Perdonen la tardanza, pero les escribí algo aún más largo. (:
—Ma, mio dolce cuore, Kaneki, perché, ma perché tu cuore è cosí spezzatto?
Tsukiyama sabía que Kaneki seguiría en shock, pero no sabía qué tan profundamente. El peliblanco se puso los tenis sin pensarlo mucho y lo siguió inclusive; le estaba dejando tomar su mano. El gourmet trataba de hablarle, especialmente en otros idiomas ya que eso le sacaba por lo menos una risa. Pero no había nada en su rostro. Se veía pálido y sentía como temblaba en su mano. Tsukiyama no sabía qué hacer con él y no había planeado nada en específico. La verdad no esperaba ni siquiera salir del departamento con él en mano. Esto pasaba en las novelas modernas ¿no? La heroína está entrando en desesperación y aparece el héroe a salvarla y sacarla de sus penas siendo gracioso e ingenioso, o ¿peleándose con su familia? La verdad no duran mucho en su memoria—Tsukiyama tenía otros gustos literarios.
Kaneki cuando se pone así, se encierra en su cuarto. Hinami dice que toma mucha agua y entrena solo. Pero nada de eso atiende el interior, ha llegado a pensar el pelimorado. Su mente—o su corazón. Tsukiyama suspira. Desde que lo encuentran en la pelea con Aogiri, algo fundamental se había perdido dentro de Kaneki.
Claro que Tsukiyama creía, especialmente en ese momento, que era un buen cambio. La fuerza, la actitud, la convicción. Kaneki había pasado de ser un dulce clavel a ser una Venus carnívora. Pero Tsukiyama siente como se le estremece el corazón. Kaneki es cautivante, como un árbol seco y gigante… Está muerto por dentro.
—Mon cher, je ne peux pas supporter de te voir comme ça!
Tsukiyama vuelve a intentar, esta vez agregando más teatralidad, alzando una mano al aire, ojos húmedos, labios presionados en tragedia. Ni un solo pestañeo. Tsukiyama no está acostumbrado a la impotencia. Ve el Seven Eleven a la distancia y tiene una idea.
Kaneki no se da cuenta cuando se pone sus tenis ni cuándo salieron del departamento. Ni si quiera recuerda haber salido de su casa. Su mente había quedado en shock al tratar de contener su enojo de manera tan brusca, cómo si hubiera metido mal el cambio y el clutch. Una cosa era dejarse enojar con Tsukiyama, él podía defenderse. Banjou y los demás…
Aunque la ira fue la emoción más fuerte en ese momento y por lo tanto la que tomó acción, Kaneki también sentía confusión. Y vergüenza. Desesperación. Todo hace que su cabeza arranque y pare, una y otra vez, buscando ligar pensamientos con sentimientos con ideas y las imágenes no conectan; trata de subir una pendiente tan inclinada y su carro sigue matándose a la mitad, la única conclusión posible: caída libre hasta el vacío.
Empieza a temblar más fuerte, y escucha en sus oídos como corre clic clic clic un ciempiés—u sangre en su cuerpo. Tic toc, pasa el tiempo en sietes—993, 986, 979, 970—se fuerza a respirar hondo.
Kaneki se rehúsa a perder el control en plena banqueta, rodeado de humanos. Humanos que huelen tan rico. Humanos que no saben ni qué podía pasarles, en sus celulares y con sus amigos y—Kaneki traga saliva sacude su cabeza bruscamente. No. Piensa en Hide. Piensa en Touka. Kaneki siente como si se le seca por completo la boca. No funciona pensar en ellos porque sólo hace que regrese el ansia, la impotencia—nunca lo suficientemente fuerte, todos muertos, nadie a salvo—Kaneki siente lágrimas acumulándose en sus ojos. Se muerde fuerte el labio, y abre los ojos, buscando algo más en qué concentrarse. Y ve la espalda de Tsukiyama por primera vez desde que salieron del departamento. Sus manos están conectadas. Kaneki no piensa en nada.
Se acercaba el verano, pero técnicamente seguía siendo primavera. Ya no hacía frío, pero su mano izquierda se sentía húmeda. Kaneki trata de concentrarse en eso. En la mano de Tsukiyama, angular, amplia y lisa. Envolvía por completo la suya—una mano llena de cicatrices en todas las coyunturas de sus dedos—Clic clic clic—escucha Kaneki por debajo del cráneo. Siente que su sangre se torna negra como su ojo izquierdo, pero aprieta la mandíbula, esconde el rostro, mira hacia abajo, toma más fuerte la mano de Tsukiyama. Abre los ojos.
Las botas negras de Tsukiyama. Botines. Zapatos negros punteados. Parecía que Tsukiyama estaba vestido casualmente pero todo era exquisito de todas maneras. De seguro eran de marca. Sus jeans oscuros, Kaneki observa desde la parte inferior de la pierna, sube, sube, sube—su corazón se acelera—y mejor desvía los ojos a la espalda de Tsukiyama. Su cabello está un poco más largo de lo usual, o talvez después de una semana es natural. La misión. Un fracaso. Encuentra al ghoul responsable y la mata, pero es un fracaso, porque no está ligada a Aogiri. Kaneki se siente como un fracaso. Siente que sus piernas se vuelven pesadas. Atadas. Ve a través de sus tenis y ve sus dedos dentro de cubetas—el castañeo dentro de su cráneo es más insistente aún. Levanta la mirada, cansado.
Piensa en el cielo. El cielo se torna de purpura a azul a amarillo a anaranjado, pero lo purpura no era el cielo era el cabello de Tsukiyama. A Kaneki siempre le pareció bellísimo, extraño y excéntrico, pero guapo. Cómo modelo. Con su altura y su complexión y sus hombros tan anchos y lastimados. O por lo menos el derecho. Sus ojos se posan en los vendajes que cubren su hombro derecho, de donde sale su kagune y Kaneki siente como su sangre baja hasta sus pies, la culpa empieza a darle vueltas en el estómago. No puede proteger a nadie. Sólo lastima a los demás.
¿Y no era eso lo que quería?
Ser quien lastima, no quien es lastimado. Rebelarse contra lo que su madre le enseñó. No sabe si quiere llorar o reír, pero ya no sabe cómo ni cuándo su madre le enseñó eso. Empieza a hiperventilar y Tsukiyama sigue jalando de su mano, llevándolo a sabrá Dios dónde.
Excepto que sí sabe exactamente a dónde lo lleva. Están como a tres cuadras del departamento. Van al Seven Eleven. Esto hace que Kaneki deje de respirar unos segundos—suficientes para que empiece a toser y que Tsukiyama voltee. Si Kaneki estuviera en sus cinco sentidos, vería la preocupación de Tukiyama elevarse más. Kaneki no sabe qué cara está haciendo, sólo que Tsukiyama se muerde el labio, como tomando una decisión, y toma fuerte su mano, con más firmeza, y lo mete al Seven Eleven.
Las luces de tungsteno dentro de la tienda de conveniencia son demasiado brillantes, o es lo que Kaneki piensa, mientras que Tsukiyama lo guía hacia lo refrigeradores. Jugos, refrescos, yogurts—¿desde cuándo tienen esa marca de yogurt?—piensa Kaneki al ver distraídamente todos los productos que pasaban.
Tenía tanto tiempo sin entrar a una konbini que la mitad de los productos se le hacían desconocidos. Sentía como un sentimiento oscuro entraba en su mente a partir de esos pensamientos, hasta que ve que Tsukiyama toma una lata de café frío, Boss Coffee, y una botella de agua genérica. Nunca se había imaginado a Tsukiyama tomando café en lata. Kaneki siente como sus labios se extienden un poco. Tsukiyama tomando café instantáneo. Siente como la risa quiere formarse en su garganta. Tsukiyama cansado en finales y tomando el café gratis de la facultad de ciencias sociales. Kaneki no se reía, pero trata de conservar la idea mientras Tsukiyama lo guía en otra dirección.
El frío de los refrigeradores contrasta con el calor que siente de la mano de Tsukiyama, y sólo puede pensar en qué tan grande es su mano para tomar ambas bebidas en la misma. La del brazo lastimado. Kaneki siente como regresa su sangre al resto de su cuerpo, pero más a hacia su cara y, qué frustración que esos pensamientos regresen. Aquellos en los que se imagina la mano de Tsukiyama sobre él, debajo de su ropa… Kaneki empieza a recitar los nombres de todos los autores que ha leído en orden alfabético para distraerse.
Sus cinco sentidos están regresando, poco a poco, después de alcanzar distraerse, en especial su tacto, dado que sus dedos estaban entrelazados con los del Gourmet. ¿Cuándo pasó eso? El peliblanco al fin se da cuenta que se han detenido en la fila de los dulces donde Tsukiyama está viendo con gran prejuicio a todos los paquetes brillantes de gomitas en la repisa alta. Finalmente Kaneki se pregunta qué demonios estaban haciendo ahí.
Tsukiyama parece notar su duda—¿por osmosis?—y voltea a verlo. Kaneki frunce el ceño más, y Tsukiyama le pregunta,
—¿No te gustan las gomitas?
Kaneki le ve incrédulo.
Tsukiyama encoje su hombro izquierdo y toma unas de todas maneras de la marca Fetuccine—no había comido de esas desde que era niño, piensa Kaneki—y Tsukiyama lo lleva hasta la caja, donde un joven de cabello castaño, recogido en una cebolla sobre su cabeza y de ojos amables, les recibe con una sonrisa.
—Eei, ¿qué onda? ¿Conseguiste las flores?
Mientras que hablaba despachaba rápidamente, pasando los tres productos rápidamente por el escáner e imprimiendo el recibo. Tsukiyama le sonríe y saca su cartera para pagar mientras le responde,
—Sí, amici, ¡aunque me volvieron a batear!– dice con desanimo teatral y aire dramático. Kaneki rueda su ojos pero no pierde de vista la mirada entretenida del cajero. Al parecer eran… ¿Amigos?
Tsukiyama le da un billete y el joven cobra y regresa el cambio con fluidez. Le dice,
—Vaya, nunca pensé a que a tipos como tu los batearan. No hay esperanza para el resto de la humanidad entonces, ¿no crees? ¡Ja!
Tsukiyama guarda el dinero y su cartera y toma la bolsa que le da el joven. Tsukiyama sacude la cabeza y le dice sonriente,
—Pero sólo fue una batalla; nada más. ¡La guerra sigue!
El cajero se rasca la cabeza y menea la cabeza.
—Sigo sin entenderte, en serio, aunque seas divertido.
Kaneki se ríe detrás de su mano libre y Tsukiyama trata, con todo el poder de su pobre alma, de no moverse o hacer nada y sólo disfrutar de la melodiosa voz de su Kaneki.
—No eres el único, dice Kaneki con una sonrisa burlona.
Tsukiyama, suspira dramáticamente (aunque la sonrisa en su cara es innegable) y dice,
—¡Pero no puede ser nadie más! Mon amor escondido, mi coeur!
Pone su mano con la bolsa de plástico sobre su corazón y al final deja caer su cabeza, su cabello volando detrás de él. Kaneki rueda sus ojos y agacha la cabeza en despedida al cajero mientras que jala al pelimorado hacia la salida.
El joven dice algo como, —¡Sigo sin saber francés! —Y Tsukiyama se despide en francés de todas maneras.
Kaneki a veces se decía a si mismo sorprendido: Esta es mi vida. Todo lo que hacía con Tsukiyama sólo podía ser parte de una realidad distorsionada. No podía creer que Tsukiyama en verdad hablaba con el chavo del Seven Eleven. Kaneki menea la cabeza, incrédulo. Desde que lo conoce es así. Tsukiyama es obviamente de otro mundo, un alienígena, un demonio.
El demonio se detiene y Kaneki se da cuenta que están sobre el puente cerca del café. Kaneki voltea a verle la cara y Tsukiyama tiene una cara llena de esperanzas. Sus cejas, sus ojos, su nariz, sus labios, su mano cubriendo al suya, todas cargan con esa misma esperanza, ve el momento exacto en el que se mueven todas para preguntarle algo, cuando Kaneki decide dejar ir de su mano. Kaneki ve los ojos sorprendidos de Tsukiyama, toma dos pasos hacia atrás y se recarga en la reja del puente.
De repente se siente muy cansado.
Escucha como se mueve Tsukiyama a un lado de él y el sonido de la bolsa de plástico crujiendo. Kaneki cierra los ojos. Sólo quiere descansar por un segundo, ¿qué Tsukiyama no le podía conceder eso por lo menos?
—¿Quieres agua, Kaneki?
Kaneki se sorprende tanto que sus ojos se abren inmediatamente y buscan al hombre de pelo morado. Le estaba ofreciendo la botella de agua que compró. Kaneki no puede verlo a la cara, baja la mirada pero toma la botella.
Lo sacó del departamento, lo trató de distraer, lo está dejando descansar; la culpa vuelve a dar vueltas en su estómago. Toma varios sorbos del agua y cierra la botella. ¿Desde cuándo no tomaba agua de una botella? ¿Desde cuándo no iba a las tienditas de la esquina? Ve la bolsa del Seven Eleven vacía en su periferia y Tsukiyama está tomando el café del nombre ridículo. Las gomitas de color purpura están en su mano. Estaba leyendo sus valores nutricionales.
Kaneki sintió como la risa le broto de la garganta y se desborda de sus labios y no sabe si quiere detenerla o no. Hay tanto de que reír, de la ironía especialmente. ¿Qué estaba haciendo? Justo hace unos minutos había decidido que Tsukiyama le importaba pero cinco minutos después de eso que él estaba jugando con él, y hace unos pocos minutos pensaba que Tsukiyama genuinamente le entiende, hace unos segundo que Tsukiyama es ridículamente guapo, ridículamente bueno. Y ahora, Tsukiyama le ve entretenido, pero confundido, —¿Qué pasa, Kaneki? Va bien? —Y es demasiado bueno para ser cierto.
Kaneki no quiere creerlo, que este hombre sea el mismo que había hecho hasta lo imposible por comerlo y acosarlo, y que ahora quería confortarlo, que llevaba semanas dándole flores para que le perdonara. Y obviamente no sólo son las flores. Es todo. Es tan excesivo, y extremo, que le está dando todo. Kaneki podría... Le podría aceptar todo. Pero y si... Kaneki está tan cansado de ser traicionado. Cansado de ser lastimado. Está cansado, punto.
Kaneki se pasa una mano por el cabello y se da cuenta de que sigue ahí la flor amarilla de Tsukiyama. Se la quita rápidamente y la ve, acusándola de tantos crímenes que la flor nunca cometió que la flor solo quiere declararse culpable para no ser sujeta a tal abuso visual. Kaneki suspira y ya no la mira, en favor de ver a Tsukiyama, quien sigue esperando.
Kaneki suspira. Esta conversación no debía de pasar. ¿Por qué le está pasando a él?
Vuelve a ver la flor en sus manos y le dice,—Esta es una camelia, ¿no?
Tsukiyama asiente, sonriendo tímidamente. –Sí, en amarillo son hermosas, ¿no crees?.
Kaneki se permite sonreír, porque sí, sí lo son. Son bellas. En algunas culturas el amarillo era felicidad, pero en otras, enfermedad.
Kaneki le da vuelta a la florecilla mientras que dice—En el lenguaje de la flores significan añoranza.
No era una pregunta, así que Tsukiyama no dice nada, pero Kaneki puede escuchar como traga saliva nerviosamente. Kaneki, le voltea a ver fríamente y le dice—Los crisantemos representan la devoción... Y los lirios del bosque la promesa de la felicidad.
Kaneki sabe exactamente lo que significan. Lo que Tsukiyama le quiere dar. Tsukiyama le espera pacientemente. Así es siempre. Pero, ¿cómo debe saber Kaneki la diferencia entre la paciencia inocente de la calculadora de un depredador? ¿Así se verá una araña esperando a que caiga un insecto en su telaraña? ¿Así será como ven a la polilla que enredan en sus telarañas hasta que se sofocan y mueren? ¿Cómo pude saber la diferencia? Y aunque el corazón de Kaneki le decía, sólo tienes que usar tus ojos, su mente cerraba la puerta de ese cuarto de su mente firmemente. Y para cada flor que era como llave, Kaneki ponía otra puerta, otro candado.
Tsukiyama suspira y sonríe, —Pero no son jacintos.
Kaneki rueda los ojos y le dice con humor seco, —El tipo de flor no es el problema, Tsukiyama.
Tsukiyama encoje su hombro izquierdo, el sano, y dice de buen humor, —Pero sigo sin saber cuáles te gustan más.
Kaneki sacude su cabeza, primero con humor, porque este hombre era incorregible, pero luego se detiene y mira hacia el horizonte que se tornaba rojo. Un rojo bello, brillante, anaranjado, lentamente entrando en un letargo, el sol se esconde. Kaneki dice, —Ya entendí el mensaje de los jacintos…
Tsukiyama respira profundamente pero no dice nada.
—Me dirás que no estás jugando conmigo… ¿pero por qué vas tan lejos para obtener mi confianza?
Kaneki lanza la pregunta encubierta. La pregunta verdadera, claro estaba, era: ¿Me sigues queriendo comer?
Y Tsukiyama no toma su tiempo y dice prontamente, su sonrisa anterior un poco desvanecida, —Tengo la esperanza, de que algún día podamos ser amigos.
Kaneki observa la flor entre sus dedos llenos de cicatrices y sigue sin verle.
—Yo pensaba que ya lo éramos.
Se escapa una risilla burlona de Tsukiyama y dice con cierto sarcasmo, —Amigos que no piensen que uno está tratando de matar al otro, Kaneki.
Kaneki genuinamente le sonríe a eso. Tsukiyama siente como se queda atrapado un suspiro en su garganta. Sabe que nunca se va a olvidar de este momento en su vida. Kaneki decide enfrentarle entonces.
—Pero me besaste la nariz. Allá, en la cocina. Eso no es de amigos.
Tsukiyama se digna a sonrojarse aunque sea un poco y es su turno para desviar la mirada. Parecía un niño a quien habían atrapado comiendo un dulce antes de la cena. Kaneki se reusaba a pensar que era adorable. Otra puerta. Otro candado.
Tsukiyama parece pensarlo profundamente mientras guarda las gomitas moradas en la bolsa olvidada del Seven Eleven. Voltea a verlo poco después y le dice,
—A veces no sé si quiero enterrarte en margaritas o amapolas.
Kaneki pasa su mano vacía entre sus cabellos blancos un poco frustrado; otra vez con las flores. Qué significaban la margaritas, ya no recuerda... pero las amapolas se referían a Morfeo. Las margaritas… Tsukiyama le ve con una sonrisa un poco débil, pensando que había hecho enfadar de nuevo a Kaneki y le dice casi suspirando, —Aunque si fuera totalmente honesto, solo quiero darte todas las gardenias del mundo.
Kaneki se levanta recto, deja la reja y no puede ver a Tsukiyama directo a la cara. ¿Qué tipo de persona decía eso? Las gardenias, después de todo, significan "amor secreto". Era el tipo de flor que regalan los enamorados secretos. Junto con cartas de amor y promesas y cosas a las que Kaneki había renunciado. Su mente crea una y otra puerta, pero Tsukiyama sigue abriéndolas sin dificultad.
Tsukiyama se le acerca, mano extendida, pensando que iba a correr, cuando Kaneki voltea repentinamente y le dice desesperado,
—¡Tsukiyama no puedes estar hablando en serios! Somos ghouls buscados, somos asesinos, somos.. tu y yo..
Kaneki no sabe que decirle, siente como la pequeña camelia se rompe dentro de su puño, de tan fuerte que la sujeta, —Todo esto.. No sabes lo que me pides. No tengo—no tenemos, tiempo para todo esto. En cualquier momento nos pueden encontrar, nos podemos separar—por qué, dime, ¿por qué, quieres todas estas cosas? ¿Por qué las quieres de mi?
Cariño, lealtad, amor, felicidad, esperanza. Con Kaneki. Tsukiyama quería todas esas cosas que Kaneki ya no tenia en él. Kaneki no tenía nada que darle. No quería darle nada, tampoco, porque sólo se lastimarían más—
Tsukiyama acorta el espacio entre ellos y le dice con una sonrisa, —Es mejor haber amado, que nunca haberlo hecho, chére.
Tennyson. Le estaba citando a Tennyson mientras le toma las manos suavemente. Su mirada no esconde nada. Está abierta a él. Dolor y amor, ambas, profundas.
Kaneki sacude su cabeza y se rehúsa verle a los ojos, —Esas son cosas de humanos— busca salirse de las manos de Tsukiyama, cuando él le sujeta más fuerte—Pero las bestias siempre se enamoran de los humanos, chére. Y tu.. Alguna vez fuiste un humano.
Kaneki sacude la cabeza y siente que se queda sin aliento, se siente demasiado abrumado, y Tsukiyama aprovecha para cortar más la distancia, entrelazando sus dedos con los de él, y le dice,
—Tu ya no te crees human, y yo nunca fui uno. Ya lo hemos platicado, chére, pero los sentimientos no son exclusivos de los humanos, ¿sabes? Esa parte del cerebro es exactamente igual.. Aunque la experiencia social es.. Distinta.
Kaneki tiene que alzar la mirada para verlo, pero Tsukiyama, tan amable, ha bajado la suya, y se ven de cerca por unos segundos en silencio. Era como verse por primera vez, como si nunca hubieran ido al Restaurante, como si nunca hubieran ido a esa iglesia. Como si Kaneki nunca hubiera conocido a Jason. Pero todo eso aún seguía ahí, debajo de sus parpados. Pero en este preciso momento, estaban detrás de otra puerta. La camelia en su mano se le va de las manos, directo al cerrojo escondido, abre la puerta.
Kaneki tiene miedo.
Tsukiyama no se mueve, pero están respirando el mismo aire, Kaneki podría, si quisiera, si tuviera las agallas.. pero solo cierra los ojos y suspira. Tsukiyama sabe que no es una derrota, pero tampoco es una victoria y presiona suavemente su frente contra la de Kaneki.
—Kaneki— suspira dulcemente. El peli blanco siente como se le enchina la piel y la cara se torna rosa. Lanza su última defensa:
—Un día te voy a matar.
Nada en los ojos de Kaneki se puede escapar de Tsukiyama, nada. Le sonríe cálidamente,
—Puedes hacerlo, si quieres.
Kaneki siente como se empiezan a juntar lágrimas en las coyunturas de sus ojos cuando escucha que aclaran la garganta a pocos pasos de ellos. Ve como Tsukiyama cierra los ojos en un gran acto de control y le suelta, poco a poco, las manos. Kaneki no se había dado cuenta de que tan cerca estaba, cuerpo a cuerpo, casi totalmente envueltos el uno en el otro. Kaneki voltea a su derecha y ahí esta Matsumae, cara cuidadosamente sin sentimiento alguno. Baja la cabeza como saludo, y Kaneki le regresa el gesto. Tsukiyama le da la bolsa de plástico del Seven Eleven a Matsumae y antes de voltearse para irse toma las manos de Kaneki y le dice,
—Déjame quedarme contigo, cher, s'il vous plait?
Y Kaneki trata de pelear con la sonrisa en sus labios. Al final ganó la sonrisa. Ganó Tsukiyama. Pero no tenía por qué saberlo.. Aún. Se traga la sonrisa y dice lo más seriamente posible.
—No. Adiós Tsukiyama— y se voltea para irse, botella de agua en mano, florecilla olvidada detrás de él.
El pelimorado exhala un dramático sollozo, cuando dice, —Kaneki, juegas tan sucio.
Así que Kaneki voltea y le sonríe, pícaro, mientras se aleja y se pierde entre la gente. Tsukiyama siente como se rompe el mundo a su alrededor. El milagro de la sonrisa de Kaneki. La belleza de un Dalí. Belleza y decadencia y la vida. Cae de rodillas y Matsumae decide que es tiempo de volver a intervenir. Se detiene antes de ofrecerle la mano porque la cara de su amo es increíble.
¿Alguna vez había tenido tal expresión de esperanza y añoranza su amo?
Habrá un flash back y luego uno o dos capítulos más, disculpen la demora. Muchas gracias a quienes me leen, especialmente quienes comentan, yo la verdad no pensé que alguien me fuera a leer. _ Pero después de mis examenes finales dormí y dormí y dormí..
