Previously on "Thing".
—Hablas con mucha pasión tú.
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—Pero, ¿qué te pasa, tonto? Te vas a hacer daño —estira el brazo y se acerca más para arrancarle la tela de la mano—. Loco —empieza a soplarle el hombro, con un principal sentimiento de supervivencia.
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—¿Y tú de dónde eres?
—De acá, toda mi vida, quisiera viajar algún día... El mundo grandaso debe ser, y yo solo en un pedacito.
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—Por cierto, bicho, ¿no tienes nombre?
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—Tengo hambre
Miguel sigue mirándole a los ojos y avanza, se relame los labios obscenamente, corre un viento de baja intensidad. No llueve realmente nada todavía pero seguro en un par de horas sísísísísí.
Manuel traga saliva: Miguel tiene un aire a peligro y salvajismo, puede imaginarse al jaguar relamerse, la piel se le pone de gallina.
—No me comerás a mí... Cazarás para ambos —imprime fuerza en la voz. Como si estuviera hablándole al jaguar, intentando imponerse por la fuerza. Miguel no contesta y sigue avanzando, ya que se alejó bastante cuando rodó por el fango. Unos insectos se pasean por ahí, corren antes que las rodillas de Miguel le aplasten.
—¿Estás mandándome?
—Claro que te estoy mandando —Manuel intenta no huir.
Miguel se está acercando para intimidarle, con esos ojos tan profundos y acechantes, que son reflejos de la bestia encerrada bajo la piel, porque le ha parecido osado que saque el arma cuando estaban empezando un compañerismo en estas circunstancias. Entierra bien los pies en el fango cuando llega. Frunce la nariz, mirándole amenazador. Le bufa laaaaargooooo y enojado.
—Estás tanteando tu suerte, ¿sabías que mis... colmillos inferiores siguen? —se agarra el labio con los dedos y estira hacia abajo para que vea con atención.
—Así como estás ahora —se sonríe de medio lado con sorna, mucha adrenalina en el cuerpo—, incluso con esos colmillitos te gano con las manos desnudas.
Miguel sonríe.
—Sigue —suelta y sigue arrastrándose hasta quedar muy junto al cuerpo de Manuel, quien arroja la escopeta a un lado, y se le abalanza encima... Pero no con toda la agresividad que podría.
Miguel le mira impasible y tambalea un poco por la «sorpresa».
—Sigue, pruébame, ¿no quieres que vuelvan mis manchas? —no logra tirarlo por completo.
Manuel con un «rugido» (pero humano), intenta hacerlo rodar. Miguel no se deja y le sostiene los antebrazos.
—¿Hambre?
—¡Grhhhhh! —Manuel continúa ejerciendo fuerza, dejando que la selva entre en él, los pantalones se le manchan de barro, intenta que pierdan, ambos, el equilibrio. Miguel hace el doble de fuerza, y es que yo creo que Manuel no va a poder a menos que verdaderamente lo pille con la guardia baja.
—Espera... Así no —así no va a lograr más que se pongan a sudar.
Manuel insiste TERCO COMO ÉL SÓLO, apretando los dientes. El hombro LE DUELE. Miguel cierra los ojos y suspira, deja de hacer fuerza, acordándose del hombro contrario con los gestos.
Manuel logra empujarle con eso, pero más del lado derecho, el izquierdo ya no le da más, empujando pecho con pecho casi. Con intención de tirarlo de espaldas, morderle la yugular... Cosas así. Miguel se deja caer con lentitud y brusquedad, abriendo los ojos dorados igual por si no saca un cuchillo.
Manuel le muerde el cuello, con fuerza, y hace un ruidito como un gruñido... Parece que se invirtieron los papeles. Miguel bufa fueeeeerte sin llegar a quejarse.
—Así no... no me van a salir... las manchitas que quieres.
Manuel le suelta, agitado.
—Puta —se lamenta, tuerce la boca... Y le da una cachetada.
El otro parpadea y cuando le da la cachetada la aguanta, aprieta la mandíbula.
—No, soy difícil —sonríe de lado, y ejem... abajo tiene un problemilla muy notorio, a causa de toda el roce que logró Manuel en sus intentos por lograr fastidio. El chileno suspira.
—Nos quedamos sin cenar entonces —declara Manuel, sin notar el problema más abajo—. ¿Está mejor tu tobillo? ¿Seguimos caminando o pasamos la noche aquí?
—No espera, sigue... —Miguel le sube las manos a la cintura y le toca. O sea LE toca—. Yo puedo dormir en cualquier cueva, no muy lejos de aquí si no llego con Francisco.
—Pero si no te ha has podido transformar... —le siente los dedos, estira el torso, le hacen cosquillas—. ¿Buscas algo? Si es un zancudo, mátalo.
Manuel asume que tendrán que dormir allí. Tampoco se cree capaz de despellejar algo con el hombro así, ¡ni siquiera pudo botar a Miguel! Eso debería haber sido pan comido. Es sólo un hombre.
Con Manuel sentado a horcajadas encima suyo, Miguel ondea la cadera, con sus dedos bien enganchados en la cintura del otro, mirándole a los ojos.
—Quizá así funciona...
Hay fricción, y lo que a Miguel siempre le molesta en el alma es que le corten en el momento de calentura, presiente que Manuel es de esos. Presiente con una extraña conexión. Manuel se tensa, comprendiendo con la fricción, y se pone rooooojooooo... Sí, es cierto que se agarra a uno y otro que va de paso porque vive lejos de cualquier contacto humano, pero usualmente no están en relativo peligro ni heridos.
—Eh... Eso después, bicho.
Miguel ladea la cabeza hacia atrás sin quitarle los ojos de encima.
—No... Sígueme, un ratito, yo no quiero hacerlo —o sea que no quiere follar, manyas. El fin justifica los mediooos.
Manuel se muerde el labio, y mira al cielo preguntándose por qué, Señor, por qué hiciste a los hombres así... Piensa en la última muchachita con la que compartió calorcito, hace un mes y medio (SÍ, UN JODIDO MES Y MEDIO) cuando bajó al pueblo y visitó la casa de putas, para aprovechar. Mueve la cadera, sin mirar a Miguel.
Éste baja las manos hasta la cadera de Manuel, en sus huesos, se la pega muy bien y jadea, soltando un «mmmm» felino, enredado… Antes de que se le funda el cerebro.
—Aráñame con todas tus fuerzas.
Eso va a hacer que la piel se le enrojezca, y arda, y grite, y se enfade, y los insultos van a lograr aún más furia. Manuel frunce el ceño porque así con el bicho hablando es más difícil imaginarse a la cholita esa de cabello negro. Aun así, le obedece, le pasa las manos duras y las uñas por la piel, mueve las caderas con más fuerza.
—Hazme sangrar —Miguel no se imagina a nadie en particular, sólo siente el calor de Manuel, quien se empieza a incomodar cuando siente que el asunto de Miguel es más notorio. Le baja a la intensidad y para los rasguños.
—No sé cómo esto nos va a ayudar.
—Haz lo que te digo, o si no intentaré otra cosa peor, este animal no sale por rozarte en mí como pescado en la laguna —contesta Miguel un poco impaciente, bien, y le mira—. Necesito algo que de verdad me convierta en jaguar —recuerda y se queda quieto, las manos inmóviles.
—Creo que prefiero pasar hambre —Manuel se echa para atrás como un cobarde y se incorpora sobre sus rodillas. Sigue rojo. Miguel le deja.
—Menos esfuerzo para mí —sonríe y se incorpora igual, la piel la tiene de gallina por el frío. Los poros erizados.
—Sí... —Manuel mira hacia el agua y luego a Miguel. Ya está casi oscuro, los árboles tapan la mayor parte de lo que queda de sol—. Te faltan tetas —siente un aire extraño. Quiere arrojarse al agua, Miguel le pone los pelos de punta con su sola presencia.
—¿Por qué? Estás loquito —frunce el ceño.
—Porque... Olvídalo —le da vergüenza tocar el tema—. Aparte de eso y del instinto asesino no sé qué más de animal tiene el hombre —se abraza sus piernas, buscando donde el fango está seco—. Al final sirves más como bicho que como persona —le mira suavecito, como no queriendo.
—Nunca has tirado con un hombre tú, te da miedo —Miguel se acaricia el pecho, donde le rasguñó y mira los insectos—. Lo dices porque no has logrado sacar a la bestia, ésa no es mi culpa.
—De vez en cuando me paso por las casas de acogida a los desesperados —se rasca la mejilla—. Y nada, yo lo hice bien, es que tú no sirves ni para bicho de circo —Manuel se ofende plis.
—¿No sirvo?
—No te puedes hacer bicho cuando quieres, así no sirves. Ni de almohada —camina a cuatro patas hasta un terreno más seco, alejado de la orilla, y se tiende allí. Miguel parpadea mirándole cómo se va, no le contesta.
—Entonces me voy para no incomodarte —suelta al final.
—Pero no te alejes, porque te puede pasar algo. La escopeta está aquí —le recuerda Manuel, y se hace un ovillito.
—Yo sé cómo cuidarme —Miguel empieza a pararse, la herida se ha hecho costra en ciertas partes pero no en la totalidad. Se limpia el fango seco de las piernas
—Si ni garras tienes. Ni ropa —insiste Manuel. Y levanta la cabeza para mirarle. Por si se va. Para seguirle.
—Conozco a la gente de aquí, tú deberías cuidarte, hay leyendas bien feas... —advierte Miguel, irguiéndose y estirando los brazos.
—No estarás pensando de verdad en irte —llega a levantar hasta el torso unos centímetros—. Tienes la pata mala —sí, preocupado.
—No, ya cicatrizó un poco, mira —Miguel se le acerca para que la vea—. Siempre estoy cerca —susurra después, a eso de irse. Manuel le mira la pierna cuando se le acerca, calmándose porque no se va... Y luego de nuevo se incorpora, porque se está yendo. Pero se incorpora entero, se para.
—Me voy a casa.
Manuel le mira la espalda.
—Manuel —Miguel se muerde el labio.
El mencionado camina no hacia Miguel, sino hacia su escopeta, la recoge, y se la echa al hombro.
—Ya. Ya.
—¿Ya, ya qué? —Miguel voltea para tomarlo por la nuca. Le mira feroz, no sé porque.
—Ya vamos. Si vas tú, voy yo, porque es mi culpa que tengái así la pierna —le devuelve la mirada—. ¿Seguimos por la orilla del río, hacia el oeste? —le sugiere, bajándole a la intensidad, y al tono, como pidiendo perdón, porque se refiere a que, si le dejó así su trampa, le va a cuidar hasta que sane.
Miguel lo observa unos minutos más y bueno, pensaba que tenía la conexión esa media cósmica que ha sentido hace un rato, pero no... Traga saliva y le suelta suavemente.
—No, no... Francisco se va a molestar si te vienes conmigo, va a pensar mal —se abraza a sí mismo por el frío.
—No te... —Manuel se encoge de hombros—, perdón, ¿sí? —por la trampa—. Lo mínimo es que te ayude a llegar —le mira a los ojos de nuevo, de cerca debido a la oscuridad, para que le entienda que no se sentiría bien consigo mismo sin hacer algo a cambio del daño.
—Tampoco es tanto, he tenido peores —le cita—. Estaré mejor si cumples con el trato —Miguel cambia de dirección la mirada y camina de frente, o sea, hacia la jungla.
—¿Que no te mate? —Manuel le sigue detracito, sin apurarse, al mismo paso, y al hacerlo siente tranquilidad, como si estuviera haciendo lo correcto.
—A mi familia, sino, yo te mato a ti.
—No puedo saber cuales bichos son tus hermanos —se adentra en los árboles con él, cualquiera diría que se está metiendo en terreno peligroso.
—Todos los que verás por este páramo —Miguel sigue caminando, un poco más rápido que Manuel por el frío.
—No mientas, es imposible que todos sean tus hermanos —Manuel no nota que se va alejando hasta después, y empieza a dar pasos más rápidos.
—Somos una familia grande —una araña traviesa, de esas grandecitas, le pica a Miguel en el dedo, gime—. Mierda —la patea lejos, pero sigue caminando—. No me sigas, por favor.
—¿Por qué no? —Manuel trota hasta quedar a medio metro de su espalda. Miguel suelta otro quejido y le sale una mancha, que nadie debe de notar, en la baja espalda.
Una pausa, Miguel sin contestar sólo avanzando, hasta que extrañamente la picadura del animal -la araña- la siente palpitar, cada vez más grande.
Segundos después, los efectos empiezan a manifestarse.
—Porque... —gruñido, aprieta los ojos, sus venas se ven más gruesas bajo la oscuridad. Sus piernas se tensan—. ¡DÉJAME! —traga saliva y los latidos del corazón se aceleran.
—No puedes obligarme. Serás un bicho, pero yo no. Pude haberte matado —sigue disculpándose Manuel, porque Miguel aún no le ha dicho que le perdona, le toca el hombro.
Las piernas de Miguel empiezan a ancharse, los huesos a expandirse, cambiarle la textura de la piel, manchas, gime/se queja y su espalda empieza a transformarse, sus colmillos... La lengua. Suelta sonidos que son mezcla de animal y humano. El efecto de la araña; su veneno se aloja en cada fibra de sus músculos, y el rincón rugoso de su cerebro, lo abarca completamente. Acentuándolas tan instantáneamente como un choque de auto.
Manuel siente la tensión bajo sus dedos, pero no quita la mano, ve los cambios en la espalda, el corazón se le acelera, la adrenalina, casi una droga, aparece de nuevo.
—Miguel, no ahora.
Suda y la forma de jaguar empieza a apoderarse de Miguel a cada segundo que pasa, grita de dolor, las garras grandes, sus ojos brillan.
Manuel quita la mano y da un paso atrás, para verle. No huye, como tampoco piensa en matarlo. Aun así, y aunque piensa que está fuera de peligro, la sensación de éste permanece como un telón de fondo... Y eso le gusta. Miguel ya no grita, gruñe, su cuerpo es más macizo, voltea a ver a Manuel, a cuatro patas.
Su lengua relame los colmillos después de bostezar.
Manuel se queda sin aliento, nunca se había detenido a admirar a un bicho tan grande (no es posible hacerlo con seguridad, después de todo). Le extiende la mano como cuando le acariciaba.
Miguel, obediente, acerca el hocico, mirándole a los ojos. A pesar de la fuerte emoción... digamos, no enteramente por su aprobación, está manso, y Manuel le acaricia, con más brutalidad que la primera vez, como acariciaría a un perro, tomando su cara y rascando los costados.
—Bueno, bicho, yo te sigo. Todo el rato.
Es decir, siempre, bajo cualquier circunstancia.
Miguel cierra los ojos y deja guiar la cabeza, y trata de tirarlo. Con su cabeza, empuja hacia adentro. Manuel siente el tirón, todo Miguel es fuerza después de todo, le acaricia el cuello, se lo rasca, bajando, la piel en su mano se siente increíble, no sólo perfecta como la que obtiene al despellejar, sino también caliente, viva, con movimiento y palpitaciones.
El animal ejerce más fuerza ahora con todo el cuerpo, como lanzándose, y a tirarle, de una vez, disfrutando de las caricias y haciendo sonidos de satisfacción, hasta tumbarlo si es que puede. Y con esos kilos por supuesto que puede. Manuel se ríe, sin quererlo, y le acaricia la barriga, sus manchas son preciosas, o eso piensa, son como estrellas en un cielo en llamas.
Cualquiera debería sentir temor de estar bajo un jaguar, percibir su respiración, el hocico gigante... Miguel restriega sus orejas en la barbilla contraria.
La escopeta se le entierra a Manuel en la espalda, el corazón parece querer salir de su pecho, expone su cuello con los restriegos de las orejas y se ríe otro poco, tomándole del cuello y pasando las manos hacia arriba y hacia abajo, tras las orejitas.
El jaguar abre los ojos y le olfatea el cuello, roza las líneas de su boca.
Manuel le mira, sintiendo que la textura de la piel, el peso, la adrenalina y el jugueteo es demasiado sensual, casi excitante... Si no supiera que es Miguel hasta aceptaría que es más emocionante que tener a una mujer.
—¿Bichito? ¿Le gusta? —pregunta observando su coronilla y las puntas de las orejas. Sus dedos se deslizan por el pellejo suelto del cuello, sonriéndole los músculos.
Miguel traga saliva, no puede ser, ya había pasado su furia por Manuel, ha visto que sólo es un hombre ermitaño como varios extranjeros que adoran quedarse cercanos al Amazonas, sin ruidos de la ciudad, olor a gasolina quemada, reality shows en la tele... Pero ahora lo siente tan apresado, le mira la piel pálida, bajo su panza, con una estría larga en su pelaje, siente como late. Su olor. Ha aguantado el hambre toda la tarde, se recuerda cómo se cargó la escopeta al hombro, bufa.
Manuel se pregunta, casi con inocencia, si Miguel ronroneará. Le abraza, con un brazo por su espalda y el otro recorriéndole el cuello con lentitud, pero empeño, para rascarle bien.
—No sabía que fueran así de lindos los bichos —le confiesa murmurando. Lo sabe realmente, pero se refiere a la parte en la que están vivos y no atacan. Miguel abre la boca y sus colmillos acarician la piel de las clavículas.
Manuel aguanta la respiración.
—¿Bicho? —continúa sin respirar, con el pecho quieto—. ¿Miguel?
El jaguar piensa cómo a las personas les invade cierta melancolía cuando están en el filo de este momento, como si percibieran...
Manuel traga saliva.
—Cresta —se ríe bajito—. No serás de esos... Son sólo leyendas. No... —era obvio, se dice, desde que supo que era un híbrido. Los híbridos de por sí son sólo una leyenda. Una parte de la leyenda. Debió suponer que toda ésta era cierta.
Su cuerpo está tenso bajo el pelaje, Miguel se dice que esto es justicia, están bien así. Todos los días tratan de penetrar en estas zonas de la baja selva, donde todo es más salvaje y natural, sus colmillos rasgan más filosos que una uña, sin morder aún, aprovecha el sabor de la piel de Manuel, a medida que oye sus palabras.
Manuel abre la boca. Sabe perfectamente que no podrá con el peso de Miguel, menos con el brazo izquierdo como lo tiene. Piensa en su esposa, la que le dejó, y en su madre, en el sur.
—Miguel —ruega.
Pero, a quién le ruegan por misericordia, muerde. Algo tímido al comienzo, cuando unas gotas de sangre empiezan a brotar por sus rasguños profundos, muerde hasta masticar sus huesos, sus fauces abarcan medio cuello de Manuel y es delicioso, con esa dentadura tan fuerte, que hace añicos de dos mordiscos.
La sangre está tibia, dulce y metálica. No es mucho el alimento que Manuel representa, pero sangre fresca puede entregarle para que la disfrute, como un dulce recién preparado. Y se la da, se la regala en borbotones tibios, frescos, se la deja en las fauces mismas, como si le diese de beber en la boca. Miguel bebe, mastica, chupa y traga todo, cerrando los ojos, siente algo fuertísimo en el pecho, caliente, que le llena, y un nudo en la garganta... que va pasando a medida que la piel con coágulos de sangre incluidos, que se forman cuando el corazón deja de latir, y los tendones, se los traga. Y no puede parar, porque tiene hambre y porque está cumpliendo con su deber. Porque es el guardián.
Francisco en casa está ansioso, se aprieta las manos, sin saber nada. Miguel se demora como nunca... Tampoco sabe por qué salió persiguiendo a ese extranjero. Y no pudo alcanzarlo ya con esa forma de jaguar. Ya es noche cerrada, la madrugada está a un par de horas. Uno perros ladran.
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Manuel murió desagrado, así sin darse cuenta, se desmayó por la falta de sangre, empujó cuando le sintió hundirle los dientes, antes de perder la conciencia. Intentó empujar con sus rodillas, pero Miguel pesaba demasiado. Cuando quiso mirar con rabia, apretó los dientes, pero no pudo saber, no alcanzó a saber si se sentía traicionado o enojado consigo mismo por no darse cuenta.
Su propia sangre le empezó a ahogar cuando hizo esfuerzos más desatinados para quitarse a Miguel de encima, pero al final aceptó la muerte. Él quería tranquilidad. Se había buscado morir sin que nadie lo supiera. Miguel sólo apresuró el proceso y seguro se quedó tranquilo al desangrarse, no existió resistencia tras eso. Tampoco podía negar la sensación de que su muerte formaba parte de algo sagrado.
Miguel se quedó arrancando los miembros del cuerpo de Manuel. La nariz y los labios los disfrutó, como si los besara, se deshacían fino entre sus colmillos. Los brazos le tomaron tiempo. Echado al lado de Manuel, mirándole mientras masticaba, la articulación arrancada de la unión entre la rodilla y la pantorrilla, se oyeron los crujidos de los huesos y los grillos.
Francisco se dio cuenta que por esa noche Miguel no iba a regresar, apagó la tele, en que estaban dando un programa de concursos, de los malos, con acento español. El jaguar terminó varias horas después, con una sensación de llenura, caminó hacia el río en el que estuvo en la tarde con Manuel, miró su reflejo ahí. No le había rendido ningún culto, no fue parte de ningún rito. Fue lo que hacen todos los días para sobrevivir los humanos: Matar al enemigo para tener equivalencia y poder controlar.
Ya debe estar amaneciendo, los árboles no dejan pasar los primeros rayos de sol, pero algunas aves diurnas ya se oyen de tanto en tanto.
El jaguar toma agua a lametones, la carne de Manuel le ha generado una sed desmesurada, la escopeta se llena de hormigas y otros animales no identificables, ramitas y hojas, pedazos de tela de un pantalón... El jaguar lame la piel dentro de sus patas y regresa por otro camino.
Caminando en toda lentitud, se convertirá cuando logren cambiarle el humor.
Tigrilla quiere dedicarle el fic a Foldingcranes por escribir buenos PeChis.
Gracias por leer esta historia, Mane y demás lectores. ¿Algo que quieran decirnos?
