forma le recordó un poco a su madre por sus atuendos negros, la diferencia es que sus labios también lo eran y bueno, su talla era un poco más grande. Le ofreció un cigarrillo, éste jamás había fumado pero la siguió, era la única persona que le había hablado desde que había sido matriculado en esa escuela, después de eso aquellos chicos se convirtieron en lo más cercano a familia que tendría.

No necesitaba nada más, se las arreglaría de alguna forma, no necesitaba de nadie más… de nadie… nadie…

Pero el destino caprichoso muchas veces contradice a nuestros deseos, se encabrona con uno y se empecina en querer cambiar las cosas a su modo.