Disclaimer: Todos los personajes de Hetalia son de la autoría de Hidekaz Himaruya, ya conocen el resto; la historia es de mi propiedad.
-¿Què te parece si te preparo algo mientras tú continúas escribiendo? – ofreció el mayor de los dos- Todo el que te conoce sabe que es imposible lograr que termines algo sin el estómago lleno, y por lo visto tu dieta no difiera mucho de la de un universitario.
El de ojos verdes bufó, para luego asentir con desgana, replicaría, pero el galo tenía razón, y ¿a quién quería engañar? La cocina del francés no tenía comparación en cuanto al sabor y presentación, él, por su lado, tomó su copa de vino y se dirigió a su escritorio, ignorando los quejidos y sonidos de asombro que su amigo soltaba al enterarse de que no tenía mucho con què trabajar.
El reloj no se detuvo, marcando con su conocido son el pasar de los segundos, como un recordatorio del poco tiempo que les quedaba y el arduo trabajo que les quedaba por realizar, si es que querían seguir vivos para la fecha de entrega.
Arthur, entre sorbo y sorbo de vino, continuó marcando los puntos clave de la historia y describiendolos con brevedad; a decir verdad, la presencia del galo, más allá de presionarlo, lo incentivaba de cierta manera que aún no terminaba de comprender, convirtiendo el ambiente denso y pesado que él mismo se había creado, en uno un poco más amable e incluso ¿agradable? Para el momento en que su copa estaba casi vacía y terminó de marcar los puntos clave para comenzar a desarrollarlos más a fondo, un agradable olor a especias inundó toda la (pequeña) casa del inglés, desconcentrando de su tarea al mencionado, y haciendo que cayera en cuenta de lo hambriento que se encontraba, después de todo, no había tenido una comida decente desde hace semanas, meses, quizá.
Cuánto le habría gustado haber terminado de esa manera, compartir su hogar con otra persona, llegar a casa del trabajo y encontrarse con ese ser especial que significase todo para él, tener más de una razón para seguir esforzándose cada día.
Pero él ya tenía a Peter.
Y debía de actuar como un padre responsable, sin importar cuántos sacrificios hiciera.
No es que el chico convirtiera su vida en un desastre, pero ciertamente, su llegada no había sido bien recibida por la mayoría de las personas que conformaban su grupo de amigos, sumándose al hecho de que quizás llegó en un momento inoportuno a su mundo.
Su tren de pensamientos se descarriló cuando sintió un objeto estrellarse contra su nuca, provocando un ligero dolor en ese sitio.
-¡Arthur! Sigues vivo ¿o finalmente descubriste que nunca serás tan atractivo como yo y te moriste de pena? – el ojiazul le gritó a su amigo con tono burlón.
El aludido se levantó de su silla con enojo, miró al suelo y encontró el objeto con el que su "amigo" lo había atacado segundos atrás.
- Dudo que luzcas mejor que yo con esa fea marca roja en tu cara- contestó, orgulloso de su singular belleza natural.
- ¿Cuál marc- la pregunta del francés se vio interrumpida por un objeto que, como si se tratase de una profecía, cumplió las palabras de Arthur
El inglés le había lanzado de nuevo la cuchara, sin advertencia, regocijándose al ver cómo ésta aterrizaba en la fea cara del galo.
El pobre utensilio de cocina yacía en el suelo, incapaz de cumplir su propósito original, siendo relegado a un artefacto improvisado de declaración de guerra entre los "adultos" que se encontraban en la casa.
Un lloriqueo fue entonado por el mayor que, como siempre, no perdió la oportunidad de hacer drama.
-¿Por què eres tan malo si yo tan sólo quiero ayudarte? – volvió a soltar un falso lloriqueo, agregando con el mismo tono de dolor fingido- ¡Y yo que te había preparado una gran comida porque te aprecio y eres un gran amigo! - finalizó, lanzándose a los brazos de su agresor.
-Cállate frog, tú empezaste la guerra- porque de eso se trataba: era una guerra, y ninguno quería ser el perdedor.
Una mirada de rivalidad se presentó en la cara de los dos, siendo rota por las carcajadas de ambos, acción que no sorprendería a ninguno que haya pasado más de 10 minutos con aquel inusual par.
Mientras el dúo se carcajeaba, ninguno soltó al otro, gozando la brevedad de ese inusual "abrazo" que sólo ellos podían haber disfrutado.
Quizás lo disfrutaron demasiado.
Y tiempo siguió transcurriendo, pero ninguno quiso afrontarlo, temiendo que todo llegara a su fin abruptamente. Cenaron en paz, con una momentánea tregua, ambos disfrutaron la comida preparada por el mayor, agradeciendo que por lo menos uno de ellos tuviera dotes culinarios. Entre bromas, insultos y charla casual, la comida se terminó, sin embargo, los brebajes embriagantes los acompañaron por el resto de la noche, usando como excusa el manuscrito para continuar ingiriéndolos, después de todo, debían hacer un gran avance esa noche, y mantenerse despiertos era de suma importancia; debido a la poca tolerancia hacia la cafeína por parte de uno de ellos, se habían visto en la necesidad de recurrir al alcohol, pues si un brebaje era capaz de mantenerlos despiertos era ese, vaya suerte la suya, ¿verdad?
Y, en efecto, los mantuvo despiertos por las horas consiguientes, mas su conciencia comenzó a nublarse con cada copa, con cada vaso, y, sobre todo, con cada botella.
No hicieron nada de lo que se arrepentirían demasiado la mañana siguiente, no obstante, eso no detuvo que las cosas se pusieran un poco ¿excéntricas? Por decirlo de una manera; bien, pues hornear un pastel a las dos y media de la mañana no se consideraba como algo sensato, al menos no para ellos en su sobriedad, las peripecias cometidas a continuación van desde escribir catorce páginas narrando con detalle lo horrible que su francés compañero era, para que después, el insultado le estampara la cara contra el teclado y continuar escribiendo él mismo, ignorando las letras al azar que quedaron con el golpe anterior, comenzando un nuevo relato donde hablaba sobre los dos cuyos peludos que tenía el inglés por cejas; después ambos se encontraban sollozando en el piso, como si fueran unos niños pequeños cuya madre los había olvidado en el supermercado.
Finalmente, ambos cayeron rendidos a mitad de una plática filosófica, de esas que sólo tienen sentido si ya llevas mínimo dos botellas de vino encima, uno terminó acurrucado con un bowl de frutas en el suelo, y el otro, más listo, en el sillón, con una pera a medio comer en la mano derecha.
La mañana hizo acto de presencia en la casa en la casa de Arthur, para molestia de ambos, pues los rayos del sol se sentían como cachetadas debido a la resaca.
El par de adultos responsables no mostraban intención de despertarse o de moverse hasta bien entrada la tarde, total, no tenían nada mejor que hacer en todo el día más que revisar el manuscrito e intentar avanzar cuanto pudieran antes de que la fecha de presentación volviera a llegar.
Empero, la puerta no se mostraba muy cooperativa ese día, pues había alguien del otro lado de esta que se empeñaba en golpearla con todas sus fuerzas, el ruido no cesó y se vio acompañado del timbre, molesto por excelencia.
El primero en escucharlo fue Arthur, que se removió molesto sobre el pequeño y mullido sofá en el que se encontraba aún; soñaba con días mejores, con primaveras y largas tardes, por lo que un timbre no pintaba para nada en aquella atmósfera creada por su subconsciente.
Mientras se levantaba parsimoniosamente, como siempre, se dio cuenta del desastre ocurrido en su sala, y del hombre que yacìa tumbado en la alfombra, aùn en los brazos de Morfeo. Le molestó ver lo cómodo que Francis se encontraba, sonriendo de lado, luciendo etéreo y sin preocupaciones, aquella cara se le presentò ante sus ojos como la perdición, por lo que optò por ignorar una vez màs el timbre y, aprovechando el reciente hallazgo que era una pera en su mano, se la lanzò directamente a su acompañante, ¡si èl se encontraba despierto y molesto, aquèl franchute no tenía derecho a dormir plácidamente a su costa!
Se encaminò a abrir la puerta nuevamente, esta vez con la intención de hacerlo de verdad, mientras el galo se quejaba en el suero, insultándolo en francés por lo bajo, e intentando tomar sus piernas para hacerlo caer.
De repente el mundo de Arthur se detuvo.
Sabía con anterioridad de quién se trataba, y no era buena idea salir sin camisa y oliendo a alcohol, sin mencionar la creciente resaca que sufría en aquellos momentos. Miró de reojo a su amigo, siendo este su única salvación, pues lo descubrió luciendo medio decente; eso serviría
-Frog, necesito que me hagas un favor. - Dijo mientras la desesperación se colaba entre sus palabras, aderezàndolas, como si estas estuviesen faltas de emociòn desde hace mucho tiempo.
Nota:
Aquì les presento el segundo capìtulo, un poco flojito, pero esencial para el desarrollo de algunos hechos que se vienen a futuro.
Me di cuenta de que en el capìtulo anterior no expliquè quièn es Michelle, esperando que quedara claro, sin embargo aquì se los expongo: Michelle es el nombre humano de Seychelles, y en este fic serà la hija de Francis. Supongo que todos ya saben quièn es Peter, por lo que no veo necesario explicar su personaje.
Espero sea de su agrado, au revoir~
