Disclaimer: Gintama y sus personajes pertenecen a Sorachi Hideaki.
Advertencias: Lenguaje explícito. Mención de contenido explícito.
Crap Potion
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Hay epílogos aburridos, tanto, que ni siquiera tienen nombre
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Un pequeño niño de no más de dos años correteaba de un lado a otro. Kagura desesperada halaba unos ya largos cabellos bermellón de su cabeza. El pequeño niño de piel verdosa, antenas en la frente y orejas alargadas y saltaba de una pared a otra, rayando con crayones cada pared a su paso. La Yato exasperada con la situación no halló otra solución sino llamar al sádico quién seguramente sabría que hacer antes de que ella explotara y noqueara al pequeño que le estaba poniendo los nervios de punta.
—Estúpido sádico —exclamó Kagura en el momento en el que Sougo apareció en la habitación—. Llévate a este maldito mocoso de aquí, me está dando jaqueca.
Drámaticamente, la Yato posó una de sus blanquecinas manos sobre su frente. El antiguo capitán del shinsengumi, con el rostro estóico alzó al pequeño por las axilas y lo sacó de la habitación antes de cerrar la puerta. Tres años llevaban recorriendo el espacio, y en cada planeta que paraban no duraban más que un par de meses, cuándo Kagura con su insaciable apetito no dejaba la mitad de la comida para los habitantes extraterrestres, por lo que ambos se veían obligados a abandonar el sitio y buscar otro.
Sougo no estaba muy contento, la especie de vida marital que llevaba estaba a punto de sacarlo de sus casillas, pensaba dejar a la Yato encerrada en cajón bajo rayos UV, como ya había hecho tiempo atrás cuándo ella quiso fingir enfermedad para que sus amigos le prestaran atención; abandonarla en un planeta inhóspito y regresar a la tierra, en donde podía satisfacer sus deseos sádicos cuándo quisiera y no estaría controlado por un monstruo tragón de cabellos naranjas.
Porque sí, Kagura dominaba al ex-policía aunque él intentara negarlo.
El castaño negó con la cabeza, se sentó sobre el colchón de la cama y observó a Kagura comer sin delicadeza y sin detenerse para respirar siquiera en una silla frente a él.
—¿Qué? —preguntó ella con comida aún en la boca, posando su mano sobre su barriga sobresaliente—. Sabes que necesito comer.
—No me digas que estás embarazada, de nuevo —soltó él con fingida sorpresa, sin embargo sabía que la barriga de la Yato era únicamente causada por su exagerada dieta.
—¿No quieres que el pequeño Souichiro tenga un hermano? —cuestionó Kagura haciendo un puchero con sus labios.
—¿Souichiro? ¿Qué es ese ridículo nombre? —en ese momento el pequeño de piel verde había vuelto a la habitación y Sougo entendió a lo que se refería la pelinaranja—. No me jodas china, devuelve a ese crío con su familia.
La Yato hizo una mueca de tristeza y alzó al pequeño sobre sus piernas, juntó su mejilla con la de él y la frotó como si de un gato se tratara.
—Pero... si es tan lindo —replicó con voz infantil. Okita, exasperado al ver tan feo niño en las piernas de la Yato, se levantó de su asiento y le dio un golpe en la cabeza, lo que la hizo soltar al pequeño—. ¿Qué crees que haces subnormal?
—¡Deja de actuar tan fuera de personaje! !¿Por qué demonios quieres tener un maldito bebé?! —gritó.
La extraña forma de actuar de Kagura en los últimos días le tenía la cabeza vuelta un lío. No lograba comprender, cómo es que la Yato estaba pensando en quedar embarazada, no entendía la razón para que estuviese tan insistente con el tema. En los tres años que llevaban juntos nunca habían tenido problemas, por supuesto, sin contar las innumerables peleas que tenían cada día y que luego resolvían en la cama. Sougo estuvo contento, pues de alguna forma, la China siguió siendo ella, y él continuaba actuando cómo estaba acostumbrado a hacerlo. Pero en los últimos días, Kagura había empezado a actuar de forma extraña: a veces no quería ni verlo, y luego en un ataque de bipolaridad se lanzaba a él y arrancaba las prendas de su cuerpo con violencia.
Aunque este comportamiento no era la verdadera preocupación de Sougo, la Yato de repente comenzaba a portarse femenina, delicada, e incluso... sensible. Y eso había comenzado a asquear al policía. Asunto que había empeorado cuándo descubrió que esa mañana Kagura había raptado a un niño del planeta en el que se estaban hospedando y le había llamado Souichiro.
Todo porque él se negaba a darle, un hijo.
—¡Muchas veces lo insinuaste! —replicó ella, levantándose bruscamente de su asiento y golpeando al niño en el proceso, cosa que ni le importó—. ¡Dime! ¡¿Por qué no quieres que tengamos un hijo si cada que tienes oportunidad me metes tu sucio pe-?!
Escandalizado y apretando su mano sobre la boca de la mujer la calló antes de que pudiera terminar su frase.
—Cuida esa boca —siseó él, soltándola de nuevo—. ¿Para qué quieres un engendro vomitón? Hace tan sólo un momento me pediste que me llevara a ese mocoso que ni siquiera es tuyo.
La de cabellos bermellón, enrojecida de la rabia, palmó una cachetada en la mejilla pálida de Sougo.
Okita Sougo no pensó que la vida conyugal fuese tan complicada, y había comenzado a perder el sentido, pues ni siquiera tenía sexo asegurado cada vez que quería. No pretendía imaginarse si realmente se hubiera casado con ella.
Aunque tampoco es cómo si lo hubiese pensado en serio en algún momento. ¿Él? ¿Casarse con una estúpida niña?
Pero, en retrospectiva, en sólo tres años Kagura había dejado de ser una niña. Y eso, posiblemente era lo que aún lo mantenía con ella. Aún conseguía volverlo loco si se lo proponía. Sin duda, si Sougo no hubiese estado con ella durante ese tiempo, no hubiera creído que esa comelona sin ningún atractivo sexual se habría convertido en una mujer con figura de envidiar. Seguramente, toda la comida que ingería tenía el único fin de acumularse en sus pechos y caderas. Y de vez en cuando, cuándo se excedía, en su barriga.
—¡Vete a la mierda! —espetó la Yato dándole la espalda. Recogió al niño como si antes no lo hubiese maltratado y se dispuso a marcharse—. Me regreso a casa.
De un portazo Kagura partió de la habitación que ambos compartían, dejando a Sougo desconcertado con los ojos muy abiertos preguntándose qué demonios le había sucedido ahora. Si incluso había sonado como una esposa desesperada por volver a casa con su madre cuándo el matrimonio no había resultado como esperaba.
Y la única explicación a la extraña forma de actuar de Kagura que Sougo encontró, fue que, seguramente estaba con su periodo.
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Kagura estaba distraída leyendo una revista, no era que de un momento para otro se hubiese vuelto femenina y había decidido leer revistas para adolescentes con consejos para conquistar a tu crush. No, no. De hecho, era una revista científica. Lo que resultaba aún más extraño. ¡¿Qué hacía la pelirroja con una jodida revista científica?! Bueno, la respuesta era muy simple, estaba buscando alguna especie de bomba o arma que pudiese utilizar con el bastardo del sádico sin que él se diese cuenta. Si apuntaba su paraguas sería muy evidente, y lo que ella quería, era hacerlo sufrir.
No es que realmente estuviese deseando quedar embarazada. En realidad, no quería convertirse en una bola redonda de Yato a menos que fuese por la comida. Lo que ella deseaba a decir verdad, era que Sougo le hablara sobre matrimonio. ¿Qué mejor método de empujar a una boda a alguien si no era con un bebé en camino? Llevaba algunos días con esa descabellada idea en la cabeza. Recordaba que justo antes de irse de la tierra, él mismo había dicho que se casaría con ella, asunto que dejó boquiabiertos a quienes estaban presentes en la Yorozuya en tan fatídico día.
La yato extrañaba mucho a su familia, y habían días en los que se arrepentía de haberlos abandonado. Sin embargo, algo que no dejaba de darle vueltas, era que, nunca más supo de ellos. Si realmente ella les importaba como profesaban cada que el autor gorila decidía hacer un arco serio, ¿por qué en tres años nunca había tenido al menos una pista de que la estaban buscando? Ni siquiera el hermano idiota o el padre calvo habían dado señal. Era como sí, la existencia de Kagura no importara ya, o como si nunca hubiera sido real.
Pasó la hoja de la revista, esperando encontrar los materiales para fabricar un pequeño dispositivo explosivo que pudiese incluir en la cena de esa noche y minutos después de que el shinsengumi la ingiriera. ¡Ka-boom! Una explosión volara su cuerpo en pedacitos. Sin darse cuenta, su sonrisa se había ampliado, y un intento de risa malévola escapaba de sus labios.
—¿Qué estás pensando ahora, china? —preguntó Sougo, sin ninguna expresión en el rostro descargando un plato con arroz blanco sobre la mesa del comedor.
De un brinco Kagura cerró la revista violentamente y se irguió en su asiento. ¿Y ahora que bicho le había picado al sádico? Le estaba llevando comida a ella, luego de que pensó que estaría enojado por lo había sucedido horas atrás en la habitación.
—Nada de tu incumbencia, idiota —respondió ella observando con anhelo al plato de comida. Sin embargo su rostro se oscureció al ver algo rojo sobre el inmaculado arroz blanco—. ¿Qué mierda le echaste al arroz?
Sougo sonrió, y tomó asiento a su lado. Él también tenía un plato con arroz cubierto de la sustancia carmín.
—Ketchup —dijo con simpleza, tomó un par de palillos y se dispuso a comer el arroz. Kagura con los ojos muy abiertos observó cómo él se alimentaba y parecía satisfecho. Era cierto, olía y se veía delicioso.
—Katsup —asintió ella con su habitual mala pronunciación del inglés, o de cualquier otro idioma.
Sougo no quiso darle importancia a su terrible lenguaje, estaba más ocupado aguantando las carcajadas que luchaban por salir de su interior, tal como Light Yagami, antes de su muerte procuraba no reír al creer haber ganado. Y la ingenua Kagura, sin percatarse del sadismo del castaño claro, tragó el primer bocado de arroz, para luego escupirlo junto con llamas.
Profirió maldiciones, y Okita no pudo sentirse más contento. Le había mencionado que el plato tenía salsa de tomate, pero había omitido el pequeño detalle que el de ella tenía salsa tabasco en lugar de ketchup.
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—¿Qué haces? —preguntó Sougo ingresando a la habitación. La yato empacaba un par de prendas típicas chinas en una pequeña maleta—. Por cierto, ¿en dónde está el mocoso?
—¿Qué importa? Ni siquiera es mío —espetó ella con desagrado. Sougo recorrió con su vista la habitación sin encontrar pista del pequeño niño horrible, se preguntaba qué demonios estaba mal con esa mujer, ¿cómo se le había ocurrido raptar a un niño sólo porque él no quería ser padre?
Y tampoco es que considerara a Kagura muy apta para ejercer el papel de una madre. Un hijo de ellos dos sería una abominación sádica con fuerza bestial, criado por un par de sádicos que se preocuparían más por sus peleas diarias que por alimentar y cuidar de un bebé. Ya tenía suficiente con lidiar con la pelinaranja para hacerlo con otro pequeño igual a ella.
—¿Qué haces Kagura? —preguntó de nuevo, impaciente por la falta de respuesta de la china. Aunque, ciertamente él sabía lo que hacía: empacaba para regresar a la tierra.
La yato no se exaltó al ser llamada por su nombre, pero si se detuvo en su tarea y lo observó sin ninguna expresión en el rostro. Ella se había acostumbrado a que Okita la llamara Kagura en dos situaciones: cuándo estaba realmente enojado y cuándo actuaba ridículamente cursi.
Sí, bajo esa fachada de sádico y torturador, Okita Sougo se comportaba romántico en contadas ocasiones.
—Me largo, ya te lo dije —regresó a su labor, tenía empacadas sus prendas dobladas sin ningún cuidado, la sombrilla púrpura, un par de revistas y un montón de comida empaquetada. Al cerrar la maleta con mucho esfuerzo y casi haber dañado la cremallera, se sentó sobre ella para lograr cerrarla, el castaño, diligente la ayudó a terminar de correr la cremallera. Una vez ella se levantó, lo apartó de un empujón—. ¡Quítate de mi camino, idiota!
Sin embargo, el antiguo shinsengumi no tuvo que ejercer demasiada fuerza en el brazo de Kagura para detenerla.
—¿Qué crees que haces? —cuestionó la pelirroja exasperada. Sentía los dedos del castaño enterrarse en sus brazos desnudos. Él pretendía dejarle un morado, pero prefirió no soltarse, esas serían las pruebas evidentes para demostrar la violencia doméstica frente a un tribunal, y así quedarse con todos los bienes del bastardo.
Aunque dudaba que aparte de instrumentos de tortura, tuviera algo de valor.
—Te quedas aquí Kagura, tú eres mi mujer —espetó Sougo, apretando con más fuerza el, a simple vista, delicado brazo de la yato, pero que fácilmente podía romper extremidades.
—No digas estupideces, no soy nada tuyo. No me jodas —haló su propio brazo y puesto Okita estaba sujeto a él con tanta fuerza salió disparado hasta chocar contra el techo de la habitación.
Tan pronto como aterrizó de cara en el suelo, restos de la estructura del techo cayeron sobre su cabello. Kagura también lo notó y con preocupación alzó la vista encontrándose con una enorme grieta en el techo de madera que se extendía hacia las paredes. El crujido hizo a ambos abrir los ojos con pánico y sin siquiera interesarse por los bienes materiales, ni el equipaje de la pelirroja, de un brinco se incorporó y la haló del brazo para sacarla de la habitación que caía a pedazos.
Y ahí, frente a los escombros de la que fue su casa por los últimos tres meses, ambos se quedaron observando cómo se terminaba de desplomar.
—¿Ves? Esta es la razón por la que me regreso a la tierra —anunció ella, enfadada—. Era de esperarse, una casa de mierda de un sádico de mierda.
Sougo negó con la cabeza, a la vez que trataba de regular su agitada respiración. Por un segundo que se hubiese tardado de más en salir, ambos habrían quedado aplastados bajo los escombros. O al menos muy mal heridos, seguramente la monstruosa yato hubiese sobrevivido sin problemas.
—Parece que al final sí tendremos que regresar —masculló el, frotándose la nuca—. Pero te irás a vivir conmigo.
—Oh no, no, no, no —Kagura negó con mucho entusiasmo—. No cuentes con eso, estoy harta de ti y tus estupideces.
Pero, no era sólo eso. Lo que realmente preocupaba a Kagura, era si al regresar, su familia, la yorozuya la recibiría con los brazos abiertos luego de abandonarlos por tres años.
—¿Acaso pretendes que al volver todo sea como antes? —cuestionó Sougo, socarrón—. China, ¿quieres volver a vivir en ese piso de alquiler, tragar como una vaca y criticar a los policías?
—¿Y tú crees que al regresar esos perros del gobierno te recibirán? —esta vez quién rió fue ella, una sonrisa arrogante se plasmó en su cara—. Ahora anda por mis cosas, si no quieres que te haga pagar por ellas con sangre.
Kagura no hablaba en serio, ¿o sí?
—Si sabes que la única forma que tenemos para regresar es estando casados, ¿cierto? —la pelirroja frunció el ceño, pero Sougo no hablaba en serio. Únicamente quería retenerla, la llevaría a vivir a otro planeta si era necesario, pero no iba a renunciar ni a ella, ni a su estado civil.
—¡¿Ahora si hablas de matrimonio?! —espetó ella, viéndose sorprendida por aquella declaración del castaño claro—. Es tarde, tres años tarde, ¿no lo crees?
Sougo ladeó una sonrisa, caminó hasta los escombros de la casa y comenzó a removerlos, iba a recuperar el equipaje de la pelirroja, y así mismo las pocas pertenencias con las que habían andado por el universo los últimos años.
—Sí, pero no hablo en serio china —dijo, sacando la maleta de la yato.
—¡Ya lo dijiste, sádico! —manifestó ella, sentándose en el suelo polvoriento de las calles de ese planeta tan parecido a la tierra—. Quiero regresar a casa, tú me metiste en esta mierda, tienes que tomar responsabilidad.
—Creí que habías dicho que era tarde, y que estás harta de mí y mis estupideces —estoico comentó, pero para ser escuchado por ella tuvo que alzar la voz.
—Olvídalo idiota —proclamó ella victoriosa—. Si es mi pasaje a la tierra y de una vez te jodo la vida, lo haré.
Al regresar, Sougo se detuvo en su andar, un escalofrío recorrió su espina dorsal, y soltó las maletas con rudeza. Casi pudo sentir el peso de la palabra «matrimonio» darle un fuerte golpe en la cabeza.
—¿Qué estás diciendo exactamente?
—Cásate conmigo —declaró en voz exageradamente alta. Los transeúntes de piel verde, que pasaban por ahí también se detuvieron a observar el espectáculo, y sus vecinos, -quienes odiaban a la pareja por sus estrepitosas peleas y escandalosas reconciliaciones casi diarias-, asomaron sus cabezas por las ventanas para presenciar semejante escena.
—¿Qué clase de proposición es esa? —estaba nervioso—. ¿Dónde está la cena romántica, las flores, las velas, el anillo?
—No me jodas con eso —escupió ella con rencor. Se levantó del suelo y lo agarró del cuello de su camisa—. Si tuviera un anillo te lo haría tragar y las velas te las metería por el culo.
Las señoras que iban con sus hijos les taparon los oídos y abandonaron el sitio con una mueca de desagrado. Los más curiosos se quedaron de espectadores presenciando una de las peleas a las que ya se habían acostumbrado.
—¡Lárguense! —exclamó Okita, seguido levantó la rodilla y golpeó el estómago de la yato, haciendo que ella lo soltara para sujetarse la barriga—. ¡No hay nada que ver aquí!
Los habitantes de aquel planeta se marcharon disgustados, refunfuñando sobre la juventud de hoy en día, y maldiciendo a los extranjeros que no hacían más que dar problemas, pidiéndole a Kamisama que los sacara pronto, o incluso al gran rey demonio si era necesario.
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Edo estaba tal y como la recordaba Kagura, o al menos hasta donde su memoria le permitía recordar. Detrás, Okita Sougo la seguía con la mirada en el suelo. ¿Cómo rayos iba a explicarle, al gorila -no el autor, sino su comandante-, y al fanático de la mayonesa que había abandonado la tierra por una insulsa Yato? Aquello era una gran ofensa, dejar su papel de sádico y perro del gobierno por una quisquillosa pelinaranja seguro era más que razón para cometer seppuku. Y no sólo esto, si al menos esto hubiese sido planeado en la perturbada mente del autor gorila, pero no, era la obra de una fanficker cualquiera que prometía actualizar y no lo hacía. Negó con la cabeza y alzó su vista para encontrarse con el trasero de Kagura contoneándose de un lado a otro llamando la atención de cualquier criatura de género masculino y una que otra del género femenino. Bufó, tanto tiempo en aislamiento le mantuvo alejado de la realidad de que ahora, Kagura era una mujer adulta -al menos en apariencia-, y que jamás se había detenido a pensar en cómo los habitantes de la tierra reaccionarían ante una mujer como ella.
El camino hasta Kabukichō no fue tan largo como lo esperaba, sólo se habían detenido un par de veces; la primera, Kagura había insistido en comprar sukonbu en la tienda, puesto en el espacio jamás habían encontrado algo parecido, lo que aliviaba a Sougo. Sin embargo, tan pronto pasaron por la primera tienda, la yato recordó su amor por las algas avinagradas que a Okita tanto le disgustaban. Y la segunda parada, fue, cuándo la yato devolvió el par de algas que había ingerido minutos antes, al vomitar en medio de la calle. Sougo con una mueca de asco la dejó descargar todo el contenido de su estómago y avanzó sin preocuparse lo más mínimo por ella. Que era la heroína más vomitona, ya lo sabía, y no pretendía ayudarle. Él no la había mandado a comer esas porquerías.
Kagura limpió su boca con el borde de su yukata y se adelantó al castaño claro que ya le llevaba unos metros de distancia.
—¡Tu mujer vomita y a ti no te importa una mierda! —reclamó ella, y él sólo mantuvo un rostro inexpresivo.
—Que reconozcas que eres mi mujer es una agradable sorpresa —el sarcasmo fue su única respuesta.
La yato agitó su largo cabello y golpeó el rostro del ex-policía con él, con un bufido siguió avanzando hasta que divisó la entrada del distrito rojo. Tan pronto como puso un pie en Kabuki, la nostalgia se apoderó de ella y corrió, sin importarle que su acompañante -y, supuesto marido- quedara atrás. Kagura estuvo en frente de una familiar construcción de dos pisos, en el primero reconoció que el bar de Terada Ayano, entiéndase «Otose» -o vieja bruja-, no había cambiado para nada. La androide Tama se encontraba en la entrada barriendo el suelo y no se percató de la presencia de la yato hasta que, ella, la saludó con una peculiar cortesía.
A Tama le extrañó que la pelinaranja la saludara de aquella manera, pero, en definitiva; lo que la tenía más impactada es que Kagura, la yato de fuerza bestial y barriga sin fondo estuviese en frente de ella, de vuelta en la tierra. Y, a diferencia de ella, Catherine, no reconoció a Kagura hasta que esta la insultó por un incipiente bozo en las comisuras de su boca. La amanto con razgos felinos ya antes lo había mencionado, -en un salto de tiempo que en este fic no tiene cabida-, que, como en los gatos, los bigotes en los de su raza crecían al pasar los años.
Kagura entró al bar y tomó asiento frente a Otose, y si la yato no hubiese estado ausente por tres años, podría haber asegurado que nunca se había ido. ¡Si la vieja bruja estaba tal y cómo la había visto la última vez! La explicación que le había encontrado a todo esto, era que, Terada Ayano no podía envejecer más de lo que ya había hecho. Eso, o que en realidad hacía uso de un jutsu prohibido. [1] Fuera a saber la yato, que clase de cuerpo estaba en realidad, bajo la apariencia de Otose.
La vieja mujer aclaró su garganta al elevar su vista hacia la entrada del bar, en donde un despreocupado Okita jugaba con los audífonos de su katana. De regreso al ver a Kagura quién bebía un poco de licor que Otose le había ofrecido -no tenía más, era un bar-, se preguntó mil y un cosas. Cuándo la yato abandonó el planeta sin ninguna advertencia, todos sus conocidos pensaron que había perdido la cabeza, y Gintoki había asegurado que regresaría cuándo menos lo esperaban. Y ahí estaba, como toda una mujer adulta bebiendo frente a sus cansados y arrugados ojos.
—¿Problemas en el paraíso? —cuestionó Otose de manera casual, Kagura alzó ambas cejas en señal de confusión, y la abuela señaló con su barbilla al antiguo policía.
—Siempre he tenido problemas con ese imbécil, eso no es una novedad.
—Entonces, ¿por qué has vuelto? —no, esa no había sido Otose, era una voz masculina, aunque un poco aguda. Kagura ensanchó los ojos y se dio la vuelta, encontrándose con unas gafas de adulto.
—¡Shinpachi! —saltó del asiento para abrazar a su querido amigo, quién la apartó con delicadeza—. ¡Ha pasado mucho tiempo!
—Es cierto —respondió el con tono desinteresado, ajustando la montura de sus gafas con sus dedos corazón e índice—. Pensé que no regresarías.
A Kagura no lo extrañó la distante actitud de Shinpachi. Ni tampoco, que su compañero por tres años en el espacio se había marchado, en realidad ni se había dado cuenta.
—¿Y tú? ¿No deberías estar destruyendo hollows, conquistando la sociedad de almas o algo así? —preguntó Kagura analizando su nueva apariencia.
—¡Oye! ¡No soy ningún quincy! [2]—replicó Shinpachi con indignación.
—Como sea —la pelinaranja le restó importancia a su papel de personaje serio y se sacudió el yukata—. ¡Es hora de ver al fracasado de Gin-chan! Me pregunto cuán arruinado debe estar. ¡Seguramente la falta de compañía femenina en la casa lo tiene en la miseria!
—No tienes idea —fue Otose quién murmuró, luego de intercambiar miradas con Shinpachi.
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Kagura se aseguró que el cartel de la Yorozuya estuviese en la fachada, seguía allí aunque necesitaba algunos retoques. Deslizó la puerta corrediza del segundo piso y se encontró con la mismísima escena de la Boda roja [3]. La yato al principio pensó que aquello era sangre, sin embargo la cara inexpresiva de Shinpachi la confundió. ¿Acaso él no iba a hacer nada? ¡Si toda la casa era la escena de un sangriento asesinato digna de aparecer en CSI!
—Esto... ¿Es sangre? —preguntó cautelosa y notó por fin que su desgraciado amante estaba desaparecido—. ¿Será que Gin-chan mató al sádico como prometió?
Shinpachi esperaba algún atisbo de preocupación o angustia en la pelinaranja, sin embargo su tono había sido alegre y optimista. ¿Qué clase de relación tenían esos dos? En esos tres años se había llenado de resentimiento contra Kagura, los abandonó por el capitán Okita, a quién ella proclamaba odiar a muerte. Y ahora, ¿pretendía llegar cómo si no hubiese sucedido nada?
—No lo creo, Kagura-chan —respondió con tranquilidad—. Eso no es sangre, es pintura roja.
—¿Pintura roja? ¿Están en remodelaciones o algo? —preguntó confundida, Shinpachi negó con la cabeza y la guió hasta la habitación de Gintoki.
Al correr la puerta, la yato se encontró con Gin, cargando en sus hombros a un pequeño niño, uno que a Kagura le recordaba al pequeño Appo de un capítulo previo, sólo que este, a diferencia del bebé que en realidad no era de Gintoki, tenía el cabello púrpura.
—¿Gin-chan? —incrédula caminó hasta el hombre, quién la miró achicando los ojos.
—Esa estúpida acosadora —masculló él dejando al bebé en una cuna—. Se largó a hacer compras y me dejó cuidando al mocoso.
Kagura reconocía por ubicación la habitación de Gintoki, de hecho, durmió en el armario por años, pero esta tenía una cuna.
—¡Gin-chan! —la yato brincó a los brazos del peliplata y lo abrazó, realmente lo había extrañado.
—Bájate Kagura, eres una mujer adulta y no es correcto que abraces a otro hombre de esa manera.
La yato se soltó de sus brazos y miró al bebé.
—¿Estás cuidando niños? ¿No hay mejor trabajo que hacer de niñero?
Shinpachi rió entre dientes, ganándose la mirada interrogante de Kagura, se preguntaba qué le parecía tan gracioso.
—Es su hijo.
¿Qué demonios? ¿Gin había formado una familia en sólo tres años? ¡Ella creyó que él se quedaría sólo por toda la eternidad!
—¿Qué? ¡Y yo que pensaba que usabas esa porquería en medio de tus piernas para mear y nada más!
—Bueno, yo estoy esperando verte cargar un pequeño Souichiro entre tus manos.
Kagura enrojeció, pero muy poco. Y no por timidez, sino por rabia. Ella también esperaba tener un hijo. Vamos, si Gin tenía uno, ¿por qué ella no?
—Otro con ese estúpido nombre —la voz estoica de Sougo hizo a los demás mirarlo.
—¡Tú! ¡Te llevaste a esta mocosa por tres años! ¿Crees que no te voy a matar?
—Danna, pensé que si realmente le importaba iría por ella —formó una sonrisa maliciosa—. Y, que si a ella le importaban, regresaría antes.
—Cállate niñato —protestó Gin.
—¡Cállate tú! ¡Despertarás al bebé! —reclamó Tsukuyo quién acababa de entrar a la habitación.
—¡Lo despertarás tú, mujer! —replicó él—. Por cierto, ¿qué haces aquí?
—¡Tsukky! —saltó Kagura a abrazar a la rubia, estaban casi iguales en estatura y la cortesana de la muerte esbozó una sonrisa cálida al ver de vuelta a Kagura.
—Sarutobi me pidió que vigilara que no hicieses nada malo con el niño —dijo ella con tono aburrido—. ¿Por qué nadie me avisó que Kagura estaba de regreso?
—Porque nosotros también nos acabamos de enterar —explicó Shinpachi.
—Te extrañé tanto Tsukky —chilló Kagura sin soltar a la líder del Hyakka.
—Yo igual, la yorozuya se volvió un caos —respondió la mayor—. Aún más.
—Regresé —gritó una voz femenina en la puerta, y segundos después se encontraron con Sarutobi Ayame, atando su largo cabello púrpura en una coleta baja. Abrió los ojos sorprendida al ver tal reunión en la yorozuya.
—¡Sacchan! —la pelinaranja brincó a los brazos de la ninja acosadora y la abrazó.
Sin embargo, el abrazo no duró mucho, la ninja se soltó y caminó hasta la cuna en donde alzó al bebé en sus brazos y lo mimó, como sólo una madre haría con su hijo. Kaguro frunció el ceño, ¿ella había terminado con Gin?
—¿La madre del mini-Gin es la acosadora pervertida? —preguntó la yato—. ¡Pensé que sería Tsukky quién se casara contigo!
—Yo también le apostaba más a Rosa —secundó Okita.
Tsukuyo se sonrojó muy levemente, y nadie a parte de Sougo entendió su referencia a Final Fantasy.
—¿Y por qué no yo? ¿eh? —cuestionó Sacchan ofendida—. Hinata y Orihime ya han demostrado que se puede salir de la friendzone, casarse con el protagonista y tener hijos.
—Es cierto, hay un boom entre los mangakas de emparejar al protagonista de los shonen con la mujer que siempre profesó su amor hacia él —sugirió Shinpachi.
—Igual que hacer las parejas más inesperadas, como Chōji y Karui o Rukia y Renji —señaló Gintoki mordaz—. Pero yo no me casé con esta, ella es feliz durmiendo en el armario, y no se queja.
—Al menos yo sí quiero a mi novia —masculló Shinpachi a la defensiva.
—Y ella quiere a tus lentes, sorpresivamente —consideró Sacchan con cierta burla.
—¿Este virgen consiguió a una mujer? —cuestionó Sougo incrédulo.
—Sigue siendo virtual —Gin se encogió de hombros—. Sólo la ve por la cámara de la computadora.
—Otsuu-chan es una mujer muy ocupada, justo ahora está en una gira por su último disco —justificó el de lentes—. No es ninguna novia virtual.
—Pobre Toshi, perdió el amor de su vida —sarcástico, Sougo se lamentó por el lado otaku fanboy del subcomandante demonio.
Gintoki comenzó a discutir con Shinpachi, diciéndole que todo lo que había conseguido se lo debía a él y a sus consejos, y este se negaba llamando sus técnicas como fracasadas y sumamente pervertidas. Sacchan intervenía de vez en cuando defendiendo a su adorado Gin-san, y Tsukuyo había escapado de aquella pelea cuándo tuvo oportunidad.
—Creo que deberíamos ir a ver cómo están las cosas en el cuartel —sugirió Okita en voz muy baja para que Kagura lo pudiera escuchar—. Antes de que estos nos pregunten sobre nuestro matrimonio.
La yato asintió, y, con disimulo la pareja abandonó la yorozuya, no sin antes darle una rápida mirada al bebé, que seguro sería sádico y masoquista cuándo creciera.
—Y tú quieres tener hijos —comentó Sougo caminando por la calle con Kagura de la mano, ella lo soltó tan pronto estuvieron lo suficientemente lejos y a salvo.
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Okita Sougo jamás se caracterizó por seguir las órdenes de su subcomandante, una razón de peso por la que la primera división del Shinsengumi no siempre estaba presente en las labores de patrullaje, puesto su capitán pasaba la mitad del tiempo durmiendo y la otra tratando de asesinar a Hijikata. Razón por la que a Okita le sorprendió ver a sus subordinados de la primera división entrenar arduamente bajo la dirección de una mujer.
—¿Desde cuándo aceptan mujeres en el Shinsengumi? —exclamó, ganándose la atención de todos los policías allí.
—No es una mujer, imbécil —reprendió Kagura—. Es un travesti con peluca. [4]
—No es una peluca, es Katsura —replicó el de vestimenta de capitán—. ¿Cuándo regresó, líder?
—Esto es una broma, tiene que ser una jodida broma —vociferó Okita—. ¿Cómo es posible que un terrorista sea capitán del shinsengumi? ¿Estamos en un universo alterno o algo así?
—Somos nosotros los que estamos en un universo alterno al verlos a ustedes mocosos, juntos —la voz de Hijikata Tōshiro alertó a Sougo.
—Se casaron, ¿no es así? —preguntó Kondo con esperanza.
Ambos menores se miraron entre sí, y fue Okita quien respondió.
—Claro, de otra forma no hubiésemos vuelto. No podía negarle mi preciosa existencia al mundo si permitía que el Danna u otro me dejara sin descendencia al no casarme con esta mocosa.
Kagura bufó para sus adentros, ¿ahora sí pretendía tener descendencia? Vaya hipócrita.
—Genial —Kondo juntó sus manos en un aplauso y sonrió con amplitud—. Ahora podemos hacer una cena de casados o algo así.
—¿Te casaste, Kondo-san? —preguntó Sougo con extrañeza, él sabía que se guardaba para la hermana del cuatro-ojos, y era imposible que ella hubiera aceptado.
—Sí, Otae-san es una gran esposa y ama de casa.
—¿La jefa se casó con el gorila? —espetó con sorpresa—. ¿Acaso la escritora también se contagió del boom y hace parejas imposibles cannon?
—Es sólo un fanfic, china —Sougo entrecerró los ojos—. Por suerte el autor gorila no sería tan insensato de emparejarme contigo, y esto nunca será oficial.
—Idiota, te recuerdo que fuiste tú quién me buscó con tu estúpida poción de mierda.
—Calma, no es sano que los matrimonios peleen tanto, líder —intervino Zura—. Y tú, predecesor, deberías saber que el OkiKagu es bastante popular, no sería raro que se hiciera realidad.
Kagura recordó con apatía aquel arco de cambio de cuerpos, en los que Elizabeth y Zura quedaron en el cuerpo del sádico y el de ella respectivamente. ¡Así que Zura había sido un shipper OkiKagu en el clóset!
—¿Predecesor? ¿Realmente eres el nuevo capitán de la primera división? ¿Un terrorista? —cuestionó indignado—. ¿Qué tienen ustedes en la cabeza?
Hijikata se encogió de hombros y miró al comandante.
—Aunque no coincidamos en muchas cosas, el shinsengumi y el jouishishi compartimos el mismo ideal y nos dimos cuenta de ello al defender el país.
—Pero cronológicamente, nos fuimos de la tierra antes de la saga del asesinato del shogun, es imposible que el shinsengumi se hubiera aliado con los terroristas —dijo Sougo, al parecer muy informado de lo que sucedía realmente en el manga.
—Y así mismo, los ladrones de impuestos no estarían aquí sino se hubieran ido con la saga de despedida del shinsengumi —lo apoyó Kagura, igual de informada.
—No sé, pídanle explicaciones a la fanficker que no halla como aclarar sus incoherencias y vacíos argumentales —gruñó Hijikata—. A mí tampoco me alegra hacer alianza con Zura, pero es lo que hay.
—Estoy aquí porque debo mantener a mi esposa con un trabajo que no la deje viuda de nuevo —declaró Katsura—. Y estos perros del bakufu ganan bien.
—Son ladrones de impuestos, claro que ganan bien —dijo Kagura.
—Así que Sougo —tanteó Isao—, ahora que regresaste ¿volverás a trabajar?
—Por supuesto Kondo-san, esta mocosa traga como un cerdo, sin dinero no podré alimentar a mi mascota.
—Pero no podrás vivir aquí, ¿dejarás a tu joven y bella esposa en un cuartel lleno de hombres? —indagó Kondo—. Otae-san y yo vivimos en su casa, me la sabía de memoria así que no tengo problema en acomodarme en las tablas bajo su futon.
—Supongo que buscaremos algún departamento —murmuró con tono aburrido.
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No había pasado más de una semana luego del regreso de Kagura y Okita, y a pesar de la locura de cada personaje, las cosas parecían ir normal. Eso, luego de que ambos consiguieran una nueva casa. Una muy sencilla y poco amueblada. Kagura no era exactamente femenina y era Sougo quien se encargaba de la cocina cada que podía. De resto, Kagura se la pasaba más en la yorozuya que en su propia casa, y ello no le molestaba a Sougo, siempre y cuando ella pasara la noche con él y en su cama. Regresar a la tierra le había dado un aire a su relación, pasaban tiempo con sus conocidos y no se veían la cara las 24 horas del día. De alguna manera, el haber fingido su matrimonio había resultado beneficioso para los dos.
Sin embargo, luego de la calma llegó la tormenta. Una tormenta en forma del más poderoso cazador alienígena del universo que tocó a su puerta muy temprano en la mañana. Para la mala suerte de Sougo, él fue quien recibió la visita, de un golpe.
—Hageeeee [5] —se quejó en un extraño sonido al ser ahogado por las manos del yato.
—¿Dónde está mi hija, niñato? —Umibōzu aumentó el agarre en el cuello del, de nuevo, shinsengumi—. ¿Qué le hiciste a ella y a su pureza? ¡Era la novia de la tierra! ¿Cómo has podido llevártela?
Okita trataba de responder algo, sin embargo ninguna palabra salía de su boca. ¡Es que le estaba estrujando la garganta! Le sorprendía que con su bestial fuerza aún no le hubiese roto el cuello.
—¡Papi! —Kagura apareció tras la puerta del baño, en los últimos días no había podido pasar una sola tira de sukonbu sin devolverla al instante. ¿Acaso al no haberla comido en tres años, su cuerpo había perdido la costumbre?
—¡Mi hija! —soltó a Okita y él comenzó a toser exageradamente. El yato ni le prestó atención y se dedicó palpar la cabeza de su hija menor buscando alguna herida o perjuicio—. ¿Acaso ese mocoso te pidió que calmaras al orochi en sus pantalones? [6]
—¿Ah? —confundida Kagura miró a Sougo, quién cubría su entrepierna con algo de temor, y es que, por algo Umibōzu era llamado el más poderoso.
De hecho, pensó Sougo, Kagura sí que había calmado el orochi que colgaba en medio de sus piernas.
—No sólo eso —continuó el padre calvo, muy indignado—. Viven bajo el mismo techo y ni siquiera se han casado.
—En realidad... —quiso decir Okita, antes de ser interrumpido por Kagura.
—No te preocupes, papi. No quiero casarme con él, eventualmente me aburriré y no quiero ser una mujer divorciada, eso no es atractivo para los hombres.
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—Creí que diríamos que estábamos casados —gruñó Sougo en voz baja mientras servía algo de sake en una copa, Umibōzu los esperaba en la improvisada sala.
—No tiene sentido, no le puedo mentir a papi —respondió ella con voz inocente—. Esa fue la única manera de tranquilizar a Gin-chan; papi por otro lado, preferirá que no me case contigo.
Sougo se sorprendió de la estrategia que la yato había pensado. Él tampoco se quería casar si era honesto, pero eventualmente el resto se enteraría que habían mentido, y, aquello sería aún peor. Sin embargo, lo que más le preocupaba era lo que había dicho la pelinaranja. ¿Acaso ella no lo quería? ¿Por qué, entonces, estaba con él?
No podía ser que estuviera a su lado sólo por un hijo que él no pensaba darle. Esa mujer estaba definitivamente desquiciada. Un día quería casarse, y al otro no. ¿Qué demonios estaba mal con ella?
—No, no, sukonbu no —dijo ella cubriéndose la nariz y la boca cuándo él le ofreció una caja que estaba próxima a caducar.. El sólo olor del alga y el vinagre le causaba náuseas.
Sougo apartó la caja de tiritas de la yato y ella pareció recomponerse. De nuevo la acercó y le causó malestar, su de por sí ya pálida piel, quedó más blanca.
—No, otra vez no —masculló dando arcadas—. Aparta esa mierda de mí.
El castaño tiró la caja a la basura con sospecha. Aunque Kagura reprimió una mueca de dolor al ver el sukonbu caer dramáticamente en la caneca que tenían en la cocina, las arcadas impidieron que hiciera una escena de pérdida de un amante.
—¿Qué te pasa china? ¿Ya no te gusta esa porquería?
—No es eso, idiota —replicó ella tratando de aliviarse—. Quizá es la marca, sólo el olor me provoca vómito, creo que debemos comprar otra marca.
—Yo no —dijo él comenzando a atar cabos, ella lo miró interrogante—. China, hace cuánto llegó tu periodo.
Kagura desvió su vista hacia el techo, cómo haciendo cuentas.
—Eh, no lo sé... creo que cuando llegamos al último planeta —respondió ella con desinterés—. ¿Por qué te importa?
—Eso fue hace casi tres meses —meditó en voz alta, sus ojos se abrieron en pánico—. No puede ser, china, dime que te bajó después.
—Oye, tú eras el que se cuidaba.
—El condón no es 100% seguro, idiota —se llevó las manos a la cabeza—. ¿Tomaste tus píldoras?
—¿Cuáles? —preguntó desinteresada—. Ah, hace meses que se acabaron.
—Espero que sea sólo una intolerancia al sukonbu china, porque si no... tendremos que casarnos y no podrás dejarme como tenías pensado —dijo con amargura.
—¿Y quién dice que no puedo ser madre soltera?
—Las madres solteras son aún menos atractivas que las divorciadas —replicó Sougo molesto—. Ahora sí que la hemos cagado.
—No puedo estar embarazada... —murmuró Kagura con verdadera preocupación—. Yo sólo quería que me pidieras matrimonio, estúpido.
—¿Cómo? —dos voces masculinas preguntaron con verdadera alarma.
—¿Embarazada? ¿Mi Kagura embarazada? —Umibōzu abrió la puerta de la cocina de una patada al ver que estaban tardando demasiado—. ¡Maldito mocoso! ¡Le arruinaste la vida!
Nuevamente, el padre de la yato agarró a Sougo de la nuca y se dispuso, esa vez en serio a matar al desdichado castaño.
—No es seguro papi —se apresuró la pelinaranja a detenerlo, el padre con los capilares de los ojos irritados miró la panza de la menor—. ¡Es arroz con huevo, nada más!
Aumentó la fuerza en el cuello y estaba a punto de romperlo. Kagura entró en pánico, su hijo iba a quedar sin padre.
—Papi, detente —pidió tratando de calmarlo, poniendo sus manos al frente cómo el tan popular meme de squirtle—. Yo... realmente lo quiero, así como tú querías a mami, quiero estar con él.
Sougo no creyó que aquello fuera actuación, Kagura era muy reservada con sus sentimientos, y si se había visto obligada a decir aquello, era algo serio. De otra forma lo hubiese dejado morir a manos de su padre. Ella lo quería a pesar de que decía despreciarlo a diario, y él correspondía sus sentimientos aunque no los expresara muy a menudo, excepto aquellas veces en las que llegaba al glorioso orgasmo y los «te amo» se escapaban solos.
Umibōzu soltó al castaño, y este cayó al suelo más morado que el príncipe Hata. El yato se acercó a su hija, con angustia acarició su largo cabello bermellón.
—¿Estás segura Kagura? —preguntó—. Mira que hay hombres mejores que esta bolsa de huesos, eres una princesa yato, no eres digna de ningún débil humano.
—Papi, si algo llega a suceder yo misma lo mataré, será un placer hacerlo —aseguró Kagura, y Sougo no replicó, pretendía mil veces ser ajusticiado por la yato, a quién podía dominar, que por su monstruoso padre.
El calvo asintió comprensivo, y volvió su vista al castaño quien estaba recuperando el aliento. Había sentido morir unos breves instantes, y vio pasar toda su sádica vida en frente de sus ojos y prometió no volver a provocar la ira en Umibōzu. Él se marchó minutos después, alegando que debía ajustar algunos asuntos acerca de un trabajo en la tierra, razón por la que había regresado y se había enterado luego del regreso de su hija a quien había estado buscando durante los últimos meses sin éxito alguno.
—Esperaré la invitación —alzó la mano a modo de despedida mientras iba caminando, Sougo y Kagura sonrieron y agitaron sus manos de la misma forma.
—Claro, calvo —murmuró Sougo ganándose una mala mirada de la pelinaranja.
—Parece que al final si tendremos que casarnos —resopló Kagura ingresando al departamento, preguntándose si, sería capaz de casarse con Okita Sougo ahora que sí hablaban en serio.
—Hemos estado juntos por tres años Kagura, y eso asegura que tendré el resto de la vida para acabar contigo —dijo casual, agarrando a la yato de la cintura y colocándola sobre sus hombros—. Estás más pesada que de costumbre.
—Bájame sádico —pataleó para liberarse, y Sougo la retuvo agarrándola de sus piernas.
—Oh no, tú no te bajas ahora —jugó entrando a la habitación que compartían—. Tenemos que darle un buen uso a la cama nueva.
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[1] Wakako Matsumoto, más conocida como Kujira, es quién da la voz a Otose, y a la vez, al querido Orochimaru de Naruto, quién mantiene su apariencia joven gracias a, efectivamente: un jutsu prohibido.
[2] Si no conocen Bleach, tecleen en google imágenes: «Ishida Uryū» y díganme si el quincy no es muy parecido a Shinpachi en el futuro. O al menos eso pensé al ver Kanketsu-hen Yorozuya yo Eien Nare, no me culpen por desvariar.
[3] Referencia al capítulo de Game of Thrones, que nos regaló una de las escenas más brutales y sangrientas de la serie, ya es decir bastante.
[4] Recordemos que Katsura, además del nombre del joven noble de la locura, también es peluca en japonés. Referencia totalmente innecesaria pero la pongo, pues porque puedo.
[5] Hage en japonés significa calvo. Sólo imaginen un grito ahogado de dolor con esa palabra y el cabreo de Umibōzu. xD
[6] SPOILER: Lección 579 del manga, aparece por primera vez Kouka, la madre de Kamui y Kagura. Umibōzu la intenta conquistar y las insinuaciones sexuales nunca faltan. Orochi puede significar «Serpiente gigante»
Espero hayan notado la referencia silenciosa de Ikumatsu, ¿Quién más podría quedar con Zura?
Y, si sospecharon que el planeta en el que Sougo y Kagura estuvieron al principio era Namekkusei, les debo un bombón de chocolate.
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N/A: Soy casi tan mala para escribir epílogos como para escribir en general.
Pueden picarme en trocitos, atacarme con un dispositivo explosivo, echarle a mi comida salsa tabasco. Lo que les plazca, es lo mínimo que merezco por tardar más de un año en escribir un miserable epílogo.
Aquí llega el fin de una historia que técnicamente tardé casi dos años en escribir xD El epílogo estuvo algo largo, fue más largo que cualquiera de los otros capítulos -con el doble de referencias- y espero que ello pueda compensar un poquito mi terrible ausencia, aunque algo me dice que no. De verdad, muchas gracias por leer, por comentar, seguir y dar favorito a quienes lo hicieron. No quería hacer un epílogo sinceramente, pero lo había prometido y no pretendía fallarles porque debieron estar esperándolo durante todo este tiempo, así que aquí está completamente por y para ustedes. Tienen mi amor, queridos lectores tan llenos de paciencia, son la razón por la que hoy 22 de agosto de 2016, tengan el epílogo un año tarde.
P.D.: Por las parejas, no me disculparé, se me hizo muy divertido escribir sobre ellas, y he de aclarar que apoyo GinTsukky con mi vida y sinceramente no veo a Sacchan con Gin, pero bueno, en los fics cualquier cosa puede pasar, y entre más polémica y absurda, mejor. xD Tampoco piensen que critiqué la decisión de Kishimoto (Naruto) y Kubo (Bleach) de dejar tanto a Naruto con Hinata, y a Ichigo con Orihime. De hecho, esas fueron, son y serán mis parejas preferidas [Asuman que el fic IchiRuki que tengo por ahí no existe (?)] Y bailé al ver que se hicieron cannon. Esperaremos si Sorachi decide hacer alguna pareja cannon, es tan impredecible que puede que lo haga, como que no. Por eso, aún nos quedan los fics.
Algo más y ya me voy, en estos días estaré publicando un par de cositas, quizá algunos drabbles y tal vez una que otra escena eliminada.
El epílogo quedó algo abierto para que puedan especular cuánto quieran, ¿Qué dicen? ¿Se casan por fin? ¿Kagura realmente está embarazada?
