Sigo caminando y a lo lejos veo un paraje olvidado. Es una pequeña brecha en el suelo. Corro como alma que lleva el diablo. Dios gracias, gracias. Hay dentro de esta brecha el mismo paraíso, un pequeño claro. El aire allí es templado. He de bajar. Las paredes están escarchadas y solo hay unas pocas ramas a las que sujetarse, pero he de bajar.

Mi mente. en un intento desesperado, logra obtener una idea. Cojo lo poco que queda de mi vestido, al menos me quedan tres capas, el corsé y el cancán. Con las dos primeras capas hago tres tiras, las entrelazo. Con uno de los hierros del cancán hago una pequeña ancla que clavo con una piedra en el suelo. Uno la trenza con el ancla. La trenza no llega al suelo pero me será útil por lo menos unos cuantos metros. Bajo. Llego al final de la débil trenza.

Oh por Dios! Me faltan al menos tres metros para llegar al endiablado suelo. No hay opción, me tiró, apretó lo más fuerte, ya cansados y somnolientos me permiten, mis parpados deseando así que mis ojos no vean la caída. Caigo estrepitosamente contra el duro y, oh, templado suelo. Respiró hondo. Me levantó apoyando mis manos contra la pared. Levantó poco a poco la cabeza y al dar un pasó hacia adelante, me caigo.

Oh, ¡¿Por qué a mí?! Palpo mi tobillo, esperó sea un esguince. Tengo el tobillo muy hinchado, la parte externa de él esta morada pero a su alrededor hay un color entre rosa y rojo. Tengo un par de dedos del mismo color que se están empezando a hinchar. El resto de mi cuerpo solo tiene rasguños y unos pocos hematomas.

El costado derecho de mi cuerpo, sobre el cual he caído, junto con mi pierna derecha, me duele bastante así que decido observarlo. Me quito el corsé. Hay un principio de una hemorragia interna, y eso por lo que había conseguido estudiar era malo, muy malo.

Dios!, ¿Ahora que hago?