Disclaimer: Gintama y sus personajes son propiedad de Sorachi-sensei.

Advertencias: Lenguaje explícito, mención de contenido explícito.


Crap Potion

X

IV Un bebé siempre cambiará la convivencia en un hogar

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Habían pasado un par de días luego de que la Yato había perdido su castidad, y de eso no había hablado con nadie, ni siquiera con el mismo Okita Sougo al cual no había vuelto a ver. ¡Y que ni la buscara! Kagura estaba ausente de todo, razón por la que sus padres de mentira estuvieron bastante preocupados –a su manera– por la pelirroja chica. Dando locas explicaciones por su repentino cambio de humor y ausencia de apetito, algo como que había caído una extraña planta que hacía que las chicas perdieran el apetito, lo único que no cuadraba en aquella teoría, es que todas las otras chicas que conocían, como la hermana mayor del cuatro-ojos Shimura Tae, Yagyuu Kyuubei, Sarutobi Ayame e incluso la princesa Tokugawa Soyo no presentaban este comportamiento. A lo que Gintoki dijo que tampoco era exclusivo de extraterrestres, argumentando que cierta cortesana seguía actuando de igual manera que siempre. Al instante una kunai fue a dar a su plateada cabellera impregnándola de líquido carmín que escurría por su frente. Con una mirada inexpresiva, hurgándose la nariz dirigió su mirada en dirección de donde venía la kunai. Una rubia lo miraba con el ceño fruncido.

–¡¿A quién llamas extraterrestre, samurái bueno para nada?!

Sus ojos carmesí en gesto aburrido, tal como un pescado muerto miraron fijamente a Tsukuyo mientras se retiraba la kunai de su cráneo.

–¡Mujer, ¿cuándo dejarás de ser tan violenta?!

–¡Dime de una vez a quién llamas extraterrestre!

Lentes con el rostro lleno de pánico se interpuso entre ambos, intentando impedir que una guerra se armara allí, aunque para ser honestos, sería más extraño si nada de eso sucediese, eso sí sería alarmante.

–Tsukuyo-san, hablamos de Kagura-chan, últimamente ha estado actuando extraño, y creemos que es un virus amanto… –la rubia arqueando las cejas y cruzándose de brazos miró con duda a Shinpachi, cuando estaba a punto de hablar, el chico interfirió–, aunque tengo una duda, ¿por qué estás aquí? ¿Qué haces en la Yorozuya? ¡No sabía que hacías parte de este fanfiction!

–¿Fanfiction? –preguntó con un gesto de confusión–. No sé que sea eso… yo sólo vengo porque Hinowa insistió en que los llamara, aunque realmente no lo veo necesario, no necesitamos más buenos para nada inútiles en Yoshiwara.

Sakata juntando sus dedos pulgar e índice formó una bola de moco, para luego lanzarla en dirección a Tsukuyo, quien la esquivó con facilidad pero le otorgó una mirada de odio puro, tomando un profundo respiro, le observó con sus ojos amatista llenos de paciencia, ella aún no olvidaba su enamoramiento por el peliplata gracias a esa maldita poción, había quedado en vergüenza con el Hyakka, pero ella definitivamente nunca, NUNCA, en sus cinco sentidos, profesaría algo por Gintoki, ese realmente era un incienso peligroso.

–Vale Tsukky, iremos pero más les vale darnos un buen pago –dijo el peliplata acomodando su brazo dentro del yukata blanco–. ¿Cuál es nuestro trabajo?

Inhalando profundamente buscando tranquilizarse, Tsukuyo salió de la habitación, explicando sin muchos detalles que el problema que tenían era de alguna tubería rota en la casa de Hinowa, que causaba una gotera que estaba comenzando a hacer una humedad en la pared. Caminaron los tres hasta la casa de El Sol de Yoshiwara, en donde apenas se les dio la explicación, ambos comenzaron a trabajar en la reparación, a pesar de que Tsukuyo había advertido claramente que llevarlos sería como dejarles en bandeja de plata la casa para que la destruyeran, a lo que Hinowa respondió con diversión que el trabajo de la Yorozuya era hacer esa clase de trabajos, y que debían ayudarle a sus amigos, antes de que debieran un mes más de renta a Otose. Además que ella debía aceptar que Gin-san no era tan malo, y debía tenerle más paciencia.

Una vez terminaron –a tropezones– pues habían dañado un par de ventanas que tuvieron que reparar también, Gintoki y Shinpachi reclamaron su pago con disposición de regresar a su hogar, hasta que la castaña interfirió.

–Gin-san, ¿hay algo de lo que quieras hablar? Un consejo… ¿algo? –preguntó Hinowa al haber escuchado accidentalmente de Tsukuyo que Kagura estaba actuando de manera extraña, pese a la mirada confusa y desentendida del samurái, la castaña volvió a hablar–, ¿algo referente a Kagura?

El permanentado miró a la rubia con una expresión difícil de descifrar, como quien reprende a quién se mete en asuntos que no le conciernen.

–Hinowa, no creo que sea nada importante, tal vez se agotó el sukonbu del mundo… –murmuró desviando la mirada.

–No lo creo, quizá sean cosas de mujeres –respondió Hinowa con una leve risita–, tal vez deberían quedarse un rato, y así podamos pensar en qué le ocurre a Kagura.

Shinpachi observó que ya se estaba oscureciendo, y excusándose, se fue argumentando que su Aneue le estaba esperando en casa, frustrado, Gintoki no vio más opción que quedarse con el par de mujeres a hablar con ellas de algo que no le importaba en lo más mínimo.

–Quizá es mejor que hablen con Kagura directamente, no sé qué pinto yo aquí…

–Gin-san, es importante que un padre sepa lo que le pasa a su hija –respondió Hinowa, acomodándose en su silla, mientras los otros dos se sentaban en un cojín, tan pronto como la castaña sacó una botella de sake, sabía que sería su perdición–, un trago no hará daño.

Con terror Gintoki dirigió su mirada a Tsukuyo quién estaba impasible… Si aquella mujer supiera que una sola gota de alcohol haría de la cortesana de la muerte, más violenta de lo que ya es, no estaría sirviendo el licor tan a la ligera, con aquel brillo de diversión en sus ojos.

O quizá si lo sabía, a la perfección.

Arrastrándose, Gintoki retrocedió lleno de pánico.

–Hinowa… no creo que sea una buena idea –murmuró con angustia, al ver que Hinowa lo ignoraba, continuó –: Oi, yo aprecio mi vida, mejor me voy que tengo cosas que hacer.

Tan pronto se dispuso a levantarse, sintió una cálida y delicada mano, apretándolo con DEMASIADA fuerza en la muñeca, al mirar directamente los ojos violeta, fruncidos, y bajo ellos un rubor rojo, supo que era su fin.

–¿A dónde crees que vas Gintoki?

El sólo olor a alcohol, ya había hecho de las suyas con Tsukuyo.

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Okita Sougo se encontraba caminando con tranquilidad por las calles de Edo, específicamente en el distrito Kabuki-ch ō, no había hecho mucho últimamente, patrullar las calles, atrapar a algún ladrón, ser un ladrón de impuestos, nada diferente a lo usual. Sin embargo Kagura no salía de sus pensamientos, y estaba impaciente por verla de nuevo. Ella había estado evitándolo en los últimos días desde que había confesado su gusto por ella, aunque para ser sinceros, la Yato lo había entendido todo mal, él no sentía un interés más allá del carnal, o de eso trataba de convencerse él mismo inconscientemente.

Pero él no quería dejar así, la chica de cabello bermellón, era la saya perfecta para su katana [1] y vaya que lo era, no la dejaría ir ni loco.

Aquella chica sería suya, y solamente de su propiedad costara lo que le costara.

Ahora, ya que ella lo había estado evadiendo, él tendría que ir a buscarla.

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Kagura había estado jugando un rato con la princesa Soyo, sin embargo cuando los guardias habían dicho que ya era tarde, la niña tuvo que regresar a su castillo junto con su hermano, y la Yato quedó desanimada con ello, sabiendo que tendría que regresar a la Yorozuya a hacer nada, y aguantar alguna resaca o algo de Gin-chan y eso no le emocionaba en lo más mínimo.

A llegar a la calle en la que vivía, y acercarse a su vivienda justo encima del Snack de Otose, logró divisar una cabeza castaña rubia golpeando insistentemente su puerta, al reconocerlo corrió por las escaleras hasta ver que el chico apuntó con su bazuca hacia la puerta corrediza de la entrada.

–Bueno, ya que no me abren… –murmuró Sougo con voz neutra que Kagura pudo escuchar e inmediatamente lo empujó para evitar que volara su puerta.

–¡Sádico! ¡¿Se puede saber qué demonios estás haciendo?! –gritó con exasperación intentando asfixiarlo ahorcándolo con sus brazos e impidiendo que se liberara posicionando una pierna a cada lado del torso del policía– ¡¿Qué te pasa subnormal?! ¡Atacando casas ajenas!

Sougo esbozó una sonrisa de pura satisfacción mientras deslizaba sus manos por las piernas por debajo de su cheongsam [2] escarlata, sintiendo la cremosa piel bajo sus manos, inmediatamente la pelirroja se ruborizó y frunció el ceño en claro disgusto.

–¿Ya tan pronto quieres empezar, China? –pronunció con burla como pudo al ser asfixiado–. No sabía que estabas tan impaciente, hubieras dicho antes.

La chica de cabello bermellón saltó inmediatamente del regazo de Okita, sintiendo un malestar y una sensación de náuseas. Como era de esperarse de la heroína de este manga, y cabe resaltar que no era la primera vez que Okita Sougo sería el causante de este comportamiento vomitivo.

–¡Tú! ¡Tienes el descaro de acosarme! ¡Maldito enfermo!

Rápidamente el castaño se levantó, agarrando con fuerza la muñeca derecha de la niña, abriendo la puerta y empujándola adentro, con brusquedad Kagura fue empujada hasta la pared contigua, Sougo la acorraló, impidiendo con sus brazos y piernas cualquier movimiento de la chica.

–Ni se te ocurra resistirte –siseó acercando su frente a la de la pelirroja–, no creas que se me olvidó lo que me hiciste.

Kagura quién estaba completamente disgustada con ello, sonrió levemente al recordar cómo había dejado completamente inmovilizado al policía con una patada en las bolas, y no dudaría en hacerlo de nuevo… si pudiera, pero ahora le era imposible moverse. Si fuerza Yato le estaba fallando, o quizá otra cosa…

Los nervios que recorrían su espalda en forma de escalofrío no le permitían ni hablar.

Sougo soltó una risa de pura diversión al ver el rostro sonrojado y furioso de la chica. Aún no podía creer que le encantara verla así.

En realidad Kagura le encantaba de cualquier forma. Ya lo había aceptado con mucha dificultad.

–Kagura, dime por qué me pateaste el otro día… –pidió en voz baja, acariciando las mejillas de la ojiazul con lentitud, mientras su otra mano se deslizaba por sus pelirrojos cabellos, suaves al tacto, delicados… todo lo opuesto a lo que aquella Yato.

–¡Suéltame! –exclamó empujándolo por el pecho–, no tengo porqué justificar que te haya golpeado, lo hago todo el tiempo… somos rivales.

El shinsengumi soltó un suspiro de frustración. ¿Eso era él para ella? ¿Un rival? ¿Después de lo que había pasado?

Se dirigió hacia el sofá, sentándose con pesadez y mirando de reojo a la pelirroja quien estaba inmóvil observándolo con cautela.

–¿Tú crees que aún somos rivales?

Los ojos zafiro se abrieron de par en par, mirando con asombro el rostro estoico de Sougo, sin embargo Kagura podía identificar cierta melancolía en aquella mirada color sangre. Pasó saliva con nerviosismo y se acomodó en el sofá en frente del chico.

–Sádi… –pronunció con duda, ¿aún eran rivales? Extrañamente él la llamaba por su nombre de pila, y ella… tenía vagos recuerdos de haberlo llamado Sougo– Sádico, ¿era en serio lo que dijiste que yo te… gusto? No dirás que es una broma… porque o si no te arranco las bo-

–¿Crees que jugaría con eso luego de lo que pasó? –interrumpió con amargura y enojo–. No hay otra manera de sentirme, luego de haber estado contigo.

La pelirroja se quedó estática, pensando en cómo responder a eso. Era cierto, el que hubieran tenido sexo lo cambiaba todo, y ella aún no quería aceptar que había estado con él por voluntad propia, nada había tenido que ver el incienso de amor que había intentado usar. Sólo que el maldito sádico la había hecho sentir tan… caliente que ella no pudo resistirse. Aunque en el fondo ella también lo deseaba.

–¿Luego de… tantas bromas? –pregunto pensativa.

–No estoy muy orgulloso de aceptar que una chica como tú de verdad me atrae –suspiró rendido, Kagura enfureció al instante y se lanzó al chico a golpearlo, él la detuvo–. Pero es así…

–Yo… –masculló Kagura, Sougo la separó de él y se dispuso a levantarse e irse–. Espera…

Le agarró la mano, y lo sentó de nuevo en el sofá.

–¿Qué quieres? ¿Humillarme más? –pronunció el castaño con amargura, desviando la mirada. Kagura no entendía el porqué su corazón se llenó de angustia, y sin pensarlo lo besó.

El contacto de sus labios con los fríos del chico, envió una corriente eléctrica por todo su cuerpo. Al principio fue un simple roce, lento y pausado, degustando con tranquilidad al otro, pero a medida que fue aumentando el calor entre ellos, la intensidad aumentaba de igual manera.

Kagura no aceptaría, jamás en la vida, ni aunque Zura dijera algún comentario inteligente, que tenía sentimientos por el sádico. Ella simplemente no lograba entender su corazón, que a tropezones la hizo actuar de esa manera, y corresponder al actuar de Sougo. Ella sólo quería calmar la sensación en su estómago que aparecía cada vez que se encontraba con Okita desde hacía un par de meses. Y que aparentemente se calmaba cuando ella sucumbía a sus impulsos.

Sougo escurrió sus manos por dentro de la parte superior del qipao carmín de Kagura, ahuecando sus modestos pechos en sus manos, mientras ella jalaba y palpaba los castaños cabellos.

Tan ensimismados estaban que no sintieron la presencia de un tercero en la casa.

¿Kagura?

¿Souichiro?

–¿Qué cojones está pasando aquí?

Se escuchó la voz exaltada del peliplata, quién tenía algunas marcas en su cuerpo, sus prendas rasgadas y un rostro de cansancio –más de lo usual– y todo gracias a cierta rubia quién era demasiado propensa al alcohol.

De un brinco ambos adolescentes se separaron, y Kagura miró con sorpresa a su padre adoptivo.

–¡Gin-chan! ¿Qué haces aquí?

Gintoki ignoró olímpicamente a la Yato, caminando con lentitud hacia el castaño quién lo miraba con incertidumbre.

–Souichiro-kun… –chistó con severidad, agarrándolo del cuello–. Podrías decirme, ¿qué demonios le hiciste a mi pequeña e inocente Kagura?

Sougo relajó el gesto sin oponer resistencia, lo que hizo enfurecer a Gintoki.

–Danna, debo decirle que Kagura ya no es tan inocente.

–¡¿Qué?! –exclamó empujando al chico al sofá de nuevo–, si eso es verdad, me aseguraré de meterte mi bokutou por el culo.

El castaño curvó sus labios en una sonrisa perversa.

–¿Así que por fin podré pelear con usted?

Gintoki frunció el ceño, y comenzó a sacar su katana de madera.

–¡Gin-chan! ¡Espera! ¡Yo -!

Antes de que Kagura pudiera decir algo, sintió bilis junto con todo el sukonbu que se había comido en la mañana en su garganta, luchando por salir. Y lo hizo, trasbocó, por lo que ambos hombres se detuvieron en su pelea.

–No será que estás embarazada, ¿cierto? –habló el shinsengumi con diversión, inmediatamente el peliplata frunció el ceño y gesticuló pánico a la vez.

–¡¿Qué?!

–¡No! Yo no creo que esté-

Y de nuevo un mar de vomito inundó la sala de la Yorozuya.

–Mas te vale dejarle todo tu dinero a Kagura, que de tus pelotas me encargo yo –susurró con severidad, sus ojos de pescado brillando escarlata por la furia.

En la Yorozuya correría sangre, claro después del vómito.

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[1] Saya y Katana, mini referencia al Arco Excalibur [capítulos 424-429 del manga] La saya es la funda o vaina de una espada japonesa o un cuchillo, y está hecha a la medida, si lo vemos por el lado sucio, ya sabrán cuál es la Katana de Sougo, y no, no me refiero a Kiku-ichimonji RX-78.

[2] Cheongsam – también conocido como qipao, es un vestido femenino de origen chino, es elegante y con frecuencia ceñido al cuerpo, en la década de 1920 en Shangai fue la moda para las mujeres de la alta sociedad.

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N/A: Hola de nuevo después de tanto tiempo (?) Lamento haber demorado, pero bueno, final de semestre y vacaciones fuera de casa... me impidieron actualizar antes. Afortunadamente la inspiración y el tiempo -más o menos- han vuelto. Espero que este capítulo sea de su agrado, muchas gracias por el apoyo, de verdad me hace muy feliz saber que les está gustando este loco fic. Cualquier sugerencia pueden decirme, estamos para mejorar. Un saludo y un abrazo grande. ¡Nos leemos pronto!