Previously on "Thing".
—¡Miguel! Ven acá, este chico se ha perdido.
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—¡Oye, que el que tiene la escopeta soy yo!
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—No me dejarás que te mate sin arrancarme la cabeza, ¿verdad?
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—Si no me matas... No te mato.
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«Quién eres».
El animal espera y se lame la pata, por dentro, para limpiarse. Meciendo su cola, su respiración debe ser más fuerte que la de Manuel, su presencia... Todos los kilos que debe pesar. Lo mira de reojo
Manuel se acuclilla, para ver desde lo alto hacia el fango. Mira al jaguar.
—Un cazador, creo que es obvio —rueda los ojos, no estamos seguros si por hablar con un animal o porque la respuesta es obvia.
Le sostiene la mirada, y se acerca, oliéndole. JESUS. Baja la mirada y escribe más en el fango: ¿vives por aquí? Se sorprende que no se haya asustado que le esté hablando de esta forma... Los animales no saben escribir.
Pero Manuel es supersticioso, le han contado historias desde niño. Se golpea con el puño cerrado suavemente en la frente, no lo puede creer, pero se ve tan real...
—Esto es un truco que aprendiste para que no te maten —se autoconvence—. Te lo enseñaron en el circo.
El jaguar le mira no entendiendo a eso del truco... cuando después agrega lo del circo niega, aunque le da risa internamente estar trolleando humanos. Manuel le mira y se talla un ojo, porque ahora el jaguar le entiende.
—Me comí algo envenenado —le sigue mirando, pensando en los cuentos que le narraban de niño, piensa en el de Juan Darién incluso, se siente incómodo, como si no tuviera que estar allí. En la carne de los muslos de Miguel, su piel poco a poco empieza a cambiar, leeeeentamente, pero no deben de dar cuenta porque esa porción está escondida entre fango, trata de vocalizar algo con la boca, aunque solo se ve mostrando los dientes...
En la selva es muy común que los humanos se conviertan en animales, véase el caso del bufeo colorado. Manuel pone esa mirada como asumiendo que hará el loco, pero que nadie le está mirando y a fin de cuentas es problema suyo si hace el loco, ¿no?
—¿Te duele mucho? —pregunta estúpida, pero sirve. El jaguar bufa, pero asiente, mirándole el cuerpo, todo flacucho...
"Esto no me va a llenar, se me va a quedar en el diente"
—Te puedo —toma un palito y lo quiebra por la mitad, si fuera una persona miraría para otra parte, pero no lo hace, mira al animal, el corazón se le acelera un poco—, ayudar...
Miguel traga saliva pero su piel es tan gruesa que no se nota el movimiento, mirándole a los ojos desliza la pata por el fango, suavemente como pidiendo permiso o más bien una tregua. Manuel le mira la pata, contiene la respiración. Alarga una mano suavemente, presto a quitarla de ser necesario, para tocarle la pata estirada. El jaguar hace un sonido para tranquilizarle, algo así como un murmullo... no sé y las orejitas bajas, su pata debe ser como el triple de grande que la mano de Manuel.
Un poco más arriba del muslo de Miguel, ahora, empieza a tomar el color de su piel natural, aún esa parte protegida por la oscuridad entre el cuerpo y el suelo
Manuel le toca suavemente la pata, con el corazón en sus oídos, espera. Comienza a caer una llovizna de esas cortas, que vienen y van, creadas por la misma humedad de los árboles. Miguel le sigue viendo, por un momento, hasta que baja la cabecita... con mucho cuidado, para que sepa que no quiere atacarlo. Manuel retira la mano... Y la posa, despacio, bajo el ojo de Miguel (para estar lejos de sus fauces, aclaro), quien cierraese ojo pardo arriba de sus dedos, y ahora se le ve tan manso: suspenso. Aún sigue desconfiando del extranjero. Manuel le acaricia, y lentamente, como todo movimiento frente a un animal imponente, le acerca la mano hacia la nariz, para que le huela y le reconozca.
—Eres un bicho precioso —le halaga en un murmullo.
Miguel olfatea su piel al tenerla tan cerca, se pega demasiado y le oye eso y le alimentan el ego pls, cierra el otro ojo. Tiene una sensación de hormigas por el lomo y las costillas, y ante sus reacciones Manuel sonríe, de esa forma sincera, como de adolescente, y le acaricia con más firmeza.
—¿Te gusta el cariñito? ¿Te sigue doliendo la patita? —Dios mío, por qué usa tantos diminutivos al hablar este hombre.
La cabeza del jaguar se mueve de arriba hacia abajo, restregándole más la piel como respuesta. Mira buscando la pata en la trampa. Se ve con coágulos ya, le da un escalofrío. Miguel debe sentir fría la pata, aunque como se aflojó no creo que lo esté completamente.
—¿Te reviso la heridita? —le ofrece Manuel, con voz de dirigirse a un niño. El jaguar hace un sonido de quejido/afirmación con los ojos cerrados—. Pero no me mates. Ni me muerdas —su propia herida le tiene el brazo izquierdo con menos fuerzas, por la pérdida de sangre.
El animal levanta la cabecita y le da una lamida rápida a la mano que le acaricia. Manuel respira más tranquilo.
—Túmbate. Te juro que no te haré nada —le gotea agua por el mentón. Miguel le mira a los ojos, cuando los abre, y se tumba cauteloso. El humano no le quita la mano de encima hasta que no se echa completamente, por no hacer movimientos bruscos.
Le rasca junto a la oreja.
—Bicho bonito... Buen bicho.
Miguel inclina la cabeza para las caricias y abre el hocico, hacia el cielo, mirándole con los ojitos chinitos y dorados brillantes. A Miguel NO le gusta que le llame bicho pero en este estado las caricias relajantes le traicionan, damnit. Manuel le rasca por el cuello, avanzando hacia la barriga, para acercarse sin que lo note hacia la pata lastimada.
—Eso, eso... —mira de reojo hacia la trampa, para analizarla, pero volviendo a verlo a él rápidamente porque sigue con ese poquito de desconfianza. Miguel deja que le acaricia, dócil, y da una mejor vista en los lugares por donde pasean los dedos de Manuel, se esta relajando y su piel morena está descubriéndose más. Arriba del otro muslo ya se ven las diferencias del animal y el humano... se le va a notar si se abre de piernas como un conejo.
En una de esas miradas hacia las patas, Manuel se da cuenta que el color de la piel está distinta... Se queda pegado mirando, sin comprender. Agita la cabeza: debe quitarle la trampa sin que ésta le coma un dedo. Arrodilla una pierna y le busca a la trampa el seguro, o cómo desarmarla. Espera encontrar una traba sencilla de quitar para un humano. O más bien, un humano sin una pierna siendo apretada.
Miguel espera echado, medio derretido con los ojos cerrados pero los demás sentidos en alerta, percibe como su piel empieza a transformarse, pero no le toma importancia. Se escucha una traba siendo empujada, posiblemente la trampa apriete más fuerte mientras Manuel hace fuerza, la maldita es pequeña y muy firme, se le resbala de los dedos con la llovizna.
El animal gime, se queja de dolor pero no llora, aguantando. Debe sangrar apenitas.
Hasta que al fin la mierda asesina esa se suelta, y Manuel la retira, con cuidado porque los dientes tienen filo como de cuchillos. La arroja con fuerza hacia donde está su escopeta (y probablemente su camiseta toda llena de fango).
—Terminamos. Puedes irte. Que no te vuelva a agarrar, o no seré tan piadoso —le amenaza, mintiendo.
Con respiración entrecortada aun por toda la tensión que su cuerpo aguantó, hasta que los dientes de la trampa ya no le ajustan, Miguel espera que su piel deje de latir por todo el tiempo que se pasó sin circulación de sangre ahí. Permanece agitado unos minutos, dejando que gotas de agua tibia de los árboles le mojen toda la cara... Una pierna empieza a verse por completa en su forma humana, a medida que las pulsaciones de su corazón se tranquilizan, su humor se vuelve neutro... barriga, costillas se apoderan de su piel morena con tatuajes muy largos.
Manuel le mira con los ojos muy abiertos ante todo el cambio, y sigue así tras producirse éste: en forma humana y todo, Miguel conserva algo en sus ojos, en su boca, que equivale a la divinidad de un jaguar... Y al peligro que representa.
—Concha... —se queda de piedra, ni se acuerda de su hombro, cae de culo sólo por la impresión, entre que tiene miedo, que cree estar soñando, que se envenenó, que le tendieron una trampa, que se volvió loco, que bebió de más... Pero acaba de tocar a un jaguar, ¿es éste uno de esos dioses de la selva?
El humano se apodera del animal salvaje, verdadero rey de la selva, que con esa mirada curiosa te hace sentir inseguro, que son infierno cuando olfatea el peligro. Queda desnudo, hasta que las facciones en la cara se afinan.
Manuel no habla, sólo espera que se esfume en el aire o le ataque, o le hable primero. Ve que, incluso transmutado en humano, sigue teniendo la pierna herida, y es una herida horrible por lo que se ve, para desmayarse de dolor si se sufre en carne propia. Miguel parece un joven más de los pueblos, eso le permite no salir corriendo.
Traga saliva.
—Estás sorprendido... —susurra Miguel y es una familiaridad de toda la vida, extrañamente. No mueve ni un ápice para que no le duela la pierna, pero le arde con las gotas que no se contienen de seguir cayendo. Y es obvio que Manuel está sorprendido porque no es de las villas de donde es Miguel. No es la gente que él ve todos los días o que le conoce.
—Claro que estoy sorprendido —le sale un gallito—. ¿Te...? —señala la pierna con una mano temblorosa—. ¿Te vas?
—Aún me duele, ahora más porque mi piel es más delgada —acomoda su cabeza para mirarle de frente—. No te va a pasar nada si me quedo, no soy un demonio...
Manuel se sonroja porque le haya descubierto los pensamientos.
—Tengo un campamento por aquí cerca, hacia el sur —sugiere... Y por campamento quiere decir los animales muertos que ya agarró escondidos bajo un montón de hojas y un morral.
—¿Un campamento? —Miguel lo entiende como que ha venido con varios amigos a dormir en carpa—. Qué intrépido, ¿cómo te llamas? ¿Eres de Lima? —abre los ojos grande, haciéndose ideas precipitadas.
—Es necesario —en respuesta a lo de intrépido. Se levanta, y ya cerca suyo le extiende la mano para ayudarle a levantarse—. Manuel. Y no. Soy de Chile. Del sur —se le escapa una notita triste y resignada en la voz, mira el cuchillo en el suelo.
Miguel le mira cuando se levanta, lentamente de cuerpo entero, observa su mano estirada, sus dedos, oye su nombre... Oye su país de origen... Parpadea y toma su mano, al pararse se le acerca, mirando su rostro, es que no puede dejar de mirarlo, que se yo, tiene algún imán. Cerca como para susurrarle.
—Los chilenos tienen su famita acá —comenta con una sonrisa para nada con dobles intenciones.
—Cúbrete con algo... Se ve re feaza esa herida, bicho —le sostiene, para que no se caiga.
Miren, se quedó bobaso.
—No tengo ropa, la destrocé...
Miguel puede sobrellevar el dolor de la herida mientras está distraído.
—¿La destrozaste? —sí, la destrozó, no lo ves—. ¿Cómo? Olvídalo, te paso mi polera. ¿Puedes caminar?
—No, así calato estoy bien... —es normal acá, hombre, andar como los dioses les trajeron al mundo—. A ver... —porque antes había acercado su cuerpo del torso para arriba y las piernas no, mueve una y la otra, la de la herida la mueve y se queja con un gemido—. No, no, me duele mucho, ¡ay! —aprieta los ojos.
Manuel resopla, por la situación extraña, pero de eso se trata Latinoamérica, el surrealismo, las leyendas eternas que por muy modernos que seamos seguimos creyendo, lo mágico y lo real mezclándose en esta tierra tan linda llamada América.
—A ver, cárgate en mí —se agacha para que le sea más fácil y aprovecha de recoger y guardarse el cuchillo.
—Te voy a romper —se ríe Miguel y niega con la cabeza—. No, flaquito, peso más que tú... Vamos, yo camino bien espera un ratito nomá —se frota un poco la pierna y se ve la herida, aj—. ¿Y si me acompañas al río? Así me lavo esto.
—No vas a caminar hasta el río así, en serio, súbete —insiste—. Lleva mis cosas y yo te llevo a ti.
—No vas a poder... —se muerde el labio. Miguel el desconfiando 4ever.
—Ajh —se queja Manuel, y va a buscar su escopeta y su camisa enfangada. Se los extiende con su mano buena.
Miguel le mira hacer y toma su camisa y la escopeta, se los acomoda bajo el otro brazo y estira su mano libre.
—Ven, tengo una idea
Le escucha, con el brazo izquierdo colgándole flojo. Y la trampa también, eh.
—Agarra mi mano primero —pide Miguel, y Manuel lo hace.
—Si no nos apuramos se te puede infectar. Necesitamos ir a un hospital o a mi casa, allá tengo para dar los primero auxilios —le recuerda, por si insiste en que puede caminar sólo. Miguel lleva su mano a la cintura de Manuel, de tal forma que Manuel le abrace y él hace lo mismo.
—Y si caminamos así iremos compensados, ¿tú casa está lejos? —pregunta Miguel, con ese acento medio cantarín y pegajoso de la zona, sin mover la mano aún.
—Al borde mismo de la selva, junto a un río —para movilizarse rápido, llegó en una balsa y se quedó donde nadie le molestara—. Tengo que ir a buscar mis pieles primero. ¿Y la tuya? —Dubitativo, no sabe si Miguel vive entre las personas—. ¿O vives con otros bichos?
—No me digas bicho, ¿quieres que... —hace un mordisco—, ¿ah? —levanta las cejas, jugando, claramente.
—Bueno, no te llamo bicho, bicho —comienza a andar en la dirección en que sabe está el riachuelo más cercano.
—Vivo con un chico... —amigo quiso decir. Mi sherette. Andando despacio.
—Oh... —un rarito, piensa Manuel, de los que se dejan llevar por la soledad de la naturaleza—. ¿Y no te ayuda él?—carraspea y mira para otra parte, algo en su estómago da un respingo con el concepto de soledad y dejarse llevar. Manuel y Manuela Palma...
—Sí, me ayuda en todo, es bien buenito conmigo aunque un poco gruñón cuando viene de la ciudad... —le mira de reojo—. ¿Y tú con quién vives?
—Solo —va afirmando el paso, agradece que Miguel esté afirmado del lado derecho o no podría con su hombro—. Una vez al mes viene mi compadre a buscar mis pieles y a dejarme las compras para el mes.
La lluvia pasa, y el calor continúa. El cuerpo de Miguel junto al suyo se siente como natural.
—Asu... ¿y cómo haces ah? Este lugar es muy caliente como para pasarla solito —menea el rostro cuando siente un mosquito rondarle. Afirmando bastante el paso con su pierna buena—. O tienes varias. Te las llevas a tu casa y de ahí las devuelves.
—No lo necesito. Tuve una mujer hace muchos años y se fue con un francés. Ya no más, gracias.
Conversando la caminata se les hace más llevadera. Le mira, porque la historia es real.
—Eso es una vaina, yo también he tenido varias pero con Francisquito a veces... ya sabes —le mira, sujetándole más la cintura—. No tenemos relación así, pero somos muy unidos... Y no hay problemas.
Refiriéndose seguramente a que no hay mucho drama por la rama sentimental, desde su perspectiva, como con las mujeres.
—¿Tú? ¿Y cómo, si más de quince no pareces tener, bicho? —le molesta, aunque Miguel obviamente es mucho mayor—. Ah... No me voy a meter en eso yo, pero... Él debe andar buscándote.
—Tengo veinticinco y tú —se relame los labios, ignorando la última frase. Nooooo no está coqueteando pf, nada que ver. Nada que Miguel ve como huesito de pollo para chupar hasta la saciedad a todos los extranjeros. Nada.
¿No les parece extraño que siendo la probabilidad de vida de los jaguares hasta los veinte años, en un ambiente salvaje y libre, este ya haya pasado lo estimado?
—Ando cerquita. Veintiocho —le medio sonríe—. Con razón eres un bicho tan grande. Y yo que casi te mato, ¿cómo no se te ocurrió decirme antes que soi una persona?
Chile siempre pensando que Perú es un Dios. Y Perú siempre tan... ALÁBAME, aunque después se muera de la risa. Tal para cual.
Un saludo enorme a Mane, gracias por leer nuestra historia :D
Y un abrazo a Tigrilla, que está de cumpleaños. Mil besos y cariños, te los mereces por llevar como llevas a Perú en todas sus facetas. Que cumplas muchos más y te den muchos regalos y seas muy feliz.
