Después de lanzar un profundo suspiro debido al desaliento, Donatelo fijó su mirada en su hermano mayor. Le sorprendió que la pequeña tortuga lo estuviese mirando detenidamente como si entendiera lo que estaba sucediendo.

― Permíteme sostenerlo, Rafa ―, le pidió el más listo al de rojo quien estaba pensando cómo le iban a explicar a Splinter lo que había sucedido.

― ¿Eh? Ah… si ― Rafael extendió su brazo para que Leonardo quedara al alcance de Donnie. Agarrando con suavidad a Leonardo, Donatelo lo colocó sobre la palma de su mano.

Donatelo parecía un poco preocupado y se enfocó en revisar y medir a Leo.

― ¿Qué sucede Donnie? ― la tortuga de morado cerró sus ojos por unos segundos. Rafael le miraba pensar después de sus observaciones y mediciones.

― Parece ser que el retromutágeno que descubrió Mikey no sólo regresó a nuestro hermano a su estado primordial sino que también está… no… no creo que sea posible… ― Donatelo interrumpió su explicación porque de pronto el diminuto cuerpo de Leonardo emitió un brillo muy débil, pero notorio.

― ¿Qué demonios está pasando? ― murmuró Rafael. La mirada de asombro en el rostro de Donnie no auguraba nada bueno.

La pequeña tortuga, sin lugar a dudas, después de la extraña reacción en su cuerpo, se había encogido un poco.

― Esto no está pasando…

― ¡Donatelo! ¿Quieres tenerme en ascuas todo el día? ¡Explícame qué demonios ha pasado!

― Leo… él… está rejuveneciendo.

Aunque aquellas palabras no sonaron tan mal a los oídos de Rafael, el tono en la voz de la tortuga de morado lo sacaba de su error sin siquiera preguntar.

― ¿Estás seguro? ― Además del tamaño, Rafael no notaba algún otro cambio significativo.

― ¡Claro que estoy seguro! ¿Cuándo me he equivocado, Rafael?

― Tranquilo Cerebrito ―, espetó Rafael frunciendo el ceño ―, sólo que a mí me parece que sólo encogió un poco.

― ¿Recuerdas cuántos anillos concéntricos tenía Leo en cada una de las placas de su caparazón cuando recién lo encontramos debajo de su bandana?

Donatelo sabía de sobra que ni Rafael ni Miguel Ángel eran muy observadores con cierta clase de detalles, así que le ahorró el tiempo de espera a su gruñón hermano.

― Pues yo sí, tenía quince y hasta hace unos segundos tenía catorce y ahora tiene uno menos, en este momento tiene trece, eso quiere decir que tengo que actuar pronto. Justo en este momento tiene trece años.

― ¿Sólo trece?

― Si, no es una ciencia exacta, pero aproximadamente cada anillo muestra un año de vida, si Leo regresa a ser un huevo… no quiero ni imaginármelo…

― Genial… ― murmuró con sarcasmo el gruñón rodando los ojos al cielo para ocultar un poco su preocupación.

Donatelo volvió a dejar escapar otro suspiro desalentador. Se cubrió el rostro con su mano libre para ocultar un poco el ceño fruncido que tenía en ese instante.

Justo en ese momento el pequeño Leo lo mordió.

― ¡Auch! ― Aunque la mordida no fue fuerte, Donatelo, por instinto, volteó su mano al sentir dolor; su hermano cayó a la superficie de la mesa sobre su caparazón. El pequeño Leo trataba de enderezarse, pero no podía.

― ¡Cuidado genio! ― le recriminó Rafael ayudando a Leo a voltearse para tenerlo otra vez en la palma de su mano.

― ¡Leo me mordió! ― se quejó Donatelo mostrando su dedo a Rafael, señalándole la marca que la boca de la pequeña tortuga había dejado en él.

― ¡Pero si no fue nada, eres un quejumbroso! ― se burló Rafael al ver el dedo de Donatelo. Mientras Rafael se reía, Leonardo lo mordió también. La gruñona tortuga hizo lo mismo que el más listo. Lo bueno era que también en esa segunda ocasión Leonardo estaba cerca de la superficie de la mesa y no se hizo daño.

― ¿¡Qué le pasa!? ― preguntó molesto Rafael, pero no tanto por la mordida sino por la mirada divertida de Donnie quien ahora ayudaba a Leo a ponerse sobre sus patitas.

― Me parece que nuestro hermano aún conserva cierto grado de conciencia… hace un momento me pareció que me observaba con curiosidad, pero lo atribuí a que su instinto primitivo estaba atento a los peligros, estaba equivocado. Cuando estoy muy presionado, Leo siempre muestra su preocupación por mí. Me dice justo las palabras que necesito escuchar para alegrarme o quitarme el peso que tengo encima por un rato para relajarme, pero como ahora no puede hablar, usa lo que tiene a su alcance, como siempre ―. Explicó Donnie con su rostro ahora más tranquilo.

― ¿Debo entender que la mordida que me dio fue porque me burlé de ti? ― preguntó Rafael. Pero en realidad esa pregunta ya tenía su respuesta, era retórica en todo el sentido de la palabra, porque Rafael ya había sido testigo del comportamiento de su hermano con anterioridad, ya también había presentido que Leonardo era el mismo de siempre hasta cierto punto.

Una mirada burlona se mostró a sí misma en la cara del joven científico. Antes de que Rafael pudiera protestar, Miguel Ángel regresaba de su cuarto.

Mikey escondía algo porque tenía sus manos detrás de su cuerpo. Con una sonrisa que contagiaba la seguridad en su idea, se acercó a la mesa y antes de que sus hermanos lo interrogaran agarró a su hermano mayor y se dio la vuelta para que los demás no vieran lo que estaba haciendo.

Mirándose uno al otro con resignación, Rafael y Donatelo no interrumpieron la sospechosa actividad de Mikey. Esperaron sólo un par de minutos para después ver a su hermanito voltearse para sonreírles, listo y dispuesto a mostrarles lo que había hecho. El pequeño bromista sostenía suavemente a su hermano mayor con ambas manos, cerca de su pecho, sin que sus hermanos pudieran verlo.

― ¡Ahora verás que nuestro hermano sigue siendo el mismo, Rafa! ― Con una fe ciega y un candor de lo más adorable, Mikey dejó a Leo encima de la mesa una vez más, pero ahora la pequeña tortuga portaba un par de diminutas espadas de plástico en su caparazón, sin duda alguna pertenecían a alguna figura de acción de la colección del travieso.

Mikey observaba con ansia a su hermano mayor, la emoción de lo que creía iba pronto a presenciar se mostraba en todo su rostro. La esperanza se mostraba en toda su gloria en la actitud del más joven. Una vez más Rafael y Donatelo se miraron uno al otro, pero ahora sus miradas reflejaban una profunda tristeza y un poco de impaciencia.

― Mikey… ― Donnie trató de hablar un par de minutos después al ver que Mikey empezaba a mostrarse un poco decepcionado.

― Sólo hay que darle un poco de tiempo, Donnie… ― dijo el travieso interrumpiendo a su hermano genio.

― Oye… ― Rafael también quería intervenir, también había adivinado los pensamientos del más chico, sabía de sobra que una tristeza mortal se apoderaría del corazón de su hermanito porque sabía que lo que Mikey esperaba ver, nunca iba a suceder.

Mikey no le hizo caso a Rafael, se concentraba en observar a Leo quien le devolvía la mirada; parecía que el mayor entendía lo que su consentido esperaba de él, pero como le era imposible hacerlo, de cierta forma se estaba disculpando con su hermanito.

Donatelo sintió su corazón partirse al ver que las esperanzas de Mikey se evaporaban sin remedio. Ya no se atrevió a añadir algo más, pero Rafael si habló.

― Hermanito, tienes que entender que Leo… ― La frase no pudo ser terminada porque Mikey al sentir todo el peso de las consecuencias de lo que había hecho le gritó:

― ¡Cállate gruñón, sólo necesita acostumbrarse porque no son sus espadas!

Aquel grito lo único que logró fue romper la correa que sujetaba el mal genio de Rafael; sin pensar en las consecuencias, Rafael también le gritó ―: ¿¡Pues qué esperabas ver Cabeza Hueca!? ¿Creíste que Leo se pondría de pie y comenzaría a mostrar todas sus técnicas especiales con esas armas? ¡Eres más tonto de lo que yo creía!

Justo al comienzo de la diatriba del más rudo, Mikey comenzó a sollozar quedamente primero para gimotear después con toda la culpa aplastando su corazón.

Rafael suspiró con un poco de fastidio, algo de culpa y bastantes ganas de arreglar lo que había ocasionado por su falta de paciencia. El gruñón recorrió la escasa distancia entre él y su hermanito para consolarlo colocando sus manos en los hombros de Mikey con suavidad.

― Mikey, perdóname, pero lo que te dije es cierto, Leo… ya no es lo que solía ser, puede que nos reconozca y pueda comunicarse de formas simples con nosotros, pero entre más pronto entiendas que ya no es el mismo, más pronto podremos recuperarlo, ¿entiendes?

La pecosa tortuga a los pocos segundos después de que su hermano había terminado, levantó su mirada y aunque algunas lágrimas aún corrían por su rostro, se sonrió. Rafael correspondió a la sonrisa del travieso con una igual.

Donatelo levantó a Leo, le quitó las espadas de juguete con cuidado y se las devolvió a Mikey.

― Ten Mikey, guárdalas, parece que a Leo le cuesta un poco de trabajo moverse en cuatro patitas con ellas a cuestas.

― Si, Donnie, parece que si… ― reconoció el más joven.

― ¿Ya estás mejor hermanito?

― ¡Si, Donnie! Ahora que he visto que mi plan A ha fracasado, voy a poner en práctica mi plan B.

Una vez más los dos hermanos se vieron colmados de preocupación pues ya no querían ver sufrir a su hermanito.

Mikey se dio cuenta de las miradas de sus hermanos y les dijo: ― No se preocupen, ya no tiene nada que ver con mi idea de que Leo puede hacer todo lo que hacía antes, ahora es sólo una idea para poder cuidar mejor a nuestro hermano.

De su cinturón Mikey sacó una diminuta bolsa hecha de tela, del tamaño de un monedero pequeño. Al instante, tanto Donatelo como Rafael, la reconocieron.

― ¿Todavía tienes esa cosa? ¡Yo creí que ya la habías tirado hace años! ― exclamó Rafael.

― Ya tenía mucho tiempo de no verla… ― expresó Donatelo con nostalgia al ver el objeto.

― El Maestro me dijo que ya debía desecharla, me la dio para tirarla, pero no pude desprenderme de ella, me dio mucha tristeza que su último destino fuera estar en la basura, así que la conservé sin que nadie se diera cuenta ― Mikey, con cariño, frotó el pequeño monedero de tela en una de sus mejillas.

Aquel pequeño objeto había sido creado por las amorosas manos de Leonardo para sus hermanitos. El hermano mayor, en aquel tiempo en que los más chicos comenzaban a vivir muchas de las creencias que son vitales para la felicidad de los pequeños, les había confeccionado aquel monederito para que el Ratón de los Dientes les dejara el dinero por todos los dientecitos que se les iban cayendo con el tiempo.

Leonardo había escogido un pequeño trozo de tela blanca con la que confeccionó la bolsita para después bordar, con mucha paciencia y durante varios días, debido a lo joven que aún era, cuatro muelitas con sencillos rostros sonrientes; una era roja, otra morada, la tercera naranja y al final una azul.

Ahora el pequeño Mikey le había cosido a la bolsita un listón lo bastante largo como para que Mikey pudiera colgarse el monedero al cuello.

― ¿Tú le agregaste esto, Mikey? ― le preguntó Rafael viendo la enorme diferencia entre la gastada tela y el nuevo aditamento ― no me acuerdo que tuviera este listón.

― Si, de esa forma puedo cuidar mejor a Leo ― aseguró el travieso y antes de que sus hermanos le preguntaran cómo iba a hacerlo, Mikey tomó una vez más a su hermano mayor y con cuidado lo metió dentro, de forma que Leo pudiera asomar su cabecita.

En cuanto Mikey se cercioró que Leo estaba cómodo, se colgó el objeto al cuello y miró con orgullo a sus hermanos por su buena idea y no había errado en lo más mínimo pues parecía que Leo sonreía.

― Así puedo vigilarlo sin temor a que se pueda hacer daño, ¿verdad Rafita?

― Pues creo que no es tan mala idea, sólo colócalo en otro lugar mientras estés cerca de la estufa hermanito, porque el vapor de los alimentos puede quemarlo ― le aconsejó el más listo.

Mikey de inmediato hizo lo que le sugirieron, colocó el nuevo collar-monedero de un gancho que estaba pegado a una de las puertas más alejada de la alacena. Con tanto espacio alrededor el pequeño Leo se divertía de lo lindo pues comenzó mecerse como si estuviera en un columpio.

― ¡Aww! ¡Leo es de lo más adorable! ¡Hasta parece un niño pequeño! ― Mikey, después de ver que Leo se divertía a pesar de estar así, se dispuso a seguir cocinando con tanta alegría que sus hermanos suspiraron aliviados.

En cierto momento, después de escuchar el comentario de Mikey, Donatello decidió ausentarse de la cocina para ir directo a la sala, pero antes de empezar a caminar le lanzó a su hermano de rojo una mirada que le indicaba que lo siguiera.

― Vamos a lavarnos las manos en lo que terminas de preparar el desayuno, Mikey ― le avisó Rafael; como respuesta el más joven sólo asintió.

Tan pronto como llegaron a la sala, Donatelo le susurró a su hermano: ― ¿Cómo le vamos a explicar esto a nuestro padre?

― Pues aunque estoy seguro de que tendremos que enfrentar un gran regaño, creo que la honestidad en este caso es la mejor política, genio. Además estoy casi seguro que el maestro va a notar que Leo no está ― terminó con tono sarcástico Rafael.

― ¡Eso ya lo sé, Rafa! Si el reloj biológico de Leo no estuviese retrocediendo con tanta rapidez, no estaría tan preocupado y apreciaría mejor tus sarcasmos ― le reprochó el genio con un tono agrio, pero en voz baja.

― ¿¡Y si te preocupas mucho Leonardo va a regresar con mayor rapidez a la normalidad, Donatelo!? ¡Recuerda que el intrépido siempre nos está recordando que debemos mantenernos tranquilos en una situación imprevista o grave! ― le gritó Rafael a su hermano en un tono bastante hostil, pero bajo para que Mikey no escuchara su discusión ― ¡Además, permíteme recordarte que todo esto es tu culpa!

― ¿¡Exactamente en qué tiempo, dimensión, universo o mente con poco sentido común tengo YO la culpa, Rafael!? ― protestó de inmediato el ninja de morado con voz llena de indignación.

― ¡Tú eres el culpable porque sabes de sobra que Mikey en cualquier tiempo, dimensión, universo o cualquiera de esas patrañas de las que hablas con esa odiosa presunción de que nadie es TAN listo como tú, que el cabeza hueca nunca escucha las advertencias que le has mencionado docenas de veces! Si de verdad fueras el más listo, tendrías esas substancias peligrosas dentro de tres cajas fuertes una dentro de la otra y con varias combinaciones para que Mikey no pudiera ni olerlas!

― ¡Entonces estoy seguro de que en todos esos lugares todos los Rafaeles son igual de pesados, molestos y sarcásticos como tú! ¡Verdaderos dolores de cabeza!

― ¿Eso quiere decir que me estás dando la razón, idiota? ― Rafael ya había llegado al punto de la discusión donde iba a arrepentirse más tarde de las palabras ofensivas que no se daba cuenta que pronunciaba.

― ¡Nadie en este mundo me puede decir idiota y mucho menos tú, Rafael!

Ambas tortugas hubieran continuado con la discusión a la que los orilló la preocupación si no hubiesen escuchado un grito proveniente de la cocina.

― ¿¡Qué sucedió, Mikey!? ― preguntó el de morado buscando con la mirada a Leonardo. Afortunadamente aún estaba dentro de la bolsita para el Ratón de los Dientes pero ya no se mecía.

― ¡Me le quedé mirando a Leo un segundo porque me divertía al verlo jugar y de pronto su cuerpo brilló, pero me olvidé que estaba rebanando las verduras para el omelette y me corté mi dedo! ― replicó Mikey mostrándole al más listo una pequeña cortada.

Donatelo sólo giró sus ojos hacia el cielo, las niñerías de su hermanito a veces lo llevaban al límite de la paciencia y mucho más en ese momento en el que estaba tan preocupado, al igual que a Rafael, quien se limitó a reírse de Mikey.

― ¡Qué herida tan grande! ¡Se te van a salir las tripas por ahí!

― ¡Donnie! ― se quejó Mikey ― ¡Me prometiste que la siguiente vez que Rafa se burlara de mi le abrirías la cabezota para cambiarle el cerebro por una coliflor!

― ¡Es que tu actitud invita a media humanidad a comportarse como idiotas, menso! ― siguió Rafael bastante molesto por esas palabras.

― ¡Eres de lo peor, Rafael! ¡Sufro un terrible accidente y lo único que se te ocurre es tratarme como basura! ― se quejó Mikey, pero esta vez no lloró sino que frunció el ceño.

― ¡Si te quejas de semejante estupidez entonces no quiero ni imaginarme qué pasaría si de verdad tuvieras que enfrentar algo realmente desafiante! ¡No durarías ni un día! ― se burló Rafael.

― ¡BASTA! ― gritó de pronto Donatelo casi rechinando los dientes de la desesperación ― ¡Cállense de una buena vez! ¡Me exasperan sus estupideces!

― ¡Él fue el que empezó a hacer tonterías por no poner atención! ― siguió Rafael

― ¡Ya te dije que me distraje porque Leo brilló un poco, gruñón! ― le recordó Mikey.

Donatelo estuvo a punto de gritar una vez más pero su sentido del oído registró de pronto unos sonidos leves que sonaban como súplicas. También Rafael y Miguel Ángel se detuvieron para escuchar, al igual que su hermano de morado.

Mikey fue el primero en darse cuenta del origen de aquellos sonidos, era Leo. La diminuta tortuga tenía sus ojitos llenos de lágrimas, se notaba que ya tenía un rato tratando de llamar la atención, pero sus débiles intentos no lograban imponer el orden, hasta ese momento.

Sintiéndose muy culpables por haber preocupado tanto a su hermano, todos se concentraron en respirar profundamente para calmarse.

― Perdónanos, Leo, ¿te asustamos con nuestros gritos? Lo sentimos mucho… ― Se disculpó el travieso, acariciando suavemente la cabecita de su hermano con la yema de uno de sus dedos, tratando de calmarlo.

Una vez tranquilos todos gracias a la intervención del mayor, Donatelo le preguntó a Mikey ―: ¿Estás seguro que viste brillar a Leo, Mikey?

― Si, pero fue breve. ¿Es algo importante?

Ni Donatello ni Rafael se atrevieron a decirle la verdad al más joven, así que se sonrieron para no preocuparlo. Ahora el genio de la familia estaba ciento por ciento seguro de que debía apresurarse a calcular la cantidad exacta de mutágeno para regresar a su hermano mayor a la normalidad.

― No Mikey; pero Rafael y yo vamos a visitar a Leatherhead para traer uno de los cilindros de mutágeno que le pedimos que guardara. Tal vez la cantidad de mutágeno que tengo en mi laboratorio podría no ser suficiente, así que para asegurarme, iremos por otro más.

― Pero no tarden porque se enfría su desayuno ― les recordó Mikey sonriéndose. Ambos hermanos salieron prometiendo regresar a la brevedad, después de todo Leatherhead y los demás vivían cerca.

Una vez más Mikey observaba a Leo mecerse en su bolsita. Conmovido, Mikey supo de inmediato que su hermano mayor ya estaba feliz porque sus hermanitos ya no estaban peleando. El más joven comenzó a preparar la mesa.

En medio de la más profunda obscuridad, un par de ojos rojos, casi al nivel del suelo, observaban todos los movimientos de la pecosa tortuga; irónicamente, al entrecerrarse, brillaron con más intensidad, ese brillo inequívocamente se asociaba mentalmente con una gran sed de venganza, el dueño de aquel par de ojos llenos de rencor sabía que el día de ajustar cuentas había llegado por fin.

Continuará…