Previously on "Thing".

—Te puedo ayudar...

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—Estás sorprendido...

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—Cúbrete con algo... Se ve re feaza esa herida, bicho.

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—Agarra mi mano primero

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—Tengo veinticinco y tú.

—Ando cerquita. Veintiocho. Con razón eres un bicho tan grande. Y yo que casi te mato, ¿cómo no se te ocurrió decirme antes que soi una persona?


—No te podía hablar, además no pensé que te quedarías —confiesa Miguel.

—¿Y perderme una pieza así?

—Te voy a comer.

—Primero te atravieso la garganta con mi cuchillo —le alborota el cabello con la mano que tenga más cerca y Miguel se ríe.

—Me gustan las caricias.

—¡Anda!

—¿Has cocinado ya? ¡Tengo un hambre!

—Nada —niega con la cabeza—. Tengo charqui en el morral, pero... Comida-comida en mi casa. Hay un bicho muerto que puedo cocinar eso sí —por bicho quiere decir algún roedor, seguramente—. Si no se lo comieron los otros bichos ya.

—Puedo preparar algo, ¿quieres? —baja sus dedos por la piel de Manuel, la siente caliente y eso hace que le dé un calor extraño, resopla, aunque no se le insinúa. Manuel chasquea la lengua al sentir sus dedos.

—Puedo esperar hasta mi casa. ¿Te molesta la carne cruda? —Puede oírse un rumor de agua, Manuel se inclina para cargar más con el peso de Miguel—. O nos detenemos a atender nuestras heridas y pasamos la noche aquí, o regresamos sin parar —y hay una insinuación con lo de las heridas, como recordándole que él se la había hecho.

—Si regresamos sin parar nos haremos daño... ¿Muerdo rico, no? —sonríe.

—Ufff, he sufrido peores —miente, sólo por presumir, incluso saca pecho, oye.

«Puedo darte una segunda oportunidad».

—Cuéntame entonces si es así —Miguel crédulo.

—Bueno... Era un día de sopor, con el sol en lo alto, al medio día. No tenía a la mano el machete y, lo confieso, en su lugar tenía una botella —le narra, como si fuera un cuento. Se ve el reflejo del agua a unos metros—. Me estaba quedando dormido, estaba cercana la hora de la siesta, pero no va el diablo y se le ocurre joder por joder. Era enorme el bicho: una serpiente larga y delgada, silenciosa como la muerte —se detiene a respirar.

—Te pudo matar —traga saliva y lo abraza mejor, su pierna no duele tanto como la herida de Manuel... Miguel es más fuerte—. ¿Fuiste al matasano y te chuparon el veneno?

—¡Yo no he dicho que me mordiera! —se queja Manuel sonriendo, y le da un empujoncito de hombros—. Y no, me habría muerto si me hubiese puesto en marcha. De hecho —se lo piensa—, quizá sí morí porque no recuerdo qué pasó los días siguientes.

—Tonteras hablas, como te vas a haber muerto si te tengo acá —le pellizca suavecito y sonríe igual, como si fuera de mitología. Como si con sus palabras dijera algo diferente a lo que están pensando.

—Puedo, pues se me habrá puesto a funcionar la cuchara —el corazón—, otra vez. Pero sentía que me moría, en los huesos. Frente a eso, tú mordida... —le mira con intención, ayudándole a sentarse junto al agua. Y seguro le suelta cuando siente el pellizco o algo, se le medio resbala.

Miguel se sienta cuidando que su pierna se mantenga estirada, para que no se infecte con el fango del suelo y le mira, escuchándole hablar, se sonroja. Pocas veces oye palabras que le hagan reflexionar.

—Hablas con mucha pasión tú —le empuja.

—Será que no tengo a nadie con quien hablar normalmente —se encoge de hombros—. ¿Me esperas y corro a buscar mis cosas? No tardo.

—Ya ta'bien, acá me quedo mientras me lavo —baja la mirada a su pierna y resbala más por el fango para llegar al agua, sigue desnudo, of course. Es que la ropa no sale de la nada, saben. Manuel no se mueve, sólo aprieta las manos y las suelta, repetidamente, viendo si necesita un torniquete.

—Mmm...

Le mira el tatuaje. No le pone especialmente nervioso ver a otro hombre desnudo... A menos que ese otro hombre esté excitado/erecto, pero no le dan ganas de dejarlo solo. Miguel recoge agüita y se lava la cara para empezar, el cabello se lo moja también y suspira de alivio.

—¿Qué pasó?

—Eh... —carraspea, se agacha y toma su camiseta, empieza a lavarla para quitarle el fango—. Mejor no voy —más carraspeos, frunce el ceño. Miguel se moja el cuello porque de verdad hace calor, no sé cómo diantres la gente no vive en refrigeradores, con los ojos cerrados.

—¿Por qué? Tú herida... Ven, que te lavo —moja su propia nuca y de ahí salpica sus manos para secarse del agua.

—Me tardaría mucho en ir y volver. Lo paso a buscar a la vuelta. O lo dejo allí —se tensa, y restriega más fuerte para demostrar que está ocupado.

—Ah. Sí pues, aunque si alguien se lleva tus cosas... ¿muy importante era? —voltea para verle, entrecerrando los ojos por la fuerza de la luz.

—Nadie se lo va a llevar. Quizá unos monos... Pero no —se lo piensa. Estruja la prenda, con dolor desde ya porque la tendrá que romper. Le mira de reojo—. ¿A ti te robaron las tuyas? —sigue sin comprender lo de rasgarse la ropa.

—Se rompieron a medida que mi cuerpo cambiaba, siempre me pasa... por eso ando con harapitos a veces, medio calato... —se ríe, mirándole y tira la espalda al fango, suelta otro suspiro, más largo—. Oye, pero vente. No me ignores.

—Ya voy, ya ¡ay! —se queja, porque por estrujar con más fuerza le punza de dolor el hombro. Deja colgando ese brazo, comienza a preocuparme el tejido desgarrado allí. Voltea hacia él—. Tu pierna.

Miguel se pone en guardia y se fija en el trapo.

—Pero, ¿qué te pasa, tonto? Te vas a hacer daño —estira el brazo y se acerca más para arrancarle la tela de la mano—. Loco —empieza a soplarle el hombro, con un principal sentimiento de supervivencia.

—Alguien tiene que vendarte, ¿no? Juro que puedo verte el hueso —exagera, el hombro le palpita y siente el frío que le alivia—. Tu pierna, vamos —insiste, teeeeercooooo y frunciendo el ceño, porque encima es un gruñón. Miguel le agarra las manos para que no haga nada, mientras sigue soplando.

—No, espérate, mira, esto se va a infectar por lo que has hecho —moja la yema de su dedo con su saliva y se lo pasa por ahí —¿Más fresquito? Mi pierna me la arreglo yo, ahora, no es tanto.

—Cómo no va a ser tanto, no seas pajarón —le regaña, pero le deja hacer con un escalofrío—. Duele un poco —confiesa, encima que con lo delgado que es los colmillos debieron entrar más. O no más, pero se entiende. Más cerca del hueso.

Miguel le abanica un rato más el hombro, y le mira sonriente.

—Oye... —susurra.

—¿Sí, bicho? —sonríe de medio lado, agradece la atención hacia su herida, suele curárselas por sí mismo y le da vergüenza agradecerlo en voz alta, sería como hacer notar el hecho.

—Nada... Tu piel me habló —parpadea, confundido, y baja la mirada, aflojando el agarre de las manos contrarias—. No... O sea, que... tú —resopla.

—Mi piel te habló —repite, y se ríe, una sola vez. Toma su camiseta, pidiéndole sin decirle que se la devuelva—. Bueno, debe estar gritando la condenada —no específica.

—No, no lo dije en ese sentido que tú crees. Olvídate ya —se estira hacia el agua para mojarse las piernas. Siente calientito el pecho. Manuel raja con el cuchillo la prenda, suspirando por la pérdida.

—¿Y tú de dónde eres? —se interesa, y debemos decir que Manuel está calmado y... Como decirlo... Se siente más en confianza. Que Miguel ya no es peligroso o un desconocido o alguien en peligro con quién compartir ese tal peligro. Allí no parecen estarlo, tienen agua y no hay señales de infección alguna. Se queja entre dientes cuando los músculos le duelen, pero se lo aguanta, para demostrar que es macho, macho-macho.

—De acá, toda mi vida, quisiera viajar algún día... El mundo grandaso debe ser, y yo solo en un pedacito —inunda su herida de agua y la limpia con los dedos, hace sonidos con la saliva por el ardor, siente un confort y relajación... Aunque Miguel es más amiguero, así que esto de andar con gente alrededor debe pasarle a menudo.

—Viajar está sobrevalorado. Nacimos en un lugar por algo —se siente un aura de amargado—. Además, los europeos se creen la gran cosa, pero no son de fiar —amarguuuuuraaaaa. Empieza a vendarle la pierna.

—Eso es mentira, yo conozco varios gringos por acá... Que me dijeron para llevarme, pero yo no... —niega con la cabeza, acordándose de toda la ilusión que lo embargó cuando conoció a un alemán rubio y de ojos azules que vino con todo un grupo y… tuvieron intimidad en su hotel, en una de ésas casi acepta, pero no lo hizo, primero está la familia—. No pues, por tonto.

—Seguro esos después te encierran en una jaula —Manuel se ríe amargamente, de pronto se ha echado encima diez años más. Aprieta las vendas.

—Bueno sí. Por eso, estoy maldito, ya no me lo recuerdes pues —por lo de jaula, mira las vendas improvisadas.

Manuel continúa con la lengua medio afuera, apretando fuerte, hasta hacer el nudo. No corre sangre, pero sabe que la primera vuelta de vendas se manchó igual. No lo dice.

—Eso te pasa por bicho —le sonríe... Le gusta decirle bicho al parecer—. No me has dicho tu nombre —le extiende lo que queda de camiseta y el cuchillo. Miguel aprieta la mandíbula con el nudo.

—De verdad me duele saber que tengo la vida limitada —mira al suelo, sus pardos más pesados, ignorando la pregunta sin intención.

—No seas pesimista —chasquea la lengua, se toca la herida con cierto asco—. Te llevo a tu pueblo y de allí te compras un pasaje en bus a Lima —porque le dijo que está limitado. Le mira de reojo—. O... ¿No es eso?

—Lo decía porque cada vez que las emociones son fuertes y no puedo controlarlas me convierto en lo que ya viste —le limpia más con el agua. El otro levanta las cejas.

—Oh... —no sabe qué decir—. Yo me limpio, no —se echa un poco hacia atrás, no termina la frase—. Al menos no eres como un hombre lobo... —le mira pensando en si perderá el control y hará matanzas cuando se transforma. Le cruje el estómago.

—Te suena la guata, huambrillo... —sonríe, y pone sus propias manos en su regazo, mirándole únicamente.

—No me estás diciendo eso porque tengas hambre, o sí... —desconfianza nuevamente, se afirma su hombro.

—Sí, también yo tengo hambre —se estira la barriga como si fuera un pellejo, sin percatarse de la desconfianza—. Podemos comer pescadito y lo cocinamos cerca nomás.

—Mmm... —Manuel le mira entrecerrando los ojos, su hombro sigue con las heridas abierta y lo tiene flojo.

—Mmm... —repite Miguel, apoya un codo en su rodilla y su barbilla en la palma de su mano—. Qué me miras así, oye, no soy un demonio te dije... Bueno... —se ríe—. Depende cuándo me quieran como un demonio —grrrrr.

—¡Ih! —se tensa completo, le salen unas gotitas de sangre del hombro—. ¡No bromees con eso, oye! —intenta darle un manotón con su brazo bueno. Miguel aleja su cuerpo, todo lo que le permite hasta no llegar al dolor de su tobillo, con una sonrisa de... niño.

—Es que no te voy a comer, además, eso me daría más hambre, eres como un piqueito nomás —confiesa y abanica su herida con la mano, el sol está en su máxima expresión—. Sólo sí te voy a advertir una cosa.

—¿Qué? Y ya déjate, me sé cuidar solo, bicho —le pone nervioso—. Cúbrete mejor tus partes, tú —y lo que quiere decir es que le dejé de abanicar, y le mira las partes con eso último. Miguel deja de hacerlo viéndole fijamente a los ojos.

—Si matas a alguien de mi familia, no te voy a dejar en paz... Me vas a pedir que te mate de tanta tortura —bichos carroñeros, Manuel atado a un árbol, arrancando sus dedos y comiéndolos luego—. ¿Estamos claros? —bebidas alucinógenas que te destruyen la vida. No sé, pe, elija—. Y no me voy a tapar porque mi cuerpo no me avergüenza —agrega, acercándose dos centímetros más a Manuel.

—Mira, si he matado a un hermanito tuyo no sé, pero es la ley de la vida, no la tomes conmigo —se separa cuando le siente acercarse, más nervioso ahora, Miguel tiene esa capacidad para asustarlo—. ¡Ya cúbrete! —le empuja con la mano—. ¡Para algo está la ropa! —le hace pensar en Miguel como alguien más salvaje el verlo así. La ropa al menos, cree él, le haría ver más civilizado.

Menos capaz de enterrarle los colmillos.

Miguel se acerca más, oliéndole.

—Me tienes miedo... —sus sentidos se afilan. Le mira desde ahí, a los ojos, después el cuello—. La ropa está para cubrirte del deseo que no pueden controlar los demás.

—No te tengo miedo —Manuel se cubre el pecho cruzando los brazos, con el ceño fruncido—. Y no te deseo —me pregunto si llegará a hacerlo.

—Yo tampoco, hablaba en general.

Manuel se sonroja porque siente que le acusa de algo.

—¿Y no te puedes transformar en bicho y cazar algo? No tengo nada para pescar. Podríamos dormir —mira al cielo, viendo sólo una franjita de éste entre tantos árboles.

—No puedo... A menos que me cambies de humor, pero eso te va a costar.

—¿Qué cosas te hacen enojar? —le mira perezosamente, se rasca el cuello, bajo el mentón. Nótese que asume que solamente funciona con rabia la cosa.

Está pensando DE VERDAD en hacerle enojar.

—¿Molestarme? No... También cuando estoy triste o cuando hay peligro —se tira en el fango y rueda, la pierna hace fricción con su otra rodilla y le hacen soltar un quejido bajito, queda boca abajo, mirando a los arboles

Manuel abre los ojos grandes porque ese que queda a la vista es un BUEN culo, un poto BUENAZO, se muerde el labio sin poder desviar la mirada.

—¿Quieres —empieza, como pensando las palabras, masticándolas (como a ese poto ñomi)—, que te asuste, bichito?

—Si quieres puedo ir a buscar a la señora que me prepara el almuerzo —propone Miguel.

Manuel bufa. Y toma la escopeta. Apunta al cielo, sin decirle nada a Miguel.

—Por cierto, bicho, ¿no tienes nombre?

—Miguel me llamo.

—Pensé que tendrías un nombre como Grrrr o Miau —quita el seguro que había puesto al arma al caminar, debe escucharse un pequeño click delator.

Miguel oye el sonido del pestillo y voltea al segundo.

—Qué. Haces —le mira con ansiedad.

Manuel se ve pillado con las manos en la masa... Apuntando al cielo, pero ya que Miguel le está mirando... Cambia de plan. De todos modos dispara al cielo y salen volando pájaros, asustados. Solo quería asustarlo con el sonido. Miguel sigue examinando sus acciones, el ruido sólo le retumbo en los oídos. Y ahora Manuel le apunta a Miguel, y éste empieza a respirar más fuerte.

—Quiero carne, bicho —le avisa.

Y es sólo un show. Para asustarle. Para que se transforme.

Miguel lo sigue mirando y su piernas se flexionan, le ha saltado un poco de fango a la cara. Se arrodilla.

—Yo también...

Pero va a ser contrapro-pro-pro-pro-ducente.

—¿No tienes miedo? —hay un ligeeeeero tono de duda, baja un milímetro el cañón.

—Tengo hambre —se arrastra de rodillas, no pensando en el dolor.

Manuel traga saliva, le acerca la punta amenazante, el corazón se le acelera sintiendo la tensión del ambiente. Pasa una bandada de pájaros trinando.


*Carne de gallina* ¡Y hasta aquí hasta el otro jueves!

Los reviews, según Tigrilla, ayudan a hacer que Perú y Chile tomen jugos de frutas exóticas y se mezan en hamacas selváticas.

Según Güiña, ayudan a que no se declaren la guerra por triángulos marítimos.