Con renovada esperanza,
HRHED
Mentiras
La mirada fría y azul de su padre la atravesaba literalmente des de hacía más de media hora, maldita sea. Su madre se mantenía de pie avasallándola a preguntas. Preguntas que hubiera respondido encantada en otra ocasión pero que en ese momento le parecían el juicio previo a la quema de brujas.
Draco no había parado de hablar desde que la pelirroja abandonara la sala capitular, prácticamente a rastras del brazo de su padre que había tirado de ella al ver el final de su abrazo. "¿Desde cuándo Scorpius?" "Por dios, una Weasley", "La hija de la comadreja". Su madre en cambio acallaba todas aseveraciones de su padre, haciéndole imposible responder por él mismo.
- ¿No entiendo por qué no me lo has dicho antes? Pensaba que te habíamos dado la confianza suficiente para que nos lo pudieras contar todo. – Decía Hermione afligida, mirando alternativamente a Ron y al techo azulejado de la habitación de sus padres en la Madriguera.
Las manos de Draco aún estaban temblorosas, como si no quisieran perder el tacto de Rose. Recordaba el olor de su pelo y el calor de su mejilla contra la suya. La conocía poco, sabía cosas de ella, pero siempre por boca de otros o por simple observación. Pero había algo, algo más allá de lo lógico y de lo coherente. Algo químico, mágico. Siempre le había llamado la atención, pero en el último tiempo verla implicaba un cambio físico en él. Le sudaba el cuello y las manos, se le estiraba la espalda y la respiración se entrecortaba. Intentaba mantener la mejor de sus miradas petulantes y al final solo podía bajar la cabeza para no parecer un minotauro deslenguado.
- ¿Es sólo un amigo? – La voz de su padre le cayó por la espalda como si se tratara de un frío trozo de hielo. Cuando ella levantó la cabeza de sus zapatitos negros, sus ojos, siempre ojerosos, parecían más expectantes que nunca.
Cuando abandonó el despacho de su padre los pasos lo llevaron derecho a la biblioteca. Su madre ni siquiera le había dejado hablar, inventar una mentira. Si algo había aprendido Astoria cuando llegó a casa de los Malfoy era lo importante que eran las apariencias, entre otras muchas cosas de manos de Narcissa. Así que ella misma había tramado una excusa para los oídos de Draco. Scorpius sabía que no había una voz más convincente que la de su madre y sabía que no era el momento de iniciar una batalla.
- Por supuesto. – Era consciente de que no estaba siendo nada creíble y que quizás podía engañar a su padre poniendo la cara de niña buena que venía utilizando desde hacía diecisiete años y que era su debilidad, pero con su madre no iba a ser tan fácil. Si había algo que podía convencer a Granger era darle argumentos, pruebas, hechos. – Hemos ido juntos a clase desde hace tiempo, no le di mayor importancia de la que tiene. Mamá, siempre me estás diciendo que todos somos iguales, que debía ser justa y dar oportunidades a todo el mundo independientemente de vuestro pasado o vuestro presente. – Un argumento atravesó su mente fugaz como una estrella – Recuerdas a los hijos de Gabriel Hunt. Has denunciado a su organización en el Ministerio y aun así formamos el mismo grupo de trabajo de hechizos desde hace dos años. No pensé que…estudiar de vez en cuando con Malfoy fuera un problema. – Hermione mantuvo silencio, como si ordenara las ideas, conectara conocimientos previos con aquello nuevo que se le aportaba.
Cuando tocó los lomos del libro de Historia de Hogwarts un recuerdo, recurrente en su mente, se coló entre sus pensamientos. El vestido negro de Rose, su picardía mordiéndose el labio, su melena al viento entre los fuegos artificiales de fuera. Maldita sea, volvían a sobrarle los pantalones. Maldita sea, estás de luto. Hundió los dedos en su pelo.
- Pues que así siga siendo. – La voz de Ron sonó grave de nuevo levantándose del sillón. Salió de la habitación y Hermione aflojó el gesto.
- Cámbiate y vamos a buscar a los abuelos, tu hermano debe de estar muerto de hambre. Le acarició la cara y depositó su reloj en la cómoda de la habitación. – Siento haberte juzgado como a una niña Rose, sé que eres una mujer muy inteligente. – Abandona la habitación y ella respira, por primera vez desde que su padre la cogió del brazo en la sala capitular con un rápido "andando".
El repiqueteo en el cristal lo sacó de su lucha mental. Una lechuza rechoncha y grisácea repiqueteaba el cristal de uno de los ventanales de la biblioteca con alegría. Le arrancó una sonrisa y fue a buscarla. No la había visto nunca y a pesar de que durante ese día el correo fue incesante sintió que debía ser él quien desanudara el mensaje de su pata regordeta.
Hablaremos a la vuelta
R. W. G.
